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Cuesta de Moyano

15 Jul
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Cuesta de Moyano un domingo por la mañana

Perderse una mañana de domingo por las casetas de la cuesta de Moyano es uno de los placeres más valorados por cualquier aficionado a la lectura que se precie de serlo. Lo agradece el cuerpo, aireado en un lugar hasta donde llegan los efluvios del cercano Retiro y del no menos cercano Jardín Botánico. Se le da cuartel al intelecto, que disfrutará como cerdo revolcándose en charca rebuscando entre centenares de vetustos tomos y olisqueando ese aroma a papel viejo, cada vez más infrecuente. Además, al trepar por la cuesta, entre puesto y puesto, recuerda uno, agradecido, al personaje histórico que da nombre a esta empinada vía, Claudio Moyano, a quien debemos probablemente la ley de Educación que más transcendencia ha tenido para generaciones y generaciones de españoles, a quienes sacó del analfabetismo. Por último, rendimos pleitesía a este Madrid de nuestras querencias, que se muestra en todo su esplendor en un entorno donde la historia ha escrito páginas imborrables sin necesidad de acudir al relato de batallas, disputas y broncas varias, tan caras al espíritu hispano. Porque tenemos cerca la basílica de Nuestra Señora de Atocha que enfrenta incruelmente su más rancia tradición con la flamante y remodelada estación de ferrocarril. Contamos con un paseo del Prado, que arranca a la altura de la Cuesta de Moyano y que nos recuerda que este era el lugar de ver y dejarse ver en la Villa y Corte de los Austrias. Los Borbones también dejaron su estela con la construcción del Jardín Botánico, adlátere a la vía de la que hoy hablamos. Y tras recorrer la empinada cuesta llegaremos, tras escrutar con pasión, que no metodología, de entomólogo los puestos de libros viejos, a una de las puertas del Retiro, la llamada del Ángel Caído pues por ella, calle Alfonso XII mediante, se accede a la avenida que nos conduce a la singular escultura dedicada a Lucifer. Marco incomparable la cuesta de Moyano, por más que suene a tópico, escenario o telón de fondo donde recrearse quienes aún sentimos esa atracción fetichista por el volumen de papel, el libro de toda la vida. Paraíso a punto de perderse para quienes crecimos en una infancia sin libros y a quienes este bendito objeto vino a rescatar de la amenaza de una vida a ciegas. Consejero fiel de quien recibir las respuestas tanto a dudas profundas como a infantiles cuestiones. Guía espiritual que nunca nos ha negado la paz y la tranquilidad en momentos tormentosos. Psicólogo de cabecera, siempre con la receta a punto para salvarnos de un bajón moral, para darnos fuerzas cuanto estas flaquean o para iluminarnos en la oscuridad cuando nuestros ojos no dan más de sí. Fetiche, compañero, refugio, guía, ¡cómo vamos a abandonarlo cual trasto inservible ahora que las nuevas tecnologías nos impelen a ello! Nunca ni por nunca podrán los nuevos artefactos electrónicos sustituir a quienes atiborran nuestras estanterías al extremo de querer echarnos de casa. Y menos cuando se trata de viejos que no obsoletos tomos, esos compañeros de orgías intelectuales que han dado oxígeno en el pasado a tantos y tantos asfixiados y que esperan humildemente en la cuesta de Moyano que alguien los considere útiles en un inmediato futuro.

Calle y ley de Claudio Moyano

Claudio MOyano

Monumento con la estatua de Claudio Moyano y Samaniego al inicio de la cuesta

La cuesta de Moyano es la denominación popular con que se conoce a la calle de Claudio Moyano. Dicha vía, en cuesta naturalmente, enlaza el paseo del Prado con el parque del Retiro y su fama le viene por las casetas de venta de libros de segunda mano y ocasión que ocupan desde 1925 su margen izquierda, la que da al Jardín Botánico. Recibe el nombre del político de origen zamorano Claudio Moyano y Samaniego, conocido por ser el autor intelectual de la Ley de Instrucción Pública de 1855. Al principio de la rúa, junto a la glorieta de Atocha, una estatua de bronce nos recuerda al personaje que desde tiempos lejanos tiene unido su nombre a esta singular y corta arteria. En concreto, fue en 1899 cuando se decidió instalar en el lugar una estatua de cuerpo entero de Moyano. Posteriormente fue trasladada y en 1982 restituida nuevamente al lugar que hoy ocupa, coincidiendo con el 150 aniversario de la aprobación de la ley educativa por él impulsada. A finales del siglo XIX, cuando se decidió colocar el monumento, no era la cuesta de Moyano lugar de fiar. Se encontraba a las afueras de la capital y esto daba pie a que fuera refugio de gentes de mal vivir. Ese es el aspecto que destaca Pedro de Répide, que algo sabía del tema, en su Calles de Madrid, cuando hacia 1920 la describe, avisando que “por su especial situación, queda casi solitaria al anochecer, y durante la noche es poblada por un mundo equívoco que se ampara en la soledad del lugar y en las sombras nocturnas”. A continuación, se refiere a la estatua de Moyano en clave prosopopéyica, lamentando que presida “mal de su grado esa población misteriosa, parte de la cual le ha venido arrebatando sucesivamente la verja y los relieves de bronce de su pedestal. Don Claudio Moyano se ve obligado a resisitir en el bronce estas faltas al orden y a otras cosas, que él no habría podido tolerar viviendo, pues que el grave autor de la Ley de Instrucción Pública, y consecuente enemigo de la libertad, era un adusto y ceñudo caballero a quien estaba reservado padecer en broncínea efigie este castigo a sus excesivas virtudes”. Hay que suponer que donde dice libertad Répide se refiera a lo que hoy entendemos por libertinaje pues no vemos a Moyano como alguien opuesto a la libertad por más que pasara de una ideología liberal en sus primeros años en la política al posterior moderantismo. Pues bien, el adusto y ceñudo caballero al que se refería Répide había nacido en un pequeño pueblo zamorano en 1809. Se licenció en Derecho, Latín y Filosofía a los 23 años, tras pasar por las universidades del Salamanca y Valladolid. Fue rector de las de Valladolid y Madrid, alcalde de la ciudad del Pisuerga y posteriormente, en 1843, diputado a Cortes por la misma ciudad. Después sería nuevamente elegido diputado por Zamora y Toro, lo que le abriría las puertas de la alta política, entrando en 1853 en el gobierno para hacerse con la cartera de Fomento. Tras ostentar diversos cargos ministeriales fue nombrado senador en 1881, escaño que ocuparía con carácter vitalicio desde 1886 hasta su fallecimiento en 1890. Pero es la fecha de 1855 la que marcará su carrera como político pues es entonces cuando impulsa la reforma del sistema educativo español a través de la ley por la que es conocido y con cuyo apellido ha pasado a la historia. La Ley Moyano puso las bases para el ordenamiento educativo español durante los siguientes cien años y aún actualmente la distribución de las enseñanzas es básicamente la que diseñó el politico zamorano. Se planteó sacar a España de la deplorable situación en que se encontraba desde el punto de vista educativo ya que, a mediados del siglo XIX, los índices de analfabetismo superaban a la práctica totalidad de los países europeos desarrollados. Organizó la educación reglada en tres niveles, tal como hoy día se encuentra estructurada, es decir, una Enseñanza Primaria, obligatoria desde los seis hasta los nueve años y gratuita para quienes no pudieran pagarla. En la práctica dependía de los municipios y de la iniciativa privada. A continuación, el diseño legislativo preveía la Seguna Enseñanza o Enseñanzas Medias, en la que se ordenaba la apertura de institutos de Bachillerato y escuelas normales de Magisterio en cada capital de provincia, además de permitir a las órdenes religiosas acceder a su impartición. Por último, la Enseñanza Superior se reservaba al Estado a través de las universidades. Prácticamente -hay que insistir en ello- como hoy en día, lo que es un índice significativo del valor que tuvo esa ley allá por los albores del estado moderno español. Oficialmente la ley permaneció en vigor hasta 1970 en que con Villar Palasí se instauró la enseñanza obligatoria hasta los 14 años, edad ampliada hasta los 16 por la infausta Logse.

La feria del libro viejo

Cuesta de Moyano 1

Primeras casetas instaladas en 1925 en la cuesta

Una de las numerosas ferias que se celebraban en Madrid desde tiempos lejanos y que perduraba todavía a finales del siglo XIX era la existente en Atocha, en la que se ofrecían diversos productos, entre ellos libros. Ese es el origen de la actual presencia de las cerca de 50 casetas dedicadas a la venta del libro viejo y de ocasión, que de forma permanente abren sus postigos cada día en la cuesta de Moyano. En la enciclopedia virtual leemos que “en 1919 este sector de libreros abandonó Atocha para instalarse en el paseo del Prado, delante del Jardín Botánico”. Parece ser que el director del Botánico no veía con buenos ojos el que los libreros ocuparan el espacio frontero con la verja del jardín por “improcedente y perjudicial para la salud” y el Ayuntamiento ordenó el traslado a la cuesta, calle que se había abierto recientemente en terrenos que habían pertenecido al recinto botánico. Es en ese momento, 1925, cuando se puede dar por oficial la fecha de su instalación definitiva en el lugar que hoy podemos visitar. Los libros se vendían a 15 céntimos, lo que dio pie a que Gómez de la Serna, siempre atento a sacar punta a cualquier detalle anecdótico y quedar de marisabidillo, la calificara de feria del boquerón, porque ese era el precio que tenían esos pescaditos en aquellos tiempos. El arquitecto Luis Bellido diseñó unos cajones hechos de madera de pino, de quince metros cuadrados cada uno, antecedente de los actuales. “El ayuntamiento fijó como número máximo el de treinta casetas, prohibió poner tinglados auxiliares, utilizar alumbrado o calefacción y subarrendar el puesto. El canon a pagar por los arrendatarios oscilaba entre las treinta y las cincuenta pesetas mensuales, que debían abonar en los ocho primeros días de cada trimestre”, leemos en Wikipedia. Pero no acabaron ahí las polémicas por la ubicación de los libreros de viejo. Varios intelectuales consideraban inadecuado, improcente y vejatorio el lugar, de ahí los comentarios de Répide o Gómez de la Serna, y solicitaban la vuelta a la anterior ubicación del paseo del Prado. El alcalde de entonces, un tal Pedro Rico, solicitó un estudio pero, llegó la República, después la Guerra Civil y en la posguerra los ánimos no estaban para este tipo de menudencias. El emplazamiento se había estabilizado y… pues eso, política de hechos consumados y la cuesta de Moyano que ya se ha convertido para los restos en sinónimo de lugar de venta de libros de viejo y ocasión. Tras varios proyectos de remodelación que quedaron en papel mojado en 1984 el ayuntamiento concede el permiso correspondiente para que las casetas se doten de agua, electricidad y teléfono, obras que desplazaron provisionalmente a los libreros a su antigua ubicación del paseo del Prado. En 2004 la construcción de una subestación eléctrica bajo la calle obliga a una nueva vuelta provisional al paseo, lo que fue aprovechado para rehabilitar y reformar la vía hasta darle el aspecto que hoy podemos percibir y cuya inauguración se produjo en la primavera de 2007. Al final de la misma, frente al Retiro, se colocó una estatua de Pío Baroja, uno de los promotores de la feria. Dicha efigie del escritor vasco fue trasladada desde su primera ubicación en el parque madrileño por antonomasia.

La cuesta y sus libros en la literatura

JOSÉ-GUTIÉRREZ-SOLANA-AUTORRETRATO.

Autorretrato de Gutiérrez Solana

El devenir de los puestos de libreros de la cuesta de Moyano ha sido recogido en numerosas obras literarias y citado repetidamente por diversos escritores quienes, casi siempre, han tratado con cariño este reducto de aficionados a husmear entre sus numerosos puestecillos, con la ilusión de encontrar ese trébol de cuatro hojas que es el libro antiguo anhelado desde hace años. Azorín y Baroja eran habituales de la cuesta, Cela la nombra en su Viaje a la Alcarria lamentando que “los libros de lance guarden herméticamente su botín inmenso de vanas ilusiones que fracasaron, ¡ay! sin que nadie se enterase”. Más cercanos a nosotros Andrés Trapiello y Óscar Esquivias la citan en sus diarios y novela respectivamente. Pero fue en 1923 cuando el también pintor José Gutiérrez Solana le iba a dedicar un maravilloso artículo descriptivo en su obra Madrid, callejero, escenas y costumbres, siempre desde la óptica expresionista que caracterizó la producción tanto narrativa como pictórica del madrileño. Se centra en primer lugar en razonar las causas de que los volúmenes acaben sus días en lo que él llama la feria de Atocha. Ello se debe, por un lado, a la desidia de los familiares de viejos lectores ya fallecidos, “restos de bibliotecas cuyos volúmenes amontonaron en vida los muertos con tanto deseo como si fueran a coleccionar todo lo que se ha escrito y que la familia, no siendo más que una carga pesada, los malvendió”.  Por otra parte, están los “desechos de las tiendas de viejo de las calles de la Abada, San Bernardo, Pez y Jacometrezo…/… libros en montón y no catalogados por falta de tiempo, unidos a otros de cierto valor para atraer la atención de los lectores”. Todos ellos van a parar a las que llama barracas de viejo donde “hay rebuscadores de láminas y libros que se llenan los bolsillos de rollos y tomos. En los estantes se ven apretados y empolvados los libros; recostada en ellos hay una escalera para alcanzar los de las últimas filas”. La cruda descripción se orienta ahora hacia la figura de un librero, epítome del resto de colegas, que “viste un largo delantal amarillo; es vegetariano y ateo; tiene gran fuerza y agilidad; lleva la cabeza al descubierto y rapada, lo mismo en verano que en invierno, y los pies desnudos; mira los tomos muy de cerca con los gruesos cristales de sus gafas y trepa por la escalera como un mono, bajando y subiendo libros, que limpia a zorrazos, levantando nubes de polvo, dando chillidos al enfadarse con la demás dependencia y poniéndose encarnado de cólera”. Entre los volúmenes que pueblan las estanterías se detiene Gutiérrez Solana en los tomos del Semanario Pintoresco, con los artículos de costumbres de Mesonero y los dibujos de Alenza. Otros clásicos como los Viajes de Gulliver o las novelas de Walter Scott también llaman su atención antes de observar algunos tomos de Gil y Blas, periódico agresivo, censurado en numerosas ocasiones y de cuya lectura “se saca en limpio que la política en España siempre ha sido una merienda de negros”. La mirada escrutadora y siempre incisiva de Gutiérrez Solana llega al extremo cuando se fija en un montón de libros que están en el suelo, “la polilla y los gusanos han dejado en sus hojas un taladrado muy limpio, que forma unas curvas; algunos agujeros han atravesado, por entero, los volúmenes hasta el cuero de la encuadernación”.  La crítica reivindicadora del valor del libro, a la vez que censora con el abandono en el que han caído los que por la cuesta de Moyano se encuentran, es el eje de un artículo cuyo simbolismo raya la desesperanza. Es el cementerio de los libros lo que está describiendo Solana con más rabia que nostalgia y lamenta que mucha gente “principalmente el público compuesto de mujeres y niños, pase indiferente ante los puestos de libros viejos y llene los barracones del cóndor de los Andes, el Circo y el teatro del ventrilocuo”. En fin, real y actual como la vida misma pues también en aquellos tiempos la lectura tenía que competir con otras formas de ocio que requerían menos esfuerzo en su asimilación.

 

 

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Publicado por en julio 15, PM en Calles

 

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