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Plaza de la Villa

22 Jul
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Bellísima estampa nocturna de la plaza de la Villa

Si la plaza de la Paja fue en la Edad Media el centro neurálgico de Madrid desde el punto de vista agrícola y comercial, antes de que se construyera la del Arrabal (hoy Mayor), la plaza de la Villa lo debió ser desde el punto de vista de la política municipal. Y nos expresamos de forma perifrástica porque, aunque no hemos encontrado datos del momento preciso en que se convierte en lugar de reunión del concejo, sí sabemos que encima del pórtico de la iglesia de San Salvador se celebraban las asambleas de los gobernantes municipales. Se tienen noticias de que el mencionado templo aparece descrito en el fuero de 1202 y de que Madrid cuenta con ayuntamiento desde tiempos de Alfonso XI, que fue quien nombró a los primeros regidores. Dado que este rey castellano muere en 1350 hay que deducir que hacia mediados del siglo XIV la plaza de la Villa se puede considerar eje geográfico alrededor del que se desarrolla la vida municipal, salvo que los anteriores regidores ya utilizaran el pórtico del Salvador para reunirse. Que es más que posible. Sin embargo, lo que distorsiona de alguna manera esa antigüedad es que el más añejo de los edificios de esta plaza, la casa y torre de los Lujanes, se erigió en el siglo XV aunque no es descabellado aventurar que en torno a la iglesia deberían levantarse construcciones con anterioridad, toda vez que el lugar se encuentra dentro de la cerca árabe o primera ampliación de la ciudad. Volcamos a vuela pluma y de entrada estos datos -aun a riesgo de abrumar o saturar al lector- para justificar el que no nos atrevamos a considerar esta ágora matritense como la más antigua de la Villa pero sí a insistir en que, en pugna con la cercana de la Paja, concentraría en torno a ella la vida ciudadana del Madrid de la baja Edad Media. En todo caso, nos encontramos ante un recinto geométricamente rectangular de una densidad artística e histórica fuera de lo común. Lugar de visita de extranjeros que, empujados por sus manuales turísticos, hacen un alto en el camino, entre la visita del Palacio Real y la de la plaza Mayor, giran sobre sí mismos con sus mapas en forma de sábana abiertos cuanto dan de sí sus brazos y se admiran de que cada uno de los cuatro costados de la plazuela dé para escribir no uno sino varios tratados de historia o de arte. Los oriundos del lugar, condicionados por razones más prosaicas, se paran menos en esta explanada coronada por el monumento a Álvaro de Bazán, sobre todo desde que dejó ser sede del ayuntamiento hace ahora seis años. Sin embargo, a ningún madrileño escapa su importancia histórica, entre otras razones, por su situación geográfica, en el centro de la primera cerca, en pleno Madrid de los Austrias, a escasos pasos del antiguo alcázar y rodeada de edificios de abolengo más que rancio, por más que el derribo de la iglesia de San Salvador a mediados del siglo XIX rebajara la importancia cuantitativa que la plaza tenía hasta aquellos momentos en la vida social capitalina.

Antigua plaza de San Salvador

Iglesia de san-salvador-texeira

Iglesia de San Salvador (B) en el plano de Texeira

La plaza de la Villa fue, por consiguiente, uno de los principales ejes de la vida de los madrileños en el Medievo, dada su ubicación equidistante entre la puerta de Guadalajara y la de la Vega, que protegían a la ciudad en la denominada cerca árabe. En principio era conocida como plaza de San Salvador, por la iglesia de ese nombre que se alzaba en el fontal de la calle Platerías -hoy Mayor-, adoptando oficialmente el nombre actual en el siglo XV cuando Enrique IV de Castilla le otorgó el título de Noble y Leal Villa. Mesonero Romanos en su Antiguo Madrid, texto que junto a la guía de Pedro de Répide hoy van a ser claves en nuestro caminar por esta plaza, nos la describe como “sitio altamente interesante por su importancia y recuerdos históricos. Formada esta plazuela por los considerables edificios del ayuntamiento o Casas Consitoriales, a poniente, las de los Lujanes al opuesto lado, y al frente la antiquísima parroquia del Salvador, que la daba nombre”. Olvida El curioso parlante citar la casa de Cisneros, en el lienzo sur, y las casas de los condes de Oñate, en la zona este, lindando con la calle Mayor. Sin embargo, sí valora lo que ha sido en el pasado la plaza, “largo tiempo considerada como la principal de la Villa, puesto que la Mayor actual caía del otro lado de la muralla, en el arrabal”. Debía considerar Mesonero sólo los aspectos políticos en su valoración de la importancia del lugar aunque rebaja un tanto la misma cuando afirma que “el humilde origen de la Villa de Madrid y su limitada importancia hasta los siglos XV y XVI es la causa de que no se encuentren en ella edificios públicos de consideración, anteriores a dicha época, careciendo, bajo este punto de vista, del atractivo que para el arqueólogo y para el poeta tienen otras muchas de nuestras ciudades, hoy de segundo orden, como Toledo, Valladolid, Burgos, Segovia, etc”.  El ágora toma importancia por el hecho de haber sido la sede de las reuniones del concejo desde lejanos tiempos y hasta 2007 pues “aunque quedó establecida la Corte en esta Villa en 1561, el ayuntamiento de Madrid, respetuoso observador de su sencilla costumbre, siguió celebrando sus reuniones en la pequeña sala capitular situada encima del pórtico de la parroquia de San Salvador, según consta en muchos documentos”. Y cita Ramón de Mesonero unos acuerdos de principios del siglo XVI, aunque la costumbre de reunirse en los altos de la entrada de la iglesia databa de bastante atrás en el tiempo.

Casas Consistoriales

Casas consistoriales

Fachada de las Casas Consistoriales

Y allí, sobre el pórtico del Salvador, se celebraron las reuniones de los representantes municipales hasta que el ayuntamiento adquiere el edificio situado al oeste, perteneciente al marqués del Valle y presidente de los Consejos de Hacienda, Indias y Castilla, Juan de Acuña, que pasaría con el tiempo a denominarse Casa de la Villa o Casas Consistoriales y que albergaría durante algo más de tres siglos al concejo capitalino. La compra se produce en 1615, a la muerte de Acuña, pero todavía el edificio tiene que ser protagonista de la historia de España antes de convertirse en sede municipal cuando en 1621 es detenido en sus aposentos el Duque de Osuna, Pedro Girón, tras caer en desgracia, entre otras acusaciones, por la famosa Conspiración de Venecia. A lo largo del siglo XVII el inmueble será reformado de la mano del arquitecto Juan Gómez de Mora y en 1693 acogerá su primera reunión municipal. Esta es la opinión más extendida entre los historiadores actuales, que rechazan las afirmaciones de Mesonero quien escribió que ya en 1619 se había celebrado la primera cita concejil. Dice al respecto Pedro de Répide que “no puede sostenerse absolutamente semejante aseveración. Parece ser más cierto  que las obras del edificio que conocemos comenzaron en 1645 y terminaron en 1693”. La polémica entre Mesonero y Répide parece zanjada en cuanto a fechas pero no en cuanto al valor del edificio una vez que en el siglo XVIII Juan de Villanueva lo reformara dándole la forma neoclásica que actualmente podemos observar. Mesonero rechaza estéticamente la obra de Villanueva, tanto en su exterior como en el interior que “tampoco ofrece nada notable, ni por su forma ni por su decorado y está muy lejos de responder a la importancia que debería tener la casa comunal”. Lamenta la ausencia en sus salas de “primores de arte ni objetos de interés histórico, el antiguo concejo de Madrid y su ayuntamiento durante tres siglos cuidaron muy poco de enriquecer su mansión con tales ornamentos”. El enfado del Curioso Parlante llega al extremo de lamentar que no se vea en el lugar “ni siquiera una inscripcion, ni una lápida, ni una imagen de ninguno de sus hijos célebres, ni un libro raro, ni…” para finalizar enfatizando que todo ello ocurre en “el pueblo que vio nacer a Carlos III, Fernando el Sexto, al gran duque de Osuna, Castaños, Lope de Vega…”. A todo ello contesta Pedro de Répide con una enumeración pormenorizada y detallada del ingente caudal artístico que encierran las dependencias municipales en una de las más jugosas y encendidas polémicas histórico-artísticas mantenidas entre estos dos auténticos gallos del corral matritense, en cuanto a conocimientos sobre su pasado se refiere. Baste como muestra de ello el inicio de la descripción de Répide del interior del inmueble tras haber encomiado la fachada de Villanueva, con la que intenta cerrar la boca a quienes como Mesonero desprecian sus valores arquitectónicos y artísticos. “El interior de la casa, elegante y suntuoso…/…la hermosa escalera decorada con el famoso cuadro de Goya, conmemorativo del Dos de Mayo…/…el patio central, llamado de cristales por el piso de vidrio que divide su primitiva altura…”. Y así sigue Répide hasta completar dos densas páginas de descripciones en su entrada referida a la plaza de la Villa, en la que repasa los pormenores arquitectónicos y artísticos del despacho del secretario, el salón grande, el despacho del alcalde, la maravillosa custodia o las visitas de los más prestigiosos jefes de estado extranjeros.

Casas de Cisneros y de los Lujanes

Torre de Lujanes

Casa y torre de los Lujanes

En el lienzo sur del rectángulo que forma la plaza se encuentra la casa de Cisneros, construida en el siglo XVI y cuya fachada fue reformada a principios del siglo XX, cuando fue adquirida por el ayuntamiento para integrarla en las dependencias de la casa de la Villa. La remodelación, respetando el original, fue obra del arquitecto Bellido y González, a quien se debe también el pasadizo volante que une la casa al consistorio a través de la calle Madrid. Impropiamente se le ha llamado de Cisneros pues no fue mandada construir por el insigne cardenal sino por su sobrino y heredero Benito Jiménez y cuya entrada principal se encuentra por la calle Sacramento. Al post de este blog dedicado a esa calle remitimos al lector pues allí se encuentra la información concerniente a la historia del edificio, sin olvidarnos de decir que en ella nació el conde de Romanones y que en ella vivió asimismo Ramón María Narváez, el que fuera presidente del gobierno y quien, según Répide, “alguna vez salió de allí apresuradamente y acabando de abrocharse la levita del uniforme en la urgencia de algún pronunciamiento de los que frecuentemente alteraron la tranquilidad de la Corte durante la mayor parte del siglo XIX”.  Pero situémonos ahora en la zona este de la plazuela, donde se encuentran la casa y torre de los Lujanes, dos construcciones levantadas en estilo gótico-mudéjar que se consideran entre las más antiguas de carácter civil que se conservan actualmente en la Villa y Corte. Su nombre alude a los primeros propietarios, la familia Luján, comerciantes acaudalados de origen aragonés y parientes de los que tenían sus aposentos en la plaza de la Paja. Muchos han sido los habitantes e instituciones que ha acogido la casa pero hay que destacar que en ella se establecieron la Academia de Ciencias Exactas y Físico-Naturales, creada en 1857, y la Sociedad Económica Matritense, fundada en 1775, ambas trascendentes organismos filantrópicos que perseguían la modernización del país, fundamentalmente en el caso de esta última. Así lo atestigua Pedro de Répide cuando cita como ejemplo “para dar una idea de sus trabajos, que uno de los primeros fue el famoso informe sobre la ley Agraria, resultado de muchas y muy detenidas meditaciones de la sociedad y redactado por el insigne don Melchor Gaspar de Jovellanos y que fue dirigido al Consejo de Castilla el 3 de noviembre de 1794”. El informe impulsó una época de progreso en la economía nacional “combatiendo -a juicio del Ciego de Vistillas– muchas preocupaciones y funestas prácticas que se oponían al libre desarrollo de la agricultura y la industria”. Contigua a esta casa se encuentra la otra de los Lujanes y de la cual formó parte la anterior, “en cuya esquina de la calle del Codo se alza la célebre torre en la que se ha querido fijar la leyenda de la prision de Francisco I de Francia”. El rey vencido por Carlos I en la batalla de Pavía fue traído a España lleno de honores pese a tratarse de un prisionero. Recibió todo tipo de parabienes hasta llegar a Madrid en su periplo por Barcelona y Valencia como ciudades más señeras. “Apenas fue preso en el mismo campo de batalla los caudillos españoles comenzaron a besarle las manos”, apunta Répide para dar una idea de lo magnánimo de la detención, que Madrid multiplicó en cuanto a atenciones, festejos y regocijos en su honor. La torre ha sido restañada recientemente y actualmente se puede disfrutar de su grandiosidad e incluso observar la pequeña puerta que da a la calle del Codo y por la que entró Francisco I. Gómez de la Serna, con su sorna característica, califica ese hecho de legendario por tener el rey francés que “humillarse bajando la cabeza al entrar, pues no va bien ese rasgo con la cortesía arrastradora de las plumas del sombrero por el suelo con que en rendidos saludos le llevaron y le trajeron sus guardianes de honor durante toda la travesía”.

Casas de Oñate y monumento a Bazán

Álvaro de Bazán

Monumento a Álvaro de Bazán

Completando el lienzo de la parte este de la plaza, entre las calles del Codo y Mayor tenemos las casas de Oñate, quizás la edificación menos relevante desde el punto de vista artístico e histórico. “Desentona un tanto -dice Répide-  por su aspecto de moderna vivienda de vecindad, en la solemnidad de la vieja plaza, que después de la restauración de la casa y torre de los Lujanes, resultaría digna de ser cerrada por gruesa y férrea cadena en la parte que limita con la calle Mayor”. Aunque han pasado cerca de cien años desde que el Ciego de Vistillas escribiera lo anterior no cabe duda que cualquiera lo podría corroborar actualmente. El centro de la plaza estuvo ocupado hasta avanzado el siglo XIX por una fuente de estilo neoclásico, llamada de la Villa, a la que Mesonero, nada conforme con la configuración estética de la explanada, califica de “extravagante construcción”, según el estilo ilustrado en moda en el siglo anterior. Cuando don Ramón escribe su Antiguo Madrid la plaza se encuentra diáfana y él aboga por dedicar una estatua al emperador Carlos I, “triunfador de Pavía, la que estuvo colocada anteriormente en el Retiro y en la plazuela de Santa Ana”. No se llevaron a efecto sus deseos, que incluso trasladó oficialmente al ayuntamiento en 1862, y en su lugar se decidió erigir en 1891 una estatua en honor al héroe de Lepanto y de la isla Tercera, don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz. La figura es de bronce y su autor, Mariano Benlliure, se inspiró, dice Répide, “para la traza de ella, y muy acertadamente, en la propia efigie de CarlosV, a que antes se ha hecho mención. El pedestal, obra del mismo escultor y del arquitecto Miguel Aguado, es de mármol gris. En sus ángulos tuvo unos delfines de bronce y al frente, en el centro de una corona de la misma materia, se conserva la inscripción A D. Álvaro de Bazán“. En el lado opuesto se pueden leer unas redondillas encomiásticas que dedicara Lope de Vega a este insigne militar y en las que se alude al espanto que causaba a franceses, ingleses, turcos, portugueses y cualquiera que se le enfrentara. Ahí es nada.  Cerramos aquí el repaso a la densísima biografía de esta plazuela. Muchos datos y opiniones quedan en el tintero, interesantes sin duda para cualquier aficionado a la historia y el arte de la Villa y Corte pero que en un momento dado llegarían a cansar en un relato regularmente divulgativo como este. En cualquier caso, material suficiente hemos vertido aquí para dar una idea de la importancia que ha tenido esta histórica ágora. Hasta tiempo reciente dicha trascendencia era política, histórica y artística. Desde hace unos años la primera se ha desvanecido pero nos quedan las otras dos, afortunadamente bastante más fiables y sabrosas para el buen flaneante de la topografía matritense.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Publicado por en julio 22, AM en Plazas

 

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