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José María Carnerero

10 Jul
MaQUETA de Madrid 1 de León Gil de Palacio.

Madrid hacia 1830 en maqueta de Gil y Palacio

El personaje que hoy traemos a nuestro blog no es ciertamente conocido más allá del ámbito del periodismo y la literatura y, sin duda, al describir su trayectoria vital y profesional hallaremos más defectos que virtudes en una biografía donde muchas son las sombras que faltan aún por iluminar. Por no haber no hay ni fotos en la red que nos pudieran ofrecer una imagen de su fisonomía. Fue un estudiante caprichoso e indisciplinado que medró en la vida merced a la protección de su padre y a las influencias con que éste contaba en esferas cercanas al poder. Incursionó en el mundo de la diplomacia aunque su inconstancia le impediría hacer carrera. Tampoco fue un gran literato y, sin embargo, dejó una relativa impronta en el Madrid romántico del siglo XIX, aunque sólo fuera gracias a las traducciones realizadas de obras francesas y de clásicos del Siglo de Oro, a lo que hay que sumar algunas comedias propias que pasaron por las tablas con más pena que gloria. No podemos considerarlo un gran periodista, ni mucho menos, pero es probable que la historia del periodismo de opinión de la España decimonónica no se pudiera escribir sin hacer referencia a su figura como editor. Ni siquiera se le puede catalogar de gran empresario de los medios de comuniación y, sin embargo, sin su impulso es problable que hoy en día fueran menos conocidas las plumas que han marcado el devenir de la profesión en España y que él contribuyó a sacar a la luz. No en vano se le considera el divulgador de un subgénero narrativo tan trascendente como el artículo de costumbres que, si bien él no practicó con su propia pluma, posibilitó que adquirieran justo renombre, publicando en sus revistas literarias sus artículos, nombres como los de Estébanez Calderón, Mesonero Romanos o el propio Mariano José de Larra, con quien sostendría una agria polémica que terminaría en los tribunales. José María Carnerero fue un todoterreno, aprendiz de mucho y maestro de nada y, sobre todo, un hombre decidido, con mucha gramática parda encima, que supo hacer bueno lo de estar al sol político que más calentara con el fin de ir sorteando los vaivenes del destino siguiendo la máxima de Campoamor de “poner un pie en lo  terrenal y otro en lo eterno”, según las circunstancias. Desde el punto de vista de empresario periodístico abrió el camino a los futuros magnates de la prensa en la medida en que supo marcar una línea de opinión que no molestara excesivamente a los poderosos, ganándose el calificativo de camaleónico por su capacidad de adaptación a los numerosos cambios políticos de la España de la primera mitad del siglo XIX. Que ya es demostrar flexibilidad. Quizás quien mejor supo describirlo fue el propio Ramón de Mesonero que con la diplomacia que le caracterizaba cuando tenía que dar opiniones en  público, con el freno echado y con la benevolencia por bandera dijo de él que se trataba de un “hombres singular, mitad literato, mitad cortesano, con sus puntas de Tenorio y sus fondos de kaleidoscopio”.  Es decir, espejo y ejemplo para los actuales capitostes de la prensa, dóciles con el poder, de cuya cercanía nunca renegarán de facto pese a abanderar de puertas afuera la cruzada de la modernidad, el ataque a lo obsoleto y la defensa de las ideas de su siglo.

Indisciplinado y mediocre estudiante

comedia de J. M. Carnerero

Portada de una comedia de Carnerero

Como decíamos líneas atrás, José María Carnerero perteneció a una familia bien situada social y económicamente. Nació en Madrid en 1784 y en su fe de bautismo se puede leer que era hijo de Sebastián Bernardo Carnerero de la Quintana, secretario del Consejo de Su Majestad y de la Superintendencia de Plantíos, Rompimientos y Sementeras de 25 leguas en torno a la Corte. Su madre llevaba por nombre y apellidos Josefa Bails de Balmaseda y hacía ostentación de un origen hidalgo. Los escasos datos biográficos de que se dispone nos lo presentan en sus primeros años como un estudiante indisciplinado, despierto pero inconsistente, siempre protegido por el escudo paterno, bajo cuya supervisión es probable que aprendiera Humanidades, Filosofía moral, Física experimental, Poética, Matemáticas, Francés y demás disciplinas propias de lo que se consideraba una buena educación entre las clase pudientes de la época. Sin embargo, no consiguió el título de bachiller, requisito que le impedía ingresar en el colegio de Santa Catalina Mártir, perteneciente a la universidad de Alcalá. Las buenas influencias de su padre en la Corte evitaron males mayores y se le eximió de tal requisito, por lo que se le concedió la beca correspondiente y pudo ingresar en el centro. Incluso contó con el respaldo de la condesa de Montijo para que no hubiera dudas sobre la conveniencia de permitirle el acceso a un colegio donde no debía ser fácil ocupar un pupitre. A pesar de todas estas facilidades que se le ofrecieron, los anales de la historia menuda dicen que no se enmendó y destacó por no observar “la disciplina ni el reglamento, e incluso se comprobó que por dos veces había dormido fuera del colegio, lo que le valío en 1802 un castigo que no tuvo mayores consecuencias”. Gracias, una vez más, a la intervención de su padre. Pero Carnerero hijo debió seguir en lo suyo de sostenella y no enmendalla aunque todo tiene un límite por más que detrás esté hasta el mismísimo Manuel Godoy. Es por ello que en 1805 la junta del colegio decide retirarle definitivamente la beca y ya tenemos al mozuelo con la veintena cumplida, mano sobre mano, y a su padre con un nuevo dolor de cabeza. En esta ocasión decide incorporarlo como redactor al periódico Memorial literario, del que éste es director. Y es ahí cuando debiose despertar en el joven el vicio por los tipos y las galeradas y, aunque no permaneció durante mucho tiempo vinculado al medio, parece ser que la semilla estaba sembrada. Por esta época comienza a vinculársele con el mundillo teatral madrileño y se sabe que traduce y arregla comedias del francés, algunas de ellas estrenadas en el teatro de la Cruz. Pero como decíamos, parece ser que el mundo del periodismo le viene en principio corto y él es hombre de más altos vuelos. Estamos en 1806 y, una vez más, su padre tiene que echar mano de las relaciones públicas para introducirlo en la carrera diplomática consiguiendo que lo nombren Agregado a la Embajada de España en Costantinopla, donde permanecerá hasta la llegada de las tropas napoleónicas a la península ibérica en 1808.

Camaleón político

José Bonaparte

José Bonaparte recibió los elogios desmedidos de Carnerero

Nunca tuvo excesivos escrúpulos José María Carnerero en cuanto a ideas políticas se refiere y ello lo empezó a demostrar de vuelta de Constantinopla, con los franceses apoderándose de la península y con sus padres camino de América a donde había sido destinado don Sebastián Bernardo. Había que sobrevivir y tras ser detenido por la policía francesa decide cambiar de chaqueta y adaptarse a las circunstancias. Poco después lo vemos aparecer en público como un afrancesado más, redactor de la Gaceta de Madrid y empleado en el Ministerio del Interior. Acompaña a José Bonaparte por España y en Sevilla hace sus pinitos como poeta con una encendida y elogiosa oda al monarca francés. Con la derrota del ejército napoleónico Carnerero marcha al exilio y, protegido en esta ocasión por el duque de Orleans permanecerá en Toulouse traduciendo comedias ajenas y produciendo algunas propias con mayor o menor suerte pero que son estrenadas en territorio patrio. Vuelve a España en 1821 y comienza a colaborar en los más diversos periódicos y revistas de la época tras publicar una carta “en defensa propia y de su hermano” donde se quita de encima cualquier vinculación con ideologías políticas que no fueran las del momento y que no eran otras que las propias y permitidas en el Trienio Liberal. De su camaleonismo político dio su mejor muestra en 1823 tras la caída de los liberales. Ahora, bajo el manto protector del duque de Angulema, escribe una comedia titulada La noticia feliz, donde celebra con todo tipo de encomios la vuelta al poder absoluto de Fernando VII. Leemos en La web de las biografías que “el mismo tipo de alabanza descarada que había usado con José I, le sirve ahora para adular al Borbón y medrar”. Y ya tenemos a Carnerero paseando su palmito por los alrededores de la plaza de Santa Ana, alternando con comediantes, autores y empresarios teatrales con el fin de dar rienda suelta a su vena dramática. Su fertilidad a la hora de componer comedias se manifiesta en obras propias como la citada anteriormente y otras del mismo jaez como El regreso del Monarca. Refunde dramas de Tirso de Molina y otros autores del Siglo de Oro, proclama su devoción hacia Calderón y desde su tertulia del café del Príncipe comienza a relacionarse con los círculos intelectuales que anuncian un cambio en las formas y los contenidos tanto litearios como sociales y políticos que se avecinan. Estamos a mediados de la Ominosa Década y vemos a José María Carnerero perfectamente integrado en el mediocre y apagado mundo teatral del Madrid de entonces. También sabemos que su relación con periódicos y revistas lo van inclinando progresivamente a un mundo que, si bien conocía de tiempo atrás, es ahora cuando comienza a hacerle sentir a gusto. Colabora como redactor en diversas publicaciones y decide fundar en 1828 El correo literario y mercantil, en lo que se presume su primera gran incursión en el mundo de la prensa. Se trataba de una publicación que no destacó por la fuerza de sus contenidos pero que significó un antes y un después en el periodismo literario y de opinión. “Su escaso mérito -dice la investigadora María Cruz Seoane- su insipidez, sirve de representante de lo que fueron aquellos últimos años del régimen absolutista”. Sin embargo, en el platillo de la balanza hay que incluir también que la publicación del Correo Literario supuso un nuevo concepto de crítica literaria y teatral inspirada en el modelo francés y que será un ejemplo a seguir en cuanto a la evolución del periodismo costumbista castizo que había nacido a finales del siglo anterior y que es ahora cuando se consolidará definitivamente. La publicación contará con cuatro páginas y saldrá a la calle tres días a la semana. Dada la censura política del momento se dedicará “a difundir noticias y críticas de literatura, teatro, toros, música, industria y comercio, modas, medicina, historia y otros artículos de divulgación, ofreciendo la información correspondiente a los cambios de moneda y la situación de los productos agrarios”. En el plano politico el periódico adulará a Fernando VII y sus ministros, ofreciendo información de la vida cortesana en tono dulzón y almibarado hasta llegar al extremo de adornar con una orla fúnebre su primera página cuando en mayo de 1829 fallece la tercera esposa del monarca. El periódico se publicará, cambiando varias veces de cabecera, hasta la muerte del rey, en 1833. Mientras tanto, Carnerero lanza otra cabecera en marzo de 1831, bajo el nombre de Cartas Españolas, donde Mesonero Romanos y Estébanez Calderón comienzan a publicar sus artículos costumbristas, unos artículos que casaban perfectamente con lo que hoy llamaríamos una línea editorial amable. Las Cartas Españolas cierran su redacción el primer día de noviembre de 1832 pero no es más que el paso previo para que una semana más tarde aparezca la nueva cabecera de Carnerero bajo el nombre de La Revista Española, publicación que jugará un papel político más importante que las anteriores pues su presencia en la calle se prolongará hasta 1836 y por tanto, estará libre de la censura que imponía en vida el rey felón.

Polémica con Larra

Correo Literario y Mercnatil

Primera página del Correo Literario y Mercantil, publicación motivo de la polémica

En esta última revista colaborará Mariano José de Larra, lo que supone una muestra más que suficiente del olfato periodístico de Carnerero. Al contrario que Mesonero o Estébanez, Larra se había caracterizado ya antes de la muerte del rey por el carácter crítico y agrio de su periodismo, no dejando parcela de la cultura o de la política sin pasarla por su particular prisma, lo que le habia traído más de un disgusto con la censura. Y con el propio José María Carnerero. En el periódico El duende satírico del día, fundado por él mismo, Larra había criticado con toda la acritud, sorna y mala baba de la que fue capaz la línea editorial y los fallos de redacción del Correo Literario y Mercantil, lo que le llevó a un enfrentamiento con Carnerero que acabaría en los juzgados, teniendo que retractarse de sus palabras El pobrecito hablador. El artículo de la polémica se había publicado el 23 de septiembre de 1832 bajo el título Un periódico del día o el Correo Literario y Mercantil y desde la primera línea descalificaba tanto a redactores como a lo redactado o al director del medio, el propio Carnerero. Comienza con aquello de “Pero, ¿qué tiene nuestro periódico? ¿Tiene algo por ventura?… gritan los redactores de una parte a otra. Pues ese es su defecto, señores redactores, no tener nada”.  Acusa de vagos a los propios trabajadores, entre los que se encontraba Bretón de los Herreros, y aconseja hacer “en adelante todo lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora”. Para ello, según la vituperante pluma de Larra “no hay más que dos caminos: el malo ya lo han recorrido ustedes todo; me parece pues que se acreditarán de necios si no supiesen hallar el bueno”.La ironía que rezuma el escrito es tal que a nadie soprendió que Carnerero montara en cólera toda vez que era el destinatario último de las acometidas pues no podemos olvidar que los redactores eran contados y que el propio director era el encargado de tomar la pluma en una parte considerable de la publicación.  Sigue Larra lanzando sus cargas de profundidad cuando concede que “no es decir esto, aunque lo parezca, que El Correo Literario no tenga mérito y nadie mentiría más que yo si se tratase de sostener que es inútil; muy al contrario, porque a mí mismo me sucede que sólo los días que sale puedo conseguir dormir la siesta…/… ahora bien, tengo muy buen cuidado de no comprar el número hasta la hora de comer y ábrale por cualquier parte, a los chasquidos de su látigo, me duermo como un hombre sin cuidados, tan profundamente que ha habido tardes de pasárseme la hora del paseo y despertarme a las diez de la noche”. Se trata de uno de los artículos más extensos del Pobrecito hablador, donde sus críticas se dirigen a todas las secciones de la publicación, con singular incidencia en el apartado teatral. Larra carga contra un tal Viejo Verde, especialista en el género dramático del Correo Literario, y firma tras la que no hay que ser muy lince para deducir que se escondía el propio Carnerero. Lo acusa de blando y condescendiente y de no “querer reñír con nadie, ni con autores, ni con actores; yo creo que el decir, particularmente de estos últimos, muchos defectos que tienen, sería un paso dado hacia el buen gusto. Lo mismo sucede con respecto a las óperas…”. Pecaríamos de excesivamente prolijos si enumeráramos todas las correcciones que con el consabido tono irónico dedica Larra a Carnerero. Baste para finalizar esta breve enumeración de citas la que apunta directamente al propietario del periódico y da inicio al último párrafo, donde aconseja un cambio total de la línea editorial y de la forma de trabajar: “En fin, señor editor, El Correo necesita una reforma; menos prisa, más corrección, más gracia, más profundidad y elección acertada de asuntos y redactores que los sepan manejar”. La polémica, como dijimos anteriormente, llegó a los tribunales y aunque Larra se vio obligado a dar marcha atrás no cabe duda que en los oscuros veladores del café del Prínicipe la Partida del Trueno debió desahogarse a modo con los habituales en estos casos comentarios jocosos por lo bajo mientras sus traviesos miembros miraban de reojo a la mesa donde Carnerero, habitual de aquel cubículo, debía poner cara de circunstancias y de ya llegará mi momento. Que indudablemente llegó cuando consiguio cerrar El duende, periódico donde Larra publicó su ataque. Ello, como decíamos, no fue cortapisa para que posteriormente colaborara en La Revista Española, donde por cierto, estrenaría su seudónimo más conocido, el de Fígaro. Para cerrar con este sucinto repaso a la biografía de José María Carnerero poco podemos decir más que su presencia pública se iría progresivamente apagando a medida que se consolidó una forma de hacer periodismo. Sabemos que murió en 1866 pero no se conoce dónde ni en qué circunstancias. Se sabe que estuvo casado y que tuvo hijos. Y poco más. Pero nos queda un perfil que con defectos y virtudes describe a la perfección lo que ha sido hasta tiempos relativamente cercanos el empresario periodístico. Y probablemente incluso en la actualidad la mentalidad y la forma de hacer sean las mismas, a tenor de los resultados que observamos en el día a día de la prensa. Podrá haber cambiado cuantitativamente el concepto de empresa comunicativa, pero la esencia sigue repitiéndose y no es otra que la del intelectual orgánico siempre pendiente de echar un capote al poder mientras alardea de independencia, libertad de expresión y otras zarandajas.

 

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Publicado por en julio 10, AM en Perfiles

 

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