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Ángel Fernández de los Ríos

30 Mar
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Ángel Fernández de los Ríos en su madurez. Retrato Wikipedia

Ángel Fernández de los Ríos (Madrid, 1821- París, 1880) fue un político, periodista y escritor liberal madrileño y madrileñista cuyo espíritu dieciochesco le dio más disgustos que alegrías. Estamos ante un intelectual que a lo largo de su vida intentó superar, obviamente con escaso éxito, la dicotomía de las dos Españas a base de fomentar la democratización cultural y económica del pueblo llano y de intentar tender puentes entre las élites políticas e intelectuales de enfrentadas sensibilidades. Todo ello desde un posicionamiento ideológico propio firme, inamovible y poco dado a las concesiones. Sin embargo, a este foro lo traemos no por su hacer político a nivel nacional durante una parte significativa del siglo XIX, ni por su papel destacado como editor y periodista, sino por su relación con la Villa y Corte, a la que dedicó bastantes de sus desvelos, bien con la publicación de textos sobre la mejora del urbanismo o bien con su presencia en el Ayuntamiento como concejal de Obras durante el Sexenio Revolucionario. Utópico, masón, deísta, más tarde republicano, krausista, ateneísta o librepensador, son calificativos que le cuadran a la perfección a nuestro protagonista de hoy y que definen perfectamente su talante. Quienes le conocieron en su día y quienes de él han esbozado un perfil biográfico coinciden en señalar como principal virtud una intachable actitud ética que le llevó a no transigir jamás con componendas ni a doblegarse a chantajes prebendísticos. Pedro de Répide, otro escritor madrileño cuyo criterio ha sido habitualmente respetado, abundó en ello destacando “su entusiasmo y su buena voluntad, prevaleciendo su condición de gran periodista y de hombre de arraigadas convicciones, que no abandonó jamás, deslumbrado ante ninguna ambición o codicia”.  Fue, en definitiva, un ilustrado más a trasmano de la habitual deriva evolutiva de este país, un hombre que por encima de otras circunstancias intentó llevar adelante lo que Luis Moya González, uno de sus estudiosos, define como utopía urbana positiva y que se traduce en mejorar las condiciones de vida de las personas en el ámbito de la ciudad. “Es lo que produce el progreso -afirma Moya- y nuestro personaje, político y periodista, es una de las figuras más representativas del progresismo del siglo XIX, entendiendo éste como optimismo radical acerca de la racionalidad del hombre y como una confianza absoluta en los adelantos técnicos y sociales para mejorar la condición humana”. Esos intentos de mejora de lo que hoy llamaríamos calidad de vida de los vecinos de Madrid lo dejó plasmado en dos obras señeras, y referentes aun en la actualidad, como son El Futuro Madrid y Guía de Madrid, cuyas peculiaridades más adelante comentaremos pero que constituyen dos intentos de reflexionar sobre el concepto de capitalidad y sobre la necesidad acuciante de que la urbe del oso y el madroño se pusiera en la línea de otras grandes capitales europeas como París o Londres. Continúa por tanto, la deriva que anteriormente había marcado Mesonero Romanos a quien Fernández de los Ríos cita como referente propio al plantear cómo debe ser el Madrid del futuro, bien es verdad que marcando diferencias con El Curioso Parlante. No obstante, en el prólogo de El Futuro Madrid explica cuál es su posición al respecto, “no vamos nosotros a hablar del pasado, que tan buen retrato físico y moral debe al señor Mesonero ni nos proponemos seguir el discurso que con la candidez de su tiempo, esperaba de la creación de una autoridad la reforma de Madrid por obra y gracia de un reinado como el de Fernando VII…/…nos limitamos a proponer un plan de reformas basado en edificios y terrenos públicos, de que se ha de poder disponer libremente; nos concretamos a apuntar aquellas mejoras de necesidad tan imperiosa que han de hacerse antes o después…”. En esa introducción deja sentado a las claras que si Madrid quiere semejarse a otras grandes urbes europeas, o simplemente desea seguir siendo la capital de España, está obligado a remozarse a fondo en el capítulo urbanístico.

Vida revuelta en lo personal, político y periodístico

La Ilustración 1854

Ejemplar de La Ilustración de 1853. http://www.todocoleccion.net

Es complicado desgranar la biografía de Ángel Fernández de los Ríos desligando lo personal de lo político o lo periodístico. Si en cualquier vida los hechos personales influyen en los profesionales y viceversa, en el caso que nos ocupa la influencia es mayor si cabe. Vaya por delante que nace en Madrid en el seno de una familia librepensadora, liberal doceañista, vinculada a los órganos de decisión de la Villa y Corte y a la política nacional de su tiempo. Su padre es teniente corregidor del Consistorio y un tío suyo se codea con figuras de la talla de Mendizábal, Madoz y otros ilustres liberales. Siempre ha sido habitual en esta España de tantas contradicciones que padres librepensadores de clase media alta den a sus hijos una educación judeocristiana. En este caso el discente acude a la plaza de Santa Cruz para vérselas con los dominicos de Santo Tomás. Y como también suele suceder en estos casos no fue una excepción el joven Ángel al convertirse en ateo irredento o deísta, como se decía en aquel tiempo, lo que suponía una postura más cómoda ante la sociedad aunque ciertamente contradictoria con el sentido común. En todo caso, hay que dejar sentado en descargo suyo que su lucha contra los privilegios y prebendas de la iglesia católica será una constante a lo largo de su existencia. En 1845, con 24 años, se casa con María Teresa Rueda pero enviuda en 1856 poco después de perder a su única hija, Amalia. Dos mazazos consecutivos que lo llevan a retirarse de la vida pública durante un par de años y que sin duda modifican su perspectiva tanto vital como política o filosófica. Posteriormente, matrimonia en 1860 con su cuñada Guadalupe, a la que aventaja en 24 años pero con la que compartirá las alegrías y los sinsabores de sus empresas políticas y periodísticas hasta su muerte. De su hacer político lo más destacado es su presencia en cualquiera de las principales sublevaciones de carácter liberal que se produjeron durante el reinado de Isabel II, a saber,  Alzamiento de 1852, Revolución de 1854 o Sublevación de San Gil en 1866 por la que fue condenado a muerte y obligado a exiliarse. Con la Revolución del 68 vuelve a Madrid con importante protagonismo político tanto a nivel nacional como local. La llegada de la Restauración supone nuevamente su expulsión de España y, después de un periplo viajero por Portugal, Bayona y Burdeos, muere de tifus en París tras pasar sus últimos años dedicado la escritura. Eso sí, dando muestras hasta su último aliento de un carácter insobornable y de una integridad moral poco habitual entre la clase política española en cualquier periodo de su historia. Decir que murió olvidado sería mucho decir porque sus restos fueron repatriados pero es indiscutible que, mientras se mantuvo con vida, se le podría aplicar el comentario de que cuanto más lejos de las decisiones del poder estuviera más tranquilidad para quienes las tomaban. Su trayectoria periodística estuvo marcada por la defensa de la libertad y el progreso a través de una pluma que intentaba conjugar la reflexión con la acción. Periodista benemérito lo llama Répide quien completa su perfil afirmando que “a él debe la prensa ilustrada gran parte de su adelanto pues continuando la publicación del Semanario Pintoresco, fundó además Las Novedades y La Ilustración“. Sin duda, fueron muchos los periódicos y revistas en los que Fernández de los Ríos estampó su firma desde que comenzara como redactor con apenas 20 años en El espectador, pero son las nombradas La Ilustración y Las Novedades las que le situarán en un lugar preeminente en la prensa de opinión del siglo XIX pues en ambas publicaciones desarrollará un periodismo de combate comprometido con sus ideas progresistas y luchando activamente contra “los abstáculos tradicionales”, como él gustaba de calificar a las fuerzas políticas y sociales más reaccionarias. La Ilustración, fundado en 1849, está considerado el primer periódico español de actualidades, con el que se inicia un nuevo concepto de periodismo ilustrado al estilo francés, incorporando el dibujo de actualidad. Su estructuración en secciones incluía historia, panorama universal, caricaturas, crónica científica, amena literatura, modas o teatro, con textos que versaban sobre actualidad nacional y extranjera, bellas artes, agricultura, economía rural, industria o comercio, algo totamente impactante en su tiempo. Las Novedades vio la luz en 1850 y durante 18 años llegó a los rincones más lejanos de España, convirtiéndose en el líder de la prensa periódica nacional desde 1854 a 1860 y compartiendo después ese primer puesto con el conservador La Correspondencia. Al margen de ello, la producción literaria de Ángel Fernández de los Ríos discurrió paralela a la periodística en un ejercicio prolífico de creación digno de elogio. Numerosos son los títulos que publicó. Al margen de ello digamos que divulgó y adaptó obras de geografía e historia, editó un Quijote a un precio más que asequible y tradujo a escritores extranjeros de la talla de Sue, Lamartine o Karr. Leemos en Wikipedia que “en su actividad empresarial editora procuró crear colecciones de libros baratos para que las clases trabajadoras pudieran acceder a la instrucción y la cultura”. Es en ese contexto en el que debemos situar la edición de la obra de Cervantes, siempre en consonancia con el pensamiento krausista emergente en Europa y que a él le llega de la mano del mismísimo Julián Sanz del Rio.

El Futuro Madrid y Guía de Madrid

Guía de Madrid

Portada de una edición reciente de la Guía de Madrid. Wikipedia

Pero sus dos publicaciones más conocidas y las que aún actualmente son obras de referencia para lectores y estudiosos madrileñistas son las tituladas El Futuro Madrid y Guía de Madrid. En ellas queda reflejado su pensamiento en cuanto a urbanismo se refiere. No hay que olvidar que, durante el Sexenio Revolucionario, tras volver del exilio, ocupa durante un tiempo la Concejalía de Obras en el Consistorio capitalino. Sin embargo, quizás se le pudiera criticar el no haber aceptado cargos políticos de más fuste desde los que hubiera podido poner en práctica todas las ideas que sobre la modernización de la ciudad están reflejadas en aquellas dos obras. Sin ir más lejos, Emilio Castelar le ofreció el cargo de alcalde que Fernández de los Ríos rechazó, decisión que debieron lamentar los vecinos pero que resalta su escasa ambición para ocupar influyentes poltronas. El Futuro Madrid lo escribe para el Ayuntamiento a la vez que impulsaba en la práctica la transformación y ensanche de la ciudad, la elaboración de un plano topográfico y de cercanías, la apertura de nuevas vías a la circulación y la construcción de la plaza de la Independencia. Editó un boletín municipal y organizó el asilo de pobres de El Pardo. Quizás su logro más trascendente para la posteridad fuera la apertura al público del parque del Retiro que pasó entonces de manos de la Corona al Ayuntamiento madrileño. Pedro de Répide, a principios del siglo XX, valoró salomónicamente esta obra ensayístico-urbanista considerando que era “un libro sumamente curioso en el que (el autor) da algunas buenas ideas para la transformacion de la villa y otras verdaderamente inaceptables”. De la Guía de Madrid podemos decir que está fechada en 1876 en el exilio de Oporto y es considerada una de las más significativas de su género. Dado que la guía se escribe fuera de la Villa y Corte no es necesario subrayar que Fernández de los Ríos hace un esfuerzo memorístico nunca visto para reconstruir mentalmente la ciudad y ofrecer al lector una visión pormenorizada de las características geológicas, demográficas, climatológicas, artísticas, educativas y monumentales de Madrid, reflejando los rasgos tanto físicos como morales que caracterizaban entonces a la ciudad. Para muchos se trata de una obra no superada por su minuciosidad y detallismo. Guía propia de un hombre que si no llevó adelante más proyectos sobre su forma de entender el urbanismo madrileño fue por mor de un carácter polifacético que lo obligaba a atender frentes muy diversos. Pero vayamos echando el cierre y qué mejor forma de abrochar este esbozo de biografía de Ángel Fernández de los Ríos con la semblanza que, todavía con el cadáver caliente, le dedicara el 30 de junio de 1880 el escritor naturalista y europeísta Jacinto Octavio Picón. El texto elegíaco de Picón reflejaba con claridad y rotundidad que quien abandonaba el mundo terrenal era alguien valorado en vida, por más que estemos acostumbrados a que en este país solo se hable bien de los muertos. Merece la pena leer y reflexionar sobre este extenso texto donde Picón encomia a Fernández de los Ríos apelando a su condición de “varón de clara inteligencia y ánimo resuelto, de buen corazón y generosos sentimientos, de carácter enérgico y voluntad entera; tan inflexible en mantener la propia convicción como pronto a acceder a la razón ajena; severo sin ser inflexible, y compasivo sin ser blando; tenaz hasta la intransigencia en defender lo justo, y apasionado hasta la violencia en combatir lo que por perjudicial tenía; impresionable por temperamento, frugal en los hábitos, sencillo de costumbres, suspicaz hasta desconfiado, laborioso y activo hasta en el descanso, que ocioso nunca estuvo, inaccesible a la lisonja, difícil de atraer con el engaño, modesto por naturaleza, servicial por la satisfacción que el ajeno bien le producía; prudente en el consejo, decidido en la acción, firme en las resoluciones, intransigente en puntos de honra, violento cuando la razón chocaba con la obstinación ajena, reflexivo en el decidir, pronto al obrar, impaciente en la espera; tan dispuesto a perdonar el mal como incapaz de olvidarlo; tan duro al decir verdades como susceptible de escucharlas; llano hasta el desenfado, afable y cariñoso; hombre, en fin, de tales condiciones, que sin falsear su natural sabía ser a un tiempo mismo infantil con el niño, indulgente con el joven y sesudo con el viejo”. En definitiva y rebajando un par de grados lo hiperbólico del decir de Picón, un español más que tuvo que sufrir la idiosincrasia cainita de este país y un madrileño que por circunstancias de la vida y la historia no pudo llevar adelante unas ideas reformistas cuyo fin último no era otro que el de fusionar en uno solo los conceptos de urbanismo y calidad de vida.

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Publicado por en marzo 30, PM en Perfiles

 

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