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Archivos Mensuales: agosto 2014

Pedro de Ribera

South-east facade of Cuartel del Conde-Duque (1736) in Madrid (Spain).

Cuartel del Conde-Duque. Wikipedia.org

Nuestro peregrinaje por las calles de Madrid nos lleva en esta ocasión a fijarnos en la obra de uno de los arquitectos más brillantes, imaginativos y, sobre todo, más trascendentes para la estética moderna de la Villa y Corte y que, sin embargo, pasa por ser uno de los grandes desconocidos para el común de los madrileños. Incluso a flaneantes habituales de la topografía matritense su nombre no les trae a la memora más que algún remoto recuerdo. Eso sí, resultan familiares las fachadas del Cuartel del Conde-Duque, del palacio del marqués de Perales, del palacio del marqués de Miraflores o del Hospicio. Todas son obras suyas. Sorprende y admira la estética del puente de Toledo y también salió del magín de este profesional de la arquitectura. Se conoce la portada de la capilla del antiguo Monte de Piedad y no quién fue su autor. Obviamente, para los expertos en arte Pedro de Ribera no es uno más de los múltiples arquitectos cuyas obras se encuentran diseminadas por las calles de Madrid sino uno de los más significados profesionales del diseño y desarrollo de edficios públicos que dio el Barroco español. El Barroco castizo, entendiendo por castizo lo propio, lo autóctono, lo singular y lo personal de alguien nacido en Madrid y que en su propia ciudad desarrolló la práctica totalidad de su carrera profesional. Su extracción social humilde contibuye a ensalzarlo en mayor medida pues si siempre ha sido tarea de titanes el medrar socialmente a base del propio esfuerzo, más lo debió ser para este discípulo de Churriguera, que tuvo en su contra el proceder de una humilde cuna, además de no contar con el beneplácito del monarca de turno, que no fue otro que el primer Borbón, Felipe V. Por otra parte, y si nos hacemos caso del tópico que dice que una mancha con otra se quita, hay que ser justos y dejar constancia de que contó con la protección y el apoyo del corregidor de Madrid, Francisco de Salcedo y Aguirre, marqués de Vadillo. Tampoco podemos dejar de hacernos eco de las duras críticas que sufriría su forma de hacer, fundamentalmente durante el periodo neoclásico aunque también durante la época romántica, cuando se le llegó a denominar corruptor del buen gusto. Y cosas similares o peores. Antonio Ponz, Fernandéz de los Ríos o el propio Mesonero Romanos no perdían ocasión de zaherir la arquitectura y la fama de Ribera, lo que no dejaba de ser una muestra significativa del sentir artístico de la opinión pública del Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX.

Nacido en la calle del Oso

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Casa de Pedro de Ribera en la calle Embajadores, nº 26. Foto Arte en Madrid

Pedro de Ribera nació el 4 de agosto de 1681 en la casticísima calle del Oso, en el barrio de Embajadores, en pleno ocaso del imperio español, y fue el encargado de desarrollar de forma plena, durante el primer tercio del siglo XVIII, los principios de lo que se denominó como Barroco exaltado, iniciado por José de Churriguera. Ofreció a la ciudad puentes, palacios, fuentes monumentales, iglesias y diversos edificios públicos, algunos de los cuales ya se han perdido mientras que otros muchos todavía están en pie y son una magnífica muestra de lo que dio de sí la obra de este genio. Seguimos en esta ocasión a la experta Mercedes Gómez, quien en el blog Arte en Madrid, nos dice que los progenitores de Ribera fueron “Juan de Ribera y Josefa Pérez. Su padre era aragonés y se había trasladado a la capital con la intención de desempleñar su profesión de carpintero ensamblador. Así, el niño Pedro creció en un ambiente humilde pero relacionado con el mundo de la arquitectura por lo que aprendió pronto el oficio y estuvo en contacto desde pequeño con maestros de obras y arquitectos, gracias a lo cual empezó a formarse en esta disciplina de forma natural”. Se casó tres veces, la primera en 1702, y este hecho coincide en el tiempo con su enrolamiento en el ejército de Felipe V como jornalero de las obras reales. Su trabajo durante la contienda -nos dice Gómez- consistía en levantar las tiendas reales, lo que lo convertirá a continuación en Maestro de Tiendas de Madera de la Campaña de la Real Caballeriza. Los Borbones han llegado a España y sus gustos arquitectónicos coinciden poco o nada con las modas de los naturales de aquí por lo que los artistas españoles quedarán relegados a un segundo plano en un momento en que la arquitectura pasará a tener un protagonismo notorio en la modernización de la capital del reino. Su segundo matrimonio se celebrará en 1711 y, al igual que el primero, con otra mujer de sobrada capacidad económica, lo que le permite vivir con deshagogo mientras comienza a sentar las bases de su trayectoria profesional. En 1715 es nombrado Alarife de la Villa, y ello le permite según Mercedes Gómez “además de tener un sueldo fijo, desarrollar la profesión de arquitecto. Así que a partir de ahí creó sus obras más importantes y su prestigio fue creciendo gracias sobre todo al apoyo del alcalde”. Como decíamos líneas atrás, el marqués de Vadillo fue sensible desde el principio a la forma de hacer de Ribera “con quien además parece ser entabló una relación amistosa y le encargó obras urbanísticas y arquitectónicas que resultarían fundamentales para la ciudad”.  Muere el marqués de Vadillo en 1729 pero ya por entonces Pedro de Ribera se ha consolidado como uno de los arquitectos más importantes de la Villa y Corte y su saber no se pone en cuestión. Diseña el sepulcro de su amigo y corregidor en la ermita de la Virgen del Puerto y por estas fechas participa en obras tan importantes como el puente de Toledo o el cuartel del Conde-Duque. Es nombrado Teniente del Maestro Mayor, lo que supone un aldabonazo en su carrera profesional, y el maestro Churriguera le encarga la continuación de las obras de la iglesia de San Cayetano, en la calle de Embajadores, uno de los edificios barrocos más significativos de Madrid, situado muy cerca de su lugar de nacimiento y de la vivienda donde moraría la mayor parte de su vida. En 1726 alcanza el grado máximo municipal para un arquitecto, el de Maestro Mayor de Obras y Fuentes de la Villa y sus Viajes de Agua. Cuenta ya 45 años y ha vuelto a enviudar. Todavía volverá a reincidir en el matrimonio aunque en esta ocasión ya cuenta con una holgada posición social y económica. Por tanto, ahora lo más importante para él es desarrollar toda su capacidad profesional. Su madurez se plasma en el Anitugo Hospicio de San Fernando, sito en la calle Fuencarral, y que pasa por ser uno de los edificios más emblemáticos y respresentativos de su estilo. Otros trabajos de esta época son la iglesia de San José y los palacios de los duques de Santoña y de los marqueses de Perales y Miraflores. Murió en su casa de la calle Embajadores 26, frente al templo que él terminó de construir, el 19 de octubre de 1742 y allí mismo en San Cayetano reposan sus restos.

Baquetones, estípites, formas bulbosas…

Hospicio de Sao. Foto agrega.educación.es

Fachada del Hospicio. Foto agrega.educacion.es

Tomamos de la enciclopedia virtual Wikipedia la definición del estilo y los elementos característicos de la obra de Pedro de Ribera, destacando en primer lugar los novedosos elementos que singularizan su lenguaje arquitectónico, “entre los que se puede citar los baquetones en sección asimétrica y más salientes que los utilizados hasta su época, que enmarcan frecuentemente la puerta del edificio. Una constante en su obra es la presencia de un módulo de fachada que repite sin variaciones, formado por la fusión de la puerta y la balconada superior, habitualmente muy decorado todo ello. Utiliza también imitaciones en piedra de cortinajes plegados, telas, borlas y elementos similares, tomados quizá de las arquitecturas efímeras tan frecuentes en la vida cortesana”.  Pero uno de los elementos más personales de la obra ribereña es el estípite “que utiliza en sustitución de la columna o añadido a ésta. La parte central del estípite suele estar formada por un cubo que se prolonga en dos pirámides truncadas, la inferior más alta que la superior. Todo el conjunto suele estar recubierto con abundante ornamentación. Asimismo, es importante el partido que supo sacar Pedro de Ribera de la cúpula y las posibilidades decorativas. Muchas de ellas adquieren formas bulbosas, extrañas a la arquitectura tradicional castellana. Sin embargo, utilizó también el chapitel característico de la arquitectura herreriana”. Queda clara la capacidad de introducir elementos novedosos en un estilo barroco que parte de las bases que dejó sentadas José de Churriguera pero que persigue trascender al maestro consiguiéndolo con innovaciones que permitan manifestar una personalidad propia. Sería excesivo y cargante enumerar todas las obras de Pedro de Ribera, que se conocen bien por los archivos arquitectónicos o bien porque aún se encuentran en pie en nuestra ciudad. Una pequeña reseña y explicación de las más significativas contribuirá a completar este perfil biográfico y profesional de este madrileño que supo dejar su impronta en significativos monumentos o edificos. J.L Gamallo en el blog El Madrid barroco de Pedro de Ribera nos describe al pormenor las características de sus obras más significativas y a él vamos a recurrir para verterlas en esta entrada. Comenzando por el palacio del marqués de Perales, ubicado en la calle de la Magdalena, Gamallo destaca su majestuosa portada en cuya parte inferior “se abre la puerta bordeada por una gruesa moldura curvilínea flanqueada por estípites. Encima, el gran balcón con el escudo de los marqueses. Se remata el conjunto con otra de las constantes de Ribera: un óculo ovalado”. Dejamos atrás la actual Hemeroteca Nacional y cruzando Atocha llegamos a la esquina de las calles Huertas y Príncipe donde se erige el palacio de Santoña. Dice Gamallo que “Ribera levantó la fachada de Huertas, que posteriormente fue iterada en la fachada del Príncipe. Nuevamente hizo gala de su inventiva con otra fachada retablo, ahíta de elementos ornamentales”. En la Carrera de San Jerónimo se encuentra el palacio del marqués de Miraflores. En este edificio “del maestro sólo se conserva la regia fachada, una de las más majestuosas y solemnes, de cinco plantas, donde de nuevo nos sorprende Ribera con su imaginación portentosa”. En la calle de Alcalá se puede admirar el palacio del marqués de Torrecilla, “el edificio actual se construyó después de la Guerra Civil aunque se conserva la bella fachada ribereña, que rompe el habitual esquema añadiendo justo encima de la puerta un pequeño balcón, lo que permite dar al balcón principal una mayor prestancia por medio de un saliente, bellamente decorado en la parte inferior”. Si hay un par de obras de Pedro de Ribera que sobresalen de entre toda su producción esas son el cuartel del Conde-Duque y el Real Hospicio del Ave María y San Fernando. Del cuartel hay que destacar “la fachada, que se ha conservado casi intacta. Al ser la entrada de un acuartelamiento y no de un palacio carece del necesario balcón al que se abre el salón principal. Forma un todo, acumulándose la decoración en la parte superior, dividida por una cornisa en forma de frontón triangular. Abajo, sobre un tondo, se despliega el vellocino de oro, con el nombre del monarca -Felipe V- rodeado de guirnaldas y flores, situándose en la clave la efigie de un gigante. Sobre el frontón las armas de Felipe V, con la corona real, bordeadas por los eslabones de la Insigne Orden del Toisón de Oro”. En cuanto al Real Hospicio, la fachada es nuevamente lo que en primer lugar nos llama la atención. Y es que en ella Ribera dio rienda suelta a toda su capacidad de creación “diseñando una fantástica obra que parece tomar vida, que se retablo pétreo, superba escenografía lapídea, es producto de un sueño. En una especie de desafío al horror vacui, todo se ocupa con flores, rocallas, estípites, óculos ovalados y trilobulados, veneras, etc. Como es habitual la portada se divide en dos niveles: el inferior, la puerta en sí, con óculos trilobulados en las esquinas, y sobre la clave el escudo real entre dos óculos”. No podemos concluir esta panorámica general de la obra de Pedro de Ribera sin citar la fuente de la Fama, situada en uno de los costados del Hospicio, en los jardines dedicados al arquitecto y dicho sea de paso, claramente abandonados a su suerte y a merced de la inmundicia habitual presente en muchas zonas de la urbe. De él dice Gamallo que “junto a los elementos habituales de su repertorio se añaden tritones y esculturas de niños. La fuente culmina con una estatua de la fama blandiendo una trompeta”. En definitiva, una prueba más de la imaginación y el ofico de un arquitecto relativamente autodidacta que, según Mercedes Gómez, “consiguió crear un lenguaje propio, distinto, quizás lo máximo a que puede aspirar el artista. Inimitable y genial, consiguió con el tiempo ser reconocido y su arquitectura formar parte de la imagen de Madrid. Gracias a su tesón y talento hoy día gozamos de algunas de las mejores obras del Barroco del siglo XVIII, heredero del mejor Barroco madrileño del siglo anterior”. Dicho queda y aquí lo reflejamos por si a alguien le interesa conocer la vida y la trayectoria profesional de un madrileño de prestigio bien ganado, cuya obra está a disposición de quien se pueda permitir dar un paseo por la ciudad de vez en cuando. Es decir, gratis.

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Publicado por en agosto 25, PM en Perfiles

 

El estanque grande

el-estanque-del-retiro 1 www.tripadvisor.es

El estanque grande repleto de visitantes. Foto http://www..tripadvisor.es

El estanque grande -lago mayor, como irónicamente lo denominara Ramón Gómez de la Serna-, es el eje central del parque madrileño por excelencia, del Retiro. Y su enclave más popular sin discusión. En su entorno se acomodan, arremolinan o simplemente se citan gentes de todo tipo, pelaje, condición, religión o nacionalidad. En su embarcadero hacen cola, sobre todo en fines de semana y en épocas bonacibles climatológicamente hablando, desde grupos familiares con niños ávidos de hacerse con los remos de las barquitas hasta parejas de adolescentes y menos adolescentes que encuentran en la inmensidad de su périmetro el rincón paradógicamente más propicio para la necesaria intimidad de sus arrumacos. También grupos de amigos que afirmarán minutos más tarde su colegueo salpicándose sin preámbulos una vez embarcados en las humildes y populares falúas. En el paseo que corre paralelo a él en su parte occidental, entre las fuentes de los Galápagos y de la Alcachofa, se alinean desde mimos aficionados hasta videntes que, con su sillita de tijera y su mesa de cámping, esperan pacientes a que algún o alguna zozobrante paseante descargue sus tribulaciones a cambio de unos euros, persiguiendo muchas veces más un rato de conversación que la solución a problemas a los que desde el principio de los tiempos el ser humano viene buscando infructuosamente explicación. Improvisados teatros de marionetas para niños, caricaturistas, magos de ocasión, vendedores de globos maleables para diseñar los más increíbles objetos o habituales músicos callejeros completan el escaparate en el que detenerse momentáneamente en una tarde de flaneo, antes de tomarse un refresco en una de las terrazas que por allí se levantan o degustar un helado, adquirido en los quioscos que al efecto se encuentran distribuidos por sus cuatro esquinas. Todos estos emprendedores callejeros aprovechan la cercanía del estanque para vender sus mercancias, unas intelectuales, otras materiales, a esa variopinta feligresía que se suele dar cita y que tan bien describiera en su Elucidario Ramón Gómez de la Serna. El adalid de las vanguardias calificaba de orilleros y orilleras a toda esa fauna humana que se dedica a pulular por el perímetro de parque, incidiendo en su origen popular, “son los que siempre están alrededor del estanque, una especie de obreros en vacaciones perpetuas frente a los señoritos del ocio. Sentados sobre el balaustre de hierro rebatido por antiguos herreros, de espaldas al agua y con los pies sobre el alto taburete del asiento de piedra, fueron los precursores de los sillines altos para los barmen, que han vuelto a la infancia de las altas sillas que usan los niños para poder alcanzar la mesa de los mayores…/… los orilleros encuentran al margen de agua un término, un límite a la excursión de su pereza, un sitio al que van llegando también los compadres de no hacer nada”. Distingue Gómez de la Serna entre orilleros y orilleras. De ellas dice que las asiduas “son también especiales, chicas que están recogidas en casa de unos tíos, a cuyos hijos tienen que pasear de la mañana a la noche. Saben sentarse de medio lado, simpre en sentido contrario al que las requiebra…/… hay orilleras eventuales que son damas de pobre viudez, abuelas que al atardecer sacan un bollito de un papel y lo van migando, como si rezasen cada pedacito que se comen”. Sigue describiendo el autor de las Greguerías todo el elenco de diversos y variados personajes que definidos como populares suelen aparecer por los alrededores del estanque. Y nombra a las amas de cría, al viejo corretón de la ciudad, al jovencito larguirucho que no hace más que dar disgustos en su casa, a la mujer luchadora y avejentada por la vida que lleva una llave en las manos. En definitiva, “pueblo empedernido, muchedumbre pimpante y saliente, galápagos de muchas conchas, gallos de muchos espolones, gentes de traza muy castiza, remolones de la vida, anfibios entre la Puerta del  Sol y el estanque que vio muchas fiestas de corte”. En la misma línea popular se expresa José Gutiérrez Solana en su Madrid, callejero, escenas y costumbres, aunque en este caso desde una perspectiva más naturalista, cuando destaca entre los paseantes que circundan el lago “los paletos que vienen a Madrid, a los que les llama la atención el barco de vapor y los de remos; la barandilla de hierro, con asientos de piedra que dan la vuelta al embarcadero (y) están llenos de niñeras y niños”.  Poco ha cambiado en fin, el público que acoge el entorno del estanque de cien años acá, simplemente lo que ha mutado la sociedad, que ya no hospeda sobrinas en casa de los tíos y que los paletos de la inmigración interior han sido sustituidos por otros del Magreb, Hispanoamérica o Este de Europa, que son los que hoy se ocupan de pasear niños y viejecitas impedidas, debatir sobre el último fichaje colombiano de Florentino o requebrar a alguna real hembra que pasea pensativa y voluntariamente solitaria. Porque los madrleños de toda la vida, que tanto valoran el Retiro, ahora pasan muchos de ellos raudos, sudorosos y finos de talle, machacando sus gemelos, aislados en sus cascos musicales y luciendo el último complemento deportivo de la marca de moda que, dicen, imprime carácter.

Desde 1631

El estanque a principios de siglo. Caminando por Madrid

El estanque a principios del siglo XX. Foto tomada del blog Caminando por Madrid

Pero vayamos a la historia de este estanque grande del Retiro -en contraposición con el pequeño, el de las Campanillas- del que se tienen noticias de su existencia ya por 1631, antes de que el parque fuera inaugurado como tal y ofrecido por el conde-duque de Olivares a Felipe IV para que entretuviera sus ocios mientras el imperio caía en picado. Fue de las primeras obras en llevarse a cabo cuando se construyeron los jardines del Buen Retiro. Mesonero Romanos lo atestigua en su Antiguo Madrid pues “la fundación de este Real Sitio empezó en 1631 por una casa de aves extrañas a la que llamaban Gallinero, arrimada a la huerta de San Gerónimo, varios jardines y el estanque grande”. Es público y notorio que en las aguas del estanque se montaban en aquella época escenarios móviles que permitían las representaciones teatrales, tan valoradas por la corte madrileña, en especial los mismos reyes. Y es que, aunque el país se desangraba económicamente, siempre era posible perpetrar una sisa en las arcas públicas para preparar un espectáculo con el que entretener las tribulaciones de los monarcas. Alguno de ellos sin final feliz, como el que nos describe Mesonero, acaecido en la noche de San Juan 1640: “Se había dispuesto un teatro en la isleta que campeaba en medio del estanque grande, y multitud de barcas para contener la orquesta y los espectadores (que eran toda la corte) y se representaba una suntuosa fiesta dramático-mitológica, cuando en medio de la fiesta se levantó tan recio torbellino de viento que apagó las luces, arrastró los toldos del tablado y las máquinas teatrales, dispersando las barcas, cuya aristocrática tripulación estuvo a pique de perecer en aquel improvisado golfo”. De catástrofe y calamidad se calificó el suceso que por poco se lleva al ostracismo, antes de tiempo, la figura del conde-duque de Olivares, diseñador del espectáculo. Más allá de hechos anecdóticos, Ramón de Mesonero nos describe estadísticamente las peculiaridades del estanque, al que califica de grande y principal y del que afirma que “brillaba desde el principio por su asombrosa extensión de 1.006 pies de largo por 443 de ancho, o sea, una superficie de 445.658 que equivale a tres veces y la tercia la de la plaza Mayor”. En medidas actuales estamos hablando de más de 37.000 metros cuadrados con capacidad para recoger un volumen de 55.150 metros cúbicos de líquido. A ello hay que añadir que tiene una profundidad máxima de 1,81 metros frente al mínimo de 0,60, que da una profundidad media de 1,27 metros. Nos sigue relatando Mesonero que en sus inicios “a sus márgenes se alzaban hasta cuatro embarcaderos y varias norias, y tenía en su centro una isleta oval con árboles, en la cual en varias ocasiones, solía, como queda dicho, alzarse un teatro por disposición del conde-duque de Olivares…/… Desde el mismo estanque arrancaba un canal llamado el Mallo, que siguiendo en dirección de donde hoy está la casa de fieras -ya desaparecida y situada en la vertiente este- daba luego la vuelta a los confines del Retiro e iba a desembocar en otro grande estanque situado donde después se alzó la fábrica de porcelana de China (volada por los ingleses en 1812) en cuyo centro se elevaba entonces una elegante iglesia o ermita llamada de San Antonio de los Portugueses”. Nos está situando el Curioso Parlante aproximadamente en la zona en la que se levanta en la actualidad la estatua del Ángel caído. También Pedro de Répide se ocupa del estanque grande del Retiro en su obra Calles de Madrid donde, tras hacer mención a las fiestas teatrales y naumaquias que en él se celebraban desde su inauguración en 1631, nos relata que en tiempos de Fernando VII, verdadero rehabilitador de todo el parque tras la guerra contra los franceses, “se le hizo la barandilla que subsiste en su parte de Poniente, se construyó el embarcadero donde ahora está el monumento de Alfonso XII y en el que guardaba la real falúa donde los reyes se embarcaban; se hizo la fuente egipcia, llamaba vulgarmente de la Tripona, por la imagen del inflado Canopo…/… El nuevo embarcadero está en la orilla Norte y el centro de la margen de Saliente hállase ocupado por el monumento dedicado a Alfonso XII , en cuya erección se han invertido unos veinte años y ha sido por fin inaugurado en 1922”. El monumento al hijo de Isabel II da el toque definitivo de majestuosidad al estanque aunque Répide rebaja la misma por el hecho de recordar “con excesiva fidelidad el dedicado en Coblenza al emperador de Alemania Guillermo I, y la sola diferencia de reflejarse el uno en las aguas del Retiro y el otro en las del Rhin”. El arquitecto del proyecto fue José Grases, al que el Ciego de Vistillas achaca la falta de originalidad del monumento, cuya efigie real fue obra de Benlliure.

Curiosidades

Estanque limpieza. cosas-de-madrid.blogspot,com

Limpieza del estanque en 1954. Blog cosas-de-madrid.

Del blog Secreto de Madrid tomamos una serie de datos curiosos que nos ayudan a completar el esbozo del estanque grande del Retiro. Algunos de ellos ya los hemos desgranado aquí pero no está de menos recordar que cerca de 8000 peces pueblan sus aguas, de los que unos 1500 son carpas. Gatos y percasoles son otras de las especies piscícolas que los flaneantes pueden observar a nada que se acerquen a las barandillas del estanque. También podrán disfrutar con la presencia de galápagos y cangrejos, que conviven en dócil armonía con los anteriores. Algunos dicen haber visto en sus aguas, moviéndose con lentitud entre sus semejantes, una carpa de más de 12 kilos de peso que ha sido bautizada con el nombre de Margarita. También hay que apuntar que durante el Romanticismo el estanque se convirtió en lugar de prestigio para poner fin voluntariamente a la vida. Hoy en día sería complicado hacerlo dado que el personal sabe nadar y es difícil suicidarse en un estanque cuya profundidad no es precisamente para marear. Por otra parte, la ciudad cuenta con enclaves más pintorescos para llevar adelante este tipo de empresa tan personal. Al margen de ello, recordemos que el estanque ha sido vaciado para su limpieza y reparación en numerosas ocasiones, sobre todo en los últimos siglos. La más reciente tuvo lugar a comienzos de éste, en 2001. Lo más curioso de este tipo de limpiezas es comprobar la cantidad de objetos variopintos que salen a la superficie, desde sillas, mesas, barcas, papeleras o bancos de madera hasta teléfonos móviles, monopatines o incluso una caja fuerte, como ocurrió durante el último de los drenajes. Por último, hay que recordar el proyecto de convertir el estanque en sede de la competición de voley-playa si la ciudad de Madrid hubiera sido designada para acoger los juegos olímpicos. Afortunadamente el lobby especulativo no consiguió que Madrid fuera nombrada para el evento y eso que ganaron tanto el estanque del Retiro como todos los madrileños, que nos libramos de endeudarnos aún más de lo que lo estamos en estos momentos y de ver cómo a la larga la Villa y Corte iba a ser perjudicada por un acontecimiento tan grandilocuente como vacío de trascendencia. Sigamos, pues, disfrutando del estanque tal como se ha venido haciendo desde que el lugar se convirtiera en público para esparcimiento de vecinos y foráneos sin distinción de clases sociales, por más que ello no le chocara mucho al siempre elitista Ramón Gómez de la Serna. Y es que el estanque grande, ese metafórico lago mayor de Madrid, como todo el resto del Retiro, bien merece una visita al año. Cuando menos y aun a riesgo de ser asesinado como consecuencia de la caída de uno de sus centenarios árboles..

 

 
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Publicado por en agosto 19, PM en El Retiro