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Lavapiés: barrio, calle y plaza

12 Feb
Plaza de Lavapiés.ww.madrid.org

Plaza de Lavapiés poco después de su reforma. Foto http://www.madrid.org

Lavapiés, actualmente multiculturalidad… magrebíes, chinos, también perrofláuticos. Y algunos que quisieran ser considerados perrofláuticos pero a los que la edad y la carencia de actitud y aptitud los delata. Lavapiés, ayer manolería… chulapos y chulapas midiendo su dignidad a pedradas con los chisperos del Barquillo. O asesinando frailes, ¡seamos francos! Lavapiés, desde siempre esencia y aroma a pueblo. Madrid en estado puro, es decir, con la navaja en la faja, comentando un lance de Pepe-Hillo, de tasca en tasca… Si en algún distrito de la capital la palabra barrio tiene sentido en su más campechana expresión ese es sin duda Lavapiés. Y si Antonio Machado dijo aquello de que Madrid era rompeolas de las Españas, Lavapiés es el puerto al que arribaron desde tiempos inmemoriales gentes variopintas, procedentes de todos los puntos de la piel de toro, que en sus tarjetas de visita, es decir, en las arrugas de su rostro, en su morenez rústica, presentaban todo tipo de carencias materiales e incluso morales. Y si hay algún personaje típico y tópico de Madrid ese es el Manolo, el chulo, el vecino por antonomasia de Lavapiés. Por activa y por pasiva dejó escrito don Ramón de Mesonero Romanos que el tipo castizo madrileño “tiene su asiento principal en el famoso cuartel de Lavapiés y alrededores, que se fue formando espontáneamente con la población propia de nuestra villa y la agregación de los infinitos advenedizos que de todos los puntos del reino acudieron a ella desde el principio a buscar fortuna”. Especifica Mesonero que entre los que “vinieron guiados de próspera estrella, y cambiaron luego sus humildes trages y groseros modales por los brillantes uniformes y el estudiado idioma de la corte, vinieron también aunque por más modestas pretensiones los alegres habitantes de Triana, Macarena y el Compás, de Sevilla, los de las Huertas de Murcia y de Valencia, de la Mantería de Vallladolid, de los Percheles y las islas de Riarán de Málaga, del Azoguejo de Segovia, de la Olivera de Valencia, de las Tendillas de Granada, del Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y demás sitios célebres del mapa picaresco español”. Eso sucedería tiempo atrás, muy atrás, varios siglos atrás, cuando se poblaron los arrabales que caían hacia el sur, más allá de los límites de las diversas ampliaciones de todas las cercas menos de la última, la más moderna, la de Felipe IV, que envuelve la zona que ocupa este barrio, de nombre Lavapiés, que cuenta con una calle y una plaza que llevan idéntico apelativo y que son ejes y arterías principales de todo un cuerpo urbanístico que si bien en sus primeros tiempos acogía a lo más florido de la populachería española hoy extiende su llamada más allá de los límites de la piel de toro, acogiendo en su seno gentes de diversas razas, credos, costumbres y manías que han poblado sus costaneras, vericuetosas y enredadas calles dándoles un colorido y un vitalismo que han traído consigo la revitalización de un distrito capitalino apagado y moribundo hace apenas quince o veinte años. Hoy no son los habitantes de Triana, ni los del Potro cordobés ni los de La Mantería vallisoletana los que arriban a este empinado puerto sino que vienen con una mano delante y otra detrás desde Oriente o desde el más cercano continente africano tras sufrir todo tipo de desgraciadas peripecias en una odisea que acojonaría al mismo Ulises. Para muchos de estos morenos la vuelta a Ítaca seria un juego de niños comparada con su propia experiencia aunque tampoco debemos dejarnos llevar por la blandura y pasar por alto que si a España u otros países europeos llegan apurados y hambrientos es por la mala cabeza y peor gestión de unos gobiernos de origen que dictan, ordenan, parten y reparten a su antojo sin que ningún organismo internacional les pare sus dictadoriales e hipercorruptos pies. Quizás porque también tienen interés en que las cosas sigan como hasta ahora. Y, siento decirlo, las cosas no pueden ni deben seguir como hasta ahora. En todo caso, aquí están y aquí los recibimos con los brazos más o menos abiertos según las más o menos condescendientes sensibilidades de las que solemos hacer gala. Pero, en fin, vayamos a lo nuestro, que no es otra cosa que la descripción divulgativa y somera de lo físico y lo histórico del barrio de Lavapiés, de la calle que lleva el mismo nombre y que se manifiesta como eje de dicho barrio y que, por fin, desembocará en la plaza de igual apelativo cual arroyuelo que baja saltarín desde la plaza del Progreso (Tirso de Molina) para sumirse en el metafórico albañal que nos sugiere la boca de Metro que hoy día corona el ágora lavapiesina.

Origen hebraico -o no- del barrio

Iglesia_de_San_Lorenzo_(Madrid)_01

Iglesia de San Lorenzo. Foto Wikipedia

Hay controversia y mucha sobre los orígenes del barrio de Lavapiés. Antes de convertirse en el foco de atracción de la emigración interior procedente de los barrios más marginales de las principales poblaciones españolas, parece ser que se había asentado aquí la colonia judía matritense allá por los tiempos de los Reyes Católicos. Lo afirma Pedro de Répide en su Calles de Madrid y, aunque su tesis ha recibido todo tipo de críticas y descalificaciones, nos atrevemos a considerarla plausible y verosímil en la medida en que coincide con los datos históricos que nos hablan de que el origen del barrio estaría en los asentamientos extramuros de la capital de finales del siglo XV. Répide escribe que la plaza y la calle llamadas de Lavapiés “eran residencia de los judíos conversos, después de las severas medidas antisemitas adoptadas por los Reyes Católicos, así como la calle Ave María fue refugio de moriscos”. O sea, una vez que los echaron del centro de la Villa. Por tanto, defiende El Ciego de Vistillas el carácter hebraico del barrio y subraya su argumentación aduciendo que “la judería madrileña tenía núcleo de población en las cercanías de la sinagoga, que estaba precisamente donde se alza la iglesia de San Lorenzo”, actualmente en el número 2 de la calle Doctor Piga. Quienes, por otra parte, consideran un mito el origen semita del barrio alegan que se trata de una falacia cultivada por los autores de obras literarias pertenecientes al regionalismo tardío predecesor del romanticismo nacionalista de finales del siglo XIX. Se remiten a Ramón de Mesonero, quien en sus Escenas Matritenses adjudicaba el nacimiento de dicha leyenda al escritor Don Ramón de la Cruz, en concreto en el sainete Los bandos de Lavapiés. Es más, estas opiniones contrarias a lo dicho por Don Ramón de la Cruz, avalado por Mesonero y subrayado por Répide, se basan en la defensa de la inexistencia de un barrio judío en la zona de Madrid de la que estamos hablando y que el auténtico barrio hebreo de Madrid se encontraría cercano a la actual catedral ya que en las excavaciones para instalar el futuro museo de las Colecciones Reales se han hallado recientemente restos arqueológicos relacionados con una supuesta antigua judería situada en ese entorno. En cualquier caso, y sea como fuere, no se puede negar la existencia de una sinagoga donde ahora se levanta el templo de San Lorenzo como tampoco que una calle que actualmente lleva el nombre de La Fe se denominó durante siglos calle de La Sinagoga. Otro argumento para acusar de falsedad el origen judaico del barrio es el considerar fruto de la imaginación popular la relación de su nombre con una fuente donde se lavarían los pies los judíos antes de entrar en el tiempo. Sabido es que no es propio de los adeptos a esa religión tal rito pero nadie puede impedir que se piense con la lógica que da el sentido común que en ese lugar existiera una fuente en la que, además de tomar el líquido propio para los usos habituales, se lavaran los pies judíos, musulmanes, cristianos o… cualquiera que por allí pasara. Y no precisamente por razones rituales sino por propia necesidad. A veces el echar a volar la imaginación y el despegar demasiado los pies de la tierra nos lleva a buscar tres pies al gato cometiendo errores comprensibles pero imperdonables. Dado el carácter humilde y popular de Lavapiés, nada sería de extrañar que el topónimo hiciera alusión sencillamente a la necesidad de asearse en tiempos donde ni existía el agua corriente ni se estaba muy por la labor de utilizar el agua para menesteres que hoy consideramos imprescindibles. Por otro lado, no podemos dejar de lado el polémico asunto sin recordar que el término Manolo o Manola, sempiternamente asociado al barrio de Lavapiés, tiene un origen religioso. “Una ostentación de cristianos nuevos -según Pedro de Répide- en la que tal vez latía al mismo tiempo una preocupación judaica, hacía que las familias de los conversos llamasen siempre Manuel al primero de sus hijos, con lo que, por la abudancia de ese nombre quedó aquel barrio como de los Manueles y por ende, de los Manolos”. Obvio es decir que Manuel es sinónimo de enviado de Dios.

Calle y plaza de Lavapiés

Fuente_de_Lavapiés. Wikipedia

Fuente de Lavapiés hacia 1870, pocos años antes de su derribo. Foto Wikipedia

La calle de Lavapiés es una rúa angosta, recta y en cuesta o pendiente, según desde el punto cardinal desde el que la ataquemos. Si iniciamos nuestro paseo desde su origen numérico, es decir, al norte, en la plaza de Tirso de Molina, habrá que transitar con el freno de mano echado lo que, si bien es siempre incómodo, nos permitirá disfrutar del sabor popular que desprenden esos balcones sabiamente decorados con geranios u otros tipos de plantas propias del acervo botánico-casero nacional. Sus balconadas estrechas y retranqueadas nos retrotraen a una arquitectura popular sobria y dominada por la practicidad de las construcciones. Si echamos a volar nuestra imaginación por esta rúa veremos transitar a alguna Fortunata o algún Maxi Rubín sumido en sus ensoñaciones, repitiéndose al doblar alguna de estas esquinas que Fortunata lo ama, que es mentira lo que dice doña Lupe la de los pavos, de que se ve a escondidas con Juanito Santacruz. Decía Répide hace algo más de cien años que era calle “de majeza, mapa y cifra de la manolería, que tuvo el privilegio de llamarse Real por concesión de Felipe III cuando en ella asistió a las fiestas de desagravio al Cristo del Olivar, cuya tradición está enlazada con las de las calles de Cañizares y Olivar”. Como anécdota, nos confía una vez más Pedro de Répide que pasado el cruce con la calle de la Cabeza, en lo que se denominó plazuela de Ludones, antes de llegar al Campillo de la Manuela, “queda el recuerdo más interesante de la calle. Allí vivía la hija del histrión Jerónimo Velázquez, Elena Osorio, amada de Lope de Vega, y a la puerta de aquella casa estalló, en una repentina discordia, la enemistad que tuvieron Lope y Cervantes, quien era grande amigo de los Velázquez y asiduo visitante de la casa. Lope fue luego el violento detractor de Elena Osorio y su familia y llegó a ser procesado por los libelos que le dedicó a aquellos cómicos y en particular a aquellas mujeres, de quienes decía en sus versos infamantes: Estas son tres, estas son tres, las que empuercan el barrio de Lavapiés“. Está claro que en asunto de faldas Lope no se dejaba enmendar la plana o mojar la oreja ni por el mismísimo Cervantes, más aún teniendo en cuenta que el dramaturgo se consideraba el galán entre los galanes de la época mientras que el cervatillo era poco más que ese autor semifracasado que movía a la conmiseración en el entonces asfixiante barrio de Las Letras. Pero descendamos la cuesta sin mayor dilación porque ante nosotros no tardará en abrirse de par en par un espacio amplio hacia el que confluyen varias vías de igual estrechez que la de Lavapiés, aunque con desiguales pendientes. Nos damos de bruces con la plaza de Lavapiés y, si el día de nuestro flaneo tenemos la suerte de disfrutar de un clima bonacible veremos a diestro y siniestro representantes de las más diversas etnias ocupando cualquier espacio que pueda considerarse, provisional o definitivamente, asiento. Y si no lo hubiere libre no pasa nada, en corrillo se ven hombres vistiendo chilaba que en cuclillas debaten con ardor y pasión sobre cualquier tema, desde la frivolidad futbolera hasta cuestiones morales propias de su idiosincrasia cultural. Oficialmente estamos en el distrito Centro, antiguamente del Hospital, parroquia de San Lorenzo, sí, aquella que cuyo solar parece ser ocupara una sinagoga tiempo ha. Nos encontramos en un espacio abierto, en forma de polígono más o menos irregular, donde vierten a sus paseantes o sus vehículos las calles Argumosa, Ave María, de la Fe, Olivar, Sombrerete, Tribulete, Valencia y la propia Lavapiés, nuestro cicerone desde el septentrión capitalino. La puerta del Sol del distrito del Avapiés como escribiera Mesonero Romanos, haciendo uso de un topónimo, el de Avapiés, que sólo ha aparecido en textos literarios de la mano de autores como Moratín padre o Fernández Shaw y que parece ser nunca tuvo una naturaleza real. Y aquí, en medio de la plaza es donde se sabe que estuvo situada la famosa fuente que daría nombre al barrio, a la calle y a la propia plaza, “una fuente -según Répide- de sencilla ornamentación y de buen aspecto que ha presidido esta plaza hasta el siglo XIX, en cuya segunda mitad se han hecho desaparecer neciamente típicos y bellos adornos de Madrid. Tan neciamente como en este caso, ya que, aunque sin gracia ornamental, ha seguido habiendo en este lugar una fuente del agua, que en otro tiempo fue tan renombrada como la del Bajo Abroñigal”. Dejemos a Pedro de Répide que lamente la ceguera de la clase dirigente y seamos pacientes para escucharle a continuación decir que en la esquina con la calle Tribulete se conservaba a comienzos del siglo XX el edificio que albergó la Real Fábrica de Coches, que tanta importancia tendría en los últimos años del reinado de Fernando VII “y frente a ella -concluye nuestro fiel y generoso guía- estaba, datando de análoga antigüedad, la famosa fábrica de cervezas de Lavapiés para la cual tenía su propietario extensa plantaciones de lúpulo en Peñaranda del Duero”. El vetusto edificio de la fábrica de cerveza fue derribado para posibilitar que la calle Argumosa ganara en anchura. Y aquí termina nuestro flaneo por un barrio que bien merece unas horas de atención, un barrio degradado y abandonado prácticamente desde la guerra civil, hecho que acentuó su carácter popular y humilde, pero que desde hace un par de décadas ha sufrido una positiva y espectacular transformación tanto en lo arquitectónico, como en lo comercial y, por supuesto, en el apartado humano. Al margen de la instalación en él de emigrantes procedentes del continente africano o de oriente, fundamentalmente, el poblador aborigen escaso de fondos económicos puso su ojo y su hipoteca en balcones asilvestrados, en portales muchos de ellos semiabandonados y con las maderas raídas o en fachadas desconchadas y víctimas fáciles de los grafiteros. Estas gentes han tomado pacíficamente sótanos, pisos, buhardillas y áticos y han convertido lo que estaba en un estado de semiabandono en un barrio amable, habitable y perfectamente practicable para el paseo o la escapada ociosa tanto diurna como nocturna. En nuestras manos está el disfrutarlo con sus luces y, por qué no decirlo también, con alguna, mínima, sombra. Pero, nada ni nadie es perfecto. Fijo.

 

 

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Publicado por en febrero 12, PM en Calles, Entornos, Plazas

 

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