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Archivos Mensuales: marzo 2015

Ángel Fernández de los Ríos

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Ángel Fernández de los Ríos en su madurez. Retrato Wikipedia

Ángel Fernández de los Ríos (Madrid, 1821- París, 1880) fue un político, periodista y escritor liberal madrileño y madrileñista cuyo espíritu dieciochesco le dio más disgustos que alegrías. Estamos ante un intelectual que a lo largo de su vida intentó superar, obviamente con escaso éxito, la dicotomía de las dos Españas a base de fomentar la democratización cultural y económica del pueblo llano y de intentar tender puentes entre las élites políticas e intelectuales de enfrentadas sensibilidades. Todo ello desde un posicionamiento ideológico propio firme, inamovible y poco dado a las concesiones. Sin embargo, a este foro lo traemos no por su hacer político a nivel nacional durante una parte significativa del siglo XIX, ni por su papel destacado como editor y periodista, sino por su relación con la Villa y Corte, a la que dedicó bastantes de sus desvelos, bien con la publicación de textos sobre la mejora del urbanismo o bien con su presencia en el Ayuntamiento como concejal de Obras durante el Sexenio Revolucionario. Utópico, masón, deísta, más tarde republicano, krausista, ateneísta o librepensador, son calificativos que le cuadran a la perfección a nuestro protagonista de hoy y que definen perfectamente su talante. Quienes le conocieron en su día y quienes de él han esbozado un perfil biográfico coinciden en señalar como principal virtud una intachable actitud ética que le llevó a no transigir jamás con componendas ni a doblegarse a chantajes prebendísticos. Pedro de Répide, otro escritor madrileño cuyo criterio ha sido habitualmente respetado, abundó en ello destacando “su entusiasmo y su buena voluntad, prevaleciendo su condición de gran periodista y de hombre de arraigadas convicciones, que no abandonó jamás, deslumbrado ante ninguna ambición o codicia”.  Fue, en definitiva, un ilustrado más a trasmano de la habitual deriva evolutiva de este país, un hombre que por encima de otras circunstancias intentó llevar adelante lo que Luis Moya González, uno de sus estudiosos, define como utopía urbana positiva y que se traduce en mejorar las condiciones de vida de las personas en el ámbito de la ciudad. “Es lo que produce el progreso -afirma Moya- y nuestro personaje, político y periodista, es una de las figuras más representativas del progresismo del siglo XIX, entendiendo éste como optimismo radical acerca de la racionalidad del hombre y como una confianza absoluta en los adelantos técnicos y sociales para mejorar la condición humana”. Esos intentos de mejora de lo que hoy llamaríamos calidad de vida de los vecinos de Madrid lo dejó plasmado en dos obras señeras, y referentes aun en la actualidad, como son El Futuro Madrid y Guía de Madrid, cuyas peculiaridades más adelante comentaremos pero que constituyen dos intentos de reflexionar sobre el concepto de capitalidad y sobre la necesidad acuciante de que la urbe del oso y el madroño se pusiera en la línea de otras grandes capitales europeas como París o Londres. Continúa por tanto, la deriva que anteriormente había marcado Mesonero Romanos a quien Fernández de los Ríos cita como referente propio al plantear cómo debe ser el Madrid del futuro, bien es verdad que marcando diferencias con El Curioso Parlante. No obstante, en el prólogo de El Futuro Madrid explica cuál es su posición al respecto, “no vamos nosotros a hablar del pasado, que tan buen retrato físico y moral debe al señor Mesonero ni nos proponemos seguir el discurso que con la candidez de su tiempo, esperaba de la creación de una autoridad la reforma de Madrid por obra y gracia de un reinado como el de Fernando VII…/…nos limitamos a proponer un plan de reformas basado en edificios y terrenos públicos, de que se ha de poder disponer libremente; nos concretamos a apuntar aquellas mejoras de necesidad tan imperiosa que han de hacerse antes o después…”. En esa introducción deja sentado a las claras que si Madrid quiere semejarse a otras grandes urbes europeas, o simplemente desea seguir siendo la capital de España, está obligado a remozarse a fondo en el capítulo urbanístico.

Vida revuelta en lo personal, político y periodístico

La Ilustración 1854

Ejemplar de La Ilustración de 1853. http://www.todocoleccion.net

Es complicado desgranar la biografía de Ángel Fernández de los Ríos desligando lo personal de lo político o lo periodístico. Si en cualquier vida los hechos personales influyen en los profesionales y viceversa, en el caso que nos ocupa la influencia es mayor si cabe. Vaya por delante que nace en Madrid en el seno de una familia librepensadora, liberal doceañista, vinculada a los órganos de decisión de la Villa y Corte y a la política nacional de su tiempo. Su padre es teniente corregidor del Consistorio y un tío suyo se codea con figuras de la talla de Mendizábal, Madoz y otros ilustres liberales. Siempre ha sido habitual en esta España de tantas contradicciones que padres librepensadores de clase media alta den a sus hijos una educación judeocristiana. En este caso el discente acude a la plaza de Santa Cruz para vérselas con los dominicos de Santo Tomás. Y como también suele suceder en estos casos no fue una excepción el joven Ángel al convertirse en ateo irredento o deísta, como se decía en aquel tiempo, lo que suponía una postura más cómoda ante la sociedad aunque ciertamente contradictoria con el sentido común. En todo caso, hay que dejar sentado en descargo suyo que su lucha contra los privilegios y prebendas de la iglesia católica será una constante a lo largo de su existencia. En 1845, con 24 años, se casa con María Teresa Rueda pero enviuda en 1856 poco después de perder a su única hija, Amalia. Dos mazazos consecutivos que lo llevan a retirarse de la vida pública durante un par de años y que sin duda modifican su perspectiva tanto vital como política o filosófica. Posteriormente, matrimonia en 1860 con su cuñada Guadalupe, a la que aventaja en 24 años pero con la que compartirá las alegrías y los sinsabores de sus empresas políticas y periodísticas hasta su muerte. De su hacer político lo más destacado es su presencia en cualquiera de las principales sublevaciones de carácter liberal que se produjeron durante el reinado de Isabel II, a saber,  Alzamiento de 1852, Revolución de 1854 o Sublevación de San Gil en 1866 por la que fue condenado a muerte y obligado a exiliarse. Con la Revolución del 68 vuelve a Madrid con importante protagonismo político tanto a nivel nacional como local. La llegada de la Restauración supone nuevamente su expulsión de España y, después de un periplo viajero por Portugal, Bayona y Burdeos, muere de tifus en París tras pasar sus últimos años dedicado la escritura. Eso sí, dando muestras hasta su último aliento de un carácter insobornable y de una integridad moral poco habitual entre la clase política española en cualquier periodo de su historia. Decir que murió olvidado sería mucho decir porque sus restos fueron repatriados pero es indiscutible que, mientras se mantuvo con vida, se le podría aplicar el comentario de que cuanto más lejos de las decisiones del poder estuviera más tranquilidad para quienes las tomaban. Su trayectoria periodística estuvo marcada por la defensa de la libertad y el progreso a través de una pluma que intentaba conjugar la reflexión con la acción. Periodista benemérito lo llama Répide quien completa su perfil afirmando que “a él debe la prensa ilustrada gran parte de su adelanto pues continuando la publicación del Semanario Pintoresco, fundó además Las Novedades y La Ilustración“. Sin duda, fueron muchos los periódicos y revistas en los que Fernández de los Ríos estampó su firma desde que comenzara como redactor con apenas 20 años en El espectador, pero son las nombradas La Ilustración y Las Novedades las que le situarán en un lugar preeminente en la prensa de opinión del siglo XIX pues en ambas publicaciones desarrollará un periodismo de combate comprometido con sus ideas progresistas y luchando activamente contra “los abstáculos tradicionales”, como él gustaba de calificar a las fuerzas políticas y sociales más reaccionarias. La Ilustración, fundado en 1849, está considerado el primer periódico español de actualidades, con el que se inicia un nuevo concepto de periodismo ilustrado al estilo francés, incorporando el dibujo de actualidad. Su estructuración en secciones incluía historia, panorama universal, caricaturas, crónica científica, amena literatura, modas o teatro, con textos que versaban sobre actualidad nacional y extranjera, bellas artes, agricultura, economía rural, industria o comercio, algo totamente impactante en su tiempo. Las Novedades vio la luz en 1850 y durante 18 años llegó a los rincones más lejanos de España, convirtiéndose en el líder de la prensa periódica nacional desde 1854 a 1860 y compartiendo después ese primer puesto con el conservador La Correspondencia. Al margen de ello, la producción literaria de Ángel Fernández de los Ríos discurrió paralela a la periodística en un ejercicio prolífico de creación digno de elogio. Numerosos son los títulos que publicó. Al margen de ello digamos que divulgó y adaptó obras de geografía e historia, editó un Quijote a un precio más que asequible y tradujo a escritores extranjeros de la talla de Sue, Lamartine o Karr. Leemos en Wikipedia que “en su actividad empresarial editora procuró crear colecciones de libros baratos para que las clases trabajadoras pudieran acceder a la instrucción y la cultura”. Es en ese contexto en el que debemos situar la edición de la obra de Cervantes, siempre en consonancia con el pensamiento krausista emergente en Europa y que a él le llega de la mano del mismísimo Julián Sanz del Rio.

El Futuro Madrid y Guía de Madrid

Guía de Madrid

Portada de una edición reciente de la Guía de Madrid. Wikipedia

Pero sus dos publicaciones más conocidas y las que aún actualmente son obras de referencia para lectores y estudiosos madrileñistas son las tituladas El Futuro Madrid y Guía de Madrid. En ellas queda reflejado su pensamiento en cuanto a urbanismo se refiere. No hay que olvidar que, durante el Sexenio Revolucionario, tras volver del exilio, ocupa durante un tiempo la Concejalía de Obras en el Consistorio capitalino. Sin embargo, quizás se le pudiera criticar el no haber aceptado cargos políticos de más fuste desde los que hubiera podido poner en práctica todas las ideas que sobre la modernización de la ciudad están reflejadas en aquellas dos obras. Sin ir más lejos, Emilio Castelar le ofreció el cargo de alcalde que Fernández de los Ríos rechazó, decisión que debieron lamentar los vecinos pero que resalta su escasa ambición para ocupar influyentes poltronas. El Futuro Madrid lo escribe para el Ayuntamiento a la vez que impulsaba en la práctica la transformación y ensanche de la ciudad, la elaboración de un plano topográfico y de cercanías, la apertura de nuevas vías a la circulación y la construcción de la plaza de la Independencia. Editó un boletín municipal y organizó el asilo de pobres de El Pardo. Quizás su logro más trascendente para la posteridad fuera la apertura al público del parque del Retiro que pasó entonces de manos de la Corona al Ayuntamiento madrileño. Pedro de Répide, a principios del siglo XX, valoró salomónicamente esta obra ensayístico-urbanista considerando que era “un libro sumamente curioso en el que (el autor) da algunas buenas ideas para la transformacion de la villa y otras verdaderamente inaceptables”. De la Guía de Madrid podemos decir que está fechada en 1876 en el exilio de Oporto y es considerada una de las más significativas de su género. Dado que la guía se escribe fuera de la Villa y Corte no es necesario subrayar que Fernández de los Ríos hace un esfuerzo memorístico nunca visto para reconstruir mentalmente la ciudad y ofrecer al lector una visión pormenorizada de las características geológicas, demográficas, climatológicas, artísticas, educativas y monumentales de Madrid, reflejando los rasgos tanto físicos como morales que caracterizaban entonces a la ciudad. Para muchos se trata de una obra no superada por su minuciosidad y detallismo. Guía propia de un hombre que si no llevó adelante más proyectos sobre su forma de entender el urbanismo madrileño fue por mor de un carácter polifacético que lo obligaba a atender frentes muy diversos. Pero vayamos echando el cierre y qué mejor forma de abrochar este esbozo de biografía de Ángel Fernández de los Ríos con la semblanza que, todavía con el cadáver caliente, le dedicara el 30 de junio de 1880 el escritor naturalista y europeísta Jacinto Octavio Picón. El texto elegíaco de Picón reflejaba con claridad y rotundidad que quien abandonaba el mundo terrenal era alguien valorado en vida, por más que estemos acostumbrados a que en este país solo se hable bien de los muertos. Merece la pena leer y reflexionar sobre este extenso texto donde Picón encomia a Fernández de los Ríos apelando a su condición de “varón de clara inteligencia y ánimo resuelto, de buen corazón y generosos sentimientos, de carácter enérgico y voluntad entera; tan inflexible en mantener la propia convicción como pronto a acceder a la razón ajena; severo sin ser inflexible, y compasivo sin ser blando; tenaz hasta la intransigencia en defender lo justo, y apasionado hasta la violencia en combatir lo que por perjudicial tenía; impresionable por temperamento, frugal en los hábitos, sencillo de costumbres, suspicaz hasta desconfiado, laborioso y activo hasta en el descanso, que ocioso nunca estuvo, inaccesible a la lisonja, difícil de atraer con el engaño, modesto por naturaleza, servicial por la satisfacción que el ajeno bien le producía; prudente en el consejo, decidido en la acción, firme en las resoluciones, intransigente en puntos de honra, violento cuando la razón chocaba con la obstinación ajena, reflexivo en el decidir, pronto al obrar, impaciente en la espera; tan dispuesto a perdonar el mal como incapaz de olvidarlo; tan duro al decir verdades como susceptible de escucharlas; llano hasta el desenfado, afable y cariñoso; hombre, en fin, de tales condiciones, que sin falsear su natural sabía ser a un tiempo mismo infantil con el niño, indulgente con el joven y sesudo con el viejo”. En definitiva y rebajando un par de grados lo hiperbólico del decir de Picón, un español más que tuvo que sufrir la idiosincrasia cainita de este país y un madrileño que por circunstancias de la vida y la historia no pudo llevar adelante unas ideas reformistas cuyo fin último no era otro que el de fusionar en uno solo los conceptos de urbanismo y calidad de vida.

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Publicado por en marzo 30, PM en Perfiles

 

Jardines del Campo del Moro

Campo del Moro

Impresionante panorámica de las Praderas con el palacio al fondo. Foto Wikipedia

“La perspectiva de la monarquía se obtiene desde el fondo del Campo del Moro. Sentados en sus bancos, podemos obtener la visión abrupta, accidentada, resuelta, de la historia de España y, sobre todo, de la historia de Madrid. Es el sitio más valiente, virgen y selvático para ver con más carácter la villa y corte. Parece que hemos fijado allí la tienda antes del ataque. Tan fecunda era la sombra nutricia y rústica del Campo del Moro que hacia allí bajaban las vacas de la villa y en cierto tiempo bajaba a aquel barrancal una tropa de guadañadores que esparcían con la hierba vencida y cortada un olor gustoso, de degollación de hierba, de humedad aliñada, de sabroso vegetarianismo para el olfato”. Son palabras de orfebre acuñadas por Ramón Gómez de la Serna para transmitirnos su visión de ese envolvente parque, de esos afrancesados jardines que se encuentran a espaldas del Palacio Real y que por mor de caprichos políticos son uno más de los numerosos placeres estéticos de la capital desconocidos para la mayoría. Cuasi ignota maravilla para el turista, tanto avezado como despistado, o incluso para el propio vecino. La única entrada abierta, la situada a lo largo del paseo de la Virgen del Puerto, no contribuye a acercar este espectacular enclave al curioso que, como mucho, acertará a atisbar el follaje semiselvátivo y las altas copas de ejemplares centenarios, siempre y cuando se ponga de puntillas y alargue el cuello por encima de la verja de los Jardines de Sabatini. Pero esa misma semiclandestinidad a la que incomprensibles circunstancias han condenado al Campo del Moro hace que quien conoce o recién descubre este exhuberante rincón de la Villa y Corte considere en su fuero interno como imposible que se esconda tan cerca del centro turístico tamaña Arcadia. Quien estas líneas escribe debe reconocer humildemente que su enamoramiento de estos jardines ha discurrido paralelo a su conversión a esta religión del madrileñismo, culto, quizás rancio y paradógicamente provinciano, que consiste en patear con ojos de isidro el mayor número de rincones capitalinos para sacarle el jugo estético y lúdico que las limitadas capacidades intelectuales permitan. Algo de esto ha pasado con este parque que se extiende a espaldas del Palacio Real pues, como sin querer, un día de invierno en que el sol pugnaba por imponerse al frío aire serrano, decidí cruzar la estrechísima cancela que permite el acceso a través de las escalinatas que descienden paralelas hacia el punto de partida de paseos interiores, caminos, veredas y vericuetos varios. En ese momento las palabras de Gómez de la Serna vertidas al inicio de esta entrada comenzaron a teñirse de significado. Desde que se cruza la única puerta de acceso abierta al público lo que ven nuestros ojos impacta. Se mira en lontananza, hacia arriba, cinematográficamente en contrapicado, y la ingente belleza paisajística que fluye en derredor rinde pleitesía al orgulloso Palacio Real que domina el panorama desde su posición de atalaya. “Aquí estamos, a tu merced, augusto recinto”, podríamos balbucir a la par que ejecutamos la debida genuflexión. A este impacto visual contribuye, sin ninguna duda, la majestuosidad que desprenden las Praderas de las Vistas del Sol, las primeras en venir al encuentro de nuestra mirada, que se ha elevado progresivamente por ese extensísimo y empinado jardín en cuesta, geométricamente homogéneo, al más puro estilo francés, acicalado por las fuentes de las Conchas y los Tritones. Pero volviendo a las palabras iniciales de Gómez de la Serna, diremos que igualmente desprenden una alusión al carácter de poblachón, de aldea en medio de la nada, con que siempre se ha motejado a Madrid y que en este Campo del Moro tiene también su carta de personalidad. Es por aquí, a espaldas del Alcázar, por donde desde tiempos remotos se ha intentado la conquista de la ciudad y por donde los que procedemos del oeste pobre y subdesarrollado iniciábamos nuestra modesta aunque incruenta incursión, sin más objetivo que el de encontrar el espacio propio en la capital de todos los sueños. Por las cercanas calles Cuesta de la Vega y Segovia, al sur, o Cuesta de San Vicente, al norte, cargábamos con nuestra metafórica maleta repleta de incontables ilusiones y escasas realidades, deshaciéndonos de la delatora boina en cualquier desaguadero, remangándonos y notando los primeros de los muchos sudores en la lucha en pos de la quimera. Pero tornemos nuevamente al texto ramonista y anotemos en nuestro cuaderno virtual que las guadañas, la rusticidad, la virginidad selvática que siempre ha estado unida al oso, al madroño, a los pastos, a las antiguas aguas o al pedernal, tienen en esas palabras y en ese Campo del Moro otro renglón escrito en la historia de la capital, en cuanto a la definición del concepto de madrileñismo se refiere. Sumido en esos pensamientos discurría aquella no tan lejana mañana de fin de invierno en que, escéptico ante lo que podría encontrarme, crucé la verja de entrada al parque con la inevitable helada ofreciéndome en bandeja la susodicha humedad aliñada de sabroso vegetarianismo para el olfato.

¿Quién fue el moro que le dio nombre al campo?

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Alcázar con el Campo del Moro en la parte inferior. Grabado Wikipedia

Lo primero que se pregunta el flaneante al conocer el lugar es el porqué de su denominación. Bien es verdad que no hay que ser muy suspicaz ni un experto en historia para suponer que tendrá que ver con los orígenes de la ciudad, con el antiguo Magerit, con sus conquistas y reconquistas, idas y venidas entre moros y cristianos allá por los albores del segundo milenio. Pero lo cierto es que el baile de nombres y fechas en torno al susodicho moro nos lleva a una relativa aunque hoy en día secundaria confusión. Dejemos a Ramón Gómez de la Serna -hoy nuestro hombre de confianza pues no en vano se crió por estos andurriales- que nos aclare dudas aunque sea a base de paradógicas interrogaciones retóricas del tipo “¿Era Tejufin, rey de los almorávides, que destruyó los muros de Majeritum en 1109 y se hizo dueño de la villa? ¿Debe valer la versión de que los habitantes de la villa encerrados en el Alcázar rechazaron el ejército marroquí que había llegado a sentar sus reales en el sitio que aún se llama Campo del Moro? ¿O habrá que apelar al testimonio del cronista Rudh Alcortes, que dice: En 503 (1109 de nuestra era) el emir Alí Ben Jusuf pasó a España para hacer la guerra santa; se embarcó en Ceuta el jueves 15 del mes de Muharran…/…conquistó igualmente Madrid y Guadalajara…” Al final, el adalid de las vanguardias en España sale del pasó con una media verónica que deja el toro de la historia en suerte para el siguiente lance al afirmar con rotundidad que “el caso es que allí durmió el moro Aben-Jusuf en 1114, descansando antes de atacar Madrid y por eso aquello quedó impregnado de su oscura cochambre, de su abruptosidad”. En fin, que a principios del siglo XX esto de la corrección política no estaba en los manuales deontológicos de ningún escritor pero no olvidemos decir que el monarca musulmán sería a continuación rechazado y sus intentos de reconquistar la capital se verían frustrados, como bien apuntaban las palabras escritas en cursiva aunque en esta ocasión nosotros eliminemos las interrogaciones, principalmente para que don Ramón de Mesonero siga descansando en paz en su tumba del cementerio de San Isidro. Y ese lugar llamado Campo del Moro porque allí sentara sus reales el señor del turbante es lo que en el siglo XIX se convertiría en un parque ajardinado y que antes de dar detalles de su configuración vamos a perimetrar diciendo que se extiende, de este a oeste, desde la fachada occidental del Palacio Real hasta el paseo de la Virgen del Puerto y desde la Cuesta de San Vicente a la de la Vega, de norte a sur. En total, estamos escribiendo de una superficie de veinte hectáreas de terreno arbolado y ajardinado declarado de interés turístico en 1931. Es uno de los tres jardines que rodean al Palacio Real pero que, al contrario que los de Sabatini y plaza de Oriente, no dependen del Ayuntamiento sino de Patrimonio Nacional, un organismo que habitualmente gestiona posesiones que estuvieron en manos de la monarquía. Quizás ahí radique el quid de por qué no están más publicitados estos jardines o por qué no hay una entrada abierta desde los mentados jardines de Sabatini o por qué están algunas zonas de los susodichos jardines vetadas al público o semiabandonadas o por qué dos de las tres entradas están cerradas. En fin, que cada cual juzgue a su sabor.

Mucha historia la del Campo del Moro

Felipe IV

Felipe IV holgó y practicó la caza en el Campo del Moro. Wikipedia

Como venimos diciendo, el otrora barranco donde actualmente están situados los jardines ha estado presente en la historia de la ciudad desde su fundación. Ahora bien, la denominación de Campo del Moro, primero, y su ajardinamiento, después, es mucho más reciente. De mediados del siglo XIX, cuando los promotores de los jardines, buscando una denominación que le diera realce, echaron mano de datos históricos al proponer al arquitecto Narciso Pascual y Colomer el diseño de un nuevo parque. No obstante, la idea de levantar una zona recreativa en el paraje es lejana en el tiempo, tanto como la capitalidad de la ciudad. Leemos en Wikipedia que los primeros intentos surgen en tiempos de Felipe II, quien encargó un proyecto para salvar el desnivel existente entre el Real Alcázar y la hondonada del río Manzanares. Posteriormente, Felipe IV, que utilizaba el lugar con fines cinegéticos, ordenó inicialmente la plantación de especies arbóreas, mayoritariamente olmos. Nos cuenta nuevamente Gómez de la Serna que en dicho parque se celebraban “fiestas públicas y lidias de fieras” en tiempos del cuarto de los Felipes, antes de que Olivares le construyera el Retiro. Y que Pedro Calderón de la Barca se refiere a él en su obra Mañanas de abril y mayo con estos versos: “Esta mañana salí/a ese verde ameno sitio,/a esa divina maleza,/a ese ameno paraíso,/a ese parque, rica alfombra/del más supremo edificio”. Y subraya Gómez de la Serna el dato de que se le reconozca ya como parque. Pero sigamos. Con la apertura del Retiro el lugar cayó en el abandono y hubo que esperar a la construcción del Palacio Real tras el incendio del Alcázar en 1734 para que se volviera a hablar de la ordenación del recinto, aunque nada se llegó a hacer en la práctica, justificándo esta inactividad en la escasez de agua, las dificultades de la orografía y la ausencia de recursos económicos. Sachetti, Sabatini, Esteban Boutelou o Ventura Rodríguez estuvieron en ello aunque habrá que esperar a 1810 para que Juan de Villanueva pueda ver realizado, un año antes de morir, su proyecto de conectar mediante un pasadizo el palacio con la Casa de Campo. La denominación de Túnel de Bonaparte, actualmente cerrado, abandonado y medio derruido, nos dice a las claras a quién debemos los madrileños la ejecucion de este proyecto, que si bien no supuso el remozamiento del Campo del Moro sí nos apunta el interés que siempre hubo en darle otra imagen a esa zona de la ciudad situada al oeste del Palacio Real. El impulso definitivo para la remodelación de los jardines llegó de la mano del tutor de Isabel II y del intendente del Real Patrimonio. Nos econtramos en 1840 y nos referimos a Agustín Argüelles y Martín de los Heros, respectivamente. El proyecto se le encarga al arquitecto de origen valenciano Narciso Pascual y Colomer, que anteriormente había trabajado en la reforma de la plaza de Oriente, que años después levantaría el actual Palacio de las Cortes y el del Marqués de Salamanca, entre otras obras destacadas, y que pasaba por ser uno de los preferidos de la monarquía. Pascual y Colomer planteó la apertura de una avenida que uniera el palacio con el paseo de la Virgen del Puerto y que no sólo salvara la pendiente sino que realzara el recinto palaciego en su fachada oeste. Para la nivelacion de los terrenos se utilizaron materiales de escombro procedentes de la reforma de la Puerta del Sol. A continuación, se instalaron dos fuentes monumentales, las actuales de las Conchas y de los Tritones, procedentes del palacio del infante don Luis, en Boadilla, y del Jardín de la Isla, de Aranjuez, respectivamente. Las obras sufrieron un parón durante la revolución de 1868 y hasta finales de siglo no se remataron, en esta ocasión de la mano del afamado jardinero catalán Ramón Oliva. La incorporación de éste supuso la mezcla de dos estilos en el diseño del parque, el más neoclasicista de Pascual y Colomer con el rómántico de Oliva, lo que lejos de incomodar multilplica la belleza del lugar, como puede aseverar cualquier visitante del recinto. Las casas de madera estilo tirolés levantadas a finales del siglo XIX se deben a Enrique María Ripollés al igual que la ornamentación de la gruta de acceso al túnel, diseñada por Villanueva. Durante la Guerra Civil el parque sufrió serios daños dada su cercanía al frente, siendo reformado en los años de posguerra. Ya en 1960 se construyó un nuevo edificio en su interior que sirve de Museo de Carruajes y que alberga una interesante colección de distintos modelos de este medio de transporte que pertenecieron a la realeza hispana. Destacan la Carroza Negra, del siglo XVII, la Silla de Carlos III, del XVIII, o la Berlina de la Corona, del siglo XIX, entre otros vehículos.

Descripción de los jardines

Paseo de los plátanos

Imagen invernal del Paseo de los Plátanos. Foto Wikipedia

Los jardines reflejan la influencia de diversas corrientes y estilos, como ya aludíamos anteriormente al mencionar a sus creadores, Pascual y Colomer y Oliva. Desde el punto de vista paisajístico dominan las arboledas configuradas siguiendo los gustos de la época en que se diseñaron y que se unen a indiscutibles toques estéticos ingleses. Leemos en Wikipedia que “el parque tiene planta rectangular y su contorno está delimitado mediante una pared de piedra blanca y ladrillo, en la que descansa una verja de hierro forjado”. Posee tres entradas, una en la Cuesta de San Vicente y otra en la de la Vega aunque sólo está abierta al público la situada en el Paseo de la Virgen del Puerto. “Las puertas de acceso restringido están comunicadas entre sí mediante un paseo longitudinal, situado en la parte alta de los jardines, a los pies del Palacio Real. Esta avenida recorre los recintos de la Fuente de los Tritones, de la Estufa Grande o de las Camelias y del Estanque de la Cascada, cuya visita no está permitida al público”. La zona baja es la que está abierta sin apenas restricciones y permite acceder al paseo central, diseñado por Pascual y Colomer, y cuyo nombre oficial es el de Pradera de las Vistas del Sol. Dicha avenida era “el eje central de de un trazado hipodámico, articulado a partir de una serie de paseos paralelos y perpendiculares en cuyos cruces se disponían pequeñas plazas circulares o semicirculares. De su diseño sólo pudo llevarse a efecto la citada avenida, que desde el punto de vista urbanístico constituye la pieza más relevante del recinto, al garantizar la panorámica del palacio mediante una acertada distribución de los niveles del terreno. Se encuentra flanqueada por un variopinto arbolado y presenta una amplia mediana, ajardinada con una pradera dispuesta en dos grandes tramos y custodiada a ambos lados por un paseo de tierra”. Copiamos de Wikipedia. La fuente de los Tritones, diseñada y construida en Italia probablemente a finales del siglo XVI, se levanta a los pies del palacio, en el punto más alto de la avenida y de todo el recinto. No es accesible al público. Sí en cambio la de las Conchas, situada en mitad de la Pradera de las Vistas del Sol, cuyo diseño se debe a Ventura Rodríguez. Los restantes paseos son obra de Ramón Oliva, dentro de un estilo más propio del último tercio del siglo XIX. Presentan trazados irregulares con abundancia de tramos curvos, caminos semiolcultos, rutas alternativas y atajos, todo ello muy en la línea de los gustos paisajísticos románticos. Rompe este estilo el paseo de las Damas, heredero del estilo de Pascual y Colomer, que discurre paralelo a la fachada de palacio arrancando en las cercanías de la Cuesta de San Vicente y finalizando junto a su homónima de la Vega. El Paseo de los Plátanos nos devuelve al modelo romántico expuesto anteriormente, diseñando un recorrido en curva desde la entrada al público por Virgen del Puerto, enfilando por la derecha hacia los pies de la catedral de la Almudena para revolver hacia el paseo de las Damas. En definitiva, un maravilloso, espectacular, atractivo, sorprendente e impactante lugar donde perderse en cualquier época del año y a cualquier hora del día, gracias en parte a las más de 70 especies arbóreas, con ejemplares que rondan en algunos de los casos los 150 años, caso de un pino carrasco, que además supera los 30 metros de altura. Una sequoia, dos tejos… Y numerosas aves, entre las que destacan especies características de este tipo de parques como el faisán, la tórtola o la paloma, sin olvidarnos, por supuesto, del gracioso y amigable pavo real que hace las delicias de pequeños y mayores. Todo un microcosmos a diez minutos de la Plaza de España, del Palacio Real,  de la Almudena o de la Calle Mayor, del que no todos los secretos que contiene han sido desvelados aquí. Que sea el flaneante el que complete este denso puzle repleto de impactantes sorpresas.

 

 

 
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Publicado por en marzo 28, PM en Obra civil, Parques

 

Plaza de San Miguel

mercado-de-san-miguel tripadvisor.es

Plaza y mercado de San Miguel. http://www.tripadvisor.es

Siempre es complicado centrar el tema cuando se trata de escribir acerca de recintos públicos que llevan el nombre de plaza pero no responden a lo que el diccionario de la RAE considera básicamente como tal, es decir, al lugar ancho y espacioso dentro de un poblado al que suelen afluir varias calles. En el caso de la Villa y Corte llamamos plaza a la de los Mostenses, a la de la Cebada o a esta de la que hoy vamos a escribir y, sin embargo, se trata de solares no diáfanos, en cuyo interior se levantan edificios, en este caso tres mercados de comestibles. Otras plazas como las de Celenque o la de Matute, o incluso la de Antón Martín, no cuentan a nuestro juicio con la amplitud suficiente para llamarlas como tales pues más son encrucijadas de calles que propiamente ágoras donde el ciudadano puede expandir su mirada con relativa comodidad sin toparse ante sus narices con molestos edificios. En el mismo caso se encontraría la del Ángel, que más bien es prolongación de calle o simple embudo. Pero se les ha llamado tradicionalmente plazas y a efectos oficiales tan plaza es la Mayor como ésta, su vecina, de San Miguel, por más que aquí no veamos un lugar despejado como en aquella y por mucho que ya en 1585 se la mencione como plazilla de San Miguel al referirse a ella como lugar donde se vendían verduras y pescados. Y es que cajones y tenderetes de venta de todo tipo de comestibles han adornado este irregular recinto junto a la iglesia que desde la antigüedad más lejana dio nombre a la plaza. Posteriormente, el siglo pasado vio erigir un entramado de estructuras de hierro en lo que entonces se consideraba el último grito en la modernidad en cuanto a mercados cerrados se refiere. Pero mucho ha cambiado el mundo. Tanto como la propia ágora sanmigueleña que hoy, lejos de albergar un recinto mercantil al uso tradicional, es uno de los ejes gastronómicos del turismo de la capital. Actualmente la plaza de San Miguel es un lugar pintoresco donde el picoteo y el tapeo rozan sus cotas más altas en cuanto a calidad, siempre en necesaria y recíproca interrelación con el turismo, tanto local como foráneo y fundamentalmente el extranjero. No tiene que ser un festivo especial, ni siquiera un domingo del montón. No, cualquier fecha es adecuada para que el entorno de San Miguel se vea acometido por una algarabía de gentes que ocupan mesas en las terrazas exteriores que rodean el mercado, así como su remozado interior, con el inocente objetivo de apretarse unas tapas de las más variopintas especialidades, tanto tradicionales como de lo que se ha dado en llamar nueva cocina. Los callos o los calamares conviven en perfecta armonía y maridaje con las últimas tendencias orientales, en contundentes platos de cuchara o los más digestivos de tenedor, en sabrosas viandas vegetales o animales, en apetitosos frutos del mar o de tierra adentro. Barato no es. ¡No! Pero, en fin, bolsillos hay en la plaza de San Miguel capaces de soportar lo que les echen. Y, con tal de poder después posturear de haber estado cenando de tapeo en el mercado, bien empleado sea el sacarle algo de brillo a la tarjeta. En cualquier caso, el entorno es el más acorde para el relax, el flaneo y el dar gusto al paladar tanto en el apartado sólido como en el líquido. Por tanto, estamos en lo que quizás alguna vez fue una explanada, cuyo eje lo domina el mercado de San Miguel y cuyo perímetro está delimitado por las calles Mayor al norte, Conde de Miranda y Cuchilleros al suroeste y sureste respectivamente y la Travesía de Bringas al este. Y ese será nuestro centro de operaciones en esta entrada odierna.

Iglesia de San Miguel de los Octoes

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Iglesia de San Miguel en el plano de Texeira. http://www.entredosamores.es

El origen de la plaza tiene que ver con una iglesia situada en el solar en que ahora se enmarca y que llevaba por nombre San Miguel de los Octoes. Dicho templo fue uno de los diez primitivos que existían en la ciudad y que se citan en el Fuero de Madrid de 1202. Por tanto, ahí debemos situar el origen de la propia plaza porque por mucho que el templo ocupara el solar hay que suponer que existiría un atrio, grande o chico, y un espacio en las inmediaciones de la parroquia. Al hablar de ella, Pedro de Répide matiza en su Calles de Madrid que “no fue ésta parroquia desde sus comienzos sino sólo un oratorio dedicado a San Marcos, con un rico cabildo y al que se iba en solemne procesión el día del santo evangelista”. Esta dedicación a San Marcos llegará hasta la época de los Reyes Católicos en que según el Ciego de Vistillas ya tomó el nombre de “San Miguel de los Octoes por una familia de este apellido que había en la feligresía y fue muy bienhechora de la iglesia, linaje que comenzó en un vecino de la Villa ricamente hacendado, que tuvo ocho hijos varones, de lo que aquél (el nombre del templo) tuvo su origen”. En el mismo sentido se pronuncia Mesonero Romanos en cuanto al origen del apelativo de los Octoes. Sin embargo, Gómez Iglesias estima que la palabra octoes sería una corrupción del término latino auctores, en el sentido de ser garantes o conjuradores por ser la iglesia juradera, es decir, la destinada a recibir en ella juramentos decisorios, habitualmente la principal de cada pueblo o la sede del arzobispado. Esta última teoría tampoco parece muy sólida toda vez que no parece que la parroquia de San Miguel fuera de las más importantes en la antigüedad ya que otras, como podían ser la propia Santa María de la Almudena, El Salvador, San Pedro o San Ginés, deberían por lógica tener más renombre. La iglesia sufrió reformas que parece ser que nunca tuvieron la profundidad que se merecía el templo por el hecho de lindar con la muralla. La familia del conde de Barajas, apellidos Zapata o Cisneros, ejerce importante influencia en el entorno lo que lleva a modificar urbanísticamente el mismo a su capricho e incluso aparece una capilla llamada de los Zapata que se debió desplomar a comienzos del siglo XVII porque inmediatamente la iglesia sufre una nueva reforma. Decimos que esto debió suceder a comienzos del siglo XVII porque ya Mesonero apunta en su Madrid Antiguo que “el templo de la parroquia era moderno, del reinado de Felipe III, capaz y hermoso, contenía sepulcros notables y otros objetos primorosos de arte, entre ellos el precioso tabernáculo de piedras finas y bronces, trabajado en Roma en precio de 6.000 ducados a costa del cardenal don Antonio Zapata y Cisneros, hijo del conde de Barajas, madrileño insigne que hizo presente de él a esta iglesia”. Este sagrario fue lo único importante que pudo salvarse cuando se incendió el lienzo oeste de la plaza Mayor el 16 de agosto de 1790, trasladándolo a continuación a la vecina iglesia de San Justo. Dicho incendio supuso el principio del fin del templo que, pese a recibir una nueva reforma, sería definitivamente demolido por orden de José Bonaparte, en 1809, dentro de su ambicioso programa de reformas para dar a Madrid más espacios abiertos. También se derribó la manzana de casas “que desde dicha plazuela daba frente a las Platerías y formaba los dos callejones laterales de la Chamberga y de San Miguel (hoy Travesía de Bringas)”, comenta Mesonero Romanos.

Mercado de San Miguel

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Fachada norte del mercado de San Miguel. Foto Wikipedia

Y si desde siempre los alrededores de la iglesia habían sido escenario propicio para la venta de comestibles, a partir de la desaparición de la misma, con más razón. Es por ello que a lo largo del siglo XIX su destino prácticamente fue el de servir, nunca mejor dicho, de plaza de mercado tal como el propio Ramón de Mesonero comenta en 1861, fecha de la edición de su inigualable Calles de Madrid. Escribe don Ramón que “hoy sirve aquel solar de ingreso y parte del mercado con una portada de ladrillo construida hace pocos años para cubrir algún tanto el mal aspecto de los cajones a la parte de la calle Mayor, que ciertamente debieran suprimirse en aquel sitio. En esta manzana de edificios debió estar en el siglo XVI la cárcel de la Villa, pues el maestro Hoyos en su obra de Recibimiento de la reina doña Ana hace mención de que al llegar a este sitio antes de las Platerías y de la plazuela del Salvador se oyeron lamentos de los presos que pedían gracia a los reyes”. En la iglesia de San Miguel fue inhumado el dramaturgo Juan Pérez de Montalbán fallecido, según Mesonero, “resentido en la cabeza a consecuencia de un trabajo tan continuado, y en la temprana edad de 36 años”. Perez de Montalbán era amigo y discípulo de Lope de Vega, quien a su vez había sido bautizado en esta iglesia pues había nacido en la calle Mayor, en la casa que hacía esquina con Milaneses. Pero volvamos al mercado porque el solar que había dejado diáfano el derribo de la iglesia de San Miguel ejecutado el 8 de noviembre de 1809 se transformó en una plaza pública en la que según Wikipedia “se celebraba un mercado de productos perecederos, para lo que se disponía de hileras de cajones de madera y tenderetes”. El político, historiador y estadista Pascual Madoz daba una cifra en su diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de 128 cajones y 88 tenderetes en 1847 por lo que podía considerarse uno de los mercados importantes en la Villa y Corte. Era el momento donde las ideas higienistas de médicos, científicos y urbanistas comenzaron a imponer sus criterios funcionales con el fin de remediar los problemas de suciedad e insalubridad que la instalación de mercados callejeros generaba en la población. Sin embargo, no será hasta el último tercio de siglo cuando el Ayuntamiento comience a construir mercados cubiertos con estructura de hierro. Primero fueron los de Mostentes, Cebada, Chamberí y Paz. Pero las necesidades de la ciudad en cuanto a infraestructuras de este tipo iban más allá. Se seguía vendiendo al aire libre en las plazas públicas y la de San Miguel era una de ellas. Galdós en Fortunata y Jacinta sitúa a la tía de la primera como verdulera en un tenderete de San Miguel y con indudable éxito, a tenor de las descripciones que hace el escritor canario tanto del ambiente que se vive en torno al mercado como de la relativa comodidad con la que sobreviven tía y sobrina en el cuchitril de la Cava de San Miguel. Pero, pese a todo, no se construirá la nueva instalación hasta ya entrado el siglo XX, siendo inaugurado el 13 de mayo de 1916, aunque ya la primera fase había entrado en funcionamiento dos años antes pues se había partido en dos el proyecto para no interrumpir el funcionamiento comercial del recinto. Escribe Wikipedia que arquitectónicamente sus elementos más significativos son “los soportes de hierro de fundición de la estructura, la composición de las cubiertas, el sistema de desagües y la crestería cerámica que corona la susodicha cubierta. El coste de las obras fue de 300.000 pesetas de la época. El acristalamiento exterior es posterior. San Miguel es la única muestra que queda aún en la ciudad de la denominada arquitectura del hierro ya que todos los mercados cubiertos construidos en el último tercio del siglo XIX fueron demolidos y, en general, sustituidos por nuevas construcciones”.  A lo largo del siglo XX el mercado pasó por peores y mejores épocas hasta que en 1999 la Comunidad de Madrid  junto a los comerciantes del centro emprendieron una renovación, que supuso una inversión de 150 millones de pesetas, con el fin de devolverle su aspecto original. Sin embargo, era la época de la llegada de los grandes centros comerciales e hipermercados que hizo que como tantos otros recintos de estas características y tradición sufriera un sensible bajón en su actividad comercial. Afirma Wikipedia que, para evitar su definitiva defunción, “un grupo de particulares con intereses arquitectónicos y gastronómicos y pertenecientes a ámbitos culturales y sociales han formado una sociedad, actual dueña mayoritaria del mercado”. Su objetivo es resucitar y mejorar la actividad tradicional “con una oferta centrada en productos de gran calidad, alimentos de temporada, asesoramiento gastronómico…”. Tras su reapertura en mayo de 2009 el mercado ha contribuido a la revitalización de la zona en el segmento de ocio gastronómico y, como decíamos al principio, con un innegable éxito pues el interior del edificio de hierro suele estar a rebosar en las horas habituales de simple tapeo o de reposición de fuerzas. Actualmente cuenta con dos plantas con una superficie cada una de ellas de unos 2000 metros cuadrados. Los puestos de venta se han convertido en bares y zonas de degustación culinaria. El diseño de hierro y cristal posibilita que la luz entre de forma natural en el recinto dándole ese toque definitivo para que el visitante se sienta a gusto saboreando cualquiera de las múlitples y variopintas viandas que al paladar y a los ojos golosamente se les ofrecen.

 

 
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Publicado por en marzo 15, PM en Plazas

 

Palacio de Cristal

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Fachada principal del Palacio de Cristal. Foto Wikipedia

Entre el follaje y la espesura. Sabemos que está allí pero todavía ni siquiera lo columbramos. Confiamos en que aparezca de un momento a otro majestuoso y poderoso en medio de un claro en este bosque prefabricado que es el parque del Retiro. No hay prisa. Hemos accedido al otrora llamado Parque de Madrid por la plaza de la Independencia. Dejamos a nuestra espalda la Puerta de Alcalá y el amplio paseo que conduce a la esquina noroeste del estanque nos permite sumergirnos en una dimensión bucólica y relajante. Llegamos a la fuente de los Galápagos y bordeamos el gran charco echando una mirada panorámica a ese espejo que se abre ante nosotros con la inmensidad de un mar de bolsillo creado ad hoc para urbanitas con ínfulas. El caminar silencioso y ensimismado hasta la fuente de la Alcachofa se ve entorpecido por las reiterativas llamadas de todo tipo de vendedores de ilusiones que han abierto sus sillas de tijera a lo largo del paseo. Recordamos que la mentada fuente estuvo en tiempo pasado situada en el paseo del Prado mientras giramos nuestra mirada y nuestros pasos a la izquierda atisbando ya a lo lejos los muros color tierra del Palacio de Velázquez. Es aquí donde nos mimetizamos con la fronda para, al girar nuevamente a la derecha, vislumbrar por fin, al fondo, en lo alto y entre la espesura, la majestuosidad de los numerosos cristales ensamblados armónica y artísticamente por Ricardo Velázquez Bosco sobre soporte de hierro en 1887. Para situar al flaneante, estamos en la zona central del Retiro. Quizás un poco vencidos hacia el sur.  Pero no adelantemos acontecimientos que todavía no hemos llegado. Hay que subir una pequeña pero empeñativa cuestecilla para, tras bordear el pequeño lago que le rinde pleitesía, encontrarnos, ahora sí, cara a cara y sin intermediarios, con el Palacio de Cristal. Es bello porque la mezcla de hierro y cristal produce un mestizaje arquitectónico curioso, novedoso y poco habitual. Pero también debe quedar negro sobre blanco que cuando el paseante penetra en el recinto tiene la desasosegante sensación de encarar un local desaprovechado. Las exposiciones que aquí se ofrecen parecen menos exposiciones, quizás porque quedan empequeñecidas por la amplitud del perímetro interior del edificio. O quizás parezcan menos exposiciones porque esto del arte contemporáneo es algo tan subjetivo que sólo eximios expertos penetran en sus arcanos y el curioso poco formado, previsible y pueblerino está lejos de tener un paladar que le permita saborear tamaños manjares. Cierto es que la interminable altura de la bóveda central, que por mor de lo transparente del material con el que está fabricada se prolonga hasta el azulado cielo de la Villa y Corte, deja en pequeñez insignificante cualquier obra de arte por importante, interesante o publicitada que sea. ¡Qué más da! Lo indiscutible es que cualquiera se siente a gusto en un lugar donde la naturaleza se mimetiza con la arquitectura y cuando, después de visitar el palacio, nos tumbamos sobre el césped en alguna de las laderas circundantes, reflexionamos hasta deducir que el mundo está bien hecho. Como versaba Jorge Guillén. Ahí en la hierba, sin otro acompañamiento que el piar de los pájaros del parque, el visitante estima que el ser humano hay veces que sabe fundirse con el entorno natural. Y eso tiene su mérito. Más en este caso, con dicho locus amoenus en el centro de una megaurbe, rodeado de edificios, de bocinas de automóviles, de asfalto, de estrés…

Exposición de Filipinas

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Aborígenes de Filipinas en el Palacio de Cristal. http://www.laaventuradelahistoria.es

El palacio de Cristal se erigió con motivo de la Exposición de las Islas Filipinas, celebrada en Madrid en 1887. Leemos en el blog de Ángeles Blanco y María Luisa Carrero que el edificio surgió “con una finalidad muy concreta: servir para la exposición de plantas y flores del suelo filipino, a modo de gigantesco invernadero y a ello debe su nombre originario de pabellón-estufa. Dicha exposición fue una más dentro de la proliferación de exposiciones universales a lo largo del siglo XIX, aunque en este caso con un espíritu diferente de la trayectoria tradicional, inspirado por el que fuera ministro de Ultramar, Víctor Balaguer, con la intención de mantener unos lazos de conocimiento y comunicación de España con las provincias ultramarinas, por lo que se financió el coste de su construcción con fondos facilitados por las Cajas del Tesoro del archipiélago filipino”. El palacio fue construido por el arquitecto de origen burgalés Ricardo Velázquez Bosco y su proyecto se inspiraba en el Crystal Palace levantado por Paxton en el londinense Hyde Park, en 1851. Su estructura es de metal y está recubierto de planchas de cristal que sirven para darle nombre. La decoración cerámica utilizada en pequeños frisos y remates es obra de Daniel Zuloaga. De ella destacan las figuras de grutescos con cabezas de ánades. Consta de una planta de cruz griega a la que se le quitó uno de sus brazos para introducir el pórtico jónico de entrada. Para la construcción de las bóvedas de cañón y de la cúpula acristalada de cuatro paños contó Velázquez con la colaboración de su discípulo, el arquitecto e ingeniero Alberto del Palacio. Frente a la entrada al recinto se construyó igualmente un lago artificial de cuyas aguas emergen varios ejemplares de la especie denominada ciprés de los pantanos. Tronco y raíces se hunden en el agua dándole al lugar un carácter exótico digno de admiración. El blog Guía de Viaje nos recuerda que la Exposición de las Islas Filipinas de 1887 trataba de representar en Madrid la vida de dicho archipiélago, “que por aquel entonces era colonia del imperio español. Para ello se construyó en el Retiro un poblado indígena e incluso se trajo de la isla de Luzón a una tribu de igorrotes a quienes los madrileños podían observar habitando en sus cabañas de troncos o navegando con sus piraguas por el estanque del palacio. También se trajeron caimanes, una boa gigante y una completa muestra de su flora, que fue la que se expuso en el interior del palacio”. Al margen de ello hay que decir que el origen de esta exposición universal y la consiguiente construcción del Palacio de Cristal no fue sencillamente una cuestión cultural o comercial. Se trataba también de conseguir una repercusión internacional que demostrara la grandeza de un país que por otra parte se encontraba ya en horas bastante bajas en cuanto a su prestigo internacional se refiere. En esta línea, nos siguen contando Blanco y Carrero en su blog que “España había ido perdiendo poco a poco sus posesiones y con ellas su independencia económica, siendo cada vez más colonizada por el capital extranjero. Quizás fue este el motivo que impulsó al ministro Balaguer a realizar una exposición que podría ser la oportunidad perfecta para demostrar que España era tan capaz como Inglaterra de organizar una magna exposición y, en esta idea, el palacio de Cristal de Velázquez Bosco era el marco idóneo para la proyección de un imperio, reducido ya en ese momento a Cuba y Filipinas”.

Ricardo Velázquez Bosco (1843-1923)

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Ricardo Velázquez Bosco. Foto Wikipedia

El artífice del palacio de Cristal fue como venimos comentando desde el inicio de esta entrada Ricardo Velázquez Bosco, un arquitecto burgalés que practicó el historicismo eclecticista de corte academicista, enfrentado al modernismo imperante en la época. Dice Wikipedia que sus obras se caracterizaban “por un tratamiento rotundo de los volúmenes, el empleo de la mansarda y el uso de la decoración cerámica en la fachada de sus edificios. Arquitectos como Antonio Palacios, que siguió su tendencia monumentalista, se vieron influidos por su estilo”. Desarrolló Velázquez Bosco la mayor parte de su carrera en Madrid, donde construyó el vecino Palacio de Velázquez, la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas, la actual sede de Medioamabiente o el edificio del Ministerio de Educación de la calle de Alcalá, entre otros edificios de renombre, además de la reconstrucción de la fachada occidental del Casón del Buen Retiro. Su elección para levantar el Palacio de Cristal se basó en su capacidad de innovación demostrada al incluir la cerámica en los muros de los edificios por primera vez en España. Escriben Blanco y Carrero que “si había sido capaz de combinar tan sabiamente el hierro, el ladrillo y el cristal, nadie mejor que él para la realización del invernadero que, como edificio temporal, debía tener un carácter etéreo y frágil, dato que quizás no sea de todos sabido y al que se refiere el propio Víctor Balaguer en un oficio ministerial”. Dicho oficio resalta que el Palacio de Cristal fue levantado “con carácter provisional…/… con el propósito de desmontarlo a la terminación del certamen y enviarlo a Manila, en cuya población debía celebrarse una exposición de productos peninsulares que diese idea de las producciones agrícola, industrial, artística y de todos géneros en nuestra Patria…”. El proyecto de exposición en Filipinas no cuajó y el pabellón estufa de cristal quedó al finalizar la exposición española “como simple almacén de aperos de labranza y objetos de gran volumen del vecino Museo-biblioteca de Ultramar situado en el hoy conocido como Palacio de Velázquez”. Al no ser derribado para su traslado, el Palacio de Cristal permaneció en su levantamiento original hasta la actualidad y a lo largo de sus casi 130 años de vida ha sido utilizado para todo tipo de exposiciones tanto artíticas como botánicas. Esta situación no impidió que a lo largo de todo el siglo XX el abandono del edificio fuera una relativa constante. Reparaciones chapuceras, a medio hacer, ausencia de cristales en algunas épocas, cristalería rota y abandonada en otras… Hasta que una reforma llevada a cabo en 1975 le devolvió su prestancia original. Sin embargo, no parece que se haya dado con el uso adecuado para esta muestra de la belleza arquitectónica decimonónica que realza la loma donde está levantado y refuerza el valor e interés artístico del propio Retiro. Exposiciones muy de tarde en tarde y de segundo orden, salvo excepciones, se pueden disfrutar en este recinto denominado por el períódico El Gobo en el momento de su apertura, la catedral del vidrio.

Manuel Azaña presidente de la Segunda República

Diputados en el l. www.socialistasdelcongreso.es

Diputados en el Palacio de Cristal en 1936. http://www.socialistasdelcongreso.es

Quizás el momento más importante de la historia del Palacio de Cristal se produjo el 10 de mayo de 1936 cuando el recinto fue elegido para votar la elección de presidente de la Segunda República, para la que se presentaba el político Manuel Azaña, una de las figuras señeras de la intelectualidad española del primer tercio del siglo XX, cuyo prestigio hubiera sido mayor y más sólido de no haberse enfangado en el vertedero de la política española. Azaña era en ese momento presidente del Gobierno y el palacio de las Cortes de la Carrera de San Jerónimo se había quedado pequeño para acoger la asamblea mixta de diputados y compromisiarios. Es por ello que se decide trasladar la votación al Palacio de Cristal. El resultado era previsible de antemano y no dejaba de ser un trámite la proclamación de Manuel Azaña como presidente de la República. Pero dejemos que sea la página de internet de la Unión Cívica por la República la que nos narre lo que pasó aquella mañana soleada de mayo del 36 en Madrid, “ya con el calor propio de la época preveraniega. Las crónicas periodísticas nos permiten participar en el desarrollo de la sesión. En el Palacio de Cristal estaban instalados ventiladores pero al ser efectivamente de cristal techo y paredes, y con tan nutrida concurrencia, el ambiente resultó sofocante. Un panel de cristal del techo se derrumbó y cayó sobre el sector socialista pero no causó daños personales…/… Solamente estaban abiertas dos puertas del Retiro: la de la plaza de la Independencia para que entrasen los automóviles y los peatones, y la de la calle de O´Donnell para salir. El acceso quedaba restringido al personal con un pase especial de la Dirección General de Seguridad. Junto al palacio, al aire libre, instaló una caseta Perico Chicote, ya un famoso restaurador, en donde se servían bocadillos, refrescos y café”. Seguimos con sumo interés el relato de la página de la Unión Cívica por la República que ahora refleja con detalle el ambiente en la tribuna de periodistas, diplomáticos e invitados de las que dice que “estaban llenas y sus ocupantes se abanicaban con lo que tenían a mano. Aunque el resultado de la votación se daba por archisabido todos se mostraban expectantes al considerar que participaban en un acontecmiento histórico. Los diputados y compromisarios ocupaban las sillas dispuestas según su lugar en el Congreso. No asistió ninguno de los ultraderechistas afiliados a Renovación Española y a la Comunión Tradicionalista y también faltaron algunos de Acción Popular. En cambio sí estaban presentes los afiliados a la CEDA con su jefe, Gil Robles, a la cabeza”. Las once la mañana es la hora señalada para dar comienzo el acto y “mientras se celebraba el escrutinio los asistentes que no iban a ser llamados enseguida salían al exterior para evitar el enorme calor del recinto”. Es en ese momento y fuera del palacio cuando se produce el rifirrafe en el que llegaron a las manos los directores de los dos periódicos socialistas más importantes, El socialista y Claridad, Zugazagoitia y Araquistáin. En fin, incidente tan vergonzoso como tantos otros donde la clase política pone por delante sus intereses particulares frente a los ciudadanos y que reflejaba cómo se encontraban los ánimos en el seno del PSOE poco antes de comenzar la Guerra Civil. Si entre ellos estaban ya enfrentados… En fin, que a eso de las dos de la tarde el presidente de la asamblea, Jiménez de Asúa, declaró por mayoría aplastante a Azaña último presidente de la Segunda y también última República española hasta el momento. Cánticos de la Internacional, Els segadors, goras a Euskadi… Ya saben, la verbena habitual de tan señaladas ocasiones. Tras los desafinados cánticos había que mojar el gaznate y mover el bigote y tal como lo cuenta la página de la Unión Cívica por la Républica se lo trasladamos: “Diputados y compromisarios se acercaron al bar montado por Chicote para reponerse con los platos fríos y refrescos ofertados. Según declaró después el restaurador había obtenido una buena caja. Se comprende, dado el número de asambleístas e invitados y no contar con otro restaurador en la zona”. Se sabe que al tal Chicote le dieron la exclusiva de la venta de refrescos y comida en el entorno del Palacio de Cristal. Ya lo pagaría con favores. En definitiva, que regresaron los integrantes de la mesa anunciando que Azaña aceptaba el cargo de presidente y a continuación se trasladaron al Palacio Nacional (el Palacio Real), en la plaza de Oriente, para informar de todo lo sucedido al presidente en funciones, Diego Martínez Barrio. Y ¡Viva España!, dice quien esto  escribe, si se le permite. ¡Qué tropa!

 
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Publicado por en marzo 13, PM en El Retiro, Obra civil

 

Correderas Alta y Baja de San Pablo

corredera baja de San Pablo

Corredera Baja de San Pablo. http://www.minube.com

Las correderas de San Pablo son dos la Alta y la Baja. Y como dos calles aparecen en cualquier guía o callejero de Madrid sea de papel o virtual. Pero situemos al lector profano en geografía matritense, que será tanto como decir al ignorante en el callejeo por la Villa y Corte. Porque de los del foro pocos podrán decir que desconocen la ubicación de rúas tan castizas, en un barrio no menos castizo como es Malasaña, Universidad, Maravillas, Dos de Mayo… o como se desee nombrarlo. Porque todas estas y otras denominaciones son correctas y perfectamente asimilidas por vecinos y ajenos. Nos encontramos en pleno centro, en una zona donde decir que se hace vida de barrio es no sólo un elogio sino una forma de provocar la envidia al foráneo. Pasear por las correderas de San Pablo supone exponerse a observar cómo la sacerdotisa de Venus saluda desde su esquina a la maruja que sale tirando de su carrito de ruedas en dirección a la tienda para adquirir los puerros y calabacines reglamentarios con los que sorprender a los suyos con un puré de apertura. Y es que lo primero no cabe duda de que son la formas, ¡educación, vamos!, y por aquí todavía algo queda de eso, independientemente de estratos sociales u otras zarandajas sociológicas. De ese portal del que ha salido esa señora, ya entrada en años y con pechos de matrona o aya montañesa, podría haber asomado tirando del carrito un marujo con coleta y más pelo por detrás que por delante, raído pantalón vaquero y cigarro con forma de cono. O un chino, o una magrebí con chilaba y pañuelo, o una negra como el betún. Esto es la ONU y nadie se escandaliza ni anatemiza por ello. Cualquiera de los citados líneas atrás habría dado los buenos días a la familiar y cotidiana meretriz y habrían intercambiado tópicos sobre el tiempo ante la mirada de soslayo y sorprendida del guiri pelirrojo, sonrosado y carente de garbo que, no sabemos si por casualidad o a propósito, está conociendo este distrito. Y es que, volviendo a lo que veníamos diciendo sobre la campechanía de las gentes del barrio, cada uno va a lo suyo porque nadie es más que nadie. Que ya lo dijo Celestina. Por las correderas se puede y se debe pasear porque es de las zonas de la capital que rezuman madrileñismo y casticismo y donde todavía el talante de las personas con las que el flaneante se cruza es más importante que el envoltorio, que la apariencia, que el postureo en definitiva. Y puestos a elegir una ocasión para recorrerlas quizás sea ahora, con la llegada de la primavera. O un día cualquiera del mes de julio, a primera hora de la mañana, con las burras de la leche, en pleno verano. Sea cuando fuere, el diletante curioso podrá deleitarse con fruición percibiendo esos olores a acera limpia recién regada y congratularse con el ser humano al ver la cercanía de trato entre comerciantes y comerciados, entre paseantes y espectantes, entre parroquianos y taberneros. Abandonar la Gran Vía a la altura de Tudescos para penetrar en la Corredera Baja de San Pablo tras dejar atrás la plaza de Soledad Torres Acosta es hacer un ejercicio de regresión en el tiempo. Pero para bien. Es desasirse de lo puramente superfluo para entrar en una dimensión donde aún el trato humano cotiza al alza en la bolsa del devenir cotidiano. Encajonados en la aceptada estrechez de la Corredera Baja, a la que la apertura de la Gran Vía apartó como a tantas otras calles de lo que se considera centro neurálgico de la ciudad, vamos trepando hasta llegar a la plaza de San Ildefonso para, tras realizar un alto en el camino y disfrutar de una caña en cualquier tasca esquinera, continuar nuestro periplo por su hermana y afortunadamente más llana Alta de San Pablo, a la búsqueda y captura de la calle de Fuencarral, cerca ya del antiguo Hospicio. Al llegar, miramos hacia atrás y nos convencemos a nosotros mismos de que debería ser de obligado recorrido para el madrileñista que se precie el realizar al menos una vez al año este amable, gratificante y simpático itinerario. Pero vayamos al grano porque para que el paseo sea todo lo variado, entretenido y denso que merece la ocasión nada mejor que dejarnos acompañar de quien mejor ha definido estas vías, que no es otro que Pedro de Répide, uno de nuestros guías de cabecera y con quien hemos quedado allí arriba donde la Corrredera Alta de San Pablo confluye con Fuencarral, justo en el cruce con la calle Velarde. Juntos pretendemos recorrer a la inversa y contra la corriente de la numeración dos vías que son una sola y sobre las que nadie ha profundizado hasta ahora como nuestro Ciego de Vistillas. Vías gemelas, enlazadas por esa ágora de sosiego repleta de agradables y reparadores abrevaderos humanos que es San Ildefonso. Mesonero Romanos o Ángel Fernández de los Ríos, otros magníficos expertos en topografía madrileña, citan calles y plaza solamente de pasada, como si no mereciera la pena detenerse un momento en anotar siquiera unas líneas sobre sus peculiaridades, su historia, su genealogía o su idiosincrasia.

Verbena en honor a San Pablo

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Fachada de San Ildefonso. Foto Wikipedia

El origen del nombre de corredera, como sinónimo de calle, le viene a ambas rúas de los tiempos en que por allí se celebraba una verbena en honor al apóstol. Así nos lo confía Répide cuando nos secretea que “había un pequeño santuario dedicado a San Pablo junto a la quinta de la Vocinguerra de Arcos, es decir, hacia donde hoy se halla el Hospicio (actual Museo Municipal)…/…Allí se celebraba la verbena la víspera de la festividad del santo, siguiendo los puestos de flores y de frutas la línea de las Correderas, y empezando las hogueras desde donde es la plaza de San Ildefonso. Las familias que tenían posesiones en aquellos contornos iban a pasar la noche en ellas y el bullicio y la alegría popular eras grandes durante toda la velada, esperando la hora de la primera misa en la ermita”. Del hecho de que las gentes del centro de la Villa accedieran a la ermita por la actual Corredera Baja, remontando hacia la Alta hasta llegar a la ermita, les viene por tanto el nombre. E insiste Pedro de Répide en recordar que la denominación de corredera está reñida con cualquier otra como calle, “pleonasmo que ha llegado a verse en la rotulación de esta vía: calle de la corredera”. Dicho queda, don Pedro. Pero permítanos centrarnos en nuestro asunto para apuntar que, aunque se trata de dos vías de similar dimensión, la que verdaderamente tiene peso histórico es la denominada Corredera Baja de San Pablo. De la Alta poco se puede decir salvo que se llamó durante un tiempo calle de San Ildefonso, en honor a la plaza e iglesia de este santo que separa ambas correderas. Preciso es recordar que la plaza, en la antigüedad, se convertía cada mañaña en un mercado de productos de primera necesidad. Por otra parte, no olvidemos tampoco citar que en esta vía nació María Teresa del Toro, esposa del libertador hispanoamericano Simón Bolívar. Y poco más podemos añadir de la Corredera Alta. Pasemos, por consiguiente, a escribir de la Baja aunque para ello debemos cruzar la plaza de San Ildefonso, cuya iglesia fue construida para desahogar la de San Martín cuando la población se fue extendiendo hacia la zona nordeste de la ciudad. Data el templo de 1629, fecha en que los frailes benedictinos sanmartinos “labraron nueva iglesia a San Ildefonso en el mismo lugar de la plazuela donde se halla la actual y colocaron en ella el Santísimo el día 8 de julio”. Fue demolida en tiempo de la guerra contra los franceses y reconstruida años más tarde. Anteriormente el templo había estado situado en la calle San Roque pero se decidió por razones de intendencia cambiarlo de lugar.

El teatro Cervantes y la iglesia de San Antonio de los Alemanes

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Espectacular interior de San Antonio de los Alemanes. visitasguiadas-madrid.es

Dejamos atrás la coqueta y arrabalera plaza de San Ildefonso y descendemos ya por Corredera Baja, en esta ocasión y, contra nuestro proceder habitual, descontando la numeración y, consiguientemente, con los pares a nuestra izquierda. Todo sea por no contradecir al señor Répide. A la altura del número 39, donde hoy se encuentra una franquicia de una conocida cadena de supermercados, permaneció abierto, hasta que la Guerra Civil lo arrasó, el teatro Cervantes. Nos dice Répide que “aquí, cuando empezó la afición a las proyecciones cinematográficas había una de las diversas barracas que se levantaron en Madrid para la exhibición de aquellas, juntamente con la de algunos números de variedades. Sobre su solar alzose en 1908 el primer teatro, ya de fábrica, que se llamó Salón Nacional, y después de dos reformas y variada su denominación por la que actualmente lleva (Répide escribía su Calles de Madrid alrededor de 1920), ha quedado en él una sala vasta, pero destartalada y poco agradable, sin que el público que acudía mucho a él en su primitiva forma, siga favoreciéndole con la necesaria continuidad de su asistencia”. Esa falta de fidelidad de los clientes sería el anticipo de la maldición que se cebó con este recinto teatral. Nos cuenta Juan Larrea en su blog que, tras quedar derruido en el conflicto civil del 36, en el solar se levantó un bloque de apartamentos en cuyos bajos se abrío un cine que terminó convertido en sala X, con lo que ello suponía de foco de atracción de lo marginal. Hasta que cerró definitivamente sus puertas. Pero sigamos adelante porque enfrente de lo que fue el Cervantes ya podemos observar unos gruesos muros que se prolongan desde la esquina de la calle Ballesta hasta la de la Puebla y que son las paredes que longitudinalmente acogen el templo de San Antonio de los Alemanes, antes San Antonio de los Portugueses, y también conocido por Hermandad del Refugio. Se trata de un exponente diáfano y sobresaliente del barroco madrileño, cuya singularidad artística más importante es su planta elíptica, una de las escasas muestras de esta índole que podemos encontrar en España. La construcción de la iglesia se prolongó desde 1624 a 1633, reinando Felipe IV, como complemento del hospital de los Portugueses, creado anteriormente por el tercero de los Felipes. Decíamos que primeramente se llamó de los Portugueses hasta que en 1668 Portugal dejó de formar parte del Imperio español. En ese momento, y por razones obvias, se cedió su uso y disfrute a la amplia colonia de católicos alemanes que se habían instalado en Madrid con la llegada de la reina Mariana de Neoburgo, consorte del rey Hechizado. Obviamente, esa fue la razón por la que se cambió el gentilicio. La iglesia y el hospital pasaron a pertenecer a principios del siglo XVIII a la Hermandad del Refugio, sirviendo desde entonces “de hospedaje nocturno para menesterosos y de sucursal de la Inclusa para el acto abominable y cruel de la misteriosa entrega de los niños expósitos”. Son las palabras, más justas y atinadas que nunca, que desgrana Pedro de Répide para definir una institución que, además tenía en sus orígenes el compromiso de prestar ayuda a los necesitados de Madrid. Un sacerdote y dos seglares de la hermandad buscaban mendigos por las calles a los que socorrían con agua, pan blanco y un huevo duro que debía obligatoriamente tener unas dimensiones mínimamente dignas. Su tamaño se medía con una plantilla de madera que aún se conserva en el templo. Pero dirijámonos al apartado artístico y digamos que la iglesia es un extraordinario e inmejorable ejemplo del barroco calificado como ilusionista. Répide la tilda de la más importante de la Villa, con su “sencilla portada de granito con segundo cuerpo en el que se ve una imagen de San Antonio labrada en piedra caliza por el escultor Manuel Pereira”. Pasando al interior del recinto religioso pone el énfasis de su discurso en los “siete retablos e igual número de tribunas con celosías doradas. El retablo mayor es del siglo XVIII, obra de Miguel Hernández, y consiste en un solo cuerpo con dos columnas corintias en el frente de un nicho de planta circular…/…En los seis retablos simétricos restantes hay estimables pinturas como (las de) Santa Ana y un Cristo de Lucas Jordán”. Y este último artista es para Répide el máximo responsable de lo más notable del templo a nivel artístico y así lo atestigua al hablar de la cornisa “que es a la vez anillo de la cúpula (y desde donde) figuró el ingenioso pintor ocho tapices entre las tribunas, representando en ellos otros tantos pasajes de la vida de San Antonio de Padua. Debajo de estos tapices, que unos ángeles parecen sostener, hay varias figuras alegóricas sentadas sobre pedestales, en expresión de las virtudes practicadas por el santo. Pintaron la bóveda Juan Carreño y Francisco Ricci y fue luego retocada por Jordán. En ella hay varios nichos fingidos y termina la composición con una Gloria. Decoración en su totalidad bellísima y de gran armonía, que hace de esta iglesia una de las más dignas de ser visitadas por los verdaderos amantes del arte”. ¡Ni el más experto guía artístico podría explicarlo de forma más redonda, don Pedro!

El teatro Lara

Teatro Lara

El teatro Lara una noche de función. http://www.taquilla.com

Mucha es la información que aparece en diversos foros sobre la fundación y el devenir del teatro Lara, conocido como la Bombonera de San Pablo y una de las salas más importantes para la escena madrileña desde su apertura cerca ya de la finalización del siglo XIX. Pero permitásenos que demos la palabra una vez más a Pedro de Répide, porque su voz otorga una autoridad, una credibilidad y un saber decir difíciles de encontrar en otros nichos informativos. Comenzaba en su Calles de Madrid una descripción del teatro Lara que bien pudiera ser actualmente válida en su totalidad. Y lo hacía diciendo que fue construido “en 1879 por el opulento capitalista cuyo nombre lleva y levantado bajo la dirección del arquitecto don Carlos Velasco. La sala de este coliseo es reducida pero bien proporcionada y de agradable aspecto. El teatro tiene accesorias a la calle de San Roque y a su entrada ofrece la comodidad de tres vestíbulos antes de llegar a la sala de espectáculos, ventaja olvidada en los teatros últimamente edificados, en los que los ruidos de la calle se perciben claramente desde la sala y los espectadores colocados en las últimas butacas pueden desde su localidad comprar el periódico que pasan vendiendo por la acera”. El opulento capitalista al que se refería Répide no era otro que Cándido Lara, un ganadero y carnicero de origen leonés que contrató para su teatro a los mejores autores, actores y directores de escena de su tiempo y que incluso llegó a crear su propia compañía. Tras su muerte en 1916 su hija y heredera Milagros Lara pensó en derribarlo pero los vecinos del barrio se opusieron pues, según leemos en el blog Somos Malasaña, “lo consideraban casi de su propiedad. El teatro siguió adelante incluso durante la Guerra Civil”. La peor época para el Lara fue la de la década de los 80 del siglo pasado “cuando la crisis y el cine -nos siguen contando en Somos Malasaña- obligaron a echar el cierre en 1985. No fue hasta 1994 que su nueva dueña, Carmen Troitiño, encargó su reforma con ánimo de reabrirlo. Los trabajos de remodelación fueron encargados al constructor Luis Ramírez quien, enamorado de la sala, acabó comprándola él mismo para hacerla renacer”. El teatro Lara cuenta con un aforo de 464 butacas y nueve palcos y los días de lleno total impresiona con su aspecto decimonónico. Sería prolijo y cargante extenderse en enumerar los autores que han pasado por sus tablas pero no es exagerado decir que los mejores nombres del teatro español del siglo XX han estrenado en él. Nombramos sólo algunos: Benavente, los Quintero, Alfonso Paso, Alfonso Sastre, Buero, Salom, Gala, Galdós, Arniches, Fernández Shaw, Jardiel, Neville, Martínez Sierra, Ruiz Iriarte, Linares Rivas, Valle-Inclán o Luca de Tena. Si hay otra sala que presente un mejor currículum que venga y lo ponga aquí al lado para comparar. Y es que el Lara ha sido mucho Lara a lo largo de todo el siglo XX y es la perfecta guinda de este pastel que completan calle y teatro, teatro y calle. Pues una parte importante de la fama actual de la Corredera Baja de San Pablo se la debemos a que en su número 15 se encuentra este coliseo, grande no por sus dimensiones ni por ningún aspecto cuantitativo sino sencillamente por sus valores dramáticos, por la calidad de sus obras y por los autores y actores que han dejado sobre sus tablas lo mejor de sí mismos. Texto y representación, la esencia del género dramático ha tenido en el Lara el escenario perfecto para realizar la simbiosis mágica que llamamos con mayúsculas TEATRO. Y hay que decir sin ambages que, en este caso, la sala ha puesto en el mapa la Corredera por más que la Corredera discurriera por este populoso y abigarrado barrio de la Universidad desde bastantes siglos antes de que el carnicero Lara diera rienda suelta a su afortunada cabezonada.

 
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Publicado por en marzo 6, PM en Calles