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El estanque grande

19 Ago
el-estanque-del-retiro 1 www.tripadvisor.es

El estanque grande repleto de visitantes. Foto http://www..tripadvisor.es

El estanque grande -lago mayor, como irónicamente lo denominara Ramón Gómez de la Serna-, es el eje central del parque madrileño por excelencia, del Retiro. Y su enclave más popular sin discusión. En su entorno se acomodan, arremolinan o simplemente se citan gentes de todo tipo, pelaje, condición, religión o nacionalidad. En su embarcadero hacen cola, sobre todo en fines de semana y en épocas bonacibles climatológicamente hablando, desde grupos familiares con niños ávidos de hacerse con los remos de las barquitas hasta parejas de adolescentes y menos adolescentes que encuentran en la inmensidad de su périmetro el rincón paradógicamente más propicio para la necesaria intimidad de sus arrumacos. También grupos de amigos que afirmarán minutos más tarde su colegueo salpicándose sin preámbulos una vez embarcados en las humildes y populares falúas. En el paseo que corre paralelo a él en su parte occidental, entre las fuentes de los Galápagos y de la Alcachofa, se alinean desde mimos aficionados hasta videntes que, con su sillita de tijera y su mesa de cámping, esperan pacientes a que algún o alguna zozobrante paseante descargue sus tribulaciones a cambio de unos euros, persiguiendo muchas veces más un rato de conversación que la solución a problemas a los que desde el principio de los tiempos el ser humano viene buscando infructuosamente explicación. Improvisados teatros de marionetas para niños, caricaturistas, magos de ocasión, vendedores de globos maleables para diseñar los más increíbles objetos o habituales músicos callejeros completan el escaparate en el que detenerse momentáneamente en una tarde de flaneo, antes de tomarse un refresco en una de las terrazas que por allí se levantan o degustar un helado, adquirido en los quioscos que al efecto se encuentran distribuidos por sus cuatro esquinas. Todos estos emprendedores callejeros aprovechan la cercanía del estanque para vender sus mercancias, unas intelectuales, otras materiales, a esa variopinta feligresía que se suele dar cita y que tan bien describiera en su Elucidario Ramón Gómez de la Serna. El adalid de las vanguardias calificaba de orilleros y orilleras a toda esa fauna humana que se dedica a pulular por el perímetro de parque, incidiendo en su origen popular, “son los que siempre están alrededor del estanque, una especie de obreros en vacaciones perpetuas frente a los señoritos del ocio. Sentados sobre el balaustre de hierro rebatido por antiguos herreros, de espaldas al agua y con los pies sobre el alto taburete del asiento de piedra, fueron los precursores de los sillines altos para los barmen, que han vuelto a la infancia de las altas sillas que usan los niños para poder alcanzar la mesa de los mayores…/… los orilleros encuentran al margen de agua un término, un límite a la excursión de su pereza, un sitio al que van llegando también los compadres de no hacer nada”. Distingue Gómez de la Serna entre orilleros y orilleras. De ellas dice que las asiduas “son también especiales, chicas que están recogidas en casa de unos tíos, a cuyos hijos tienen que pasear de la mañana a la noche. Saben sentarse de medio lado, simpre en sentido contrario al que las requiebra…/… hay orilleras eventuales que son damas de pobre viudez, abuelas que al atardecer sacan un bollito de un papel y lo van migando, como si rezasen cada pedacito que se comen”. Sigue describiendo el autor de las Greguerías todo el elenco de diversos y variados personajes que definidos como populares suelen aparecer por los alrededores del estanque. Y nombra a las amas de cría, al viejo corretón de la ciudad, al jovencito larguirucho que no hace más que dar disgustos en su casa, a la mujer luchadora y avejentada por la vida que lleva una llave en las manos. En definitiva, “pueblo empedernido, muchedumbre pimpante y saliente, galápagos de muchas conchas, gallos de muchos espolones, gentes de traza muy castiza, remolones de la vida, anfibios entre la Puerta del  Sol y el estanque que vio muchas fiestas de corte”. En la misma línea popular se expresa José Gutiérrez Solana en su Madrid, callejero, escenas y costumbres, aunque en este caso desde una perspectiva más naturalista, cuando destaca entre los paseantes que circundan el lago “los paletos que vienen a Madrid, a los que les llama la atención el barco de vapor y los de remos; la barandilla de hierro, con asientos de piedra que dan la vuelta al embarcadero (y) están llenos de niñeras y niños”.  Poco ha cambiado en fin, el público que acoge el entorno del estanque de cien años acá, simplemente lo que ha mutado la sociedad, que ya no hospeda sobrinas en casa de los tíos y que los paletos de la inmigración interior han sido sustituidos por otros del Magreb, Hispanoamérica o Este de Europa, que son los que hoy se ocupan de pasear niños y viejecitas impedidas, debatir sobre el último fichaje colombiano de Florentino o requebrar a alguna real hembra que pasea pensativa y voluntariamente solitaria. Porque los madrleños de toda la vida, que tanto valoran el Retiro, ahora pasan muchos de ellos raudos, sudorosos y finos de talle, machacando sus gemelos, aislados en sus cascos musicales y luciendo el último complemento deportivo de la marca de moda que, dicen, imprime carácter.

Desde 1631

El estanque a principios de siglo. Caminando por Madrid

El estanque a principios del siglo XX. Foto tomada del blog Caminando por Madrid

Pero vayamos a la historia de este estanque grande del Retiro -en contraposición con el pequeño, el de las Campanillas- del que se tienen noticias de su existencia ya por 1631, antes de que el parque fuera inaugurado como tal y ofrecido por el conde-duque de Olivares a Felipe IV para que entretuviera sus ocios mientras el imperio caía en picado. Fue de las primeras obras en llevarse a cabo cuando se construyeron los jardines del Buen Retiro. Mesonero Romanos lo atestigua en su Antiguo Madrid pues “la fundación de este Real Sitio empezó en 1631 por una casa de aves extrañas a la que llamaban Gallinero, arrimada a la huerta de San Gerónimo, varios jardines y el estanque grande”. Es público y notorio que en las aguas del estanque se montaban en aquella época escenarios móviles que permitían las representaciones teatrales, tan valoradas por la corte madrileña, en especial los mismos reyes. Y es que, aunque el país se desangraba económicamente, siempre era posible perpetrar una sisa en las arcas públicas para preparar un espectáculo con el que entretener las tribulaciones de los monarcas. Alguno de ellos sin final feliz, como el que nos describe Mesonero, acaecido en la noche de San Juan 1640: “Se había dispuesto un teatro en la isleta que campeaba en medio del estanque grande, y multitud de barcas para contener la orquesta y los espectadores (que eran toda la corte) y se representaba una suntuosa fiesta dramático-mitológica, cuando en medio de la fiesta se levantó tan recio torbellino de viento que apagó las luces, arrastró los toldos del tablado y las máquinas teatrales, dispersando las barcas, cuya aristocrática tripulación estuvo a pique de perecer en aquel improvisado golfo”. De catástrofe y calamidad se calificó el suceso que por poco se lleva al ostracismo, antes de tiempo, la figura del conde-duque de Olivares, diseñador del espectáculo. Más allá de hechos anecdóticos, Ramón de Mesonero nos describe estadísticamente las peculiaridades del estanque, al que califica de grande y principal y del que afirma que “brillaba desde el principio por su asombrosa extensión de 1.006 pies de largo por 443 de ancho, o sea, una superficie de 445.658 que equivale a tres veces y la tercia la de la plaza Mayor”. En medidas actuales estamos hablando de más de 37.000 metros cuadrados con capacidad para recoger un volumen de 55.150 metros cúbicos de líquido. A ello hay que añadir que tiene una profundidad máxima de 1,81 metros frente al mínimo de 0,60, que da una profundidad media de 1,27 metros. Nos sigue relatando Mesonero que en sus inicios “a sus márgenes se alzaban hasta cuatro embarcaderos y varias norias, y tenía en su centro una isleta oval con árboles, en la cual en varias ocasiones, solía, como queda dicho, alzarse un teatro por disposición del conde-duque de Olivares…/… Desde el mismo estanque arrancaba un canal llamado el Mallo, que siguiendo en dirección de donde hoy está la casa de fieras -ya desaparecida y situada en la vertiente este- daba luego la vuelta a los confines del Retiro e iba a desembocar en otro grande estanque situado donde después se alzó la fábrica de porcelana de China (volada por los ingleses en 1812) en cuyo centro se elevaba entonces una elegante iglesia o ermita llamada de San Antonio de los Portugueses”. Nos está situando el Curioso Parlante aproximadamente en la zona en la que se levanta en la actualidad la estatua del Ángel caído. También Pedro de Répide se ocupa del estanque grande del Retiro en su obra Calles de Madrid donde, tras hacer mención a las fiestas teatrales y naumaquias que en él se celebraban desde su inauguración en 1631, nos relata que en tiempos de Fernando VII, verdadero rehabilitador de todo el parque tras la guerra contra los franceses, “se le hizo la barandilla que subsiste en su parte de Poniente, se construyó el embarcadero donde ahora está el monumento de Alfonso XII y en el que guardaba la real falúa donde los reyes se embarcaban; se hizo la fuente egipcia, llamaba vulgarmente de la Tripona, por la imagen del inflado Canopo…/… El nuevo embarcadero está en la orilla Norte y el centro de la margen de Saliente hállase ocupado por el monumento dedicado a Alfonso XII , en cuya erección se han invertido unos veinte años y ha sido por fin inaugurado en 1922”. El monumento al hijo de Isabel II da el toque definitivo de majestuosidad al estanque aunque Répide rebaja la misma por el hecho de recordar “con excesiva fidelidad el dedicado en Coblenza al emperador de Alemania Guillermo I, y la sola diferencia de reflejarse el uno en las aguas del Retiro y el otro en las del Rhin”. El arquitecto del proyecto fue José Grases, al que el Ciego de Vistillas achaca la falta de originalidad del monumento, cuya efigie real fue obra de Benlliure.

Curiosidades

Estanque limpieza. cosas-de-madrid.blogspot,com

Limpieza del estanque en 1954. Blog cosas-de-madrid.

Del blog Secreto de Madrid tomamos una serie de datos curiosos que nos ayudan a completar el esbozo del estanque grande del Retiro. Algunos de ellos ya los hemos desgranado aquí pero no está de menos recordar que cerca de 8000 peces pueblan sus aguas, de los que unos 1500 son carpas. Gatos y percasoles son otras de las especies piscícolas que los flaneantes pueden observar a nada que se acerquen a las barandillas del estanque. También podrán disfrutar con la presencia de galápagos y cangrejos, que conviven en dócil armonía con los anteriores. Algunos dicen haber visto en sus aguas, moviéndose con lentitud entre sus semejantes, una carpa de más de 12 kilos de peso que ha sido bautizada con el nombre de Margarita. También hay que apuntar que durante el Romanticismo el estanque se convirtió en lugar de prestigio para poner fin voluntariamente a la vida. Hoy en día sería complicado hacerlo dado que el personal sabe nadar y es difícil suicidarse en un estanque cuya profundidad no es precisamente para marear. Por otra parte, la ciudad cuenta con enclaves más pintorescos para llevar adelante este tipo de empresa tan personal. Al margen de ello, recordemos que el estanque ha sido vaciado para su limpieza y reparación en numerosas ocasiones, sobre todo en los últimos siglos. La más reciente tuvo lugar a comienzos de éste, en 2001. Lo más curioso de este tipo de limpiezas es comprobar la cantidad de objetos variopintos que salen a la superficie, desde sillas, mesas, barcas, papeleras o bancos de madera hasta teléfonos móviles, monopatines o incluso una caja fuerte, como ocurrió durante el último de los drenajes. Por último, hay que recordar el proyecto de convertir el estanque en sede de la competición de voley-playa si la ciudad de Madrid hubiera sido designada para acoger los juegos olímpicos. Afortunadamente el lobby especulativo no consiguió que Madrid fuera nombrada para el evento y eso que ganaron tanto el estanque del Retiro como todos los madrileños, que nos libramos de endeudarnos aún más de lo que lo estamos en estos momentos y de ver cómo a la larga la Villa y Corte iba a ser perjudicada por un acontecimiento tan grandilocuente como vacío de trascendencia. Sigamos, pues, disfrutando del estanque tal como se ha venido haciendo desde que el lugar se convirtiera en público para esparcimiento de vecinos y foráneos sin distinción de clases sociales, por más que ello no le chocara mucho al siempre elitista Ramón Gómez de la Serna. Y es que el estanque grande, ese metafórico lago mayor de Madrid, como todo el resto del Retiro, bien merece una visita al año. Cuando menos y aun a riesgo de ser asesinado como consecuencia de la caída de uno de sus centenarios árboles..

 

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Publicado por en agosto 19, PM en El Retiro

 

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