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Archivos Mensuales: febrero 2015

Carlos III, el mejor alcalde

Carlos III Wikipedia

Carlos III de Borbón en su edad madura. Wikipedia

El viento gélido procedente de la Sierra del Guadarrama silbaba entrecortadamente en lo más profundo de la madrugada del 20 de enero de 1716, haciendo remolinos en los alféizares exteriores del viejo Alcázar. Las chimeneas de palacio estaban a todo meter y la servidumbre zapateaba de un salón a otro con los braseros atacados, tan pendientes del real momento que estaba a punto de vivirse como de no quemarse, protegiéndose las manos con viejos trapos para mitigar el calor de las ardientes asas. Con todo, tampoco era para tanto, al menos para el monarca Felipe V, primer borbón con corona en España, que descansaba tranquilo y calentito en sus aposentos, ajeno tanto a preocupaciones hereditarias como al previsible ir y venir de las parteras. Por otra parte, a medida que avanzaba el siglo veía que las aguas políticas se iban sosegando y, siguiendo con el símil acuático, comenzaba a llover menos en este ingobernable país. La Guerra de Sucesión ya era pasado y los objetivos del monarca a nivel internacional se centraban en intentar recuperar sin prisa aunque sin pausa el terreno perdido por la corona en un nefasto siglo XVII del que mejor no hablar. Tenía ya dos herederos masculinos de María Luisa de Saboya, Luis y Fernando, y esta noche de invierno cerrado en Madrid su segunda esposa, Isabel de Farnesio, estaba a punto de dar a luz quién sabe si un vástago o una hembra, que nunca fue lo mismo -y que nadie se nos engalle- en los entornos reales. Y no era para tanto porque ese primer hijo de la Farnesio y Felipe V debía en principio ocupar un puesto menor en la línea de sucesión y, por tanto, se le tenían reservados títulos también menores. Pero la diosa fortuna o a saber qué otros dioses siempre han sido caprichosos con el destino de los pueblos y de los hombres y tuvieron a bien que esa noche fuera de especial trascendencia en la historia de la capital de España pues Carlos III y Madrid o Madrid y Carlos III mantuvieran un idilio de madurez que duró hasta que el monarca rindiera cuentas al máximo hacedor el 14 de diciembre de 1788, poco fechas después de celebrar el sorteo de la lotería que él había instaurado en 1763, esto es, una especie de primitiva importada de Nápoles y que sería el antecedente del actual sorteo navideño. Dicha historia de amor entre Carlos y el pueblo de Madrid posibilitó que, lo que era un poblachón manchego donde ir por la calle sin taparse la nariz fuera considerado una heroicidad, se transformara en una ciudad más o menos europea, más o menos aseada y más o menos habitable por mucho que los vecinos de la Villa y Corte -y sobre todo, quienes manejaban y mangoneaban sus movibles voluntades y opiniones- manipularan regular y reiteradamente los hilos para frenar cualquier tipo de avance en la mejora de las infraestructuras urbanísticas sin otra justificación que la satisfacción de los egoísmos particulares de la clase tradicionalmente mandataria, tan habituales en este país.

Duque de Parma, rey de Nápoles y… de España

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Grabado del antiguo Alcázar donde nació Carlos III. Wikipedia

Carlos III fue designado con dos años gran duque de Parma, Piacenza y Toscana, marchando a visitar sus estados por vez primera durante su adolescencia, en 1731. Tres años más tarde engrosó su curriculum asumiendo la vara de mando en Nápoles y Sicilia. Allí casó en 1738, por intereses políticos, con la princesa polaca María Amalia de Sajonia, que contaba 14 tiernas primaveras cuando se produjo el desposorio. De la corte napolitana, donde dejó un gratísimo recuerdo, aún perceptible en la actualidad,  pasó a España al morir correlativamente y sin sucesión directa sus hermanastros y monarcas Luis I y Fernando VI. Fue proclamado rey de España el 11 de septiembre de 1759 y a partir de ahí comenzó un reinado que, si bien no destacó sobremanera en el plano internacional, sí lo hizo a nivel nacional y sobre todo en Madrid, donde ha pasado a la historia como El mejor alcalde de la Villa y Corte o sencillamente como El político. En materia internacional no consiguió reverdecer para España viejos laureles y sus pactos con otras potencias europeas se saldaron con más desengaños que logros reales. Ayudó a la independencia de Estados Unidos, más por oposición al Reino Unido que por ideología política y pasados los siglos podemos considerar dicho apoyo su mayor logro allende nuestras fronteras. En el interior de España promocionó la cultura, promovió obras públicas, colonizó Sierra Morena y expulsó a los jesuitas por meter las narices en negocios del Estado, como decisiones más señaladas. No fue un hombre que destacara por su capacidad intelectual ni por sus habilidades diplomáticas, según se desprende de lo escrito por uno de nuestros asesores de cabecera, Pedro de Répide, para quien la mayor virtud de Carlos III fue la de “saber rodearse de hombres de talento y no estorbarles sus intentos. Él personalmente no era un hombre de grandes luces y más bien pacato y timorato. El caballero Casanova, que le conoció y estudió su corte, da una idea menguada de aquel príncipe, a quien llamaban el rey carnero por la configuración verdaderamente ariética de su rostro. Pero no pueden escatimarse los elogios por lo que dejó hacer, que al fin y a la postre era como si lo hubiera hecho él”. Y en la capital del reino sí que lució su palmito a modo como en ningún otro lugar. Dice Mesonero que “hizo salir a Madrid, si no de sus ruinas, por lo menos de su letargo, le engrandeció con todos o casi todos los edificios públicos que hoy (1861) ostenta, tales como el Museo del Prado y las suntuosas fábricas de la Aduana, las puertas de Alcalá y San Vicente, la casa de Correos, la Imprenta Nacional, el Hospital General, el templo y convento de San Francisco el Grande, el Observatorio Astronómico, las Reales Caballerizas, la Fábrica platería de Martínez, la de Tapices, la de la China y otro ciento”. En cuanto a la transformación de la estética viaria, nos enumera Mesonero la remodelación del Prado de San Jerónimo, que con sus fuentes se convirtió en uno de los paseos más importantes de Europa. Abrió los de La Florida y Las Delicias, embelleció el sitio del Buen Retiro, abrió el canal del Manzanares y “casi todos los caminos que conducen a la capital”. Aquí discrepa Mesonero de Répide pues El Curioso Parlante califica los referidos logros de “altas concepciones de su inteligencia privilegiada y paternal”, aunque al momento dice que ese priviliegiado magín tuvo la suerte de encontrar “robusto apoyo e impulso en sus famosos ministros, los condes de Aranda y de Floridablanca, en la ciencia y buen gusto de los arquitectos Rodríguez, Villanueva y Sabatini, verdaderos restauradores del arte en nuestra moderna España”. De la época más fértil de reformas data el levantamiento del plano topográfico de Madrid de Antonio Espinosa. Es el año 1769, fecha en la que se concluye la visita y planimetría de las casas, emprendida en el reinado de su hermano Fernando.

Establecimientos culturales y mejoras urbanas

Motin de Esquilache. Puerta de Guadalajara

Los amotinados contra Esquilache en la puerta de Guadalajara. Wikipedia

Con lo prolíjamente enumerado anteriormente no queda reseñada más que una parte de lo aportado por el reinado de Carlos III a la puesta al día de la Villa y Corte. Promovió también establecimientos de instrucción y beneficencia, de industria y comercio, fundó academias, museos, colegios, cátedras públicas, construyó el Jardín Botánico, la Sociedad de Amigos del País, el Seminario de Nobles, las Escuelas Pías y las gratuitas de instrucción primaria. Sigue desgranándonos Mesonero los logros culturales de Carlos III y nos recuerda que “estableció las diputaciones de caridad, fundó el Banco Nacional de San Carlos y las opulentas compañías de los cinco gremios, Filipinas y otras. Mejoró considerablemente los Pósitos, los hospitales y los hospicios y protegió de todos modos las artes, las ciencias y la laboriosidad”. En definitiva, que modernizó la capital, dotándola de todas las instituciones propias de un país culto y avanzado, todo ello bajo la filosofía propia del Despotismo Ilustrado, es decir, todo para el pueblo pero sin el pueblo. Y mejor así porque ya se sabe cómo somos en este país y cómo reaccionamos ante la simple insinuación de implantar avances que vengan de fuera, sean culturales, políticos, infraestructurales o científicos. La prueba de esto que decimos la tuvo la sociedad española en los comienzos del siglo XIX cuando un adelantado y avezado José Bonaparte quiso implantar reformas como el expurgar de edificios religiosos el centro de la Villa y ganarlos para el común. Pero somos como somos. Volvamos, por tanto, al Madrid de Carlos III y centrémonos en una de sus grandes reformas, como fue la de las infraestructuras relacionadas con la limpieza viaria o como diría Mesonero “la comodidad de sus habitantes, su seguridad y su recreo”. En este apartado es necesario  recordar que aparecieron por vez primera los serenos o vigilantes nocturnos, se instauró también por primera vez un alumbrado en la capital, la limpieza y empedrado de la villa sufrió igualmente una profunda reforma “si no perfecta sí por lo menos muy adelantada sobre la que existió”, según el juicio de Ramón de Mesonero. Y es que cuando Carlos III llega a Madrid en 1759 se encuentra una ciudad que parece un villorrio, de aspecto miserable y, en palabras de la página virtual titulada Alma Mater, de la Universidad de Sevilla, “vergonzoso en lo tocante a limpieza pública. En 1760 contaba con algo menos de 150.000 habitantes para los que no contaba con agua suficiente y las calles no merecían el nombre de tales. El invierno era, en este sentido, particularmente dramático: el lodo confería a la ciudad un aspecto deprimente. Fernán Núñez, el biógrafo oficial del rey, no duda en calificar a la capital de auténtica pocilga: lodos, basuras y excrementos componían un cuadro indescriptible y maloliente”. Hablar aquí del insólito procedimiento de limpieza de las calles supondría revolver el estómago de los lectores. Por otra parte, los cerdos paseaban libremente por la ciudad y la falta de vigilancia e iluminación nocturna permitía que todo tipo de ladrones se apostasen en las esquinas y que quien tuviera la necesidad o el capricho de salir de casa una vez puesto el sol más allá de la Casa de Campo estuviera obligado a hacerlo rodeado de criados, antorchas y todo tipo de armas defensivas u ofensivas. Lo paradógico es que el pueblo de Madrid, azuzado por intereses espurios, se mostraba disconforme con estas y otras medidas de mejora de la calidad de vida, lo que le llevó a decir al biempensado de Carlos III aquello de “mis vasallos son como niños, lloran cuando les lavan”. En el fondo, la falta de madurez y de altura de miras de aquel populacho fácilmente manipulable justificaba indiscutiblemente el principio de todo para el pueblo pero sin el pueblo. Tendrían que ser una vez más las gentes venidas de fuera las que valoraran en su real valer el hacer del justamente llamado mejor alcalde de Madrid. El dramaturgo parisino Pierre Beaumarchais, durante el viaje emprendido a España para convencer a José de Clavijo de que debía casarse con su hermana Louise, pondera a modo lo hecho por el monarca borbón. Sus opiniones las recoge Hugh Thomas en su obra Antología de Madrid tal como sigue: “Desde que la obstinación del príncipe (el rey Carlos III) de limpiar la villa de Madrid venció la obstinación de los españoles de continuar entre las basuras, esta ciudad es una de las más limpias que jamás haya visto, con amplias avenidas, engalanada con numerosas plazas y fuentes públicas, aunque en verdad éstas sean más útiles al pueblo que agradables al hombre de buen gusto. Por todas partes circula con facilidad un aire fresco y apetecible, tan vivo que incluso puede marear a un hombre al atravesar una plazoleta, pero esto antes sólo les sucedía a algunos españoles agotados por sus desenfrenos y enardecidos por el alcohol”. No podemos cerrar el apartado de reformas sin hablar del motín de Esquilache, iniciado el Domingo de Ramos de 1766 en la plaza de Antón Martín para protestar contra otra de las nomas impuestas por Carlos III para modernizar la vida nacional, en este caso la vestimenta. Se ordenó reducir el largo de las capas para evitar, entre otros males, que bajo esta prenda se escondieran armas blancas o no tan blancas. Como quien firmaba las órdenes era el primer ministro, marqués de Esquilache, contra él fueron los dardos de la ciudadanía y a su residencia de las Siete Chimeneas se encaminó el siempre irredento pueblo de Madrid. Para montarla de gordo. Eso sí, lanzando pasquines donde se observaba un nivel de alfabetización paradógicamente impropio del analfabetismo de la población madrileña en aquellos tiempos. El ministro, de origen italiano, fue destituido pero el rey Carlos tomó nota de quiénes se encontraban tras el levantamiento. Largo y prolijo sería enumerar y analizar esas fuerzas contrarreformistas pero baste con dejar sentado que todos estos movimientos no arredraron al monarca quien siguió su camino en pos de lograr una modernización de Madrid de la que aún hoy no nos hemos mostrado suficientemente agradecidos.

 Estatua en Sol y calle en el barrio donde nació

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Detalle de la figura ecueste de Carlos III en la Puerta del Sol. Foto Wikipedia

Tuvo que pasar mucho tiempo para que las autoridades de la Villa y Corte colocaran la efigie de Carlos III en un lugar prominente. La figura ecuestre que hoy podemos admirar en Sol es una reproducción en bronce de Miguel Angel Rodríguez, Eduardo  Zancada y Tomás Bañuelos, de una obra de Juan Pascual de Mena conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Los trabajos para la instalación del monumento comenzaron en septiembre de 1994, colocándose el 14 de diciembre la estatua sobre el pedestal. El conjunto fue inaugurado dos días más tarde. Carlos III cuenta igualmente con una calle en su Madrid. La mayoría de los vecinos de la Villa y Corte sin embargo no la conocerán pues no se trata de una avenida lustrosa, extensa, ancha y con fuentes como las que adornan los mejores enclaves capitalinos que se diseñaron durante su reinado. No, hasta en eso han sido cicateros sus sucesores con quien modernizó la capital e hizo honor a esa condición. Pero en fin, la rúa dedicada al mejor borbón es la que une la plaza de Isabel II (Ópera) con la de Oriente. Data esta vía de la época de José Bonaparte, cuando el llamado rey Plazuelas mandó abrirla en parte del terreno que ocupaba la calle de Santa Catalina la Vieja, que fue derribada con el objeto de prepara dichos terrenos para conectar el Palacio Real con El Prado mediante una gran avenida que, partiendo de la plaza de Oriente, transitara por Arenal, Sol y Carrera de San Jerónimo. La vuelta del rey Felón malogró el proyecto. Hoy en día es una vía de paso hacia el ágora que acoge el palacio y discurre paralela al Teatro Real. Eso, a juicio de Répide, le daba un peculiar empaque, junto “a la permanencia de uno de los pocos cafés a la antigua usanza que van quedando en Madrid. El Español, con su decorado muy siglo XIX y su público de músicos y partes de la ópera y en cuyos billares, lo que es una nota curisa de la vida nocturna madrileña, se agolpa a la hora de la función en el vecino coliseo la muchedumbre de quienes desean entrar en él formando parte de la claque, que en este teatro, como en ningún otro, conserva la tradicional y trascendental importancia de la clase de alabarderos”. ¡Ah ladrón! ¡qué harás tú, Pedro de Répide, en los billares del Español, a altas horas de la noche junto a los de la claque! ¡Tira pa La Morería, anda! Que estábamos hablando de Carlos III y nos despistas con tus ocurrencias.

 

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Publicado por en febrero 28, PM en Perfiles

 

Jardines de Sabatini (Antes Reales Caballerizas)

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Imagen actual del estanque de los Jardines de Sabatini con el palacio al fondo. Foto wikipedia

Ni es el parque más antiguo de Madrid, ni el más historiado, ni el más extenso. Y para muchos, seguramente, tampoco el más bello. Ni siquiera es un lugar que pueda alardear de tener una personalidad propia desligada de su entorno. Es más, a buen seguro que los Jardines de Sabatini pasarían desapercibidos para el flaneante al uso, sea madrileño, de provincias o extranjero, si no se encontraran situados en las inmediaciones del Palacio Real, en el arranque de la calle Bailén, frente de la plaza de Oriente, y haciendo esquina con la Cuesta de San Vicente, en una terraza colgada sobre el vecino y este sí, extenso aunque abandonadísimo Campo del Moro. La zona es punto esencial y central del turismo de la Villa y Corte, de ahí que los jardines hayan contado desde los inicios del turismo masivo con un numeroso público, siempre fiel, que completa su visita al edificio monárquico por excelencia con la grata recreación visual que supone el detenerse en este recinto botánico-arquitectónico, de estilo neoclásico, que ocupa un espacio de algo más de dos hectáreas y media, y que, lejos de lo que pueda pensarse, no se diseñó en el siglo de las luces, paralelo en el tiempo a la construcción del actual Palacio Real, tras el incendio que dejó reducido a cenizas el anterior Alcázar en la Nochebuena de 1734. Leemos en la enciclopedia virtual Wikipedia que el jardín “se divide en tres terrazas: la inferior, marcada por la simetría de los parterres a ambos lados de una gran lámina de agua a modo de espejo o estanque con dos surtidores, y enmarcada por cuatro cuadros con sendas fuentes rodeadas por figuras de seto” y flanqueada por estatuas de reyes de las que en un principio se suponían debían coronar los aleros del vecino palacio y hoy se encuentran diseminadas por diversos puntos de la geografía matritense. La segunda terraza forma un espectacular balcón sobre la primera y desde ella se domina “la totalidad de la fachada norte del palacio y bajo un bosque de pinos se extiende hacia la Cuesta de San Vicente, en donde se encuentra una nueva escalera de doble entrada que salva el desnivel hasta la calle. La tercera terraza se encuentra ubicada en una altura superior y al este de la segunda terraza, con un juego de parterres y grandes cedros”. Para acceder a este jardín, repetimos, de estilo neoclásico, en consonancia con el palacio bajo cuya fachada norte se refugia, hay dos posibilidades. La primera, desde la calle Bailén y junto a la plaza de Oriente, a través de una escalera de doble trazado por la que se desciende salvando una altura de cerca de veinte metros hasta llegar a la terraza inferior. El segundo acceso se encuentra situado en la esquina entre Bailén y Cuesta de San Vicente y por él nos incorporamos a la zona que acoge las otras dos terrazas. ¡Ah! se nos olvidaba algo muy importante, es decir, dejar constancia de por qué se denominan Jardines de Sabatini. Parece claro que lo sea en homenaje a Francesco Sabatini, el arquitecto palermitano que protagonizó la mayor parte de su biografía profesional en Madrid, al servicio de Carlos III. Su estilo arquitectónico, que ha sido calificado de barroco clasicista cosmopolita, es identificable con la transición entre la arquitectura barroca y la neoclásica. Tiene un fuerte componente clasicista que, no obstante su interés por el estudio de las ruinas romanas, es más próximo a la arquitectura del Renacimiento que a los rasgos puros del periodo posterior, representados por Juan de Villanueva. Sus trabajos en el Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII son numerosos destacando, al margen de las obras del Palacio Real, la Real Casa de la Aduana de la calle de Alcalá, actual Ministerio de Hacienda; la Puerta de Alcalá; la desaparecida Puerta de San Vicente; las obras del Hospital General de Atocha, hoy Museo Reina Sofía; la finalizacion de la basílica de San Francisco el Grande o el convento de San Gil en el Prado de Leganitos, hoy plaza de España, entre otros muchos trabajos. Por lo que a los jardines de los que hablamos respecta, sustituyó a Sachetti en las obras del Palacio Real. Pero dicho ajardinamiento no es de la época de construcción del nuevo recinto real sino de 1935, aunque proyectado en 1931, pues hasta la llegada de la Segunda República, los terrenos que hoy ocupa acogían a las denominadas con legítima pompa Reales Caballerizas, que esas sí fueron construidas bajo la supervisión del mentado Sabatini, aunque en un principio Sachetti ya había dispuesto en sus bocetos un jardín para esta zona. Los republicanos, sin embargo, una vez instalados en el poder, tuvieron a bien conceder a Sabatini los honores de nominar dicho recinto jardinesco.

Parque público y republicano.

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Caballerizas en primer plano con el palacio al fondo. Foto blog De rebus matritensis

Por tanto, el proyecto de construcción de los Jardines de Sabatini data de 1931 pues con el advenimiento del régimen republicano el Palacio Real pasó a ser Palacio Nacional y obviamente las Reales Caballerizas empezaron a dejar de tener el más mínimo sentido pues por otra parte son tiempos en que se está produciendo el gran advenimiento del transporte a motor y el inicio de la progresiva sustitución de los vehículos de tracción animal por los de tracción motorizada. Un recinto como el de las Reales Caballerizas, diseñado para cuadrúpedos, quedaba obsoleto ante las nuevas necesidades tanto de las monarquías, como de los gobiernos o los propios ejércitos. Leemos en el blog La gatera de la Villa que “así las cosas, el Gobierno de la República, legítimo propietario, traspasa la propiedad al Ayuntamietno de Madrid para pagar parcialmente las deudas que tenía el Estado con el Consistorio de la ciudad. La cesión llevaba aparejada una cláusula” que prohibía que el espacio que ocupaban las caballerizas fuese destinado a “ningún estilo y que se dispusiese para ensanche viario y ajardinamiento de la zona”. Con ello se volvía a la idea original de Sachetti. Pues bien, no todo fue entente, paz y armonía en torno al nuevo proyecto. Es más, la polémica sobre la oportunidad o no de la demolición se encendió rápidamente y en ella se enzarzaron relevantes personalidades del mundo cultural, artístico, político e histórico. Volvemos a apoyarnos en La gatera de la Villa para reseñar que en contra del proyecto se pronunció “el Colegio de Arquitectos, que emitió una nota el 27 de abril de 1932 y llegó a un acuerdo encaminado a realizar gestiones ante las instancia y personalidades pertinentes a fin de detenerlo”. Apelaban los arquitectos al carácter monumental de las Reales Caballerizas, “no oponiéndose a la normativa emanada del decreto de cesión pues consideraba (el colegio) que era compatible con la permanencia del edificio, si no en su totalidad, al menos en parte”. También el Patronato del Museo Nacional de arte Moderno emitió una nota de queja defendiendo “los valores estéticos que deben ser conservados y utilizados a toda costa, en momentos en que el arte español carece de hogares dignos en que pueda ser exhibidio con decoro”. Pese a lo que llamaríamos actualmente indudable ruido mediático, fueron minoría los que defendieron la paralización del derribo. La demagogia se apoderó de la opinión pública, por decirlo finamente, con aquello de la creación de puestos de trabajo, mientras profesionales de la arquitectura no paraban de llamar la atención sobre lo efímero de los empleos que las obras de derribo y construcción del parque iban a generar. Lo que más se aplaudía del proyecto era el haberlo incluido dentro de un plan de remodelación de la calle Bailén y la Cuesta de San Vicente. Al final, tras los dimes y diretes reglamentarios, el derribo se llevó a cabo en 1934 y un año más tarde se acometió la construcción de los jardines bajo la supervisión del prestigioso arquitecto Francisco García Mercadal, quizás el más influyente de la España de la época y ariete de la Generación del 25, al que se le debe la introducción en España del racionalismo arquitectónico centroeuropeo. Además, fue el principal impulsor de la fundación del Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (GATEPAC). Experto en arquitectura mediterránea, García Mercadal viajó a Italia y se codeó posteriormente en Viena con los miembros de la Bauhaus, de quienes recibe sus influencias. En su envidiable curriculum se puede leer que en 1928 trajó por primera vez a España a Le Corbussier para que dictara dos conferencias sobre arquitectura en la Residencia de Estudiantes. La militancia republicana de este aragonés de origen hizo que fuera depurado tras la Guerra Civil, truncándose una de las carreras más prometedoras de la arquitectura contemporánea española. Nos dejó, entre otras prestigiosísimas obras, estos Jardines de Sabatini que desde entonces hasta la actualidad, tanto en los parterres como en las estatuas o en las especies botánicas, apenas si ha sufrido modificaciones, salvo la remodelación llevada a cabo en 1972, fecha en que se construyeron las escaleras monumentales que permiten el acceso desde las inmediaciones del Palacio Real.

Reales Caballerizas

Caballerizas. www.memoriademadrid.es

Caballerizas a comienzos del siglo XX, desde plaza de España.www.memoriademadrid.es

Cuando hablamos de las Reales Caballerizas podemos referirnos a las del antiguo Alcázar Real o a las del edificio construido en el siglo XVIII. Las antiguas se encontraban situadas en lo que hoy es la plaza de la Armería. Las pertenecientes al nuevo palacio, encargadas por Carlos III a Sabatini, traicionando el proyecto de Sachetti, se situaron donde hoy en día se encuentran los jardines. Y a ellas nos vamos a referir. En total ocupaban unos 25.000 metros cuadrados sobre un polígono triangulado y cuyo lado mayor era el que daba a la actual Cuesta de San Vicente. Esa dificultad geográfica supuso un reto para la construcción de lo que sería uno de los elementos accesorios más importantes del Palacio Real, según leemos una vez más en el blog La gatera de la Villa. Las obras comenzaron en 1782 y se prolongaron durante siete años. Era un auténtico conglomerado de dependencias “destinadas tanto a albergar a los caballos destinados a la familia real como a acoger la sede del Protoalbeiterato”, el equivalente al actual Colegio Oficial de Veterinarios. La fachada principal daba a la calle Bailén y según nuestro blog de referencia, que se apoya en el político e historiador Pascual Madoz, “parece ser que era un edificio de aspecto recio y cuyo exterior estaba muy condicionado por las citadas peculiaridades del terreno”. Estaban construidas las caballerizas con piedra berroqueña y granito y contaba el recinto con dos portadas, “siendo la que daba a la Cuesta de San Vicente la menos ornamentada y la principal constaba de un arco rústico, rebajado, terminado con un escudo de las armas reales”. Aparte de las caballerizas, que eran las dependencias más importantes, había seis patios, una capilla dedicada a San Antonio Abad, patrón de los animales, cuadras dedicadas exclusivamente a albergar caballerías enfermas, almacenes, pilones y fuentes, enfermerías, fraguas, herraderos y, en definitiva, toda la intendencia necesaria para engranar una industria de estas magnitudes. “La zona dedicada a Guardanés General -continúa La gatera de la Villa- era de un tamaño considerable, más de 40 metros de largo, con 65 armarios donde se colocaban desde los arreos de los animales hasta las libreas de los palafreneros. También estaban dentro del perímetro, los picaderos reales y, desde Fernando VII, el llamado Cocherón, edificio construido por Custodio Moreno y destinado a guardar carruajes. Entre estos se encontraba el que se suponía había sido el coche de Juana la Loca, siendo el más antiguo conservado y en el que, según la tradición, se transportó el cadáver de Felipe el Hermoso hasta Tordesillas”. La capacidad para la que fueron ideados y construidos estos reales recintos quedó superada ya desde el año de su puesta en funcionamiento. De las 500 cabezas que en un principio se suponía que podrían acoger como máximo, sólo el Cuartel de la Reglada contaba con 649 caballos y el número total de animales superaba los 1800, teniendo que ocuparse dependencias en principio no diseñadas para ese uso. “El número de caballerías osciló con las variaciones y avatares de la historia pero, salvo etapas especiales como los años inmediatamente posteriores a la guerra contra Napoleón, la capacidad estuvo casi siempre al límite. No sólo estaban los espacios reservados para los animales sino que en 1848, según Madoz, vivían allí 486 almas entre trabajadores y familiares, siendo empleados 289, aunque la nómina completa de las caballerizas era muy superior. A todo ello hay que sumar las dependencias administrativas”, concluyen nuestros gentiles investigadores de La gatera de la Villa. Y esto es todo, que no es poco, pues sólo por recordar a la figura de Francesco Sabatini, o también, por qué no, la de Giovanni Battista Sachetti, la de Fernando García Mercadal o la imponente mole de las antiguas y Reales Caballerizas merece la pena darse un paseo por las inmediaciones de la calle de Bailén y entrar por la esquina con Cuesta de San Vicente, disfrutar en un tórrido día de verano de las sombras que nos ofrecen los ya añejos cedros, sentarse en un banco de piedra y saborear, en el silencio de la hora de la siesta, un ajustado, corregido y repensado poema de Antonio Machado con sus álamos, sus brisas y sus nostalgias. A continuación, y sin prisas, el viajero se ve obligado a sumergirse en un universo de setos de boj, de diversas y desconocidas especies botánicas y de elevados y frondosos árboles, cuyos nombres desconoce y cuyas copas se muestran imposibles al ojo humano e impermeables a los rayos solares. Los sentidos se muestran ya saturados y es necesario evadirse de ese atracón de naturaleza en estado puro trepando por las monumentales escaleras para salir a la plaza de Oriente en busca de un buen abrevadero donde, sentado en un cómodo sillón de una terraza con vistas, dar cuenta de un buen gintonic que nos devuelva a la realidad y pare la borrachera de arte y naturaleza en la que se han visto envuelto nuestros sentidos. Aun a costa de enchisparnos.

 

 
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Publicado por en febrero 21, PM en Obra civil, Parques

 

Lavapiés: barrio, calle y plaza

Plaza de Lavapiés.ww.madrid.org

Plaza de Lavapiés poco después de su reforma. Foto http://www.madrid.org

Lavapiés, actualmente multiculturalidad… magrebíes, chinos, también perrofláuticos. Y algunos que quisieran ser considerados perrofláuticos pero a los que la edad y la carencia de actitud y aptitud los delata. Lavapiés, ayer manolería… chulapos y chulapas midiendo su dignidad a pedradas con los chisperos del Barquillo. O asesinando frailes, ¡seamos francos! Lavapiés, desde siempre esencia y aroma a pueblo. Madrid en estado puro, es decir, con la navaja en la faja, comentando un lance de Pepe-Hillo, de tasca en tasca… Si en algún distrito de la capital la palabra barrio tiene sentido en su más campechana expresión ese es sin duda Lavapiés. Y si Antonio Machado dijo aquello de que Madrid era rompeolas de las Españas, Lavapiés es el puerto al que arribaron desde tiempos inmemoriales gentes variopintas, procedentes de todos los puntos de la piel de toro, que en sus tarjetas de visita, es decir, en las arrugas de su rostro, en su morenez rústica, presentaban todo tipo de carencias materiales e incluso morales. Y si hay algún personaje típico y tópico de Madrid ese es el Manolo, el chulo, el vecino por antonomasia de Lavapiés. Por activa y por pasiva dejó escrito don Ramón de Mesonero Romanos que el tipo castizo madrileño “tiene su asiento principal en el famoso cuartel de Lavapiés y alrededores, que se fue formando espontáneamente con la población propia de nuestra villa y la agregación de los infinitos advenedizos que de todos los puntos del reino acudieron a ella desde el principio a buscar fortuna”. Especifica Mesonero que entre los que “vinieron guiados de próspera estrella, y cambiaron luego sus humildes trages y groseros modales por los brillantes uniformes y el estudiado idioma de la corte, vinieron también aunque por más modestas pretensiones los alegres habitantes de Triana, Macarena y el Compás, de Sevilla, los de las Huertas de Murcia y de Valencia, de la Mantería de Vallladolid, de los Percheles y las islas de Riarán de Málaga, del Azoguejo de Segovia, de la Olivera de Valencia, de las Tendillas de Granada, del Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y demás sitios célebres del mapa picaresco español”. Eso sucedería tiempo atrás, muy atrás, varios siglos atrás, cuando se poblaron los arrabales que caían hacia el sur, más allá de los límites de las diversas ampliaciones de todas las cercas menos de la última, la más moderna, la de Felipe IV, que envuelve la zona que ocupa este barrio, de nombre Lavapiés, que cuenta con una calle y una plaza que llevan idéntico apelativo y que son ejes y arterías principales de todo un cuerpo urbanístico que si bien en sus primeros tiempos acogía a lo más florido de la populachería española hoy extiende su llamada más allá de los límites de la piel de toro, acogiendo en su seno gentes de diversas razas, credos, costumbres y manías que han poblado sus costaneras, vericuetosas y enredadas calles dándoles un colorido y un vitalismo que han traído consigo la revitalización de un distrito capitalino apagado y moribundo hace apenas quince o veinte años. Hoy no son los habitantes de Triana, ni los del Potro cordobés ni los de La Mantería vallisoletana los que arriban a este empinado puerto sino que vienen con una mano delante y otra detrás desde Oriente o desde el más cercano continente africano tras sufrir todo tipo de desgraciadas peripecias en una odisea que acojonaría al mismo Ulises. Para muchos de estos morenos la vuelta a Ítaca seria un juego de niños comparada con su propia experiencia aunque tampoco debemos dejarnos llevar por la blandura y pasar por alto que si a España u otros países europeos llegan apurados y hambrientos es por la mala cabeza y peor gestión de unos gobiernos de origen que dictan, ordenan, parten y reparten a su antojo sin que ningún organismo internacional les pare sus dictadoriales e hipercorruptos pies. Quizás porque también tienen interés en que las cosas sigan como hasta ahora. Y, siento decirlo, las cosas no pueden ni deben seguir como hasta ahora. En todo caso, aquí están y aquí los recibimos con los brazos más o menos abiertos según las más o menos condescendientes sensibilidades de las que solemos hacer gala. Pero, en fin, vayamos a lo nuestro, que no es otra cosa que la descripción divulgativa y somera de lo físico y lo histórico del barrio de Lavapiés, de la calle que lleva el mismo nombre y que se manifiesta como eje de dicho barrio y que, por fin, desembocará en la plaza de igual apelativo cual arroyuelo que baja saltarín desde la plaza del Progreso (Tirso de Molina) para sumirse en el metafórico albañal que nos sugiere la boca de Metro que hoy día corona el ágora lavapiesina.

Origen hebraico -o no- del barrio

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Iglesia de San Lorenzo. Foto Wikipedia

Hay controversia y mucha sobre los orígenes del barrio de Lavapiés. Antes de convertirse en el foco de atracción de la emigración interior procedente de los barrios más marginales de las principales poblaciones españolas, parece ser que se había asentado aquí la colonia judía matritense allá por los tiempos de los Reyes Católicos. Lo afirma Pedro de Répide en su Calles de Madrid y, aunque su tesis ha recibido todo tipo de críticas y descalificaciones, nos atrevemos a considerarla plausible y verosímil en la medida en que coincide con los datos históricos que nos hablan de que el origen del barrio estaría en los asentamientos extramuros de la capital de finales del siglo XV. Répide escribe que la plaza y la calle llamadas de Lavapiés “eran residencia de los judíos conversos, después de las severas medidas antisemitas adoptadas por los Reyes Católicos, así como la calle Ave María fue refugio de moriscos”. O sea, una vez que los echaron del centro de la Villa. Por tanto, defiende El Ciego de Vistillas el carácter hebraico del barrio y subraya su argumentación aduciendo que “la judería madrileña tenía núcleo de población en las cercanías de la sinagoga, que estaba precisamente donde se alza la iglesia de San Lorenzo”, actualmente en el número 2 de la calle Doctor Piga. Quienes, por otra parte, consideran un mito el origen semita del barrio alegan que se trata de una falacia cultivada por los autores de obras literarias pertenecientes al regionalismo tardío predecesor del romanticismo nacionalista de finales del siglo XIX. Se remiten a Ramón de Mesonero, quien en sus Escenas Matritenses adjudicaba el nacimiento de dicha leyenda al escritor Don Ramón de la Cruz, en concreto en el sainete Los bandos de Lavapiés. Es más, estas opiniones contrarias a lo dicho por Don Ramón de la Cruz, avalado por Mesonero y subrayado por Répide, se basan en la defensa de la inexistencia de un barrio judío en la zona de Madrid de la que estamos hablando y que el auténtico barrio hebreo de Madrid se encontraría cercano a la actual catedral ya que en las excavaciones para instalar el futuro museo de las Colecciones Reales se han hallado recientemente restos arqueológicos relacionados con una supuesta antigua judería situada en ese entorno. En cualquier caso, y sea como fuere, no se puede negar la existencia de una sinagoga donde ahora se levanta el templo de San Lorenzo como tampoco que una calle que actualmente lleva el nombre de La Fe se denominó durante siglos calle de La Sinagoga. Otro argumento para acusar de falsedad el origen judaico del barrio es el considerar fruto de la imaginación popular la relación de su nombre con una fuente donde se lavarían los pies los judíos antes de entrar en el tiempo. Sabido es que no es propio de los adeptos a esa religión tal rito pero nadie puede impedir que se piense con la lógica que da el sentido común que en ese lugar existiera una fuente en la que, además de tomar el líquido propio para los usos habituales, se lavaran los pies judíos, musulmanes, cristianos o… cualquiera que por allí pasara. Y no precisamente por razones rituales sino por propia necesidad. A veces el echar a volar la imaginación y el despegar demasiado los pies de la tierra nos lleva a buscar tres pies al gato cometiendo errores comprensibles pero imperdonables. Dado el carácter humilde y popular de Lavapiés, nada sería de extrañar que el topónimo hiciera alusión sencillamente a la necesidad de asearse en tiempos donde ni existía el agua corriente ni se estaba muy por la labor de utilizar el agua para menesteres que hoy consideramos imprescindibles. Por otro lado, no podemos dejar de lado el polémico asunto sin recordar que el término Manolo o Manola, sempiternamente asociado al barrio de Lavapiés, tiene un origen religioso. “Una ostentación de cristianos nuevos -según Pedro de Répide- en la que tal vez latía al mismo tiempo una preocupación judaica, hacía que las familias de los conversos llamasen siempre Manuel al primero de sus hijos, con lo que, por la abudancia de ese nombre quedó aquel barrio como de los Manueles y por ende, de los Manolos”. Obvio es decir que Manuel es sinónimo de enviado de Dios.

Calle y plaza de Lavapiés

Fuente_de_Lavapiés. Wikipedia

Fuente de Lavapiés hacia 1870, pocos años antes de su derribo. Foto Wikipedia

La calle de Lavapiés es una rúa angosta, recta y en cuesta o pendiente, según desde el punto cardinal desde el que la ataquemos. Si iniciamos nuestro paseo desde su origen numérico, es decir, al norte, en la plaza de Tirso de Molina, habrá que transitar con el freno de mano echado lo que, si bien es siempre incómodo, nos permitirá disfrutar del sabor popular que desprenden esos balcones sabiamente decorados con geranios u otros tipos de plantas propias del acervo botánico-casero nacional. Sus balconadas estrechas y retranqueadas nos retrotraen a una arquitectura popular sobria y dominada por la practicidad de las construcciones. Si echamos a volar nuestra imaginación por esta rúa veremos transitar a alguna Fortunata o algún Maxi Rubín sumido en sus ensoñaciones, repitiéndose al doblar alguna de estas esquinas que Fortunata lo ama, que es mentira lo que dice doña Lupe la de los pavos, de que se ve a escondidas con Juanito Santacruz. Decía Répide hace algo más de cien años que era calle “de majeza, mapa y cifra de la manolería, que tuvo el privilegio de llamarse Real por concesión de Felipe III cuando en ella asistió a las fiestas de desagravio al Cristo del Olivar, cuya tradición está enlazada con las de las calles de Cañizares y Olivar”. Como anécdota, nos confía una vez más Pedro de Répide que pasado el cruce con la calle de la Cabeza, en lo que se denominó plazuela de Ludones, antes de llegar al Campillo de la Manuela, “queda el recuerdo más interesante de la calle. Allí vivía la hija del histrión Jerónimo Velázquez, Elena Osorio, amada de Lope de Vega, y a la puerta de aquella casa estalló, en una repentina discordia, la enemistad que tuvieron Lope y Cervantes, quien era grande amigo de los Velázquez y asiduo visitante de la casa. Lope fue luego el violento detractor de Elena Osorio y su familia y llegó a ser procesado por los libelos que le dedicó a aquellos cómicos y en particular a aquellas mujeres, de quienes decía en sus versos infamantes: Estas son tres, estas son tres, las que empuercan el barrio de Lavapiés“. Está claro que en asunto de faldas Lope no se dejaba enmendar la plana o mojar la oreja ni por el mismísimo Cervantes, más aún teniendo en cuenta que el dramaturgo se consideraba el galán entre los galanes de la época mientras que el cervatillo era poco más que ese autor semifracasado que movía a la conmiseración en el entonces asfixiante barrio de Las Letras. Pero descendamos la cuesta sin mayor dilación porque ante nosotros no tardará en abrirse de par en par un espacio amplio hacia el que confluyen varias vías de igual estrechez que la de Lavapiés, aunque con desiguales pendientes. Nos damos de bruces con la plaza de Lavapiés y, si el día de nuestro flaneo tenemos la suerte de disfrutar de un clima bonacible veremos a diestro y siniestro representantes de las más diversas etnias ocupando cualquier espacio que pueda considerarse, provisional o definitivamente, asiento. Y si no lo hubiere libre no pasa nada, en corrillo se ven hombres vistiendo chilaba que en cuclillas debaten con ardor y pasión sobre cualquier tema, desde la frivolidad futbolera hasta cuestiones morales propias de su idiosincrasia cultural. Oficialmente estamos en el distrito Centro, antiguamente del Hospital, parroquia de San Lorenzo, sí, aquella que cuyo solar parece ser ocupara una sinagoga tiempo ha. Nos encontramos en un espacio abierto, en forma de polígono más o menos irregular, donde vierten a sus paseantes o sus vehículos las calles Argumosa, Ave María, de la Fe, Olivar, Sombrerete, Tribulete, Valencia y la propia Lavapiés, nuestro cicerone desde el septentrión capitalino. La puerta del Sol del distrito del Avapiés como escribiera Mesonero Romanos, haciendo uso de un topónimo, el de Avapiés, que sólo ha aparecido en textos literarios de la mano de autores como Moratín padre o Fernández Shaw y que parece ser nunca tuvo una naturaleza real. Y aquí, en medio de la plaza es donde se sabe que estuvo situada la famosa fuente que daría nombre al barrio, a la calle y a la propia plaza, “una fuente -según Répide- de sencilla ornamentación y de buen aspecto que ha presidido esta plaza hasta el siglo XIX, en cuya segunda mitad se han hecho desaparecer neciamente típicos y bellos adornos de Madrid. Tan neciamente como en este caso, ya que, aunque sin gracia ornamental, ha seguido habiendo en este lugar una fuente del agua, que en otro tiempo fue tan renombrada como la del Bajo Abroñigal”. Dejemos a Pedro de Répide que lamente la ceguera de la clase dirigente y seamos pacientes para escucharle a continuación decir que en la esquina con la calle Tribulete se conservaba a comienzos del siglo XX el edificio que albergó la Real Fábrica de Coches, que tanta importancia tendría en los últimos años del reinado de Fernando VII “y frente a ella -concluye nuestro fiel y generoso guía- estaba, datando de análoga antigüedad, la famosa fábrica de cervezas de Lavapiés para la cual tenía su propietario extensa plantaciones de lúpulo en Peñaranda del Duero”. El vetusto edificio de la fábrica de cerveza fue derribado para posibilitar que la calle Argumosa ganara en anchura. Y aquí termina nuestro flaneo por un barrio que bien merece unas horas de atención, un barrio degradado y abandonado prácticamente desde la guerra civil, hecho que acentuó su carácter popular y humilde, pero que desde hace un par de décadas ha sufrido una positiva y espectacular transformación tanto en lo arquitectónico, como en lo comercial y, por supuesto, en el apartado humano. Al margen de la instalación en él de emigrantes procedentes del continente africano o de oriente, fundamentalmente, el poblador aborigen escaso de fondos económicos puso su ojo y su hipoteca en balcones asilvestrados, en portales muchos de ellos semiabandonados y con las maderas raídas o en fachadas desconchadas y víctimas fáciles de los grafiteros. Estas gentes han tomado pacíficamente sótanos, pisos, buhardillas y áticos y han convertido lo que estaba en un estado de semiabandono en un barrio amable, habitable y perfectamente practicable para el paseo o la escapada ociosa tanto diurna como nocturna. En nuestras manos está el disfrutarlo con sus luces y, por qué no decirlo también, con alguna, mínima, sombra. Pero, nada ni nadie es perfecto. Fijo.

 

 

 
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Publicado por en febrero 12, PM en Calles, Entornos, Plazas