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Jardines del Campo del Moro

28 Mar
Campo del Moro

Impresionante panorámica de las Praderas con el palacio al fondo. Foto Wikipedia

“La perspectiva de la monarquía se obtiene desde el fondo del Campo del Moro. Sentados en sus bancos, podemos obtener la visión abrupta, accidentada, resuelta, de la historia de España y, sobre todo, de la historia de Madrid. Es el sitio más valiente, virgen y selvático para ver con más carácter la villa y corte. Parece que hemos fijado allí la tienda antes del ataque. Tan fecunda era la sombra nutricia y rústica del Campo del Moro que hacia allí bajaban las vacas de la villa y en cierto tiempo bajaba a aquel barrancal una tropa de guadañadores que esparcían con la hierba vencida y cortada un olor gustoso, de degollación de hierba, de humedad aliñada, de sabroso vegetarianismo para el olfato”. Son palabras de orfebre acuñadas por Ramón Gómez de la Serna para transmitirnos su visión de ese envolvente parque, de esos afrancesados jardines que se encuentran a espaldas del Palacio Real y que por mor de caprichos políticos son uno más de los numerosos placeres estéticos de la capital desconocidos para la mayoría. Cuasi ignota maravilla para el turista, tanto avezado como despistado, o incluso para el propio vecino. La única entrada abierta, la situada a lo largo del paseo de la Virgen del Puerto, no contribuye a acercar este espectacular enclave al curioso que, como mucho, acertará a atisbar el follaje semiselvátivo y las altas copas de ejemplares centenarios, siempre y cuando se ponga de puntillas y alargue el cuello por encima de la verja de los Jardines de Sabatini. Pero esa misma semiclandestinidad a la que incomprensibles circunstancias han condenado al Campo del Moro hace que quien conoce o recién descubre este exhuberante rincón de la Villa y Corte considere en su fuero interno como imposible que se esconda tan cerca del centro turístico tamaña Arcadia. Quien estas líneas escribe debe reconocer humildemente que su enamoramiento de estos jardines ha discurrido paralelo a su conversión a esta religión del madrileñismo, culto, quizás rancio y paradógicamente provinciano, que consiste en patear con ojos de isidro el mayor número de rincones capitalinos para sacarle el jugo estético y lúdico que las limitadas capacidades intelectuales permitan. Algo de esto ha pasado con este parque que se extiende a espaldas del Palacio Real pues, como sin querer, un día de invierno en que el sol pugnaba por imponerse al frío aire serrano, decidí cruzar la estrechísima cancela que permite el acceso a través de las escalinatas que descienden paralelas hacia el punto de partida de paseos interiores, caminos, veredas y vericuetos varios. En ese momento las palabras de Gómez de la Serna vertidas al inicio de esta entrada comenzaron a teñirse de significado. Desde que se cruza la única puerta de acceso abierta al público lo que ven nuestros ojos impacta. Se mira en lontananza, hacia arriba, cinematográficamente en contrapicado, y la ingente belleza paisajística que fluye en derredor rinde pleitesía al orgulloso Palacio Real que domina el panorama desde su posición de atalaya. “Aquí estamos, a tu merced, augusto recinto”, podríamos balbucir a la par que ejecutamos la debida genuflexión. A este impacto visual contribuye, sin ninguna duda, la majestuosidad que desprenden las Praderas de las Vistas del Sol, las primeras en venir al encuentro de nuestra mirada, que se ha elevado progresivamente por ese extensísimo y empinado jardín en cuesta, geométricamente homogéneo, al más puro estilo francés, acicalado por las fuentes de las Conchas y los Tritones. Pero volviendo a las palabras iniciales de Gómez de la Serna, diremos que igualmente desprenden una alusión al carácter de poblachón, de aldea en medio de la nada, con que siempre se ha motejado a Madrid y que en este Campo del Moro tiene también su carta de personalidad. Es por aquí, a espaldas del Alcázar, por donde desde tiempos remotos se ha intentado la conquista de la ciudad y por donde los que procedemos del oeste pobre y subdesarrollado iniciábamos nuestra modesta aunque incruenta incursión, sin más objetivo que el de encontrar el espacio propio en la capital de todos los sueños. Por las cercanas calles Cuesta de la Vega y Segovia, al sur, o Cuesta de San Vicente, al norte, cargábamos con nuestra metafórica maleta repleta de incontables ilusiones y escasas realidades, deshaciéndonos de la delatora boina en cualquier desaguadero, remangándonos y notando los primeros de los muchos sudores en la lucha en pos de la quimera. Pero tornemos nuevamente al texto ramonista y anotemos en nuestro cuaderno virtual que las guadañas, la rusticidad, la virginidad selvática que siempre ha estado unida al oso, al madroño, a los pastos, a las antiguas aguas o al pedernal, tienen en esas palabras y en ese Campo del Moro otro renglón escrito en la historia de la capital, en cuanto a la definición del concepto de madrileñismo se refiere. Sumido en esos pensamientos discurría aquella no tan lejana mañana de fin de invierno en que, escéptico ante lo que podría encontrarme, crucé la verja de entrada al parque con la inevitable helada ofreciéndome en bandeja la susodicha humedad aliñada de sabroso vegetarianismo para el olfato.

¿Quién fue el moro que le dio nombre al campo?

Alcazar_de_Madrid_siglo_XVII

Alcázar con el Campo del Moro en la parte inferior. Grabado Wikipedia

Lo primero que se pregunta el flaneante al conocer el lugar es el porqué de su denominación. Bien es verdad que no hay que ser muy suspicaz ni un experto en historia para suponer que tendrá que ver con los orígenes de la ciudad, con el antiguo Magerit, con sus conquistas y reconquistas, idas y venidas entre moros y cristianos allá por los albores del segundo milenio. Pero lo cierto es que el baile de nombres y fechas en torno al susodicho moro nos lleva a una relativa aunque hoy en día secundaria confusión. Dejemos a Ramón Gómez de la Serna -hoy nuestro hombre de confianza pues no en vano se crió por estos andurriales- que nos aclare dudas aunque sea a base de paradógicas interrogaciones retóricas del tipo “¿Era Tejufin, rey de los almorávides, que destruyó los muros de Majeritum en 1109 y se hizo dueño de la villa? ¿Debe valer la versión de que los habitantes de la villa encerrados en el Alcázar rechazaron el ejército marroquí que había llegado a sentar sus reales en el sitio que aún se llama Campo del Moro? ¿O habrá que apelar al testimonio del cronista Rudh Alcortes, que dice: En 503 (1109 de nuestra era) el emir Alí Ben Jusuf pasó a España para hacer la guerra santa; se embarcó en Ceuta el jueves 15 del mes de Muharran…/…conquistó igualmente Madrid y Guadalajara…” Al final, el adalid de las vanguardias en España sale del pasó con una media verónica que deja el toro de la historia en suerte para el siguiente lance al afirmar con rotundidad que “el caso es que allí durmió el moro Aben-Jusuf en 1114, descansando antes de atacar Madrid y por eso aquello quedó impregnado de su oscura cochambre, de su abruptosidad”. En fin, que a principios del siglo XX esto de la corrección política no estaba en los manuales deontológicos de ningún escritor pero no olvidemos decir que el monarca musulmán sería a continuación rechazado y sus intentos de reconquistar la capital se verían frustrados, como bien apuntaban las palabras escritas en cursiva aunque en esta ocasión nosotros eliminemos las interrogaciones, principalmente para que don Ramón de Mesonero siga descansando en paz en su tumba del cementerio de San Isidro. Y ese lugar llamado Campo del Moro porque allí sentara sus reales el señor del turbante es lo que en el siglo XIX se convertiría en un parque ajardinado y que antes de dar detalles de su configuración vamos a perimetrar diciendo que se extiende, de este a oeste, desde la fachada occidental del Palacio Real hasta el paseo de la Virgen del Puerto y desde la Cuesta de San Vicente a la de la Vega, de norte a sur. En total, estamos escribiendo de una superficie de veinte hectáreas de terreno arbolado y ajardinado declarado de interés turístico en 1931. Es uno de los tres jardines que rodean al Palacio Real pero que, al contrario que los de Sabatini y plaza de Oriente, no dependen del Ayuntamiento sino de Patrimonio Nacional, un organismo que habitualmente gestiona posesiones que estuvieron en manos de la monarquía. Quizás ahí radique el quid de por qué no están más publicitados estos jardines o por qué no hay una entrada abierta desde los mentados jardines de Sabatini o por qué están algunas zonas de los susodichos jardines vetadas al público o semiabandonadas o por qué dos de las tres entradas están cerradas. En fin, que cada cual juzgue a su sabor.

Mucha historia la del Campo del Moro

Felipe IV

Felipe IV holgó y practicó la caza en el Campo del Moro. Wikipedia

Como venimos diciendo, el otrora barranco donde actualmente están situados los jardines ha estado presente en la historia de la ciudad desde su fundación. Ahora bien, la denominación de Campo del Moro, primero, y su ajardinamiento, después, es mucho más reciente. De mediados del siglo XIX, cuando los promotores de los jardines, buscando una denominación que le diera realce, echaron mano de datos históricos al proponer al arquitecto Narciso Pascual y Colomer el diseño de un nuevo parque. No obstante, la idea de levantar una zona recreativa en el paraje es lejana en el tiempo, tanto como la capitalidad de la ciudad. Leemos en Wikipedia que los primeros intentos surgen en tiempos de Felipe II, quien encargó un proyecto para salvar el desnivel existente entre el Real Alcázar y la hondonada del río Manzanares. Posteriormente, Felipe IV, que utilizaba el lugar con fines cinegéticos, ordenó inicialmente la plantación de especies arbóreas, mayoritariamente olmos. Nos cuenta nuevamente Gómez de la Serna que en dicho parque se celebraban “fiestas públicas y lidias de fieras” en tiempos del cuarto de los Felipes, antes de que Olivares le construyera el Retiro. Y que Pedro Calderón de la Barca se refiere a él en su obra Mañanas de abril y mayo con estos versos: “Esta mañana salí/a ese verde ameno sitio,/a esa divina maleza,/a ese ameno paraíso,/a ese parque, rica alfombra/del más supremo edificio”. Y subraya Gómez de la Serna el dato de que se le reconozca ya como parque. Pero sigamos. Con la apertura del Retiro el lugar cayó en el abandono y hubo que esperar a la construcción del Palacio Real tras el incendio del Alcázar en 1734 para que se volviera a hablar de la ordenación del recinto, aunque nada se llegó a hacer en la práctica, justificándo esta inactividad en la escasez de agua, las dificultades de la orografía y la ausencia de recursos económicos. Sachetti, Sabatini, Esteban Boutelou o Ventura Rodríguez estuvieron en ello aunque habrá que esperar a 1810 para que Juan de Villanueva pueda ver realizado, un año antes de morir, su proyecto de conectar mediante un pasadizo el palacio con la Casa de Campo. La denominación de Túnel de Bonaparte, actualmente cerrado, abandonado y medio derruido, nos dice a las claras a quién debemos los madrileños la ejecucion de este proyecto, que si bien no supuso el remozamiento del Campo del Moro sí nos apunta el interés que siempre hubo en darle otra imagen a esa zona de la ciudad situada al oeste del Palacio Real. El impulso definitivo para la remodelación de los jardines llegó de la mano del tutor de Isabel II y del intendente del Real Patrimonio. Nos econtramos en 1840 y nos referimos a Agustín Argüelles y Martín de los Heros, respectivamente. El proyecto se le encarga al arquitecto de origen valenciano Narciso Pascual y Colomer, que anteriormente había trabajado en la reforma de la plaza de Oriente, que años después levantaría el actual Palacio de las Cortes y el del Marqués de Salamanca, entre otras obras destacadas, y que pasaba por ser uno de los preferidos de la monarquía. Pascual y Colomer planteó la apertura de una avenida que uniera el palacio con el paseo de la Virgen del Puerto y que no sólo salvara la pendiente sino que realzara el recinto palaciego en su fachada oeste. Para la nivelacion de los terrenos se utilizaron materiales de escombro procedentes de la reforma de la Puerta del Sol. A continuación, se instalaron dos fuentes monumentales, las actuales de las Conchas y de los Tritones, procedentes del palacio del infante don Luis, en Boadilla, y del Jardín de la Isla, de Aranjuez, respectivamente. Las obras sufrieron un parón durante la revolución de 1868 y hasta finales de siglo no se remataron, en esta ocasión de la mano del afamado jardinero catalán Ramón Oliva. La incorporación de éste supuso la mezcla de dos estilos en el diseño del parque, el más neoclasicista de Pascual y Colomer con el rómántico de Oliva, lo que lejos de incomodar multilplica la belleza del lugar, como puede aseverar cualquier visitante del recinto. Las casas de madera estilo tirolés levantadas a finales del siglo XIX se deben a Enrique María Ripollés al igual que la ornamentación de la gruta de acceso al túnel, diseñada por Villanueva. Durante la Guerra Civil el parque sufrió serios daños dada su cercanía al frente, siendo reformado en los años de posguerra. Ya en 1960 se construyó un nuevo edificio en su interior que sirve de Museo de Carruajes y que alberga una interesante colección de distintos modelos de este medio de transporte que pertenecieron a la realeza hispana. Destacan la Carroza Negra, del siglo XVII, la Silla de Carlos III, del XVIII, o la Berlina de la Corona, del siglo XIX, entre otros vehículos.

Descripción de los jardines

Paseo de los plátanos

Imagen invernal del Paseo de los Plátanos. Foto Wikipedia

Los jardines reflejan la influencia de diversas corrientes y estilos, como ya aludíamos anteriormente al mencionar a sus creadores, Pascual y Colomer y Oliva. Desde el punto de vista paisajístico dominan las arboledas configuradas siguiendo los gustos de la época en que se diseñaron y que se unen a indiscutibles toques estéticos ingleses. Leemos en Wikipedia que “el parque tiene planta rectangular y su contorno está delimitado mediante una pared de piedra blanca y ladrillo, en la que descansa una verja de hierro forjado”. Posee tres entradas, una en la Cuesta de San Vicente y otra en la de la Vega aunque sólo está abierta al público la situada en el Paseo de la Virgen del Puerto. “Las puertas de acceso restringido están comunicadas entre sí mediante un paseo longitudinal, situado en la parte alta de los jardines, a los pies del Palacio Real. Esta avenida recorre los recintos de la Fuente de los Tritones, de la Estufa Grande o de las Camelias y del Estanque de la Cascada, cuya visita no está permitida al público”. La zona baja es la que está abierta sin apenas restricciones y permite acceder al paseo central, diseñado por Pascual y Colomer, y cuyo nombre oficial es el de Pradera de las Vistas del Sol. Dicha avenida era “el eje central de de un trazado hipodámico, articulado a partir de una serie de paseos paralelos y perpendiculares en cuyos cruces se disponían pequeñas plazas circulares o semicirculares. De su diseño sólo pudo llevarse a efecto la citada avenida, que desde el punto de vista urbanístico constituye la pieza más relevante del recinto, al garantizar la panorámica del palacio mediante una acertada distribución de los niveles del terreno. Se encuentra flanqueada por un variopinto arbolado y presenta una amplia mediana, ajardinada con una pradera dispuesta en dos grandes tramos y custodiada a ambos lados por un paseo de tierra”. Copiamos de Wikipedia. La fuente de los Tritones, diseñada y construida en Italia probablemente a finales del siglo XVI, se levanta a los pies del palacio, en el punto más alto de la avenida y de todo el recinto. No es accesible al público. Sí en cambio la de las Conchas, situada en mitad de la Pradera de las Vistas del Sol, cuyo diseño se debe a Ventura Rodríguez. Los restantes paseos son obra de Ramón Oliva, dentro de un estilo más propio del último tercio del siglo XIX. Presentan trazados irregulares con abundancia de tramos curvos, caminos semiolcultos, rutas alternativas y atajos, todo ello muy en la línea de los gustos paisajísticos románticos. Rompe este estilo el paseo de las Damas, heredero del estilo de Pascual y Colomer, que discurre paralelo a la fachada de palacio arrancando en las cercanías de la Cuesta de San Vicente y finalizando junto a su homónima de la Vega. El Paseo de los Plátanos nos devuelve al modelo romántico expuesto anteriormente, diseñando un recorrido en curva desde la entrada al público por Virgen del Puerto, enfilando por la derecha hacia los pies de la catedral de la Almudena para revolver hacia el paseo de las Damas. En definitiva, un maravilloso, espectacular, atractivo, sorprendente e impactante lugar donde perderse en cualquier época del año y a cualquier hora del día, gracias en parte a las más de 70 especies arbóreas, con ejemplares que rondan en algunos de los casos los 150 años, caso de un pino carrasco, que además supera los 30 metros de altura. Una sequoia, dos tejos… Y numerosas aves, entre las que destacan especies características de este tipo de parques como el faisán, la tórtola o la paloma, sin olvidarnos, por supuesto, del gracioso y amigable pavo real que hace las delicias de pequeños y mayores. Todo un microcosmos a diez minutos de la Plaza de España, del Palacio Real,  de la Almudena o de la Calle Mayor, del que no todos los secretos que contiene han sido desvelados aquí. Que sea el flaneante el que complete este denso puzle repleto de impactantes sorpresas.

 

 

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Publicado por en marzo 28, PM en Obra civil, Parques

 

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