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Plaza de San Miguel

15 Mar
mercado-de-san-miguel tripadvisor.es

Plaza y mercado de San Miguel. http://www.tripadvisor.es

Siempre es complicado centrar el tema cuando se trata de escribir acerca de recintos públicos que llevan el nombre de plaza pero no responden a lo que el diccionario de la RAE considera básicamente como tal, es decir, al lugar ancho y espacioso dentro de un poblado al que suelen afluir varias calles. En el caso de la Villa y Corte llamamos plaza a la de los Mostenses, a la de la Cebada o a esta de la que hoy vamos a escribir y, sin embargo, se trata de solares no diáfanos, en cuyo interior se levantan edificios, en este caso tres mercados de comestibles. Otras plazas como las de Celenque o la de Matute, o incluso la de Antón Martín, no cuentan a nuestro juicio con la amplitud suficiente para llamarlas como tales pues más son encrucijadas de calles que propiamente ágoras donde el ciudadano puede expandir su mirada con relativa comodidad sin toparse ante sus narices con molestos edificios. En el mismo caso se encontraría la del Ángel, que más bien es prolongación de calle o simple embudo. Pero se les ha llamado tradicionalmente plazas y a efectos oficiales tan plaza es la Mayor como ésta, su vecina, de San Miguel, por más que aquí no veamos un lugar despejado como en aquella y por mucho que ya en 1585 se la mencione como plazilla de San Miguel al referirse a ella como lugar donde se vendían verduras y pescados. Y es que cajones y tenderetes de venta de todo tipo de comestibles han adornado este irregular recinto junto a la iglesia que desde la antigüedad más lejana dio nombre a la plaza. Posteriormente, el siglo pasado vio erigir un entramado de estructuras de hierro en lo que entonces se consideraba el último grito en la modernidad en cuanto a mercados cerrados se refiere. Pero mucho ha cambiado el mundo. Tanto como la propia ágora sanmigueleña que hoy, lejos de albergar un recinto mercantil al uso tradicional, es uno de los ejes gastronómicos del turismo de la capital. Actualmente la plaza de San Miguel es un lugar pintoresco donde el picoteo y el tapeo rozan sus cotas más altas en cuanto a calidad, siempre en necesaria y recíproca interrelación con el turismo, tanto local como foráneo y fundamentalmente el extranjero. No tiene que ser un festivo especial, ni siquiera un domingo del montón. No, cualquier fecha es adecuada para que el entorno de San Miguel se vea acometido por una algarabía de gentes que ocupan mesas en las terrazas exteriores que rodean el mercado, así como su remozado interior, con el inocente objetivo de apretarse unas tapas de las más variopintas especialidades, tanto tradicionales como de lo que se ha dado en llamar nueva cocina. Los callos o los calamares conviven en perfecta armonía y maridaje con las últimas tendencias orientales, en contundentes platos de cuchara o los más digestivos de tenedor, en sabrosas viandas vegetales o animales, en apetitosos frutos del mar o de tierra adentro. Barato no es. ¡No! Pero, en fin, bolsillos hay en la plaza de San Miguel capaces de soportar lo que les echen. Y, con tal de poder después posturear de haber estado cenando de tapeo en el mercado, bien empleado sea el sacarle algo de brillo a la tarjeta. En cualquier caso, el entorno es el más acorde para el relax, el flaneo y el dar gusto al paladar tanto en el apartado sólido como en el líquido. Por tanto, estamos en lo que quizás alguna vez fue una explanada, cuyo eje lo domina el mercado de San Miguel y cuyo perímetro está delimitado por las calles Mayor al norte, Conde de Miranda y Cuchilleros al suroeste y sureste respectivamente y la Travesía de Bringas al este. Y ese será nuestro centro de operaciones en esta entrada odierna.

Iglesia de San Miguel de los Octoes

sanmigueltexeira. www.entredosamores.es

Iglesia de San Miguel en el plano de Texeira. http://www.entredosamores.es

El origen de la plaza tiene que ver con una iglesia situada en el solar en que ahora se enmarca y que llevaba por nombre San Miguel de los Octoes. Dicho templo fue uno de los diez primitivos que existían en la ciudad y que se citan en el Fuero de Madrid de 1202. Por tanto, ahí debemos situar el origen de la propia plaza porque por mucho que el templo ocupara el solar hay que suponer que existiría un atrio, grande o chico, y un espacio en las inmediaciones de la parroquia. Al hablar de ella, Pedro de Répide matiza en su Calles de Madrid que “no fue ésta parroquia desde sus comienzos sino sólo un oratorio dedicado a San Marcos, con un rico cabildo y al que se iba en solemne procesión el día del santo evangelista”. Esta dedicación a San Marcos llegará hasta la época de los Reyes Católicos en que según el Ciego de Vistillas ya tomó el nombre de “San Miguel de los Octoes por una familia de este apellido que había en la feligresía y fue muy bienhechora de la iglesia, linaje que comenzó en un vecino de la Villa ricamente hacendado, que tuvo ocho hijos varones, de lo que aquél (el nombre del templo) tuvo su origen”. En el mismo sentido se pronuncia Mesonero Romanos en cuanto al origen del apelativo de los Octoes. Sin embargo, Gómez Iglesias estima que la palabra octoes sería una corrupción del término latino auctores, en el sentido de ser garantes o conjuradores por ser la iglesia juradera, es decir, la destinada a recibir en ella juramentos decisorios, habitualmente la principal de cada pueblo o la sede del arzobispado. Esta última teoría tampoco parece muy sólida toda vez que no parece que la parroquia de San Miguel fuera de las más importantes en la antigüedad ya que otras, como podían ser la propia Santa María de la Almudena, El Salvador, San Pedro o San Ginés, deberían por lógica tener más renombre. La iglesia sufrió reformas que parece ser que nunca tuvieron la profundidad que se merecía el templo por el hecho de lindar con la muralla. La familia del conde de Barajas, apellidos Zapata o Cisneros, ejerce importante influencia en el entorno lo que lleva a modificar urbanísticamente el mismo a su capricho e incluso aparece una capilla llamada de los Zapata que se debió desplomar a comienzos del siglo XVII porque inmediatamente la iglesia sufre una nueva reforma. Decimos que esto debió suceder a comienzos del siglo XVII porque ya Mesonero apunta en su Madrid Antiguo que “el templo de la parroquia era moderno, del reinado de Felipe III, capaz y hermoso, contenía sepulcros notables y otros objetos primorosos de arte, entre ellos el precioso tabernáculo de piedras finas y bronces, trabajado en Roma en precio de 6.000 ducados a costa del cardenal don Antonio Zapata y Cisneros, hijo del conde de Barajas, madrileño insigne que hizo presente de él a esta iglesia”. Este sagrario fue lo único importante que pudo salvarse cuando se incendió el lienzo oeste de la plaza Mayor el 16 de agosto de 1790, trasladándolo a continuación a la vecina iglesia de San Justo. Dicho incendio supuso el principio del fin del templo que, pese a recibir una nueva reforma, sería definitivamente demolido por orden de José Bonaparte, en 1809, dentro de su ambicioso programa de reformas para dar a Madrid más espacios abiertos. También se derribó la manzana de casas “que desde dicha plazuela daba frente a las Platerías y formaba los dos callejones laterales de la Chamberga y de San Miguel (hoy Travesía de Bringas)”, comenta Mesonero Romanos.

Mercado de San Miguel

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Fachada norte del mercado de San Miguel. Foto Wikipedia

Y si desde siempre los alrededores de la iglesia habían sido escenario propicio para la venta de comestibles, a partir de la desaparición de la misma, con más razón. Es por ello que a lo largo del siglo XIX su destino prácticamente fue el de servir, nunca mejor dicho, de plaza de mercado tal como el propio Ramón de Mesonero comenta en 1861, fecha de la edición de su inigualable Calles de Madrid. Escribe don Ramón que “hoy sirve aquel solar de ingreso y parte del mercado con una portada de ladrillo construida hace pocos años para cubrir algún tanto el mal aspecto de los cajones a la parte de la calle Mayor, que ciertamente debieran suprimirse en aquel sitio. En esta manzana de edificios debió estar en el siglo XVI la cárcel de la Villa, pues el maestro Hoyos en su obra de Recibimiento de la reina doña Ana hace mención de que al llegar a este sitio antes de las Platerías y de la plazuela del Salvador se oyeron lamentos de los presos que pedían gracia a los reyes”. En la iglesia de San Miguel fue inhumado el dramaturgo Juan Pérez de Montalbán fallecido, según Mesonero, “resentido en la cabeza a consecuencia de un trabajo tan continuado, y en la temprana edad de 36 años”. Perez de Montalbán era amigo y discípulo de Lope de Vega, quien a su vez había sido bautizado en esta iglesia pues había nacido en la calle Mayor, en la casa que hacía esquina con Milaneses. Pero volvamos al mercado porque el solar que había dejado diáfano el derribo de la iglesia de San Miguel ejecutado el 8 de noviembre de 1809 se transformó en una plaza pública en la que según Wikipedia “se celebraba un mercado de productos perecederos, para lo que se disponía de hileras de cajones de madera y tenderetes”. El político, historiador y estadista Pascual Madoz daba una cifra en su diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de 128 cajones y 88 tenderetes en 1847 por lo que podía considerarse uno de los mercados importantes en la Villa y Corte. Era el momento donde las ideas higienistas de médicos, científicos y urbanistas comenzaron a imponer sus criterios funcionales con el fin de remediar los problemas de suciedad e insalubridad que la instalación de mercados callejeros generaba en la población. Sin embargo, no será hasta el último tercio de siglo cuando el Ayuntamiento comience a construir mercados cubiertos con estructura de hierro. Primero fueron los de Mostentes, Cebada, Chamberí y Paz. Pero las necesidades de la ciudad en cuanto a infraestructuras de este tipo iban más allá. Se seguía vendiendo al aire libre en las plazas públicas y la de San Miguel era una de ellas. Galdós en Fortunata y Jacinta sitúa a la tía de la primera como verdulera en un tenderete de San Miguel y con indudable éxito, a tenor de las descripciones que hace el escritor canario tanto del ambiente que se vive en torno al mercado como de la relativa comodidad con la que sobreviven tía y sobrina en el cuchitril de la Cava de San Miguel. Pero, pese a todo, no se construirá la nueva instalación hasta ya entrado el siglo XX, siendo inaugurado el 13 de mayo de 1916, aunque ya la primera fase había entrado en funcionamiento dos años antes pues se había partido en dos el proyecto para no interrumpir el funcionamiento comercial del recinto. Escribe Wikipedia que arquitectónicamente sus elementos más significativos son “los soportes de hierro de fundición de la estructura, la composición de las cubiertas, el sistema de desagües y la crestería cerámica que corona la susodicha cubierta. El coste de las obras fue de 300.000 pesetas de la época. El acristalamiento exterior es posterior. San Miguel es la única muestra que queda aún en la ciudad de la denominada arquitectura del hierro ya que todos los mercados cubiertos construidos en el último tercio del siglo XIX fueron demolidos y, en general, sustituidos por nuevas construcciones”.  A lo largo del siglo XX el mercado pasó por peores y mejores épocas hasta que en 1999 la Comunidad de Madrid  junto a los comerciantes del centro emprendieron una renovación, que supuso una inversión de 150 millones de pesetas, con el fin de devolverle su aspecto original. Sin embargo, era la época de la llegada de los grandes centros comerciales e hipermercados que hizo que como tantos otros recintos de estas características y tradición sufriera un sensible bajón en su actividad comercial. Afirma Wikipedia que, para evitar su definitiva defunción, “un grupo de particulares con intereses arquitectónicos y gastronómicos y pertenecientes a ámbitos culturales y sociales han formado una sociedad, actual dueña mayoritaria del mercado”. Su objetivo es resucitar y mejorar la actividad tradicional “con una oferta centrada en productos de gran calidad, alimentos de temporada, asesoramiento gastronómico…”. Tras su reapertura en mayo de 2009 el mercado ha contribuido a la revitalización de la zona en el segmento de ocio gastronómico y, como decíamos al principio, con un innegable éxito pues el interior del edificio de hierro suele estar a rebosar en las horas habituales de simple tapeo o de reposición de fuerzas. Actualmente cuenta con dos plantas con una superficie cada una de ellas de unos 2000 metros cuadrados. Los puestos de venta se han convertido en bares y zonas de degustación culinaria. El diseño de hierro y cristal posibilita que la luz entre de forma natural en el recinto dándole ese toque definitivo para que el visitante se sienta a gusto saboreando cualquiera de las múlitples y variopintas viandas que al paladar y a los ojos golosamente se les ofrecen.

 

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Publicado por en marzo 15, PM en Plazas

 

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