RSS

Café El Gato Negro

07 Jul
Café Gato Negro. Antiguos cafés de Madrid

Fachada del Gato Negro. Foto tomada del blog Antiguos cafés de Madrid

No tuvo el glamour que otros que concitaron la atención de propios y extraños a lo largo del siglo XIX pero El Gato Negro también cuenta con un humilde rincón en la historia de los cafés de Madrid. Su apertura tardía -en 1907- y su carácter de ambigú respecto del vecino y casi hermano teatro de la Comedia lo apartaban en cierta medida de la idiosincrasia habitual de este tipo de establecimientos y “sus gatos de bazar”, en palabras de Gómez de la Serna, no colaboraban a darle el toque de originalidad y de personalidad que siempre se suponía a estos locales, pues para muchos no dejaba de ser un remedo de su homónimo parisiense. El hecho de que sirviera de improvisado vestíbulo de espera para los espectadores del teatro solía descomponer la atmósfera tertuliana aunque no hay que olvidar que este hecho daba pie a más de una anécdota y comentarios en boca de los fieles parroquianos santificados por la musa de la literatura, que en esos momentos daban rienda suelta a su soberbia intelectual. Sin embargo, tuvo su época, su fiel feligresía y, por encima de otras consideraciones menores que posteriormente desgranaremos, se constituyó en uno de los epicentros del movimiento modernista en Madrid, enfrentando en incruenta guerra su mentalidad escapista y exótica con la castellanista del noventaiochismo imperante en el café de Fornos. Pero ni uno ni otro recinto eran compartimentos estancos y se producían trasvases y se compartían veladores, prueba una vez más de que no había tanta distancia ideológica, literaria o estética entre ambas tendencias. Que Jacinto Benavente se convirtiera durante un tiempo en el líder tertuliano del Gato Negro es un argumento de peso para confirmar que, más allá de las etiquetas literarias al uso, predominaban las personas y las refriegas y disensiones intelectuales entre el dramaturgo premio Nobel y el incansable Valle-Inclán eran también muestras claras de esas vivencias, a caballo entre la entente cordial y cierto resquemor intelectual.

Calle del Príncipe 14

Jacinto_Benavente_y_Martinez

Jacinto Benavente

Tomamos del blog Antiguos cafés de Madrid los datos técnicos de este recinto, situado en el número 14 de la calle del Príncipe y su calificación de “café simpático, siempre lleno de público hasta que comenzaba la representación en el vecino teatro. Un timbre avisaba a la clientela del inicio de la función, a la que se podía acceder a través de la puerta que comunicaba ambos locales, sin necesidad de salir a la calle”. El Gato Negro era propiedad del empresario Tirso Escudero y “su estilo art nouveau, correspodiente a la segunda época de apogeo de dicho movimiento artístico en Madrid, fue encargado al arquitecto Ricardo Magdalena Gallifa, que contó con la colaboración de la Casa Mauméjean para las vidrieras y de la Casa Ferriz para los muebles”. Aunque ofrecía unos grandes ventanales que daban a la calle del Príncipe, el local carecía de la iluminación y las vistas de otros similiares, situados en plazas o calles más abiertas. Además, sus techos eran relativamente bajos, “detalles que sin embargo -según apunta Antiguos cafés de Madrid– lo convertían en un café más acogedor y cordial que muchos de los de su entorno. Divanes de color rojo, columnas y gatos negros pintados en diversas actitudes sobre paredes y techos de Enrique Martín, completaban la decoración”. Al margen de su calificación de modernista, El Gato Negro era la sede de la tertulia especializada como ninguna otra en el género dramático y como apuntábamos líneas arriba se podía ver a Valle y a Jacinto Benavente disputando dialécticamente sobre las peculiaridades del arte escénico. Por allí se dejaba caer un joven y aparentemente apocado diletante de la poesía, recién llegado a la capital y con la intención de hacerse un hueco en el siempre difícil arte de vivir de la palabra escrita en el Madrid de fin de siglo. No era otro que un tal Juan Ramón Jiménez recién llegado de tierras onubenses, ya con sus habituales pesadumbres incorporadas a su personalidad. Hay que imaginar lo que pasaría por la mente del aún cuasi púber vate moguerense observando los excesos dialécticos del extravagante autor gallego frente a frente con la paciencia infinita de don Jacinto. Otros que por aquellos pagos se dejaban caer con cierta regularidad eran el pintor catalán Santiago Rusiñol y su colega eibarrés Ignacio Zuloaga. También Antonio Machado. Si a ellos añadimos como más sobresalientes las figuras de Ortega y Gasset y el caricaturista Luis Bagaria, notaremos que el cóctel que algunas tardes se montaba sería tan explosivo que hay que dar carta de credibilidad a las numerosas anécdotas que sobre la vida tertuliana del café se han publicado.

El poeta argentino Ricardo Rojas

ricardo-rojas-escritor-s300

El poeta argentino Ricardo Rojas

Pero quien nos va a servir de cicerone por los entresijos del Gato Negro va a ser en esta ocasión el literato y periodista argentino Ricardo Rojas (1882-1957). Poeta de ecos románticos en su primera época, se convirtió al Modernismo con la eclosión de este movimiento aunque sin dejar al margen una perspectiva indigenista que se reflejará en toda su obra lírica. Rojas recogerá en un artículo periodístico publicado en 1838 las impresiones que El Gato Negro le produjo durante su estancia en Madrid en 1908. Los periodistas Antonio Palomero (ABC) y Mariano Martínez (La Nación) hicieron de introductores suyos en el café de la calle del Príncipe, “ambos habrían de ser dos buenos compañeros en los felices días de mi andanza madrileña. Venían muy gentilmente a ofrecerme su amistad de colegas y me invitaron a pasar con ellos al Gato Negro, vecino café donde tenían habitualmente su tertulia. Allí nos esperaban otros camaradas”.  Tras esbozar las características arquitectónicas del local el escritor tucumano pasa a describir el ambiente que en él se respiraba y sus primeros encuentros: “bullía de gente aquella tarde cuando por primera vez pasé con mis introductores hasta una mesa del fondo, donde aguardaban algunos colegas y otros personajes de profesión menos precisa. En lo alto de las paredes claras una cornisa pintada de gatos negros daba ornamento y alegoría de su nombre al salón amplio, moderno, limpio”. Reflexiona Rojas, desde la perspectiva que otorga el tiempo pasado, sobre lo que para él significó el café en su objetivo de comprender la mentalidad hispana, algo perseguido en aquellos tiempos por los escritores hispanoamericano que visitaban la madre patria a la búsqueda de vínculos comunes. Es así que el poeta asegura que su visión de España “habría sido incompleta si no hubiera podido verla desde un café y en un café. Los dioses autóctonos -se refiere a los periodistas que lo condujeron al Gato Negro- fueron sin duda propicios a mi viaje puesto que el primer día me llevaron a la calle del Príncipe, donde al trasluz de mis interlocutores mostrábase, en raros escorzos, el ingenio ibérico. Tan bien me encontré allí, por el lugar y por las interesantes personas de su tertulia, que el café del Gato Negro llegó a ser una sucursal de mi cercana vivienda y desde aquella primera reunión comenzó un diálogo que duró más de cien días”. Califica Ricardo Rojas las habituales tertulias del café como las más genuinas “asambleas abiertas, accidentales, fluctuantes, sin jerarcas ni pontífices” y se siente sorprendido por la personalidad de los contertulios que en general “llevaban como don Quijote una vida imaginaria. Sentían con pasión, pensaban con arbitrariedad, hablaban con franqueza. Tal ha sido siempre la atmósfera moral de los cafés madrileños, lo mismo en las conspiraciones políticas que en las discusiones literarias. En la reunión de periodistas y artistas no tropecé con el necio, ni con el perverso, ni con el villano. Yo había concurrido con Gómez Carrillo al Napolitan de París, y con Domenico Oliva al Aragno, en Roma; pero no hallé lo que en Madrid se me ofrecía. En todos aquellos impenitentes bohemios hallé una simpatía espontánea, virtud del carácter español y acaso ventaja del idioma común”. Se resiste Rojas a rematar el artículo sin echar su cuarto a espadas en cuanto al anecdotario se refiere y describe su sorpresa ante la llegada de ciertos personajes de alto copete: “una noche, en El Gato Negro, cuya puerta interior, según ya se sabe, comunicaba con la Comedia, avisaron que el Rey estaba en el teatro con la flamante Reina. La función iba a terminar y la regia pareja no tardaría en salir. Invitáronme a verlos: en el vestíbulo habíase formado calle para el consabido aplauso. Pasó don Alfonso vestido de civil, todo de negro, espigado, narigudo, con la bocaza de belfo suelto muy sonriente, y ella a su lado, joven, rosada, elegante, grandota, linda como una diosa germánica. Al volver nosotros a nuestra mesa del café, uno de mis camaradas me susurró esta confidencia: -A ese lo llamamos el Chulo; a ella, la Pava Real”. Continúa su escrito Ricardo Rojas deshaciéndose en elogios sobre el ambiente que disfrutó en el café de la calle del Príncipe, “viví la vida española durante varios meses y no como un forastero…/…traté a maestro tan sabio como don Marcelino Menéndez Pelayo, el gran humanista cristiano; visité casa tan austera como la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos, ese santo laico; pero mi ambiente habitual fue el del café del Gato Negro y una charla de periodistas a quienes oí contar historias íntimas de la familia reinante, trapacerías de los políticos en auge, intrigas del mundo literario, anécdotas de personajes famosos, chistes en boga y cuanto la curiosidad de un viajero joven podía apetecer”. Como guinda del pastel echa mano el poeta argentino del clásico para encomiar su positiva experiencia vital, literaria y profesional en el café madrileño, ensalzándolo hasta el extremo: “tuvo Atenas su Pórtico, tuvo Roma su Foro, tuvo Florencia su plaza de la Señoría; pero el Madrid de 1908 tuvo su café del Gato Negro, verdadera universidad de la bohemia. Allí aprendí muchas cosas bellas y profundas, entre otras disparatadas y bárbaras, y fui tan buen alumno que con el tiempo me hicieron –amoris causa– miembro de número de aquella trashumante academia, nacida del mantillo racial como planta indígena y lozana”.

Anecdotario

john-dos-passos-7

Dos Passos también reflejó en su obra el ambiente del Gato Negro

Al margen de la omnipresencia de Ramón del Valle y Jacinto Benavente en el local numerosos fueron los intelectuales tanto hispanos como foráneos que pasaron por los veladores del Gato Negro. El propio Benavente solía recogerse en las mesas del fondo, de buena mañana, para esbozar los caracteres de su siguiente comedia no sin antes pasarse por la vecina tienda de caramelos La Violeta, en la plaza de Canalejas. No debemos olvidar los momentos emotivos que se vivirían en 1916 cuando tras la confirmación de la muerte de Rubén Darío, el propio Valle-Inclán puesto en pie y ante un silencio que se cortaba con un cuchillo recitó en homenaje al vate nicaragüense los famosos versos “Padre y maestro mágico, liróforo celeste…”, ni las disensiones entre ambos que llevó a que Benavente tuviera durante un tiempo que presidir en solitario la tertulia literaria, con los chismorreos correspondientes por parte de los correveidiles de uno y otro escritor. Pero más allá de nuestras fronteras, el narrador norteamericano John Dos Passos se referiría al café El Gato Negro en su obra Rocinante vuelve al camino, para describir la personalidad y forma de vivir de los madrileños. Señala el narrador de Illinois que “a eso de las once o las doce se levantaba uno, tomaba una taza de chocolate espeso, paseaba por la Castellana, bajo los castaños, o entraba unos momentos en el despacho de un teatro. A las dos, a almorzar. A las tres, o cosa así, se sentaba uno a tomar café y anís en El Gato Negro, donde los camareros tienen aire de ministros y no pierden palabra de las discusiones, un tanto lánguidas, sobre arte y letras que matan las horas de la siesta”. Era la vida de los cafés madrileños en general y de este Gato Negro en particular, local que conseguiría continuar abierto tras la Guerra Civil -hasta 1956- aunque ya la mayoría de estos locales habían desaparecido o languidecían ante las nuevas costumbres sociales, dejando de ser ese patio de vecindad literaria, política o intelectual. Tampoco El Gato Negro escapó a este apagamiento progresivo de su aura, mientras en sus veladores se seguían sirviendo – blog Antiguos cafés de Madrid dixit- “los cafés con leche de la gran vaquería de Alfredo Fernández, de la Guindalera, que ordeñaba vacas especiales a la vista del público, para niños y enfermos”.

 

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en julio 7, AM en Cafés

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: