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El Parterre

19 Dic
El parterre. Fotos antiguas de Madrid

El Parterre visto desde la balaustrada. Del blog Fotos antiguas de Madrid

Los jardines del Parterre del Retiro son pura simetría. Son Francia dieciochesca en estado puro por más que la reforma que los convirtió en lo que hoy son se llevara a cabo durante el reinado de Isabel II. El Parterre es pura delicia para los ojos en cuanto a la disposición de los elementos de la naturaleza, diseñados a partir de un plan perfectamente preconcebido para conseguir que sorprendan gratamente a cualquier flaneante del parque madrileño por excelencia, tanto si accede a sus vistas desde el pretil situado al Este como si lo hace arribando a él tras cruzar la puerta de Carlos IV. Remontar el par de escalones de acceso al recinto por este último acceso posibilita que ante nuestros ojos se manifieste ese gran despliegue de lujo ornamental conseguido mediante un orden cartesiano y axial difícil de procesar, evaluar o disfrutar durante los primeros instantes. Es pura magnificencia, ostentación, grandeza, es derroche de los sentidos, es delicatessen sin matices. Hay que respirar profundamente, barrer con la mirada el perímetro de la explanada y comenzar poco a poco a digerir tanta hermosura. Estamos ante la cara menos bohemia del Retiro, la menos española si con ello queremos referirnos a nuestra secular y tópica falta de planificación, de orden y de reflexión, que dicen caracteriza el hacer de los que nos consideramos hijos de la piel de toro para lo bueno o lo malo. En este sentido, uno de los que mejor ha definido el Parterre es Ramón Gómez de la Serna quien alegaba que este singular jardín “tiene una frialdad arquitectónica como de una obra hecha con demasiada técnica literaria. El Parterre está trazado con tiralíneas, valiéndose también el jardinero creador de la escuadra y el cartabón”. Al recordar el genio de las vanguardias los ratos pasados en su infancia en este recinto separado del resto del Retiro por muros de contención nos comenta que “era como un patio confinado, como un sitio en que todos los juegos tenían que ser rectos, paralelos, simétricos. Amábamos jardines en que se gozaba mayor libertad y en que los juegos eran más bohemios y tenían huidas más inesperadas y resueltas, más de bosque, gozando además de mayor acobijamiento bajo los árboles. Vamos al Parterre equivalía en nuestra mente a un continuo juego de aro, llevándolo por carriles de verdura…/… con todos sus verdores muy ordenados y los mazizos, como muebles, muy aristocráticamente distribuidos.” Y es que, incluso en una mente tan represiva en cuanto al tratamiento de las emociones como la de don Ramón, el férreo ordenamiento de este jardin era excesivo. Y sin embargo, es esa rigurosidad, son esas líneas rectas o curvas pero perfectametne simétricas las que lo dotan de una personalidad especial dentro de ese macrorrecinto que es el parque del Retiro. La seriedad que supone tanta geometría incluso parecen haberla asumido las diversas especies arbóreas y jardinescas y cuando se cruza este espacio de Oeste a Este o viceversa no se puede evitar que un halo de profundo respeto se apodere de uno cual si transitara por la nave central de una catedral o por un cementerio, protegido por la más espectacular de las bóvedas que es la celeste. Todas estas reflexiones y sensaciones produce una creación humana donde se mezclan árboles, arbustos y plantas, “simulando un tapiz -leemos en el blog Paseos por Madrid– creado para verse desde cierta altura. Es de forma rectangular con cabecera semicircular y un pasillo central, recordando la planta de una catedral gótica. El plantel dominante es el boj, que se poda formando cuidadas formas geométricas. Se respeta la simetría respecto del eje central, tanto de plantas ornamentales como de dos estanques de poca profundidad que se integran en la decoración”. Si a ello le sumamos la presencia del añejo ahuehuete y las estatuas y bustos de homenaje tendremos la configuración total del Parterre del Retiro. De todo ello escribiremos a continuación, adecuadamente sazonado con alguna que otra anécdota y la personal perspectiva de Ramón Gómez de la Serna.

Antigua plaza del Ochavado

LuisI de Borbón

Sabrosas las calaveradas de Luis I y su esposa por el Parterre

El Parterre forma parte del Retiro desde su construcción durante el primer tercio del siglo XVI. Ocurre, sin embargo, que el primer diseño del parque madrileño por antonomasia no concedía una mayor importancia a este enclave, según nos relata Mesonero en su Antiguo Madrid: “Cercano a las construcciones de uso de la Corte, por detrás y a ambos lados de Palacio y demás caserío, se extendían los inmensos bosques interpolados con lindos jardines; por ejemplo; en donde ahora está el precioso parterre, había uno, en cuya plaza central llamada el Ochavado venían a confluir otras tantas calles cubiertas de enramada”. Para entener la configuración actual del Parterre hay que remontarse a la llegada de los Anjou al trono de España en 1700. Felipe V se mostró francamente decepcionado por la poca atención que habían mostrado los últimos Austrias hacia las construcciones reales y los ajardinamientos. A la baja calidad de aquellas y el abandono de éstos había que sumar la pobreza de los materiales arquitectónicos. Al margen quedaba la riqueza interior en decoración y obras de arte. Ya se sabe cómo eran estos reyes franceses y también es voxpopuli lo escasamente farandulera y frívola que discurrió la existencia de Carlos II. Pese a ello, y dado que la residencia oficial de Felipe V era el antiguo Alcázar Real, el disgusto no pasó a mayores. Por otra parte, al matrimoniar Felipe V en segundas nupcias con Isabel de Farnesio, ésta se mostró más partidaria de pasar sus días en La Granja de San Ildefonso cuyo palacio se construyó durante su reinado. Mientras tanto, lo que hoy es el Parterre había sido escenario de las cortas pero escandalosas existencias del príncipe y momentáneamente rey Luis I de Borbón y de su esposa Luisa Isabel de Orleans. Resulta un tanto incómodo y escatológico describir en qué consistían dichos escándalos. Es por ello que dejamos que la pluma de Pedro de Répide nos lo haga más digestivo y menos hilarante: “Esta parte del Retiro, como la más inmediata al Casón, era la que servía para las extrañas andanzas de la reina Luisa Isabel de Orleans, mujer de Luis I, cuyas constumbres, harto poco egregias, estaban muy distantes de la severa etiqueta de la corte. Bien que su egregio y joven esposo no fue de más entonados hábitos durante su breve reinado, pues también por este lado del Parque era por donde salía para sus escapatorias nocturnas disfrazado de majo, con una pandilla de amigos y se iba a distraer en tan augustas diversiones como llegarse hasta la huerta de Atocha a quitar melones a los frailes y cortar las flores del mismo Retiro, para reñir, en la mañana siguiente, a los jardineros por su falta de ciudado”. De la reina se puede decir, entre otras menudencias, que no le gustaba el contacto con el agua, que enseñaba sus vergüenzas sin ninguna idem a los sirvientes cuando se le cruzaban lo cables o que le daba de vez en cuando por coger un trapo y ponerse a sacar brillo, como cualquier chacha de palacio, a cristales, vajillas, baldosas o azulejos. Pero dejemos atrás estas nimiedades de reyes tan campechanos y situémonos en la Nochebuena de 1734 en que la residencia de la actual plaza de Oriente se transformó en un santiamén en ascuas y cenizas y fue necesario trasladarse provisionalmente al palacio del Buen Retiro mientras se construía el actual Real. Es en ese momento cuando se llevan a cabo algunas obras para acondicionar la transitoria residencia de los monarcas. Pero no fueron muchas. Tampoco se remozaron mucho los alrededores. La antigua plaza del Ochavado se transformó en un protoparterre, efectuándose plantaciones pero manteniendo los desniveles del terreno con acusadas pendientes en sus límites. Se despejó la zona de paseos umbríos y cubiertos de vegetación que formaban las calles en forma de túneles, tal como lo había diseñado un siglo atrás Felipe IV. Lo sucesores de Felipe V no realizaron mayores reformas y cuando Napoleón sienta sus reales en el Retiro dejó aquello como un solar al talar los árboles por razones de índole militar.

La transformación del Parterre

Vista aérea del Parterre

Vista aérea del Parterre. atacamacultura.blogspot.com

En 1841 el alcalde Agustín Argüelles y el intendente de la Real Casa durante la Regencia de Espartero, Martín de los Heros, plantean la reforma del Parterre convirtiéndolo prácticamente en lo que hoy podemos observar y disfrutar. Se reformaron los desniveles creando los muros de contención de ladrillos que bordean el jardín, nivelando el terreno y dando una visión más homogénea a la zona. Se levantan rampas de acceso y la fuente de piedra caliza con los tritones y la balaustrada que permite la vista del jardín desde un punto elevado. Además se colocaron dos fuentes de alabastro adosadas al muro de contención, según leemos en el blog Paseos por Madrid. El jardín se remodeló de nuevo tras la guerra Civil y bajo la dirección de Herrero Palacios se introdujeron cambios aunque manteniendo su regularidad con parterres finos y setos bajos de boj, césped en su interior y algunos laureles y aligustres recortados. Antes, en 1922, se había colocado a la entrada del recinto, frente al Casón, la puerta de Mariana de Neoburgo, llamada en la actualidad del Ángel o de Felipe IV, que previamente se encontraba entre el monasterio de los Jerónimos y el museo del Prado. Y en este punto no podemos abandonar la enumeración de las especies presentes en el Parterre sin referirnos al ahuehuete, el que se supone que es el más longevo árbol del Retiro y según algunos -polémicas al margen- el más antiguo de Madrid. Se imponente presencia se erige majestuosa en la parte izquierda del jardín si entramos por la puerta del Ángel. Es un ejemplar de anchísimos tronco y copa y bellísimas hojas colgantes. Su plantación data de la época de apertura del Retiro, en concreto, 1632. Según se cuenta, dicho árbol se salvó de la tala indiscriminada decretada por José Bonaparte porque su tronco sirvió de apoyo durante la guerra de la Independencia a una batería de artillería que apuntaba hacia el barrio de Las Letras. Pero también en esto hay controversia por lo que dejamos en puntos suspensivos la veracidad de esta aseveración. Lo que no admite discusión es que se trata de un árbol procedente de Méjico y sur de Estados Unidos y que su nombre significa en lengua azteca viejo del agua pues suele prosperar preferentemente en zonas pantanosas. Superan habitualmente estos ejemplares los 500 años de vida y existen en la actualidad algunos que cuentan más de 2.000. El ejemplar del Parterre es digno de ser observado desde cerca. Su tronco presenta un diámetro tan impresionante que puede dejar con la boca abierta al turista más viajado.

Los Benavente y el doctor Pulido

Doctor Benavente. www.teatro.es

Busto dedicado al doctor Benavente. http://www.teatro.es

En 1886 Ramón Subirat y Codorniú esculpió un busto en honor del doctor Mariano Benavente (1818-1885), médico pionero en el mundo de la pediatría en España y una de las mentes preclaras de su tiempo en esta especialidad en toda Europa, que era como decir en todo el mundo. Se trata de una obra erigida por suscripcion popular en homenaje a su labor en la Inclusa de Madrid donde hasta su fallecimiento había contribuido a salvar vidas de niños de familias humildes cuyas carencias económicas impedían criar a los hijos que hasta en un número cercano a 3.000 ingresaban cada año en el recinto sanitario. El monumento se encontraba en principio situado en en el centro del Parterre y fue desplazado al lateral derecho en 1962 para colocar en su lugar la escultura que Victorio Macho dedicó al hijo del doctor, el dramaturgo Jacinto Benavente (1866-1954). Sobre una columna, la estatua dedicada a Benavente hijo representa una alegoría del teatro a través de una figura femenina que sujeta con sus manos una careta, la propia de los actores griegos y que dio pie al concepto de personaje en el teatro clásico. En el frontal se encuentra el perfil de don Jacinto y a ambos lados las siluetas de los personajes de su obra teatral más conocida, Los intereses creados, Crispín y Raimunda. Por último, no podemos dejar de hacer mención al busto situado a la izquierda del jardín, siempre enfilando hacia el Este, que pertenece a Ángel Pulido (1852-1932), humanista que dedicó una parte de su vida a la defensa y reconocimiento de la cultura sefardí en España. Fue senador por la provincia de Salamanca y respetado hombre de letras, autor de la obra Españoles sin patria y la raza sefardí, donde defiende y encomia el mantenimiento de la cultura española entre los judíos de origen español dispersados por Europa. El interés por los judíos españoles de la diáspora surge tras un viaje a Viena donde pudo comprobar cómo ciertos sectores de la comunidad judía mantenían el habla española de finales del siglo XV, cuando tuvieron que abandonar la patria, expulsados por los Reyes Católicos. Pero vayamos poniendo ya el épilogo a este Parterre que no deja de ser un anacronismo geométrico dentro de esa gratificante anarquía que en cuanto a configuración es el parque del Retiro. Y nadie mejor para poner la rúbrica que Ramón Gómez de la Serna para quien el Parterre era “ese jardín de un corte de pelo especial, que tiene una curiosa psicología, medio de jardín, medio de cementerio, medio de parque de la Reina…/…El Parterre va todos los días a la peluquería, y huele a loción, y se ve cómo le apuran el corte de la nuca. Todos los sábados los jardineros del Parterre suenan sus tijeras nerviosas, dispuestas, afiladas. En primavera, sobre todo, huele a corte de pelo reciente, a hierba despuntada”. ¡Sería en su época, don Ramón! Sería en su época cuando los peluqueros podían recrearse en un corte de pelo esmerado cada primavera. O cada otoño. Hoy en día los peluqueros escasean por la mala cabeza de gobernantes cada vez más zotes y menos ocupados en cuidar el patrimonio cultural de Madrid en general y del Retiro en particular. Hoy en día los árboles del parque más importante de la Villa y Corte se vienen abajo un día sí y otro también quizás víctimas de la depresión en que los ha sumido la indiferencia de necios y cazurros jerifaltes que hace que tengan que doblar la cabeza, humillados y huérfanos de quien defienda que también ellos dan alegría, paz y, en definitiva, felicidad, una felicidad especial que las gentes de su tiempo, don Ramón, sabían apreciar. ¡Y eso que usted, permítame que se lo diga, tenía fama de señorito frívolo y, por razones relacionadas con su tendencia literaria, debía reprimirse a la hora de expresar sus sentimientos! Vivir para ver.

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Publicado por en diciembre 19, PM en El Retiro

 

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