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Correderas Alta y Baja de San Pablo

corredera baja de San Pablo

Corredera Baja de San Pablo. http://www.minube.com

Las correderas de San Pablo son dos la Alta y la Baja. Y como dos calles aparecen en cualquier guía o callejero de Madrid sea de papel o virtual. Pero situemos al lector profano en geografía matritense, que será tanto como decir al ignorante en el callejeo por la Villa y Corte. Porque de los del foro pocos podrán decir que desconocen la ubicación de rúas tan castizas, en un barrio no menos castizo como es Malasaña, Universidad, Maravillas, Dos de Mayo… o como se desee nombrarlo. Porque todas estas y otras denominaciones son correctas y perfectamente asimilidas por vecinos y ajenos. Nos encontramos en pleno centro, en una zona donde decir que se hace vida de barrio es no sólo un elogio sino una forma de provocar la envidia al foráneo. Pasear por las correderas de San Pablo supone exponerse a observar cómo la sacerdotisa de Venus saluda desde su esquina a la maruja que sale tirando de su carrito de ruedas en dirección a la tienda para adquirir los puerros y calabacines reglamentarios con los que sorprender a los suyos con un puré de apertura. Y es que lo primero no cabe duda de que son la formas, ¡educación, vamos!, y por aquí todavía algo queda de eso, independientemente de estratos sociales u otras zarandajas sociológicas. De ese portal del que ha salido esa señora, ya entrada en años y con pechos de matrona o aya montañesa, podría haber asomado tirando del carrito un marujo con coleta y más pelo por detrás que por delante, raído pantalón vaquero y cigarro con forma de cono. O un chino, o una magrebí con chilaba y pañuelo, o una negra como el betún. Esto es la ONU y nadie se escandaliza ni anatemiza por ello. Cualquiera de los citados líneas atrás habría dado los buenos días a la familiar y cotidiana meretriz y habrían intercambiado tópicos sobre el tiempo ante la mirada de soslayo y sorprendida del guiri pelirrojo, sonrosado y carente de garbo que, no sabemos si por casualidad o a propósito, está conociendo este distrito. Y es que, volviendo a lo que veníamos diciendo sobre la campechanía de las gentes del barrio, cada uno va a lo suyo porque nadie es más que nadie. Que ya lo dijo Celestina. Por las correderas se puede y se debe pasear porque es de las zonas de la capital que rezuman madrileñismo y casticismo y donde todavía el talante de las personas con las que el flaneante se cruza es más importante que el envoltorio, que la apariencia, que el postureo en definitiva. Y puestos a elegir una ocasión para recorrerlas quizás sea ahora, con la llegada de la primavera. O un día cualquiera del mes de julio, a primera hora de la mañana, con las burras de la leche, en pleno verano. Sea cuando fuere, el diletante curioso podrá deleitarse con fruición percibiendo esos olores a acera limpia recién regada y congratularse con el ser humano al ver la cercanía de trato entre comerciantes y comerciados, entre paseantes y espectantes, entre parroquianos y taberneros. Abandonar la Gran Vía a la altura de Tudescos para penetrar en la Corredera Baja de San Pablo tras dejar atrás la plaza de Soledad Torres Acosta es hacer un ejercicio de regresión en el tiempo. Pero para bien. Es desasirse de lo puramente superfluo para entrar en una dimensión donde aún el trato humano cotiza al alza en la bolsa del devenir cotidiano. Encajonados en la aceptada estrechez de la Corredera Baja, a la que la apertura de la Gran Vía apartó como a tantas otras calles de lo que se considera centro neurálgico de la ciudad, vamos trepando hasta llegar a la plaza de San Ildefonso para, tras realizar un alto en el camino y disfrutar de una caña en cualquier tasca esquinera, continuar nuestro periplo por su hermana y afortunadamente más llana Alta de San Pablo, a la búsqueda y captura de la calle de Fuencarral, cerca ya del antiguo Hospicio. Al llegar, miramos hacia atrás y nos convencemos a nosotros mismos de que debería ser de obligado recorrido para el madrileñista que se precie el realizar al menos una vez al año este amable, gratificante y simpático itinerario. Pero vayamos al grano porque para que el paseo sea todo lo variado, entretenido y denso que merece la ocasión nada mejor que dejarnos acompañar de quien mejor ha definido estas vías, que no es otro que Pedro de Répide, uno de nuestros guías de cabecera y con quien hemos quedado allí arriba donde la Corrredera Alta de San Pablo confluye con Fuencarral, justo en el cruce con la calle Velarde. Juntos pretendemos recorrer a la inversa y contra la corriente de la numeración dos vías que son una sola y sobre las que nadie ha profundizado hasta ahora como nuestro Ciego de Vistillas. Vías gemelas, enlazadas por esa ágora de sosiego repleta de agradables y reparadores abrevaderos humanos que es San Ildefonso. Mesonero Romanos o Ángel Fernández de los Ríos, otros magníficos expertos en topografía madrileña, citan calles y plaza solamente de pasada, como si no mereciera la pena detenerse un momento en anotar siquiera unas líneas sobre sus peculiaridades, su historia, su genealogía o su idiosincrasia.

Verbena en honor a San Pablo

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Fachada de San Ildefonso. Foto Wikipedia

El origen del nombre de corredera, como sinónimo de calle, le viene a ambas rúas de los tiempos en que por allí se celebraba una verbena en honor al apóstol. Así nos lo confía Répide cuando nos secretea que “había un pequeño santuario dedicado a San Pablo junto a la quinta de la Vocinguerra de Arcos, es decir, hacia donde hoy se halla el Hospicio (actual Museo Municipal)…/…Allí se celebraba la verbena la víspera de la festividad del santo, siguiendo los puestos de flores y de frutas la línea de las Correderas, y empezando las hogueras desde donde es la plaza de San Ildefonso. Las familias que tenían posesiones en aquellos contornos iban a pasar la noche en ellas y el bullicio y la alegría popular eras grandes durante toda la velada, esperando la hora de la primera misa en la ermita”. Del hecho de que las gentes del centro de la Villa accedieran a la ermita por la actual Corredera Baja, remontando hacia la Alta hasta llegar a la ermita, les viene por tanto el nombre. E insiste Pedro de Répide en recordar que la denominación de corredera está reñida con cualquier otra como calle, “pleonasmo que ha llegado a verse en la rotulación de esta vía: calle de la corredera”. Dicho queda, don Pedro. Pero permítanos centrarnos en nuestro asunto para apuntar que, aunque se trata de dos vías de similar dimensión, la que verdaderamente tiene peso histórico es la denominada Corredera Baja de San Pablo. De la Alta poco se puede decir salvo que se llamó durante un tiempo calle de San Ildefonso, en honor a la plaza e iglesia de este santo que separa ambas correderas. Preciso es recordar que la plaza, en la antigüedad, se convertía cada mañaña en un mercado de productos de primera necesidad. Por otra parte, no olvidemos tampoco citar que en esta vía nació María Teresa del Toro, esposa del libertador hispanoamericano Simón Bolívar. Y poco más podemos añadir de la Corredera Alta. Pasemos, por consiguiente, a escribir de la Baja aunque para ello debemos cruzar la plaza de San Ildefonso, cuya iglesia fue construida para desahogar la de San Martín cuando la población se fue extendiendo hacia la zona nordeste de la ciudad. Data el templo de 1629, fecha en que los frailes benedictinos sanmartinos “labraron nueva iglesia a San Ildefonso en el mismo lugar de la plazuela donde se halla la actual y colocaron en ella el Santísimo el día 8 de julio”. Fue demolida en tiempo de la guerra contra los franceses y reconstruida años más tarde. Anteriormente el templo había estado situado en la calle San Roque pero se decidió por razones de intendencia cambiarlo de lugar.

El teatro Cervantes y la iglesia de San Antonio de los Alemanes

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Espectacular interior de San Antonio de los Alemanes. visitasguiadas-madrid.es

Dejamos atrás la coqueta y arrabalera plaza de San Ildefonso y descendemos ya por Corredera Baja, en esta ocasión y, contra nuestro proceder habitual, descontando la numeración y, consiguientemente, con los pares a nuestra izquierda. Todo sea por no contradecir al señor Répide. A la altura del número 39, donde hoy se encuentra una franquicia de una conocida cadena de supermercados, permaneció abierto, hasta que la Guerra Civil lo arrasó, el teatro Cervantes. Nos dice Répide que “aquí, cuando empezó la afición a las proyecciones cinematográficas había una de las diversas barracas que se levantaron en Madrid para la exhibición de aquellas, juntamente con la de algunos números de variedades. Sobre su solar alzose en 1908 el primer teatro, ya de fábrica, que se llamó Salón Nacional, y después de dos reformas y variada su denominación por la que actualmente lleva (Répide escribía su Calles de Madrid alrededor de 1920), ha quedado en él una sala vasta, pero destartalada y poco agradable, sin que el público que acudía mucho a él en su primitiva forma, siga favoreciéndole con la necesaria continuidad de su asistencia”. Esa falta de fidelidad de los clientes sería el anticipo de la maldición que se cebó con este recinto teatral. Nos cuenta Juan Larrea en su blog que, tras quedar derruido en el conflicto civil del 36, en el solar se levantó un bloque de apartamentos en cuyos bajos se abrío un cine que terminó convertido en sala X, con lo que ello suponía de foco de atracción de lo marginal. Hasta que cerró definitivamente sus puertas. Pero sigamos adelante porque enfrente de lo que fue el Cervantes ya podemos observar unos gruesos muros que se prolongan desde la esquina de la calle Ballesta hasta la de la Puebla y que son las paredes que longitudinalmente acogen el templo de San Antonio de los Alemanes, antes San Antonio de los Portugueses, y también conocido por Hermandad del Refugio. Se trata de un exponente diáfano y sobresaliente del barroco madrileño, cuya singularidad artística más importante es su planta elíptica, una de las escasas muestras de esta índole que podemos encontrar en España. La construcción de la iglesia se prolongó desde 1624 a 1633, reinando Felipe IV, como complemento del hospital de los Portugueses, creado anteriormente por el tercero de los Felipes. Decíamos que primeramente se llamó de los Portugueses hasta que en 1668 Portugal dejó de formar parte del Imperio español. En ese momento, y por razones obvias, se cedió su uso y disfrute a la amplia colonia de católicos alemanes que se habían instalado en Madrid con la llegada de la reina Mariana de Neoburgo, consorte del rey Hechizado. Obviamente, esa fue la razón por la que se cambió el gentilicio. La iglesia y el hospital pasaron a pertenecer a principios del siglo XVIII a la Hermandad del Refugio, sirviendo desde entonces “de hospedaje nocturno para menesterosos y de sucursal de la Inclusa para el acto abominable y cruel de la misteriosa entrega de los niños expósitos”. Son las palabras, más justas y atinadas que nunca, que desgrana Pedro de Répide para definir una institución que, además tenía en sus orígenes el compromiso de prestar ayuda a los necesitados de Madrid. Un sacerdote y dos seglares de la hermandad buscaban mendigos por las calles a los que socorrían con agua, pan blanco y un huevo duro que debía obligatoriamente tener unas dimensiones mínimamente dignas. Su tamaño se medía con una plantilla de madera que aún se conserva en el templo. Pero dirijámonos al apartado artístico y digamos que la iglesia es un extraordinario e inmejorable ejemplo del barroco calificado como ilusionista. Répide la tilda de la más importante de la Villa, con su “sencilla portada de granito con segundo cuerpo en el que se ve una imagen de San Antonio labrada en piedra caliza por el escultor Manuel Pereira”. Pasando al interior del recinto religioso pone el énfasis de su discurso en los “siete retablos e igual número de tribunas con celosías doradas. El retablo mayor es del siglo XVIII, obra de Miguel Hernández, y consiste en un solo cuerpo con dos columnas corintias en el frente de un nicho de planta circular…/…En los seis retablos simétricos restantes hay estimables pinturas como (las de) Santa Ana y un Cristo de Lucas Jordán”. Y este último artista es para Répide el máximo responsable de lo más notable del templo a nivel artístico y así lo atestigua al hablar de la cornisa “que es a la vez anillo de la cúpula (y desde donde) figuró el ingenioso pintor ocho tapices entre las tribunas, representando en ellos otros tantos pasajes de la vida de San Antonio de Padua. Debajo de estos tapices, que unos ángeles parecen sostener, hay varias figuras alegóricas sentadas sobre pedestales, en expresión de las virtudes practicadas por el santo. Pintaron la bóveda Juan Carreño y Francisco Ricci y fue luego retocada por Jordán. En ella hay varios nichos fingidos y termina la composición con una Gloria. Decoración en su totalidad bellísima y de gran armonía, que hace de esta iglesia una de las más dignas de ser visitadas por los verdaderos amantes del arte”. ¡Ni el más experto guía artístico podría explicarlo de forma más redonda, don Pedro!

El teatro Lara

Teatro Lara

El teatro Lara una noche de función. http://www.taquilla.com

Mucha es la información que aparece en diversos foros sobre la fundación y el devenir del teatro Lara, conocido como la Bombonera de San Pablo y una de las salas más importantes para la escena madrileña desde su apertura cerca ya de la finalización del siglo XIX. Pero permitásenos que demos la palabra una vez más a Pedro de Répide, porque su voz otorga una autoridad, una credibilidad y un saber decir difíciles de encontrar en otros nichos informativos. Comenzaba en su Calles de Madrid una descripción del teatro Lara que bien pudiera ser actualmente válida en su totalidad. Y lo hacía diciendo que fue construido “en 1879 por el opulento capitalista cuyo nombre lleva y levantado bajo la dirección del arquitecto don Carlos Velasco. La sala de este coliseo es reducida pero bien proporcionada y de agradable aspecto. El teatro tiene accesorias a la calle de San Roque y a su entrada ofrece la comodidad de tres vestíbulos antes de llegar a la sala de espectáculos, ventaja olvidada en los teatros últimamente edificados, en los que los ruidos de la calle se perciben claramente desde la sala y los espectadores colocados en las últimas butacas pueden desde su localidad comprar el periódico que pasan vendiendo por la acera”. El opulento capitalista al que se refería Répide no era otro que Cándido Lara, un ganadero y carnicero de origen leonés que contrató para su teatro a los mejores autores, actores y directores de escena de su tiempo y que incluso llegó a crear su propia compañía. Tras su muerte en 1916 su hija y heredera Milagros Lara pensó en derribarlo pero los vecinos del barrio se opusieron pues, según leemos en el blog Somos Malasaña, “lo consideraban casi de su propiedad. El teatro siguió adelante incluso durante la Guerra Civil”. La peor época para el Lara fue la de la década de los 80 del siglo pasado “cuando la crisis y el cine -nos siguen contando en Somos Malasaña- obligaron a echar el cierre en 1985. No fue hasta 1994 que su nueva dueña, Carmen Troitiño, encargó su reforma con ánimo de reabrirlo. Los trabajos de remodelación fueron encargados al constructor Luis Ramírez quien, enamorado de la sala, acabó comprándola él mismo para hacerla renacer”. El teatro Lara cuenta con un aforo de 464 butacas y nueve palcos y los días de lleno total impresiona con su aspecto decimonónico. Sería prolijo y cargante extenderse en enumerar los autores que han pasado por sus tablas pero no es exagerado decir que los mejores nombres del teatro español del siglo XX han estrenado en él. Nombramos sólo algunos: Benavente, los Quintero, Alfonso Paso, Alfonso Sastre, Buero, Salom, Gala, Galdós, Arniches, Fernández Shaw, Jardiel, Neville, Martínez Sierra, Ruiz Iriarte, Linares Rivas, Valle-Inclán o Luca de Tena. Si hay otra sala que presente un mejor currículum que venga y lo ponga aquí al lado para comparar. Y es que el Lara ha sido mucho Lara a lo largo de todo el siglo XX y es la perfecta guinda de este pastel que completan calle y teatro, teatro y calle. Pues una parte importante de la fama actual de la Corredera Baja de San Pablo se la debemos a que en su número 15 se encuentra este coliseo, grande no por sus dimensiones ni por ningún aspecto cuantitativo sino sencillamente por sus valores dramáticos, por la calidad de sus obras y por los autores y actores que han dejado sobre sus tablas lo mejor de sí mismos. Texto y representación, la esencia del género dramático ha tenido en el Lara el escenario perfecto para realizar la simbiosis mágica que llamamos con mayúsculas TEATRO. Y hay que decir sin ambages que, en este caso, la sala ha puesto en el mapa la Corredera por más que la Corredera discurriera por este populoso y abigarrado barrio de la Universidad desde bastantes siglos antes de que el carnicero Lara diera rienda suelta a su afortunada cabezonada.

 
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Publicado por en marzo 6, PM en Calles

 

Lavapiés: barrio, calle y plaza

Plaza de Lavapiés.ww.madrid.org

Plaza de Lavapiés poco después de su reforma. Foto http://www.madrid.org

Lavapiés, actualmente multiculturalidad… magrebíes, chinos, también perrofláuticos. Y algunos que quisieran ser considerados perrofláuticos pero a los que la edad y la carencia de actitud y aptitud los delata. Lavapiés, ayer manolería… chulapos y chulapas midiendo su dignidad a pedradas con los chisperos del Barquillo. O asesinando frailes, ¡seamos francos! Lavapiés, desde siempre esencia y aroma a pueblo. Madrid en estado puro, es decir, con la navaja en la faja, comentando un lance de Pepe-Hillo, de tasca en tasca… Si en algún distrito de la capital la palabra barrio tiene sentido en su más campechana expresión ese es sin duda Lavapiés. Y si Antonio Machado dijo aquello de que Madrid era rompeolas de las Españas, Lavapiés es el puerto al que arribaron desde tiempos inmemoriales gentes variopintas, procedentes de todos los puntos de la piel de toro, que en sus tarjetas de visita, es decir, en las arrugas de su rostro, en su morenez rústica, presentaban todo tipo de carencias materiales e incluso morales. Y si hay algún personaje típico y tópico de Madrid ese es el Manolo, el chulo, el vecino por antonomasia de Lavapiés. Por activa y por pasiva dejó escrito don Ramón de Mesonero Romanos que el tipo castizo madrileño “tiene su asiento principal en el famoso cuartel de Lavapiés y alrededores, que se fue formando espontáneamente con la población propia de nuestra villa y la agregación de los infinitos advenedizos que de todos los puntos del reino acudieron a ella desde el principio a buscar fortuna”. Especifica Mesonero que entre los que “vinieron guiados de próspera estrella, y cambiaron luego sus humildes trages y groseros modales por los brillantes uniformes y el estudiado idioma de la corte, vinieron también aunque por más modestas pretensiones los alegres habitantes de Triana, Macarena y el Compás, de Sevilla, los de las Huertas de Murcia y de Valencia, de la Mantería de Vallladolid, de los Percheles y las islas de Riarán de Málaga, del Azoguejo de Segovia, de la Olivera de Valencia, de las Tendillas de Granada, del Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y demás sitios célebres del mapa picaresco español”. Eso sucedería tiempo atrás, muy atrás, varios siglos atrás, cuando se poblaron los arrabales que caían hacia el sur, más allá de los límites de las diversas ampliaciones de todas las cercas menos de la última, la más moderna, la de Felipe IV, que envuelve la zona que ocupa este barrio, de nombre Lavapiés, que cuenta con una calle y una plaza que llevan idéntico apelativo y que son ejes y arterías principales de todo un cuerpo urbanístico que si bien en sus primeros tiempos acogía a lo más florido de la populachería española hoy extiende su llamada más allá de los límites de la piel de toro, acogiendo en su seno gentes de diversas razas, credos, costumbres y manías que han poblado sus costaneras, vericuetosas y enredadas calles dándoles un colorido y un vitalismo que han traído consigo la revitalización de un distrito capitalino apagado y moribundo hace apenas quince o veinte años. Hoy no son los habitantes de Triana, ni los del Potro cordobés ni los de La Mantería vallisoletana los que arriban a este empinado puerto sino que vienen con una mano delante y otra detrás desde Oriente o desde el más cercano continente africano tras sufrir todo tipo de desgraciadas peripecias en una odisea que acojonaría al mismo Ulises. Para muchos de estos morenos la vuelta a Ítaca seria un juego de niños comparada con su propia experiencia aunque tampoco debemos dejarnos llevar por la blandura y pasar por alto que si a España u otros países europeos llegan apurados y hambrientos es por la mala cabeza y peor gestión de unos gobiernos de origen que dictan, ordenan, parten y reparten a su antojo sin que ningún organismo internacional les pare sus dictadoriales e hipercorruptos pies. Quizás porque también tienen interés en que las cosas sigan como hasta ahora. Y, siento decirlo, las cosas no pueden ni deben seguir como hasta ahora. En todo caso, aquí están y aquí los recibimos con los brazos más o menos abiertos según las más o menos condescendientes sensibilidades de las que solemos hacer gala. Pero, en fin, vayamos a lo nuestro, que no es otra cosa que la descripción divulgativa y somera de lo físico y lo histórico del barrio de Lavapiés, de la calle que lleva el mismo nombre y que se manifiesta como eje de dicho barrio y que, por fin, desembocará en la plaza de igual apelativo cual arroyuelo que baja saltarín desde la plaza del Progreso (Tirso de Molina) para sumirse en el metafórico albañal que nos sugiere la boca de Metro que hoy día corona el ágora lavapiesina.

Origen hebraico -o no- del barrio

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Iglesia de San Lorenzo. Foto Wikipedia

Hay controversia y mucha sobre los orígenes del barrio de Lavapiés. Antes de convertirse en el foco de atracción de la emigración interior procedente de los barrios más marginales de las principales poblaciones españolas, parece ser que se había asentado aquí la colonia judía matritense allá por los tiempos de los Reyes Católicos. Lo afirma Pedro de Répide en su Calles de Madrid y, aunque su tesis ha recibido todo tipo de críticas y descalificaciones, nos atrevemos a considerarla plausible y verosímil en la medida en que coincide con los datos históricos que nos hablan de que el origen del barrio estaría en los asentamientos extramuros de la capital de finales del siglo XV. Répide escribe que la plaza y la calle llamadas de Lavapiés “eran residencia de los judíos conversos, después de las severas medidas antisemitas adoptadas por los Reyes Católicos, así como la calle Ave María fue refugio de moriscos”. O sea, una vez que los echaron del centro de la Villa. Por tanto, defiende El Ciego de Vistillas el carácter hebraico del barrio y subraya su argumentación aduciendo que “la judería madrileña tenía núcleo de población en las cercanías de la sinagoga, que estaba precisamente donde se alza la iglesia de San Lorenzo”, actualmente en el número 2 de la calle Doctor Piga. Quienes, por otra parte, consideran un mito el origen semita del barrio alegan que se trata de una falacia cultivada por los autores de obras literarias pertenecientes al regionalismo tardío predecesor del romanticismo nacionalista de finales del siglo XIX. Se remiten a Ramón de Mesonero, quien en sus Escenas Matritenses adjudicaba el nacimiento de dicha leyenda al escritor Don Ramón de la Cruz, en concreto en el sainete Los bandos de Lavapiés. Es más, estas opiniones contrarias a lo dicho por Don Ramón de la Cruz, avalado por Mesonero y subrayado por Répide, se basan en la defensa de la inexistencia de un barrio judío en la zona de Madrid de la que estamos hablando y que el auténtico barrio hebreo de Madrid se encontraría cercano a la actual catedral ya que en las excavaciones para instalar el futuro museo de las Colecciones Reales se han hallado recientemente restos arqueológicos relacionados con una supuesta antigua judería situada en ese entorno. En cualquier caso, y sea como fuere, no se puede negar la existencia de una sinagoga donde ahora se levanta el templo de San Lorenzo como tampoco que una calle que actualmente lleva el nombre de La Fe se denominó durante siglos calle de La Sinagoga. Otro argumento para acusar de falsedad el origen judaico del barrio es el considerar fruto de la imaginación popular la relación de su nombre con una fuente donde se lavarían los pies los judíos antes de entrar en el tiempo. Sabido es que no es propio de los adeptos a esa religión tal rito pero nadie puede impedir que se piense con la lógica que da el sentido común que en ese lugar existiera una fuente en la que, además de tomar el líquido propio para los usos habituales, se lavaran los pies judíos, musulmanes, cristianos o… cualquiera que por allí pasara. Y no precisamente por razones rituales sino por propia necesidad. A veces el echar a volar la imaginación y el despegar demasiado los pies de la tierra nos lleva a buscar tres pies al gato cometiendo errores comprensibles pero imperdonables. Dado el carácter humilde y popular de Lavapiés, nada sería de extrañar que el topónimo hiciera alusión sencillamente a la necesidad de asearse en tiempos donde ni existía el agua corriente ni se estaba muy por la labor de utilizar el agua para menesteres que hoy consideramos imprescindibles. Por otro lado, no podemos dejar de lado el polémico asunto sin recordar que el término Manolo o Manola, sempiternamente asociado al barrio de Lavapiés, tiene un origen religioso. “Una ostentación de cristianos nuevos -según Pedro de Répide- en la que tal vez latía al mismo tiempo una preocupación judaica, hacía que las familias de los conversos llamasen siempre Manuel al primero de sus hijos, con lo que, por la abudancia de ese nombre quedó aquel barrio como de los Manueles y por ende, de los Manolos”. Obvio es decir que Manuel es sinónimo de enviado de Dios.

Calle y plaza de Lavapiés

Fuente_de_Lavapiés. Wikipedia

Fuente de Lavapiés hacia 1870, pocos años antes de su derribo. Foto Wikipedia

La calle de Lavapiés es una rúa angosta, recta y en cuesta o pendiente, según desde el punto cardinal desde el que la ataquemos. Si iniciamos nuestro paseo desde su origen numérico, es decir, al norte, en la plaza de Tirso de Molina, habrá que transitar con el freno de mano echado lo que, si bien es siempre incómodo, nos permitirá disfrutar del sabor popular que desprenden esos balcones sabiamente decorados con geranios u otros tipos de plantas propias del acervo botánico-casero nacional. Sus balconadas estrechas y retranqueadas nos retrotraen a una arquitectura popular sobria y dominada por la practicidad de las construcciones. Si echamos a volar nuestra imaginación por esta rúa veremos transitar a alguna Fortunata o algún Maxi Rubín sumido en sus ensoñaciones, repitiéndose al doblar alguna de estas esquinas que Fortunata lo ama, que es mentira lo que dice doña Lupe la de los pavos, de que se ve a escondidas con Juanito Santacruz. Decía Répide hace algo más de cien años que era calle “de majeza, mapa y cifra de la manolería, que tuvo el privilegio de llamarse Real por concesión de Felipe III cuando en ella asistió a las fiestas de desagravio al Cristo del Olivar, cuya tradición está enlazada con las de las calles de Cañizares y Olivar”. Como anécdota, nos confía una vez más Pedro de Répide que pasado el cruce con la calle de la Cabeza, en lo que se denominó plazuela de Ludones, antes de llegar al Campillo de la Manuela, “queda el recuerdo más interesante de la calle. Allí vivía la hija del histrión Jerónimo Velázquez, Elena Osorio, amada de Lope de Vega, y a la puerta de aquella casa estalló, en una repentina discordia, la enemistad que tuvieron Lope y Cervantes, quien era grande amigo de los Velázquez y asiduo visitante de la casa. Lope fue luego el violento detractor de Elena Osorio y su familia y llegó a ser procesado por los libelos que le dedicó a aquellos cómicos y en particular a aquellas mujeres, de quienes decía en sus versos infamantes: Estas son tres, estas son tres, las que empuercan el barrio de Lavapiés“. Está claro que en asunto de faldas Lope no se dejaba enmendar la plana o mojar la oreja ni por el mismísimo Cervantes, más aún teniendo en cuenta que el dramaturgo se consideraba el galán entre los galanes de la época mientras que el cervatillo era poco más que ese autor semifracasado que movía a la conmiseración en el entonces asfixiante barrio de Las Letras. Pero descendamos la cuesta sin mayor dilación porque ante nosotros no tardará en abrirse de par en par un espacio amplio hacia el que confluyen varias vías de igual estrechez que la de Lavapiés, aunque con desiguales pendientes. Nos damos de bruces con la plaza de Lavapiés y, si el día de nuestro flaneo tenemos la suerte de disfrutar de un clima bonacible veremos a diestro y siniestro representantes de las más diversas etnias ocupando cualquier espacio que pueda considerarse, provisional o definitivamente, asiento. Y si no lo hubiere libre no pasa nada, en corrillo se ven hombres vistiendo chilaba que en cuclillas debaten con ardor y pasión sobre cualquier tema, desde la frivolidad futbolera hasta cuestiones morales propias de su idiosincrasia cultural. Oficialmente estamos en el distrito Centro, antiguamente del Hospital, parroquia de San Lorenzo, sí, aquella que cuyo solar parece ser ocupara una sinagoga tiempo ha. Nos encontramos en un espacio abierto, en forma de polígono más o menos irregular, donde vierten a sus paseantes o sus vehículos las calles Argumosa, Ave María, de la Fe, Olivar, Sombrerete, Tribulete, Valencia y la propia Lavapiés, nuestro cicerone desde el septentrión capitalino. La puerta del Sol del distrito del Avapiés como escribiera Mesonero Romanos, haciendo uso de un topónimo, el de Avapiés, que sólo ha aparecido en textos literarios de la mano de autores como Moratín padre o Fernández Shaw y que parece ser nunca tuvo una naturaleza real. Y aquí, en medio de la plaza es donde se sabe que estuvo situada la famosa fuente que daría nombre al barrio, a la calle y a la propia plaza, “una fuente -según Répide- de sencilla ornamentación y de buen aspecto que ha presidido esta plaza hasta el siglo XIX, en cuya segunda mitad se han hecho desaparecer neciamente típicos y bellos adornos de Madrid. Tan neciamente como en este caso, ya que, aunque sin gracia ornamental, ha seguido habiendo en este lugar una fuente del agua, que en otro tiempo fue tan renombrada como la del Bajo Abroñigal”. Dejemos a Pedro de Répide que lamente la ceguera de la clase dirigente y seamos pacientes para escucharle a continuación decir que en la esquina con la calle Tribulete se conservaba a comienzos del siglo XX el edificio que albergó la Real Fábrica de Coches, que tanta importancia tendría en los últimos años del reinado de Fernando VII “y frente a ella -concluye nuestro fiel y generoso guía- estaba, datando de análoga antigüedad, la famosa fábrica de cervezas de Lavapiés para la cual tenía su propietario extensa plantaciones de lúpulo en Peñaranda del Duero”. El vetusto edificio de la fábrica de cerveza fue derribado para posibilitar que la calle Argumosa ganara en anchura. Y aquí termina nuestro flaneo por un barrio que bien merece unas horas de atención, un barrio degradado y abandonado prácticamente desde la guerra civil, hecho que acentuó su carácter popular y humilde, pero que desde hace un par de décadas ha sufrido una positiva y espectacular transformación tanto en lo arquitectónico, como en lo comercial y, por supuesto, en el apartado humano. Al margen de la instalación en él de emigrantes procedentes del continente africano o de oriente, fundamentalmente, el poblador aborigen escaso de fondos económicos puso su ojo y su hipoteca en balcones asilvestrados, en portales muchos de ellos semiabandonados y con las maderas raídas o en fachadas desconchadas y víctimas fáciles de los grafiteros. Estas gentes han tomado pacíficamente sótanos, pisos, buhardillas y áticos y han convertido lo que estaba en un estado de semiabandono en un barrio amable, habitable y perfectamente practicable para el paseo o la escapada ociosa tanto diurna como nocturna. En nuestras manos está el disfrutarlo con sus luces y, por qué no decirlo también, con alguna, mínima, sombra. Pero, nada ni nadie es perfecto. Fijo.

 

 

 
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Publicado por en febrero 12, PM en Calles, Entornos, Plazas

 

Calle de Postas

Postas, Calle de 2

Azulejo de la calle Postas con la referencia al origen de su nombre actual

Si Postas no es una calle para flanear, a ver cuál. Es más, puestos a elegir calles galdosianas no cabe duda de que la que hoy traemos a nuestro blog es una de las muchas con indiscutible protagonismo en el universo de don Benito. Media tropa de Fortunata y Jacinta y parte de la otra media pulula, devanea, transita, pasea o se pierde por los alrededores de la calle de Postas. Galdosiana como ninguna otra es la esquina de Postas con Marqués de Pontejos. Galdosiana como la que más, la calle de la Sal, que enlaza Postas con la plaza Mayor. Galdosiana la esquina de Postas con San Cristóbal y no menos galdosiana la esquina de Esparteros con Mayor, de la que parte la rúa protagonista de esta entrada y que se prolonga poco más de cien metros en línea recta entre Esparteros y Zaragoza, constituyéndose con el paso de los siglos en uno de los tramos más pateados de la Villa y Corte. Porque Postas es ese cordón umbilical que, desde la extensión del arrabal hacia el este, une Puerta del Sol con plaza Mayor, con permiso de la escuetísima pero indispensable calle de la Sal. Y eso es mucho decir en la medida que todo paseante que se precie, sea forastero o aborigen, español o guiri, transita por esta habitualmente atiborrada vía. Desde la percherona alemana a la despistada y desmejorada japonesa. Desde la glamurosa y aterciopelada francesa hasta la recatada lusitana, siempre asombrada, agradecida y grandilocuente en la adjetivación de su sorpresa. Desde el sonrosado y bigotudo teutón, pendiente del próximo abrevadero de cerveza, hasta el estirado suizo que a eso de las doce de la mañana ya está persiguiendo una mesita donde saborear unas raciones bien regadas con sangría. Las miradas entre compasivas y cínicas de los siempre diletantes camareros le advierten, apoyándose en un inglés singular y macarrónico, de que aún debe esperar un ratito para llenar la andorga. Además, la calle Postas reúne actualmente en sus reducidas dimensiones toda la variedad de fauna callejera que uno pueda imaginar, desde un Cristo crucificado, religiosamente pendiente de las monedas que caen en la gorra, a una violinista de conservatorio que los fines de semana se hace un extra para las copas nocturnas. Desde un vocero argentino que nos quiere convencer, con su particular verborrea, de la posibilidad de hacer que una cuerda se comporte como una serpiente hasta el rumano esquinero que enseña un muñón a la espera de mover a la compasión a los paseantes. Esto es la calle de Postas, sin olvidarnos de las tiendas de recuerdos para turistas, con su torito mecánico para hacerse la foto reglamentaria, pasando por los locales de comida rápida, tan al uso y a los que no puede escapar ni siquiera un lugar tan céntrico, o los tradicionales y castizos bares de batalla donde entrar a devorar un bocata de calamares acompañado de la inevitable garimba. Algún negocio queda de estos todavía al lado de otros de delicattessen. Y alguna tienda dedicada a la venta de parafernalia religiosa. A saber, casullas, cálices, velones, reclinatorios u hostias sin consagrar. Aún el flaneante un poco atento puede disfrutar de la visión de un cura ensotanado, ya decrépito y entrado en canas y años, saliendo de una de estas tradicionales tiendas con un par de cirios pascuales bajo el brazo. ¡Si eso no es una estampa galdosiana, ya me dirán! Pasada por la batidora de las modas, la calle de Postas sigue respondiendo a ese tipo de vías comerciales que han existido en todas las épocas y, salvando las distancias, tampoco tanto la separa en la actualidad de aquella que, hace ahora unos ciento cincuenta años, describiera Ramón de Mesonero en su Antiguo Madrid al anotar en su cuaderno que “el aprovechamiento estremado del sitio, la estrechez y elevación de las fachadas, y el descuido absoluto del ornato exterior, llegan aquí a su colmo si bien la decoración que forma el alarde de telas de las infinitas tiendas de lencerías y de otros comercios, la sombría luz y la animación mercantil, hacen por manera interesantes a estas calles, especialmente a la de Postas, que es la arteria principal de aquellas ramificaciones y en donde apenas hay un solo portal ni un palmo de terreno que no esté destinado a aparador de telas y mercancías, ofrece bajo más de un concepto, grande analogía y puntos de comparación con el Zacatín de Granada, la calle Llana de Toledo, la de Escudellers de Barcelona, la de la Sierpe en Sevilla y la de Juan de  Andas en Cádiz”. En parecidos términos se expresa Pedro de Répide al describir esta popular, céntrica, literaria y turística vía. Tras insistir también en el linaje galdosiano, con el que directamente está entroncada como ninguna, y referirse a su indiscutible tipismo, hace alusión El ciego de Vistillas a su “viejo y pequeño comercio tradicional, que, según las ordenanzas de los gremios, era el de mercería, especiería y droguería, y así continúa siendo en toda la extensión de la pintoresca vía que al derivar hacia la calle de Zaragoza conserva en moderno edificio la institución de uno de los más viejos y famosos hostales de la villa, la Posada del Peine, en la que celebrar que, al renovarse en su aspecto, no haya tomado algún exótico y ridículo nombre”. Volveremos a la Posada del Peine líneas más abajo pero reflexionemos sobre los temores que ya Répide albergaba a principios del siglo XX sobre los riesgos de modernizar la ciudad y en concreto determinados lugares santo y seña de generaciones de madrileños.

Establecimiento de correo, viajeros y ganados

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Entrada principal del edificio situado en plaza Marqués de Pontejos que sustituyó al de Postas

El origen del nombre de Postas le viene de que en ella se levantó la primera oficina de correos o postas que hubo en Madrid. Este tipo de instalaciones se disponían en las principales poblaciones a lo largo de los caminos reales y de las líneas de correos para proveer el suministro de caballos necesario para realizar los viajes. Muchas servían además de parada de diligencias para viajeros y algunas se encargadan igualmente del transporte de ganado. Sobre la puerta de la casa se ponía un escudo de las armas reales y un rótulo de grandes letras moldeadas con el nombre de Parada de Postas. La de Madrid se sabe que estaba situada en la calle que ahora lleva ese nombre aunque sobre el lugar concreto hay discrepancias entre los que dicen saber del tema. Nosostros creemos, a riesgo de errar fácilmente, que debía de estar situada mas cerca del inicio actual de la numeración, en la embocadura con la calle Esparteros, que de la plaza Mayor y relativamente cerca de donde estaban en tiempos remotos las gradas de San Felipe. Lo cierto es que tanto Mesonero como Répide la sitúan en el “número 32 nuevo”, sin que quien esto escribe sepa a ciencia cierta si se trata de la numeración actual o aquella antigua por manzanas de viviendas. El blog El salón de Cris, del que tomamos los datos que siguen, la sitúa cercana al comienzo actual de la calle, en la esquina de Esparteros, y apunta que estuvo en funcionamiento “desde finales del siglo XVI. Que según las crónicas estaba al inicio de la actual calle de Postas…/… Se eligió esta ubicación por su situación estratégica, muy cercana a una de las puertas de la ciudad, la Puerta del Sol, donde se unían los caminos que llevaban a Guadalajara y Alcalá, además de comunicarse, mediante la calle Mayor, con los que conducían a Toledo y Segovia”. En cuanto a las peculiaridades formales de esta primera casa de postas, hay que decir que debía de ocupar un solar de los importantes de la vía pues Mesonero incide en la amplitud de sus dimensiones en su descripción de la misma. Nuevamente el blog El salón de Cris nos facilita datos sobre este tipo de establecimientos pues al describir las características de la casa de Madrid afirma que “debía seguir el patrón habitual de un gran portalón para facilitar el acceso de carruajes y sus tiros, el portalón llevaba a un gran patio en torno al cual se distribuían en las plantas superiores los aposentos para alojar a los huéspedes de cierto rango, y en la planta baja estaban las cuadras para los animales de tiro, los almacenes para las mercancías y una seguna puerta para que accedieran las personas decentes y distinguidas“. El edificio dio servicio hasta 1795 en que se trasladó muy cerca, al edificio contiguo a la Real Casa de Correos, entre las calles de la Paz, Pontejos y Correo y cuya fachada aún hoy se puede observar.  Ramón de Mesonero en uno de sus artículos de costumbres nos describe con su habitual maestría los inconvenientes que había que salvar en aquellos tiempos para realizar un viaje y el ambiente que se respiraba de madrugada a la hora de tomar el estribo ante un acto entonces tan peculiar y extraordinario como el de viajar, es decir, algo hoy tan común como trasladarse de una población a otra. El artículo se titula Un viaje al Sitio y en él nuestro Curioso Parlante se explaya sobre el concepto que entonces se tenía del viajar, el viaje, los viajeros y demás circunstancias concomitantes: “Prolijo sería mi discurso si hubiera de darle principio contando por menor las dilaciones que hube de sufrir para proporcionarme asiento en la diligencia; tampoco hablaré de las que me ocasionó la saca del pasaporte, y demás preparativos del viaje, antes bien dándolas todas por vencidas, me plantaré de un salto en el punto y hora de la partida”. A continuación ya tenemos a don Ramón presto y emperifollado, bajando por la calle del Carmen, bastón en ristre, en dirección al punto de partida en el momento en que “el reloj de nuestra Señora del Buen Suceso sonaba magestuosamente las cinco y cuarto de la mañana, cuando yo atravesaba precipitado la puerta del Sol con dirección a la casa de postas de donde sale la diligencia. Los viajeros y viajeras iban reuniéndose, mostrando aún en sus semblantes la impresión de la almohada, agradablemente interrumpida en algunos menos curiosos con tal cual ligera pinta de chocolate en la parte saliente de la nariz, o algún trozo de barba menos afeitado que el resto, efectos todos de la premura de tiempo. Las maletas respectivas, las sombrereras y los sacos de noche iban siendo colocados en sus respectivos departamentos; los mozos concluían de enganchar el tiro, y los briosos caballos probaban sus herraduras en las guijas del zaguán”. El delicioso relato costumbrista, cuya lectura íntegra recomendamos encarecidamente a fuer de ser considerados unos pesados, trata de un viaje al Real Sitio de Aranjuez. En el artículo, tras describir los semblantes de los viajeros, prosigue Mesonero narrando los preámbulos de la partida, en la casa de postas, “las portezuelas de las tres divisiones, berlina, interior y rotonda, se abrieron en fin y todos los interesados fuimos tomando posesión de nuestros respectivos asientos; los adioses, los besos, los encargos se cruzaban en todas direcciones, y al decir del mayoral –¿Hay más?– suena el reloj la media, ciérranse las puertas, silba el látigo, y rodando la inmensa mole, sale del patio haciendo temblar el pavimento”. Pero dejemos la primera casa de postas -a la que se refiere Mesonero en su artículo es obviamente a la moderna, sita en plaza de Pontejos- sin que se nos olvide mencionar que también tiene su leyenda de virgen, vecindario devoto y correspondiente milagro. Pero tan conocido es el argumento que remitimos a Répide o al propio Mesonero a quienes quieran indagar sobre dicha leyenda o simplemente conocer los pormenores.

Posada del Peine y Bernardino de Obregón

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Imponente e historiada fachada de la Posada del Peine. http://www.placesonline.es

Centrémonos mientras tanto en uno de los negocios hosteleros más importantes de la Villa y Corte y que se encuentra en esta calle, en concreto en el cruce con Marqués de Pontejos y con la de la Sal. Estamos refiriéndonos obviamente a la Posada del Peine, uno de los establecimientos más antiguos no solamente de la capital sino de toda España. Fue fundado en 1610 en la entonces calle del Vicario viejo, hoy Marqués viudo de Pontejos, esquina Postas. Su primer propietario fue un tal Juan Posada quien hizo honor a su apellido al entrar en el negocio de la hospedería. Se sabe que a finales del siglo XVIII fue ampliada, siendo sus propietarios los hermanos Espino. Solicitaron licencia municipal y elevaron una nueva planta en las dos fachadas del inmueble bajo la supervisión nada menos que del arquitecto municipal Juan de Villanueva. A lo largo del siglo XIX se llevaron a cabo nuevas ampliaciones, aumentando el edificio una altura más hasta convertirse en el año 1868 en uno de los establecimientos punteros del sector en cuanto a prestigio, llegando a contar con 150 habitaciones a disposición del público. Sin embargo, a lo largo de la historia la pintoresca Posada del Peine ha pasado por altibajos como señalan los diferentes viajeros de renombre, tanto nacionales como extranjeros, que se alojaron en sus habitaciones y que dejaron su testimonio unas veces laudatorio y otras no tanto. La presencia del peine junto al aguamanil en cada una de sus estancias hizo que creciera de boca en boca su prestigio pero sus ruidos infernales, tanto nocturnos como diurnos, debido a la presencia de una clientela excesivamente popular, contribuyeron a que durante algún tiempo se comparara cualquier hecho, lugar o situación caóticos con la Posada del Peine. En el siglo XX, Camilo José Cela revitalizó su fama cuando le dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia aunque no pasaba precisamente por sus momentos más boyantes. Actualmente es un establecimiento hostelero prestigioso tras la remodelación llevada a cabo a principios de milenio por una cadena madrileña y después de permanecer cerrado durante más de 30 años. De la antigua posada se conservan la fachada de los edificios originales, algunas vigas, la escalera de entrada y poco más. Suficiente para recordar a uno de los locales de hospedaje de rompe y rasga de la historia de la Villa y Corte. Como de rompe y rasga es la leyenda con visos de histórica que nos va a servir para poner la guinda a este flaneo por la calle de Postas. Hace referencia a un noble caballero de la corte de Felipe II llamado Bernardino de Obregón, que abandonó su vida de lujo y ostentación para practicar la solidaridad humana, si seguimos la terminología actual. En esta sorprendente metamorfosis tuvo bastante que ver nuestra actual calle. Pero dejemos hablar a Ramón de Mesonero sobre Bernardino de Obregón. La conversión a la penitencia de “este piadoso varón, es sumamente interesante, y ha ocupado las plumas de los historiadores y biógrafos y hasta fue presentada en escena por la musa cómica de Gaspar de Ávila. Era natural de Las Huelgas de Burgos y procedía de una familia ilustre y acomodada. Siguió la carrera de las armas y fue secretario y ayudante del duque de Sesa, don Gonzalo Fernández de Córdoba; su nobleza, caudal, juventud y dotes personales le hacían uno de los más cumplidos caballeros de la corte de Felipe II. Adornado primorosamente con el esmero propio de tan apuesto galán, pasaba una mañana por la calle de Postas, cuando un barrendero, por inadvertencia, le salpicó de lodo el vestido; irritado nuestro caballero, y no pudiendo contener sus ímpetus, dio una bofetada al barrendero, el cual, lejos de enojarse, arrojó la escoba, y postrándose a los pies de Obregón, díjole con una mansedumbre evangélica: doy a vuestra merced gracias por esta bofetada con que me ha honrado castigando mi falta, de cuya heroica respuesta, sorpendido Bernardino, no pudo menos de estrechar en sus brazos al barrendero y pedirle fervorosamente perdón; y herido como por un rayo de luz divina por aquella escena, regresó a su casa, resolvió cambiar su vida disipada, y trocar su fortuna y brillante posición por la de un humilde servidor de los pobres”. El otrora noble de rango Bernardino se convirtió de la noche a la mañana en noble de corazón y retirose al hospital de Corte, después fundó el hospital de Convalecientes y por último la famosa cofradía de los Hermanos Obregones que durante siglos se dedicó a cuidar enfermos en los hospitales. El cuerpo de  nuestro Obregón fue inhumado en la iglesia del hospital General de Atocha, donde hoy se levanta el Centro de Arte Reina Sofia y a cuya historia también hemos dedicado una entrada en nuestro blog. Y esto es todo amigos, en cuanto a la calle de Postas se refiere. Algunas cosas quedan en el tintero, como mencionar que el número 6, inmueble dedicado a la venta de productos religiosos, es considerado uno de los más estrechos de Madrid, junto a la casa de Calderón de la Barca en Mayor  61 o las ya desaparecidas de las cinco tejas o del ataúd, en Santa Ana y Caballero de Gracia, respectivamente. Tampoco nos hemos referido a la presencia en Postas de uno de los últimos cines golfos de Madrid, refugio de chaperos, reprimidos y demás marginados sexuales que, afortunadamente, cerró sus puertas hace ya algunos años. Muchos cambios ha sufrido esta añeja rúa a lo largo de la historia y sobre todo durante los últimos tiempos pero más de aspecto que de fondo. Porque su tradicional espíritu sigue intacto. Nos referimos a su vocación comercial, a su aroma galdosiano y por extensión decimonónico, a su papel cada vez más preeminente de enlace entre Sol y Mayor, a su situación de escaparate para músicos y otros artistas callejeros y, en definitiva, a su carácter humilde, de calle secundaria pero imprescindible en el latir de ese corazón que es el centro urbano de Madrid, allá por los contornos del arrabal de San Ginés.

 
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Publicado por en enero 24, PM en Calles

 

Calle del Barquillo

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Calle Barquillo. Foto http://www.minube.com

Densa, compleja y abigarrada la historia de la calle que hoy incluimos en nuestro blog. Una vía, la del Barquillo, cuya denominación nos trae a la memoria ecos tanto populares como aristocráticos. Y con razón, pues su devenir está tan ligado a la realeza como a los más castizos tipos de la Villa y Corte. Rúa que a lo largo de su amplia biografía ha mutado en repetidas ocasiones su personalidad, desde trayecto de salida hacia Vicálvaro a calle de los instrumentos musicales, durante el último tercio del siglo XX. Actualmente se puede calificar de prolongación del remozado tanto física como culturalmente barrio de Chueca, caracterizándose por la presencia en sus portales de numerosos restaurantes, tanto de tradicional y añeja como de nueva cocina o de tiendas de moda donde a precios más o menos asequibles se pueden adquirir vestimentas y complementos recién salidos del magín de estilosos modistas o marroquineros. Es más, se podría hablar incluso de un cierto camaleonismo en cuanto a la idiosincrasia de esta calle se refiere, pues si al anochecer se convierte como decimos líneas atrás en zona ociosa, durante las mañanas uno puede flanear por sus aceras y percibir el olor del asfalto húmedo o comprobar cómo el vecindario aún se saluda de portal a portal o al cruzar sus pasos hacia vaya usted a saber qué menesteres. Está enclavada Barquillo en una zona asaz literaria. Don Ramón de la Cruz se inspiró en los tipos populares de este barrio, otrora de chisperos, para enhebrar algunos de sus entretenidos sainetes. Por otra parte, las calles Almirante y San Marcos, con las que comparte amigable vecindario, fueron escenario de las idas y venidas del protagonista de la obra de Luis Martín Santos Tiempo de Silencio y los personajes de La Fontana de Oro o de La Desheredada de Galdós solían despejarse de sus angustias existenciales caminando por sus aceras. También se han paseado por estos pagos otras congojas de cintura para abajo pues no en vano durante un tiempo no muy lejano sus edificios acogieron nombrados lupanares que sirvieron de válvula de escape a más de un españolito o españolazo de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del XX. O lo mismo también a los del siglo XXI. A saber. Todo ello y más ofrece el perfil de la calle del Barquillo, situada en el denominado barrio de la Justicia, para unos, para otros incluida en el de Chueca y si hacemos caso a Pedro de Répide -a quien confiaremos bastantes de nuestros pasos, una vez más- dándole ella misma nombre a la zona pues no en vano se refiere al barrio del Barquillo en su obra Calles de Madrid.

El barco de la marquesa de Nieves

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Placa en el lugar donde estuvo  la casa de Tócame Roque. http://www.edicioneslalibreria.com

Vía recta como una vela, se enmarca entre la de Alcalá y la de Fernando VI. Coinciden los expertos en topografía matritense en afirmar que el nombre se lo debe a un barco que la marquesa de Nieves tenía en un un estanque situado en la finca de su propiedad sita donde posteriormente se levantaría el convento de las Salesas, allá en los confines de la calle. El ceramista municipal Ruiz de Luna así lo deja dicho en la placa artística azulejera correspondiente a esta calle. “Formose en tierras de las eras de Vicálvaro, pueblo cuya jurisdicción llegaba hasta estos parajes”, nos apunta Répide quien a continuación abunda en el tema del barco para rematar este aspecto afirmando que “lo que evidente es que antes de que existiera la calle ya se encuentra en documentos del siglo XVI la denominación de aquel lugar como las tierras que dicen del Barquillo“. Las primeras referencias escritas como calle hay que situarlas en el siglo XVII al convertirse en paso natural hacia el convento de San Hermenegildo, derribado en 1870 y cuyas huertas ocupaban el espacio actual de la plaza del Rey. De dicho recinto religioso hoy sólo nos queda la iglesia de San José, cuya fachada se encuentra situada en la confluencia de Gran Vía con Alcalá, templo famoso entre otras razones por ser en él donde debutó como misacantano el tan rijoso como devoto escritor Félix Lope de Vega. De esa época también data el antiguo caserón donde moró Julianillo Valcárcel, el hijo del conde-duque de Olivares, recién desposado con  doña Juana de Velasco, un edificio derribado hacia el final del siglo XIX. Sin embargo, la importancia de la calle del Barquillo se acentúa considerablemente durante el siglo XVIII. Por varias razones. La primera, porque se convierte en el camino que enlaza el centro de la Villa con el monasterio de las Salesas, fundado por doña Bárbara de Braganza y en cuyos muros habrían de descansar tanto ella como su marido, el segundo rey borbón, Fernando VI. Esto le valió el apelativo de calle real, título que sólo ostentaban en aquella época Lavapiés y Almudena. Otra razón de peso para acrecentar su fama fue la construcción en sus aledaños del palacio de Buenavista, que actualmente no da a la calle por la interferencia del Instituto Cervantes. Y otra razón más, la de ser una zona popular, escenario como ya dijimos de las correrías de los personajes de algunos de los sainetes de Don Ramón de la Cruz. Pero dejemos que sea Pedro de Répide quien nos ilustre con su pluma, siempre sedosa y mesurada, acerca de sus peculiaridades pues “el del Barquillo como su inmediato barrio de San Antón, y más allá el de Maravillas, era, en efecto, típico de la chispería de la corte, que iba a buscar pelea con la manolería de Lavapiés. Abundaban en esa parte de Madrid los obreros del hierro y existían gran número de fraguas, de lo que vino a aquellos el nombre de chisperos, así como su aspecto sucio y tiznado provocaba el desprecio de los pintureros manolos de los barrios bajos, que, al contrario, se distinguían por su cuidado y rumbo en el acicalamiento de su persona”. En el sainete Los bandos de Avapiés o la venganza del Zurdillo, Don Ramón de la Cruz describe con detalle aquellas contiendas en las que vencían siempre los del Barquillo, “como más brutos que eran”, Répide dixit. Las peleas no entendían de edades y así los críos de ambos barrios se enzarzaban a pedradas e incluso -¡qué envidia!- dirimían sus disputas mediante coplas del tipo “Si no me habéis conocido/en el pico del sombrero,/soy del barrio del Barquillo/traigo bandera de fuego”. Lo del sombrero tenía que ver con la fábrica que desde 1727 se había levantado en la calle, la mejor sombrerería de Madrid, y que constituía un motivo de orgullo para los vecinos del barrio. No podemos pasar página, en cuanto a Don Ramón de la Cruz y la chispería se refiere, sin mentar la casa de Tócame Roque, situada al final de la calle en su confluencia con la de Belén, que serviría a aquél de tema para su sainete La Petra y la Juana o El buen casero. Es decir, no se trató de una ficción literaria sino que la vivienda existió en la realidad. Se trataba de una edificio popular en forma de corrala, destartalado y sucio al decir de los que lo conocieron, y muy conocido incluso durante el siglo XIX por ser propiedad de unos hermanos que respondían respectivamente a los nombres de Juan y Roque. La vivienda tenía aforo para unas setenta personas y como cualquier corrala que se preciara contaba con un patio interior con balcones corridos, todo ello en un entorno feo e insalubre propio de aquellos tiempos. Por otra parte, las relaciones entre los moradores no eran precisamente amigables, de lo que se deduce el significado actual de la expresión Casa de tócame Roque. Las disputas por heredarla, consecuencia de la deficiente redacción de la herencia, que no dejaba claro a quién de los dos hermanos correspondía, dio pie a la expresión de uno de ellos “tócame a mí” a lo que respondía el otro con lo mismo. De ahí pasó al acervo popular con su título apócrifo. La corrala se hizo tan popular que, cuando en 1850 el Ayuntamiento de Madrid decide derribarla, los vecinos montaron en cólera enfrentándose a los representantes del consistorio.

Presidio, teatros, Tabacalera, ONCE, Colegio de Arquitectos, Cervantes

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Actual sede del Instituto Cervantes en calle Barquillo esquina con Alcalá.

A lo largo de su historia la calle del Barquillo ha albergado todo tipo de empresas, negocios o instituciones culturales y educativas. Se sabe que en 1845 en su esquina con la calle Almirante estuvo situado un presidio modelo en el solar que había acogido con anterioridad el convento de San Vicente de Paúl, según cuenta Pedro de Répide. La prisión contaba con capacidad para recoger a medio millar de reclusos y, aunque no estuvo en funcionamiento durante mucho tiempo, se sabe que tomó cierta fama por la calidad de los terciopelos y lienzos que manufacturaban los penados. No podemos tampoco dejar al margen la contribución de esta calle a la cultura tanto dramática como filológica. La relacionada con las tablas le viene -Don Ramón de la Cruz al margen- de principios del siglo XX  cuando en el número 24 se inauguró el teatro Infanta Isabel, que aún hoy afortunadamente no ha cerrado sus puertas y que por su trayectoria podemos considerar unos de los templos del drama con más historia actualmente en la capital. Antes de su apertura, hacia 1913, había sido sala de cinematógrafo con el nombre de Cinema Nacional. Después se transformó en el Petit Palais, local que alternaba el nuevo arte de la imagen en movimiento con las variedades. En el Infanta Isabel estrenaron obras a lo largo del siglo XX autores de la talla de Galdós, los hermanos Quintero, Arniches, Jardiel Poncela, Jacinto Benavente, Buero Vallejo, Mihura, Alonso Millán o Alonso de Santos, es decir un abanico de dramaturgos que abarca los más diversos estilos que ha dado la escena española durante la anterior centuria. Aunque toca de pasada, también el teatro Apolo -el antiguo- tiene su relación con la calle del Barquillo. Su fachada principal daba a Alcalá 45, en el mentado solar del convento de San Hermenegildo. Contaba con una aforo para 2.500 espectadores y abrió sus puertas en 1873 con el objetivo de representar comedia española. Pero fue la zarzuela la que le dio fama a lo largo de la Restauración y la que lo convirtió en un templo emblemático del llamado género chico. Sin embargo, varios fracasos empresariales, o quizá los cambios en el gusto del público, derivaron en su cierre a finales de los años 20 del siglo pasado. El solar lo adquirió el banco de Vizcaya y actualmente es propiedad del Ayuntamiento capitalino. Su relación con la calle a la que hoy dedicamos el post le viene de que los actores tenían su puerta de entrada y salida por el actual número 1 de Barquillo. Más o menos. Pero escribíamos líneas atrás de la contribución de nuestra calle hodierna a la cultura filológica y no podemos olvidarnos, por consiguiente, del Instituto Cervantes, situado actualmente en el edificio de las Cariátides, la famosa casa de “¡joder qué puertas!” con que lo denominó el siempre ocurrente además de castizo madrileño de a pie cuando en 1918 concluyó la ejecución de los planos que habían diseñado los arquitectos Palacios y Otamendi. La expresión de sorpresa se debía a la presencia de cuatro imponentes cariátides, es decir, columnas en forma de mujer, situadas a ambos lados de la entrada, con cuya visión aún hoy podemos recrearnos. El solar había albergado con anterioridad al palacio del marqués de Casa-Irujo. Finalizaremos esta entrada haciendo mención a otros vecinos ilustres que ha tenido la calle del Barquillo a lo largo de su historia. Como personas físicas hay que decir que en el número 5 tuvo su despacho el político, jurista, economista e historiador Joaquín Costa. Recuerden, aquel que con tanto tino defendía durante el último tercio del siglo XIX y principios del XX que la regeneración de España pasaba por llevar adelante su lema “escuela, despensa y siete llaves para el sepulcro del Cid”. Todavía están a tiempo los políticos actuales de tomar nota. Un poco más allá, en el número 24, nació el general Castaños, vencedor de los franceses en la batalla de Bailén, y en esta misma calle vivió asimismo Eduardo Marquina, el ariete del teatro en verso español de principios del siglo XX. También el pintor rococó de origen italiano Jacopo Amigoni fue vecino de esta rúa y en ella plantó su caballete durante algunos años de su dilatada existencia. En cuanto a empresas que se han asentado durante algún tiempo en la calle del Barquillo hay que nombrar a Tabacalera Española, hoy desaparecida con esa nomenclatura, y la Organización Nacional de Ciegos. Igualmente hasta 2012 fue sede central del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. Mucho y bueno, por tanto, ha jalonado la dilatada existencia de esta calle del Barquillo por más que actualmente no aparente otra cosa que ser una de las muchas vías que aprovechan el tirón del barrio de Chueca para abrir negocios dedicados a la restauración, más o menos innovadores, u otros que tienen como denominador común la moda, ¡perdón!, el estilismo rabiosamente fashion. Pero no se dejen arredrar por las apariencias de modernidad y una mañana de primavera -por ejemplo- enfilen a primera hora y sin prisas desde la embocadura de Alcalá hasta Fernando VI, flaneen a su sabor y descubran a algún dependiente, mano al palo de su escoba, echando un requiebro a una moza de falda apretada, talle de avispa y tacón alto. Los y las hay, se lo juro. O a una señora entrada en años y carnes, volviendo del mercado con unos puerros asomando por la boca del carrito de la compra que ni Galdós redivivo la habría encontrado más al pelo para una de sus novelas. O a un maduro caballero de poblado bigote y desaliñada figura, con el cigarro en la comisura de los labios, echando pestes de Florentino Pérez y de los mimos que derrocha con los que sólo besan el escudo por dinero. Se los encontrarán y merece la pena verlos a todos ellos en su salsa.

 

 

 
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Publicado por en diciembre 12, PM en Calles

 

Cuesta de Moyano

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Cuesta de Moyano un domingo por la mañana

Perderse una mañana de domingo por las casetas de la cuesta de Moyano es uno de los placeres más valorados por cualquier aficionado a la lectura que se precie de serlo. Lo agradece el cuerpo, aireado en un lugar hasta donde llegan los efluvios del cercano Retiro y del no menos cercano Jardín Botánico. Se le da cuartel al intelecto, que disfrutará como cerdo revolcándose en charca rebuscando entre centenares de vetustos tomos y olisqueando ese aroma a papel viejo, cada vez más infrecuente. Además, al trepar por la cuesta, entre puesto y puesto, recuerda uno, agradecido, al personaje histórico que da nombre a esta empinada vía, Claudio Moyano, a quien debemos probablemente la ley de Educación que más transcendencia ha tenido para generaciones y generaciones de españoles, a quienes sacó del analfabetismo. Por último, rendimos pleitesía a este Madrid de nuestras querencias, que se muestra en todo su esplendor en un entorno donde la historia ha escrito páginas imborrables sin necesidad de acudir al relato de batallas, disputas y broncas varias, tan caras al espíritu hispano. Porque tenemos cerca la basílica de Nuestra Señora de Atocha que enfrenta incruelmente su más rancia tradición con la flamante y remodelada estación de ferrocarril. Contamos con un paseo del Prado, que arranca a la altura de la Cuesta de Moyano y que nos recuerda que este era el lugar de ver y dejarse ver en la Villa y Corte de los Austrias. Los Borbones también dejaron su estela con la construcción del Jardín Botánico, adlátere a la vía de la que hoy hablamos. Y tras recorrer la empinada cuesta llegaremos, tras escrutar con pasión, que no metodología, de entomólogo los puestos de libros viejos, a una de las puertas del Retiro, la llamada del Ángel Caído pues por ella, calle Alfonso XII mediante, se accede a la avenida que nos conduce a la singular escultura dedicada a Lucifer. Marco incomparable la cuesta de Moyano, por más que suene a tópico, escenario o telón de fondo donde recrearse quienes aún sentimos esa atracción fetichista por el volumen de papel, el libro de toda la vida. Paraíso a punto de perderse para quienes crecimos en una infancia sin libros y a quienes este bendito objeto vino a rescatar de la amenaza de una vida a ciegas. Consejero fiel de quien recibir las respuestas tanto a dudas profundas como a infantiles cuestiones. Guía espiritual que nunca nos ha negado la paz y la tranquilidad en momentos tormentosos. Psicólogo de cabecera, siempre con la receta a punto para salvarnos de un bajón moral, para darnos fuerzas cuanto estas flaquean o para iluminarnos en la oscuridad cuando nuestros ojos no dan más de sí. Fetiche, compañero, refugio, guía, ¡cómo vamos a abandonarlo cual trasto inservible ahora que las nuevas tecnologías nos impelen a ello! Nunca ni por nunca podrán los nuevos artefactos electrónicos sustituir a quienes atiborran nuestras estanterías al extremo de querer echarnos de casa. Y menos cuando se trata de viejos que no obsoletos tomos, esos compañeros de orgías intelectuales que han dado oxígeno en el pasado a tantos y tantos asfixiados y que esperan humildemente en la cuesta de Moyano que alguien los considere útiles en un inmediato futuro.

Calle y ley de Claudio Moyano

Claudio MOyano

Monumento con la estatua de Claudio Moyano y Samaniego al inicio de la cuesta

La cuesta de Moyano es la denominación popular con que se conoce a la calle de Claudio Moyano. Dicha vía, en cuesta naturalmente, enlaza el paseo del Prado con el parque del Retiro y su fama le viene por las casetas de venta de libros de segunda mano y ocasión que ocupan desde 1925 su margen izquierda, la que da al Jardín Botánico. Recibe el nombre del político de origen zamorano Claudio Moyano y Samaniego, conocido por ser el autor intelectual de la Ley de Instrucción Pública de 1855. Al principio de la rúa, junto a la glorieta de Atocha, una estatua de bronce nos recuerda al personaje que desde tiempos lejanos tiene unido su nombre a esta singular y corta arteria. En concreto, fue en 1899 cuando se decidió instalar en el lugar una estatua de cuerpo entero de Moyano. Posteriormente fue trasladada y en 1982 restituida nuevamente al lugar que hoy ocupa, coincidiendo con el 150 aniversario de la aprobación de la ley educativa por él impulsada. A finales del siglo XIX, cuando se decidió colocar el monumento, no era la cuesta de Moyano lugar de fiar. Se encontraba a las afueras de la capital y esto daba pie a que fuera refugio de gentes de mal vivir. Ese es el aspecto que destaca Pedro de Répide, que algo sabía del tema, en su Calles de Madrid, cuando hacia 1920 la describe, avisando que “por su especial situación, queda casi solitaria al anochecer, y durante la noche es poblada por un mundo equívoco que se ampara en la soledad del lugar y en las sombras nocturnas”. A continuación, se refiere a la estatua de Moyano en clave prosopopéyica, lamentando que presida “mal de su grado esa población misteriosa, parte de la cual le ha venido arrebatando sucesivamente la verja y los relieves de bronce de su pedestal. Don Claudio Moyano se ve obligado a resisitir en el bronce estas faltas al orden y a otras cosas, que él no habría podido tolerar viviendo, pues que el grave autor de la Ley de Instrucción Pública, y consecuente enemigo de la libertad, era un adusto y ceñudo caballero a quien estaba reservado padecer en broncínea efigie este castigo a sus excesivas virtudes”. Hay que suponer que donde dice libertad Répide se refiera a lo que hoy entendemos por libertinaje pues no vemos a Moyano como alguien opuesto a la libertad por más que pasara de una ideología liberal en sus primeros años en la política al posterior moderantismo. Pues bien, el adusto y ceñudo caballero al que se refería Répide había nacido en un pequeño pueblo zamorano en 1809. Se licenció en Derecho, Latín y Filosofía a los 23 años, tras pasar por las universidades del Salamanca y Valladolid. Fue rector de las de Valladolid y Madrid, alcalde de la ciudad del Pisuerga y posteriormente, en 1843, diputado a Cortes por la misma ciudad. Después sería nuevamente elegido diputado por Zamora y Toro, lo que le abriría las puertas de la alta política, entrando en 1853 en el gobierno para hacerse con la cartera de Fomento. Tras ostentar diversos cargos ministeriales fue nombrado senador en 1881, escaño que ocuparía con carácter vitalicio desde 1886 hasta su fallecimiento en 1890. Pero es la fecha de 1855 la que marcará su carrera como político pues es entonces cuando impulsa la reforma del sistema educativo español a través de la ley por la que es conocido y con cuyo apellido ha pasado a la historia. La Ley Moyano puso las bases para el ordenamiento educativo español durante los siguientes cien años y aún actualmente la distribución de las enseñanzas es básicamente la que diseñó el politico zamorano. Se planteó sacar a España de la deplorable situación en que se encontraba desde el punto de vista educativo ya que, a mediados del siglo XIX, los índices de analfabetismo superaban a la práctica totalidad de los países europeos desarrollados. Organizó la educación reglada en tres niveles, tal como hoy día se encuentra estructurada, es decir, una Enseñanza Primaria, obligatoria desde los seis hasta los nueve años y gratuita para quienes no pudieran pagarla. En la práctica dependía de los municipios y de la iniciativa privada. A continuación, el diseño legislativo preveía la Seguna Enseñanza o Enseñanzas Medias, en la que se ordenaba la apertura de institutos de Bachillerato y escuelas normales de Magisterio en cada capital de provincia, además de permitir a las órdenes religiosas acceder a su impartición. Por último, la Enseñanza Superior se reservaba al Estado a través de las universidades. Prácticamente -hay que insistir en ello- como hoy en día, lo que es un índice significativo del valor que tuvo esa ley allá por los albores del estado moderno español. Oficialmente la ley permaneció en vigor hasta 1970 en que con Villar Palasí se instauró la enseñanza obligatoria hasta los 14 años, edad ampliada hasta los 16 por la infausta Logse.

La feria del libro viejo

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Primeras casetas instaladas en 1925 en la cuesta

Una de las numerosas ferias que se celebraban en Madrid desde tiempos lejanos y que perduraba todavía a finales del siglo XIX era la existente en Atocha, en la que se ofrecían diversos productos, entre ellos libros. Ese es el origen de la actual presencia de las cerca de 50 casetas dedicadas a la venta del libro viejo y de ocasión, que de forma permanente abren sus postigos cada día en la cuesta de Moyano. En la enciclopedia virtual leemos que “en 1919 este sector de libreros abandonó Atocha para instalarse en el paseo del Prado, delante del Jardín Botánico”. Parece ser que el director del Botánico no veía con buenos ojos el que los libreros ocuparan el espacio frontero con la verja del jardín por “improcedente y perjudicial para la salud” y el Ayuntamiento ordenó el traslado a la cuesta, calle que se había abierto recientemente en terrenos que habían pertenecido al recinto botánico. Es en ese momento, 1925, cuando se puede dar por oficial la fecha de su instalación definitiva en el lugar que hoy podemos visitar. Los libros se vendían a 15 céntimos, lo que dio pie a que Gómez de la Serna, siempre atento a sacar punta a cualquier detalle anecdótico y quedar de marisabidillo, la calificara de feria del boquerón, porque ese era el precio que tenían esos pescaditos en aquellos tiempos. El arquitecto Luis Bellido diseñó unos cajones hechos de madera de pino, de quince metros cuadrados cada uno, antecedente de los actuales. “El ayuntamiento fijó como número máximo el de treinta casetas, prohibió poner tinglados auxiliares, utilizar alumbrado o calefacción y subarrendar el puesto. El canon a pagar por los arrendatarios oscilaba entre las treinta y las cincuenta pesetas mensuales, que debían abonar en los ocho primeros días de cada trimestre”, leemos en Wikipedia. Pero no acabaron ahí las polémicas por la ubicación de los libreros de viejo. Varios intelectuales consideraban inadecuado, improcente y vejatorio el lugar, de ahí los comentarios de Répide o Gómez de la Serna, y solicitaban la vuelta a la anterior ubicación del paseo del Prado. El alcalde de entonces, un tal Pedro Rico, solicitó un estudio pero, llegó la República, después la Guerra Civil y en la posguerra los ánimos no estaban para este tipo de menudencias. El emplazamiento se había estabilizado y… pues eso, política de hechos consumados y la cuesta de Moyano que ya se ha convertido para los restos en sinónimo de lugar de venta de libros de viejo y ocasión. Tras varios proyectos de remodelación que quedaron en papel mojado en 1984 el ayuntamiento concede el permiso correspondiente para que las casetas se doten de agua, electricidad y teléfono, obras que desplazaron provisionalmente a los libreros a su antigua ubicación del paseo del Prado. En 2004 la construcción de una subestación eléctrica bajo la calle obliga a una nueva vuelta provisional al paseo, lo que fue aprovechado para rehabilitar y reformar la vía hasta darle el aspecto que hoy podemos percibir y cuya inauguración se produjo en la primavera de 2007. Al final de la misma, frente al Retiro, se colocó una estatua de Pío Baroja, uno de los promotores de la feria. Dicha efigie del escritor vasco fue trasladada desde su primera ubicación en el parque madrileño por antonomasia.

La cuesta y sus libros en la literatura

JOSÉ-GUTIÉRREZ-SOLANA-AUTORRETRATO.

Autorretrato de Gutiérrez Solana

El devenir de los puestos de libreros de la cuesta de Moyano ha sido recogido en numerosas obras literarias y citado repetidamente por diversos escritores quienes, casi siempre, han tratado con cariño este reducto de aficionados a husmear entre sus numerosos puestecillos, con la ilusión de encontrar ese trébol de cuatro hojas que es el libro antiguo anhelado desde hace años. Azorín y Baroja eran habituales de la cuesta, Cela la nombra en su Viaje a la Alcarria lamentando que “los libros de lance guarden herméticamente su botín inmenso de vanas ilusiones que fracasaron, ¡ay! sin que nadie se enterase”. Más cercanos a nosotros Andrés Trapiello y Óscar Esquivias la citan en sus diarios y novela respectivamente. Pero fue en 1923 cuando el también pintor José Gutiérrez Solana le iba a dedicar un maravilloso artículo descriptivo en su obra Madrid, callejero, escenas y costumbres, siempre desde la óptica expresionista que caracterizó la producción tanto narrativa como pictórica del madrileño. Se centra en primer lugar en razonar las causas de que los volúmenes acaben sus días en lo que él llama la feria de Atocha. Ello se debe, por un lado, a la desidia de los familiares de viejos lectores ya fallecidos, “restos de bibliotecas cuyos volúmenes amontonaron en vida los muertos con tanto deseo como si fueran a coleccionar todo lo que se ha escrito y que la familia, no siendo más que una carga pesada, los malvendió”.  Por otra parte, están los “desechos de las tiendas de viejo de las calles de la Abada, San Bernardo, Pez y Jacometrezo…/… libros en montón y no catalogados por falta de tiempo, unidos a otros de cierto valor para atraer la atención de los lectores”. Todos ellos van a parar a las que llama barracas de viejo donde “hay rebuscadores de láminas y libros que se llenan los bolsillos de rollos y tomos. En los estantes se ven apretados y empolvados los libros; recostada en ellos hay una escalera para alcanzar los de las últimas filas”. La cruda descripción se orienta ahora hacia la figura de un librero, epítome del resto de colegas, que “viste un largo delantal amarillo; es vegetariano y ateo; tiene gran fuerza y agilidad; lleva la cabeza al descubierto y rapada, lo mismo en verano que en invierno, y los pies desnudos; mira los tomos muy de cerca con los gruesos cristales de sus gafas y trepa por la escalera como un mono, bajando y subiendo libros, que limpia a zorrazos, levantando nubes de polvo, dando chillidos al enfadarse con la demás dependencia y poniéndose encarnado de cólera”. Entre los volúmenes que pueblan las estanterías se detiene Gutiérrez Solana en los tomos del Semanario Pintoresco, con los artículos de costumbres de Mesonero y los dibujos de Alenza. Otros clásicos como los Viajes de Gulliver o las novelas de Walter Scott también llaman su atención antes de observar algunos tomos de Gil y Blas, periódico agresivo, censurado en numerosas ocasiones y de cuya lectura “se saca en limpio que la política en España siempre ha sido una merienda de negros”. La mirada escrutadora y siempre incisiva de Gutiérrez Solana llega al extremo cuando se fija en un montón de libros que están en el suelo, “la polilla y los gusanos han dejado en sus hojas un taladrado muy limpio, que forma unas curvas; algunos agujeros han atravesado, por entero, los volúmenes hasta el cuero de la encuadernación”.  La crítica reivindicadora del valor del libro, a la vez que censora con el abandono en el que han caído los que por la cuesta de Moyano se encuentran, es el eje de un artículo cuyo simbolismo raya la desesperanza. Es el cementerio de los libros lo que está describiendo Solana con más rabia que nostalgia y lamenta que mucha gente “principalmente el público compuesto de mujeres y niños, pase indiferente ante los puestos de libros viejos y llene los barracones del cóndor de los Andes, el Circo y el teatro del ventrilocuo”. En fin, real y actual como la vida misma pues también en aquellos tiempos la lectura tenía que competir con otras formas de ocio que requerían menos esfuerzo en su asimilación.

 

 

 
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Publicado por en julio 15, PM en Calles

 

Calle del Prado

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Interesante panorámica de la calle del Prado cerca del anochecer

La calle del Prado es otra de las importantes del barrio de Las Letras. Comunica la plaza de Santa Ana con la Carrera de San Jerónimo, a la altura del Congreso de los Diputados, en un relativamente pronunciado descenso. En su recorrido hace esquina con otras vías a las que hemos dedicado en nuestro blog su espacio correspondiente, como es el caso de la de Echegaray o la del León. Además se cruza con la de Ventura de la Vega y la de Santa Catalina en un área de reconocido flaneo tanto nocturno como diurno. Es una rúa donde el ocio está presente en una parte importante de sus portales. Restaurantes, tiendas de nuevas tendencias de moda u hoteles compiten por un preciado espacio y en amigable camaradería con una institución tan señera como el Ateneo y con un pasado plasmado en la historia de sus cafés ya desaparecidos, la servidumbre de paso para el teatro Español o, ya a su final, la casa de Abrantes que tantos recuerdos culturales ha recogido entre sus paredes. Al margen de sus locales orientados al ocio desde hace ya algunas décadas, cuando se llevó a cabo su ya lejana semipeatonalización, esta vía junto a otras del barrio se ha visto revalorizada como zona residencial, ciertamente cotizada. Se trata de una calle de mucho y variado trasiego pues a lo dicho anteriormente hemos de añadir que se trata de un vaso comunicante importante para el turismo extranjero que se suele servir de ella como puente de paso desde la manzana central hacia el Prado, con los museos como punto de destino. Lejos queda ya su simple dedicación al negocio de las antigüedades, por lo que era conocida durante el primer tercio del siglo XX, al respecto de lo cual Pedro de Répide escribía en su Calles de Madrid, reseñando que dicho uso era lo más singular de su tipismo, “los negocios de anticuarios abundan en ella especialmente y se extienden por sus afluentes, formando así un barrio dedicado en especial a ese comercio”. Y añade al respecto que “por interesante paradoja, en esta calle, donde se recogen y valoran las antiguallas, vino a situar su representación el estado más nuevo de Europa, aniquilador de todo lo viejo, pues en ella se domicilió la oficina rusa de los Soviets, sustituyendo a la embajada del imperio de los zares”. No olvidemos el contexto histórico que envolvía al mundo cuando el Ciego de Vistillas escribía lo más importante de su obra y que no era otro que el surgido de la revolución bolchevique y de la Primera Guerra Mundial. Pues aquí, en esta popular calle del barrio de los Austrias situaron los rojos por antonomasía su primera representación exterior en nuestro país, una vía que no hace falta decir que debe su nombre a que, desde que la Villa y Corte extendiera sus tentáculos más allá de la manzana central, comunicaba dicho centro con el paseo del Prado, aunque nunca tuviera la importancia ni el trasiego de la Carrera de San Jerónimo, más a su izquierda, o de la calle Atocha, a su derecha.

Ateneo de Madrid

Ateneo

Fachada de la entrada del Ateneo

Si hay una institución que lleva su historia unida a la de la calle del Prado esa es el Ateneo de Madrid, que desde 1884 tiene situada su sede en el número 21. El discreto edificio actual es obra de los arquitectos Landecho y Fart y se inauguró el último día de enero de dicho año. Pero dejemos una vez más que sea Répide quien con su amable, sedosa y manierista prosa nos describa las peculiaridades artísticas de un edificio que suele pasar desapercibido para quien no está en la onda del Madrid del barrio de Las Letras. Porque, como apunta nuestro guía topográfico, “su fachada es estrecha y en ella sólo hay espacio para la puerta de entrada y un balcón que la domina”. Y es que nada ha cambiado en cuanto a la arquitectura exterior desde la fecha de su apertura oficial por lo que la descripción de Répide sigue teniendo total vigencia. Por tanto, dejémosle que siga su alocución sin interrumpirle más que lo justo y necesario: “tres medallones ostentan las efigies de Cervantes, Alfonso X y Velázquez. El salón de sesiones es de considerable capacidad y tiene el techo pintado por Arturo Mélida. Rodea su planta un zócalo coronado por los retratos de varios presidentes del Ateneo. En los departamentos interiores hay pinturas de Lhardy, Monleón, Campuzano, Beruete, Taberner y otros artistas”. Esto en cuanto al edificio se refiere. Por lo que atañe a sus parroquianos, Répide recuerda con veneración cuasi religiosa a los más importantes hombres y mujeres de las letras españolas de finales del siglo XIX, que ocupaban sus salones en tiempos en los que las fuentes de información eran más limitadas que en la actualidad, en busca del saber acumulado en su apreciada biblioteca, “gala principalísima del Ateneo de Madrid, la más nutrida y valiosa de cuantas existen en la capital de España. Siempre recordaremos con devoción cuando acudíamos a ella en nuestros tiempos mozos y veíamos sus pupitres ocupados por los literatos y pensadores más eminentes. Clarín trabajaba constantemente allí. Picón era también muy asiduo y algunas veces acudía a hojear las últimas revistas y los libros recién llegados Emilia Pardo Bazán. Don Joaquín Costa armonizaba su grandiosa figura con grandes pilas de libros, entre los que aparecía su busto de coloso. Azcárate asistía con frecuencia, Eusebio Blasco escribía allí muchos de sus artículos y a veces un dependiente de la casa entraba presurosamente a solicitar un determinado volumen.  Era para bajarlo a la Cacharrería donde Echegaray pontificaba y quería reforzar sus argumentos con tal o cual texto que recordaba o le venía a la memoria”. Pura delicia leer y deleitarse con la descripción del ambiente que debía rodear la institución en sus años más gloriosos, cuando no dejaba de ser uno de los templos del saber más importantes del país y por cuyas salas se podía topar cualquier visitante con mitos vivientes de las más diversas artes. Pero incluso cuando Répide escribe sobre el Ateneo ya éste había dejado atrás su edad de oro, como se deduce de las palabras con las que apostilla su descripción, “últimamente había cambiado el aspecto de la biblioteca. Solamente la presencia del venerable Carracedo y de algún que otro escritor contemporáneo podía hacer recordar su antiguo carácter”. Hoy en día esta institución languidece devorada por unos tiempos donde el saber y la investigación bibliográfica siguen otros derroteros y donde las ciencias sociales han sido arrinconadas por las experimentales y tecnológicas. No es mal momento, por consiguiente, para recordar a los fundadores del Ateneo, quienes encabezaron sus primeros estatutos con el emblema de que Sin ilustración pública no hay auténtica libertad. Se inauguró el 1 de junio de 1820, con el advenimiento del Trienio LIberal y con una mochila de ilusiones que verter en un tipo de asociación tradicional ya en los países desarrollados de Europa pero de la que se carecía por estos pagos. Aquellos ciudadanos, de mentalidad ilustrada y con las Cortes de Cádiz aún en su retina, se propusieron según sus propios testimonios “la formación de una sociedad patriótica y literaria para la comunicación de las ideas, el cultivo de las letras y de las artes, el estudio de las ciencias exactas, morales y políticas y contribuir, en cuanto estuviese a su alcance, a propagar las luces entre sus conciudadanos”. No es posible ambicionar y definir más y mejor con menos palabras. Alcalá Galiano, Palafox, Ferraz y Flores Calderón, entre otros, formaron parte del núcleo fundador de una institución que, en al margen de los vaivenes políticos del momento, fue solidificándose cual Guadiana que siempre acaba por emerger. La calle Atocha fue el escenario de su primera sede para venir posteriormente a parar a la casa de Abrantes, en esta calle del Prado, esquina con San Agustín, después de la muerte de Fernando VII y de su refundación de la mano de los románticos. Pero el periplo viajero no acabaría ahí porque más tarde debió trasladarse al número 27 de nuestra vía desde donde se mudaría a continuación al número 33 de la calle de Carretas. La plazuela del Ángel sería su siguiente sede y de ahí se desplazaría a la calle de Montera 32, antes de establecerse cómo decíamos líneas arriba en el número 21 de la calle del Prado en 1884, de donde no se ha vuelto a mover.

Servidumbre de paso para el Teatro Español

Prado- León

Esquina de la calle del Prado con la del León

Pero no solamente de la historia del Ateneo se nutre la calle del Prado. Ni mucho menos. Nada más salir de la plaza de Santa Ana, a mano izquerda, todavía hoy podemos observar un vetusto portón pintado en un azul ceniciento que fue utilizado desde el siglo XIX por los reyes para ocupar sus aposentos correspondientes en el teatro Español. Nos cuenta Répide que anteriormente fue “en el siglo XVII, según escritura que otorgó el Ayuntamiento el 1 de septiembre de 1631 ante el escribano don Juan Manrique con doña Juana González Carpio, propietaria de la casa número 1, el lugar por donde se entraba a la cazuela de mujeres en el Corral del Príncipe”. Nos encontramos al inicio de la calle, donde colinda con la del Príncipe y donde una vieja conocida nuestra, Pepa La Naranjera, tenía su puesto de venta y recibía los requiebros de los paseantes, discretos requiebros no fueran a llegar a los oídos del felón, amante de la manola y mujer que, según Répide, “en el Madrid de las postrimerías de Fernando VII alcanzó por sus donaires tanta celebridad como su hermosura”. Y en esta misma calle y esquina estuvo el café de Venecia, propiedad de Felipe Juliani, que desde principios de los años 30 del siglo XIX acogería al mundo de la farándula principalmente, pues en este local era donde se solían firmar los contratos con las compañías teatrales cuando el clima no propiciaba que se hiciera en la misma plaza de Santa Ana. Bajamos hasta la esquina con la calle del León, en cuyos alrededores se encontraba el mentidero de los representantes. En dicho cantón estuvo situado un café de renombre y tradición como lo fue el del Prado, nacido con la Gloriosa y donde años más tarde solía tocar el violín el joven Tomás Bretón. Se dice que cierto domingo recibieron la visita de un joven de diez años de edad y larga melena. Aquel niño que se acercó a los músicos con la osadía y el descaro propios de la edad no era otro que Isaac Albéniz. Bécquer, Menéndez Pelayo o Ramón y Cajal fueron asiduos de un local cuyos techos llamaban la atención por las pinturas de pequeños ángeles que parecían revolotear sobre los parroquianos. Décadas más tarde alumnos de la Residencia de Estudiantes como Lorca, Buñuel, Jarnés o Rafael Barradas solían frecuentar sus veladores. Para cerrar este apartado de cafés situados en la calle del Prado no debemos dejar de decir que el número 10 dio cobijo provisionalmente al de Levante cuando la remodelación de la Puerta del Sol obligó a cerrar sus puertas y trasladarse desde el solar original. Las pinturas de Alenza eran su mejor reclamo y ya en la entrada correspondiente de este blog se ofrece información más al detalle. Pero volvamos a la esquina de la calle del Prado con la del León porque muy cerquita de allí, en el número 20, se encontraba la vivienda del periodista y político español de origen polaco, Luis José Sartorius y Tapia, conde de San Luis, vivienda que al estallar la revolución de 1854 fue asaltada y sufrió su completo desvalijamiento, como sucedería por las mismas fechas y motivos con la del marqués de Salamanca en la calle Cedaceros o la de la reina madre en la calle de las Rejas. Dice Répide que sus “riquísimos y artísticos enseres ardían en medio de la calle”. Nos nos olvidemos de citar uno más de los cafés que por aquí sentaron sus reales, en este caso el llamado Eldorado. Tampoco nos olvidemos del número 24, el antiguo palacio llamado de los condes de San Jorge, que fuera la primera sede de la Sociedad de Autores, germen de la actual y desprestigiada SGAE. Todo ello antes de llegar a la casa de Abrantes, en la esquina con la calle San Agustín y donde, al margen de ser una de las primeras sedes del Ateneo, estuvo situada la redacción del periódico El Globo, fundado por el político y eminente orador Emilio Castelar y cuyo primer director fue Alfredo Vicenti. Escribe Répide que “ostentaba en la muestra dorada el famoso emblema de la pluma y el lápiz cruzados, porque fue el primer diario que publicó grabados, ornato reservado hasta entonces a las publicaciones quincenales y semanales”. El Globo fue un diario matutino de ideología republicana que se publicó ininterrumpidamente desde 1875 hasta 1930. Vicenti lo dirigió hasta 1895 en que dimitió por discrepancias políticas con Castelar. Durante esta primera etapa cuenta con plumas de la talla de Valle-Inclán o Francisco Alcántara Jurado. En 1896 fue adquirido por el conde de Romanones quien puso la publicación en manos de Francos Rodríguez, que se encargaría de la dirección. Más tarde lo compró Emilio Riu y es en esta época cuando publica escritos de Baroja y Azorín. Posteriormente fue languideciendo hasta su desaparición, debido a una progresiva devaluación de su producto periodístico. Devaluación que no le ha llegado -ni creemos que le llegue- a nuestra calle del Prado pues toda esa historia a la que hemos hecho mención a lo largo de la entrada ha servido, sirve y servirá de sólido fundamento para sostener un presente relajado o bullicioso, según las horas del día de que hablemos, y un futuro que se presume prometedor toda vez que son cada día más las personas que aprecian lo que de valor tiene, no solo la vía sino todo este barrio que rezuma saber y diversión a partes iguales.

 

 
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Publicado por en junio 27, PM en Calles

 

Calle de La Gorguera (O Núñez de Arce)

Calle Núñez de Arce

Estampa cotidiana de la calle Nuñez de Arce

Seguimos nuestro transitar por el barrio de las Letras, las Musas, los Comediantes o sencillamente de Huertas. Y hoy nos vamos a fijar en una calle que une la de la Cruz con la plaza de Santa Ana, una vía discreta, sin casas solariegas, palacios o teatros, es decir, sin ningún elemento que llame especialmente la atención, salvo algunos restaurantes cercanos a la plaza, cuyas fachadas lucen espléndidos azulejos artísticamente historiados. Una calle que en algunos tramos de su corto recorrido da la impresión de encontrarse fuera de uso pero que incluye a lo largo de sus aceras estos establecimientos de restauración que causan la admiración particularmente de la feligresía guiri, que suele elegirlos para dar contento a su estómago o para rendir culto al siempre ávido Baco. Se trata por lo demás de una rúa que hemos visto nombrada en textos literarios, como La Fontana de Oro de Galdós, pero a la que se refiere muy de pasada uno de nuestros gurús matritenses habituales, Ramón de Mesonero. Sin embargo, la otra pierna sobre la que solemos apoyarnos, Pedro de Répide, sí que le dedica un espacio amplio y bien avenido en su Calles de Madrid, especialmente en lo que se refiere a la sabrosa leyenda que conduce a este nombre de La Gorguera. Que por cierto no es el que ostenta en la actualidad ya que desde 1904 las placas del Ayuntamiento la nombran como calle de Núñez de Arce, en honor del político y poeta realista con ecos romanticistas que pasara una parte de su existencia en la Villa y Corte, donde al fin le vino la Parca a visitar, aunque algo lejos de aquí, en la calle de la Cruzada, junto a la plaza de Ramales. Bien es verdad que la calle Núñez de Arce no es una de las más significativas del barrio farandulero por antonomasia pero tiene su gracia con sus edificios ennegrecidos por el paso de los años y con sus portalones de finales del siglo XIX y principios del XX. No en vano, durante el siglo XIX e incluso principios del XX esta calle se caracterizaba por su ingente número de casas de huéspedes, en las que se solían hospedar toreros y cómicos así como aspirantes a vivir de las musas. A ella daba una puerta trasera del vecino teatro de la Comedia y en su día albergó una notable casa de baños además de una tienda de ultramarinos que permanecía abierta al público avanzada ya la vigésima centuria. Actualmente esta vía está despojada de locales tan singulares y es de las que se suelen atravesar sin pausa en dirección bien a plaza de Santa Ana, bien a la zona de Majaderitos o a la plaza de Canalejas. Pese a su actual discreción, démosle su cancha y su espacio y enfrasquémonos en describir su historia, que a buen seguro que deleitará al flaneante despistado que se deje caer por este humilde blog.

 La agorera María Mola

Como apuntábamos en el preámbulo, su tradicional nombre de calle de La Gorguera, por el que fue conocida esta rúa hasta bien avanzado el siglo XX, procede de una corrupción lingüística del adjetivo agorera y nada tiene que ver con el complemento del vestir del siglo de oro, consistente en un adorno del cuello hecho de lienzo plegado y alechugado -RAE dixit. No, la agorera en cuestión fue una hechicera que se trasladó a vivir a Madrid desde Burgos, cuya leyenda o historia -a saber- recogió Pedro de Répide en su día, lo que posibilita que nosotros podamos darla a conocer a un más amplio número de personas. “Tratábase de una mujer llamada María Mola -narra El ciego de Vistillas–  que después de haber sufrido en Burgos castigo por sus licencias y paseado la ciudad sacada a la vergüenza, emplumada y con coroza, vino a parar en Madrid, no siéndola permitido habitar dentro de la Villa, viéndose obligada a vivir en una casa de las afueras como lo era entonces este sitio, y a ella acudían las gentes ignorantes del vulgo para consultar sus presagios”. La desterrada María Mola había ejercido de sacerdotisa de Venus en la ciudad castellana pero parece ser que desde su llegada a Madrid sus dotes para anticipar acontecimientos se hicieron populares de forma inmediata. Tanto es así que incluso un fraile franciscano se atrevió a consultar su bola de cristal o cualesquiera que fueran las artes medianeras que utilizara. Un lego, a quien la adivina daba en limosna de tarde en tarde un celemín de harina, recomendó al religioso visitar a María Mola e “iba el seráfico acometido de escrúpulos, no vacilando en acudir a una práctica prohibida y demoniaca”. Ya se sabe, a espaldas de sus superiores pues se consideraba arte de brujería y pecado enjundioso todo lo que tuviera que ver con la adivinación. La agorera lo hace penetrar en el “recinto encantado, donde hacía sus conjuros y sortilegios previniéndole que al siguiente día, cuando él dijera misa, que era la del alba, se le aparecería en la iglesia un ángel o un demonio, según fuera el estado de su conciencia”. Para qué más, el frailecillo, preso de sus escrúpulos y mediatizado por la sugestión, al decir la misa consiguiente “estando el templo en tinieblas por ser una oscura madrugada de invierno, al volverse hacia la desierta nave, vio uno que le pareció monstruo infernal, con alas y cuernos, trepando por la cadena de la lámpara y dando agudísimos chillidos, con lo que recordando el infeliz el agüero del día anterior tuvo por cierto que el demonio se le había aparecido y cayó desmayado ante el altar”. Pero se descubrió el pastel que no era otro que el que la adivina había soltado una lechuza en la iglesia, que voló hacia el aceite de la lámpara. Las autoridades tomaron cartas en el asunto y, apoyándose en una ordenanza de 1411 de Juan II de Castilla contra los hechiceros, condenaron a muerte a María Mola quien “después de ahorcada fue cubierto su cadáver con piedras que le arrojaron, y del antro en que vivía y ejecutadas sus satánicas artes, quedó el nombre al lugar y después a la calle que hubo de ser allí trazada”.

Núñez de Arce, político y escritor

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Retrato del poeta y político Gaspar Núñez de Arce

El 31 de enero de 1904 el Ayuntamiento de Madrid ordenó cambiar el nombre de la calle y dedicársela al poeta y político de origen castellano Gaspar Núñez de Arce, quien había muerto seis meses antes en su vivienda de la calle de la Cruzada, donde aún hoy una placa recuerda el óbito. Como político fue diputado por Valladolid, la ciudad que le vio nacer el 4 de agosto de 1834, gobernador civil de Barcelona y ministro de Ultramar, Interior y Educación por el partido progresista de Práxedes Mateo Sagasta. Al margen de su biografía en la cosa pública hay que decir que fue hijo de un modesto empleado de correos que deseaba que su vástago se vistiera por la cabeza. Pero parece ser que el joven Gaspar no estaba por la labor de entrar en el seminario y huyó de la vivienda familiar, instalándose en Madrid donde comenzó a colaborar en distintas publicaciones de ideología liberal. Firmaba sus encendidos artículos sobre la necesidad de unificar las diversas ramas del liberalismo con el seudónimo de El Bachiller Honduras, antes de decidirse a dar el salto a la literatura dramática. Llegó incluso a estrenar en Toledo una obra titulada Amor y orgullo. Pero no debía ser ese el camino que la providencia le tenía marcado y, una vez aplacadas las ínfulas románticas y teatrales, participó como cronista en la guerra de África antes de entrar de lleno en el mundo de la política, en los prolegómenos del Sexenio Revolucionario. En 1874 fue nombrado académico de la Lengua y desde 1882 hasta la fecha de su fallecimiento presidió la Asociación de Escritores Españoles. En su texto teórico Discurso sobre la poesía se nos presenta como un vate muy consciente de la misión del escritor en la sociedad. Definió la poesía como “arte maestra por excelencia puesto que contiene en sí misma todas las demás: esculpe con la palabra como la escultura con la piedra; anima sus concepciones con el color, como la pintura, y se sirve del ritmo, como la música”. No cabe duda de que, pese a sus orígenes románticos y pese a escribir una gran parte de su obra poética bajo el cobijo del prosaico narrativismo realista, sus palabras son un guiño al incipiente Modernismo, como comunión de las artes, que echaba sus primeros brotes y que habría de triunfar de la mano del nicaragüense Rubén Darío, coincidiendo con las últimas décadas del siglo XIX. Al margen de lo dicho, no cabe duda de que estamos ante un poeta menor que escribió durante una época donde el Realismo absorbía todos los esfuerzos literarios pese a que los últimos ecos románticos aún resonaban de la mano fundamentalmente de Bécquer y Rosalía de Castro. Se atrevió a decir Nüñez de Arce que los versos del autor de las Rimas eran “suspirillos germánicos” lo que le valió la lógica censura del mundo literario de su época. El mismo Répide le replica por escrito afirmando que “quien permanece en la memoria y, sobre todo, en el corazón de las gentes, no es precisamente el retumbante constructor de versos -en alusión a Núñez de Arce- sino los poetas que, como supo cantar el clásico, recuerdan más al aura que pasa callada y mansamente por las montañas y no gárrula y sonora en el cañaveral”.

El impresor Joaquín Ibarra y Marín

Retrato de Cervantes

Portada del Quijote impreso por Joaquín Ibarra y Marín

La información sobre la calle de La Gorguera o Núñez de Arce no sería completa, ni por asomo, si no le dedicáramos un apartado al impresor de origen aragonés Joaquín Ibarra y Marín, quien instaló su taller en el número 13 moderno de nuestra vía. De artífice insigne se calificó a este artesano de la tipografía que vivió entre 1725 y 1785 y que recibió los más encendidos elogios de la sociedad de su tiempo, incluido el monarca Carlos III, gran apasionado del arte impresorio, que visitaba con frecuencia el taller de Ibarra en la calle de La Gorguera, descubriéndose al entrar en señal de admiración y cortesía. A Joaquín Ibarra se le deben inventos e innovaciones encaminados al perfeccionamiento de las impresiones referidos a las tintas empleadas, de una calidad y brillantez excepcionales, a tenor de lo que dicen quienes conocieron su taller. Su impresión de La conjuración de Catilina y La guerra de Yugurta de Salustio, estampado en 1772, fue reputado como el más primoroso de cuantos aparecieron en Europa en el siglo XVIII. Un dechado de perfección fue la edición del Quijote en cuatro tomos que, por encargo de la Real Academia de la Lengua, vio la luz en 1780, tanto por la perfeccion de los tipos, fabricados expresamente, como por la excelencia de las láminas grabadas en acero o las ilustraciones. La imprenta de Ibarra llegó a ser la más importante del siglo y llegó a contar con dieciséis prensas y más de cien empleados. Fue impresor del Rey, del Consejo Supremo de las Indias, del arzobispo primado, de la Real Academia de la Lengua y del Ayuntamiento capitalino. Su  muerte causó profunda consternación en aquel Madrid ilustrado y entidades, corporaciones, bibliófilos, libreros y demás gentes del mundo de la impresión mostraron sus más sentidas y sinceras condolencias. En periódicos y revistas se multiplicaban las elegías, los sonetos encomiásticos o los artículos laudatorios, valorando tanto su arte como sus virtudes humanas. Pero habría de pasar cerca de siglo y medio para que en 1923 el Ayuntamiento de la Villa y Corte decidiera colacar una lápida de azulejos bancos y azules de Talavera en el número 7 de la ya calle de Núñez de Arce con la inscripción “aquí estuvo la casa de Ibarra. Gloria de la Imprenta Española”. Dicha placa talaverana fue sustituida por otra menos aparente en 1943. Quién sabe si los rigores de la Guerra Civil algo tuvieron que ver en la desaparición de la primera.

Liceo Artístico, Gran Oriente de España y Callejón del Gato

Callejón del Gato

Nuevos espejos deformantes situados en el callejón de Juan Álvarez Gato

No nos perdonaríamos abandonar esta humilde rúa sin recordar que en el número 13, morada del literato José Fernández de Vega, se fundó el 22 de mayo de 1837 el Liceo Artístico y Literario, una sociedad dedicada al fomento y prosperidad de la literatura, la pintura, la escultura, la declamación y la música, artes a las que contribuían con su aportación personal los miembros que componían este círculo intelectual, uno de los muchos que en aquellos primeros tiempos de libertad, tras la muerte de Fernando VII, contribuyeron al despertar cultural de la ciudad y de la nación. Un año más tarde ya habían encontrado una sede acorde con sus magnas intenciones y abandonaron la vivienda de Fernández de Vega para sentar sus reales nada menos que en el palacio de Villahermosa, actual sede del museo Thyssen-Bornemisza. Y muy cerca de ese número 13, en la misma acera aunque en el número 5 de esta calle de La Gorguera, tenía su sede mediado el siglo XIX la obediencia masónica española conocida como Gran Oriente de España, creada por el conde de Aranda un siglo atrás, en concreto en 1760, inspirándose en la francmasonería francesa. En un principio se denominó Gran Logia aunque a partir de 1780 cambió el nombre por el de Gran Oriente de España. Se sabe que en 1800 controlaba 400 logias distribuidas por toda la geografía nacional y que estaba dirigida por el conde de Montijo, quien había sustituido a Aranda tras su fallecimiento. Gracias al periodo de libertad que se vivió durante el Sexenio Revolucionario, el Gran Oriente de España pudo darse a conocer públicamente y exponer abiertamente sus postulados ideológicos en el Boletín del Gran Oriente de España, publicado por vez primera el 1 de mayo de 1871, precisamente cuando se sabe que su sede se encontraba en la calle de la que estamos escribiendo. Dos semanas más tarde de esa puesta en escena pública, se aparecía el número 2 del boletín donde se definía a la Masonería en los siguientes términos: “Masonería es la reunión de hombres libres y honrados que, siendo verdaderos apóstoles de la verdad, la ciencia y la virtud, marchan a la vanguardia del progreso; instruyen sin cesar con la enseñanza y con la práctica lo que es bueno y lo que es bello, y procuran hacer de la humanidad una sola familia de hermanos, unida por el trabajo, el amor y por el pensamiento”. Dicho queda y en tan grandilocuentes e indiscutibles palabras nos ponemos a pensar a la vez que recapacitamos sobre lo necesario que sería que en la sociedad actual tuvieran plasmación en la vida diaria. Mientras discurrimos escépticos, abandonamos a paso quedo la calle de La Gorguera (O Núñez de Arce) en dirección a la plaza de Santa Ana, donde nos hemos prometido obsequiarnos con una jarra de rubia espumosa. Pero no nos regalaremos ese lujo propio de calendas veraniegas sin dejar anotado en nuestro cuadernillo virtual que a nuestra derecha un estrecho aunque coqueto y artísticamente enjalbegado callejón lleva el nombre de Juan Gato. Estrecho y corto en su longitud pero famoso por sus espejos deformantes, que plasmara Valle-Inclán en su tragedia cumbre Luces de Bohemia. No son los actuales los espejos lque contempló el extravagante gallego. Aquellos eran de cuerpo cuasi entero mientras que los hodiernos son poco más que una mala copia testimonial de los que una nefasta noche de los años noventa del siglo XX unos desalmados destrozaron. Ello no impide que nos asomemos a ellos para que, una vez más, nos devuelvan unos rasgos personales deformes y esperpénticos reflejo de la oscura sociedad que nos ha tocado vivir. Y es que ya lo dijo Max Estrella, para definir España hay que ir al callejón del Gato y mirarse en los espejos cóncavos. En fin, demos marcha atrás, derrotemos hacia Santa Ana y levantemos nuestra friísima jarra en honor del insigne escritor y extravagante ciudadano que dejó plasmada en su teatro, con pulso firme y con crudeza inmisericorde, la mediocridad que nos rodea y que tantas veces nos asfixia.

 

 

 

 
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Publicado por en junio 5, PM en Calles