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Carlos III, el mejor alcalde

28 Feb
Carlos III Wikipedia

Carlos III de Borbón en su edad madura. Wikipedia

El viento gélido procedente de la Sierra del Guadarrama silbaba entrecortadamente en lo más profundo de la madrugada del 20 de enero de 1716, haciendo remolinos en los alféizares exteriores del viejo Alcázar. Las chimeneas de palacio estaban a todo meter y la servidumbre zapateaba de un salón a otro con los braseros atacados, tan pendientes del real momento que estaba a punto de vivirse como de no quemarse, protegiéndose las manos con viejos trapos para mitigar el calor de las ardientes asas. Con todo, tampoco era para tanto, al menos para el monarca Felipe V, primer borbón con corona en España, que descansaba tranquilo y calentito en sus aposentos, ajeno tanto a preocupaciones hereditarias como al previsible ir y venir de las parteras. Por otra parte, a medida que avanzaba el siglo veía que las aguas políticas se iban sosegando y, siguiendo con el símil acuático, comenzaba a llover menos en este ingobernable país. La Guerra de Sucesión ya era pasado y los objetivos del monarca a nivel internacional se centraban en intentar recuperar sin prisa aunque sin pausa el terreno perdido por la corona en un nefasto siglo XVII del que mejor no hablar. Tenía ya dos herederos masculinos de María Luisa de Saboya, Luis y Fernando, y esta noche de invierno cerrado en Madrid su segunda esposa, Isabel de Farnesio, estaba a punto de dar a luz quién sabe si un vástago o una hembra, que nunca fue lo mismo -y que nadie se nos engalle- en los entornos reales. Y no era para tanto porque ese primer hijo de la Farnesio y Felipe V debía en principio ocupar un puesto menor en la línea de sucesión y, por tanto, se le tenían reservados títulos también menores. Pero la diosa fortuna o a saber qué otros dioses siempre han sido caprichosos con el destino de los pueblos y de los hombres y tuvieron a bien que esa noche fuera de especial trascendencia en la historia de la capital de España pues Carlos III y Madrid o Madrid y Carlos III mantuvieran un idilio de madurez que duró hasta que el monarca rindiera cuentas al máximo hacedor el 14 de diciembre de 1788, poco fechas después de celebrar el sorteo de la lotería que él había instaurado en 1763, esto es, una especie de primitiva importada de Nápoles y que sería el antecedente del actual sorteo navideño. Dicha historia de amor entre Carlos y el pueblo de Madrid posibilitó que, lo que era un poblachón manchego donde ir por la calle sin taparse la nariz fuera considerado una heroicidad, se transformara en una ciudad más o menos europea, más o menos aseada y más o menos habitable por mucho que los vecinos de la Villa y Corte -y sobre todo, quienes manejaban y mangoneaban sus movibles voluntades y opiniones- manipularan regular y reiteradamente los hilos para frenar cualquier tipo de avance en la mejora de las infraestructuras urbanísticas sin otra justificación que la satisfacción de los egoísmos particulares de la clase tradicionalmente mandataria, tan habituales en este país.

Duque de Parma, rey de Nápoles y… de España

Alcázar_de_Madrid,

Grabado del antiguo Alcázar donde nació Carlos III. Wikipedia

Carlos III fue designado con dos años gran duque de Parma, Piacenza y Toscana, marchando a visitar sus estados por vez primera durante su adolescencia, en 1731. Tres años más tarde engrosó su curriculum asumiendo la vara de mando en Nápoles y Sicilia. Allí casó en 1738, por intereses políticos, con la princesa polaca María Amalia de Sajonia, que contaba 14 tiernas primaveras cuando se produjo el desposorio. De la corte napolitana, donde dejó un gratísimo recuerdo, aún perceptible en la actualidad,  pasó a España al morir correlativamente y sin sucesión directa sus hermanastros y monarcas Luis I y Fernando VI. Fue proclamado rey de España el 11 de septiembre de 1759 y a partir de ahí comenzó un reinado que, si bien no destacó sobremanera en el plano internacional, sí lo hizo a nivel nacional y sobre todo en Madrid, donde ha pasado a la historia como El mejor alcalde de la Villa y Corte o sencillamente como El político. En materia internacional no consiguió reverdecer para España viejos laureles y sus pactos con otras potencias europeas se saldaron con más desengaños que logros reales. Ayudó a la independencia de Estados Unidos, más por oposición al Reino Unido que por ideología política y pasados los siglos podemos considerar dicho apoyo su mayor logro allende nuestras fronteras. En el interior de España promocionó la cultura, promovió obras públicas, colonizó Sierra Morena y expulsó a los jesuitas por meter las narices en negocios del Estado, como decisiones más señaladas. No fue un hombre que destacara por su capacidad intelectual ni por sus habilidades diplomáticas, según se desprende de lo escrito por uno de nuestros asesores de cabecera, Pedro de Répide, para quien la mayor virtud de Carlos III fue la de “saber rodearse de hombres de talento y no estorbarles sus intentos. Él personalmente no era un hombre de grandes luces y más bien pacato y timorato. El caballero Casanova, que le conoció y estudió su corte, da una idea menguada de aquel príncipe, a quien llamaban el rey carnero por la configuración verdaderamente ariética de su rostro. Pero no pueden escatimarse los elogios por lo que dejó hacer, que al fin y a la postre era como si lo hubiera hecho él”. Y en la capital del reino sí que lució su palmito a modo como en ningún otro lugar. Dice Mesonero que “hizo salir a Madrid, si no de sus ruinas, por lo menos de su letargo, le engrandeció con todos o casi todos los edificios públicos que hoy (1861) ostenta, tales como el Museo del Prado y las suntuosas fábricas de la Aduana, las puertas de Alcalá y San Vicente, la casa de Correos, la Imprenta Nacional, el Hospital General, el templo y convento de San Francisco el Grande, el Observatorio Astronómico, las Reales Caballerizas, la Fábrica platería de Martínez, la de Tapices, la de la China y otro ciento”. En cuanto a la transformación de la estética viaria, nos enumera Mesonero la remodelación del Prado de San Jerónimo, que con sus fuentes se convirtió en uno de los paseos más importantes de Europa. Abrió los de La Florida y Las Delicias, embelleció el sitio del Buen Retiro, abrió el canal del Manzanares y “casi todos los caminos que conducen a la capital”. Aquí discrepa Mesonero de Répide pues El Curioso Parlante califica los referidos logros de “altas concepciones de su inteligencia privilegiada y paternal”, aunque al momento dice que ese priviliegiado magín tuvo la suerte de encontrar “robusto apoyo e impulso en sus famosos ministros, los condes de Aranda y de Floridablanca, en la ciencia y buen gusto de los arquitectos Rodríguez, Villanueva y Sabatini, verdaderos restauradores del arte en nuestra moderna España”. De la época más fértil de reformas data el levantamiento del plano topográfico de Madrid de Antonio Espinosa. Es el año 1769, fecha en la que se concluye la visita y planimetría de las casas, emprendida en el reinado de su hermano Fernando.

Establecimientos culturales y mejoras urbanas

Motin de Esquilache. Puerta de Guadalajara

Los amotinados contra Esquilache en la puerta de Guadalajara. Wikipedia

Con lo prolíjamente enumerado anteriormente no queda reseñada más que una parte de lo aportado por el reinado de Carlos III a la puesta al día de la Villa y Corte. Promovió también establecimientos de instrucción y beneficencia, de industria y comercio, fundó academias, museos, colegios, cátedras públicas, construyó el Jardín Botánico, la Sociedad de Amigos del País, el Seminario de Nobles, las Escuelas Pías y las gratuitas de instrucción primaria. Sigue desgranándonos Mesonero los logros culturales de Carlos III y nos recuerda que “estableció las diputaciones de caridad, fundó el Banco Nacional de San Carlos y las opulentas compañías de los cinco gremios, Filipinas y otras. Mejoró considerablemente los Pósitos, los hospitales y los hospicios y protegió de todos modos las artes, las ciencias y la laboriosidad”. En definitiva, que modernizó la capital, dotándola de todas las instituciones propias de un país culto y avanzado, todo ello bajo la filosofía propia del Despotismo Ilustrado, es decir, todo para el pueblo pero sin el pueblo. Y mejor así porque ya se sabe cómo somos en este país y cómo reaccionamos ante la simple insinuación de implantar avances que vengan de fuera, sean culturales, políticos, infraestructurales o científicos. La prueba de esto que decimos la tuvo la sociedad española en los comienzos del siglo XIX cuando un adelantado y avezado José Bonaparte quiso implantar reformas como el expurgar de edificios religiosos el centro de la Villa y ganarlos para el común. Pero somos como somos. Volvamos, por tanto, al Madrid de Carlos III y centrémonos en una de sus grandes reformas, como fue la de las infraestructuras relacionadas con la limpieza viaria o como diría Mesonero “la comodidad de sus habitantes, su seguridad y su recreo”. En este apartado es necesario  recordar que aparecieron por vez primera los serenos o vigilantes nocturnos, se instauró también por primera vez un alumbrado en la capital, la limpieza y empedrado de la villa sufrió igualmente una profunda reforma “si no perfecta sí por lo menos muy adelantada sobre la que existió”, según el juicio de Ramón de Mesonero. Y es que cuando Carlos III llega a Madrid en 1759 se encuentra una ciudad que parece un villorrio, de aspecto miserable y, en palabras de la página virtual titulada Alma Mater, de la Universidad de Sevilla, “vergonzoso en lo tocante a limpieza pública. En 1760 contaba con algo menos de 150.000 habitantes para los que no contaba con agua suficiente y las calles no merecían el nombre de tales. El invierno era, en este sentido, particularmente dramático: el lodo confería a la ciudad un aspecto deprimente. Fernán Núñez, el biógrafo oficial del rey, no duda en calificar a la capital de auténtica pocilga: lodos, basuras y excrementos componían un cuadro indescriptible y maloliente”. Hablar aquí del insólito procedimiento de limpieza de las calles supondría revolver el estómago de los lectores. Por otra parte, los cerdos paseaban libremente por la ciudad y la falta de vigilancia e iluminación nocturna permitía que todo tipo de ladrones se apostasen en las esquinas y que quien tuviera la necesidad o el capricho de salir de casa una vez puesto el sol más allá de la Casa de Campo estuviera obligado a hacerlo rodeado de criados, antorchas y todo tipo de armas defensivas u ofensivas. Lo paradógico es que el pueblo de Madrid, azuzado por intereses espurios, se mostraba disconforme con estas y otras medidas de mejora de la calidad de vida, lo que le llevó a decir al biempensado de Carlos III aquello de “mis vasallos son como niños, lloran cuando les lavan”. En el fondo, la falta de madurez y de altura de miras de aquel populacho fácilmente manipulable justificaba indiscutiblemente el principio de todo para el pueblo pero sin el pueblo. Tendrían que ser una vez más las gentes venidas de fuera las que valoraran en su real valer el hacer del justamente llamado mejor alcalde de Madrid. El dramaturgo parisino Pierre Beaumarchais, durante el viaje emprendido a España para convencer a José de Clavijo de que debía casarse con su hermana Louise, pondera a modo lo hecho por el monarca borbón. Sus opiniones las recoge Hugh Thomas en su obra Antología de Madrid tal como sigue: “Desde que la obstinación del príncipe (el rey Carlos III) de limpiar la villa de Madrid venció la obstinación de los españoles de continuar entre las basuras, esta ciudad es una de las más limpias que jamás haya visto, con amplias avenidas, engalanada con numerosas plazas y fuentes públicas, aunque en verdad éstas sean más útiles al pueblo que agradables al hombre de buen gusto. Por todas partes circula con facilidad un aire fresco y apetecible, tan vivo que incluso puede marear a un hombre al atravesar una plazoleta, pero esto antes sólo les sucedía a algunos españoles agotados por sus desenfrenos y enardecidos por el alcohol”. No podemos cerrar el apartado de reformas sin hablar del motín de Esquilache, iniciado el Domingo de Ramos de 1766 en la plaza de Antón Martín para protestar contra otra de las nomas impuestas por Carlos III para modernizar la vida nacional, en este caso la vestimenta. Se ordenó reducir el largo de las capas para evitar, entre otros males, que bajo esta prenda se escondieran armas blancas o no tan blancas. Como quien firmaba las órdenes era el primer ministro, marqués de Esquilache, contra él fueron los dardos de la ciudadanía y a su residencia de las Siete Chimeneas se encaminó el siempre irredento pueblo de Madrid. Para montarla de gordo. Eso sí, lanzando pasquines donde se observaba un nivel de alfabetización paradógicamente impropio del analfabetismo de la población madrileña en aquellos tiempos. El ministro, de origen italiano, fue destituido pero el rey Carlos tomó nota de quiénes se encontraban tras el levantamiento. Largo y prolijo sería enumerar y analizar esas fuerzas contrarreformistas pero baste con dejar sentado que todos estos movimientos no arredraron al monarca quien siguió su camino en pos de lograr una modernización de Madrid de la que aún hoy no nos hemos mostrado suficientemente agradecidos.

 Estatua en Sol y calle en el barrio donde nació

Carlos_III en Sol

Detalle de la figura ecueste de Carlos III en la Puerta del Sol. Foto Wikipedia

Tuvo que pasar mucho tiempo para que las autoridades de la Villa y Corte colocaran la efigie de Carlos III en un lugar prominente. La figura ecuestre que hoy podemos admirar en Sol es una reproducción en bronce de Miguel Angel Rodríguez, Eduardo  Zancada y Tomás Bañuelos, de una obra de Juan Pascual de Mena conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Los trabajos para la instalación del monumento comenzaron en septiembre de 1994, colocándose el 14 de diciembre la estatua sobre el pedestal. El conjunto fue inaugurado dos días más tarde. Carlos III cuenta igualmente con una calle en su Madrid. La mayoría de los vecinos de la Villa y Corte sin embargo no la conocerán pues no se trata de una avenida lustrosa, extensa, ancha y con fuentes como las que adornan los mejores enclaves capitalinos que se diseñaron durante su reinado. No, hasta en eso han sido cicateros sus sucesores con quien modernizó la capital e hizo honor a esa condición. Pero en fin, la rúa dedicada al mejor borbón es la que une la plaza de Isabel II (Ópera) con la de Oriente. Data esta vía de la época de José Bonaparte, cuando el llamado rey Plazuelas mandó abrirla en parte del terreno que ocupaba la calle de Santa Catalina la Vieja, que fue derribada con el objeto de prepara dichos terrenos para conectar el Palacio Real con El Prado mediante una gran avenida que, partiendo de la plaza de Oriente, transitara por Arenal, Sol y Carrera de San Jerónimo. La vuelta del rey Felón malogró el proyecto. Hoy en día es una vía de paso hacia el ágora que acoge el palacio y discurre paralela al Teatro Real. Eso, a juicio de Répide, le daba un peculiar empaque, junto “a la permanencia de uno de los pocos cafés a la antigua usanza que van quedando en Madrid. El Español, con su decorado muy siglo XIX y su público de músicos y partes de la ópera y en cuyos billares, lo que es una nota curisa de la vida nocturna madrileña, se agolpa a la hora de la función en el vecino coliseo la muchedumbre de quienes desean entrar en él formando parte de la claque, que en este teatro, como en ningún otro, conserva la tradicional y trascendental importancia de la clase de alabarderos”. ¡Ah ladrón! ¡qué harás tú, Pedro de Répide, en los billares del Español, a altas horas de la noche junto a los de la claque! ¡Tira pa La Morería, anda! Que estábamos hablando de Carlos III y nos despistas con tus ocurrencias.

 

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Publicado por en febrero 28, PM en Perfiles

 

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