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Plaza de la Cibeles

05 Ene
Plaza de la Cibeles

Panorámica de la plaza de Cibeles en sentido oeste-este. Foto http://www.lavanguardia.com

¡La Cibeles! Todo en uno, plaza y monumento. “¡Vámonos a la Cibeles! ¡Los leones de la Cibeles”! ¡Con un par! Con el artículo femenino singular delante, violando una de las más básicas leyes de la ortografía, en concreto la que impide que ante un sustantivo propio pongamos un artículo determinado. Así es el pueblo de Madrid, que logra imponer sus propios criterios lingüísticos a la normativa imperante hasta llegar al extremo de aplicarlos para nombrar a uno de los parajes más señeros, más conocidos y más flaneados de la orografía matritense. Probablemente, Cibeles, La Cibeles o la plaza de Cibeles – como prefiera cada cual- sea, junto a la plaza Mayor, la Puerta del Sol y la plaza de Oriente, la cuarta pata del banco turístico por antonomasia de la Villa y Corte, con permiso quizás del Retiro, la Gran Vía y, en menor medida, de la plaza de España. Ha sido así indudablemente desde finales del siglo XIX, en concreto desde 1895, cuando la fontana se trasladó al centro de la plaza, convirtiendo el enclave en una glorieta a la vez que elevaba la figura de la diosa a eje de un cruce de caminos cuyos puntos cardinales se iban a completar con edificios claves en la vida pública de la capital e incluso del Estado. El Cuartel General del Ejército, el Ayuntamiento de Madrid, el Banco de España o la Casa de América tienen hoy día categoría y atractivos suficientes para concitar las miradas y las visitas de turistas extranjeros o nacionales. Sin embargo, ninguno de ellos consigue eclipsar la fama de la diosa símbolo de la Tierra, la agricultura y la fecundidad, que emerge orgullosa y hasta soberbia transportada en volandas por los leones en dirección al centro de la Villa. Por si fuera poco, hay que añadir el efecto mediático que ha supuesto el que durante las últimas décadas se haya convertido en polémico lugar de celebraciones futboleras. Y es que hay que reconocer que para bien o para mal los éxitos madridistas la han convertido ya sin discusión en uno de los monumentos más visitados de la capital. Sin embargo, esta fama recientemente sobrevenida no le ha quitado de encima -afortunadamente- el aire castizo y complice con el madrileñismo más popular del que siempre han alardeado tanto la ciudad como sus propios vecinos. Ya lo decía Ramón Gómez de la Serna en su Elucidario al prosopopeyizar a  una diosa que “nuestra familiaridad madrileña, que la apela con ese la lleno de confianza, hace ver en ella una valiente reina de Castila, siempre en medio de su pueblo y custodiada sólo por la fiereza de sus leones”. Pero echando mano del pleonasmo empecemos por el principio y situémonos en el siglo XV, aproximadamente cuando el eje arbolado norte sur separaba el casco urbano de la Villa de los conjuntos monacales y palaciegos.

Entre Recoletos, El Prado y la calle de Alcalá

La Cibeles en su ubicación original

La fuente en su ubicación original junto al palacio de Buenavista. Foto Wikipedia

Leemos en la enciclopedia virtual que ese eje arbolado constaba de tres tramos principales “conocidos como el Prado de los Recoletos Agustinos -actual paseo de Recoletos-, el Prado de los Jerónimos -actual paseo del Prado- y el Prado de Atocha”, actualmente desaparecido y que debía ser la continuación del paseo hacia la iglesia de la virgen de Atocha. Felipe II lleva a cabo una primera reforma de la zona hacia 1570 con el fin de darle un realce en consonancia con la reciente proclamación de Madrid como Corte del Reino. Pero es en tiempos de Carlos III cuando se lleva a cabo la remodelación que convertirá el eje Prado-Recoletos en uno de los lugares más atractivos de la capital, dentro de cuyo perímetro se encuentra el enclave que hoy describimos “y donde antes estaba el inculto aunque poético recinto en que se holgaba la corte madrileña”. Esto lo afirmaba con rotundidad Ramón de Mesonero en el siglo XIX como preámbulo para engrandecer la figura y el proyecto del llamado mejor alcalde de Madrid: “A la voz del gran Carlos III, de este buen rey a quien debe su villa natal casi todo lo que la hace digna del nombre de corte, y por la influencia y decisión del ilustrado conde de Aranda, su primer ministrto, hubieron de callar las escusas producidas por la ignorancia y por la envidia contra el grandioso pensamiento y sus numerosos detalles propuestos para la obra colosal de este paseo por el ingeniero don José de Hermosilla y por el arquitecto don Ventura Rodríguez”. De resultas del magno proyecto “explayose grandemente el terreno con desmontes considerables; terraplenáronse o se cubrieron y allanaron los barrancos, plantándose multitud de árboles, y proyeyéndose a su riego con costosas obras; alzáronse a las distancias convenientes las magníficas fuentes de Cibeles, de Apolo, de Neptuno, de la Alcachofa y otras y se formaron, en fin, las hermosas calles y paseos laterales y el magnífico salón central”. Consecuencia de esta iniciativa urbanística fue, por lo que a nosotros atañe en estos momentos, la instalación en 1782 de la fuente dedicada a la diosa Cibeles junto al palacio de Buenavista, en el paseo de Recoletos, mirando hacia la vecina fuente de Neptuno, es decir, en el lateral noroeste. Allí se levantaba el llamado pabellón de Milicias, que Pedro de Répide describe en su Calles de Madrid como “sencillo y pequeño, en el que habitó Diego Godoy, hermano del príncipe de la Paz. Perteneciente al Estado como procedente del secuestro de bienes del antiguo favorito, fue durante el siglo XIX destinado a oficinas de Infantería y después a las de la Presidencia del Consejo de Ministros…/… Sufrió un incendio en 1870 y no tardó en ser derribada aquella construcción que afeaba la perspectiva de Buenavista”. Nos encontramos, por tanto, en el último tercio del siglo XIX, época en que se lleva a cabo una remodelación a fondo de la plaza. La extensión de la capital hacia el Este es una realidad con el desarrollo del barrio de Salamanca. Por otra parte, la aparición e incremento progresivo de la circulación rodada hace que la plaza tome una nueva dimensión y, como consecuencia de ello, el Ayuntamiento se decida a colocar el monumento en su zona central. No sin polémica pues las opiniones estaban encontradas sobre a quién rendir homenaje en un lugar tan prestigioso. Así lo refleja Répide cuando apunta a que “en este sitio quería don Arturo Melida -afamado arquitecto del Madrid de finales del siglo XIX- haber levantado un monumento al pueblo madrileño por el 2 de mayo, y todavía cuando el centenario del Quijote, en 1905, es decir, después de diez años de situada la Cibeles en su nuevo emplazamiento, hubo quien propuso quitar de allí ese fuente y colocar en vez de ella el eternamente proyectado monumento a Cervantes.”. Pero vayamos a los datos biográficos de la fuente en cuestión, limitándonos a dar los más generales pues información hay en la red para quien desee profundizar en cuestiones históricas, arquitectónicas o artísticas tanto de este como de los otros edificios situados en la plaza. El conjunto monumental de la Cibeles fue diseñado por Ventura Rodríguez y su ejecuión correspondió a los escultores Gutiérrez Arribas y Roberto de Michel. El primero se encargó de la diosa y el carro mientras que este último esculpió los leones. El adornista Miguel Jiménez completó la obra. Desde su inauguración en 1782 hasta su traslado al centro de la glorieta, la fuente cumplió la función de abastecimiento de agua a los ciudadanos, uso que pierde con la nueva ubicación. Los tiempos eran otros y el agua corriente ya estaba llegando a las viviendas particulares y, por tanto, pasa a convertirse en un elemento ornamental que el Ayuntamiento de Madrid quisó realzar situando el monumento sobre cuatro peldaños e incorporantdo en la parte trasera del carro dos nuevas esculturas. Durante el siglo XX se han añadido otros motivos ornamentales hasta darle la forma actual, con sus cascadas, surtidores verticales de cinco metros de altura y chorro curvado que lanza agua desde la figura de la diosa hasta el estanque.

Palacio de Buenavista y Banco de España

bancodeespana

Fachada del banco de España con La Cibeles a la izquierda. Fotor http://www.hispanidad.com

Pero no se encuentra la diosa desarropada, desprotegida, sola ni abandonada en medio de la plaza que en otro tiempo se llamara de Madrid o de Castelar. No, afortunamente no. Y ese es otro de los grandes atractivos de esta magna plaza, o más bien glorieta, dado que no puede ser disfrutada por el peatón como cualquiera otra de su especie. La diosa, como decimos, está protegida en las cuatro esquinas de la explanada por otros tantos edificios de gran valor histórico y artístico. Comencemos por la descripción del más antiguo, el palacio de Buenavista, situado en la esquina noroeste, en los terrenos que allá por el siglo XVII ocupara la huerta de Juan Fernández, aquella que aparecía en la comedia de Tirso de igual nombre y en cuyo lateral fuera ubicada la fuente en su primer siglo de vida. En 1769 el decimosegundo duque de Alba adquirió unos terrenos situados en el denominado Altillo de Buenavista para reajardinarlos según la moda francesa, de la mano de Ventura Rodríguez. El proyecto no llegó a ejecutarse y la heredera de Alba, una de las probables majas denudas o vestidas de Goya, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, ordenó derribar la edificación exitente para levantar en 1777 el palacio que hoy podemos ver, en este caso bajo la supervisión de Pedro de Arnal. La duquesa vivió allí de forma regular a lo largo de su densa vida y de las paredes de sus salones colgaron lienzos tan valorados como La venus del espejo de Velázquez, La Madonna del Alba de Rafael o La educación de Cupido de Correggio, entre otros. Varios incendios y la muerte sin herederos forzosos de los duques de Alba fueron el triste preámbulo que llevó  al palacio a la expropiación en 1807. Pasa a manos de Manuel Godoy  y después a las de José Bonaparte, quien decreta que se dedique a museo de pinturas. La desfortunada marcha del bienintencionado monarca francés supuso que la orden no tuviera efecto y tras decidirse la actual ubicación del museo de pinturas, en 1847 el edificio se convierte en Ministerio de la Guerra a cuyos usos ha estado vinculado hasta hoy día con unas u otras denominaciones. Situémonos ahora enfrente del palacio de Buenavista, en la esquina suroeste, donde desde 1891 tiene su sede el Banco de España en el solar que en el pasado ocupara el palacio de Alcañices. El edificio fue proyectado por Eduardo Adaro y Severiano Sainz de la Lastra, entre otros. Tres reformas han convertido el edificio en lo que hoy podemos observar, es decir, unas fachadas que recogen un repetorio decorativo ecléctico, donde destaca la sobriedad de zócalos y plantas bajas que acentúan la idea de solidez que quiere transmitir una institución como la que alberga el edificio. El interior se distribuye en crujías paralelas a una serie de patios alineados con los ejes del paseo del Prado y la calle de Alcalá, articuladas por el tramo diagonal del chaflán. El edificio fue declarado bien de interés cultural en 1999 y el susodicho chaflán servía de excusa a Pedro de Répide allá por los años 20 del siglo pasado para mencionar el reloj que lo corona y que según su criterio había “sustituido para muchos al de la Puerta del Sol en lo de regir la hora de los bolsillos y cuyas campanadas vibrantes como las de ningún otro extienden su sonoridad hasta muy grandes distancias”. No es el caso en la actualidad, pues el personal ya no depende de un reloj público para poner en hora el suyo, si es que lo tiene de pulsera porque de bolsillo hay que presumir que no. No terminan ahí los comentarios de Répide sobre el edificio del Banco de España, cuya esquina principal servía en los felices años 20 de “lugar señalado para las citas que antes se daban solamente en la Puerta del Sol y la proximidad del palacio de la Banca oficial, con su variedad de entradas y salidas, hace este paraje muy propicio para que los profesionales de los timos clásicos planten en él a sus víctimas, víctimas de su propia avaricia y de su cazurrería, dignamente castigadas. Una bola dorada remata ese chaflán del Banco, allí donde en otro tiempo se erguía esbelta la torrecilla del palacio de Alcañices”.

Palacios de Linares y de las Comunicaciones

Palacio de las Telecomunicaciones

Visión al atardecer del palacio de las Comunicaciones. Foto http://www.raileurope.com

Cruzamos el eje Recoletos-Prado para situarnos en la esquina nordeste con Alcalá, donde se encontraban los terrenos de antiguo pósito y que Mateo Murga Michelena, marqués de Linares, adquirió para edificar un palacio, al que dio nombre y, posteriormente, fama de fantasmagórico. El marqués compró al Ayuntamiento en 1872 un solar de algo más de 3000 metros cuadrados y ordenó al arquitecto Carlos Colubí que le construyera una mansión en consonancia con su fortuna creciente y con la moda ostentosa de la naciente burguesía de la época, que tan bien ejemplarizada quedó en el marqués de Salamanca. Hasta 1900 no terminaron los trabajos si bien los marqueses ya ocuparon algunas de sus numerosas estancias con anterioridad. La construcción consta de cuatro pisos más un subsótano con galerías cegadas que comunicaban con edificios cercanos. La planta sótano albergaba cocinas y dependencias para la servidumbre y otros empleados del marqués. En el entresuelo se encontraba la escalera principal como elemento más sobresaliente junto a las dependencias privadas de los marqueses mientras que en la planta noble hay que destacar los numerosos salones -de tapices, de baile o chino-, comedor de gala, capilla y otros dormitorios y dependencias privadas. En la tercera planta se encontraban las galerías pompeyanas, invernaderos, habitaciones de recibo y otras dependencias para invitados. Hoy en día acoge la Casa de América, insitución cultural que intenta estrechar lazos entre España y el continente colombino y su reciente fama se debe a que en los años 80 del siglo pasado el director de cine Luis García Berlanga lo utilizó para rodar Patrimonio Nacional. El edificio permaneció cerrado desde la Guerra Civil. En 1976 fue declarado Monumento Histórico Artístico lo que lo salvó de los movimientos especulativos y de una más que segura desaparición, abriéndo las puertas a su posterior restauración, en 1990. Pero si por algo es famoso el palacio de Linares más allá de sus características artísticas o históricas es por su fama de palacio encantado. La leyenda parte de los marqueses de Linares, José de Murga y Reolid y Raimunda Osorio, respectivamente. José, hijo de un acaudalado comercial se enamora de Raimunda, una muchachita humilde del barrio de Lavapiés. El referido futuro suegro rico, Mateo Murga, se entera del romance y disconforme con ello manda a su hijo a estudiar a Londres para separarlo de su amada. No debieron hacer mucho caso los amantes porque poco después los vemos casados en la leyenda, pese a las advertencias. Muere Mateo y deja una carta donde explica la razón de su oposición al emparejamiento y que no es otra sino la de que ambos amantes son hermanos de padre, consecuencia de una cana al aire echada por don Mateo en sus años mozos con una cigarrera de Lavapiés. José y Raimunda toman nota y piden una bula al papa para convivir castamente. Pío IX se la concede pero la carne es débil y en un arrebato conciben una niña a la que asesinan para evitar verse señalados por el dedo de la hipocresía social. La niña habría sido emparedada o ahogada y enterrada en el propio palacio y según la leyenda, esoteristas, videntes y demás fauna vividora de estos asuntos, el espíritu de Raimundita, que así se llamaba la niña, sigue paseando por los grandes salones del viejo palacio entonando canciones infantiles y llamando a sus padres de forma lastimera y arrebatadora. La historia del origen de los padres podría ser real, según apuntan investigaciones recientes. Lo otro, que cada cual juzgue a su sabor. Completamos las cuatro esquinas de la plaza de Cibeles con el palacio de las Comunicaciones, de las Telecomunicaciones o la catedral de las Telecomuniciones, como se llamó en una principio dadas sus dimensiones, su majestuosidad y sus elementos artísticos. Su ubicación sureste lo sitúa en antiguos terrenos del Retiro. Son 30.000 metros cuadrados sustraídos al principal parque madrileño, que generaron bastante polémica en su momento y sobre los que se levantaría la nueva y grandiosa Casa de Correos y Telecomunicaciones hasta que en 2007, como consecuencia tanto del declive de las formas de comunicación tradicional como de la megalomanía de un mediocre político al uso apellidado Ruiz Gallardón, el edificio pasó a ser sede del Ayuntamiento de Madrid. El lugar fue en otro tiempo el principal acceso a los jardines del Buen Retiro. Dice Répide que “eran estos el resto del antiguo sitio denominado Huerta del Rey o San Juan, por la ermita dedicada a este santo en donde luego estuvo el palacio de igual nombre que, después de haber sido residencia del infante don Francisco de Paula, fue museo de Ingenieros…”. La apertura de la actual calle de Alfonso XII y la desaparición de las construcciones del palacio real del Buen Retiro supusieron que los jardines quedaran separados de las posesiones a las que pertenecían y fueron arrendados avanzando el siglo XIX a una empresa particular para hacer un parque de espectáculos “que sirviese de expansión y recreo al vecindario madrileño en las noches de verano”, aclara Répide.  El éxito del proyecto fue instantáneo y “la corte de don Amadeo de Saboya puso definitivamente de moda los jardines, que continuaron aliviando y alegrando las noches veraniegas de Madrid durante los tiempos de la Restauración y de la Regencia”. Hasta 1905, fecha en que comenzaron las obras del edificio de Comunicaciones de la mano de los arquitectos Palacios y Otamendi. Nos lo describe Répide y su descripción es perfectamente válida en la actualidad pues lo exterior no ha variado ni un ápice, afortunadamente. Dice El ciego de Vistillas que la edificación “es de proporciones colosales, y la gracia del labrado de la piedra blanca de Colmenar, que predomina en su construcción, aumentará su aspecto artístico cuando adquiera la pátina del tiempo. Esta fachada tiene en su parte superior un reloj al que le será difícil conseguir un prestigio que le permita competir con su frontero el del Banco, y ostenta finalmente en su parte culminante la gallarda antena de la telegrafía sin hilos”. Obsesión por la relojería y rétorica repidiana al margen, hay que apuntar que el edificio mezcla diferentes influencias y estilos desde una concepción racionalista y funcional con predominio del estilo modernista. “La monumentalidad de sus volúmenes -leemos en Wikipedia– emula las pautas arquitectónicas estadounidenses vigentes en la época y sus composiciones volumétricas denotan un cierto toque francés. En lo que respecta a los elementos decorativos del exterior, éstos remiten a la arquitectura medieval española, presente también en el tratamiento de la piedra”. Se debe referir la enciclopedia virtual al estilo neoplateresco salmantino. Seguro. Todo ello suma para que afirmemos que escribimos del edificio que más miradas atrae de la glorieta, fuente de Cibeles al margen. Con ello ponemos fin a este denso flaneo en torno a la plazuela que acoge la figura de la diosa Cibeles “ese símbolo disimulado”, en el sentir de Gómez de la Serna que “enmudecida y erguida en su carroza no deja de caminar en el tiempo y recorre la historia con su rodar incesante”. Mucho material ha quedado en el tintero, también el referido a un anecdotario que englobaría desde las supuestas virtudes curativas del agua de la fuente hasta el uso de esa misma como elemento de seguridad de la cámara acorazada del Banco de España. Y más. Pero preferimos parar aquí a arriesgarnos a cansar a un lector al que remitimos a nuestras fuentes habituales para ampliar información. En este caso, la hay y sobrada porque la plaza de la Cibeles es, mucho, muchísimo más que la historia o la arquitectura de la fuente y la diosa.

 

 

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Publicado por en enero 5, PM en Plazas

 

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