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Archivos Mensuales: diciembre 2014

El Parterre

El parterre. Fotos antiguas de Madrid

El Parterre visto desde la balaustrada. Del blog Fotos antiguas de Madrid

Los jardines del Parterre del Retiro son pura simetría. Son Francia dieciochesca en estado puro por más que la reforma que los convirtió en lo que hoy son se llevara a cabo durante el reinado de Isabel II. El Parterre es pura delicia para los ojos en cuanto a la disposición de los elementos de la naturaleza, diseñados a partir de un plan perfectamente preconcebido para conseguir que sorprendan gratamente a cualquier flaneante del parque madrileño por excelencia, tanto si accede a sus vistas desde el pretil situado al Este como si lo hace arribando a él tras cruzar la puerta de Carlos IV. Remontar el par de escalones de acceso al recinto por este último acceso posibilita que ante nuestros ojos se manifieste ese gran despliegue de lujo ornamental conseguido mediante un orden cartesiano y axial difícil de procesar, evaluar o disfrutar durante los primeros instantes. Es pura magnificencia, ostentación, grandeza, es derroche de los sentidos, es delicatessen sin matices. Hay que respirar profundamente, barrer con la mirada el perímetro de la explanada y comenzar poco a poco a digerir tanta hermosura. Estamos ante la cara menos bohemia del Retiro, la menos española si con ello queremos referirnos a nuestra secular y tópica falta de planificación, de orden y de reflexión, que dicen caracteriza el hacer de los que nos consideramos hijos de la piel de toro para lo bueno o lo malo. En este sentido, uno de los que mejor ha definido el Parterre es Ramón Gómez de la Serna quien alegaba que este singular jardín “tiene una frialdad arquitectónica como de una obra hecha con demasiada técnica literaria. El Parterre está trazado con tiralíneas, valiéndose también el jardinero creador de la escuadra y el cartabón”. Al recordar el genio de las vanguardias los ratos pasados en su infancia en este recinto separado del resto del Retiro por muros de contención nos comenta que “era como un patio confinado, como un sitio en que todos los juegos tenían que ser rectos, paralelos, simétricos. Amábamos jardines en que se gozaba mayor libertad y en que los juegos eran más bohemios y tenían huidas más inesperadas y resueltas, más de bosque, gozando además de mayor acobijamiento bajo los árboles. Vamos al Parterre equivalía en nuestra mente a un continuo juego de aro, llevándolo por carriles de verdura…/… con todos sus verdores muy ordenados y los mazizos, como muebles, muy aristocráticamente distribuidos.” Y es que, incluso en una mente tan represiva en cuanto al tratamiento de las emociones como la de don Ramón, el férreo ordenamiento de este jardin era excesivo. Y sin embargo, es esa rigurosidad, son esas líneas rectas o curvas pero perfectametne simétricas las que lo dotan de una personalidad especial dentro de ese macrorrecinto que es el parque del Retiro. La seriedad que supone tanta geometría incluso parecen haberla asumido las diversas especies arbóreas y jardinescas y cuando se cruza este espacio de Oeste a Este o viceversa no se puede evitar que un halo de profundo respeto se apodere de uno cual si transitara por la nave central de una catedral o por un cementerio, protegido por la más espectacular de las bóvedas que es la celeste. Todas estas reflexiones y sensaciones produce una creación humana donde se mezclan árboles, arbustos y plantas, “simulando un tapiz -leemos en el blog Paseos por Madrid– creado para verse desde cierta altura. Es de forma rectangular con cabecera semicircular y un pasillo central, recordando la planta de una catedral gótica. El plantel dominante es el boj, que se poda formando cuidadas formas geométricas. Se respeta la simetría respecto del eje central, tanto de plantas ornamentales como de dos estanques de poca profundidad que se integran en la decoración”. Si a ello le sumamos la presencia del añejo ahuehuete y las estatuas y bustos de homenaje tendremos la configuración total del Parterre del Retiro. De todo ello escribiremos a continuación, adecuadamente sazonado con alguna que otra anécdota y la personal perspectiva de Ramón Gómez de la Serna.

Antigua plaza del Ochavado

LuisI de Borbón

Sabrosas las calaveradas de Luis I y su esposa por el Parterre

El Parterre forma parte del Retiro desde su construcción durante el primer tercio del siglo XVI. Ocurre, sin embargo, que el primer diseño del parque madrileño por antonomasia no concedía una mayor importancia a este enclave, según nos relata Mesonero en su Antiguo Madrid: “Cercano a las construcciones de uso de la Corte, por detrás y a ambos lados de Palacio y demás caserío, se extendían los inmensos bosques interpolados con lindos jardines; por ejemplo; en donde ahora está el precioso parterre, había uno, en cuya plaza central llamada el Ochavado venían a confluir otras tantas calles cubiertas de enramada”. Para entener la configuración actual del Parterre hay que remontarse a la llegada de los Anjou al trono de España en 1700. Felipe V se mostró francamente decepcionado por la poca atención que habían mostrado los últimos Austrias hacia las construcciones reales y los ajardinamientos. A la baja calidad de aquellas y el abandono de éstos había que sumar la pobreza de los materiales arquitectónicos. Al margen quedaba la riqueza interior en decoración y obras de arte. Ya se sabe cómo eran estos reyes franceses y también es voxpopuli lo escasamente farandulera y frívola que discurrió la existencia de Carlos II. Pese a ello, y dado que la residencia oficial de Felipe V era el antiguo Alcázar Real, el disgusto no pasó a mayores. Por otra parte, al matrimoniar Felipe V en segundas nupcias con Isabel de Farnesio, ésta se mostró más partidaria de pasar sus días en La Granja de San Ildefonso cuyo palacio se construyó durante su reinado. Mientras tanto, lo que hoy es el Parterre había sido escenario de las cortas pero escandalosas existencias del príncipe y momentáneamente rey Luis I de Borbón y de su esposa Luisa Isabel de Orleans. Resulta un tanto incómodo y escatológico describir en qué consistían dichos escándalos. Es por ello que dejamos que la pluma de Pedro de Répide nos lo haga más digestivo y menos hilarante: “Esta parte del Retiro, como la más inmediata al Casón, era la que servía para las extrañas andanzas de la reina Luisa Isabel de Orleans, mujer de Luis I, cuyas constumbres, harto poco egregias, estaban muy distantes de la severa etiqueta de la corte. Bien que su egregio y joven esposo no fue de más entonados hábitos durante su breve reinado, pues también por este lado del Parque era por donde salía para sus escapatorias nocturnas disfrazado de majo, con una pandilla de amigos y se iba a distraer en tan augustas diversiones como llegarse hasta la huerta de Atocha a quitar melones a los frailes y cortar las flores del mismo Retiro, para reñir, en la mañana siguiente, a los jardineros por su falta de ciudado”. De la reina se puede decir, entre otras menudencias, que no le gustaba el contacto con el agua, que enseñaba sus vergüenzas sin ninguna idem a los sirvientes cuando se le cruzaban lo cables o que le daba de vez en cuando por coger un trapo y ponerse a sacar brillo, como cualquier chacha de palacio, a cristales, vajillas, baldosas o azulejos. Pero dejemos atrás estas nimiedades de reyes tan campechanos y situémonos en la Nochebuena de 1734 en que la residencia de la actual plaza de Oriente se transformó en un santiamén en ascuas y cenizas y fue necesario trasladarse provisionalmente al palacio del Buen Retiro mientras se construía el actual Real. Es en ese momento cuando se llevan a cabo algunas obras para acondicionar la transitoria residencia de los monarcas. Pero no fueron muchas. Tampoco se remozaron mucho los alrededores. La antigua plaza del Ochavado se transformó en un protoparterre, efectuándose plantaciones pero manteniendo los desniveles del terreno con acusadas pendientes en sus límites. Se despejó la zona de paseos umbríos y cubiertos de vegetación que formaban las calles en forma de túneles, tal como lo había diseñado un siglo atrás Felipe IV. Lo sucesores de Felipe V no realizaron mayores reformas y cuando Napoleón sienta sus reales en el Retiro dejó aquello como un solar al talar los árboles por razones de índole militar.

La transformación del Parterre

Vista aérea del Parterre

Vista aérea del Parterre. atacamacultura.blogspot.com

En 1841 el alcalde Agustín Argüelles y el intendente de la Real Casa durante la Regencia de Espartero, Martín de los Heros, plantean la reforma del Parterre convirtiéndolo prácticamente en lo que hoy podemos observar y disfrutar. Se reformaron los desniveles creando los muros de contención de ladrillos que bordean el jardín, nivelando el terreno y dando una visión más homogénea a la zona. Se levantan rampas de acceso y la fuente de piedra caliza con los tritones y la balaustrada que permite la vista del jardín desde un punto elevado. Además se colocaron dos fuentes de alabastro adosadas al muro de contención, según leemos en el blog Paseos por Madrid. El jardín se remodeló de nuevo tras la guerra Civil y bajo la dirección de Herrero Palacios se introdujeron cambios aunque manteniendo su regularidad con parterres finos y setos bajos de boj, césped en su interior y algunos laureles y aligustres recortados. Antes, en 1922, se había colocado a la entrada del recinto, frente al Casón, la puerta de Mariana de Neoburgo, llamada en la actualidad del Ángel o de Felipe IV, que previamente se encontraba entre el monasterio de los Jerónimos y el museo del Prado. Y en este punto no podemos abandonar la enumeración de las especies presentes en el Parterre sin referirnos al ahuehuete, el que se supone que es el más longevo árbol del Retiro y según algunos -polémicas al margen- el más antiguo de Madrid. Se imponente presencia se erige majestuosa en la parte izquierda del jardín si entramos por la puerta del Ángel. Es un ejemplar de anchísimos tronco y copa y bellísimas hojas colgantes. Su plantación data de la época de apertura del Retiro, en concreto, 1632. Según se cuenta, dicho árbol se salvó de la tala indiscriminada decretada por José Bonaparte porque su tronco sirvió de apoyo durante la guerra de la Independencia a una batería de artillería que apuntaba hacia el barrio de Las Letras. Pero también en esto hay controversia por lo que dejamos en puntos suspensivos la veracidad de esta aseveración. Lo que no admite discusión es que se trata de un árbol procedente de Méjico y sur de Estados Unidos y que su nombre significa en lengua azteca viejo del agua pues suele prosperar preferentemente en zonas pantanosas. Superan habitualmente estos ejemplares los 500 años de vida y existen en la actualidad algunos que cuentan más de 2.000. El ejemplar del Parterre es digno de ser observado desde cerca. Su tronco presenta un diámetro tan impresionante que puede dejar con la boca abierta al turista más viajado.

Los Benavente y el doctor Pulido

Doctor Benavente. www.teatro.es

Busto dedicado al doctor Benavente. http://www.teatro.es

En 1886 Ramón Subirat y Codorniú esculpió un busto en honor del doctor Mariano Benavente (1818-1885), médico pionero en el mundo de la pediatría en España y una de las mentes preclaras de su tiempo en esta especialidad en toda Europa, que era como decir en todo el mundo. Se trata de una obra erigida por suscripcion popular en homenaje a su labor en la Inclusa de Madrid donde hasta su fallecimiento había contribuido a salvar vidas de niños de familias humildes cuyas carencias económicas impedían criar a los hijos que hasta en un número cercano a 3.000 ingresaban cada año en el recinto sanitario. El monumento se encontraba en principio situado en en el centro del Parterre y fue desplazado al lateral derecho en 1962 para colocar en su lugar la escultura que Victorio Macho dedicó al hijo del doctor, el dramaturgo Jacinto Benavente (1866-1954). Sobre una columna, la estatua dedicada a Benavente hijo representa una alegoría del teatro a través de una figura femenina que sujeta con sus manos una careta, la propia de los actores griegos y que dio pie al concepto de personaje en el teatro clásico. En el frontal se encuentra el perfil de don Jacinto y a ambos lados las siluetas de los personajes de su obra teatral más conocida, Los intereses creados, Crispín y Raimunda. Por último, no podemos dejar de hacer mención al busto situado a la izquierda del jardín, siempre enfilando hacia el Este, que pertenece a Ángel Pulido (1852-1932), humanista que dedicó una parte de su vida a la defensa y reconocimiento de la cultura sefardí en España. Fue senador por la provincia de Salamanca y respetado hombre de letras, autor de la obra Españoles sin patria y la raza sefardí, donde defiende y encomia el mantenimiento de la cultura española entre los judíos de origen español dispersados por Europa. El interés por los judíos españoles de la diáspora surge tras un viaje a Viena donde pudo comprobar cómo ciertos sectores de la comunidad judía mantenían el habla española de finales del siglo XV, cuando tuvieron que abandonar la patria, expulsados por los Reyes Católicos. Pero vayamos poniendo ya el épilogo a este Parterre que no deja de ser un anacronismo geométrico dentro de esa gratificante anarquía que en cuanto a configuración es el parque del Retiro. Y nadie mejor para poner la rúbrica que Ramón Gómez de la Serna para quien el Parterre era “ese jardín de un corte de pelo especial, que tiene una curiosa psicología, medio de jardín, medio de cementerio, medio de parque de la Reina…/…El Parterre va todos los días a la peluquería, y huele a loción, y se ve cómo le apuran el corte de la nuca. Todos los sábados los jardineros del Parterre suenan sus tijeras nerviosas, dispuestas, afiladas. En primavera, sobre todo, huele a corte de pelo reciente, a hierba despuntada”. ¡Sería en su época, don Ramón! Sería en su época cuando los peluqueros podían recrearse en un corte de pelo esmerado cada primavera. O cada otoño. Hoy en día los peluqueros escasean por la mala cabeza de gobernantes cada vez más zotes y menos ocupados en cuidar el patrimonio cultural de Madrid en general y del Retiro en particular. Hoy en día los árboles del parque más importante de la Villa y Corte se vienen abajo un día sí y otro también quizás víctimas de la depresión en que los ha sumido la indiferencia de necios y cazurros jerifaltes que hace que tengan que doblar la cabeza, humillados y huérfanos de quien defienda que también ellos dan alegría, paz y, en definitiva, felicidad, una felicidad especial que las gentes de su tiempo, don Ramón, sabían apreciar. ¡Y eso que usted, permítame que se lo diga, tenía fama de señorito frívolo y, por razones relacionadas con su tendencia literaria, debía reprimirse a la hora de expresar sus sentimientos! Vivir para ver.

 
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Publicado por en diciembre 19, PM en El Retiro

 

Calle del Barquillo

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Calle Barquillo. Foto http://www.minube.com

Densa, compleja y abigarrada la historia de la calle que hoy incluimos en nuestro blog. Una vía, la del Barquillo, cuya denominación nos trae a la memoria ecos tanto populares como aristocráticos. Y con razón, pues su devenir está tan ligado a la realeza como a los más castizos tipos de la Villa y Corte. Rúa que a lo largo de su amplia biografía ha mutado en repetidas ocasiones su personalidad, desde trayecto de salida hacia Vicálvaro a calle de los instrumentos musicales, durante el último tercio del siglo XX. Actualmente se puede calificar de prolongación del remozado tanto física como culturalmente barrio de Chueca, caracterizándose por la presencia en sus portales de numerosos restaurantes, tanto de tradicional y añeja como de nueva cocina o de tiendas de moda donde a precios más o menos asequibles se pueden adquirir vestimentas y complementos recién salidos del magín de estilosos modistas o marroquineros. Es más, se podría hablar incluso de un cierto camaleonismo en cuanto a la idiosincrasia de esta calle se refiere, pues si al anochecer se convierte como decimos líneas atrás en zona ociosa, durante las mañanas uno puede flanear por sus aceras y percibir el olor del asfalto húmedo o comprobar cómo el vecindario aún se saluda de portal a portal o al cruzar sus pasos hacia vaya usted a saber qué menesteres. Está enclavada Barquillo en una zona asaz literaria. Don Ramón de la Cruz se inspiró en los tipos populares de este barrio, otrora de chisperos, para enhebrar algunos de sus entretenidos sainetes. Por otra parte, las calles Almirante y San Marcos, con las que comparte amigable vecindario, fueron escenario de las idas y venidas del protagonista de la obra de Luis Martín Santos Tiempo de Silencio y los personajes de La Fontana de Oro o de La Desheredada de Galdós solían despejarse de sus angustias existenciales caminando por sus aceras. También se han paseado por estos pagos otras congojas de cintura para abajo pues no en vano durante un tiempo no muy lejano sus edificios acogieron nombrados lupanares que sirvieron de válvula de escape a más de un españolito o españolazo de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del XX. O lo mismo también a los del siglo XXI. A saber. Todo ello y más ofrece el perfil de la calle del Barquillo, situada en el denominado barrio de la Justicia, para unos, para otros incluida en el de Chueca y si hacemos caso a Pedro de Répide -a quien confiaremos bastantes de nuestros pasos, una vez más- dándole ella misma nombre a la zona pues no en vano se refiere al barrio del Barquillo en su obra Calles de Madrid.

El barco de la marquesa de Nieves

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Placa en el lugar donde estuvo  la casa de Tócame Roque. http://www.edicioneslalibreria.com

Vía recta como una vela, se enmarca entre la de Alcalá y la de Fernando VI. Coinciden los expertos en topografía matritense en afirmar que el nombre se lo debe a un barco que la marquesa de Nieves tenía en un un estanque situado en la finca de su propiedad sita donde posteriormente se levantaría el convento de las Salesas, allá en los confines de la calle. El ceramista municipal Ruiz de Luna así lo deja dicho en la placa artística azulejera correspondiente a esta calle. “Formose en tierras de las eras de Vicálvaro, pueblo cuya jurisdicción llegaba hasta estos parajes”, nos apunta Répide quien a continuación abunda en el tema del barco para rematar este aspecto afirmando que “lo que evidente es que antes de que existiera la calle ya se encuentra en documentos del siglo XVI la denominación de aquel lugar como las tierras que dicen del Barquillo“. Las primeras referencias escritas como calle hay que situarlas en el siglo XVII al convertirse en paso natural hacia el convento de San Hermenegildo, derribado en 1870 y cuyas huertas ocupaban el espacio actual de la plaza del Rey. De dicho recinto religioso hoy sólo nos queda la iglesia de San José, cuya fachada se encuentra situada en la confluencia de Gran Vía con Alcalá, templo famoso entre otras razones por ser en él donde debutó como misacantano el tan rijoso como devoto escritor Félix Lope de Vega. De esa época también data el antiguo caserón donde moró Julianillo Valcárcel, el hijo del conde-duque de Olivares, recién desposado con  doña Juana de Velasco, un edificio derribado hacia el final del siglo XIX. Sin embargo, la importancia de la calle del Barquillo se acentúa considerablemente durante el siglo XVIII. Por varias razones. La primera, porque se convierte en el camino que enlaza el centro de la Villa con el monasterio de las Salesas, fundado por doña Bárbara de Braganza y en cuyos muros habrían de descansar tanto ella como su marido, el segundo rey borbón, Fernando VI. Esto le valió el apelativo de calle real, título que sólo ostentaban en aquella época Lavapiés y Almudena. Otra razón de peso para acrecentar su fama fue la construcción en sus aledaños del palacio de Buenavista, que actualmente no da a la calle por la interferencia del Instituto Cervantes. Y otra razón más, la de ser una zona popular, escenario como ya dijimos de las correrías de los personajes de algunos de los sainetes de Don Ramón de la Cruz. Pero dejemos que sea Pedro de Répide quien nos ilustre con su pluma, siempre sedosa y mesurada, acerca de sus peculiaridades pues “el del Barquillo como su inmediato barrio de San Antón, y más allá el de Maravillas, era, en efecto, típico de la chispería de la corte, que iba a buscar pelea con la manolería de Lavapiés. Abundaban en esa parte de Madrid los obreros del hierro y existían gran número de fraguas, de lo que vino a aquellos el nombre de chisperos, así como su aspecto sucio y tiznado provocaba el desprecio de los pintureros manolos de los barrios bajos, que, al contrario, se distinguían por su cuidado y rumbo en el acicalamiento de su persona”. En el sainete Los bandos de Avapiés o la venganza del Zurdillo, Don Ramón de la Cruz describe con detalle aquellas contiendas en las que vencían siempre los del Barquillo, “como más brutos que eran”, Répide dixit. Las peleas no entendían de edades y así los críos de ambos barrios se enzarzaban a pedradas e incluso -¡qué envidia!- dirimían sus disputas mediante coplas del tipo “Si no me habéis conocido/en el pico del sombrero,/soy del barrio del Barquillo/traigo bandera de fuego”. Lo del sombrero tenía que ver con la fábrica que desde 1727 se había levantado en la calle, la mejor sombrerería de Madrid, y que constituía un motivo de orgullo para los vecinos del barrio. No podemos pasar página, en cuanto a Don Ramón de la Cruz y la chispería se refiere, sin mentar la casa de Tócame Roque, situada al final de la calle en su confluencia con la de Belén, que serviría a aquél de tema para su sainete La Petra y la Juana o El buen casero. Es decir, no se trató de una ficción literaria sino que la vivienda existió en la realidad. Se trataba de una edificio popular en forma de corrala, destartalado y sucio al decir de los que lo conocieron, y muy conocido incluso durante el siglo XIX por ser propiedad de unos hermanos que respondían respectivamente a los nombres de Juan y Roque. La vivienda tenía aforo para unas setenta personas y como cualquier corrala que se preciara contaba con un patio interior con balcones corridos, todo ello en un entorno feo e insalubre propio de aquellos tiempos. Por otra parte, las relaciones entre los moradores no eran precisamente amigables, de lo que se deduce el significado actual de la expresión Casa de tócame Roque. Las disputas por heredarla, consecuencia de la deficiente redacción de la herencia, que no dejaba claro a quién de los dos hermanos correspondía, dio pie a la expresión de uno de ellos “tócame a mí” a lo que respondía el otro con lo mismo. De ahí pasó al acervo popular con su título apócrifo. La corrala se hizo tan popular que, cuando en 1850 el Ayuntamiento de Madrid decide derribarla, los vecinos montaron en cólera enfrentándose a los representantes del consistorio.

Presidio, teatros, Tabacalera, ONCE, Colegio de Arquitectos, Cervantes

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Actual sede del Instituto Cervantes en calle Barquillo esquina con Alcalá.

A lo largo de su historia la calle del Barquillo ha albergado todo tipo de empresas, negocios o instituciones culturales y educativas. Se sabe que en 1845 en su esquina con la calle Almirante estuvo situado un presidio modelo en el solar que había acogido con anterioridad el convento de San Vicente de Paúl, según cuenta Pedro de Répide. La prisión contaba con capacidad para recoger a medio millar de reclusos y, aunque no estuvo en funcionamiento durante mucho tiempo, se sabe que tomó cierta fama por la calidad de los terciopelos y lienzos que manufacturaban los penados. No podemos tampoco dejar al margen la contribución de esta calle a la cultura tanto dramática como filológica. La relacionada con las tablas le viene -Don Ramón de la Cruz al margen- de principios del siglo XX  cuando en el número 24 se inauguró el teatro Infanta Isabel, que aún hoy afortunadamente no ha cerrado sus puertas y que por su trayectoria podemos considerar unos de los templos del drama con más historia actualmente en la capital. Antes de su apertura, hacia 1913, había sido sala de cinematógrafo con el nombre de Cinema Nacional. Después se transformó en el Petit Palais, local que alternaba el nuevo arte de la imagen en movimiento con las variedades. En el Infanta Isabel estrenaron obras a lo largo del siglo XX autores de la talla de Galdós, los hermanos Quintero, Arniches, Jardiel Poncela, Jacinto Benavente, Buero Vallejo, Mihura, Alonso Millán o Alonso de Santos, es decir un abanico de dramaturgos que abarca los más diversos estilos que ha dado la escena española durante la anterior centuria. Aunque toca de pasada, también el teatro Apolo -el antiguo- tiene su relación con la calle del Barquillo. Su fachada principal daba a Alcalá 45, en el mentado solar del convento de San Hermenegildo. Contaba con una aforo para 2.500 espectadores y abrió sus puertas en 1873 con el objetivo de representar comedia española. Pero fue la zarzuela la que le dio fama a lo largo de la Restauración y la que lo convirtió en un templo emblemático del llamado género chico. Sin embargo, varios fracasos empresariales, o quizá los cambios en el gusto del público, derivaron en su cierre a finales de los años 20 del siglo pasado. El solar lo adquirió el banco de Vizcaya y actualmente es propiedad del Ayuntamiento capitalino. Su relación con la calle a la que hoy dedicamos el post le viene de que los actores tenían su puerta de entrada y salida por el actual número 1 de Barquillo. Más o menos. Pero escribíamos líneas atrás de la contribución de nuestra calle hodierna a la cultura filológica y no podemos olvidarnos, por consiguiente, del Instituto Cervantes, situado actualmente en el edificio de las Cariátides, la famosa casa de “¡joder qué puertas!” con que lo denominó el siempre ocurrente además de castizo madrileño de a pie cuando en 1918 concluyó la ejecución de los planos que habían diseñado los arquitectos Palacios y Otamendi. La expresión de sorpresa se debía a la presencia de cuatro imponentes cariátides, es decir, columnas en forma de mujer, situadas a ambos lados de la entrada, con cuya visión aún hoy podemos recrearnos. El solar había albergado con anterioridad al palacio del marqués de Casa-Irujo. Finalizaremos esta entrada haciendo mención a otros vecinos ilustres que ha tenido la calle del Barquillo a lo largo de su historia. Como personas físicas hay que decir que en el número 5 tuvo su despacho el político, jurista, economista e historiador Joaquín Costa. Recuerden, aquel que con tanto tino defendía durante el último tercio del siglo XIX y principios del XX que la regeneración de España pasaba por llevar adelante su lema “escuela, despensa y siete llaves para el sepulcro del Cid”. Todavía están a tiempo los políticos actuales de tomar nota. Un poco más allá, en el número 24, nació el general Castaños, vencedor de los franceses en la batalla de Bailén, y en esta misma calle vivió asimismo Eduardo Marquina, el ariete del teatro en verso español de principios del siglo XX. También el pintor rococó de origen italiano Jacopo Amigoni fue vecino de esta rúa y en ella plantó su caballete durante algunos años de su dilatada existencia. En cuanto a empresas que se han asentado durante algún tiempo en la calle del Barquillo hay que nombrar a Tabacalera Española, hoy desaparecida con esa nomenclatura, y la Organización Nacional de Ciegos. Igualmente hasta 2012 fue sede central del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. Mucho y bueno, por tanto, ha jalonado la dilatada existencia de esta calle del Barquillo por más que actualmente no aparente otra cosa que ser una de las muchas vías que aprovechan el tirón del barrio de Chueca para abrir negocios dedicados a la restauración, más o menos innovadores, u otros que tienen como denominador común la moda, ¡perdón!, el estilismo rabiosamente fashion. Pero no se dejen arredrar por las apariencias de modernidad y una mañana de primavera -por ejemplo- enfilen a primera hora y sin prisas desde la embocadura de Alcalá hasta Fernando VI, flaneen a su sabor y descubran a algún dependiente, mano al palo de su escoba, echando un requiebro a una moza de falda apretada, talle de avispa y tacón alto. Los y las hay, se lo juro. O a una señora entrada en años y carnes, volviendo del mercado con unos puerros asomando por la boca del carrito de la compra que ni Galdós redivivo la habría encontrado más al pelo para una de sus novelas. O a un maduro caballero de poblado bigote y desaliñada figura, con el cigarro en la comisura de los labios, echando pestes de Florentino Pérez y de los mimos que derrocha con los que sólo besan el escudo por dinero. Se los encontrarán y merece la pena verlos a todos ellos en su salsa.

 

 

 
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Publicado por en diciembre 12, PM en Calles