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Puente de Segovia

11 Ene
Puente de segovia

Puente de Segovia en los años 40 del siglo XX. Foto http://www.todocoleccion.net

El puente de Segovia es uno de los monumentos civiles de Madrid que más literatura ha generado, fundamentalmente burlesca y asociada a alusiones más o menos veladas a su majestuosidad frente a la humildad, pequeñez e insignificancia del río Manzanares, al que da cobijo. Infraestructura otrora imprescindible y fundamental para salvar el río y acceder o salir de la Villa y Corte por el oeste, su grandeza fue utilizada especialmente por algunos de los más afamados escritores del siglo XVII para cebarse en la ridiculización del río, sobresaliendo, por encima de las demás, plumas tan insignes y afiladas como las de Góngora, Tirso de Molina o el incorregible Quevedo, entre otros. Pero quede claro que estos punzantes poemas nunca se escribieron en desdoro del monumento que hoy traemos a nuestro blog. Es más, se diría, leyendo esas diatribas, que el puente de Segovia siempre ha estado al quite para echar un capote al indefenso río, aprovechando su palmito arquitectónico para desviar la atención sobre la escasez del caudal fluvial y alardeando de historia frente a críticos que se dolían de la desgracia que suponía para Madrid, comparada con otras capitales europeas, la escasa presencia y prestancia de un río que, más que tal, era un día sí y otro también calificado de regato, arroyo o riachuelo. Pero dejando al margen estas sempiternas polémicas no podemos olvidar que el puente de Segovia es el más antiguo de los que se conservan en Madrid. ¡Ojo, no es el puente original llamado La puente segoviana! El que actualmente podemos observar se construyó entre 1582 y 1584 bajo la supervisión del arquitecto Juan de Herrera, ha sido remodelado en diversas ocasiones y, junto al puente de Toledo, se constituyen, insistimos, en los dos más longevos de Madrid. Al margen de argumentos de índole arquitectónico o histórico, que de todo ello se dará razón líneas abajo, el puente de Segovia nos resulta familiar por referencias fotográficas o pictóricas. Monumento tremendamente fotogénico, no en vano lo vemos en instantáneas de principio del siglo XX, que nos presentan su cauce casi seco repleto de ropa tendida o con aquellos primeros y osados bañistas que disfrutaban de sus aguas en los tópicos tórridos veranos matritenses. También Goya lo había hecho protagonista de sus pinceles casi un siglo antes. Y tanto la moderna fotografía como la más antigua paleta del genio de Fuendetodos habían plasmado el popularismo, la manolería, el pueblo llano de Madrid, en definitiva. En las fotos aparecen las lavanderas arrodilladas en la orilla del río mientras ellos las observan con el cigarro viril y chulescamente colocado en la comisura de los labios. Los pinceles de Goya nos presentaban a ese pueblo madrileño holgando tras rendir culto al santo patrón o igualmente disfrutando durante el estío del frescor de sus aguas. El puente a lo lejos o protagonizando el lienzo. Pero eran otros tiempos. Actualmente el desarrollo urbanístico lo ha alejado del centro neurálgico de la Villa y Corte y no es ni por asomo tan importante para las comunicaciones con el exterior de Madrid como lo fuera siglos atrás. Con todo, es de ley dedicarle una entrada en esta modesta revista virtual. Porque quien esto escribe hace suyas las palabras de Mesonero Romanos cuando al hablar del puente volvía despreciativa aunque elegantemente sobre las críticas de los vates barrocos diciendo aquello de “Y digan lo que quieran en sus festivas sátiras los poetas madrileños Lope y Quevedo, Tirso y Calderón, contra la exigüidad de su modesto río, y apuren las sales de su ingenio en sus invectivas contra Felipe II por haberle autorizado con la famosa puente Segoviana…/… lo cierto es que, aparte de cierto lujo romano en la construcción de estas obras, su solidez y fortaleza estuvieron bien calculadas, y el mismo Manzanares las justifica cuando tal vez al desprenderse las nieves de las sierras vecinas, acrece tan formidablemente su caudal, que hace necesarias aquellas obras monumentales para dominarle y resistir a su empuje”. Completa El curioso parlante este alegato en defensa de río, puente y monarca poniendo sobre el tapete un dato que no podemos olvidar para entender la pertinencia de construir una obra de esas dimensiones para un río de tan escaso cauce. Y es que, apunta Mesonero, “debe suponerse que en el siglo XVI venía el río más crecido o por lo menos más somero y no tan escondido en la arena, como se desprende del relato del ingeniero Antonelli de su viaje desde Lisboa a Madrid, Tajo arriba hasta frente al Alcázar”, con el fin de estudiar la posible navegabilidad del río entre la capital lusitana y la Villa y Corte y de cuya historia ya tratamos en este mismo blog, en la entrada titulada El navegable Manzanares.

Cronología de su construcción y remodelaciones

Puente_Segovia

El puente tras la última reforma. Foto http://www.madrid.es

Leemos en textos de Ramón de Mesonero y de Pedro de Répide los datos que nos acercan a la historia de la construcción del actual puente de Segovia. Su erección fue ordenada por Felipe II a Juan de Herrera, arquitecto de confianza del segundo de los Austrias, y autor del monasterio de El Escorial y del palacio de Aranjuez, entre otros importantes edificios. Las obras costaron unos 200.000 ducados y se prolongaron a lo largo del período comprendido entre 1582 y 1584, aunque hay ciertas pero menores discrepancias entre historiadores sobre estas fechas.  Sin embargo, no fue esta la primera obra civil construida para salvar el río Manzanares y conectar la ciudad con el camino de Alcorcón, hacia el oeste, y el real de Castilla, hacia el norte. En uno de los Libros de Acuerdos del Ayuntamiento de Madrid -lo que hoy serían los libros de actas- se recoge, con fecha 11 de febrero de 1480, que se había nombrado “a maestre Mohamed de Gormaz y a maestre Abraham de San Salvador, vecinos de Madrid, alarifes de la Villa en sustitución del maestro Juan Sánchez que estaba muy viejo y sordo y no podía seguir desempeñando su oficio”. Dice el texto municipal y lo tomamos nosotros del blog Arte en Madrid que “ambos maestros intervinieron en muchas obras, como los mataderos, las casas de la Carnicería y a menudo repararon los puentes, la Puente Segoviana, Toledana…”. Por tanto, no hay que dudar que anteriormente a la construcción de Herrera existió al menos otro puente al que bien pudieran pertenecer los restos arqueológicos encontrados hace no muchos años, unos cien metros más al norte del puente actual, durante las obras de soterramiento de la M-30, y consistentes en un pilar con tajamar y los arranques de dos arcos de medio punto. Pero volvamos al puente de Herrera para referirnos a su morfología arquitectónica. Tomemos la descripción del mismo que hace Pedro de Répide en Calles de Madrid y que es la que hoy copian literalmente y casi siempre sin citar la fuente los autores de los textos que existen al efecto. Escribía El ciego de Vistillas  en los años 20 del pasado siglo que “está labrado con sólidos almohadillados de granito y consta de nueve ojos de medio punto. El que ocupa el centro es más espacioso y elevado que los restantes, constando de 46 pies de luz, dimensión que se va reduciendo simétricamente por uno y otro lado, hasta que en los arcos extremos no pasa de 36 pies. Las cepas guardan la misma proporción en su espesor que los arcos en su luz y ya a mediados del pasado siglo (se refiere al XIX)  no podía conocerse el efecto de este grandioso puente porque las arenas han ido levantando el lecho del río, llegando a cegar algunos arcos, y dejar desfigurados los demás. A fines del siglo XVIII veíase todavía un escudo de armas; pero, en general, consérvase en perfecto estado”. Continúa Répide desvelando las interioridades artísticas del monumento apuntando que a ambos lados se extienden “unas aletas labradas como el puente, con sillares almohadillados, los cuales se prolongan por 262 pies. Corona la obra un antepecho de granito que sienta en una sencilla imposta, y a plomo de las cepas tiene grandes bolas de piedra, ornato característico de la arquitectura de fines del siglo XVI y principios del siguiente”. Tras dejar constancia de que es salida natural del paso de cañada que tiene su “entrada a Madrid por la carretera de Aragón, Puerta de Alcalá y atraviesa Puerta del Sol”, Pedro de Répide cuenta una curiosa anécdota que tiene que ver con las penalidades que sufrían las bestias cuando objetos inanimados del puente les causaban algún mal. Así, relata que “una de las bolas del puente de Segovia fue recluida muchos años en el patio de la casa del verdugo, junto a la Cárcel de corte, por haber originado una muerte al desprenderse de su lugar”. El puente de Segovia ha tenido que ser remodelado lógicamente por el paso de los siglos por sus piedras. Pero no tanto como se podría suponer. Dejando al margen el que en 1648 se reparara el tablero superior y que le fuera colocada una puerta ornamental que con el paso del tiempo sería eliminada, lo cierto es que hasta bien avanzando el siglo XX la infraestructura no volvió a ser modificada. Y lo fue por causa de fuerza mayor. La Guerra Civil. A finales del 36 este paso sobre el Manzanares fue volado por el bando republicano para evitar la entrada en la capital de las tropas franquistas al mando del general Yagüe. Tras la contienda fue reconstruido modificándolo respecto del diseño original. Se ensanchó y se construyeron cuatro patines, dos a cada lado, y un embarcadero, ubicado a sus pies, en el contexto del proyecto de canalización del río. Posteriormente, en la década de los 60 la construcción de la M-30 supuso que hubiera que modificar sus estructuras para que dicha vía de circunvalación pudiera pasar debajo de dos de sus ojos, hasta su soterramiento llevado a cabo entre 2004 y 2007. Su fisonomía actual, con unos jardines que ocupan 39.000 metros cuadrados del entorno del monumento, es consecuencia de ese proyecto de soterramiento de la M-30, denominado Madrid Río en cuanto a lo que se refiere a las obras en superficie. En dichos jardines se han levantado dos fuentes monumentales y dos jardines fluviales, conformados al abrigo de los antiguos patines de la canalización del río, que se han recrecido para generar dos estanques en cada orilla. En los jardines bajos se han plantado más de 13.000 metros de pradera de baja demanda hídrica y más de 300 árboles de 11 especies diferentes, que incluyen álamos, plátanos, castaños de indias, tilos, almeces, cedros, cipreses, magnolios, robles o sóphoras.

El puente en la literatura

PuenteSegovia. Ediciiones la librería

Grabado del puente en una época cercana al Barroco. Foto http://www.edicioneslalibrería.es

Como decíamos en la introducción, la literatura española ha sido generosa con el puente de Segovia, casi siempre de la mano de la crítica a la pequeñez del río Manzanares, en comparación con la monumentalidad del propio puente. Quizás uno de los más conocidos poemas es el romance que fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina en la república de las letras, le dedicara en su obra dramática Los cigarrales de Toledo, donde pone en boca del cantante Paracuellos aquellos versos que dicen “Fuérame yo por la puente,/que lo es sin encantamiento/en diciembre, de Madrid/y en agosto, de Rioseco./La que haciéndose ojos toda/por ver su amante pigmeo,/se queja dél por que ingrato/le da con arena en ellos./La que a la vez que se asoma/a mirar su rostro bello,/es a fuer de dama pobre/en solo un casco de espejo”. En el mismo sentido de mofa del río y ensalzamiento del puente se pronuncia el maestro del culteranismo, Luis de Góngora, que le dedica el soneto en cuyo primer cuarteto se dirige al río apelativa y condescendientemente con lo de “Duélete de esa puente, Manzanares/mira que dice por ahí la gente/que no eres río para media puente/y que ella es puente para muchos mares”. En otra ocasión, el primer cuarteto del soneto está dirigido al mismo puente al que, en clave femenina, y con todo el respeto que la ocasión requería le confesaba lo siguiente: “Señora doña Puente Segoviana/cuyos ojos están llorando arena/si es por el río, muy enhorabuena/aunque estáis para viuda muy galana”. Lope de Vega también encomia al puente a fuerza de ridiculizar al río en aquella redondilla que dice “Y aunque un arroyo sin brío/os lava el pie diligente/tenéis un hermoso puente/con esperanzas de río”. Y el serventesio siguiente, también del Fénix de los ingenios, añade majestuosidad a la exaltación del puente: “La puente, con soberbio señorío,/se siente ociosa en arcos bien labrados/con intención de pretender un río/abriendo montes y rompiendo prados”. Cedamos también nosotros, démosle género femenino, pues no en vano el sustantivo aparece como ejemplo de ambigüedad genérica en los manuales de Lengua Castellana para enseñanza Enseñanza Secundaria, y pongamos el broche final a las referencias literarias a la puente de Segovia con versos en esta ocasión de don Francisco de Quevedo que en su ánimo de fustigar al indefenso río nos relata quejoso que “llorando está Manzanares,/al instante que lo digo,/por los ojos de este puente,/pocas hebras, hilo a hilo”. Y no olvidemos que muchos otros vates de periodos tan opuestos como Barroco o Ilustrado, Renacimiento o Vanguardia han tomado la puente de Segovia como referente de su poesía más jocosa, asociándola al río Manzanares como pareja indisoluble sin necesidad de sellar la unión con vínculos religiosos. Porque no cabe duda de que se trataba de una pareja de hecho en tiempos donde el vigor fluvial era tal que hacía impensable que siglos después la dama segoviana se viera obligada a demandar una mayor atención a través de la voz de los literatos.

 

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Publicado por en enero 11, PM en Obra civil

 

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