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Café El Gato Negro

Café Gato Negro. Antiguos cafés de Madrid

Fachada del Gato Negro. Foto tomada del blog Antiguos cafés de Madrid

No tuvo el glamour que otros que concitaron la atención de propios y extraños a lo largo del siglo XIX pero El Gato Negro también cuenta con un humilde rincón en la historia de los cafés de Madrid. Su apertura tardía -en 1907- y su carácter de ambigú respecto del vecino y casi hermano teatro de la Comedia lo apartaban en cierta medida de la idiosincrasia habitual de este tipo de establecimientos y “sus gatos de bazar”, en palabras de Gómez de la Serna, no colaboraban a darle el toque de originalidad y de personalidad que siempre se suponía a estos locales, pues para muchos no dejaba de ser un remedo de su homónimo parisiense. El hecho de que sirviera de improvisado vestíbulo de espera para los espectadores del teatro solía descomponer la atmósfera tertuliana aunque no hay que olvidar que este hecho daba pie a más de una anécdota y comentarios en boca de los fieles parroquianos santificados por la musa de la literatura, que en esos momentos daban rienda suelta a su soberbia intelectual. Sin embargo, tuvo su época, su fiel feligresía y, por encima de otras consideraciones menores que posteriormente desgranaremos, se constituyó en uno de los epicentros del movimiento modernista en Madrid, enfrentando en incruenta guerra su mentalidad escapista y exótica con la castellanista del noventaiochismo imperante en el café de Fornos. Pero ni uno ni otro recinto eran compartimentos estancos y se producían trasvases y se compartían veladores, prueba una vez más de que no había tanta distancia ideológica, literaria o estética entre ambas tendencias. Que Jacinto Benavente se convirtiera durante un tiempo en el líder tertuliano del Gato Negro es un argumento de peso para confirmar que, más allá de las etiquetas literarias al uso, predominaban las personas y las refriegas y disensiones intelectuales entre el dramaturgo premio Nobel y el incansable Valle-Inclán eran también muestras claras de esas vivencias, a caballo entre la entente cordial y cierto resquemor intelectual.

Calle del Príncipe 14

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Jacinto Benavente

Tomamos del blog Antiguos cafés de Madrid los datos técnicos de este recinto, situado en el número 14 de la calle del Príncipe y su calificación de “café simpático, siempre lleno de público hasta que comenzaba la representación en el vecino teatro. Un timbre avisaba a la clientela del inicio de la función, a la que se podía acceder a través de la puerta que comunicaba ambos locales, sin necesidad de salir a la calle”. El Gato Negro era propiedad del empresario Tirso Escudero y “su estilo art nouveau, correspodiente a la segunda época de apogeo de dicho movimiento artístico en Madrid, fue encargado al arquitecto Ricardo Magdalena Gallifa, que contó con la colaboración de la Casa Mauméjean para las vidrieras y de la Casa Ferriz para los muebles”. Aunque ofrecía unos grandes ventanales que daban a la calle del Príncipe, el local carecía de la iluminación y las vistas de otros similiares, situados en plazas o calles más abiertas. Además, sus techos eran relativamente bajos, “detalles que sin embargo -según apunta Antiguos cafés de Madrid– lo convertían en un café más acogedor y cordial que muchos de los de su entorno. Divanes de color rojo, columnas y gatos negros pintados en diversas actitudes sobre paredes y techos de Enrique Martín, completaban la decoración”. Al margen de su calificación de modernista, El Gato Negro era la sede de la tertulia especializada como ninguna otra en el género dramático y como apuntábamos líneas arriba se podía ver a Valle y a Jacinto Benavente disputando dialécticamente sobre las peculiaridades del arte escénico. Por allí se dejaba caer un joven y aparentemente apocado diletante de la poesía, recién llegado a la capital y con la intención de hacerse un hueco en el siempre difícil arte de vivir de la palabra escrita en el Madrid de fin de siglo. No era otro que un tal Juan Ramón Jiménez recién llegado de tierras onubenses, ya con sus habituales pesadumbres incorporadas a su personalidad. Hay que imaginar lo que pasaría por la mente del aún cuasi púber vate moguerense observando los excesos dialécticos del extravagante autor gallego frente a frente con la paciencia infinita de don Jacinto. Otros que por aquellos pagos se dejaban caer con cierta regularidad eran el pintor catalán Santiago Rusiñol y su colega eibarrés Ignacio Zuloaga. También Antonio Machado. Si a ellos añadimos como más sobresalientes las figuras de Ortega y Gasset y el caricaturista Luis Bagaria, notaremos que el cóctel que algunas tardes se montaba sería tan explosivo que hay que dar carta de credibilidad a las numerosas anécdotas que sobre la vida tertuliana del café se han publicado.

El poeta argentino Ricardo Rojas

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El poeta argentino Ricardo Rojas

Pero quien nos va a servir de cicerone por los entresijos del Gato Negro va a ser en esta ocasión el literato y periodista argentino Ricardo Rojas (1882-1957). Poeta de ecos románticos en su primera época, se convirtió al Modernismo con la eclosión de este movimiento aunque sin dejar al margen una perspectiva indigenista que se reflejará en toda su obra lírica. Rojas recogerá en un artículo periodístico publicado en 1838 las impresiones que El Gato Negro le produjo durante su estancia en Madrid en 1908. Los periodistas Antonio Palomero (ABC) y Mariano Martínez (La Nación) hicieron de introductores suyos en el café de la calle del Príncipe, “ambos habrían de ser dos buenos compañeros en los felices días de mi andanza madrileña. Venían muy gentilmente a ofrecerme su amistad de colegas y me invitaron a pasar con ellos al Gato Negro, vecino café donde tenían habitualmente su tertulia. Allí nos esperaban otros camaradas”.  Tras esbozar las características arquitectónicas del local el escritor tucumano pasa a describir el ambiente que en él se respiraba y sus primeros encuentros: “bullía de gente aquella tarde cuando por primera vez pasé con mis introductores hasta una mesa del fondo, donde aguardaban algunos colegas y otros personajes de profesión menos precisa. En lo alto de las paredes claras una cornisa pintada de gatos negros daba ornamento y alegoría de su nombre al salón amplio, moderno, limpio”. Reflexiona Rojas, desde la perspectiva que otorga el tiempo pasado, sobre lo que para él significó el café en su objetivo de comprender la mentalidad hispana, algo perseguido en aquellos tiempos por los escritores hispanoamericano que visitaban la madre patria a la búsqueda de vínculos comunes. Es así que el poeta asegura que su visión de España “habría sido incompleta si no hubiera podido verla desde un café y en un café. Los dioses autóctonos -se refiere a los periodistas que lo condujeron al Gato Negro- fueron sin duda propicios a mi viaje puesto que el primer día me llevaron a la calle del Príncipe, donde al trasluz de mis interlocutores mostrábase, en raros escorzos, el ingenio ibérico. Tan bien me encontré allí, por el lugar y por las interesantes personas de su tertulia, que el café del Gato Negro llegó a ser una sucursal de mi cercana vivienda y desde aquella primera reunión comenzó un diálogo que duró más de cien días”. Califica Ricardo Rojas las habituales tertulias del café como las más genuinas “asambleas abiertas, accidentales, fluctuantes, sin jerarcas ni pontífices” y se siente sorprendido por la personalidad de los contertulios que en general “llevaban como don Quijote una vida imaginaria. Sentían con pasión, pensaban con arbitrariedad, hablaban con franqueza. Tal ha sido siempre la atmósfera moral de los cafés madrileños, lo mismo en las conspiraciones políticas que en las discusiones literarias. En la reunión de periodistas y artistas no tropecé con el necio, ni con el perverso, ni con el villano. Yo había concurrido con Gómez Carrillo al Napolitan de París, y con Domenico Oliva al Aragno, en Roma; pero no hallé lo que en Madrid se me ofrecía. En todos aquellos impenitentes bohemios hallé una simpatía espontánea, virtud del carácter español y acaso ventaja del idioma común”. Se resiste Rojas a rematar el artículo sin echar su cuarto a espadas en cuanto al anecdotario se refiere y describe su sorpresa ante la llegada de ciertos personajes de alto copete: “una noche, en El Gato Negro, cuya puerta interior, según ya se sabe, comunicaba con la Comedia, avisaron que el Rey estaba en el teatro con la flamante Reina. La función iba a terminar y la regia pareja no tardaría en salir. Invitáronme a verlos: en el vestíbulo habíase formado calle para el consabido aplauso. Pasó don Alfonso vestido de civil, todo de negro, espigado, narigudo, con la bocaza de belfo suelto muy sonriente, y ella a su lado, joven, rosada, elegante, grandota, linda como una diosa germánica. Al volver nosotros a nuestra mesa del café, uno de mis camaradas me susurró esta confidencia: -A ese lo llamamos el Chulo; a ella, la Pava Real”. Continúa su escrito Ricardo Rojas deshaciéndose en elogios sobre el ambiente que disfrutó en el café de la calle del Príncipe, “viví la vida española durante varios meses y no como un forastero…/…traté a maestro tan sabio como don Marcelino Menéndez Pelayo, el gran humanista cristiano; visité casa tan austera como la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos, ese santo laico; pero mi ambiente habitual fue el del café del Gato Negro y una charla de periodistas a quienes oí contar historias íntimas de la familia reinante, trapacerías de los políticos en auge, intrigas del mundo literario, anécdotas de personajes famosos, chistes en boga y cuanto la curiosidad de un viajero joven podía apetecer”. Como guinda del pastel echa mano el poeta argentino del clásico para encomiar su positiva experiencia vital, literaria y profesional en el café madrileño, ensalzándolo hasta el extremo: “tuvo Atenas su Pórtico, tuvo Roma su Foro, tuvo Florencia su plaza de la Señoría; pero el Madrid de 1908 tuvo su café del Gato Negro, verdadera universidad de la bohemia. Allí aprendí muchas cosas bellas y profundas, entre otras disparatadas y bárbaras, y fui tan buen alumno que con el tiempo me hicieron –amoris causa– miembro de número de aquella trashumante academia, nacida del mantillo racial como planta indígena y lozana”.

Anecdotario

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Dos Passos también reflejó en su obra el ambiente del Gato Negro

Al margen de la omnipresencia de Ramón del Valle y Jacinto Benavente en el local numerosos fueron los intelectuales tanto hispanos como foráneos que pasaron por los veladores del Gato Negro. El propio Benavente solía recogerse en las mesas del fondo, de buena mañana, para esbozar los caracteres de su siguiente comedia no sin antes pasarse por la vecina tienda de caramelos La Violeta, en la plaza de Canalejas. No debemos olvidar los momentos emotivos que se vivirían en 1916 cuando tras la confirmación de la muerte de Rubén Darío, el propio Valle-Inclán puesto en pie y ante un silencio que se cortaba con un cuchillo recitó en homenaje al vate nicaragüense los famosos versos “Padre y maestro mágico, liróforo celeste…”, ni las disensiones entre ambos que llevó a que Benavente tuviera durante un tiempo que presidir en solitario la tertulia literaria, con los chismorreos correspondientes por parte de los correveidiles de uno y otro escritor. Pero más allá de nuestras fronteras, el narrador norteamericano John Dos Passos se referiría al café El Gato Negro en su obra Rocinante vuelve al camino, para describir la personalidad y forma de vivir de los madrileños. Señala el narrador de Illinois que “a eso de las once o las doce se levantaba uno, tomaba una taza de chocolate espeso, paseaba por la Castellana, bajo los castaños, o entraba unos momentos en el despacho de un teatro. A las dos, a almorzar. A las tres, o cosa así, se sentaba uno a tomar café y anís en El Gato Negro, donde los camareros tienen aire de ministros y no pierden palabra de las discusiones, un tanto lánguidas, sobre arte y letras que matan las horas de la siesta”. Era la vida de los cafés madrileños en general y de este Gato Negro en particular, local que conseguiría continuar abierto tras la Guerra Civil -hasta 1956- aunque ya la mayoría de estos locales habían desaparecido o languidecían ante las nuevas costumbres sociales, dejando de ser ese patio de vecindad literaria, política o intelectual. Tampoco El Gato Negro escapó a este apagamiento progresivo de su aura, mientras en sus veladores se seguían sirviendo – blog Antiguos cafés de Madrid dixit- “los cafés con leche de la gran vaquería de Alfredo Fernández, de la Guindalera, que ordeñaba vacas especiales a la vista del público, para niños y enfermos”.

 

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Publicado por en julio 7, AM en Cafés

 

Café del Príncipe

Teatro del Príncipe

El teatro del Príncipe ya a principios del siglo XX. En sus bajos se ubicó el café

A principios del siglo XIX comenzaron a proliferar los cafés en Madrid. Su consolidación tuvo lugar a lo largo de esa convulsa centuria y su configuración como amenos y cómodos locales de ocio y tertulia llegó con la entrada del siglo XX, momento en que aquel que abría sus puertas pugnaba por ser el más moderno, el mejor dotado de una carta de comidas y bebidas abundante y de calidad y el que más refinado ambiente presentara. Nada que ver con aquellos primeros cafés-botillerías o viceversa que habían sido los pioneros. Porque cuando en el Madrid del reinado de Carlos IV abren sus puertas los primeros establecimientos de este tipo, no se caracterizaban precisamente por su confort o por la esmerada atención a una clientela que los fue tomando progresivamente como propios, sin más intención que las de prolongar en un local público el hábito adquirido durante la segunda mitad del siglo XVIII, consistente en debatir en un salón privado sobre lo divino y lo humano, es decir, de política, artes, literatura y en general cualquier asunto que tuviera que ver con la cultura y el progreso. Plena mentalidad ilustrada que aquí, como tantas otras veces, nos llegó con el retraso acostumbrado cuando en otras latitudes ya se encontraba sólidamente consolidada. Y si hay un café de aquella primera época que merezca un espacio en la historia de la cultura no cabe duda de que ese es el del Príncipe. Porque ciertamente hubo otros que han dado que hablar y valorar a posteriori, casos de La Fontana de Oro, Lorencini o La Cruz de Malta, pero éstos se caracterizaban más por su carácter político y polémico que el que hoy traemos a muestro blog y que, andando los años, se convertiría en el foco del que surgiría, allá por los inicios de la década de los 30 de ese siglo XIX, el movimiento romántico español. Otra vez, por qué no decirlo, cuando en Europa el Romanticismo daba sus últimas boqueadas y Stendhal ya había abierto la senda realista. Quien mejor describe lo que supuso el café del Príncipe para el Romanticismo español es Ramón de Mesonero, a quien vamos a seguir hoy casi al pie de la letra en sus Memorias de un setentón. El advenimiento de este movimiento surgió, según nuestro guía, entre las destartaladas paredes del café situado en los bajos del teatro del Príncipe -hoy teatro Español- “hasta que, rebasando sus límites, partió de ellas el rayo luminoso que había de cambiar por completo la faz de nuestra vida intelectual. De allí, de aquel modesto tugurio, salió la renovación o el renacimiento de nuestro teatro moderno, de allí surgieron el importantísimo Ateneo científicio, de allí el brillante Liceo artístico, el instituto y otras varias agrupaciones literarias, de allí la renovación de las academias, de la cátedra y de la prensa periódica, de allí los oradores parlamentarios y los fogosos tribunos, que promovieron, en fin, una completa transformación social”.

Un sombrío y solitario café

El café del Príncipe había abierto sus puertas poco antes de que Napoleón ocupara con sus tropas la península ibérica. Corría el año 1807 cuando el matrimonio que formaban Isidro Fernández y Andrea Torreangulo inauguraron el local situado en la planta baja de la vivienda contigua al teatro del Príncipe, frente a las casas que entonces ocupaban lo que hoy es la zona este de plaza de Santa Ana. Un mozo llamado Romo completaba la plantilla que habría de ver con sus propios ojos años más tarde la eclosión del Romanticismo español. Le pusieron de nombre el mismo que el del cerano teatro, quizás para aprovechar en un principio la clientela que solía acudir a presenciar las funciones que se ofrecían en uno de los dos importantes coliseos de la capital. La oferta de bebidas era ciertamente escuálida, a saber, agua de cebada, ponche, zarzaparrilla o refresco de sorbete, según la estación del año. El café no tenía siquiera comunicación directa con el teatro y Mesonero lo califica de “salita, de escasa superficie, estrecha y desigual, destituida de todo adorno de lujo y aun de comodidad”. Por tanto, no parecía tener escesivas pretensiones aquel cuasi antro en cuyo interior se contaban “una docena de mesas de pino pintadas de color chocolate, con una cuantas sillas de Vitoria” como todo mobiliario. El resto de los complementos, si así se pueden denominar, abarcaban “una lámpara de candilones pendiente del techo y en las paredes hasta media docena de los entonces apellidados quinquets, por el nombre de su inventor, cerrando el local unas sencillas puertas vidrieras, con su ventilador de hojalata en la parte superior”. El local solía estar habitualmente desierto y escasamente alumbrado por una luz de candilones que tenía bastante de tétrica y que vertía sus tímidos haces sobre el “empolvado pavimento de baldosas de la ribera, en cuyos intersticios crecía la hierba, que acudían ganosos a pastar los ratones y corredoras con la misma franqueza que si fueran ganado de la Mesta en prado comunal”. Solamente en el fondo de la salita parecía haber vida humana habitualmente pues allí “aprovechando un hueco de una escalera, se hallaba colocado el mezquino aparador y a su alrededor había dos mesas con su correspondiente dotación de sillas vitorianas. Esas dos mesitas eran ocupadas por unos cuantos comensales, personas de cierta gravedad, diplomáticos antiguos en su mayor parte”. Cita entre estos a Arriaza, Onís, Pereyra o el afamado, tanto como peculiar y heterodoxo protoperiodista, José María Carnerero “los cuales por costumbre inveterada venían todas las noches a tomar su taza de café o su jícara de chocolate sin tomar en cuenta la mezquindez y suciedad de los trebejos de cristal o de loza en que aquellos confortantes les eran suministrados”.

La tertulia del Parnasillo y la Partida del Trueno

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Mesonero vivió y describió el ambiente del café del Príncipe

Pues pese a toda su sordidez, el tugurio sombrío y desierto fue el lugar elegido por los jóvenes bohemios que andaban diseminados por los diferentes cafés del entorno para, una vez reunidos allí, verter sus ideas literarias, artísticas o de cualquier otra índole intelectual. En los vecinos cafés de Venecia, el Sólito o Morenillo no se sentían lo suficientemente a gusto pues, según Mesonero, estos locales solían estar ocupados por “una concurrencia heterogénea compuesta por pisaverdes o lechuguinos insípidos, militares más o menos indefinidos o indefinibles, parásitos que olfateaban adónde se consumía un boll de ponche o se destapaban unas botellas de cerveza…”. Buscaban los jóvenes alumnos de Apolo un recinto que a falta de otras ventajas les pudiera dar la independencia y seguridad necesarias “para su franca y leal comunicación y echando el ojo por todos aquellos contornos ninguno hallaron más a propósito que la sombría y desierta sala del café del Príncipe”. Una noche de entre 1830 y 1831 plantaron sus reales poniéndole por nombre a su tertulia El Parnasillo. Describe Mesonero en sus memorias con todo detalle las peculiaridades del local, de las personas y de las ideas que defendían pues no en vano él mismo formó parte de algunas de las tertulias y se codeaba a sus ventitantos años con lo más florido del Romanticismo español. Fiel testigo, nos relata los pormenores del día que decidieron trasladarse al Príncipe, “a la cabeza de aquella fuerza pacíficamente invasora descollaba la fracción de más empuje en ella, fracción señalada tanto por el agudo ingenio de sus individuos como por la juvenil y donairosa excentricidad con que se entregaban a cultas y alegres jugarretas”. Se refiere a la Partida del Trueno, donde figuraban ingenios tan privilegiados como Espronceda, Ventura de la Vega y Escosura entre otros. En pos de ese grupo, “verdadera charanga de aquella legión poética, venían como soldados en fila” una pléyade de inicipientes y ansiosos diletantes de las musas como Larra, Lasheras, los Madrazo y un amplio etcétera. Después les seguía la cohorte de los artistas adscritos a la Academia de San Fernando, entre los que figuraban pintores, arquitectos, ingenieros  o impresores, todos ellos capitaneados por el arquitecto de la Villa y Corte Mariategui “cuya obesidad haríale pasar por bombo si su prosopopeya y coram vobis no le dispensaran el carácter de tambor mayor”. Completaban la marcha otros grupúsculos con personajes distinguidos de la buena sociedad de la época “amigos todos, aficionados a las letras y las artes” cada cual encabezados por un líder de falange. Se pensará que no iban a caber en aquel cuchitril que describíamos líneas atrás y que dio en llamarse café del Príncipe y así lo matiza Mesonero cuando dice que todos ellos no solían acudir en una misma noche ni a una hora determinada pero sí que alternativamente se debían presentar por allí dándole el sabor, el color y el calor que había de hacer célebre a este singular local. Fue tal el éxito de la tertulia del Príncipe que los miembros principales de la literaria entablaron negociaciones con el dueño del café para su asentamiento definitivo, por lo que “el intersado y amable anfitrión, dispuesto a dejarse invadir o conquistar por la nueva clientela, trató de mejorar algún tanto las condiciones materiales del establecimiento, reforzando el viejo mobiliario, añadiendo una lámpara más a la antigua funeraria, haciendo algún acopio de botellas y garrafones, y lo que es más filosófico, inventando en su favor el sorbete metafórico, el medio sorbete a dos reales el vellón y, a la misma módica cuota, el juego completo de taza de café con su plus de tostada, a discreción”. Al ya veterano camarero Romo “mozo de sesenta abriles que así escanciaba el garrafón como agitaba la chocolatera, añadió otro mancebo de servilleta y mandil para servir de Ganímedes a los nuevos concurrentes. Este tal mozo, llamado Pepe, fue confirmado de consuno y con ligera variación en el clásico y tradicional nombre de Pipí”.

Breves etopeyas de los más importantes

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José de Espronceda es descrito como un impetuoso joven vate

Pasa revista Ramón de Mesonero a los personajes más importantes del momento que pululaban con regularidad por el café del Príncipe, comenzando por el empresario teatral de origen francés José Grimaldi, a la sazón director en aquella época del teatro, a quien moteja de dictador de las tablas, quien “tendía el paño y disertaba con gran inteligencia sobre el arte dramático y la poesía”. Pasa a continuación a hablar de José María Carnerero, “con su amena y sabrosa conversación, sus animados cuentos, chistes y chascarrillos que por su color demasiado subido no me atrevo a compulsar aquí y que formaba las delicias de los jóvenes poetas”. De Bretón de los Herreros, autor entonces en boga, destaca “su alegre y franca espontaneidad, su prodigiosa facultad para versificar, aunque fuese una noche entera, y la homérica y comunicativa carcajada con que él mismo celebraba sus propios chistes”. Quizás sería Serafín Estébanez Calderón el más afin a Mesonero desde el punto de vista literario pues ambos compartían debilidad por los escritos costumbristas. Pone el acento en “su lengua estropajosa y su lenguaje macareno y de germanía, contando lances y percances a la alta escuela o entonando por lo bajo una playera del Perchel”. Lo compara antitéticamente con “la grave seriedad y su poco simpática elocuencia” de Gil y Zárate. De Ventura de la Vega apunta “aquel aplomo y cómica seriedad que le eran característicos, soltando un epigrama, un chiste agudo, que algunas horas después eran como porverbiales en nuestra culta sociedad”. Tampoco Espronceda escapa al análisis del Curioso Parlante, a quien acusa de “entonada y un tanto pedantesca actitud, lanzando epigramas contra todo lo existente, lo pasado y lo futuro”. Larra no podía faltar en esta nómina “con su innata mordacidad que tan pocas simpatías le acarreaba”. Los hoy menos conocidos, Patricio de la Escosura o Bautista Alonso, otros de los personajes que no escapan a la afilada pero siempre respetuosa y educada pluma de Ramón de Mesonero. Y resume el ambiente que ofrecía el café del Principe aludiendo a que “en fin, todos los concurrentes a aquel certamen del talento alardeaban sus respectivas facultades y convertían aquella modesta sala en una lucha animada, en un torneo del ingenio y casi en una literaria institución”. Finaliza el capítulo de sus memorias dedicado al café preguntándose Mesonero desde su perspectiva de septuagenario quién habría de sospechar que todos aquellos literatos, la mayoría en ciernes, iban a protagonizar uno de los vuelcos más importantes de la historia de la cultura en España, el que supuso el advenimiento del Romanticismo. Y todos ellos a pocos metros de distancia unos de otros en un oscuro, destartalado y triste tugurio del barrio de Las Letras de Madrid, en el epicento de lo que un par de siglos atrás había sido el predio de los Cervantes, Lope, Calderón, Góngora o Quevedo. Una gran generación la romántica que, si bien no tan brillante como la anteriormente citada, no deja de causar una feroz envidia desde la perspectiva que nos dan los albores del siglo XXI, donde la mediocridad se impone por doquiera. Pero no seamos tan pesimistas porque quizás los adalides de las letras actuales se encuentren ya perorando y sentando las bases de la cultura del futuro en cualquier antro de mala muerte, trasegando una jarra de cerveza o engullendo una hamburguesa, con la comisura de los labios chorreando esa inmunda mezcla de tomate artificial y mostaza. ¡Qui lo sa!

 

 

 
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Publicado por en junio 11, PM en Cafés

 

La Fontana de Oro

Placa de La Fontana

Placa dedicada a Galdós en el lugar exacto donde estuvo el café fonda. Foto http://www.minube.com

La Fontana de Oro fue una fonda café que mantuvo abiertas sus puertas en Madrid desde finales del siglo XVIII hasta 1843. Se encontraba situada en la esquina formada por las calles Carrera de San Jerónimo y Victoria, es decir, muy cerca de la Puerta del Sol. De este recinto no se conocen demasiados datos pero ha pasado a la historia por dar título a una de las novelas primerizas de Benito Pérez Galdós, publicada en 1870, que tiene como epicentro de la acción ese café, que lleva ese título y que refleja las vicisitudes de la política española durante el llamado Trienio Liberal. Gracias a la descripción que de ella hace el narrador realista canario podemos conocer no sólo la fisonomía del local sino también el ambiente que se respiraba en el mismo ya que era punto de reunión de los liberales, tanto los exaltados como los más moderados. En la novela se mezclan los hechos históricos reales del Madrid de aquel tiempo con las vicisitudes ficticias de los personajes de la novela. De su carácter realista y del conocimiento del Madrid del siglo XIX por parte de Galdós podemos deducir sin temor a equivocarnos que la descripción del café es fiel a la realidad histórica pues el escritor situará una buena parte de su obra narrativa en las viviendas, calles, organismos públicos y cafés del Madrid del siglo XIX, convirtiendo sus novelas en una de las fuentes de información más fidedignas para estudiar la fisonomía del Madrid decimonónico y los hechos y las causas que condicionaron la vida política española y madrileña y que desembocaría en la gran crisis del 98, con la pérdida de los últimos reductos del gran imperio español. Se sabe que La Fontana de Oro ya se encontraba abierta al público hacia 1760 y que figuraba como posada para caballeros, botillería y, poco después, fonda. El dueño del negocio era una italiano de Verona por nombre Giuseppe Barbazan. Fue uno de los primeros locales de este estilo en abrir sus puertas en la Villa y Corte, junto a La Cruz de Malta, el Lorencini y la Fonda de San Sebastián. Durante el Trienio Liberal se constituyó en foco muy activo de discusión política, habiendo noticia de que en su tribuna peroró Antonio Alcalá Galiano, tal como refleja Pérez Galdós en su novela. Fue el momento de máximo esplendor del local que, con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823, dejaría de ser foro de exposición de ideas políticas para reconvertirse nuevamente en fonda de viajeros. En 1843 el negocio pasó a manos de un empresario francés llamado Casimir Monier, quien abrió un complejo mixto de baños y salones de lectura, cambiando su uso y su nombre por el de Hotel Monier y cerrando una etapa singular de la vida política y social matritense, justo en el momento en que empezaban a aflorar y multiplicarse este tipo de locales llamados cafés o botillerías o de ambas formas.

El más concurrido, el más agitado y el más popular de los clubs

En su novela, Benito Pérez Galdós sitúa La Fontana de Oro como el eje de la agitación popular en los momentos en que el rey Fernando VII, pese a haber jurado la Constitución de Cádiz, inicia ya los movimientos convenientes para ir minando la acción y la moral de los liberales. El pueblo llano madrileño de esa época así como una concienciada juventud intelectual intentan sostener el liberalismo y para ello participan activamente de la política con la asistencia a tertulias, mítines y otros actos de carácter ideológico que se suelen llevar a cabo en clubs privados o en cafés públicos. Es el caso de La Fontana de Oro, hacia donde acuden las gentes siguiendo a los mejores oradores del momento con el fin de saber a qué atenerse respecto de las noticias que recorren los mentideros. Don Benito describe en el primer capítulo de la novela el gentío que se dirige al café desde la cercana Puerta del Sol, utilizando la técnica del narrador confidente del lector: “Mientras nos detenemos en esta descripción, los grupos avanzan hacia la mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada a un local que no debe ser pequeño, pues tiene capacidad para tanta gente. Aquella es la célebre Fontana de Oro, café y fonda, según el cartel que hay sobre la puerta”. A la descripción física de la entrada del local sucede la del público que a él accede y que el escritor califica de “juventud ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración, ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y oír el aplauso colectivo”. Desde la lejanía cronológica de los hechos ya acaecidos tiempo ha, el narrador nos cuenta el devenir posterior de quienes lideraron en aquellos momentos la vida política callejera y que tenían su sede parlamentaria en La Fontana, “allí se había constituido un club, el más célebre e influyente de aquella época. Sus oradores, entonces neófitos exaltados de su nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la política del país. Muchos de ellos viven hoy y no son, por cierto, tan amantes del bello principio que entonces predicaban”. Es en el capítulo II donde describe al detalle tanto los elementos inmóviles y ornamentales del recinto como a las personas habituales que en él se encuentran, desde el dueño hasta los camareros pasando por un gato que a buen seguro debió existir en la realidad. La minuciosidad acompaña al escritor en su relato descriptivo. Atentos: “En La Fontana es preciso demarcar dos recintos: el correspondiente al café y el correspondiente a la política. En el primer recinto había unas cuantas mesas destinadas al servicio. Más al fondo y formando un ángulo, estaba el local en que se celebraban las sesiones. Al principio el orador se ponía de pie sobre la mesa y hablaba. Después, el dueño del café se vio en la necesidad de construir una tribuna. El gentío que allí concurría era tan considerable que fue preciso arreglar el local poniendo bancos ad hoc. Después, a consecuencia de los altercados que este club tuvo con el Grande Oriente, se demarcaron las filiaciones políticas. Los exaltados se encastillaron en La Fontana y fueron espulsados los que no lo eran. Por último, se determinó que las sesiones fueran secretas y entonces se trasladó el club al piso principal. Los que abajo hacían el gasto tomando café o chocolate sentían en los momentos agitados de la polémica un estruendo espantoso en las regiones superiores, de tal modo que algunos, temiendo que se les viniera encima el techo, con toda la mole patriótica que sustentaba, tomaron las de Villadiego, abandonando la costumbre inveterada de concurrir al café”. Relata el narrador de La Fontana de Oro que el dueño del local intentaba conciliar los intereses de parroquianos y políticos, aconsejando el respeto mutuo pero este intento de mediación fue considerado una muestra de servilismo por lo que los primeros decidieron definitivamente abandonar el local. Sin embargo, la novela sitúa su acción en la época en la que estaban mezclados unos y otros en la planta baja.”Aquellos fueron los buenos días de La Fontana, cada bebedor de café formaba parte del público”, explica el narrador.

Dimensiones, decoración, muebles…

La fontana de oro 1

Curiosa edición de La Fontana de Oro. Foto http://www.fotocoleccion.net

Yendo a las dimensiones, decoración, muebles y demás ornamentación del local, la novela es generosa en su detallismo y Pérez Galdós describe con tanto primor como sentido de la ironía: “Entre los numerosos defectos de aquel local no se contaba el ser excesivamente espacioso. Era, por el contrario, estrecho, irregular, bajo, casi subterráneo. Las gruesas vigas que sostenían el techo no guardaban simetría. Para reformar el café fue preciso derribar algunos tabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el espacio suficiente se pensó en decorarlo con arte”. Para ello cuenta la novela que se contactó con los mejores especialistas del ramo que pululaban por la corte, que acordaron las modificaciones a realizar. Capiteles en las columnas, cenefas varias, papeles pintados de la vecina vía Majaderitos -hoy calle Cádiz- y un largo etcétera que posibilitara dar lustre y categoría al local. “Así se hizo y un día después la cenefa engrudada por los mozos del café fue puesta en su sitio. Representaba  unos cráneos de macho cabrío de cuyos cuernos pendían cintas de flores que iban a enredarse simétricamente en varios tirsos adornados con manojos de frutas, formando todo un conjunto anacreóntico fúnebre, de muy mal efecto. Las columnas fueron pintadas de blanco, con ráfagas de rosa y verde…/….En los dos testeros próximos a la entrada se colocaron espejos como de a vara; pero no enterizos sino formados por dos trozos de cristal unidos por una barra de hojadelata. Estos espejos fueron cubiertos de un velo verde para impedir el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tener todas las moscas de la calle”. Prosigue Galdós describiendo a través de su narrador el resto de elementos ornamentales del local. Ahora se refiere a un quinqué, quinquet según la terminología de la época, que recibiá “diariamente de las entrañas de una alcuza, que detrás del mostrador había, la sustancia necesaria para arder macilento, humeante, triste y hediondo hasta más de media noche, hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba a un lado y otro como quien dice no, y se extinguía dejando que salvaran la patria a oscuras los apóstoles de la Libertad”. Del estilo narrativo galdosiano deducimos que se trataba de un local poco depurado y menos adecuado para acoger a quienes se consideraban los arietes del futuro político español. Subraya esta impresión la descripción que se hace del mobiliario, muy modesto, “reducíase a unas mesas de palo, pintadas de color castaño, simulando caoba en la parte inferior y embadurnadas de blanco para imitar al mármol en la parte superior, y a medio centenar de banquillos de ajusticiado, cubiertos con cojines de hule, cuya crin, por innumerables agujeros, se salía con mucho gusto de su encierro”. Dirige a continuación su mirada el narrador al mostrador y a sus existencias, sin olvidarse de quien detrás de él hace de vigía impenitente: “el mostrador era ancho, estaba colocado sobre un escalón y en la fachada tenía un medallón donde las iniciales del amo se entrelazaban en confuso jeroglífico. Detrás de este catafalco asomaba la imperturbable imagen del cafetero y, a un lado y otro de éste, dos estantes donde se encerraban hasta cuatro docenas de botellas. Al través de la mitad de estos cristales se veían también bollos, libras de chocolate y algunas naranjas; y decimos la mitad de los cristales porque la otra  mitad no existía, siendo sustituida por pedazos de papel escrito, perfectamente pegados con obleas encarnadas. Por encima de las botellas, por encima de los estantes, por encima de los hombros del amo se veía saltar un gato enorme que pasaba la mayor parte del día acurrucado en un rincón, durmiendo el sueño de la felicidad y de la hartura. Era un gato prudente que jamás interrumpía la discusión, ni se permitía mayar ni derribar ninguna botella en los momentos críticos. Este gato se llamaba Robespierre“.

Ardiente juventud de 1820

La Fontana de Oro

Actual Fontana de Oro cerca de donde el antiguo café en calle Victoria. Foto http://www.tulollevas.com

Pasa a continuación el genio de las letras canario a describir al elemento humano, que en La Fontana de Oro se reunía con devoción de creyente, calificándolo de ardiente juventud de 1820, para pasar a continuación a preguntarse de forma retórica, “¿De dónde habían salido aquellos jóvenes? Unos habían salido de las Constituyentes del año 12, esfuerzo de pocos que acabó iluminando a muchos.Otros se educaron en los seis años de opresión posteriores a la vuelta de Fernando. Algunos brotaron en el trastorno del año 20, más fecundo, tal vez, que el del 12”.  Por último, el narrador intenta explicar los intereses que, más allá de las discusiones, albergaban tanto los ponentes como quienes escuchaban con fe absoluta sus discursos y dice que “al crearse el club no tuvo más objeto que discutir en principio de cuestiones politicas; pero poco a poco, aquel noble palenque, abierto para esclarecer la inteligencia del pueblo, se bastardeó. Quisieron los fontanistas tener influencia directa en el Gobierno. Pedían solemnemente la destitución de un ministro, el nombramiento de una autoridad. Demarcaron los dos partidos: moderado y exaltado, estableciendo una barrera entre ambos. Pero aún descendieron más. Como en La Fontana se agitaban las pasiones del pueblo, el Gobierno permitía sus excesos para amedrentar al Rey, que era su enemigo. El Rey, entretanto, fomentaba secretamente el ardor de La Fontana, porque veía en él un peligro para la Libertad. La tradición nos ha enseñado que Fernando corrompió a alguno de los oradores e introdujo allí ciertos malvados que fraguaban motines y disturbios con objeto de desacreditar el sistema constitucional. Pero los ministros, que descubrían esta astucia de Fernando, cerraban La Fontana, y entonces ésta se irritaba contra el Gobierno y trataba de derribarle”. En fin, real como la vida misma y muy actual y sintomático de la personalidad e idiosincrasia del pueblo español que, pese al paso de los siglos, parece haber cambiado batante poco. Por una parte, cándido en extremo y por otra, fácilmente manipulable además de pérfido y desconfiado de cualquier sistema político pues la experiencia le demuestra que en raras ocasiones se puede fiar de sus representantes. La Fontana de Oro, tanto la novela como el café real, fue un espejo de cuerpo entero del fracaso de una sociedad española que, como en tantos momentos de la historia, había iniciado una andadura con el objetivo de integrar las diferentes sensibilidades políticas que alberga en su seno. Ni entonces, ni antes, ni después lo hemos conseguido porque lo particular prima sobre las ideas e intereses de la colectividad. Quizás algún día se logre salir del halo de cicaterismo y miseria moral que nos envuelve. Actualmente, en la calle Victoria y unos metros más adentro de donde estaba la antigua Fontana, un pub irlandés ha retomado su nombre y una parte de su iconografía. Reproduce en algunos aspectos lo que debió ser el local durante los albores del siglo XIX pero ahora la discusión política ha sido desplazada por actuaciones musicales nocturnas y el trasiego de las reglamentarias bebidas espirituosas. Quizás sea mejor así y quizás este sea un marco más adecuado, en cuyo seno seguramente no se solucionarán de forma definitiva los problemas cotidianos del país pero al menos se podrá arreglar el mundo cada noche al calor de un güisquito originario de la verde Erin.

 

 

 

 

 

 
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Publicado por en mayo 22, PM en Cafés

 

Cafés de Levante

Sí, así en plural, cafés y no café de Levante, ya que fueron varios los locales de tertulia, esparcimiento y ocio en general que en el Madrid de los siglos XIX y XX llevaron esa denominación. Y lo cierto es que pese a su número escasea la información sobre estos cafés, contrariamente a lo que sucede con otros situados en Sol o en sus inmediaciones. Hoy más que nunca valoramos la aportación de la enciclopedia Wikipedia, tan denostada en ocasiones pero tan apreciada cuando no queda más remedio que acudir a ella y beber de sus fuentes documentales. Y esta biblia virtual nos recuerda que el primer café de Levante de Madrid estuvo abierto en la calle de Alcalá, frente a la iglesia del Buen Suceso. Que tuvo que cerrar sus puertas debido a la remodelación de la Puerta del Sol a mediados del siglo XIX, en concreto en 1858. Se trasladó por ese motivo el negocio a la calle del Prado. Posteriormente, dos nuevos cafés de Levante abrieron sus puertas, uno en el número 5 de Sol, junto al actual edificio sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid, y otro en calle Arenal, número 15. Estos dos últimos son los más conocidos y en ellos transcurrió una parte importante de la vida bohemia de la Villa y Corte durante los últimos años del siglo XIX y los primeros de la siguiente centuria. Incluso el situado en la Puerta del Sol se mantuvo abierto hasta bien avanzado el siglo XX. En cualquier caso intentaremos verter aquí los datos referidos tanto a su historia como a la de los personajes importantes que se sentaron en sus veladores o a los movimientos ideológicos o literarios que se desarrollaron en su interior. Es una pena que la información obtenida sea tan escasa. Es más, advertimos que algunos datos los ofrecemos con todas las reservas ya que no están del todo confirmados. Ello hay que ponerlo más en el haber que en el debe de quien valientemente se atrevió como pionero y se encontró con multitud de dificultades, nunca a la mala fe o a la falta de capacidad. Porque no cabe duda que quien intenta encontrar la luz sobre el pasado de Madrid, en cualquiera de sus ámbitos culturales, políticos, artísticos o sociales, lo hace con la única intención de ofrecer la mayor y mejor información a las generaciones posteriores. Y agradecidos hemos de estar.

El Levante de Alcalá y el de la calle del Prado

leonardo alenza y nieto

Leonardo Alenza decoró con sus lienzos el café Levante de la calle Alcalá

Desconocemos la fecha de apertura del café de Levante de la calle de Alcalá, el que desapareció cuando la remodelación de Sol. Suponemos que debía estar situado en la acera de los impares si hacemos caso a que se nos dice que se encontraba frente a la iglesia del Buen Suceso. A él se refiere Ramón de Mesonero en sus Memorias de un setentón cuando habla de sus “ahumados y estrechos aposentos donde engolfarse en una interminable partida de chanquete o ajedrez”. Se le conoció como el Levante ilustrado por ser punto de reunión de la Ilustración española. Por tanto, nos encontramos ante un detalle que nos insinúa que el café podría haberse abierto al público durante el siglo XVIIII. A ello podemos añadir que sus paredes estaban decoradas con pinturas del artista romántico Leonardo Alenza y Nieto quien representaba en sus lienzos la vida cotidiana de la capital, también en lo referido a las tertulias literarias de los cafés. Pero, ¿qué podemos decir de la biografía de este pintor ? Pues que nació en 1907 en el número 18 de la Cava Baja, entre posadas y tabernas. Que su padre fue un empleado de Farmacia, aficionado a la poesía y que llegó a publicar sus versos en el Diario de Madrid. Posteriormente, la familia se trasladó a vivir a la calle de los Estudios en cuyo Colegio Imperial se supone que el joven Leonardo veló sus primeras armas intelectuales junto a Ventura de la Vega y Hartzenbusch. Se formó en el dibujo y la pintura en la Academia de San Fernando, de la que saldría en 1833, fecha en la que se tiene noticia de su primer cuadro, por encargo del Ayuntamiento de Madrid. Se trataba de un lienzo alegórico sobre la proclamación como reina de Isabel II. En esta época trabaja de forma asidua pintando obras por encargo de carácter circunstancial, aunque con el tema histórico por denominador común, hasta que contacta con los románticos madrileños que bullen en el entorno del teatro del Príncipe. Es por ello que Mesonero le encarga que ilustre el Semanario Pintoresco Español. Estamos en 1839 y es el momento en que presenta sus caprichos, conocidos a posteriori y que se pueden disfrutar actualmente en el Museo Romántico. A continuación, ilustrará la novela picaresca Gil Blas y la edición de las obras completas de Quevedo. Ahora es cuando se dedica a decorar locales públicos como el café de Levante y la tienda Quiroga. Su vida comienza a torcerse en 1842 cuando se le detecta el mal del siglo, es decir, la tuberculosis. Pese a todo, en 1842 se le nombra académico de mérito de la Academia de San Fernando participando con doce cuadros de costumbres y un retrato en la exposición de 1844 organizada por este organismo. Su salud se va resquebrajando día a día y decide trasladarse a vivir a la Casa de Vacas del Retiro pues se considera que los efluvios de los bovinos son beneficiosos para su salud. Pero la suerte está echada para Alenza que muere el 30 de junio de 1845 en su domicilio del número 5 de la calle de San Ildefonso de Madrid sin haber llegado a cumplir los 38 años de edad. Su situación económica debía ser en esos momentos muy precaria ya que fue necesario que sus más cercanos llevaran a cabo una colecta para pagar un nicho en el cementerio de Fuencarral y evitar que fuera enterrado en la fosa común. Al margen de la obra que se encuentra en el museo Romántico, El Prado también conserva cuadros suyos así como la Academia de San Fernando, el Museo de Cerralbo o la Biblioteca Nacional, entre otras pinacotecas. Los lienzos costumbristas del café de Levante serán adquiridos posteriormente por un particular y acabarán en la colección personal de Lázaro Galiano, según recogemos del blog Cafés de Madrid. Con las obras de reforma de la Puerta del Sol los enseres del café de Levante de Alcalá pasaron a otro café homónimo situado en la calle del Prado, en concreto en el número 10 de esa vía. Pedro de Répide hace una mención de pasada al nuevo café en su Calles de Madrid donde dice que sobre la puerta del local había un dibujo de Leonardo Alenza, lo que nos hace deducir, esperemos que acertadamente, que se trataba de un traslado en principio provisional que después no se completó con la vuelta a Sol, cuando la reforma de la plaza estuvo concluida

El Levante de Arenal o Nuevo Levante

Café de Levante según Ricardo Baroja hacia 1905

Ambiente del café Levante Nuevo de Arenal, según lo dibujó Ricardo Baroja

En la enciclopedia virtual se nos habla de un doble traslado de vuelta desde El Prado a calle Arenal 15 y a Sol, número 5, donde a lo largo de los años 60 del siglo XIX abrirían respectivamente sus puertas dos nuevos cafés Levante. No sabemos si dicho traslado se trataba de una conexión empresarial o de una simple figura retórica para enlazar la información referida a los tres locales. Lo cierto es que en 1861 se inaugura el llamado Nuevo Levante en la acera izquierda de la calle Arenal. M. R. Jiménez nos lo describe en su blog Antiguos Cafés de Madrid como un café de “altos espejos, relativa anchura, divanes con funda  de crudillo en el verano y billares. Era un establecimiento con música, dotado de plataforma en el centro de la sala, donde había instalado un piano de cola. El violinista Abelardo Corvino, regordete y de cabello ensortijado, amable y simpático, ejecutaba, junto al joven pianista Enguita, piezas de música clásica para un público eminentemente melómano”. En un momento dado, y para diferenciarlo del de Sol, pasó a llamarse café Nuevo de Levante pero todo el mundo lo conocía como el Levante de Arenal. Seguimos citando a Giménez quien nos cuenta que, poco a poco, “el local se fue llenando de nuevos clientes dispuestos no sólo a escuchar música sino también a formar tertulias. Incipientes escritores y pintores, junto a niñas casaderas y comerciantes formaban el heterogéneo público que asistía a las veladas musicales que, en ocasiones, eran motivo de discusión”. Durante el tiempo que media entre la mitad de la primera y la de la segunda década del siglo XX fue el lugar donde Valle-Inclán sentó cátedra con su famosa y bullanguera tertulia, pugnando con los músicos del café por ver quién se hacía con los respectivos dominios. Las escasas dotes y sensibilidad musicales del genial gallego hicieron que chocara con los melómanos hasta llegar a ordenar con la soberbia y la desinhibición que le caracterizada “¡que se calle Wagner, que no deja que se me oiga”. Lo dice M. R. Jiménez en su blog Antiguos Cafés de Madrid quien añade que, junto a Ramón María del Valle, se encontraban regularmente en aquella tertulia otros genios del entorno de la Generación del 98 como Azorín, Rusiñol, Romero de Torres, los hermanos Baroja, Pío y Ricardo, Gutiérrez Solana o Rafael de Penagos, aún un chaval. Valle llegó a decir del Nuevo Levante que había ejercido más influencia en la literatura “y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y que muchas consagradas academias”. Ricardo Baroja añadió a lo dicho por el creador del esperpento que “los académicos, los consagrados, los profesores de centros de enseñanza oficial del arte nos temían como a la peste”. No es de extrañar con semejante fauna intelectual. El Levante de Arenal cerró sus puertas en 1915 y a continuacion el local lo ocupó una tienda de pañería.

Levante de Sol o Antiguo café Levante

Levante Sol

Fachada principal de café Levante situado en Puerta del Sol, número 5

Desconocemos la fecha exacta pero es en la década de 1870 cuando abre sus puertas al público el Antiguo café de Levante en el número 5 de Puerta del Sol, en uno de los nuevos edificios construidos tras la remodelación de la plaza. Se le llamó antiguo pese a ser más reciente su apertura que el de Arenal sin que sepamos a ciencia cierta la razón de esta inofensiva sinrazón. Por cierto, maticemos que en esta época el que dos locales tuvieran la misma denominación no era algo fuera de lo común y eran los asiduos de uno u otro los que le añadían calificativos como estos de nuevo o antiguo para diferenciarlos. De este local, que cerraría sus puertas en 1966, se puede contar que su primer dueño fue Pedro Gil y Calvo y que quienes lo frecuentaban solían describirlo como un café cómodo, limpio y tranquilo, donde todo el mundo se conocía. En 1892 sus interiores fueron decorados por el pintor Nicasio Pechuán, artista entonces de indudable prestigio, con cuyos lienzos es de suponer que se quisiera rememorar el ya lejano y desaparecido Levante de Alcalá. En el piso superior se instalaron unos amplios y modernos billares que hacían las delicias de los parroquianos, además de un salón especial de uso exclusivo para las damas madrileñas del momento. Fue de los pocos cafés que cruzó con vida la frontera que supuso la Guerra Civil pues, mientras la mayoría de los situados en los alrededores de la Puerta del Sol desaparecieron, éste continuó abierto pese a los inconvenientes y sinsabores del día a día de la contienda. Tras el conflicto fratricida uno de los fundadores de la Falange y pionero de la Vanguardia en España, Ernesto Giménez Caballero, fundó en sus sótanos la llamada Cripta de don Quijote o de los libertadores de América, tertulia con vocación americanista que su fundador quiso convertir en un museo lleno de figuras de bronce de los libertadores de los países de la América hispana. Toreros, actores, literatos en ciernes, periodistas y todo tipo de personajes del mundo de la bohemia pasaron por este lugar con asiduidad. Entre otros de menos renombre hay que citar una vez más a nuestro Nobel de Literatura Jacinto Benavente, al actualizador del sainete Carlos Arniches, al introductor del Modernismo en España Rubén Darío, a José Martí o al torero Marcial Lalanda, el más grande según el popular pasodoble. Otros personajes de prestigio que ocuparon sus mesas y veladores fueron Sinesio Delgado, Mariano de Cavia, Francos Rodríguez y el omnipresente en todas las salsas literarias y mundanas, Ramón Gómez de la Serna, quien se acercaba desde el vecino Pombo para sorprender con sus excentricidades no exentas de contenido intelectual o profano. Cuando el Antiguo café de Levante cierra sus puertas, con España en plena época desarrollista, ya el mundo es otro y los gustos en cuanto a establecimientos de ocio donde compartir opiniones al calor de un café con leche han cambiado. Los intelectuales son otros también. Jubilados o próximos a su ocaso los orgánicos, la nueva hornada probablemente esté más ocupada en husmear en reuniones de oscuros y desconchados sótanos, en su afán de adivinar las inmediatas consecuencias del que se presume será el fin del Régimen. Estarán, por esos años, guardando la gomina, afeitándose el fino bigote, dejando crecer barbas y greñas y contactando con burguesitos exiliados en el extranjero para hacerse una idea sobre las modas del París del 68 que se avecina o el fenómeno beat, ya caduco en los USA pero aún virgen en la piel de toro, con el fin de tener de qué hablar en cualquiera de los cócteles al uso que por esos años comenzaban a ofrecerse. En definitiva, el local se cierra y en sus lugar abre sus puertas un negocio de calzado sustituido décadas más tarde por el actual, de ropa y otros complementos deportivos, símbolo indiscutible de la sociedad de consumo, esa sociedad que ya acechaba en los expansivos años sesenta y que ninguno de esos intelectuales de cerrada y desaliñada barba y greñas aceitosas supo anticipar.

 

 

 

 
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Publicado por en mayo 13, PM en Cafés

 

Café de Fornos

Cafe-fornos-1908

Fachada del Café de Fornos en 1908. Foto Wikipedia

Con la apertura en 1870 del café de Fornos en la esquina de la calle Virgen de los Peligros con la de Alcalá se ponía el punto final a una filosofía de café que había comenzado a finales del siglo XVIII. El Fornos supuso un salto cualitativo sustancial y un anticipo de una modernidad que para este tipo de establecimientos se tradujo en perder algunas -o bastantes- de sus esencias tradicionales. En el café de Fornos se hablaba de política, está claro, pero qué lejos quedaba esta forma de hablar y la trascendencia de lo que se debatía respecto de lo que cincuenta años antes había supuesto, por ejemplo, La Fontana de Oro o, tiempo después, el café de La Iberia. En el café de Fornos se hablaba de literatura y en sus veladores los llorapenas del 98 exponían sus teorías sobre el futuro de España o de la ficción escrita en España, a caballo entre el análisis metafísico y el estrictamente doméstico. Sí, es cierto, pero el entorno sociológico ya no era el mismo que el del Parnasillo del teatro del Príncipe, cuando los románticos, por poner otro ejemplo, intentaban minar los cimientos del Estado surgido de la ominosa década. En el Fornos se hablaba de toros, en verdad, pero como se hablaba en cualquier esquina de la Puerta del Sol, solamente que aquí quienes tertuliaban acerca de la fiesta nacional tenían su algo más de pedigrí monetarista. Que las gentes de la nobleza y la aristocracia pasaban por aquí tampoco nadie lo pone en duda pero no era ya lo mismo. Los reservados y las diversas plantas permitían una mayor discreción y aunque el café seguía bullendo en cuanto a clientela, ciertos personajes de alto copete y puede que también de alta alcurnia no se mezclaban directamente no ya con la chusma sino sencillamente con las presuntas clases medias. El café de Fornos quería ser el no va más de los cafés de la zona perimetral de Sol y lo consiguió a fuerza de novedades que atrajeron a una clientela ansiosa de ellas pero también a costa de perder la esencia de lo que había sido el café madrileño durante más de medio siglo. Ya hemos hablado de los reservados exclusivos a lo que hay que añadir una exhuberante decoración realizada  por pintores de renombre. Los divanes, los tapices, las alfombras o la vajilla eran toda una novedad para la época. ¿Y qué decir de las especialidades culinarias? La inauguración supuso una puesta en escena con toda la magnificencia propia de un evento que quiere superar todo lo visto hasta entonces. Es decir, nos encontramos ante un café diseñado, construido e inaugurado siguiendo todas las técnicas modernas de negocios de cara al público, con una inversión desacostumbrada para la época, con su reportaje de inauguración en la prensa del momento, con su publicitación a través de las guías de viajes y, sobre todo, con un empresario detrás, Pepe Fornos, que a su vez pertenecía a la cuadra de uno de los mayores innovadores en cuanto a lanzarse a lo grande al mundo de los negocios, José de Salamanca y Mayol, el tan mentado marqués de Salamanca. Y, con todo, tampoco fue para tanto pues el Fornos apenas pudo cumplir medio siglo de vida y, además, salpicada esa trayectoria por algún que otro episodio desagradable y por cierta fama de inmoralidad, que si no llegó a más fue porque los máximos responsables de la misma pertenecían a las clases altas de la sociedad, es decir, no eran ni manolos ni chisperos.

Convento de las monjas de Vallecas

Dibujo del Café de Fornos

Dibujo de la entrada del Fornos. Foto http://www.el financiero.com

El local que ocuparía el Fornos había albergado hasta finales de los 60 del siglo XIX el convento de las Bernardas de Vallecas. Dicho convento había sido construido con el nombre de Nuestra Señora de la Piedad, mediado el siglo XVI, y era continuador del que el maestresala de Enrique IV, Alvar Garcidíez de Ribadeneyra había levantado en 1473 en Vallecas con el fin de proteger a las religiosas del convento, entre las que se encontraban sus hijas y nietas, tras su marcha a la guerra. Al nuevo convento también se trasladó la imagen de una virgen traída de África que progresivamente fue haciéndose famosa por sus milagros. El más conocido el de la niña que jugaba en los alrededores y tras caer a un pozo logró salvar su vida una vez que su madre pidió socorro a la virgen. De ahí el nombre de las dos calles con el nombre de Virgen de los Peligros, una de las cuales es aquella donde estaba el convento y que hacía y hace todavía esquina con Alcalá. Recoge este milagro Pedro de Répide pero él mismo duda de que esta sea la causa de la denominación de la virgen como de los Peligros, pues dice conocer otras vírgenes en otras partes de España con el mismo nombre. Al margen de esta leyenda, cuando se decide derribar el cenobio las religiosas pasaron al Sacramento y la imagen de la virgen fue colocada en un altar en esa nueva morada. Pues bien, en el solar que ocuparan las Bernardas de Vallecas el Ayuntamiento de Madrid decide construir cuatro bloques de viviendas cuyas entradas daban a la calle de Alcalá y en la esquina con Angosta de Peligros se construyó el café, que ocupaba la planta baja y el entresuelo de doble planta. La idea de ubicar allí un negocio de estas características fue del marqués de Salamanca pero sería su ayuda de cámara, el empresario José Manuel Fornos, el encargado de desarrollar y ponerse al frente del mismo tras su inauguración el 21 de julio de 1870. Pepe Fornos ya contaba con experiencia en la gestión de cafés pues no en vano era propietario del café Europeo, situado en la calle Arlabán, es decir, prácticamente cruzando Alcalá y adentrándose por la calle Ancha de Peligros, hoy Sevilla. Como decíamos anteriormente, la inauguración fue todo un acontecimiento social perfectamente orquestado para darle el realce que merecía un local que quería ser el número uno de los cafés madrileños. Y a fe que lo consiguió pues no todo el mundo podía permitirse el lujo de que un Gustavo Adolfo Bécquer escribiera sobre la fiesta de inauguración en La Ilustración de Madrid. En dicho reportaje, aparecían fotografías de los techos del establecimiento pintados por Manuel Vallejo, y otros decoradores como Terry y Busato. Las alegorías de Té, Café, Chocolate y Licores Helados, pintadas por el mencionado Vallejo, causaron sensación. A los tapices, alfombras y divanes ya nos hemos referido anteriormente y el resto de la decoración, en estilo Luis XVI, convirtió la fiesta de apertura en todo un acontecimiento para la Villa y Corte del que se estuvieron haciendo lenguas durante varios días hasta en el más humilde de los mentideros, según apunta  Antonio Velasco Zazo en párrafo recogido en Wikipedia.

Aristocracia, cenas, banquetes…

Café Fornos Edificio_Vitalicio_(Madrid)_01

Edificio Vitalicio situado en la esquina donde estuviera el Fornos. Foto Wikipedia.

El café de Fornos se convirtió rápidamente en punto de reunión de lo más granado de la sociedad madrileña del momento. Aristócratas, literatos, políticos, militares y, en general, gentes de todas las clases sociales. Las crónicas de la época narran con abundancia de detalles las innumerables cenas y banquetes que allí se daban para celebrar acontecimientos políticos y militares, aunque si hemos de ser sinceros no sabemos qué grandes acontecimientos de esos ámbitos de la vida pública española fueron dignos de conmemorarse con tales desenfados y desahogos. Mientras tanto, el local se siguió decorando y nombres de la importancia de Ignacio Zuloaga o Antonio Gomar, entre otros, dejaron su impronta pictórica en las paredes del café. Eudardo Zamacois y Quintana describiría con cierta ironía años más tarde el ambivalente clima que emanaba del Fornos, “el viejo Fornos, con sus bronces artísticos, sus zócalos de caoba y sus techos pintados por Sala y por Mélida, ofrecía no sabemos qué de suntuario y de frívolo, de distinguido y de escandaloso, de aristocrático y de bohemio, que, según el momento del día, invitaba a sus clientes a la contemplación silenciosa o acicateaba su regocijo. Cual si hubiese heredado partículas del espíritu de los dos últimos edificios que le precedieron en aquel sitio, el Fornos inolvidable de nuestra juventud tenía conjuntamente mucho de teatro y algo de iglesia”. Y es que no podemos olvidar que el local había albergado, en el ínterin entre convento y café, un teatro. La muerte del dueño del Fornos en 1875 no supuso freno ni cortapisa para el desarrollo del negocio. Sus hijos, acometieron a continuación una reforma del local que concluiría en 1879 y que supuso, entre otras novedades, la incorporación de un moderno sistema de ventilación que aireaba el local y evitaba los nubarrones propios de una época donde echar humo sin tasa en un recinto cerrado no estaba mal visto ni parece ser que afectaba tanto a los pulmones ni a la moral como en la actualidad. Las paredes del local se vistieron con cuadros murales pintados por afamados pinceles y se intentó que las mujeres -de toda condición, dicen los cronistas- acudieran en mayor medida, como reclamo a su vez, para incrementar la feligresía del local. Es decir, todo muy diseñado de antemano, todo muy moderno, con técnicas que hoy diríamos de marketing o mercadotecnia, todo muy acorde por qué no decirlo con la mentalidad empresarial del marqués de Salamanca, cuyo espíritu seguía impregnando aquellos salones. Literatos como Azorín y Baroja o bibliógrafos como Menéndez Pelayo se mezclaban con cantaores flamencos, mujeres de todo tipo y condición y noctámbulos varios, bien procedentes del vecino teatro Apolo, bien de los locales de la competencia que iban cerrando sus puertas pues el Fornos tenía vida diurna y nocturna, bien vaya usted a saber de qué garitos procedentes. Era tal la algarabía y el batiburrillo que se vivía en el café que el escritor Julio Burrell escribió un artículo titulado Jesucristo en el Fornos. Sin  comentarios. Obviamente se trataba de un negocio en el que sus dueños habían invertido una cantidad considerable para la época con el fin de que fuera el mejor de su categoría. Pero de éxito también se puede morir y esto es lo que le pasó al Fornos. Pero todo a su tiempo. Mientras tanto, toca decir que contaba con varias plantas, como apuntábamos anteriormente. En la planta superior había un extraordinario restaurante con una carta donde se ofrecían los más exquisitos platos. Es más, presentaba como una especialidad propia, el llamado Bistec a lo Fornos que consistía en una tosta con una loncha de carne de vaca, cubierta de jamón serrano, que era lo más del momento. En cuanto a la repostería, también el Fornos ofrecía a sus clientes lo mejorcito. Destacaba el llamado Felipe, un hojaldre en forma de tartarela relleno y espolvoreado con crema por el que se derretía el periodista Felipe Ducazcal. De ahí el nombre del dulce. En el entresuelo se encontraba la famosa tertulia La Farmacia que, tras un peregrinar por diversos locales, acabó en el Fornos. El farmacéutico Julio Escosura era el que llevaba la voz cantante de una reunión donde lo más importante era el buen humor y la amistad. Es decir, de escasa sustancia intelectual salvo que parecía algo así como una reunión de francmasones y eso debía darle cierto morbo. En la planta inferior se encontraban los famosos y discretos reservados en los que se realizaban almuerzos, cenas privadas y demás saraos, siempre dentro de la más estricta intimidad.

Suicidio, declive y cierre

En uno de los reservados del café uno de los propietarios del local, Manuel Fornos Colín, se descerrajó un tiro en la cabeza el 13 de julio de 1904. Este violento suceso desencadenaría la decadencia del Fornos. Así como encontramos datos, pelos y señales sobre intrascendentes noticias del Fornos, curiosamente no hemos encontrado ningún dato en la red que aventure las causas de tan tremenda muerte. Lo cierto es que tras el fallecimiento de Manuel Fornos se “empezó a no dejar entrar a ciertas mujeres” y el Gobernador de Madrid, conde de San Luis, dispuso que todos los cafés de Madrid cerrasen a las doce de la noche. Los hermanos de Manuel intentaron seguir con el negocio pero cuatro años más tarde, el 26 de agosto de 1908, cerró sus puertas definitivamente. Es decir, pasó en un plis plas del todo a la nada inversamente a cualquiera de aquellas patatas soufflé que cocinaban sus afamados gastrónomos en sus no menos afamadas cocinas del restaurante principal. Misteriosa, por tanto, la trayectoria del Fornos. Documentos habrá que puedan explicar el porqué del meteórico ascenso y más meteórico declive de un local que en todos los anales aparece como el más importante de la época de los cafés, cuando en realidad su trayectoria fue menor en lo cuantitativo -apenas medio siglo- y menos importante en lo cualitativo que otros locales del ramo que han pasado por este blog o que tendrán que pasar en un futuro. En mayo de 1909 volvió a abrir sus puertas con el nombre de Gran Café y nuevo dueño. Se reanudaron las tertulias y las fiestas en los bajos. Pero el local parecía condenado y desaparecerá diez años más tarde para dar paso a un cabaret con mesas de juego que quiere aprovecharse de un pasado presuntamente glorioso para lo que toma el nombre de Fornos Palace. Lo mejor que le podía pasar era que el Banco Vitalicio, que adquirió el edificio en 1923, decidiera reconstruir por completo la esquina y borrar cualquier rastro del café. Allí situaría su sede dicha entidad bancaria en 1941, después del desastre de la Guerra Civil. Triste epílogo para un café que antes que tal fue un negocio en el sentido moderno del término, es decir, sin alma y sin una asentada tradición tertuliana, donde ya daba la sensación de que lo más frívolo de la modernidad se había adueñado como la metástasis cancerígena se apodera de un cuerpo sano. Da igual que por allí pasaran Bécquer, Baroja, los hermanos Machado o Unamuno. Que Alfonso XII hiciera parada y fonda en sus reservados con sus compañeros de andanzas, Marqués de Alcañices y el doctor Camisón, es significativo del ambiente intelectual que debía acompañar al local. Que a Amadeo de Saboya le comunicaran que debía hacer las maletas mientras esperaba su comida en el Fornos tampoco es para figurar en ningún curriculum ni del de Saboya ni del local. Más, si se confirma que tampoco se puso nervioso y que con lo único que contestó a la noticia fue con que le pusieran un chupito de aguardiente italiana. De Mata Hari qué vamos a decir… Nos queda como recuerdo positivo la novela del gran Hemingway, Muerte en la tarde, donde nombra al Fornos, el pepito de ternera y el espíritu del perro Paco que todavía debe estar pululando por las mesas del actual café, de cucharillas de plástico y tazas de basto cartón, que desde hace unos años se ha instalado en el antiguo local. En fin, un negocio, el actual, en consonancia con lo que el Fornos pareció querer ser desde sus inicios. Por más literatura que le pongamos.

 

 

 
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Publicado por en mayo 2, PM en Cafés

 

Café Universal (O de los Espejos)

Café Universal

Una placa recuerda en la esquina izquierda de Sol con Alcalá la ubicación del Universal. Foto flickr.com

Los miedos y las dudas atenazan a quien aquí se atreve a poner negro sobre blanco cuando se trata de hacer un esbozo de lo que fue el Café Universal. La información a la que tiene acceso este humilde reciclador de datos aislados, inconexos y, casi siempre, encontrados por casualidad es en esta ocasión escasa, tanto que hay que desconfiar de que tenga un mínimo de interés como para merecer un clic en el ordenador del presumible lector. Ya que las zozobras y las inseguridades son tamañas vamos a centrar el discurso en las certezas y la primera y principal es la que nos encontramos en el actual número 14 de la Puerta del Sol, ya esquina hacia Alcalá, por la acera izquierda. Allí podemos leer en una placa, de las numerosas que el municpio desparrama por las fachadas de los inmuebles, que en ese lugar se levantaba el Café Universal de Madrid. No dudamos de que se trata de una certeza hasta que rastreando por la red nos encontramos que hay informaciones que sitúan dicho café un poco más al oeste, en la fachada comprendida entre las calles Preciados y del Carmen. No es ciertamente muy fiable tal dato… pero aparece repetido en más de una ocasión. Una nueva aportación al esclarecimiento del misterio aparece cuando leemos que Galdós le secreteaba a Clarín que el argumento de la novela Gloria se le clarificó bastante, cuando se encontraba entre las calles Montera y Alcalá, en su caminar hacia la tertulia canaria -de la que más abajo escribiremos- que tenía lugar en el Universal. El comentario se recoge en una carta que apareció con la publicación de las obras completas del genio del Realismo en 1912, en editorial Renacimiento, y hace pensar que Galdós se dirige desde Montera hacia el este, es decir a Alcalá, en cuyo número 15 -hoy 14- estaría situado el referido café. Al menos para este aprendiz de escriba que aquí deja plasmado su escaso conocimiento y sus muchas carencias la cuestión queda un poquito más clara, aunque nadie está libre de meter la pata hasta el corvejón. Dicho lo cual procedamos, sin dilación, a escribir sobre la idiosincrasia del Café Universal.

Café de los Espejos

Café de los espejos

Café de los Espejos en Sol esquina Alcalá

El Café Universal debió de ser uno de los numerosos locales de tertulia de la capital que aparecieron en el primer tercio del siglo XIX y que prolongaron su vida hasta entrado el siglo XX. No conocemos la fecha exacta de su apertura pero hay que tener en cuenta de que Galdós lo frecuentaba en sus primeros años de estancia en Madrid -finales de la década de los 60 del siglo XIX- formando parte de la tertulia canaria. De la lectura del texto firmado por José Pérez Vidal, titulado Una noche en la tertulia canaria del café Universal de Madrid con Pérez Galdós y León y Castillo y publicado en 1873, se puede deducir que se trataba de un local con bastante poso y pedigrí y donde los intelectuales canarios tenían montada su tertulia desde hacía algún tiempo. Es lógico pensar que dicha solera le viniera al café de los años de permanencia en la Puerta del Sol, por lo que podría ser que su apertura se remontara al menos a la mitad de siglo. Así, al referirse Pérez Vidal al camarero Pepe, dice  que no se trata del llamado Pepe el malagueño, “que atendía a los canarios en la década anterior y que aparece en una caricatura…” lo que sitúa como mínimo sus inicios a principios de la década de los 60. Otros datos sitúan su fecha de apertura exactamente el 12 de octubre de 1861, aunque se refieren a un local denominado Universal, eso sí, pero situado entre Sol y Preciados, en un solar que hoy ocupa un gran almacén. No nos cuadra el dato, al menos del todo. Pero bueno, si no sabemos con certeza cuando se abrió al público, sí que conocemos su momento de cierre, en la década de los setenta del siglo XX, con lo que probablemente fuera uno de los últimos locales de estas características que puso punto y final a su vida útil, en pleno corazón de la Villa y Corte. A él se habían trasladado desde los años 20 de idéntico siglo los tertulianos del cercano café Imperial que habían tenido que emigrar cuando el cierre de ese establecimiento. Una de las peculiaridades del café Universal era que sus paredes estaban decoradas con innumerables espejos de lo que le vino el nombre de Café de los Espejos, por el que también era bastante conocido. Intentaremos describirlo con cierta fidelidad a la realidad y para ello vamos a echar mano del artículo aparecido en enero de 2014 en la Revista de Chiclana y que está firmado por Félix Arbolí. El escritor andaluz al comentar las impresiones que le causa la capital tras llegar a Madrid allá por los años 50 del siglo pasado, describe su primera presencia en el Café Universal. Dice Arbolí que se llevó una grata sorpresa porque no se esperaba que “al fondo de esa pequeña barra de la entrada, donde consumían los que iban de paso y con ciertas prisas, se hallara un enorme salón, con numerosas mesas de mármol, como todos los de entonces, sofás de color rojo y sillas de madera”. Ya tenemos, por tanto, un primer esbozo de este recinto tertuliano que amplía nuestro amable informador cuando remarca que lo que más llamó su atención es que al fondo del fondo, es decir, al fondo del salón se veía “una pequeña tarima con piano, silla y micro de peana”, seguramente para actuaciones musicales propias de aquella época. Sigue describiendo el escritor y periodista andaluz el ambiente que se respiraba en el Universal afirmando que se encontraba siempre lleno “petado, como dicen ahora. Su situación en el lugar más emblemático  y visitado de Madrid, lo hacían escenario de un numeroso y heterogéneo público. Todos revueltos, sin apenas espacio donde poder moverse con facilidad. Entre la concurrencia y en aquellas fechas -recordemos años 50, en plena España franquista- aún era fácil distinguir a los que viajaban con la boina y la maleta de cartón como en las películas de Berlanga y Pepe Isbert, para visitar a un familiar, vender algo o buscarse la vida en la gran ciudad”. Desertores del arado, rematamos nosotros y en ese sentido responde también Arbolí diciendo que “eran los llamados Isidros, por los que tenían y tienen a ese santo por patrón”. Completa su descripción del recinto cafetero nuestro desinteresado informador comentando que podía uno pasarse la toda la mañana entretenido y divertido con sólo observar a cuantos le rodeaban, “parejas que hacían manitas, entonces la única licencia permitida a los enamorados, reuniones de jubilados ocupando las mesas más cercanas a la tarima, charlas de negocios y encuentros imprevistos. Todo un mundo de posibilidades que su estratégica y céntrica situación le ofrecían. El turismo era todavía desconocido pues ni siquiera figurábamos en el contexto internacional como un país propicio para la visita y el nacional, parco de bolsillo, boina o gorra como máximo, era el único  que se advertía por Sol y calles colindantes”.

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Galdós en su juventud. Foto es.wikipedia.org

Tertulia canaria

No era ciertamente un lugar de excesivo glamour el Universal allá por los años de la autarquía, si hacemos caso a la descripción que de él nos hace Félix Arbolí, y qué lejos estaba el local de ser lo que nos describe Pérez Vidal en su noche de la tertulia canaria publicado por el Centro de Estudios Galdosianos. Se trata a nuestro juicio de una recreación dramatizada del ambiente de tertulia que se vivía en el Universal y que congregaba a un grupo de burgueses emigrados canarios, entre los que se encontraba, como personaje más importante actualmente, Benito Pérez Galdós. El escritor canario habría de dedicar un elogio de uno de los camareros del local, el citado anteriormente Pepe el malagueño, haciéndolo aparecer en un par de Episodios Nacionales, los titulados España trágica y La de los tristes destinos. Del texto dialogal se deduce que los canarios solían comentar con regularidad los avatares de la vida canaria desde la lejanía peninsular. Era motivo de algarabía el contar con un periódico recién traído desde las islas por algún viajero reciente, lo que permitía comentar la actualidad política del ayuntamiento de Las Palmas o de otros órganos locales de gobierno. El minúsculo paso teatral de dos escenas está situado durante la Primera República y los contertulios comentan la actualidad en función de sus orientaciones políticas. Hay que suponer, por tanto, que de sus estancias en el Café Universal, de su callada observación del entorno y de sus encuentros con toda la fauna propia de este tipo de establecimientos Galdós debió sacar en claro muchos tipos humanos que después plasmaría en sus novelas. En estos tiempos revueltos del Sexenio Revolucionario el genio canario ya comienza a ser un escritor conocido y ha publicado sus primeras novelas, entre ellas La Fontana de Oro, La Sombra y El audaz. Se halla en un año decisivo para su carrera y acaba de publicar el episodio Trafalgar. Por los veladores del Universal verá pasar desde alguna Fortunata hasta más de un cesante. Precisamente, muy cerca de aquí, en el número 3 de Alcalá, se encuentra el edificio del ministerio de Hacienda donde el protagonista galdosiano de los cesantes entre los cesantes, Ramón Villaamil, pasará sus penas, frustraciones y angustias relacionadas con la falta de destino. Y es que el Universal debió ser un observatorio adecuado para ver entrar y salir funcionarios del vecino ministerio y escuchar las veleidades relacionadas con su puesto de trabajo. Hay que imaginar a un Galdós siempre discreto y casi siempre callado, tomando notas sobre los diferentes perfiles humanos o incluso esbozando dibujos y caricaturas, a las que tan aficionado era, en el mismo mármol de las mesas, como queda reflejado en dicha obrita teatral.

Olga Ramos y el torero Vicente Pastor

Olga Ramos

Olga Ramos en un sugestivo cartel anunciador. Foto es.wikipedia.org

No son muchas -hay que insistir en ello- las referencias que hemos encontrado de personajes famosos que pasaran sus mañanas, tardes o noches tomando un cafetito entre charla y charla en los veladores del Café Universal. Al margen de Galdós, o de esos escritores sin nombre que se trasladaron desde el vecino Imperial, tenemos la certeza de la presencia regular en el local de dos conocidas figuras que han pasado con cierto renombre a la posteridad. Se trata de la cupletista pacense Olga Ramos y del torero de Embajadores, Vicente Pastor. A la cantante la encontramos en la tarima del salón del fondo del Universal entonando sus picantones cuplés alla por los años cincuenta. Su presencia en el local abarcó un periodo de unos veinte años. Época importante de su vida puesto que allí conocería a su marido, el director de orquesta Enrique Ramírez de Gamboa Cipri. Ramos habia nacido en 1918 en Badajoz y desde niña mostró el deseo de dedicarse al mundo de la música. Su familia le brindó la formación que necesitaba en ese campo, tanto en su Extremadura natal como ya en el madrileño Chamberi, barrio al que habían llegado con todas las ilusiones y casi nulo equipaje. Junto a su familia trabajó en el cine Bilbao, poniendo música con su violín a películas mudas. A partir de ahí comenzó una carrera itinerante por España y Marruecos hasta dar con su violín, su garganta y sus huesos en el Universal. Allí se la empezó a ver acompañada al piano por una señora algo mayor, muy delgada y con gafas, deleitando al personal durante algo más de media hora cada día con sus chotis y cuplés salidos de la imaginación de Cipri, compositor de gran parte de su repertorio. Ahí comienza a hacerse famosa la que a juicio de Félix Arbolí “tenía una voz muy singular, un meneo con mucho garbo y un vestuario de auténtica chulapona, con mantón y abanico incluidos, que acompañaban sus pasos y canciones con gracia y desparpajo. Fue sin duda la más gentil embajadora de la Villa del Oso y el Madroño, algo que ella supo desempeñar con maestría y orgullo”. Fallecería Olga Ramos en San Sebastián de los Reyes en 2005, como una madrileña más, dejando el más grato sabor castizo en la retina de los vivos. Como lo haría el torero nacido en el barrio de Embajadores y llamado Vicente Pastor y Durán, en este caso en la memoria de los aficionados a la fiesta de los toros. También fue, al decir de los cronistas, un feligrés habitual del Cafe Universal. El llamado en sus inicios Chico de la blusa había visto la luz en 1879 y su apodo le venía por los tiempos de maletilla, cuando acostumbraba a saltar al ruedo vestido con blusa y gorrilla azules para torear los astados embolados que soltaban en Madrid cuando finalizaban algunas novilladas. Tomó la alternativa en septiembre de 1902 de la mano de Luis Mazzantini, con un toro de Veragua llamado Aldeano. A pesar de no ser una figura de primer orden del toreo se le reconoció una indiscutible calidad en lo que se refiere a la ejecuión de las suertes, con valor, determinación, pundonor, severidad, honradez, destreza, sobriedad, dominio y severidad. Le faltaba, a juicio de los entendidos, cierta belleza y elegancia pero, bueno, nadie es perfecto. Mataba extraordinariamente y el reconocimiento de los entendidos lo tuvo siempre, incluso después de cortarse la coleta el 23 de mayo de 1918. Su gran popularidad entre los madrileños se prolongaría hasta su fallecimiento en 1966 aunque durante los últimos años de su vida pasó carencias materiales que obligaron a montar una corrida homenaje para mitigar sus necesidades más perentorias. Triste final para una persona a la que imaginamos, más que en las mesas, de pie junto a la barra del Universal comentando pasados lances ante algún aficionado, o confiando viejos secretos al limpiabotas mientras le lustraba un par de viejos aunque cuidados zapatos, o cómo no, dibujando aquellas verónicas de alhelí que tan caras eran al gran Lorca quien, por cierto, en alguna ocasión se dejaría caer por el Universal acompañado del depistado payés del Ampurdá, Salvador Dalí, o junto al recio y aragonés Buñuel, en sus tiempos de la Residencia de Estudiantes. Aunque fuera por equivocación.

 

 
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Publicado por en abril 10, PM en Cafés

 

Café de La Iberia

“Es punto de cita, de conciliábulos y de recomendaciones; a él acuden todos los que hacen política y literatura, y periódicos y bolsa, y casi… todo; de allí han salido diputados y ministros y diplomáticos; allí, pues, debes acudir si quieres hacer carrera, quedándote con nosotros”. Esto lo decía E. Santoyo, un escritor costumbrista del siglo XIX, en un artículo titulado El café de la Iberia, incluido en la obra recopilatoria Madrid por dentro y por fuera, publicada en 1873 bajo la dirección de Eusebio Blasco. Y se dirigía específicamente a cualquier forastero ignoto que pasara por Madrid y deseara conocer los cafés más señalados de la capital, si no por sus características morfológicas sí por su prestigio o por su capacidad de interferir en la vida pública. Porque el café de La Iberia medió y mucho en el devenir político de la capital, que es tanto como decir del país. No en vano se le llamó foco de conspiradores porque, entre otras razones, en sus salas y veladores se daban cita lo más florido de ciertos sectores de oposición a Isabel II que tuvieron mucho que decir durante el denominado Sexenio Revolucionario. Junto a los políticos con ansias de medrar suelen estar sus inseparables periodistas y esos también se dejaban ver muy a menudo, al menos muchos de ellos, por este café. Los literatos tampoco pueden estar ausentes de ningún local de estas características que se precie, ni los toreros, ni… Pero bueno, dejemos todo ello para más adelante y comencemos por el principio, haciendo nosotros de acompañantes de Santoyo en esta anacrónica visita a uno de los cafés más nombrados en su época.

Canalejas desde Alcalá

Canalejas vista desde Alcalá. Al fondo a la izquierda se encontraba el Café La Iberia

Carrera de San Jerónimo.

El café de La Iberia estaba situado en la Carrera de San Jerónimo, relativamente cerca del Congreso de los Diputados. Este dato explica en parte que fuera un lugar de reunión habitual de políticos con pretensiones puesto que el objeto de sus desvelos les caía cerca. Incluso podemos afirmar sin dudar que se trataba de un local que abrió sus puertas al público antes de que el edificio del Espíritu Santo se convirtiera en sede parlamentaria pues, mientras Isabel II inauguraba el Palacio de las Cortes  el 30 de octubre de 1850, el recinto tertuliano que hoy nos trae a esta cita funcionaba desde 1838. Bien es verdad que en principio se llamó El Sol y que estaba situado en la acera de los pares de la carrera. Se trataba de un local que no dejaba en muy buen lugar al nombre por el que se le conocía. Al menos así nos lo traslada Santoyo, mientras lo acompañamos en tiempos del Sexenio por Carrera de San Jerónimo, acercándonos por su acera izquierda al café y dejando atrás la plaza de Canalejas. “En verdad -nos dice el escritor- que tan deslumbrante nombre no dejaba de ofrecer curioso contraste con la desnudez y pardo color de sus muros revestidos, los de cierta pieza, de un tonelete de estera fina, cepillo inexorable de los parroquianos que a su proximidad se sentaban, ni más ni menos que al uso de la célebre y primitiva botillería de Canosa. El ornato de la pared correspondía seguramente al mobiliario y al servicio que allí se usaba, reducido a unas mesas de disfrazado pino bajo capa de pintura color de chocolate y unas sillas que desvencijadas y sucias apenas si dejaban revelar su origen”. Era propiedad en esos años de una viuda de nombre Guillermina y por lo que escuchamos qué lejos estaba de la notoriedad que más tarde iba a alcanzar. En 1844 Eulogio Gómez lo adquiere por traspaso. Realiza mejoras para relanzarlo y le cambia el nombre dándole el de La Iberia. Sin embargo, don Eulogio muere en 1849 y al heredarlo su hijo Antonio decide trasladarlo de acera, al piso bajo del palacio de los marqueses de Santiago, más o menos enfrente de donde hoy en día se encuentra el teatro Reina Victoria, es decir, muy cerca de de la actual Plaza de Canalejas, en la acera izquierda sentido este. Su reinaguración en el nuevo local tuvo la solemnidad propia de las grandes ocasiones y cuentan las crónicas de la época que tanto antiguos parroquianos como periodistas y demás circunstantes “saborearon sin tasa los variados artículos que tan graciosamente presentó el dueño”. Santoyo, a quien seguimos con fe religiosa, comenta el éxito de la inauguración afirmando que todo el mundo se hizo lenguas del acto “y con justicia, que no de estómago agradecido, del lujo, del aseo y el confort con que se había instalado el establecimiento. Tales eran por entonces las mejoras allí introducidas, que de seguro no acertara a conocerlo la buena de doña Guillerma, si por acaso resucitara con ánimo de hacerle una especial visita”.

Marquesa Santiago

La marquesa de Santiago pintada por Goya

Casa del marqués de Santiago

La Iberia ocupaba el piso bajo de la casa-palacio del marqués de Santiago, edificio actualmente desaparecido. El solar se situaba entre las actuales calles del Príncipe y la de Echegaray -antes llamada del Lobo-, en la acera opuesta. Por el oeste hacía esquina con la calle Ancha de Peligros -hoy Sevilla-, donde tenía otra entrada, aunque dicha esquina dejó de existir cuando se amplió la actual plaza de Canalejas. El palacio había sido construido en el siglo XVII, poseía una entrada barroca y se componía de amplias y elegantes estancias. Desde su construcción fue vivienda de los marqueses y sus salones eran visitados por la más laureada aristocracia madrileña. Se tienen noticias del segundo marqués de Santiago, Fernando Agustín Rodríguez de los Ríos, amante de las bellas artes y académico fundador de la Academia de San Fernando que vivió a lo largo del siglo XVIII. Su actividad coleccionista la continuó su hijo y heredero del palacio, Cayetano Rodríguez de los Ríos, reuniendo una de las muestras de pintura más importantes de su tiempo, que abarcaba murillos, grecos y obras de Velázquez, entre otros grandes autores. La muerte de Cayetano en 1798 hizo que heredara posesiones y colecciones de pinturas su hermanastra, María Soledad Isidra Rodríguez de los Ríos, hija del primer matrimonio del marqués, conocida como la marquesa goyesca y que engrandeció aún más la colección. Se trataba de una dama que sería retratada en dos ocasiones por Francisco de Goya, primero de niña y después por encargo de su padre, ya adulta. El retrato de la V marquesa de Santiago en su edad madura, que se encuentra actualmente en el museo Paul Getty de Los Ángeles, parece ser que, si bien responde fielmente al aspecto escasamente atractivo de la dama, no refleja su personalidad dinámica, campechana y desenfadada. Dice la enciclopedia virtual al respecto que dicho lienzo “sí da fe de los rasgos físicos. Soledad era una mujer frágil, enfermiza y poco agraciada. Se pintaba mucho y carecía del porte y la elegancia natural que traslucían otras damas de su tiempo. Pero era viva de carácter e ingenio, hablaba con donaire y desparpajo y para todo tenía una réplica picante”. Esta fue la persona más afamada de la saga de los marqueses, cuyo edifico albergó el café de La Iberia hasta que la remodelación de la zona, hoy conocida como plaza de Canalejas, hizo que desaparecieran palacio y recinto de tertulia cafetera allá por 1910.

Cinco salas y un jardín

Volvamos, por tanto, a nuestro café y penetremos en sus cinco salas y jardín invitados por E. Santoyo, que será nuestro cicerone y nos explicará cuánto y qué se cocía en ese piso bajo de la casa-palacio de los marqueses de Santiago. “El local, como ves, -nos dice este generoso guía- los forman dos salas a la izquierda, un salón en el centro, otra pieza al final de éste y un pequeño jardín a lo último, que sirve de grato esparcimiento en las noches de estío”. La más interior de las dos salas nombradas en principio vemos que tiene pintados en sus muros motivos de carácter militar y en concreto artillero. Ese extraño decorado no deja de sorprender a quien allí entra y no sepa que en torno a sus mesas se reunieron durante un tiempo en amigable tertulia la denominada Peña de los artilleros. Se trataba de una tertulia cordial y bulliciosa, germen de la que con el mismo nombre se trasladaría posteriormente a la calle Sevilla convirtiéndose en círculo militar para alegría de sus miembros y pesar del dueño de La Iberia, Antonio Gómez, que “por el gasto y el gusto deploró grandemente la deserción de tan constantes parroquianos”.  Pero un clavo saca a otro clavo y fue marcharse los artilleros y apoderarse de la susodicha sala los hombres más caracteristicos del partido cimbro. “Allí -nos dice nuestro guía- toman café todas las noches y entre sorbo y sorbo discurren la redacción de un nuevo artículo para un aún nonnato código constituyente o quizás elaboran el mensaje a una corte extranjera, en ofrecimiento del trono, a un príncipe, a rey tránsfuga…”. ¿Y quiénes son estos denominados cimbrios? Pues se trata de un grupúsculo político surgido tras el triunfo de la Revolucion de 1868 cuando el Partido Demócrata se transformó a finales de ese año en el Partido Republicano Democráctico Federal y el sector de los demócratas se decantaron por la denominada monarquía popular defendida por el Gobierno Provisional del periodo comprendido entre 1868 y 1871. Durante el reinado de Amadeo de Saboya los cimbrios, así llamados por la referencia que hizo el mentado Gobierno Provisional en su manifiesto del 12 de noviembre al pueblo pregermánico que luchó contra la República Romana en en siglo II antes de Cristo, se acabaron integrando en el Partido Radical de Manuel Ruiz Zorrilla. Sus principales líderes fueron Nicolás María Rivero, Cristino Martos y Manuel Becerra y Bermúdez. En ese Gobierno Provisional que abría el Sexenio Revolucionario, que estaba presidido por Serrano y con Prim como ministro de Guerra, rechazaron integrarse al ofrecérseles sólo una cartera ministerial. Como Partido Demócrata habían sido unas de las fuerzas firmantes del Pacto de Ostende, coalición creada, junto al Partido Liberal y el Progresista, para derribar a Isabel II de la Jefatura del Estado. Pero sigamos visitando las diversas estancias de La Iberia que, por lo que presumimos en los ademanes de Santoyo, aún tiene muchos secretos que desvelarnos. Dejémosle que se explique a su sabor y que nos describa la sala contigua a aquella en la que los cimbrios sucedieron a los artilleros. Dicha pieza era “hasta hace pocos años centro de reunión a última hora de todos los jóvenes de la aristocracia. A ella acudían a la vuelta del Real a tomar un ponche en invierno o un biscuit en verano. Allí se comunicaban sus impresiones del día y de allí salieron para constituir el Veloz-club, ese círculo fashionable, como ahora se dice, de jóvenes del gran mundo”.

Tertulia taurina

No estaban solos en dicha sala los jóvenes arietes de la aristocracia matritense pues a su vera en veladores contiguos se reunían, quizás por contraste tanto de intereses intelectuales como de clase social, un círculo de aficionados al toreo. Quizás se tratara de la tertulia más antigua pues sus orígenes se remontaban a los tiempos en que don Eulogio Gómez era el dueño del establecimiento. Podríamos decir que se trataba de los decanos del café de La Iberia y como nos cuenta al oído Santoyo “su origen y asistencia se pierde en la memoria de ellos mismos”. Nombres asociados al arte de Cúchares como Pardo, La Marca, Gabriel el cachetero o Ropa Santa, formaban una amena reunión diaria…/… están al detalle de cuanto concierne a las lides taurómacas, tema obligado de sus animadas polémicas”. Estos aficionados al toreo, si no fueran tan vehementes en su dialéctica y si les interesara algo más que su propio arte, podrían haberse dado cuenta de que en la pieza contigua, allá por el año 1854, se redactó un documento trascendental para que la Junta Revolucionaria de Madrid declarase vacante el trono de España “y confiriera todos los poderes al duque de la Victoria hasta la reunión de las Cortes Constituyentes. ¡Pero quia! ¿Puede haber algo más importante que un buen volapié o una verónica bien recogida? En ciertos momentos seguro que no. Pues a lo que íbamos, aquel documento fue presentado a Baldomero Espartero quien rechazó lealmente la proposición que contenía”, nos confiesa Santoyo medio secreteando la información y, por lo que deducimos de su tono enfático, alabando la fidelidad del de la Victoria al trono de Isabel. Por cierto, se nos olvida decir que redactaron dicho documento en ese velador Rivero, Ortiz de Pinedo y Asquerino.  Saltamos al salón del centro y dejamos atrás conspiraciones y tertulias cuasi de secta. Aquí la vida, el movimiento y el ruido dominan y le dan una personalidad característica a la sala. Se agrupan en este recinto desde periodistas hasta políticos pasando por banqueros o bolsistas. “Semillero es esta sala de noticias de última hora -nos dice nuestro acomañante- atmósfera que condensa todos los rumores; que satura de esperanzas el ánimo de los del bando caído y contraria a los del triunfante, pandemonium de todas las opiniones menos las del Gobierno; de la crítica; donde se comenta lo acontecido y se previene el porvenir; donde todo, en fin, tiene acogida, mientras satisface la exigencia del voraz novelero”. Pero vamos a describir los diversos círculos de cabezas que en torno a los veladores se cierran en regulares círculos. Ahora nos señala con el dedo Santoyo a los más reputados literatos del momento, como Eguilaz o Pizarroso, que peroran monotemáticametne de sus asuntos dramáticos. Más allá, más políticos, en esta ocasión republicanos, quienes hablan de la única salida posible a España que por supuesto pasa por la implantación de la República. Ya llevan varios años preparando su salida a escena. Siempre, por tanto, son los mismos, salvo deserción por sorpresa o sorpresiva novedad. Al lado está el velador que recoge en su seno a importantes banqueros y bolsistas, que debaten en amigable consorcio junto a comerciantes y funcionarios de Hacienda que según nuestro cicerone son “gente toda oro puro, por lo que valen y por lo que tienen”. Mesas mixtas en cuanto a naturaleza de los ocupantes también hay en esta sala donde unas veces se ven a los moderados “que no lo son tanto -nos confía Santoyo- cuando desoyen las voces de los camareros para que desocupen el lugar, siendo necesario acudir al expediente de apagar casi el gas para lograr aquel fin”. Por último, un velador elástico en cuanto a componentes se ofrece a nuestra vista, gente joven de opuestas tendencias y condiciones “sin que a turbar acierte lo encontrado de sus ideas la habitual armonía que entre ellos reina”. Se reúnen en torno a esta mesa literatos, actores, periodistas y licenciados en derecho y medicina, todos con muchas ilusiones y presume quien escribe que pocas realidades.

El jardinillo

Es el último lugar que queda por describir quizás porque se encuentra al fondo del local y nos hemos demorado demasiado tiempo en contemplar al paisanaje de las salas. En cualquier caso, creemos que ha merecido la pena dejar para el final el jardinillo, que por razones obvias solamente se abre en verano. Las más distinguidas damas suelen ser sus clientes habituales, eso sí, acompañadas de sus inseparables cortejos de amigos o adoradores, que las acompañan y obsequian mientras otros más platónicos las contemplan o aguardan su salida desde la verja que al jardín da acceso. Hay algunas de estas señoras que no se atreven a cruzar el salón que da al jardín, quizás para no sentir sobre sus rostros alguna que otra mirada impertinente de macho pretenciosamente dominante. Estas señoras, desde sus carruajes, “se hacen llevar los deliciosos helados o bebidas, que -nuestro acompañante nos cuenta- de tanta fama en el café de La Iberia gozan, en tanto las saludan extasiados los que a la puerta disfrutan diariamente de ese grato y económico espectáculo”. Y observando no menos boquiabiertos desde la puerta de entrada -para nosotros de salida- a una dama de alto talle, tirabuzones dorados y mentón adelantado, que desde su calesa nos regala una mirada desdeñosa, dejamos atrás el bullicioso café de La Iberia. Ya van a cerrar porque están a punto de sonar las doce campanadas. Nos ha parecido encontrarnos cuando cruzábamos el vestíbulo de salida con ese escritor canario, tan prometedor, que responde a los apellidos de Pérez Galdós y que, nos asegura E. Santoyo, suele flanear por aquí. Puede que sea él. De lo que no nos cabe la menor duda es de que nos acabamos de encontrar cara a cara con Santiago Ramón y Cajal, médico prestigioso a quien estamos seguros concederán en un futuro los mayores galardones de su ciencia. Y nos marchamos tan a gusto aunque nuestro paciente guía nos coge por el brazo y nos dice que es consciente de que La Iberia no es el primero de los cafés de Madrid “artísticamente o suntuariamente considerado. No tiene las pinturas del de Fornos, los frescos y el confortable mobiliario del de Madrid, ni las paredes de espejos que mil veces reproducen salones del Universal. No. La Iberia, bajo limpio y decoroso aspecto se ofrece modestamente revestida a quien penetra en ella”. Es suficiente, porque lo que le da colorido a este recinto tertuliano son sus variopintas gentes, su carácter parasubversivo, su mencionada elegancia sin ostentación y sin duda, el vitalismo que irradian cada uno de sus veladores y sus salas. Hasta otra amigo Santoyo, no sabes lo que agradecemos tu generosa predisposición a ilustrarnos sobre La Iberia, uno de los cafés más señeros de ese siglo XIX tan convulso y, en consecuencia, tan gozado y padecido por los españoles a los que os tocó en suerte vivirlo.

 

 

 

 

 
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Publicado por en marzo 25, PM en Cafés