RSS

Correderas Alta y Baja de San Pablo

06 Mar
corredera baja de San Pablo

Corredera Baja de San Pablo. http://www.minube.com

Las correderas de San Pablo son dos la Alta y la Baja. Y como dos calles aparecen en cualquier guía o callejero de Madrid sea de papel o virtual. Pero situemos al lector profano en geografía matritense, que será tanto como decir al ignorante en el callejeo por la Villa y Corte. Porque de los del foro pocos podrán decir que desconocen la ubicación de rúas tan castizas, en un barrio no menos castizo como es Malasaña, Universidad, Maravillas, Dos de Mayo… o como se desee nombrarlo. Porque todas estas y otras denominaciones son correctas y perfectamente asimilidas por vecinos y ajenos. Nos encontramos en pleno centro, en una zona donde decir que se hace vida de barrio es no sólo un elogio sino una forma de provocar la envidia al foráneo. Pasear por las correderas de San Pablo supone exponerse a observar cómo la sacerdotisa de Venus saluda desde su esquina a la maruja que sale tirando de su carrito de ruedas en dirección a la tienda para adquirir los puerros y calabacines reglamentarios con los que sorprender a los suyos con un puré de apertura. Y es que lo primero no cabe duda de que son la formas, ¡educación, vamos!, y por aquí todavía algo queda de eso, independientemente de estratos sociales u otras zarandajas sociológicas. De ese portal del que ha salido esa señora, ya entrada en años y con pechos de matrona o aya montañesa, podría haber asomado tirando del carrito un marujo con coleta y más pelo por detrás que por delante, raído pantalón vaquero y cigarro con forma de cono. O un chino, o una magrebí con chilaba y pañuelo, o una negra como el betún. Esto es la ONU y nadie se escandaliza ni anatemiza por ello. Cualquiera de los citados líneas atrás habría dado los buenos días a la familiar y cotidiana meretriz y habrían intercambiado tópicos sobre el tiempo ante la mirada de soslayo y sorprendida del guiri pelirrojo, sonrosado y carente de garbo que, no sabemos si por casualidad o a propósito, está conociendo este distrito. Y es que, volviendo a lo que veníamos diciendo sobre la campechanía de las gentes del barrio, cada uno va a lo suyo porque nadie es más que nadie. Que ya lo dijo Celestina. Por las correderas se puede y se debe pasear porque es de las zonas de la capital que rezuman madrileñismo y casticismo y donde todavía el talante de las personas con las que el flaneante se cruza es más importante que el envoltorio, que la apariencia, que el postureo en definitiva. Y puestos a elegir una ocasión para recorrerlas quizás sea ahora, con la llegada de la primavera. O un día cualquiera del mes de julio, a primera hora de la mañana, con las burras de la leche, en pleno verano. Sea cuando fuere, el diletante curioso podrá deleitarse con fruición percibiendo esos olores a acera limpia recién regada y congratularse con el ser humano al ver la cercanía de trato entre comerciantes y comerciados, entre paseantes y espectantes, entre parroquianos y taberneros. Abandonar la Gran Vía a la altura de Tudescos para penetrar en la Corredera Baja de San Pablo tras dejar atrás la plaza de Soledad Torres Acosta es hacer un ejercicio de regresión en el tiempo. Pero para bien. Es desasirse de lo puramente superfluo para entrar en una dimensión donde aún el trato humano cotiza al alza en la bolsa del devenir cotidiano. Encajonados en la aceptada estrechez de la Corredera Baja, a la que la apertura de la Gran Vía apartó como a tantas otras calles de lo que se considera centro neurálgico de la ciudad, vamos trepando hasta llegar a la plaza de San Ildefonso para, tras realizar un alto en el camino y disfrutar de una caña en cualquier tasca esquinera, continuar nuestro periplo por su hermana y afortunadamente más llana Alta de San Pablo, a la búsqueda y captura de la calle de Fuencarral, cerca ya del antiguo Hospicio. Al llegar, miramos hacia atrás y nos convencemos a nosotros mismos de que debería ser de obligado recorrido para el madrileñista que se precie el realizar al menos una vez al año este amable, gratificante y simpático itinerario. Pero vayamos al grano porque para que el paseo sea todo lo variado, entretenido y denso que merece la ocasión nada mejor que dejarnos acompañar de quien mejor ha definido estas vías, que no es otro que Pedro de Répide, uno de nuestros guías de cabecera y con quien hemos quedado allí arriba donde la Corrredera Alta de San Pablo confluye con Fuencarral, justo en el cruce con la calle Velarde. Juntos pretendemos recorrer a la inversa y contra la corriente de la numeración dos vías que son una sola y sobre las que nadie ha profundizado hasta ahora como nuestro Ciego de Vistillas. Vías gemelas, enlazadas por esa ágora de sosiego repleta de agradables y reparadores abrevaderos humanos que es San Ildefonso. Mesonero Romanos o Ángel Fernández de los Ríos, otros magníficos expertos en topografía madrileña, citan calles y plaza solamente de pasada, como si no mereciera la pena detenerse un momento en anotar siquiera unas líneas sobre sus peculiaridades, su historia, su genealogía o su idiosincrasia.

Verbena en honor a San Pablo

Iglesia_de_San_Ildefonso_(Madrid)_01

Fachada de San Ildefonso. Foto Wikipedia

El origen del nombre de corredera, como sinónimo de calle, le viene a ambas rúas de los tiempos en que por allí se celebraba una verbena en honor al apóstol. Así nos lo confía Répide cuando nos secretea que “había un pequeño santuario dedicado a San Pablo junto a la quinta de la Vocinguerra de Arcos, es decir, hacia donde hoy se halla el Hospicio (actual Museo Municipal)…/…Allí se celebraba la verbena la víspera de la festividad del santo, siguiendo los puestos de flores y de frutas la línea de las Correderas, y empezando las hogueras desde donde es la plaza de San Ildefonso. Las familias que tenían posesiones en aquellos contornos iban a pasar la noche en ellas y el bullicio y la alegría popular eras grandes durante toda la velada, esperando la hora de la primera misa en la ermita”. Del hecho de que las gentes del centro de la Villa accedieran a la ermita por la actual Corredera Baja, remontando hacia la Alta hasta llegar a la ermita, les viene por tanto el nombre. E insiste Pedro de Répide en recordar que la denominación de corredera está reñida con cualquier otra como calle, “pleonasmo que ha llegado a verse en la rotulación de esta vía: calle de la corredera”. Dicho queda, don Pedro. Pero permítanos centrarnos en nuestro asunto para apuntar que, aunque se trata de dos vías de similar dimensión, la que verdaderamente tiene peso histórico es la denominada Corredera Baja de San Pablo. De la Alta poco se puede decir salvo que se llamó durante un tiempo calle de San Ildefonso, en honor a la plaza e iglesia de este santo que separa ambas correderas. Preciso es recordar que la plaza, en la antigüedad, se convertía cada mañaña en un mercado de productos de primera necesidad. Por otra parte, no olvidemos tampoco citar que en esta vía nació María Teresa del Toro, esposa del libertador hispanoamericano Simón Bolívar. Y poco más podemos añadir de la Corredera Alta. Pasemos, por consiguiente, a escribir de la Baja aunque para ello debemos cruzar la plaza de San Ildefonso, cuya iglesia fue construida para desahogar la de San Martín cuando la población se fue extendiendo hacia la zona nordeste de la ciudad. Data el templo de 1629, fecha en que los frailes benedictinos sanmartinos “labraron nueva iglesia a San Ildefonso en el mismo lugar de la plazuela donde se halla la actual y colocaron en ella el Santísimo el día 8 de julio”. Fue demolida en tiempo de la guerra contra los franceses y reconstruida años más tarde. Anteriormente el templo había estado situado en la calle San Roque pero se decidió por razones de intendencia cambiarlo de lugar.

El teatro Cervantes y la iglesia de San Antonio de los Alemanes

San-Antonio-de-los-Alemanes.

Espectacular interior de San Antonio de los Alemanes. visitasguiadas-madrid.es

Dejamos atrás la coqueta y arrabalera plaza de San Ildefonso y descendemos ya por Corredera Baja, en esta ocasión y, contra nuestro proceder habitual, descontando la numeración y, consiguientemente, con los pares a nuestra izquierda. Todo sea por no contradecir al señor Répide. A la altura del número 39, donde hoy se encuentra una franquicia de una conocida cadena de supermercados, permaneció abierto, hasta que la Guerra Civil lo arrasó, el teatro Cervantes. Nos dice Répide que “aquí, cuando empezó la afición a las proyecciones cinematográficas había una de las diversas barracas que se levantaron en Madrid para la exhibición de aquellas, juntamente con la de algunos números de variedades. Sobre su solar alzose en 1908 el primer teatro, ya de fábrica, que se llamó Salón Nacional, y después de dos reformas y variada su denominación por la que actualmente lleva (Répide escribía su Calles de Madrid alrededor de 1920), ha quedado en él una sala vasta, pero destartalada y poco agradable, sin que el público que acudía mucho a él en su primitiva forma, siga favoreciéndole con la necesaria continuidad de su asistencia”. Esa falta de fidelidad de los clientes sería el anticipo de la maldición que se cebó con este recinto teatral. Nos cuenta Juan Larrea en su blog que, tras quedar derruido en el conflicto civil del 36, en el solar se levantó un bloque de apartamentos en cuyos bajos se abrío un cine que terminó convertido en sala X, con lo que ello suponía de foco de atracción de lo marginal. Hasta que cerró definitivamente sus puertas. Pero sigamos adelante porque enfrente de lo que fue el Cervantes ya podemos observar unos gruesos muros que se prolongan desde la esquina de la calle Ballesta hasta la de la Puebla y que son las paredes que longitudinalmente acogen el templo de San Antonio de los Alemanes, antes San Antonio de los Portugueses, y también conocido por Hermandad del Refugio. Se trata de un exponente diáfano y sobresaliente del barroco madrileño, cuya singularidad artística más importante es su planta elíptica, una de las escasas muestras de esta índole que podemos encontrar en España. La construcción de la iglesia se prolongó desde 1624 a 1633, reinando Felipe IV, como complemento del hospital de los Portugueses, creado anteriormente por el tercero de los Felipes. Decíamos que primeramente se llamó de los Portugueses hasta que en 1668 Portugal dejó de formar parte del Imperio español. En ese momento, y por razones obvias, se cedió su uso y disfrute a la amplia colonia de católicos alemanes que se habían instalado en Madrid con la llegada de la reina Mariana de Neoburgo, consorte del rey Hechizado. Obviamente, esa fue la razón por la que se cambió el gentilicio. La iglesia y el hospital pasaron a pertenecer a principios del siglo XVIII a la Hermandad del Refugio, sirviendo desde entonces “de hospedaje nocturno para menesterosos y de sucursal de la Inclusa para el acto abominable y cruel de la misteriosa entrega de los niños expósitos”. Son las palabras, más justas y atinadas que nunca, que desgrana Pedro de Répide para definir una institución que, además tenía en sus orígenes el compromiso de prestar ayuda a los necesitados de Madrid. Un sacerdote y dos seglares de la hermandad buscaban mendigos por las calles a los que socorrían con agua, pan blanco y un huevo duro que debía obligatoriamente tener unas dimensiones mínimamente dignas. Su tamaño se medía con una plantilla de madera que aún se conserva en el templo. Pero dirijámonos al apartado artístico y digamos que la iglesia es un extraordinario e inmejorable ejemplo del barroco calificado como ilusionista. Répide la tilda de la más importante de la Villa, con su “sencilla portada de granito con segundo cuerpo en el que se ve una imagen de San Antonio labrada en piedra caliza por el escultor Manuel Pereira”. Pasando al interior del recinto religioso pone el énfasis de su discurso en los “siete retablos e igual número de tribunas con celosías doradas. El retablo mayor es del siglo XVIII, obra de Miguel Hernández, y consiste en un solo cuerpo con dos columnas corintias en el frente de un nicho de planta circular…/…En los seis retablos simétricos restantes hay estimables pinturas como (las de) Santa Ana y un Cristo de Lucas Jordán”. Y este último artista es para Répide el máximo responsable de lo más notable del templo a nivel artístico y así lo atestigua al hablar de la cornisa “que es a la vez anillo de la cúpula (y desde donde) figuró el ingenioso pintor ocho tapices entre las tribunas, representando en ellos otros tantos pasajes de la vida de San Antonio de Padua. Debajo de estos tapices, que unos ángeles parecen sostener, hay varias figuras alegóricas sentadas sobre pedestales, en expresión de las virtudes practicadas por el santo. Pintaron la bóveda Juan Carreño y Francisco Ricci y fue luego retocada por Jordán. En ella hay varios nichos fingidos y termina la composición con una Gloria. Decoración en su totalidad bellísima y de gran armonía, que hace de esta iglesia una de las más dignas de ser visitadas por los verdaderos amantes del arte”. ¡Ni el más experto guía artístico podría explicarlo de forma más redonda, don Pedro!

El teatro Lara

Teatro Lara

El teatro Lara una noche de función. http://www.taquilla.com

Mucha es la información que aparece en diversos foros sobre la fundación y el devenir del teatro Lara, conocido como la Bombonera de San Pablo y una de las salas más importantes para la escena madrileña desde su apertura cerca ya de la finalización del siglo XIX. Pero permitásenos que demos la palabra una vez más a Pedro de Répide, porque su voz otorga una autoridad, una credibilidad y un saber decir difíciles de encontrar en otros nichos informativos. Comenzaba en su Calles de Madrid una descripción del teatro Lara que bien pudiera ser actualmente válida en su totalidad. Y lo hacía diciendo que fue construido “en 1879 por el opulento capitalista cuyo nombre lleva y levantado bajo la dirección del arquitecto don Carlos Velasco. La sala de este coliseo es reducida pero bien proporcionada y de agradable aspecto. El teatro tiene accesorias a la calle de San Roque y a su entrada ofrece la comodidad de tres vestíbulos antes de llegar a la sala de espectáculos, ventaja olvidada en los teatros últimamente edificados, en los que los ruidos de la calle se perciben claramente desde la sala y los espectadores colocados en las últimas butacas pueden desde su localidad comprar el periódico que pasan vendiendo por la acera”. El opulento capitalista al que se refería Répide no era otro que Cándido Lara, un ganadero y carnicero de origen leonés que contrató para su teatro a los mejores autores, actores y directores de escena de su tiempo y que incluso llegó a crear su propia compañía. Tras su muerte en 1916 su hija y heredera Milagros Lara pensó en derribarlo pero los vecinos del barrio se opusieron pues, según leemos en el blog Somos Malasaña, “lo consideraban casi de su propiedad. El teatro siguió adelante incluso durante la Guerra Civil”. La peor época para el Lara fue la de la década de los 80 del siglo pasado “cuando la crisis y el cine -nos siguen contando en Somos Malasaña- obligaron a echar el cierre en 1985. No fue hasta 1994 que su nueva dueña, Carmen Troitiño, encargó su reforma con ánimo de reabrirlo. Los trabajos de remodelación fueron encargados al constructor Luis Ramírez quien, enamorado de la sala, acabó comprándola él mismo para hacerla renacer”. El teatro Lara cuenta con un aforo de 464 butacas y nueve palcos y los días de lleno total impresiona con su aspecto decimonónico. Sería prolijo y cargante extenderse en enumerar los autores que han pasado por sus tablas pero no es exagerado decir que los mejores nombres del teatro español del siglo XX han estrenado en él. Nombramos sólo algunos: Benavente, los Quintero, Alfonso Paso, Alfonso Sastre, Buero, Salom, Gala, Galdós, Arniches, Fernández Shaw, Jardiel, Neville, Martínez Sierra, Ruiz Iriarte, Linares Rivas, Valle-Inclán o Luca de Tena. Si hay otra sala que presente un mejor currículum que venga y lo ponga aquí al lado para comparar. Y es que el Lara ha sido mucho Lara a lo largo de todo el siglo XX y es la perfecta guinda de este pastel que completan calle y teatro, teatro y calle. Pues una parte importante de la fama actual de la Corredera Baja de San Pablo se la debemos a que en su número 15 se encuentra este coliseo, grande no por sus dimensiones ni por ningún aspecto cuantitativo sino sencillamente por sus valores dramáticos, por la calidad de sus obras y por los autores y actores que han dejado sobre sus tablas lo mejor de sí mismos. Texto y representación, la esencia del género dramático ha tenido en el Lara el escenario perfecto para realizar la simbiosis mágica que llamamos con mayúsculas TEATRO. Y hay que decir sin ambages que, en este caso, la sala ha puesto en el mapa la Corredera por más que la Corredera discurriera por este populoso y abigarrado barrio de la Universidad desde bastantes siglos antes de que el carnicero Lara diera rienda suelta a su afortunada cabezonada.

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en marzo 6, PM en Calles

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: