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El Retiro: datos e impresiones generales

05 Jul
Vista_aerea_Retiro

Perspectiva aérea del parque del Retiro

“Este magnífico parque, llamado vulgarmente el pulmón de Madrid, es el preferido de todos, por sus espesos bosques y sus paseos silenciosos y solitarios. En él hemos pasado nuestra infancia, esas tardes que nos han parecido tan cortas al concluir las pesadas horas de encierro en el colegio delante del pupitre y de la plana, escribiendo al dictado, y nos acordamos de su tristeza, de la rareza de sus paseantes, de su tierra regada y del fuerte olor de humedad que de ella se desprende…/… en las frondosas alamedas y plazuelas, con gran fuente en medio, sentadas en los bancos, vemos gente gozando de la tranquilidad de aquellos deliciososo paseos, llenos de copudos y viejos árboles plagados de pájaros y de ruiseñores”. Son las sensaciones que, a través de la palabra, el pintor, grabador y escritor expresionista español, José Gutiérrez Solana, transmitía en 1923 en uno de los artículos costumbristas incluidos en su obra Madrid, callejero, escenas y costumbres, referido al Retiro. Al parque del Retiro. A lo que hoy los ciudadanos entienden por parque del Retiro que sólo en parte tiene que ver con el proyecto que desarrollara en el siglo XVII el conde-duque de Olivares, Gaspar de Guzmán y Pimentel, para cautivar a un joven monarca llamado Felipe IV y tenerlo entretenido mientras él manejaba los asuntos de Estado, con resultados a todas luces negativos, pues sabido es que fue el momento en que se fraguó irremediablemente el ocaso del imperio español. Han pasado ya más de 90 años desde que Gutiérrez Solana pusiera negro sobre blanco en lo que a su descripción del parque más importante y popular de Madrid se refiere y sus palabras siguen siendo perfectamente válidas para caracterizarlo. Porque durante el último siglo el Retiro ha sido eso, lugar de paseo, de recogimiento y de desahogo para madrileños y foráneos, que pueden encontrar en él bien la tantas veces deseada y ansiada soledad reflexiva o bien el barullo alegre y desenfadado de algunas de sus zonas. Lo de llamarlo pulmón, no por manido y tópico deja de tener validez pues el lugar es óptimo para oxigenarse, a la vez que se perciben esos olores característicos de la naturaleza en estado salvaje y agreste. Actualmente le podemos añadir su nueva faceta como espacio donde expresar la querencia por el deporte sano, amable y sosegado, a lomos de una bicicleta, en patín, a la carrera o sencillamente paseando a mayor o menor ritmo. El Retiro, además, siempre ha sido amplia sala de exposición de las artes más populares y callejeras. Sólo hay que darse una vuelta por las inmediaciones del estanque para pasar unas horas de agradable solaz sorprendiéndose con las habilidades del mago aficionado, observando la pericia de un caricaturista, mirando desconfiados la perorata de la vidente a un cliente solícito de poner rumbo cierto a su existencia o participando de la felicidad de un grupo de niños, sentados en corro alrededor de un minúsculo teatrillo de marionetas. Hay quien disfruta del Retiro durante las estaciones del año más bonacibles tumbado en la fresca hierba intentando que el cuerpo se apropie de los rayos solares. Otros, los más jóvenes, sencillamente disfrutan de una merienda o hacen corro en tertulias cuyos temas saltan de lo frívolo a lo filosófico con la lozanía y el desparpajo que da la edad y sin ninguna pretensión de sentar cátedra. Lugar multirracial y multicultural por antonomasia, por el Retiro pululan desde el vecino del barrio, español y madrileño de toda la vida, hasta el inmigrante en jornada de asueto sabatina o dominical, pasando por el turista procedente de país pudiente que, mapa en ristre, intenta desentrañar en una tarde los arcanos más recónditos de esta vasta y exuberante extensión de terreno. En definitiva, lo que Gutiérrez Solana decía en los años 20 del siglo pasado pero puesto al día. El fondo, el mismo, con algunas variaciones en la forma que no ponen en entredicho la idiosincrasia actual de ese parque de más de 114 hectáreas de terreno situadas en pleno centro de la Villa y Corte, es decir, casi un millón doscientos mil metros cuadrados para uso y disfrute de los ciudadanos, del pueblo, de la sociedad matritense.

Más allá del límite oriental de Madrid

Gaspar-de-Guzman-Conde-Duque-de-Olivares_1587-1644

Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares

Cuando el conde-duque de Olivares proyecta la creación de un amplio espacio para uso regio en los albores del siglo XVII la zona donde hoy se encuentra el parque del Retiro era sencillamente un erial situado en las afueras de la capital, cuyos límites últimos los marcaba el Prado de San Jerónimo con su cenobio. Así lo describe Ramón de Mesonero en su Antiguo Madrid cuando remarca que “más allá del límite oriental, hasta bien entrado el siglo XVII, no existía población alguna ni otro edificio que aquel antiguo monasterio y el de Atocha; la entrada a Madrid por aquel lado, como por todos, era abierta y franca, sin cerca que la limitase ni puerta que la sirviera de ingreso; pues hasta la misma mezquina de Alcalá que estuvo más cercana al arranque de aquella calle, no fue construida hasta el año de 1599 en ocasión de la entrada solemne de la reina doña Margarita, esposa de Felipe III. Hasta entonces el camino de Valnegral (Abroñigal) venía por donde ahora está el Retiro, hasta frente de la Carrera de San Jerónimo, que era la verdadera entrada de Madrid”. Los terrenos donde después se construiría el complejo llamado Jardines del Buen Retiro, que incluiría lo que hoy es parque más el espacio que abarca desde el paseo del Prado hasta la actual calle de Alfonso XII, desde la glorieta de Atocha hasta Cibeles, fueron cedidos por el duque de Fernán-Núñez para recreo de los monarcas en el entorno del monasterio de los Jerónimos. Y ahí es donde entra en juego el maquiavelismo del conde-duque de Olivares que ve la ocasión pintiparada para engatusar al monarca y desviarlo de las obligaciones de gobierno, lo que permitiría a Guzmán y Pimentel manejar a su antojo, desde su cargo de valido, la nación y el imperio decreciente. La personalidad del monarca era proclive a dedicarse a esparcimientos frívolos y, por tanto, nada extraña que el propio Mesonero abundara en el siglo XIX en ese malévolo objetivo al escribir que se trataba de una obra exclusiva “de aquel refinado cortesano que quiso desplegar en él (Buen Retiro), para fascinar al joven monarca, todos los recursos que la adulación y la lisonja le inspiraban, todo el poderío que ponía en sus manos su inmenso valimiento y los tesoros del estado de que sin limitación podía disponer; llegando a improvisar en pocos años una nueva residencia real, una mansión fantástica de placer y de holganza, que oscurecía y hacía olvidar las de los bosques, jardines y palacios antiguos del Pardo y Casa de Campo, que habían formado las delicias de los Felipes II y III”. Y puesto a ello “allegó todos los terrenos y posesiones inmediatas al monasterio y convento real de San Jerónimo, hasta una extensión asombrosa; emprendió obras colosales para su desmonte, plantío y proveimiento de aguas; alzó un vistoso palacio; rodeole de extensos jardines, bosques, estanques, ermitas y caserío, y dispuso para asombrosas fiestas aquel espléndido teatro de su elevación y fortuna”. Las obras comenzaron en 1631 con un gallinero “casa de aves extrañas”, varios jardines y el estanque grande y en la noche de San Juan de ese mismo año se estrenó con un festín aunque hasta finales de 1632 no se inauguró oficialmente la residencia real. Echamos mano ahora de Pedro de Répide para que nos describa minuciosamente qué espacios en concreto abarcaban los jardines del Buen Retiro pues difícilmente podemos hacernos una idea si tomamos como referencia únicamente la topografía actual de la zona. Dice Répide que “los jardines del Buen Retiro comenzaban donde se halla la Casa de Correos y estaba la llamada Huerta del Rey, que luego fue parque de espectáculos. En la calle del Pósito -trozo de la de Alcalá entre las plazas de la Cibeles y de la Independencia- estaba la entrada llamada de la Glorieta, y poco más allá, donde se abrió la calle de la Reina Mercedes, que ahora se llama de Alfonso XII, estaban el palacio de San Juan y la ermita del mismo nombre. Toda la extensión, desde este lugar hasta San Jerónimo, era la ocupada por el palacio, del cual no se conservan más que el ala septentrional llamada Salón de Reinos -hasta hace poco museo de Artillería- y el Casón, donde estaba el salón de baile”.

Actual parque del Retiro

Parque de Madrid

Entrada principal del parque del Retiro que permite el acceso al paseo de las Estatuas

“Es conveniente -insiste Répide- dejar hecha esta referencia a la parte desparecida del Retiro, entre el Prado y la calle de Alfonso XII, y la de Alcalá y la iglesia de los Jerónimos, para pasar a ocuparnos del parque de Madrid, en su recinto actual”. Pero antes es necesario recordar que durante la invasión francesa de 1808 los jardines quedaron prácticamente destruidos al ser ocupados por las tropas napoleónicas, que lo utilizaron como fortificación. Fernando VII inició la reconstrucción, con la erección de edificios de recreo, siguendo las modas paisajistas de la época y abriendo una parte al pueblo, pues hasta entonces el uso de los jardines era exclusivo de la Corte. Con el Sexenio Revolucionario los jardines pasaron a propiedad municipal, abriéndose sus puertas a todos los ciudadanos, a la vez que se iban añadiendo o modificando algunos de los edificios e instalaciones y pareciéndose cada vez más a lo que hoy podemos ver y disfrutar. Oficialmente fue llamado Parque de Madrid aunque todo el mundo en cualquer época lo ha conocido, lo conoce y lo denomina Retiro, ese Retiro del que nos habló Pedro de Répide hace ahora casi un siglo pero cuya descripción de su perímetro es harto válida actualmente y a la que nos atenemos: “…ese enorme y admirable jardín, cuyos límites actuales, desde la plaza de la Independencia, donde está su entrada de más frecuente acceso, siguen por la calle de Alcalá, en que está su puerta de Hernani, usada para el ingreso a la zona de recreos, donde son organizados espectáculos para las noches de verano (durante el siglo pasado), tienen en la calle de O´Donnell la entrada al paseo de coches, llamada de Fernán-Núñez, vuelven por la antigua ronda de Vallecas, hoy avenida de Menéndez Pelayo, a la que abre dos puertas y un portillo en la esquina de la tapia meridional que viene sobre el cuartel de María Cristina y el Observatorio, en lo que fue olivar de Atocha y cerro de San Blas, y recogiéndose para dejar espacio a la Escuela de Ingenieros de Caminos, extendiéndose par la calle de Alfonso XII, que primitivamente se llamó de Granada, y en ella desde la puerta del Ángel Caído, hasta la plaza de la Independencia, tiene otros tres ingresos: una puerta que da al Campo Grande, frente a la calle Espalter (actual puerta de Murillo), la restaurada puerta de la Fortuna, una de las antiguas del Real Sitio, pues data de 1690, inaugurada el año último (hacia 1920) en su emplazamiento de acceso al Parterre, y la que frente a la calle de la Lealtad, ábrese al paseo de las Estatuas, también llamado de la Argentina, hasta el estanque grande, puerta principal del Retiro, sobre la cual está el rótulo, denominador de esta posesión del pueblo madrileño al que pertenece desde el año de 1868. Sin embargo, la costumbre hace más frecuentada la puerta de la plaza de la Independencia, dándole un fuerte carácter de primacía sobre la que oficialmente tiene esa condición”.

Esbozo somero y sin profundizar en el contenido

Estanque

Estanque con el monumento a Alfonso XII

Esta sería a grandes rasgos la descripción histórica y perimetral del parque del Retiro, vacío recipiente si no se llenara con todo el contenido que el vasto recinto acoge en su interior. Pero sería tarea absurda el querer despachar con toscas pinceladas edificios, fuentes, parques, paseos e instalaciones diversas con que está dotado un solar de estas dimensiones. Nada hemos dicho de los actuales jardines interiores, de su magnífico, dilatado y lúdico estanque, de su historiado parterre ni de la solemnidad de su paseo de las Estatuas. La Casa de Vacas o la de las Fieras también tienen su lugar en la historia de Madrid y de los madrileños así como La Rosaleda o los modernos jardines de Cecilio Rodríguez. El Paseo de Coches también da de sí una buena entrada, sobre todo en lo referido a la polémica que generó su construcción por lo que suponía de permisividad para la entrada en el parque de los vehículos a motor y la consiguiente profanación de un lugar sagrado y pacífico para el disfrute pedestre del ciudadano. Los palacios de Velázquez o de Cristal tendrían en sí mismos material suficiente para justificar unas cuantas palabras. Y, ¿qué decir de la multitud de fuentes, desde la de la Alcachofa a la de los Galápagos? Y de las diversas estatuas y monumentos individuales, desde aquella dedicada a Lucifer a las de escritores como Galdós o Campoamor, pasando por las ecuestres y sedentes de diversos héroes hispanos e iberoamericanos, dominadas todas ellas por el monumento al rey Alfonso XII. Instalaciones menores como el templete de la música, el teatro de títeres o la moderna zona deportiva de La Chopera no podrían quedar en el tintero, como el estanque de las Campanillas, recientemente restaurado, la Casita del Pescador o la montaña artificial. Todo ello ha sido motivo y excusa para inaugurar en este blog una nueva categoría dedicada en exclusiva a esta maravilla de la naturaleza, debidamente domesticada por el hombre para su uso y deleite, que aunque con matices, debe hacer sentirse orgullosos a los madrileños por las posibilidades de flaneo que les ofrece y por lo que supone de orgullo bien entendendio cuando se trata de mostrarlo a quienes nos visitan y a su vez la comparan con otros importantes recintos de estas características con los que cuentan en sus respectivos países.

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Publicado por en julio 5, AM en El Retiro, Parques

 

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