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Calle de Postas

24 Ene
Postas, Calle de 2

Azulejo de la calle Postas con la referencia al origen de su nombre actual

Si Postas no es una calle para flanear, a ver cuál. Es más, puestos a elegir calles galdosianas no cabe duda de que la que hoy traemos a nuestro blog es una de las muchas con indiscutible protagonismo en el universo de don Benito. Media tropa de Fortunata y Jacinta y parte de la otra media pulula, devanea, transita, pasea o se pierde por los alrededores de la calle de Postas. Galdosiana como ninguna otra es la esquina de Postas con Marqués de Pontejos. Galdosiana como la que más, la calle de la Sal, que enlaza Postas con la plaza Mayor. Galdosiana la esquina de Postas con San Cristóbal y no menos galdosiana la esquina de Esparteros con Mayor, de la que parte la rúa protagonista de esta entrada y que se prolonga poco más de cien metros en línea recta entre Esparteros y Zaragoza, constituyéndose con el paso de los siglos en uno de los tramos más pateados de la Villa y Corte. Porque Postas es ese cordón umbilical que, desde la extensión del arrabal hacia el este, une Puerta del Sol con plaza Mayor, con permiso de la escuetísima pero indispensable calle de la Sal. Y eso es mucho decir en la medida que todo paseante que se precie, sea forastero o aborigen, español o guiri, transita por esta habitualmente atiborrada vía. Desde la percherona alemana a la despistada y desmejorada japonesa. Desde la glamurosa y aterciopelada francesa hasta la recatada lusitana, siempre asombrada, agradecida y grandilocuente en la adjetivación de su sorpresa. Desde el sonrosado y bigotudo teutón, pendiente del próximo abrevadero de cerveza, hasta el estirado suizo que a eso de las doce de la mañana ya está persiguiendo una mesita donde saborear unas raciones bien regadas con sangría. Las miradas entre compasivas y cínicas de los siempre diletantes camareros le advierten, apoyándose en un inglés singular y macarrónico, de que aún debe esperar un ratito para llenar la andorga. Además, la calle Postas reúne actualmente en sus reducidas dimensiones toda la variedad de fauna callejera que uno pueda imaginar, desde un Cristo crucificado, religiosamente pendiente de las monedas que caen en la gorra, a una violinista de conservatorio que los fines de semana se hace un extra para las copas nocturnas. Desde un vocero argentino que nos quiere convencer, con su particular verborrea, de la posibilidad de hacer que una cuerda se comporte como una serpiente hasta el rumano esquinero que enseña un muñón a la espera de mover a la compasión a los paseantes. Esto es la calle de Postas, sin olvidarnos de las tiendas de recuerdos para turistas, con su torito mecánico para hacerse la foto reglamentaria, pasando por los locales de comida rápida, tan al uso y a los que no puede escapar ni siquiera un lugar tan céntrico, o los tradicionales y castizos bares de batalla donde entrar a devorar un bocata de calamares acompañado de la inevitable garimba. Algún negocio queda de estos todavía al lado de otros de delicattessen. Y alguna tienda dedicada a la venta de parafernalia religiosa. A saber, casullas, cálices, velones, reclinatorios u hostias sin consagrar. Aún el flaneante un poco atento puede disfrutar de la visión de un cura ensotanado, ya decrépito y entrado en canas y años, saliendo de una de estas tradicionales tiendas con un par de cirios pascuales bajo el brazo. ¡Si eso no es una estampa galdosiana, ya me dirán! Pasada por la batidora de las modas, la calle de Postas sigue respondiendo a ese tipo de vías comerciales que han existido en todas las épocas y, salvando las distancias, tampoco tanto la separa en la actualidad de aquella que, hace ahora unos ciento cincuenta años, describiera Ramón de Mesonero en su Antiguo Madrid al anotar en su cuaderno que “el aprovechamiento estremado del sitio, la estrechez y elevación de las fachadas, y el descuido absoluto del ornato exterior, llegan aquí a su colmo si bien la decoración que forma el alarde de telas de las infinitas tiendas de lencerías y de otros comercios, la sombría luz y la animación mercantil, hacen por manera interesantes a estas calles, especialmente a la de Postas, que es la arteria principal de aquellas ramificaciones y en donde apenas hay un solo portal ni un palmo de terreno que no esté destinado a aparador de telas y mercancías, ofrece bajo más de un concepto, grande analogía y puntos de comparación con el Zacatín de Granada, la calle Llana de Toledo, la de Escudellers de Barcelona, la de la Sierpe en Sevilla y la de Juan de  Andas en Cádiz”. En parecidos términos se expresa Pedro de Répide al describir esta popular, céntrica, literaria y turística vía. Tras insistir también en el linaje galdosiano, con el que directamente está entroncada como ninguna, y referirse a su indiscutible tipismo, hace alusión El ciego de Vistillas a su “viejo y pequeño comercio tradicional, que, según las ordenanzas de los gremios, era el de mercería, especiería y droguería, y así continúa siendo en toda la extensión de la pintoresca vía que al derivar hacia la calle de Zaragoza conserva en moderno edificio la institución de uno de los más viejos y famosos hostales de la villa, la Posada del Peine, en la que celebrar que, al renovarse en su aspecto, no haya tomado algún exótico y ridículo nombre”. Volveremos a la Posada del Peine líneas más abajo pero reflexionemos sobre los temores que ya Répide albergaba a principios del siglo XX sobre los riesgos de modernizar la ciudad y en concreto determinados lugares santo y seña de generaciones de madrileños.

Establecimiento de correo, viajeros y ganados

casa-de-postas

Entrada principal del edificio situado en plaza Marqués de Pontejos que sustituyó al de Postas

El origen del nombre de Postas le viene de que en ella se levantó la primera oficina de correos o postas que hubo en Madrid. Este tipo de instalaciones se disponían en las principales poblaciones a lo largo de los caminos reales y de las líneas de correos para proveer el suministro de caballos necesario para realizar los viajes. Muchas servían además de parada de diligencias para viajeros y algunas se encargadan igualmente del transporte de ganado. Sobre la puerta de la casa se ponía un escudo de las armas reales y un rótulo de grandes letras moldeadas con el nombre de Parada de Postas. La de Madrid se sabe que estaba situada en la calle que ahora lleva ese nombre aunque sobre el lugar concreto hay discrepancias entre los que dicen saber del tema. Nosostros creemos, a riesgo de errar fácilmente, que debía de estar situada mas cerca del inicio actual de la numeración, en la embocadura con la calle Esparteros, que de la plaza Mayor y relativamente cerca de donde estaban en tiempos remotos las gradas de San Felipe. Lo cierto es que tanto Mesonero como Répide la sitúan en el “número 32 nuevo”, sin que quien esto escribe sepa a ciencia cierta si se trata de la numeración actual o aquella antigua por manzanas de viviendas. El blog El salón de Cris, del que tomamos los datos que siguen, la sitúa cercana al comienzo actual de la calle, en la esquina de Esparteros, y apunta que estuvo en funcionamiento “desde finales del siglo XVI. Que según las crónicas estaba al inicio de la actual calle de Postas…/… Se eligió esta ubicación por su situación estratégica, muy cercana a una de las puertas de la ciudad, la Puerta del Sol, donde se unían los caminos que llevaban a Guadalajara y Alcalá, además de comunicarse, mediante la calle Mayor, con los que conducían a Toledo y Segovia”. En cuanto a las peculiaridades formales de esta primera casa de postas, hay que decir que debía de ocupar un solar de los importantes de la vía pues Mesonero incide en la amplitud de sus dimensiones en su descripción de la misma. Nuevamente el blog El salón de Cris nos facilita datos sobre este tipo de establecimientos pues al describir las características de la casa de Madrid afirma que “debía seguir el patrón habitual de un gran portalón para facilitar el acceso de carruajes y sus tiros, el portalón llevaba a un gran patio en torno al cual se distribuían en las plantas superiores los aposentos para alojar a los huéspedes de cierto rango, y en la planta baja estaban las cuadras para los animales de tiro, los almacenes para las mercancías y una seguna puerta para que accedieran las personas decentes y distinguidas“. El edificio dio servicio hasta 1795 en que se trasladó muy cerca, al edificio contiguo a la Real Casa de Correos, entre las calles de la Paz, Pontejos y Correo y cuya fachada aún hoy se puede observar.  Ramón de Mesonero en uno de sus artículos de costumbres nos describe con su habitual maestría los inconvenientes que había que salvar en aquellos tiempos para realizar un viaje y el ambiente que se respiraba de madrugada a la hora de tomar el estribo ante un acto entonces tan peculiar y extraordinario como el de viajar, es decir, algo hoy tan común como trasladarse de una población a otra. El artículo se titula Un viaje al Sitio y en él nuestro Curioso Parlante se explaya sobre el concepto que entonces se tenía del viajar, el viaje, los viajeros y demás circunstancias concomitantes: “Prolijo sería mi discurso si hubiera de darle principio contando por menor las dilaciones que hube de sufrir para proporcionarme asiento en la diligencia; tampoco hablaré de las que me ocasionó la saca del pasaporte, y demás preparativos del viaje, antes bien dándolas todas por vencidas, me plantaré de un salto en el punto y hora de la partida”. A continuación ya tenemos a don Ramón presto y emperifollado, bajando por la calle del Carmen, bastón en ristre, en dirección al punto de partida en el momento en que “el reloj de nuestra Señora del Buen Suceso sonaba magestuosamente las cinco y cuarto de la mañana, cuando yo atravesaba precipitado la puerta del Sol con dirección a la casa de postas de donde sale la diligencia. Los viajeros y viajeras iban reuniéndose, mostrando aún en sus semblantes la impresión de la almohada, agradablemente interrumpida en algunos menos curiosos con tal cual ligera pinta de chocolate en la parte saliente de la nariz, o algún trozo de barba menos afeitado que el resto, efectos todos de la premura de tiempo. Las maletas respectivas, las sombrereras y los sacos de noche iban siendo colocados en sus respectivos departamentos; los mozos concluían de enganchar el tiro, y los briosos caballos probaban sus herraduras en las guijas del zaguán”. El delicioso relato costumbrista, cuya lectura íntegra recomendamos encarecidamente a fuer de ser considerados unos pesados, trata de un viaje al Real Sitio de Aranjuez. En el artículo, tras describir los semblantes de los viajeros, prosigue Mesonero narrando los preámbulos de la partida, en la casa de postas, “las portezuelas de las tres divisiones, berlina, interior y rotonda, se abrieron en fin y todos los interesados fuimos tomando posesión de nuestros respectivos asientos; los adioses, los besos, los encargos se cruzaban en todas direcciones, y al decir del mayoral –¿Hay más?– suena el reloj la media, ciérranse las puertas, silba el látigo, y rodando la inmensa mole, sale del patio haciendo temblar el pavimento”. Pero dejemos la primera casa de postas -a la que se refiere Mesonero en su artículo es obviamente a la moderna, sita en plaza de Pontejos- sin que se nos olvide mencionar que también tiene su leyenda de virgen, vecindario devoto y correspondiente milagro. Pero tan conocido es el argumento que remitimos a Répide o al propio Mesonero a quienes quieran indagar sobre dicha leyenda o simplemente conocer los pormenores.

Posada del Peine y Bernardino de Obregón

posada del peine

Imponente e historiada fachada de la Posada del Peine. http://www.placesonline.es

Centrémonos mientras tanto en uno de los negocios hosteleros más importantes de la Villa y Corte y que se encuentra en esta calle, en concreto en el cruce con Marqués de Pontejos y con la de la Sal. Estamos refiriéndonos obviamente a la Posada del Peine, uno de los establecimientos más antiguos no solamente de la capital sino de toda España. Fue fundado en 1610 en la entonces calle del Vicario viejo, hoy Marqués viudo de Pontejos, esquina Postas. Su primer propietario fue un tal Juan Posada quien hizo honor a su apellido al entrar en el negocio de la hospedería. Se sabe que a finales del siglo XVIII fue ampliada, siendo sus propietarios los hermanos Espino. Solicitaron licencia municipal y elevaron una nueva planta en las dos fachadas del inmueble bajo la supervisión nada menos que del arquitecto municipal Juan de Villanueva. A lo largo del siglo XIX se llevaron a cabo nuevas ampliaciones, aumentando el edificio una altura más hasta convertirse en el año 1868 en uno de los establecimientos punteros del sector en cuanto a prestigio, llegando a contar con 150 habitaciones a disposición del público. Sin embargo, a lo largo de la historia la pintoresca Posada del Peine ha pasado por altibajos como señalan los diferentes viajeros de renombre, tanto nacionales como extranjeros, que se alojaron en sus habitaciones y que dejaron su testimonio unas veces laudatorio y otras no tanto. La presencia del peine junto al aguamanil en cada una de sus estancias hizo que creciera de boca en boca su prestigio pero sus ruidos infernales, tanto nocturnos como diurnos, debido a la presencia de una clientela excesivamente popular, contribuyeron a que durante algún tiempo se comparara cualquier hecho, lugar o situación caóticos con la Posada del Peine. En el siglo XX, Camilo José Cela revitalizó su fama cuando le dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia aunque no pasaba precisamente por sus momentos más boyantes. Actualmente es un establecimiento hostelero prestigioso tras la remodelación llevada a cabo a principios de milenio por una cadena madrileña y después de permanecer cerrado durante más de 30 años. De la antigua posada se conservan la fachada de los edificios originales, algunas vigas, la escalera de entrada y poco más. Suficiente para recordar a uno de los locales de hospedaje de rompe y rasga de la historia de la Villa y Corte. Como de rompe y rasga es la leyenda con visos de histórica que nos va a servir para poner la guinda a este flaneo por la calle de Postas. Hace referencia a un noble caballero de la corte de Felipe II llamado Bernardino de Obregón, que abandonó su vida de lujo y ostentación para practicar la solidaridad humana, si seguimos la terminología actual. En esta sorprendente metamorfosis tuvo bastante que ver nuestra actual calle. Pero dejemos hablar a Ramón de Mesonero sobre Bernardino de Obregón. La conversión a la penitencia de “este piadoso varón, es sumamente interesante, y ha ocupado las plumas de los historiadores y biógrafos y hasta fue presentada en escena por la musa cómica de Gaspar de Ávila. Era natural de Las Huelgas de Burgos y procedía de una familia ilustre y acomodada. Siguió la carrera de las armas y fue secretario y ayudante del duque de Sesa, don Gonzalo Fernández de Córdoba; su nobleza, caudal, juventud y dotes personales le hacían uno de los más cumplidos caballeros de la corte de Felipe II. Adornado primorosamente con el esmero propio de tan apuesto galán, pasaba una mañana por la calle de Postas, cuando un barrendero, por inadvertencia, le salpicó de lodo el vestido; irritado nuestro caballero, y no pudiendo contener sus ímpetus, dio una bofetada al barrendero, el cual, lejos de enojarse, arrojó la escoba, y postrándose a los pies de Obregón, díjole con una mansedumbre evangélica: doy a vuestra merced gracias por esta bofetada con que me ha honrado castigando mi falta, de cuya heroica respuesta, sorpendido Bernardino, no pudo menos de estrechar en sus brazos al barrendero y pedirle fervorosamente perdón; y herido como por un rayo de luz divina por aquella escena, regresó a su casa, resolvió cambiar su vida disipada, y trocar su fortuna y brillante posición por la de un humilde servidor de los pobres”. El otrora noble de rango Bernardino se convirtió de la noche a la mañana en noble de corazón y retirose al hospital de Corte, después fundó el hospital de Convalecientes y por último la famosa cofradía de los Hermanos Obregones que durante siglos se dedicó a cuidar enfermos en los hospitales. El cuerpo de  nuestro Obregón fue inhumado en la iglesia del hospital General de Atocha, donde hoy se levanta el Centro de Arte Reina Sofia y a cuya historia también hemos dedicado una entrada en nuestro blog. Y esto es todo amigos, en cuanto a la calle de Postas se refiere. Algunas cosas quedan en el tintero, como mencionar que el número 6, inmueble dedicado a la venta de productos religiosos, es considerado uno de los más estrechos de Madrid, junto a la casa de Calderón de la Barca en Mayor  61 o las ya desaparecidas de las cinco tejas o del ataúd, en Santa Ana y Caballero de Gracia, respectivamente. Tampoco nos hemos referido a la presencia en Postas de uno de los últimos cines golfos de Madrid, refugio de chaperos, reprimidos y demás marginados sexuales que, afortunadamente, cerró sus puertas hace ya algunos años. Muchos cambios ha sufrido esta añeja rúa a lo largo de la historia y sobre todo durante los últimos tiempos pero más de aspecto que de fondo. Porque su tradicional espíritu sigue intacto. Nos referimos a su vocación comercial, a su aroma galdosiano y por extensión decimonónico, a su papel cada vez más preeminente de enlace entre Sol y Mayor, a su situación de escaparate para músicos y otros artistas callejeros y, en definitiva, a su carácter humilde, de calle secundaria pero imprescindible en el latir de ese corazón que es el centro urbano de Madrid, allá por los contornos del arrabal de San Ginés.

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2 comentarios

Publicado por en enero 24, PM en Calles

 

2 Respuestas a “Calle de Postas

  1. Cristina Martín San Roque

    marzo 20, PM at 16:29

    Enhorabuena por el artículo, me ha parecido un artículo muy interesante y entretenido
    Muchas gracias por citar El Blog El Salón de Cris

     
    • antoniolrodriguez

      marzo 20, PM at 17:02

      ¡Hola Cristina!: Gracias por los elogios. Y gracias a ti por dejarme echar mano de tus datos. Quedo a tu entera disposción para cualquier consulta.

       

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