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Archivo de la categoría: El Retiro

Palacio de Cristal

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Fachada principal del Palacio de Cristal. Foto Wikipedia

Entre el follaje y la espesura. Sabemos que está allí pero todavía ni siquiera lo columbramos. Confiamos en que aparezca de un momento a otro majestuoso y poderoso en medio de un claro en este bosque prefabricado que es el parque del Retiro. No hay prisa. Hemos accedido al otrora llamado Parque de Madrid por la plaza de la Independencia. Dejamos a nuestra espalda la Puerta de Alcalá y el amplio paseo que conduce a la esquina noroeste del estanque nos permite sumergirnos en una dimensión bucólica y relajante. Llegamos a la fuente de los Galápagos y bordeamos el gran charco echando una mirada panorámica a ese espejo que se abre ante nosotros con la inmensidad de un mar de bolsillo creado ad hoc para urbanitas con ínfulas. El caminar silencioso y ensimismado hasta la fuente de la Alcachofa se ve entorpecido por las reiterativas llamadas de todo tipo de vendedores de ilusiones que han abierto sus sillas de tijera a lo largo del paseo. Recordamos que la mentada fuente estuvo en tiempo pasado situada en el paseo del Prado mientras giramos nuestra mirada y nuestros pasos a la izquierda atisbando ya a lo lejos los muros color tierra del Palacio de Velázquez. Es aquí donde nos mimetizamos con la fronda para, al girar nuevamente a la derecha, vislumbrar por fin, al fondo, en lo alto y entre la espesura, la majestuosidad de los numerosos cristales ensamblados armónica y artísticamente por Ricardo Velázquez Bosco sobre soporte de hierro en 1887. Para situar al flaneante, estamos en la zona central del Retiro. Quizás un poco vencidos hacia el sur.  Pero no adelantemos acontecimientos que todavía no hemos llegado. Hay que subir una pequeña pero empeñativa cuestecilla para, tras bordear el pequeño lago que le rinde pleitesía, encontrarnos, ahora sí, cara a cara y sin intermediarios, con el Palacio de Cristal. Es bello porque la mezcla de hierro y cristal produce un mestizaje arquitectónico curioso, novedoso y poco habitual. Pero también debe quedar negro sobre blanco que cuando el paseante penetra en el recinto tiene la desasosegante sensación de encarar un local desaprovechado. Las exposiciones que aquí se ofrecen parecen menos exposiciones, quizás porque quedan empequeñecidas por la amplitud del perímetro interior del edificio. O quizás parezcan menos exposiciones porque esto del arte contemporáneo es algo tan subjetivo que sólo eximios expertos penetran en sus arcanos y el curioso poco formado, previsible y pueblerino está lejos de tener un paladar que le permita saborear tamaños manjares. Cierto es que la interminable altura de la bóveda central, que por mor de lo transparente del material con el que está fabricada se prolonga hasta el azulado cielo de la Villa y Corte, deja en pequeñez insignificante cualquier obra de arte por importante, interesante o publicitada que sea. ¡Qué más da! Lo indiscutible es que cualquiera se siente a gusto en un lugar donde la naturaleza se mimetiza con la arquitectura y cuando, después de visitar el palacio, nos tumbamos sobre el césped en alguna de las laderas circundantes, reflexionamos hasta deducir que el mundo está bien hecho. Como versaba Jorge Guillén. Ahí en la hierba, sin otro acompañamiento que el piar de los pájaros del parque, el visitante estima que el ser humano hay veces que sabe fundirse con el entorno natural. Y eso tiene su mérito. Más en este caso, con dicho locus amoenus en el centro de una megaurbe, rodeado de edificios, de bocinas de automóviles, de asfalto, de estrés…

Exposición de Filipinas

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Aborígenes de Filipinas en el Palacio de Cristal. http://www.laaventuradelahistoria.es

El palacio de Cristal se erigió con motivo de la Exposición de las Islas Filipinas, celebrada en Madrid en 1887. Leemos en el blog de Ángeles Blanco y María Luisa Carrero que el edificio surgió “con una finalidad muy concreta: servir para la exposición de plantas y flores del suelo filipino, a modo de gigantesco invernadero y a ello debe su nombre originario de pabellón-estufa. Dicha exposición fue una más dentro de la proliferación de exposiciones universales a lo largo del siglo XIX, aunque en este caso con un espíritu diferente de la trayectoria tradicional, inspirado por el que fuera ministro de Ultramar, Víctor Balaguer, con la intención de mantener unos lazos de conocimiento y comunicación de España con las provincias ultramarinas, por lo que se financió el coste de su construcción con fondos facilitados por las Cajas del Tesoro del archipiélago filipino”. El palacio fue construido por el arquitecto de origen burgalés Ricardo Velázquez Bosco y su proyecto se inspiraba en el Crystal Palace levantado por Paxton en el londinense Hyde Park, en 1851. Su estructura es de metal y está recubierto de planchas de cristal que sirven para darle nombre. La decoración cerámica utilizada en pequeños frisos y remates es obra de Daniel Zuloaga. De ella destacan las figuras de grutescos con cabezas de ánades. Consta de una planta de cruz griega a la que se le quitó uno de sus brazos para introducir el pórtico jónico de entrada. Para la construcción de las bóvedas de cañón y de la cúpula acristalada de cuatro paños contó Velázquez con la colaboración de su discípulo, el arquitecto e ingeniero Alberto del Palacio. Frente a la entrada al recinto se construyó igualmente un lago artificial de cuyas aguas emergen varios ejemplares de la especie denominada ciprés de los pantanos. Tronco y raíces se hunden en el agua dándole al lugar un carácter exótico digno de admiración. El blog Guía de Viaje nos recuerda que la Exposición de las Islas Filipinas de 1887 trataba de representar en Madrid la vida de dicho archipiélago, “que por aquel entonces era colonia del imperio español. Para ello se construyó en el Retiro un poblado indígena e incluso se trajo de la isla de Luzón a una tribu de igorrotes a quienes los madrileños podían observar habitando en sus cabañas de troncos o navegando con sus piraguas por el estanque del palacio. También se trajeron caimanes, una boa gigante y una completa muestra de su flora, que fue la que se expuso en el interior del palacio”. Al margen de ello hay que decir que el origen de esta exposición universal y la consiguiente construcción del Palacio de Cristal no fue sencillamente una cuestión cultural o comercial. Se trataba también de conseguir una repercusión internacional que demostrara la grandeza de un país que por otra parte se encontraba ya en horas bastante bajas en cuanto a su prestigo internacional se refiere. En esta línea, nos siguen contando Blanco y Carrero en su blog que “España había ido perdiendo poco a poco sus posesiones y con ellas su independencia económica, siendo cada vez más colonizada por el capital extranjero. Quizás fue este el motivo que impulsó al ministro Balaguer a realizar una exposición que podría ser la oportunidad perfecta para demostrar que España era tan capaz como Inglaterra de organizar una magna exposición y, en esta idea, el palacio de Cristal de Velázquez Bosco era el marco idóneo para la proyección de un imperio, reducido ya en ese momento a Cuba y Filipinas”.

Ricardo Velázquez Bosco (1843-1923)

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Ricardo Velázquez Bosco. Foto Wikipedia

El artífice del palacio de Cristal fue como venimos comentando desde el inicio de esta entrada Ricardo Velázquez Bosco, un arquitecto burgalés que practicó el historicismo eclecticista de corte academicista, enfrentado al modernismo imperante en la época. Dice Wikipedia que sus obras se caracterizaban “por un tratamiento rotundo de los volúmenes, el empleo de la mansarda y el uso de la decoración cerámica en la fachada de sus edificios. Arquitectos como Antonio Palacios, que siguió su tendencia monumentalista, se vieron influidos por su estilo”. Desarrolló Velázquez Bosco la mayor parte de su carrera en Madrid, donde construyó el vecino Palacio de Velázquez, la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas, la actual sede de Medioamabiente o el edificio del Ministerio de Educación de la calle de Alcalá, entre otros edificios de renombre, además de la reconstrucción de la fachada occidental del Casón del Buen Retiro. Su elección para levantar el Palacio de Cristal se basó en su capacidad de innovación demostrada al incluir la cerámica en los muros de los edificios por primera vez en España. Escriben Blanco y Carrero que “si había sido capaz de combinar tan sabiamente el hierro, el ladrillo y el cristal, nadie mejor que él para la realización del invernadero que, como edificio temporal, debía tener un carácter etéreo y frágil, dato que quizás no sea de todos sabido y al que se refiere el propio Víctor Balaguer en un oficio ministerial”. Dicho oficio resalta que el Palacio de Cristal fue levantado “con carácter provisional…/… con el propósito de desmontarlo a la terminación del certamen y enviarlo a Manila, en cuya población debía celebrarse una exposición de productos peninsulares que diese idea de las producciones agrícola, industrial, artística y de todos géneros en nuestra Patria…”. El proyecto de exposición en Filipinas no cuajó y el pabellón estufa de cristal quedó al finalizar la exposición española “como simple almacén de aperos de labranza y objetos de gran volumen del vecino Museo-biblioteca de Ultramar situado en el hoy conocido como Palacio de Velázquez”. Al no ser derribado para su traslado, el Palacio de Cristal permaneció en su levantamiento original hasta la actualidad y a lo largo de sus casi 130 años de vida ha sido utilizado para todo tipo de exposiciones tanto artíticas como botánicas. Esta situación no impidió que a lo largo de todo el siglo XX el abandono del edificio fuera una relativa constante. Reparaciones chapuceras, a medio hacer, ausencia de cristales en algunas épocas, cristalería rota y abandonada en otras… Hasta que una reforma llevada a cabo en 1975 le devolvió su prestancia original. Sin embargo, no parece que se haya dado con el uso adecuado para esta muestra de la belleza arquitectónica decimonónica que realza la loma donde está levantado y refuerza el valor e interés artístico del propio Retiro. Exposiciones muy de tarde en tarde y de segundo orden, salvo excepciones, se pueden disfrutar en este recinto denominado por el períódico El Gobo en el momento de su apertura, la catedral del vidrio.

Manuel Azaña presidente de la Segunda República

Diputados en el l. www.socialistasdelcongreso.es

Diputados en el Palacio de Cristal en 1936. http://www.socialistasdelcongreso.es

Quizás el momento más importante de la historia del Palacio de Cristal se produjo el 10 de mayo de 1936 cuando el recinto fue elegido para votar la elección de presidente de la Segunda República, para la que se presentaba el político Manuel Azaña, una de las figuras señeras de la intelectualidad española del primer tercio del siglo XX, cuyo prestigio hubiera sido mayor y más sólido de no haberse enfangado en el vertedero de la política española. Azaña era en ese momento presidente del Gobierno y el palacio de las Cortes de la Carrera de San Jerónimo se había quedado pequeño para acoger la asamblea mixta de diputados y compromisiarios. Es por ello que se decide trasladar la votación al Palacio de Cristal. El resultado era previsible de antemano y no dejaba de ser un trámite la proclamación de Manuel Azaña como presidente de la República. Pero dejemos que sea la página de internet de la Unión Cívica por la República la que nos narre lo que pasó aquella mañana soleada de mayo del 36 en Madrid, “ya con el calor propio de la época preveraniega. Las crónicas periodísticas nos permiten participar en el desarrollo de la sesión. En el Palacio de Cristal estaban instalados ventiladores pero al ser efectivamente de cristal techo y paredes, y con tan nutrida concurrencia, el ambiente resultó sofocante. Un panel de cristal del techo se derrumbó y cayó sobre el sector socialista pero no causó daños personales…/… Solamente estaban abiertas dos puertas del Retiro: la de la plaza de la Independencia para que entrasen los automóviles y los peatones, y la de la calle de O´Donnell para salir. El acceso quedaba restringido al personal con un pase especial de la Dirección General de Seguridad. Junto al palacio, al aire libre, instaló una caseta Perico Chicote, ya un famoso restaurador, en donde se servían bocadillos, refrescos y café”. Seguimos con sumo interés el relato de la página de la Unión Cívica por la República que ahora refleja con detalle el ambiente en la tribuna de periodistas, diplomáticos e invitados de las que dice que “estaban llenas y sus ocupantes se abanicaban con lo que tenían a mano. Aunque el resultado de la votación se daba por archisabido todos se mostraban expectantes al considerar que participaban en un acontecmiento histórico. Los diputados y compromisarios ocupaban las sillas dispuestas según su lugar en el Congreso. No asistió ninguno de los ultraderechistas afiliados a Renovación Española y a la Comunión Tradicionalista y también faltaron algunos de Acción Popular. En cambio sí estaban presentes los afiliados a la CEDA con su jefe, Gil Robles, a la cabeza”. Las once la mañana es la hora señalada para dar comienzo el acto y “mientras se celebraba el escrutinio los asistentes que no iban a ser llamados enseguida salían al exterior para evitar el enorme calor del recinto”. Es en ese momento y fuera del palacio cuando se produce el rifirrafe en el que llegaron a las manos los directores de los dos periódicos socialistas más importantes, El socialista y Claridad, Zugazagoitia y Araquistáin. En fin, incidente tan vergonzoso como tantos otros donde la clase política pone por delante sus intereses particulares frente a los ciudadanos y que reflejaba cómo se encontraban los ánimos en el seno del PSOE poco antes de comenzar la Guerra Civil. Si entre ellos estaban ya enfrentados… En fin, que a eso de las dos de la tarde el presidente de la asamblea, Jiménez de Asúa, declaró por mayoría aplastante a Azaña último presidente de la Segunda y también última República española hasta el momento. Cánticos de la Internacional, Els segadors, goras a Euskadi… Ya saben, la verbena habitual de tan señaladas ocasiones. Tras los desafinados cánticos había que mojar el gaznate y mover el bigote y tal como lo cuenta la página de la Unión Cívica por la Républica se lo trasladamos: “Diputados y compromisarios se acercaron al bar montado por Chicote para reponerse con los platos fríos y refrescos ofertados. Según declaró después el restaurador había obtenido una buena caja. Se comprende, dado el número de asambleístas e invitados y no contar con otro restaurador en la zona”. Se sabe que al tal Chicote le dieron la exclusiva de la venta de refrescos y comida en el entorno del Palacio de Cristal. Ya lo pagaría con favores. En definitiva, que regresaron los integrantes de la mesa anunciando que Azaña aceptaba el cargo de presidente y a continuación se trasladaron al Palacio Nacional (el Palacio Real), en la plaza de Oriente, para informar de todo lo sucedido al presidente en funciones, Diego Martínez Barrio. Y ¡Viva España!, dice quien esto  escribe, si se le permite. ¡Qué tropa!

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Publicado por en marzo 13, PM en El Retiro, Obra civil

 

La Casa de Fieras

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Entrada de la Casa de Fieras a principios del siglo XX. Foto http://www.todocoleccion.net

La Casa de Fieras fue el primer parque zoológico que existió en Madrid, en el sentido moderno que hoy entendemos este tipo de recintos dedicados a mostrar animales en cautividad, procedentes en su gran mayoría de lugares y entornos exóticos. Se encontraba situado en la parte oriental del parque del Retiro, donde hoy se extienden los jardines del arquitecto Herrero Palacio y los de Cecilio Rodríguez. En ese enclave mantuvo sus instalaciones desde 1830 hasta 1972 pero los antecedentes del primer aprisco de ejemplares cautivos nos alejan en el tiempo hasta 1774, cuando Carlos III mandó construir un parque de animales en la actual Cuesta de Moyano, entonces todavía dentro del perímetro de los Jardines del Buen Retiro. La instalación formaba parte de un conjunto en el que se incluían el Jardín Botánico y el Museo de Ciencias Naturales, museo que se pensaba ubicar en el edificio que actualmente es sede de la pinacoteca del Prado. La construcción de un amplio espacio artificiosamente diseñado para que acogiera diversas especies animales era toda una novedad dentro del mundo cultural europeo, que entonces era sinónimo de mundial, porque solamente Viena contaba con una instalación de estas características a finales del siglo XVIII. La mentalidad ilustrada del mejor alcalde de Madrid contribuyó de manera decisiva a la creación de la Casa de Fieras, un proyecto que se diseñaba desde la doble perspectiva lúdica y científica. Como espectáculo, la creación de un recinto para animales salvajes y exóticos suponía la posibilidad de llevar a cabo luchas entre leones, tigres y los autóctonos toros, enfrentamientos muchas veces desiguales que se solían celebrar en bautizos y onomásticas de las personas reales, como supremas atracciones. Por otra parte, desde el punto de vista científico, se posibilitaba la investigación en el campo de la zoología, algo novedoso, y mucho, en aquella época. Aquellas primeras fieras hospedadas en la Cuesta de Moyano y que englobaban cualquier especie rara, exótica y nunca vista, procedían algunas de ellas de Asia y África pero fundamentalmente de Hispanoamérica, de donde eran enviadas por virreyes y mandatarios locales como presentes para los monarcas. La nómina de bichos raros la componían desde guacamayos a pumas pasando por ocelotes, tucanes, serpientes, caimanes o monos. Incluso un elefante llegó a Madrid andando desde Cádiz tras ser desembarcado procedente de Filipinas. Más o menos a comienzos del siglo XIX las autoridades ordenaron el traslado de las fieras desde la Cuesta de Moyano a la zona nordeste del Retiro, a un lugar conocido como La Leonera. Fernando VII, el rey felón ordenó construir jaulas para los felinos e incluso alojó a algunos osos donde hoy se encuentra la denominada Montaña Artificial, junto a la esquina del parque donde confluyen las calles O´Donnell y Menéndez Pelayo. Pero al llegar la Guerra de la Independencia, había otras ocupaciones más importantes que atender y muchos de los animales -la mayoría- morirían por inanición. Habrá que esperar a 1830 para ver nuevas, diversas y variopintas especies en el solar que hoy nos ocupa, es decir, más hacía el sur de esa zona este del parque madrileño. Las instalaciones fueron mejoradas y ampliadas posteriormente, durante el reinado de Isabel II, época en la que se sabe que se incorporaron algunas aves exóticas. Por entonces, y desde su creación, el recinto era de uso exclusivo para los monarcas y la Corte. Hasta 1868 en que tras la revolución denominada La Gloriosa la Casa de Fieras fue abierta al público para el general disfrute y adjudicada su explotación privada por un periodo de 50 años a un empresario circense y domador de leones llamado Luis Cabañas que le sacó sus buenos dineros durante las décadas siguientes. Nos metemos ya de lleno en el siglo XX y, en concreto, en 1920, momento en que el consistorio madrileño recupera la instalación tras la expiración de la contrata con Cabañas. En ese momento aparece una de las figuras señeras del Retiro en el pasado siglo, Cecilio Rodríguez, arquitecto y jardinero mayor del parque, quien se encargará de remozar y poner al día el recinto de la Casa de Fieras, dotándolo de algunas avenidas y decorándolo con bancos de estilo andaluz que aún en la actualidad se pueden disfrutar. Se incorporaron ejemplares de las posesiones españolas en el Sahara y Guinea Ecuatorial, ampliando el abanico de muestras con leopardos, leones, monos y hienas, a los que años más tarde se unirían osos polares, cebras, avestruces, elefantes y un hipopótamo, como especimen más exótico. El espacio se quedaba progresivamente más pequeño y los animales se encontraban cada día más apezuñados por lo que ya se barruntaban opiniones favorables a trasladar el recinto a un lugar más amplio y desahogado. Pero llegó la Guerra Civil, se paralizó culaquier proyecto y otra vez el abandono se cirnió sobre el zoo madrileño. Muchos ejemplares murieron de hambre y otros fueron sacrificados para alimento de los vecinos de la Villa y Corte. Hubo que esperar a la finalización del conflicto para que nuevamente de la mano de Cecilio Rodríguez se recuperase un recinto que estaba a punto de vivir su edad de oro, pues de una Europa sumida en la Segunda Guerra Mundial llegarían animales de multitud de especies, procedentes de los más importantes zoológicos de los países afectados por el conflicto. Durante los años 60 la Casa de Fieras llegará a contar con  más de 500 animales de 83 especies diferentes. El fortísimo y desagradable olor y el minúsculo espacio en el que desarrollaban su existencia eran el denominador común durante esa mentada edad de oro de la Casa de Fieras, según nos confía en su blog Diego Salvador. No era más que el anticipo del que sería el punto y final de la espectacular atracción. El 22 de junio de 1972, siendo alcalde de Madrid, Carlos Arias Navarro, se echaba el cierre a la Casa de Fieras a la par que el zoológico de la Casa de Campo abría sus puertas al público. Las instalaciones del Retiro se desmantelaron en su mayor parte y los pabellones se reciclaron en dependencias administrativas que permanecieron en funcionamiento hasta 2006. Desde abril de 2013 una biblioteca albergan los pabellones que en tiempos no tan lejanos ocupaban las jaulas de los leones. Aún se conservan algunas de las instalaciones que acogían a algunas especies y es un placer visitar los jardines de Herrero Palacios e imbuirse en un ejercicio de imaginación que nos traslade  a los años 50 del pasado siglo para recordar aquellas colas a la entrada y aquellos olores durante las aún frescas mañanas de los domingos de primavera, de la mano de nuestros mayores, cuando ante nosotros se abría un exótico panorama difícil aún hoy de racionalizar pero del que disfrutar durante toda una dilatadísima jornada festiva. Contarlo al día siguiente en el colegio era el colofón, la guinda del pastel de aquel auténtico y sin par espectáculo. ¡La Casa de Fieras…

La Casa de Fieras y el costumbrismo literario

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Foso con exóticas fieras salvajes. Foto http://www.memoriademadrid.es

La Casa de Fieras ha sido un tema frecuente en la literatura costumbrista del siglo XIX. Lo exótico del espectáculo, unido al de por sí habitual y recurrente Retiro, hacía que las numerosas plumas que practicaban el subgénero del artículo de costumbres pusieran su mirada en los exóticos animales que poblaban la franja este del parque madrileño por antonomasia. Ramón de Mesonero, Vital Aza y José Gutiérrez Solana son algunas de esas plumas y hoy se constituirán en nuestros guías por el fiero cercado. Pero muchos más escritores de la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX pusieron su intelecto a disposición del entonces singular, exótico y novedoso recinto. Comenzamos con Mesonero, quien en su artículo titulado Los Jardines del Retiro, recogido en sus Escenas matritenses, nos confía con pelos y señales el periplo habitual de una familia acomodada de provincias un domingo de reglamentaria e inexcusable visita al parque. Extraemos exclusivamente los comentarios referidos al paso y al paseo por la Casa de Fieras, que el escritor califica de “non plus ultra del entusiasmo y admiración del visitante”. Comienza describiendo el edificio, del que dice que es “bello, elegante y bien dispuesto para el objeto y no tendrán motivo de quejarse los exóticos huéspedes de este filantrópico establecimiento de que se haya escaseado aquella comodidad conciliable con su áspera y desabrida condición”. Al referirse a los habitáculos para los animales los califica de “espaciosas y cómodas jaulas, bien ventiladas y cerradas con dobles y fuertes rejas trampas; largos y hermosos corredores; guardas diligentes y serviciales; comida abundante y grata; baños para la salud y un salón y enverjado de recreo. Todo esto y más tienen las señoras fieras; y ojalá pudieran decir otro tanto los muchos desgraciados acogidos a los establecimientos de mendicidad en nuestra heroica capital”. O sea, que ya El curioso parlante llamaba la atención sobre esa repugnante moda que también hoy en día se extiende por doquier y que supone estar más pendiente de la defensa de la vida animal que de la de las personas. En aquellos tiempos no había asociaciones de defensa de los animales ni otros grupúsculos esclavos de la subvención pero parece ser que no era necesario para hacer bueno el aforismo de Hobbes que recuerda que el hombre es un lobo para el hombre.

Gutiérrez Solana y Vital Aza

Casa de fieras 6. www.abc.es

Un niño juega con un elefante en una época cercana al principio del siglo XX. http://www.abc.es

El pintor y también escritor expresionista madrileño José Gutiérrez Solana se refiere a la Casa de Fieras en su obra Madrid, callejero, escenas y costumbres, en concreto en su artículo titulado El Retiro. Escribe Solana de la instalación animal para comentar lo concurrida que está los domingos, poniendo el acento en los diferentes ejemplares que hacen las delicias de los visitantes, a saber, monos, la cebra, la jirafa “y el elefante Nerón, sujeto con una argolla de una de las patas traseras, que está en una cuadra de barrotes de hierro. Cuando tocan la campana para la señal de la comida, todo el público se acerca a las jaulas. El domador, que tiene el pelo rojo y la blusa y las manos llenas de sangre como un matarife, lleva una espuerta llena de carne. Al oso negro le da una libreta de pan y un gran trozo de carne que cuelga de los hierros de la jaula. El león da fuertes bramidos que resuenan en las avenidas del Retiro. Luego le da de comer a la foca en un cubo lleno de pescados y sardinas, que tira al aire, recogiéndolos con gran tino. Sale de la piscina con la piel negra y brillante, y va engullendo los pescados enteros. En una artesa está el cocodrilo. A la serpiente boa la saca el domador de un saco y se la enrosca por los hombros, y la da a comer conejos y pichones vivos. Se ve su cuerpo cómo se hincha cada vez que los traga”.  El periodista y dramaturgo decimonónico Vital Aza dedica igualmente un artículo costumbrista a la Casa de Fieras, publicado posteriormente en la obra recopilatoria Madrid por dentro y por fuera. El artículo en cuestión se titula tal cual Las fieras del Retiro, y en él, tras reflexionar sobre la imposibilidad de pasar por alto el recinto de los animales en una visita al parque de Madrid, pasa a describir lo más llamativo del mismo no sin antes recordar con ironía y sorna que “para ver fieras en Madrid no hace falta ir al Retiro”. Pone su ojo y su pluma en primer lugar en el patio de entrada, que él pondera con mayúsculas “el Patio Grande del Parque zoológico, el centro de reunión de lo más escogido de la sociedad; la estación de término de un viaje de circunvalación por el Retiro, y un espectáculo barato y permanente”. A continuación pasa a describir la fauna, pero la fauna en que el escritor convierte esa escogida sociedad a la que menciona en el anterior párrafo: “¡El Patio Grande! De cuántas citas y de cuántos amores es él el único editor responsable. Allí recibe a hurtadillas la cándida pollita una perfumada epístola que su novio la entrega, mientras la paciente mamá se extasía contemplando la melena del león o la trompa del elefante”. Es dicho patio grande la entrada del fiero cercado, donde se encuentra la verja de hierro, “que a una respetable distancia separa al público de… los actores, se ve siempre ocupada por una apiñada multitud. Allí están reunidos y compactos, como las mayorías en los parlamentos, el matrimonio modelo y el famélico cesante, la robusta nodriza y el chistoso soldado, los juguetones chiquillos y el alegre estudiante, el encopetado personaje y la graciosa modistilla. Todos acuden presurosos, aunque con bien distintos objetos, a contemplar muchas veces por centésima vez las tan ponderadas fieras del Retiro”. El artículo continúa con Vital Aza narrando en primera persona su estancia días atrás junto a un amigo de provincias al que le sirve de cicerone. Describe a su amigo, en este caso sí, las características zoológicas de los distintos ejemplares que van visitando, una mona, una zorra de Río de Janeiro, un monje de los Alpes, un águila, una hiena, una grulla real… haciendo comparaciones animalizadoras, a medida que avanzan en el recorrido, con las personas con las que, a juicio de los protagonistas del artículo, mantienen algún parecido físico o moral. Al finalizar la visita el amigo, de nombre Antonio, le inquiere sobre quién corre con el sostenimiento de la colección de fieras. La respuesta no tiene desperdicio: “Ya comprenderás, le contesté, que estando estos animales en El Retiro, deben figurar en las clases pasivas. Pues deben pasarlo mal en estos tiempos, exclamó sonriéndose. No lo creas, -responde Aza-: eso sucedería si estuviesen en provincias pero como viven en la Corte, cobran con puntualidad y sin retraso alguno.” Palabra de Vital Aza.

 
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Publicado por en enero 30, PM en El Retiro

 

El Parterre

El parterre. Fotos antiguas de Madrid

El Parterre visto desde la balaustrada. Del blog Fotos antiguas de Madrid

Los jardines del Parterre del Retiro son pura simetría. Son Francia dieciochesca en estado puro por más que la reforma que los convirtió en lo que hoy son se llevara a cabo durante el reinado de Isabel II. El Parterre es pura delicia para los ojos en cuanto a la disposición de los elementos de la naturaleza, diseñados a partir de un plan perfectamente preconcebido para conseguir que sorprendan gratamente a cualquier flaneante del parque madrileño por excelencia, tanto si accede a sus vistas desde el pretil situado al Este como si lo hace arribando a él tras cruzar la puerta de Carlos IV. Remontar el par de escalones de acceso al recinto por este último acceso posibilita que ante nuestros ojos se manifieste ese gran despliegue de lujo ornamental conseguido mediante un orden cartesiano y axial difícil de procesar, evaluar o disfrutar durante los primeros instantes. Es pura magnificencia, ostentación, grandeza, es derroche de los sentidos, es delicatessen sin matices. Hay que respirar profundamente, barrer con la mirada el perímetro de la explanada y comenzar poco a poco a digerir tanta hermosura. Estamos ante la cara menos bohemia del Retiro, la menos española si con ello queremos referirnos a nuestra secular y tópica falta de planificación, de orden y de reflexión, que dicen caracteriza el hacer de los que nos consideramos hijos de la piel de toro para lo bueno o lo malo. En este sentido, uno de los que mejor ha definido el Parterre es Ramón Gómez de la Serna quien alegaba que este singular jardín “tiene una frialdad arquitectónica como de una obra hecha con demasiada técnica literaria. El Parterre está trazado con tiralíneas, valiéndose también el jardinero creador de la escuadra y el cartabón”. Al recordar el genio de las vanguardias los ratos pasados en su infancia en este recinto separado del resto del Retiro por muros de contención nos comenta que “era como un patio confinado, como un sitio en que todos los juegos tenían que ser rectos, paralelos, simétricos. Amábamos jardines en que se gozaba mayor libertad y en que los juegos eran más bohemios y tenían huidas más inesperadas y resueltas, más de bosque, gozando además de mayor acobijamiento bajo los árboles. Vamos al Parterre equivalía en nuestra mente a un continuo juego de aro, llevándolo por carriles de verdura…/… con todos sus verdores muy ordenados y los mazizos, como muebles, muy aristocráticamente distribuidos.” Y es que, incluso en una mente tan represiva en cuanto al tratamiento de las emociones como la de don Ramón, el férreo ordenamiento de este jardin era excesivo. Y sin embargo, es esa rigurosidad, son esas líneas rectas o curvas pero perfectametne simétricas las que lo dotan de una personalidad especial dentro de ese macrorrecinto que es el parque del Retiro. La seriedad que supone tanta geometría incluso parecen haberla asumido las diversas especies arbóreas y jardinescas y cuando se cruza este espacio de Oeste a Este o viceversa no se puede evitar que un halo de profundo respeto se apodere de uno cual si transitara por la nave central de una catedral o por un cementerio, protegido por la más espectacular de las bóvedas que es la celeste. Todas estas reflexiones y sensaciones produce una creación humana donde se mezclan árboles, arbustos y plantas, “simulando un tapiz -leemos en el blog Paseos por Madrid– creado para verse desde cierta altura. Es de forma rectangular con cabecera semicircular y un pasillo central, recordando la planta de una catedral gótica. El plantel dominante es el boj, que se poda formando cuidadas formas geométricas. Se respeta la simetría respecto del eje central, tanto de plantas ornamentales como de dos estanques de poca profundidad que se integran en la decoración”. Si a ello le sumamos la presencia del añejo ahuehuete y las estatuas y bustos de homenaje tendremos la configuración total del Parterre del Retiro. De todo ello escribiremos a continuación, adecuadamente sazonado con alguna que otra anécdota y la personal perspectiva de Ramón Gómez de la Serna.

Antigua plaza del Ochavado

LuisI de Borbón

Sabrosas las calaveradas de Luis I y su esposa por el Parterre

El Parterre forma parte del Retiro desde su construcción durante el primer tercio del siglo XVI. Ocurre, sin embargo, que el primer diseño del parque madrileño por antonomasia no concedía una mayor importancia a este enclave, según nos relata Mesonero en su Antiguo Madrid: “Cercano a las construcciones de uso de la Corte, por detrás y a ambos lados de Palacio y demás caserío, se extendían los inmensos bosques interpolados con lindos jardines; por ejemplo; en donde ahora está el precioso parterre, había uno, en cuya plaza central llamada el Ochavado venían a confluir otras tantas calles cubiertas de enramada”. Para entener la configuración actual del Parterre hay que remontarse a la llegada de los Anjou al trono de España en 1700. Felipe V se mostró francamente decepcionado por la poca atención que habían mostrado los últimos Austrias hacia las construcciones reales y los ajardinamientos. A la baja calidad de aquellas y el abandono de éstos había que sumar la pobreza de los materiales arquitectónicos. Al margen quedaba la riqueza interior en decoración y obras de arte. Ya se sabe cómo eran estos reyes franceses y también es voxpopuli lo escasamente farandulera y frívola que discurrió la existencia de Carlos II. Pese a ello, y dado que la residencia oficial de Felipe V era el antiguo Alcázar Real, el disgusto no pasó a mayores. Por otra parte, al matrimoniar Felipe V en segundas nupcias con Isabel de Farnesio, ésta se mostró más partidaria de pasar sus días en La Granja de San Ildefonso cuyo palacio se construyó durante su reinado. Mientras tanto, lo que hoy es el Parterre había sido escenario de las cortas pero escandalosas existencias del príncipe y momentáneamente rey Luis I de Borbón y de su esposa Luisa Isabel de Orleans. Resulta un tanto incómodo y escatológico describir en qué consistían dichos escándalos. Es por ello que dejamos que la pluma de Pedro de Répide nos lo haga más digestivo y menos hilarante: “Esta parte del Retiro, como la más inmediata al Casón, era la que servía para las extrañas andanzas de la reina Luisa Isabel de Orleans, mujer de Luis I, cuyas constumbres, harto poco egregias, estaban muy distantes de la severa etiqueta de la corte. Bien que su egregio y joven esposo no fue de más entonados hábitos durante su breve reinado, pues también por este lado del Parque era por donde salía para sus escapatorias nocturnas disfrazado de majo, con una pandilla de amigos y se iba a distraer en tan augustas diversiones como llegarse hasta la huerta de Atocha a quitar melones a los frailes y cortar las flores del mismo Retiro, para reñir, en la mañana siguiente, a los jardineros por su falta de ciudado”. De la reina se puede decir, entre otras menudencias, que no le gustaba el contacto con el agua, que enseñaba sus vergüenzas sin ninguna idem a los sirvientes cuando se le cruzaban lo cables o que le daba de vez en cuando por coger un trapo y ponerse a sacar brillo, como cualquier chacha de palacio, a cristales, vajillas, baldosas o azulejos. Pero dejemos atrás estas nimiedades de reyes tan campechanos y situémonos en la Nochebuena de 1734 en que la residencia de la actual plaza de Oriente se transformó en un santiamén en ascuas y cenizas y fue necesario trasladarse provisionalmente al palacio del Buen Retiro mientras se construía el actual Real. Es en ese momento cuando se llevan a cabo algunas obras para acondicionar la transitoria residencia de los monarcas. Pero no fueron muchas. Tampoco se remozaron mucho los alrededores. La antigua plaza del Ochavado se transformó en un protoparterre, efectuándose plantaciones pero manteniendo los desniveles del terreno con acusadas pendientes en sus límites. Se despejó la zona de paseos umbríos y cubiertos de vegetación que formaban las calles en forma de túneles, tal como lo había diseñado un siglo atrás Felipe IV. Lo sucesores de Felipe V no realizaron mayores reformas y cuando Napoleón sienta sus reales en el Retiro dejó aquello como un solar al talar los árboles por razones de índole militar.

La transformación del Parterre

Vista aérea del Parterre

Vista aérea del Parterre. atacamacultura.blogspot.com

En 1841 el alcalde Agustín Argüelles y el intendente de la Real Casa durante la Regencia de Espartero, Martín de los Heros, plantean la reforma del Parterre convirtiéndolo prácticamente en lo que hoy podemos observar y disfrutar. Se reformaron los desniveles creando los muros de contención de ladrillos que bordean el jardín, nivelando el terreno y dando una visión más homogénea a la zona. Se levantan rampas de acceso y la fuente de piedra caliza con los tritones y la balaustrada que permite la vista del jardín desde un punto elevado. Además se colocaron dos fuentes de alabastro adosadas al muro de contención, según leemos en el blog Paseos por Madrid. El jardín se remodeló de nuevo tras la guerra Civil y bajo la dirección de Herrero Palacios se introdujeron cambios aunque manteniendo su regularidad con parterres finos y setos bajos de boj, césped en su interior y algunos laureles y aligustres recortados. Antes, en 1922, se había colocado a la entrada del recinto, frente al Casón, la puerta de Mariana de Neoburgo, llamada en la actualidad del Ángel o de Felipe IV, que previamente se encontraba entre el monasterio de los Jerónimos y el museo del Prado. Y en este punto no podemos abandonar la enumeración de las especies presentes en el Parterre sin referirnos al ahuehuete, el que se supone que es el más longevo árbol del Retiro y según algunos -polémicas al margen- el más antiguo de Madrid. Se imponente presencia se erige majestuosa en la parte izquierda del jardín si entramos por la puerta del Ángel. Es un ejemplar de anchísimos tronco y copa y bellísimas hojas colgantes. Su plantación data de la época de apertura del Retiro, en concreto, 1632. Según se cuenta, dicho árbol se salvó de la tala indiscriminada decretada por José Bonaparte porque su tronco sirvió de apoyo durante la guerra de la Independencia a una batería de artillería que apuntaba hacia el barrio de Las Letras. Pero también en esto hay controversia por lo que dejamos en puntos suspensivos la veracidad de esta aseveración. Lo que no admite discusión es que se trata de un árbol procedente de Méjico y sur de Estados Unidos y que su nombre significa en lengua azteca viejo del agua pues suele prosperar preferentemente en zonas pantanosas. Superan habitualmente estos ejemplares los 500 años de vida y existen en la actualidad algunos que cuentan más de 2.000. El ejemplar del Parterre es digno de ser observado desde cerca. Su tronco presenta un diámetro tan impresionante que puede dejar con la boca abierta al turista más viajado.

Los Benavente y el doctor Pulido

Doctor Benavente. www.teatro.es

Busto dedicado al doctor Benavente. http://www.teatro.es

En 1886 Ramón Subirat y Codorniú esculpió un busto en honor del doctor Mariano Benavente (1818-1885), médico pionero en el mundo de la pediatría en España y una de las mentes preclaras de su tiempo en esta especialidad en toda Europa, que era como decir en todo el mundo. Se trata de una obra erigida por suscripcion popular en homenaje a su labor en la Inclusa de Madrid donde hasta su fallecimiento había contribuido a salvar vidas de niños de familias humildes cuyas carencias económicas impedían criar a los hijos que hasta en un número cercano a 3.000 ingresaban cada año en el recinto sanitario. El monumento se encontraba en principio situado en en el centro del Parterre y fue desplazado al lateral derecho en 1962 para colocar en su lugar la escultura que Victorio Macho dedicó al hijo del doctor, el dramaturgo Jacinto Benavente (1866-1954). Sobre una columna, la estatua dedicada a Benavente hijo representa una alegoría del teatro a través de una figura femenina que sujeta con sus manos una careta, la propia de los actores griegos y que dio pie al concepto de personaje en el teatro clásico. En el frontal se encuentra el perfil de don Jacinto y a ambos lados las siluetas de los personajes de su obra teatral más conocida, Los intereses creados, Crispín y Raimunda. Por último, no podemos dejar de hacer mención al busto situado a la izquierda del jardín, siempre enfilando hacia el Este, que pertenece a Ángel Pulido (1852-1932), humanista que dedicó una parte de su vida a la defensa y reconocimiento de la cultura sefardí en España. Fue senador por la provincia de Salamanca y respetado hombre de letras, autor de la obra Españoles sin patria y la raza sefardí, donde defiende y encomia el mantenimiento de la cultura española entre los judíos de origen español dispersados por Europa. El interés por los judíos españoles de la diáspora surge tras un viaje a Viena donde pudo comprobar cómo ciertos sectores de la comunidad judía mantenían el habla española de finales del siglo XV, cuando tuvieron que abandonar la patria, expulsados por los Reyes Católicos. Pero vayamos poniendo ya el épilogo a este Parterre que no deja de ser un anacronismo geométrico dentro de esa gratificante anarquía que en cuanto a configuración es el parque del Retiro. Y nadie mejor para poner la rúbrica que Ramón Gómez de la Serna para quien el Parterre era “ese jardín de un corte de pelo especial, que tiene una curiosa psicología, medio de jardín, medio de cementerio, medio de parque de la Reina…/…El Parterre va todos los días a la peluquería, y huele a loción, y se ve cómo le apuran el corte de la nuca. Todos los sábados los jardineros del Parterre suenan sus tijeras nerviosas, dispuestas, afiladas. En primavera, sobre todo, huele a corte de pelo reciente, a hierba despuntada”. ¡Sería en su época, don Ramón! Sería en su época cuando los peluqueros podían recrearse en un corte de pelo esmerado cada primavera. O cada otoño. Hoy en día los peluqueros escasean por la mala cabeza de gobernantes cada vez más zotes y menos ocupados en cuidar el patrimonio cultural de Madrid en general y del Retiro en particular. Hoy en día los árboles del parque más importante de la Villa y Corte se vienen abajo un día sí y otro también quizás víctimas de la depresión en que los ha sumido la indiferencia de necios y cazurros jerifaltes que hace que tengan que doblar la cabeza, humillados y huérfanos de quien defienda que también ellos dan alegría, paz y, en definitiva, felicidad, una felicidad especial que las gentes de su tiempo, don Ramón, sabían apreciar. ¡Y eso que usted, permítame que se lo diga, tenía fama de señorito frívolo y, por razones relacionadas con su tendencia literaria, debía reprimirse a la hora de expresar sus sentimientos! Vivir para ver.

 
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Publicado por en diciembre 19, PM en El Retiro

 

El estanque grande

el-estanque-del-retiro 1 www.tripadvisor.es

El estanque grande repleto de visitantes. Foto http://www..tripadvisor.es

El estanque grande -lago mayor, como irónicamente lo denominara Ramón Gómez de la Serna-, es el eje central del parque madrileño por excelencia, del Retiro. Y su enclave más popular sin discusión. En su entorno se acomodan, arremolinan o simplemente se citan gentes de todo tipo, pelaje, condición, religión o nacionalidad. En su embarcadero hacen cola, sobre todo en fines de semana y en épocas bonacibles climatológicamente hablando, desde grupos familiares con niños ávidos de hacerse con los remos de las barquitas hasta parejas de adolescentes y menos adolescentes que encuentran en la inmensidad de su périmetro el rincón paradógicamente más propicio para la necesaria intimidad de sus arrumacos. También grupos de amigos que afirmarán minutos más tarde su colegueo salpicándose sin preámbulos una vez embarcados en las humildes y populares falúas. En el paseo que corre paralelo a él en su parte occidental, entre las fuentes de los Galápagos y de la Alcachofa, se alinean desde mimos aficionados hasta videntes que, con su sillita de tijera y su mesa de cámping, esperan pacientes a que algún o alguna zozobrante paseante descargue sus tribulaciones a cambio de unos euros, persiguiendo muchas veces más un rato de conversación que la solución a problemas a los que desde el principio de los tiempos el ser humano viene buscando infructuosamente explicación. Improvisados teatros de marionetas para niños, caricaturistas, magos de ocasión, vendedores de globos maleables para diseñar los más increíbles objetos o habituales músicos callejeros completan el escaparate en el que detenerse momentáneamente en una tarde de flaneo, antes de tomarse un refresco en una de las terrazas que por allí se levantan o degustar un helado, adquirido en los quioscos que al efecto se encuentran distribuidos por sus cuatro esquinas. Todos estos emprendedores callejeros aprovechan la cercanía del estanque para vender sus mercancias, unas intelectuales, otras materiales, a esa variopinta feligresía que se suele dar cita y que tan bien describiera en su Elucidario Ramón Gómez de la Serna. El adalid de las vanguardias calificaba de orilleros y orilleras a toda esa fauna humana que se dedica a pulular por el perímetro de parque, incidiendo en su origen popular, “son los que siempre están alrededor del estanque, una especie de obreros en vacaciones perpetuas frente a los señoritos del ocio. Sentados sobre el balaustre de hierro rebatido por antiguos herreros, de espaldas al agua y con los pies sobre el alto taburete del asiento de piedra, fueron los precursores de los sillines altos para los barmen, que han vuelto a la infancia de las altas sillas que usan los niños para poder alcanzar la mesa de los mayores…/… los orilleros encuentran al margen de agua un término, un límite a la excursión de su pereza, un sitio al que van llegando también los compadres de no hacer nada”. Distingue Gómez de la Serna entre orilleros y orilleras. De ellas dice que las asiduas “son también especiales, chicas que están recogidas en casa de unos tíos, a cuyos hijos tienen que pasear de la mañana a la noche. Saben sentarse de medio lado, simpre en sentido contrario al que las requiebra…/… hay orilleras eventuales que son damas de pobre viudez, abuelas que al atardecer sacan un bollito de un papel y lo van migando, como si rezasen cada pedacito que se comen”. Sigue describiendo el autor de las Greguerías todo el elenco de diversos y variados personajes que definidos como populares suelen aparecer por los alrededores del estanque. Y nombra a las amas de cría, al viejo corretón de la ciudad, al jovencito larguirucho que no hace más que dar disgustos en su casa, a la mujer luchadora y avejentada por la vida que lleva una llave en las manos. En definitiva, “pueblo empedernido, muchedumbre pimpante y saliente, galápagos de muchas conchas, gallos de muchos espolones, gentes de traza muy castiza, remolones de la vida, anfibios entre la Puerta del  Sol y el estanque que vio muchas fiestas de corte”. En la misma línea popular se expresa José Gutiérrez Solana en su Madrid, callejero, escenas y costumbres, aunque en este caso desde una perspectiva más naturalista, cuando destaca entre los paseantes que circundan el lago “los paletos que vienen a Madrid, a los que les llama la atención el barco de vapor y los de remos; la barandilla de hierro, con asientos de piedra que dan la vuelta al embarcadero (y) están llenos de niñeras y niños”.  Poco ha cambiado en fin, el público que acoge el entorno del estanque de cien años acá, simplemente lo que ha mutado la sociedad, que ya no hospeda sobrinas en casa de los tíos y que los paletos de la inmigración interior han sido sustituidos por otros del Magreb, Hispanoamérica o Este de Europa, que son los que hoy se ocupan de pasear niños y viejecitas impedidas, debatir sobre el último fichaje colombiano de Florentino o requebrar a alguna real hembra que pasea pensativa y voluntariamente solitaria. Porque los madrleños de toda la vida, que tanto valoran el Retiro, ahora pasan muchos de ellos raudos, sudorosos y finos de talle, machacando sus gemelos, aislados en sus cascos musicales y luciendo el último complemento deportivo de la marca de moda que, dicen, imprime carácter.

Desde 1631

El estanque a principios de siglo. Caminando por Madrid

El estanque a principios del siglo XX. Foto tomada del blog Caminando por Madrid

Pero vayamos a la historia de este estanque grande del Retiro -en contraposición con el pequeño, el de las Campanillas- del que se tienen noticias de su existencia ya por 1631, antes de que el parque fuera inaugurado como tal y ofrecido por el conde-duque de Olivares a Felipe IV para que entretuviera sus ocios mientras el imperio caía en picado. Fue de las primeras obras en llevarse a cabo cuando se construyeron los jardines del Buen Retiro. Mesonero Romanos lo atestigua en su Antiguo Madrid pues “la fundación de este Real Sitio empezó en 1631 por una casa de aves extrañas a la que llamaban Gallinero, arrimada a la huerta de San Gerónimo, varios jardines y el estanque grande”. Es público y notorio que en las aguas del estanque se montaban en aquella época escenarios móviles que permitían las representaciones teatrales, tan valoradas por la corte madrileña, en especial los mismos reyes. Y es que, aunque el país se desangraba económicamente, siempre era posible perpetrar una sisa en las arcas públicas para preparar un espectáculo con el que entretener las tribulaciones de los monarcas. Alguno de ellos sin final feliz, como el que nos describe Mesonero, acaecido en la noche de San Juan 1640: “Se había dispuesto un teatro en la isleta que campeaba en medio del estanque grande, y multitud de barcas para contener la orquesta y los espectadores (que eran toda la corte) y se representaba una suntuosa fiesta dramático-mitológica, cuando en medio de la fiesta se levantó tan recio torbellino de viento que apagó las luces, arrastró los toldos del tablado y las máquinas teatrales, dispersando las barcas, cuya aristocrática tripulación estuvo a pique de perecer en aquel improvisado golfo”. De catástrofe y calamidad se calificó el suceso que por poco se lleva al ostracismo, antes de tiempo, la figura del conde-duque de Olivares, diseñador del espectáculo. Más allá de hechos anecdóticos, Ramón de Mesonero nos describe estadísticamente las peculiaridades del estanque, al que califica de grande y principal y del que afirma que “brillaba desde el principio por su asombrosa extensión de 1.006 pies de largo por 443 de ancho, o sea, una superficie de 445.658 que equivale a tres veces y la tercia la de la plaza Mayor”. En medidas actuales estamos hablando de más de 37.000 metros cuadrados con capacidad para recoger un volumen de 55.150 metros cúbicos de líquido. A ello hay que añadir que tiene una profundidad máxima de 1,81 metros frente al mínimo de 0,60, que da una profundidad media de 1,27 metros. Nos sigue relatando Mesonero que en sus inicios “a sus márgenes se alzaban hasta cuatro embarcaderos y varias norias, y tenía en su centro una isleta oval con árboles, en la cual en varias ocasiones, solía, como queda dicho, alzarse un teatro por disposición del conde-duque de Olivares…/… Desde el mismo estanque arrancaba un canal llamado el Mallo, que siguiendo en dirección de donde hoy está la casa de fieras -ya desaparecida y situada en la vertiente este- daba luego la vuelta a los confines del Retiro e iba a desembocar en otro grande estanque situado donde después se alzó la fábrica de porcelana de China (volada por los ingleses en 1812) en cuyo centro se elevaba entonces una elegante iglesia o ermita llamada de San Antonio de los Portugueses”. Nos está situando el Curioso Parlante aproximadamente en la zona en la que se levanta en la actualidad la estatua del Ángel caído. También Pedro de Répide se ocupa del estanque grande del Retiro en su obra Calles de Madrid donde, tras hacer mención a las fiestas teatrales y naumaquias que en él se celebraban desde su inauguración en 1631, nos relata que en tiempos de Fernando VII, verdadero rehabilitador de todo el parque tras la guerra contra los franceses, “se le hizo la barandilla que subsiste en su parte de Poniente, se construyó el embarcadero donde ahora está el monumento de Alfonso XII y en el que guardaba la real falúa donde los reyes se embarcaban; se hizo la fuente egipcia, llamaba vulgarmente de la Tripona, por la imagen del inflado Canopo…/… El nuevo embarcadero está en la orilla Norte y el centro de la margen de Saliente hállase ocupado por el monumento dedicado a Alfonso XII , en cuya erección se han invertido unos veinte años y ha sido por fin inaugurado en 1922”. El monumento al hijo de Isabel II da el toque definitivo de majestuosidad al estanque aunque Répide rebaja la misma por el hecho de recordar “con excesiva fidelidad el dedicado en Coblenza al emperador de Alemania Guillermo I, y la sola diferencia de reflejarse el uno en las aguas del Retiro y el otro en las del Rhin”. El arquitecto del proyecto fue José Grases, al que el Ciego de Vistillas achaca la falta de originalidad del monumento, cuya efigie real fue obra de Benlliure.

Curiosidades

Estanque limpieza. cosas-de-madrid.blogspot,com

Limpieza del estanque en 1954. Blog cosas-de-madrid.

Del blog Secreto de Madrid tomamos una serie de datos curiosos que nos ayudan a completar el esbozo del estanque grande del Retiro. Algunos de ellos ya los hemos desgranado aquí pero no está de menos recordar que cerca de 8000 peces pueblan sus aguas, de los que unos 1500 son carpas. Gatos y percasoles son otras de las especies piscícolas que los flaneantes pueden observar a nada que se acerquen a las barandillas del estanque. También podrán disfrutar con la presencia de galápagos y cangrejos, que conviven en dócil armonía con los anteriores. Algunos dicen haber visto en sus aguas, moviéndose con lentitud entre sus semejantes, una carpa de más de 12 kilos de peso que ha sido bautizada con el nombre de Margarita. También hay que apuntar que durante el Romanticismo el estanque se convirtió en lugar de prestigio para poner fin voluntariamente a la vida. Hoy en día sería complicado hacerlo dado que el personal sabe nadar y es difícil suicidarse en un estanque cuya profundidad no es precisamente para marear. Por otra parte, la ciudad cuenta con enclaves más pintorescos para llevar adelante este tipo de empresa tan personal. Al margen de ello, recordemos que el estanque ha sido vaciado para su limpieza y reparación en numerosas ocasiones, sobre todo en los últimos siglos. La más reciente tuvo lugar a comienzos de éste, en 2001. Lo más curioso de este tipo de limpiezas es comprobar la cantidad de objetos variopintos que salen a la superficie, desde sillas, mesas, barcas, papeleras o bancos de madera hasta teléfonos móviles, monopatines o incluso una caja fuerte, como ocurrió durante el último de los drenajes. Por último, hay que recordar el proyecto de convertir el estanque en sede de la competición de voley-playa si la ciudad de Madrid hubiera sido designada para acoger los juegos olímpicos. Afortunadamente el lobby especulativo no consiguió que Madrid fuera nombrada para el evento y eso que ganaron tanto el estanque del Retiro como todos los madrileños, que nos libramos de endeudarnos aún más de lo que lo estamos en estos momentos y de ver cómo a la larga la Villa y Corte iba a ser perjudicada por un acontecimiento tan grandilocuente como vacío de trascendencia. Sigamos, pues, disfrutando del estanque tal como se ha venido haciendo desde que el lugar se convirtiera en público para esparcimiento de vecinos y foráneos sin distinción de clases sociales, por más que ello no le chocara mucho al siempre elitista Ramón Gómez de la Serna. Y es que el estanque grande, ese metafórico lago mayor de Madrid, como todo el resto del Retiro, bien merece una visita al año. Cuando menos y aun a riesgo de ser asesinado como consecuencia de la caída de uno de sus centenarios árboles..

 

 
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Publicado por en agosto 19, PM en El Retiro

 

El Retiro: datos e impresiones generales

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Perspectiva aérea del parque del Retiro

“Este magnífico parque, llamado vulgarmente el pulmón de Madrid, es el preferido de todos, por sus espesos bosques y sus paseos silenciosos y solitarios. En él hemos pasado nuestra infancia, esas tardes que nos han parecido tan cortas al concluir las pesadas horas de encierro en el colegio delante del pupitre y de la plana, escribiendo al dictado, y nos acordamos de su tristeza, de la rareza de sus paseantes, de su tierra regada y del fuerte olor de humedad que de ella se desprende…/… en las frondosas alamedas y plazuelas, con gran fuente en medio, sentadas en los bancos, vemos gente gozando de la tranquilidad de aquellos deliciososo paseos, llenos de copudos y viejos árboles plagados de pájaros y de ruiseñores”. Son las sensaciones que, a través de la palabra, el pintor, grabador y escritor expresionista español, José Gutiérrez Solana, transmitía en 1923 en uno de los artículos costumbristas incluidos en su obra Madrid, callejero, escenas y costumbres, referido al Retiro. Al parque del Retiro. A lo que hoy los ciudadanos entienden por parque del Retiro que sólo en parte tiene que ver con el proyecto que desarrollara en el siglo XVII el conde-duque de Olivares, Gaspar de Guzmán y Pimentel, para cautivar a un joven monarca llamado Felipe IV y tenerlo entretenido mientras él manejaba los asuntos de Estado, con resultados a todas luces negativos, pues sabido es que fue el momento en que se fraguó irremediablemente el ocaso del imperio español. Han pasado ya más de 90 años desde que Gutiérrez Solana pusiera negro sobre blanco en lo que a su descripción del parque más importante y popular de Madrid se refiere y sus palabras siguen siendo perfectamente válidas para caracterizarlo. Porque durante el último siglo el Retiro ha sido eso, lugar de paseo, de recogimiento y de desahogo para madrileños y foráneos, que pueden encontrar en él bien la tantas veces deseada y ansiada soledad reflexiva o bien el barullo alegre y desenfadado de algunas de sus zonas. Lo de llamarlo pulmón, no por manido y tópico deja de tener validez pues el lugar es óptimo para oxigenarse, a la vez que se perciben esos olores característicos de la naturaleza en estado salvaje y agreste. Actualmente le podemos añadir su nueva faceta como espacio donde expresar la querencia por el deporte sano, amable y sosegado, a lomos de una bicicleta, en patín, a la carrera o sencillamente paseando a mayor o menor ritmo. El Retiro, además, siempre ha sido amplia sala de exposición de las artes más populares y callejeras. Sólo hay que darse una vuelta por las inmediaciones del estanque para pasar unas horas de agradable solaz sorprendiéndose con las habilidades del mago aficionado, observando la pericia de un caricaturista, mirando desconfiados la perorata de la vidente a un cliente solícito de poner rumbo cierto a su existencia o participando de la felicidad de un grupo de niños, sentados en corro alrededor de un minúsculo teatrillo de marionetas. Hay quien disfruta del Retiro durante las estaciones del año más bonacibles tumbado en la fresca hierba intentando que el cuerpo se apropie de los rayos solares. Otros, los más jóvenes, sencillamente disfrutan de una merienda o hacen corro en tertulias cuyos temas saltan de lo frívolo a lo filosófico con la lozanía y el desparpajo que da la edad y sin ninguna pretensión de sentar cátedra. Lugar multirracial y multicultural por antonomasia, por el Retiro pululan desde el vecino del barrio, español y madrileño de toda la vida, hasta el inmigrante en jornada de asueto sabatina o dominical, pasando por el turista procedente de país pudiente que, mapa en ristre, intenta desentrañar en una tarde los arcanos más recónditos de esta vasta y exuberante extensión de terreno. En definitiva, lo que Gutiérrez Solana decía en los años 20 del siglo pasado pero puesto al día. El fondo, el mismo, con algunas variaciones en la forma que no ponen en entredicho la idiosincrasia actual de ese parque de más de 114 hectáreas de terreno situadas en pleno centro de la Villa y Corte, es decir, casi un millón doscientos mil metros cuadrados para uso y disfrute de los ciudadanos, del pueblo, de la sociedad matritense.

Más allá del límite oriental de Madrid

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Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares

Cuando el conde-duque de Olivares proyecta la creación de un amplio espacio para uso regio en los albores del siglo XVII la zona donde hoy se encuentra el parque del Retiro era sencillamente un erial situado en las afueras de la capital, cuyos límites últimos los marcaba el Prado de San Jerónimo con su cenobio. Así lo describe Ramón de Mesonero en su Antiguo Madrid cuando remarca que “más allá del límite oriental, hasta bien entrado el siglo XVII, no existía población alguna ni otro edificio que aquel antiguo monasterio y el de Atocha; la entrada a Madrid por aquel lado, como por todos, era abierta y franca, sin cerca que la limitase ni puerta que la sirviera de ingreso; pues hasta la misma mezquina de Alcalá que estuvo más cercana al arranque de aquella calle, no fue construida hasta el año de 1599 en ocasión de la entrada solemne de la reina doña Margarita, esposa de Felipe III. Hasta entonces el camino de Valnegral (Abroñigal) venía por donde ahora está el Retiro, hasta frente de la Carrera de San Jerónimo, que era la verdadera entrada de Madrid”. Los terrenos donde después se construiría el complejo llamado Jardines del Buen Retiro, que incluiría lo que hoy es parque más el espacio que abarca desde el paseo del Prado hasta la actual calle de Alfonso XII, desde la glorieta de Atocha hasta Cibeles, fueron cedidos por el duque de Fernán-Núñez para recreo de los monarcas en el entorno del monasterio de los Jerónimos. Y ahí es donde entra en juego el maquiavelismo del conde-duque de Olivares que ve la ocasión pintiparada para engatusar al monarca y desviarlo de las obligaciones de gobierno, lo que permitiría a Guzmán y Pimentel manejar a su antojo, desde su cargo de valido, la nación y el imperio decreciente. La personalidad del monarca era proclive a dedicarse a esparcimientos frívolos y, por tanto, nada extraña que el propio Mesonero abundara en el siglo XIX en ese malévolo objetivo al escribir que se trataba de una obra exclusiva “de aquel refinado cortesano que quiso desplegar en él (Buen Retiro), para fascinar al joven monarca, todos los recursos que la adulación y la lisonja le inspiraban, todo el poderío que ponía en sus manos su inmenso valimiento y los tesoros del estado de que sin limitación podía disponer; llegando a improvisar en pocos años una nueva residencia real, una mansión fantástica de placer y de holganza, que oscurecía y hacía olvidar las de los bosques, jardines y palacios antiguos del Pardo y Casa de Campo, que habían formado las delicias de los Felipes II y III”. Y puesto a ello “allegó todos los terrenos y posesiones inmediatas al monasterio y convento real de San Jerónimo, hasta una extensión asombrosa; emprendió obras colosales para su desmonte, plantío y proveimiento de aguas; alzó un vistoso palacio; rodeole de extensos jardines, bosques, estanques, ermitas y caserío, y dispuso para asombrosas fiestas aquel espléndido teatro de su elevación y fortuna”. Las obras comenzaron en 1631 con un gallinero “casa de aves extrañas”, varios jardines y el estanque grande y en la noche de San Juan de ese mismo año se estrenó con un festín aunque hasta finales de 1632 no se inauguró oficialmente la residencia real. Echamos mano ahora de Pedro de Répide para que nos describa minuciosamente qué espacios en concreto abarcaban los jardines del Buen Retiro pues difícilmente podemos hacernos una idea si tomamos como referencia únicamente la topografía actual de la zona. Dice Répide que “los jardines del Buen Retiro comenzaban donde se halla la Casa de Correos y estaba la llamada Huerta del Rey, que luego fue parque de espectáculos. En la calle del Pósito -trozo de la de Alcalá entre las plazas de la Cibeles y de la Independencia- estaba la entrada llamada de la Glorieta, y poco más allá, donde se abrió la calle de la Reina Mercedes, que ahora se llama de Alfonso XII, estaban el palacio de San Juan y la ermita del mismo nombre. Toda la extensión, desde este lugar hasta San Jerónimo, era la ocupada por el palacio, del cual no se conservan más que el ala septentrional llamada Salón de Reinos -hasta hace poco museo de Artillería- y el Casón, donde estaba el salón de baile”.

Actual parque del Retiro

Parque de Madrid

Entrada principal del parque del Retiro que permite el acceso al paseo de las Estatuas

“Es conveniente -insiste Répide- dejar hecha esta referencia a la parte desparecida del Retiro, entre el Prado y la calle de Alfonso XII, y la de Alcalá y la iglesia de los Jerónimos, para pasar a ocuparnos del parque de Madrid, en su recinto actual”. Pero antes es necesario recordar que durante la invasión francesa de 1808 los jardines quedaron prácticamente destruidos al ser ocupados por las tropas napoleónicas, que lo utilizaron como fortificación. Fernando VII inició la reconstrucción, con la erección de edificios de recreo, siguendo las modas paisajistas de la época y abriendo una parte al pueblo, pues hasta entonces el uso de los jardines era exclusivo de la Corte. Con el Sexenio Revolucionario los jardines pasaron a propiedad municipal, abriéndose sus puertas a todos los ciudadanos, a la vez que se iban añadiendo o modificando algunos de los edificios e instalaciones y pareciéndose cada vez más a lo que hoy podemos ver y disfrutar. Oficialmente fue llamado Parque de Madrid aunque todo el mundo en cualquer época lo ha conocido, lo conoce y lo denomina Retiro, ese Retiro del que nos habló Pedro de Répide hace ahora casi un siglo pero cuya descripción de su perímetro es harto válida actualmente y a la que nos atenemos: “…ese enorme y admirable jardín, cuyos límites actuales, desde la plaza de la Independencia, donde está su entrada de más frecuente acceso, siguen por la calle de Alcalá, en que está su puerta de Hernani, usada para el ingreso a la zona de recreos, donde son organizados espectáculos para las noches de verano (durante el siglo pasado), tienen en la calle de O´Donnell la entrada al paseo de coches, llamada de Fernán-Núñez, vuelven por la antigua ronda de Vallecas, hoy avenida de Menéndez Pelayo, a la que abre dos puertas y un portillo en la esquina de la tapia meridional que viene sobre el cuartel de María Cristina y el Observatorio, en lo que fue olivar de Atocha y cerro de San Blas, y recogiéndose para dejar espacio a la Escuela de Ingenieros de Caminos, extendiéndose par la calle de Alfonso XII, que primitivamente se llamó de Granada, y en ella desde la puerta del Ángel Caído, hasta la plaza de la Independencia, tiene otros tres ingresos: una puerta que da al Campo Grande, frente a la calle Espalter (actual puerta de Murillo), la restaurada puerta de la Fortuna, una de las antiguas del Real Sitio, pues data de 1690, inaugurada el año último (hacia 1920) en su emplazamiento de acceso al Parterre, y la que frente a la calle de la Lealtad, ábrese al paseo de las Estatuas, también llamado de la Argentina, hasta el estanque grande, puerta principal del Retiro, sobre la cual está el rótulo, denominador de esta posesión del pueblo madrileño al que pertenece desde el año de 1868. Sin embargo, la costumbre hace más frecuentada la puerta de la plaza de la Independencia, dándole un fuerte carácter de primacía sobre la que oficialmente tiene esa condición”.

Esbozo somero y sin profundizar en el contenido

Estanque

Estanque con el monumento a Alfonso XII

Esta sería a grandes rasgos la descripción histórica y perimetral del parque del Retiro, vacío recipiente si no se llenara con todo el contenido que el vasto recinto acoge en su interior. Pero sería tarea absurda el querer despachar con toscas pinceladas edificios, fuentes, parques, paseos e instalaciones diversas con que está dotado un solar de estas dimensiones. Nada hemos dicho de los actuales jardines interiores, de su magnífico, dilatado y lúdico estanque, de su historiado parterre ni de la solemnidad de su paseo de las Estatuas. La Casa de Vacas o la de las Fieras también tienen su lugar en la historia de Madrid y de los madrileños así como La Rosaleda o los modernos jardines de Cecilio Rodríguez. El Paseo de Coches también da de sí una buena entrada, sobre todo en lo referido a la polémica que generó su construcción por lo que suponía de permisividad para la entrada en el parque de los vehículos a motor y la consiguiente profanación de un lugar sagrado y pacífico para el disfrute pedestre del ciudadano. Los palacios de Velázquez o de Cristal tendrían en sí mismos material suficiente para justificar unas cuantas palabras. Y, ¿qué decir de la multitud de fuentes, desde la de la Alcachofa a la de los Galápagos? Y de las diversas estatuas y monumentos individuales, desde aquella dedicada a Lucifer a las de escritores como Galdós o Campoamor, pasando por las ecuestres y sedentes de diversos héroes hispanos e iberoamericanos, dominadas todas ellas por el monumento al rey Alfonso XII. Instalaciones menores como el templete de la música, el teatro de títeres o la moderna zona deportiva de La Chopera no podrían quedar en el tintero, como el estanque de las Campanillas, recientemente restaurado, la Casita del Pescador o la montaña artificial. Todo ello ha sido motivo y excusa para inaugurar en este blog una nueva categoría dedicada en exclusiva a esta maravilla de la naturaleza, debidamente domesticada por el hombre para su uso y deleite, que aunque con matices, debe hacer sentirse orgullosos a los madrileños por las posibilidades de flaneo que les ofrece y por lo que supone de orgullo bien entendendio cuando se trata de mostrarlo a quienes nos visitan y a su vez la comparan con otros importantes recintos de estas características con los que cuentan en sus respectivos países.

 
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Publicado por en julio 5, AM en El Retiro, Parques