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Ramón Gómez de la Serna

18 Ene
Ramón_Gómez_de_la_Serna_es.wikipedia.org

Foto de madurez de Ramón Gómez de la Serna. es.wikipedia.org

“Madrid es la ciudad de la luz sensible…/…las casas, las esquinas, los faroles tienen familiaridad campechana con las gentes. La argamasa de la ciudad es afable. Todo se fija, se conoce, tiene menos indiferencia esquinal que en las otras grandes ciudades”. Son palabras sobre Madrid de uno de sus más singulares hijos. Son algunas de las descripciones de Madrid que a caballo entre lo humorístico y lo imaginativo nos dejó para la posteridad el adalid de las vanguardias, Ramón Gómez de la Serna Puig. Ramón, uno de los cuatro ramones a los que la Villa y Corte ha conseguido enamorar a lo largo de los siglos hasta llegar al punto de tenerlos rendidos a sus pies y obligarles a dedicarle una parte importante de su gloria literaria. Quizás el que menos se dejara subyugar por la ciudad fuera Ramón María del Valle-Inclán -coetáneo de nuestro personaje odierno-, mago del drama, iconoclasta él más en apariencia que en la realidad, pero del que nos basta con degustar el viacrucis de Max Estrella por el Madrid de principios de siglo XX en Luces de Bohemia para considerarlo como uno de los nuestros, uno de los madrileños de rompe y rasga, con una peripecia vital que superaba a la literaria en su relación con la capital. De Don Ramón de la Cruz, qué vamos a decir sino que inventó una forma de ser y de estar en Madrid, buscando hasta encontrarla la esencia del madrileñismo en el tipismo de Lavapiés o del barrio del Barquillo para posteriormente plasmarla en sus inigualables sainetes. Otro Ramón ante el que hay que levantarse y quitarse el sombrero es don Ramón de Mesonero Romanos. En él se funden el madrileño y el escritor de forma indisoluble en una sola esencia pues nada es el primero sin el segundo. O viceversa. La historia de Madrid no sería ni mucho menos la misma sin la aportación de este Ramón decimonónico, concejal ocupado y preocupado por modernizar la ciudad, descriptor de costumbres e historiador. Más difícil de perfilar es el Ramón que hoy traemos a nuestra revista virtual. Porque Ramón Gómez de la Serna es en muchos aspectos inclasificable.  Si a Valle-Inclán le adjuntábamos el adjetivo de iconoclasta, qué podríamos decir del introductor del movimiento vanguardista en España, quien desde su más tierna infancia mostrara su rechazo hacia la sociedad burguesa anquilosada y humeante en la que le había tocado vivir. Quizás por ello su vida se convertiría en un continuo ir y venir a la busca y captura del momento fugaz de felicidad. París, varias veces, Nápoles, la Europa metalizada por el automóvil y las veloces locomotoras, Argentina, vuelta a Madrid. Otra vez Buenos Aires y otra vez de regreso a Madrid para despedirse amargamente de una ciudad por la que el tiempo no había pasado como Ramón hubiera deseado. Pero siempre Madrid. Madrid como ancla a la que hay que volver para tomar impulso, Madrid como refugio para ordenar ideas, Madrid como hogar acogedor donde exponer y desarrollar barrabasadas ideológicas como las de Marinetti o cualquier otro de los muchos iluminados que pululaban por la Europa optimista de la primera década del siglo XX. Y, sí, también Madrid como madrastra, que de eso nuestro personaje algo supo también. Y dentro de Madrid hay que ser culo de mal asiento para conocerlo. Porque conocerlo no es sólo pasearlo sino también vivirlo y hay que vivirlo en el barrio de Palacio. Y hay que vivirlo en la calle Puebla. Y hay que vivirlo en Corredera Baja de San Pablo. Y hay que vivirlo en la Cuesta de la Vega.Y hay que vivirlo en la calle Velázquez. Y hay que vivirlo, sin duda, desde el Pombo. O paseando circularmente por Sol acompañándose de otros calaveras que no tienen nada mejor que hacer en las frías madrugadas invernales. Traemos aquí a Ramón Gómez de la Serna  por ser un escritor que tuvo a Madrid continuamente en su particular punto de mira. Nunca fue el primero en ningún género literario pero los cultivó todos con mayor o menor fortuna. Inventó eso que se llamó greguería, que no deja de ser una variante vanguardista de la metáfora. Fue fecundo y prolífico en darle vida a la pluma al extremo que Ortega y Gasset le aconsejó que moderara el ritmo de su creación para ganar en calidad. Pero cada cual es como es y Ramón Gómez de la Serna fue un escritor fecundo, creador de un estilo literario muy particular y original, independiente hasta la hipérbole, provocador, de gran ingenio y brillantez, que nos legó una obra extensísima que incluye ensayo, novela, teatro y periodismo, conferencias hilarantes y un sin fin de calaveradas literarias orales y escritas que marcan una personalidad donde si algo faltaba era únicamente sentido del ridículo, carencia siempre necesaria e imprescindible para que el genio creador salga a la palestra en todo su esplendor.

Nacido en la calle de las Rejas

“Nací o me nacieron el día 3 de julio de 1888, a las siete y veinte minutos de la tarde, en Madrid, en la calle de las Rejas, número cinco, piso segundo”. De esta forma se refiere Ramón Gómez de la Serna a su venida al mundo en su autobiografía Automoribundia. Es decir, nació en el entorno del Palacio Real, pues por ahí se encuentra situada la calle de las Rejas, hoy Guillermo Rolland, en cuya fachada descubrió una placa acreditativa del natalicio el propio Ramón durante su última visita a la ciudad. Sus padres fueron un abogado con claras vocación y vinculación políticas con el partido Liberal, de nombre Javier Gómez de la Serna, y de su madre, Josefa Puig Coronado, podemos decir que era sobrina directa de la escritora Carolina Coronado. Fue bautizado en la iglesia de San Martín y pasó sus años infantiles en inocentes juegos por los alrededores de la plaza de Oriente, siempre de la mano de criadas prestas a hacer el quite salvador ante el golfillo de mas allá del viaducto que quisiera quitarle el aro a un Ramón al que hay que imaginar vestido de marinerito los más de los días, con gorrito con ribetes azulados y lazo en la camisa. El instinto viajero se le debió desarrollar en esta época infantil pues en pocos años se traslada a vivir, primero a la Cuesta de la Vega y posteriormente a la Corredera Baja de San Pablo. Asiste al colegio del Niño Jesús y cuando se consuma el desastre del 98, su padre, funcionario del Ministerio de Ultramar se queda con lo puesto y debe opositar a registrador de la propiedad, con resultados positivos pero que obligan a la familia a salir de Madrid en dirección a un pueblo de Palencia. Pasa tres años en un internado hasta que su padre consigue medrar en la política haciéndose con un acta de diputado. Esto permite a la familia volver a Madrid e instalarse en la calle Fuencarral. En 1903 Ramón acaba el Bachillerato en el instituto Cardenal Cisneros y su padre le regala un viaje a París. Es su primera salida de España. Como dijeran los modernistas París no sólo era otra ciudad y otro país sino otro mundo, otra mentalidad y otra dimensión. El viaje a la ciudad de la luz debió abrirle al jovenzuelo los poros del entendimiento y allí comenzará a empaparse de un movimiento vanguardista que si bien oficialmente todavía no ha dado señales de vida, a buen seguro que en sus calles, en sus cafés o en sus paseos, se podrá percibir y lo podrá percibir un adolescente de poco más de 15 años -aunque 15 años de los de entonces- pero al que viajar desde Madrid a París le supone un esfuerzo suplementario a la hora de descifrar la cultura y la idiosincrasia de la capital de la modernidad. De vuelta a la Villa y Corte lo vemos ya haciendo sus primeros pinitos apoyado por su padre, que le financiará en 1905 su primera novela titualada Entrando en fuego. Son momentos donde la vida empieza a exigir decisiones ante sus disyuntivas y, pese a que empieza la carrera de Derecho aconsejado por la familia, en su fuero interno y en su comportamiento externo Ramón tiene claro que quiere dedicarse al periodismo y la literatura. Comienza a escribir en los periódicos hacia 1908, sometiéndose a los principios que dejó escritos en Morbideces, obra publicada unos meses atrás, en lo referido a originalidad, rebelión imaginativa y nihilista y rechazo de la sociedad anquilosada, burguesa y sin expectativas.

Prometeo y la proclama futurista. Greguerías

Carmen_de_Burgos. es.wikipedia.org

Carmen de Burgos, Colombine. es.wikipedia.org

Es hacia finales de la primera década del siglo XX cuando Ramón se independiza de la casa familiar y se marcha a vivir a la calle de la Puebla. Allí se dedica a perpetrar sus artículos periodísticos en contra de esa sociedad putrefacta que rechaza. Aparecerán en la revista Prometeo. Se trataba de una publicación que estaba destinada a ser correa de transmisión de los intereses políticos del padre del escritor pero que, paradógicamente y merced al hacer de Ramón, pasaría a la historia del periodismo y la literatura española por ser el trampolín desde el que se lanzaron las primera proclamas vanguardistas en nuestro país. Cuatro años y 38 números aguantó esta publicación y en el primero de ellos ya Ramón Gómez de la Serna, bajo el pseudónimo de Tristán escribe un artículo titulado La nueva literatura donde expresa sus ideas vanguardistas y por el que es tildado de iconoclasta, anarquista de las letras y blasfemo, entre otras lindezas. En 1910  la revista publica una proclama futurista a los españoles firmada por Tristán y, con seguridad, avalada por el sumo sacerdote del movimiento, Filippo Tommaso Marinetti, de donde seleccionamos algunos pasajes que creemos ilustrativos de estos periodos literarios que dejaron poco más que intenciones, al menos en la literatura inmediata: “¡Futurismo! ¡Insurrección! ¡Algarada! ¡Festejo con música wagneriana! ¡Modernismo! ¡Violencia sideral! ¡Circulación en el aparato venoso de la vida! ¡Antiuniversitarismo! ¡Tala de cipreses! ¡Iconoclastia! ¡Pedrada en el ojo de la luna!…/…¡Placer de agredir, de deplorar escéptica y sarcásticamente para verse al fin con rostros, sin lascivia, sin envidia y sin avarientos deseos de bienaventuranzas: deseos de ambigú y de repostería…”. Por esta época aparece en su vida una mujer madura, periodista y feminista guerrera, de nombre Carmen de Burgos y de apodo Colombine que le va a sorber el seso durante un tiempo, tanto que su padre moverá los hilos de sus influencias para que le ofrezcan a Ramón un irrechazable puesto de trabajo en París. Colombine, maestra con plaza e hija de un vicecónsul portugués en Almería, le saca veinte años, tiene una hija de edad cercana a la de Ramón y… mucho mundo corrido. Pero tiran más dos… ¡ya saben! Se reúnen en París donde continuarán con su afición a escribir juntos, a pasear, en este caso a orillas del Sena, y a viajar por el resto de Europa. Inglaterra, Suiza, Italia serán los destinos finales de esas escapadas y mientras tanto va madurando en su magín, con el apoyo y la ayuda de Colombine la creación singular y personal suya de las greguerías, esa mezcla de metáfora y humor con final inesperado y sorprendente. Contaba el propio Ramón Gómez de la Serna en su autobiografía que la creación de las greguerías acaeció a la vuelta de París “en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla en la villa y corte de Madrid. Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme. Sobre mi mesa las tijeras, abiertas como cuando los pelícanos abren su pico los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré. Por fin, en una última llamada al balcón, dándome un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre el cielo y la tierra, encontré la invención de la greguería”. En fin, una explicación muy ramoniana, para el momento de creación de un planta literaria que daría frutos como “Roncar es tomar ruidosamente sopa de sueño”, “Ver pasar el tiempo en un reloj de arena es como beber una copa de desierto”, “Un tumulto es un bulto que le sale a las multitudes”, “si te conoces demasiado a ti mismo dejarás de saludarte” o “De la nieve caída en el lago nacen los cisnes”.

Éxito literario, Pombo, exilio voluntario y… forzoso

Ramón. cvc,cervantes.es

Ramón en su etapa de exilio argentino. cvc.cervantes.es

La literatura y el periodismo sonríen a Ramón. El amor también. Mientras medio mundo está en guerra, España es una isla donde la sangre nunca llega al río entre aliadófilos y germanófilos pero donde se está incubando la parte proporcional de totalitarismos que nos debió corresponder en suerte. Algo o mucho de esto se debió comentar más de un día en la tertulia de Pombo, en la Sagrada Cripta, abierta entre 1914 y 1936 en la calle Carretas y a cuya entrada de este blog Café y botillería de Pombo remitimos a nuestros lectores. Los felices 20 van a ver a un Ramón Gómez de la Serna consolidado como periodista y escritor, haciendo incursiones en todos los géneros literarios, colaborando en la Revista de Occidente, elaborando biografías. La dictadura de Primo de Rivera es el único nubarrón que se cierne sobre el horizonte de este Madrid de aires azules que tanto gustaba a nuestro personaje. Se marcha una temporada a Nápoles para coger aire. Dos años y vuelta a casa. La radio y el cine son dos nuevos medios de comunicación a los que Ramón no hará ascos y desde su  torreón de la calle Velázquez seguirá mandando sus proclamas a una sociedad que todavía acepta lo del rechazo de la anécdota y el sentimiento. Pero por poco tiempo. El neorrománticismo literario está cerca y también cada vez lo están más los movimientos totalitarios, leninismo en Rusia, fascismo en Italia, nazismo en Alemania. La relación con Colombine se ha enfriado en lo amoroso aunque no deja de ser cordial y amistosa. Hay por ahí un oscuro y poco explicado escarceo con la hija de su examante. Pero bueno, qué más da. Ramón está interesado en visitar América y lo invitan a Buenos Aires para que ofrezca sus singularísimas conferencias. Allí lo conocen de sus colaboraciones en el periódico La Nación y allí, durante este viaje, conocerá a la mujer que le acompañará el resto de sus días, Luisa Sofovich, escritora argentina de padres rusos, también madre de un hijo de un matrimonio anterior. Con ella volverá a España poco antes de que muera Carmen de Burgos de una angina de pecho. Estamos ya en los albores de la desastrosa década de los años 30. El ambiente poco a poco se va caldeando. Los escritores se posicionan políticamente en bandos cada vez más intransigentes. Decide cerrar la tertulia de Pombo en 1936, el 10 de julio, atemorizado y asqueado por los asesinatos previos al estallido del conflicto. Ya saben, el teniente Castillo, Calvo Sotelo… En principio, Ramón es considerado un intelectual antifascista aunque tampoco lo tiene tan claro y progresivamente va indentificándose con los fascistas, de los que tácitamente y más por omisión que por acción renegaría al final de su vida. En los primeros días de la guerra Gómez de la Serna consigue salir de España rumbo a Argentina donde lo espera Luisita Sofovich que ha hecho lo posible y lo imposible para facilitarle el pasaje. Pero no son cómodos los primeros momentos en ese exilio semiforzado. Desde España su contertulio de Pombo, Tomás Borrás, intenta atraerlo a la causa franquista. Él ni afirma ni desmiente. En Argentina, en entrevistas periodísticas o en charlas de café le piden que se posicione políticamente mientras él se mantiene lo más imparcial posible navegando significativamente siempre entre dos aguas. Acaba la guerra y mientras unos lo reclaman para que vuelva a España, en Buenos Aires se encuentra con otros que escapan de Franco. Pura paranoia. Se queda en Argentina, se dedica con furor a la greguería y al periodismo. Se identifica con lo porteño, participa en la vida intelectual de la ciudad y consolida su prestigio. A finales de los años cuarenta escribe su autobiografía, que publica en 1948. En España es un éxito inmediato. La tentación de volver a Madrid está ahí. Tiene ya 60 años. Un día lee que la tertulia de Pombo ha sido reabierta y está siendo utilizada políticamente, algo que le enerva. Lo invitan a venir. Duda, pero tras consultar con gente de confianza decide volver tras trece años sin ver la Puerta del Sol. Llega a Bilbao el 22 de abril del 49. Reconocimientos oficiales, actos protocolarios, chocolatadas, verbenas populares, presentaciones de libros, tres sesiones en la cripta del Pombo, placa conmemorativa en la fachada de la casa donde nació. Pero algo no le cuadró. Volverá a Buenos Aires para no regresar a principios de junio de ese año. Su estancia en Madrid no alcanza los dos meses. Tomará el barco en Bilbao, dejando conferencias por pronunciar. Durante la travesía de regreso a Argentina se muestra huraño, ensimismado y esquivo y apenas si sale del camarote en esporádicas ocasiones. La década de los 50 lo va a ver dedicado con furor a la creación literaria y periodística. Pero los vínculos con Madrid son cada vez menos fuertes por más que siga enviando sus greguerías al diario ABC tras ser rechazadas por Arrriba. En 1960 su salud se resiente y se le detecta una flebitis que no augura nada bueno. Argentina le ofrece una pensión vitalicia mientras que en Madrid, el entonces alcalde, Conde de Mayalde, le invita a regresar. La salud le va fallando hasta el extremo de detectársele un cáncer de duodeno en 1962. Le otorgan en España un secundario premio Juan March tras negarle el Nacional de Literatura. Burro muerto, cebada al rabo o A buenas horas mangas verdes. El 12 de enero de 1963 fallece Ramón en Buenos Aires. El 23 de ese mismo mes sus restos llegan a un Madrid, “capital blanquita, blanquinosa, sobre todo, cuando se da polvos de invierno”. Tras los funerales protocolarios su cadáver es inhumado en el Panteón de Hombres Ilustres de la Sacramental de San Justo junto a su venerado Larra, Espronceda, Núñez de Arce, Bretón o Hartzenbusch. Triste final para un madrileño de ley, un poco señorito, intrascendente si se quiere -claro, el arte por el arte-, que utilizó su pluma para ensalzar a la Villa y Corte y que vio cómo no se le correspondió en igual proporción. Al menos sus restos los tenemos entre nosotros. Pero ya lo dejó escrito el propio Ramón Gómez de la Serna, Ramón, como gustaba de ser nombrado: “Madrid es pueblo de dejar solos a sus propios hijos, a sus propios grandes hombres. No se ocupa nadie de ellos. Viven perdidos”. ¡Eso es, sin sentimentalismos, coño!

 

 

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Publicado por en enero 18, PM en Perfiles

 

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