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Lavapiés: barrio, calle y plaza

Plaza de Lavapiés.ww.madrid.org

Plaza de Lavapiés poco después de su reforma. Foto http://www.madrid.org

Lavapiés, actualmente multiculturalidad… magrebíes, chinos, también perrofláuticos. Y algunos que quisieran ser considerados perrofláuticos pero a los que la edad y la carencia de actitud y aptitud los delata. Lavapiés, ayer manolería… chulapos y chulapas midiendo su dignidad a pedradas con los chisperos del Barquillo. O asesinando frailes, ¡seamos francos! Lavapiés, desde siempre esencia y aroma a pueblo. Madrid en estado puro, es decir, con la navaja en la faja, comentando un lance de Pepe-Hillo, de tasca en tasca… Si en algún distrito de la capital la palabra barrio tiene sentido en su más campechana expresión ese es sin duda Lavapiés. Y si Antonio Machado dijo aquello de que Madrid era rompeolas de las Españas, Lavapiés es el puerto al que arribaron desde tiempos inmemoriales gentes variopintas, procedentes de todos los puntos de la piel de toro, que en sus tarjetas de visita, es decir, en las arrugas de su rostro, en su morenez rústica, presentaban todo tipo de carencias materiales e incluso morales. Y si hay algún personaje típico y tópico de Madrid ese es el Manolo, el chulo, el vecino por antonomasia de Lavapiés. Por activa y por pasiva dejó escrito don Ramón de Mesonero Romanos que el tipo castizo madrileño “tiene su asiento principal en el famoso cuartel de Lavapiés y alrededores, que se fue formando espontáneamente con la población propia de nuestra villa y la agregación de los infinitos advenedizos que de todos los puntos del reino acudieron a ella desde el principio a buscar fortuna”. Especifica Mesonero que entre los que “vinieron guiados de próspera estrella, y cambiaron luego sus humildes trages y groseros modales por los brillantes uniformes y el estudiado idioma de la corte, vinieron también aunque por más modestas pretensiones los alegres habitantes de Triana, Macarena y el Compás, de Sevilla, los de las Huertas de Murcia y de Valencia, de la Mantería de Vallladolid, de los Percheles y las islas de Riarán de Málaga, del Azoguejo de Segovia, de la Olivera de Valencia, de las Tendillas de Granada, del Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y demás sitios célebres del mapa picaresco español”. Eso sucedería tiempo atrás, muy atrás, varios siglos atrás, cuando se poblaron los arrabales que caían hacia el sur, más allá de los límites de las diversas ampliaciones de todas las cercas menos de la última, la más moderna, la de Felipe IV, que envuelve la zona que ocupa este barrio, de nombre Lavapiés, que cuenta con una calle y una plaza que llevan idéntico apelativo y que son ejes y arterías principales de todo un cuerpo urbanístico que si bien en sus primeros tiempos acogía a lo más florido de la populachería española hoy extiende su llamada más allá de los límites de la piel de toro, acogiendo en su seno gentes de diversas razas, credos, costumbres y manías que han poblado sus costaneras, vericuetosas y enredadas calles dándoles un colorido y un vitalismo que han traído consigo la revitalización de un distrito capitalino apagado y moribundo hace apenas quince o veinte años. Hoy no son los habitantes de Triana, ni los del Potro cordobés ni los de La Mantería vallisoletana los que arriban a este empinado puerto sino que vienen con una mano delante y otra detrás desde Oriente o desde el más cercano continente africano tras sufrir todo tipo de desgraciadas peripecias en una odisea que acojonaría al mismo Ulises. Para muchos de estos morenos la vuelta a Ítaca seria un juego de niños comparada con su propia experiencia aunque tampoco debemos dejarnos llevar por la blandura y pasar por alto que si a España u otros países europeos llegan apurados y hambrientos es por la mala cabeza y peor gestión de unos gobiernos de origen que dictan, ordenan, parten y reparten a su antojo sin que ningún organismo internacional les pare sus dictadoriales e hipercorruptos pies. Quizás porque también tienen interés en que las cosas sigan como hasta ahora. Y, siento decirlo, las cosas no pueden ni deben seguir como hasta ahora. En todo caso, aquí están y aquí los recibimos con los brazos más o menos abiertos según las más o menos condescendientes sensibilidades de las que solemos hacer gala. Pero, en fin, vayamos a lo nuestro, que no es otra cosa que la descripción divulgativa y somera de lo físico y lo histórico del barrio de Lavapiés, de la calle que lleva el mismo nombre y que se manifiesta como eje de dicho barrio y que, por fin, desembocará en la plaza de igual apelativo cual arroyuelo que baja saltarín desde la plaza del Progreso (Tirso de Molina) para sumirse en el metafórico albañal que nos sugiere la boca de Metro que hoy día corona el ágora lavapiesina.

Origen hebraico -o no- del barrio

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Iglesia de San Lorenzo. Foto Wikipedia

Hay controversia y mucha sobre los orígenes del barrio de Lavapiés. Antes de convertirse en el foco de atracción de la emigración interior procedente de los barrios más marginales de las principales poblaciones españolas, parece ser que se había asentado aquí la colonia judía matritense allá por los tiempos de los Reyes Católicos. Lo afirma Pedro de Répide en su Calles de Madrid y, aunque su tesis ha recibido todo tipo de críticas y descalificaciones, nos atrevemos a considerarla plausible y verosímil en la medida en que coincide con los datos históricos que nos hablan de que el origen del barrio estaría en los asentamientos extramuros de la capital de finales del siglo XV. Répide escribe que la plaza y la calle llamadas de Lavapiés “eran residencia de los judíos conversos, después de las severas medidas antisemitas adoptadas por los Reyes Católicos, así como la calle Ave María fue refugio de moriscos”. O sea, una vez que los echaron del centro de la Villa. Por tanto, defiende El Ciego de Vistillas el carácter hebraico del barrio y subraya su argumentación aduciendo que “la judería madrileña tenía núcleo de población en las cercanías de la sinagoga, que estaba precisamente donde se alza la iglesia de San Lorenzo”, actualmente en el número 2 de la calle Doctor Piga. Quienes, por otra parte, consideran un mito el origen semita del barrio alegan que se trata de una falacia cultivada por los autores de obras literarias pertenecientes al regionalismo tardío predecesor del romanticismo nacionalista de finales del siglo XIX. Se remiten a Ramón de Mesonero, quien en sus Escenas Matritenses adjudicaba el nacimiento de dicha leyenda al escritor Don Ramón de la Cruz, en concreto en el sainete Los bandos de Lavapiés. Es más, estas opiniones contrarias a lo dicho por Don Ramón de la Cruz, avalado por Mesonero y subrayado por Répide, se basan en la defensa de la inexistencia de un barrio judío en la zona de Madrid de la que estamos hablando y que el auténtico barrio hebreo de Madrid se encontraría cercano a la actual catedral ya que en las excavaciones para instalar el futuro museo de las Colecciones Reales se han hallado recientemente restos arqueológicos relacionados con una supuesta antigua judería situada en ese entorno. En cualquier caso, y sea como fuere, no se puede negar la existencia de una sinagoga donde ahora se levanta el templo de San Lorenzo como tampoco que una calle que actualmente lleva el nombre de La Fe se denominó durante siglos calle de La Sinagoga. Otro argumento para acusar de falsedad el origen judaico del barrio es el considerar fruto de la imaginación popular la relación de su nombre con una fuente donde se lavarían los pies los judíos antes de entrar en el tiempo. Sabido es que no es propio de los adeptos a esa religión tal rito pero nadie puede impedir que se piense con la lógica que da el sentido común que en ese lugar existiera una fuente en la que, además de tomar el líquido propio para los usos habituales, se lavaran los pies judíos, musulmanes, cristianos o… cualquiera que por allí pasara. Y no precisamente por razones rituales sino por propia necesidad. A veces el echar a volar la imaginación y el despegar demasiado los pies de la tierra nos lleva a buscar tres pies al gato cometiendo errores comprensibles pero imperdonables. Dado el carácter humilde y popular de Lavapiés, nada sería de extrañar que el topónimo hiciera alusión sencillamente a la necesidad de asearse en tiempos donde ni existía el agua corriente ni se estaba muy por la labor de utilizar el agua para menesteres que hoy consideramos imprescindibles. Por otro lado, no podemos dejar de lado el polémico asunto sin recordar que el término Manolo o Manola, sempiternamente asociado al barrio de Lavapiés, tiene un origen religioso. “Una ostentación de cristianos nuevos -según Pedro de Répide- en la que tal vez latía al mismo tiempo una preocupación judaica, hacía que las familias de los conversos llamasen siempre Manuel al primero de sus hijos, con lo que, por la abudancia de ese nombre quedó aquel barrio como de los Manueles y por ende, de los Manolos”. Obvio es decir que Manuel es sinónimo de enviado de Dios.

Calle y plaza de Lavapiés

Fuente_de_Lavapiés. Wikipedia

Fuente de Lavapiés hacia 1870, pocos años antes de su derribo. Foto Wikipedia

La calle de Lavapiés es una rúa angosta, recta y en cuesta o pendiente, según desde el punto cardinal desde el que la ataquemos. Si iniciamos nuestro paseo desde su origen numérico, es decir, al norte, en la plaza de Tirso de Molina, habrá que transitar con el freno de mano echado lo que, si bien es siempre incómodo, nos permitirá disfrutar del sabor popular que desprenden esos balcones sabiamente decorados con geranios u otros tipos de plantas propias del acervo botánico-casero nacional. Sus balconadas estrechas y retranqueadas nos retrotraen a una arquitectura popular sobria y dominada por la practicidad de las construcciones. Si echamos a volar nuestra imaginación por esta rúa veremos transitar a alguna Fortunata o algún Maxi Rubín sumido en sus ensoñaciones, repitiéndose al doblar alguna de estas esquinas que Fortunata lo ama, que es mentira lo que dice doña Lupe la de los pavos, de que se ve a escondidas con Juanito Santacruz. Decía Répide hace algo más de cien años que era calle “de majeza, mapa y cifra de la manolería, que tuvo el privilegio de llamarse Real por concesión de Felipe III cuando en ella asistió a las fiestas de desagravio al Cristo del Olivar, cuya tradición está enlazada con las de las calles de Cañizares y Olivar”. Como anécdota, nos confía una vez más Pedro de Répide que pasado el cruce con la calle de la Cabeza, en lo que se denominó plazuela de Ludones, antes de llegar al Campillo de la Manuela, “queda el recuerdo más interesante de la calle. Allí vivía la hija del histrión Jerónimo Velázquez, Elena Osorio, amada de Lope de Vega, y a la puerta de aquella casa estalló, en una repentina discordia, la enemistad que tuvieron Lope y Cervantes, quien era grande amigo de los Velázquez y asiduo visitante de la casa. Lope fue luego el violento detractor de Elena Osorio y su familia y llegó a ser procesado por los libelos que le dedicó a aquellos cómicos y en particular a aquellas mujeres, de quienes decía en sus versos infamantes: Estas son tres, estas son tres, las que empuercan el barrio de Lavapiés“. Está claro que en asunto de faldas Lope no se dejaba enmendar la plana o mojar la oreja ni por el mismísimo Cervantes, más aún teniendo en cuenta que el dramaturgo se consideraba el galán entre los galanes de la época mientras que el cervatillo era poco más que ese autor semifracasado que movía a la conmiseración en el entonces asfixiante barrio de Las Letras. Pero descendamos la cuesta sin mayor dilación porque ante nosotros no tardará en abrirse de par en par un espacio amplio hacia el que confluyen varias vías de igual estrechez que la de Lavapiés, aunque con desiguales pendientes. Nos damos de bruces con la plaza de Lavapiés y, si el día de nuestro flaneo tenemos la suerte de disfrutar de un clima bonacible veremos a diestro y siniestro representantes de las más diversas etnias ocupando cualquier espacio que pueda considerarse, provisional o definitivamente, asiento. Y si no lo hubiere libre no pasa nada, en corrillo se ven hombres vistiendo chilaba que en cuclillas debaten con ardor y pasión sobre cualquier tema, desde la frivolidad futbolera hasta cuestiones morales propias de su idiosincrasia cultural. Oficialmente estamos en el distrito Centro, antiguamente del Hospital, parroquia de San Lorenzo, sí, aquella que cuyo solar parece ser ocupara una sinagoga tiempo ha. Nos encontramos en un espacio abierto, en forma de polígono más o menos irregular, donde vierten a sus paseantes o sus vehículos las calles Argumosa, Ave María, de la Fe, Olivar, Sombrerete, Tribulete, Valencia y la propia Lavapiés, nuestro cicerone desde el septentrión capitalino. La puerta del Sol del distrito del Avapiés como escribiera Mesonero Romanos, haciendo uso de un topónimo, el de Avapiés, que sólo ha aparecido en textos literarios de la mano de autores como Moratín padre o Fernández Shaw y que parece ser nunca tuvo una naturaleza real. Y aquí, en medio de la plaza es donde se sabe que estuvo situada la famosa fuente que daría nombre al barrio, a la calle y a la propia plaza, “una fuente -según Répide- de sencilla ornamentación y de buen aspecto que ha presidido esta plaza hasta el siglo XIX, en cuya segunda mitad se han hecho desaparecer neciamente típicos y bellos adornos de Madrid. Tan neciamente como en este caso, ya que, aunque sin gracia ornamental, ha seguido habiendo en este lugar una fuente del agua, que en otro tiempo fue tan renombrada como la del Bajo Abroñigal”. Dejemos a Pedro de Répide que lamente la ceguera de la clase dirigente y seamos pacientes para escucharle a continuación decir que en la esquina con la calle Tribulete se conservaba a comienzos del siglo XX el edificio que albergó la Real Fábrica de Coches, que tanta importancia tendría en los últimos años del reinado de Fernando VII “y frente a ella -concluye nuestro fiel y generoso guía- estaba, datando de análoga antigüedad, la famosa fábrica de cervezas de Lavapiés para la cual tenía su propietario extensa plantaciones de lúpulo en Peñaranda del Duero”. El vetusto edificio de la fábrica de cerveza fue derribado para posibilitar que la calle Argumosa ganara en anchura. Y aquí termina nuestro flaneo por un barrio que bien merece unas horas de atención, un barrio degradado y abandonado prácticamente desde la guerra civil, hecho que acentuó su carácter popular y humilde, pero que desde hace un par de décadas ha sufrido una positiva y espectacular transformación tanto en lo arquitectónico, como en lo comercial y, por supuesto, en el apartado humano. Al margen de la instalación en él de emigrantes procedentes del continente africano o de oriente, fundamentalmente, el poblador aborigen escaso de fondos económicos puso su ojo y su hipoteca en balcones asilvestrados, en portales muchos de ellos semiabandonados y con las maderas raídas o en fachadas desconchadas y víctimas fáciles de los grafiteros. Estas gentes han tomado pacíficamente sótanos, pisos, buhardillas y áticos y han convertido lo que estaba en un estado de semiabandono en un barrio amable, habitable y perfectamente practicable para el paseo o la escapada ociosa tanto diurna como nocturna. En nuestras manos está el disfrutarlo con sus luces y, por qué no decirlo también, con alguna, mínima, sombra. Pero, nada ni nadie es perfecto. Fijo.

 

 

 
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Publicado por en febrero 12, PM en Calles, Entornos, Plazas

 

Montaña del Príncipe Pío

Hoy vamos a darnos un paseo por la denominada Montaña del Príncipe Pío. Pero que nadie se asuste. Vamos a restringir nuestro flaneo a lo que hoy día se denomina con ese título, es decir, la pequeña loma sobre la que se extiende el parque que acoge el templo de Debod, donde hasta la Guerra Civil se encontrara el tristemente famoso Cuartel de la Montaña, lugar en que Pío Baroja situara las cuevas donde pernoctaban los personajes marginados de su trilogía La lucha por la vida y por cuyos alrededores deambulara Ramón Villaamil, el protagonista de la novela galdosiana Miau, durante las horas previas a su suicidio. Sólo nos vamos a permitir el desliz de salir de la propia montaña para echar un vistazo a la estación hoy apellidada Príncipe Pío y que se encuentra un par de cientos de metros más al oeste del otero. Porque la montaña del Príncipe Pío de Saboya ocupaba en un principio más metros cuadrados que los que hoy tiene, bastantes más. Todo lo que hoy es el parque del Oeste, la Florida, el barrio de Argüelles… Y por supuesto la explanada donde se encuentra ubicado el templo egipcio y el parque circundante. Pero que nos lo cuente una vez más don Ramón de Mesonero Romanos. Nadie más a propósito para ir acotando y centrando el objetivo de nuestra descripción topográfica de este singular enclave, remanso de paz y atalaya desde la que se pueden divisar las mejores puestas de sol de la capital, con el telón de fondo de la Casa de Campo. Situaba Mesonero el límite de la Montaña del Príncipe Pío por el noroeste “más allá del portillo de San Bernardino a cuya confluencia debe indudablemente adelantarse la entrada de Madrid por aquel lado. La inmensa posesión conocida con el nombre de Montaña del Príncipe Pío no quedó incluida dentro de la cerca general de Madrid hasta los tiempos de Carlos III; mide más de seis millones de pies superficiales, fue de los marqueses de Castel Rodrigo, cuya casa se unió después por enlaces con la del Príncipe Pío de Saboya. En el plano antiguo está dividida en varios trozos de huertas llamadas de Buitrera, del Molino quemado, de las Minillas, de la Florida, etc. y estaban entonces, como decimos, fuera del portillo de San Joaquín (hoy San Bernardino) y de la tapia que bajaba recta desde Afligidos al puente del parque de Palacio, donde ahora la fuente de la Regalada, a la bajada de San Vicente”. Sigue Ramón de Mesonero su alocución señalando su situación en el momento en el que él escribe, es decir, al final del primer tercio del siglo XIX, diciendo que la inmensa posesión pertenece al Real Patrimonio y está cedida por el rey en usufructo al “serenísimo infante don Francisco”. Describe el entorno subrayando su reciente metamorfosis, “de sitio áspero e inculto que era antes, ha venido a transformarse en un precioso parque, huertas y jardines, que la generosidad de su augusto poseedor franquea al público, proporcionándole uno de sus más gratos desahogos; y con los nuevos edificios, cuartel y caserío emprendidos en ella, constituirá muy luego un distrito muy importante de Madrid”. No andaba desencaminado Mesonero al prever un futuro halagüeño para la zona. Pero no adelantemos acontecimientos. Primero es necesario saber que los terrenos a los que hacíamos mención en un principio pertenecieron a la corona hasta 1613 en que pasaron a manos del marqués de Auñón. En 1613 éste los vendió al cardenal arzobispo de Toledo, Bernardo Sandoval y Rojas, y posteriormente pasaron a posesión del Duque de Lerma o de la Compañía de Jesús. A mediados del siglo XVII caen en manos de Francisco de Moura y Melo, tercer marqués de Castel Rodrigo, quien compró las colinas que mencionaba líneas arriba nuestro Curioso Parlante. El marqués mandó construir un palacio donde hoy se encuentra la estación de ferrocarril antes de que la finca la heredara su hija Leonor quien, al morir sin descendencia, se la dejó a su hermana Juana, desposada con Guillermo Pío de Saboya, príncipe de San Gregorio, de donde tomó el nombre con el que ha llegado a nuestros días.

Gilberto Pio

Gilberto Pío hijo de Fco. Pío de Saboya. Foto wikipedia

Francisco Pío de Saboya

Pío de apellido y príncipe por el título de San Gregorio y ya tenemos la denominación de Príncipe Pío. Pero no será Guillermo quien le dé realce al nombre de la finca sino su hijo Francisco, nacido en 1672 y que heredara la finca por la vía materna. A pesar de su densa relación con Italia, Francisco pasó gran parte de su vida en España. Estaba considerado un militar de prestigio, mariscal de campo y lugarteniente general de los ejércitos españoles en tiempos del primer Borbón, Felipe V, de cuya parte estuvo en la Guerra de Sucesión. Por su actos militares recibe en 1707 el Toisón de Oro y una vez finalizada la guerra es nombrado Capitán General de Cataluña. Casó en 1711 con Juana Spínola de la Cerda, con la que tuvo cuatro hijos. Pero el destino le tenía preparada una jugarreta para el último acto de su vida cuando el 18 de septiembre de 1723 cayó accidentalmente en una presa en Madrid y acabó ahogándose. Mientras tanto, la finca sigue en manos de la familia de los Pío de Saboya hasta que a finales del siglo XVIII Carlos IV decide adquirirla y hacerse con el palacio, las huertas, las tierras, el palomar, la casa de vacas, las fuentes, la propia montaña y unos jardines muy aparentes colocados en terrenos a distintos niveles. Para completar la operación el hijo del que pasara a la historia como mejor alcalde de Madrid le compra a Godoy la finca de La Moncloa, convirtiendo las dos posesiones en una zona de recreo que llamó Real Sitio de la Florida. Y en esas estamos 16 años más tarde cuando la montaña es protagonista de la historia de España por dos razones, la primera porque allí alojará Napoleón una parte de sus tropas durante la Guerra de la Independencia y la segunda porque dicha montaña será uno de los escenarios de los fusilamientos de los españoles apresados por las tropas francesas en la gloriosa fecha del 2 de mayo de 1808. Goya puso el foco de su pincel en las ejecuciones de la montaña, entre otras razones, porque le caían cerca de su finca de retiro. Incluso se dice que contactó con algunos presos que lograron evadirse y que le contarían en primera persona los pormenores de los fusilamientos. Un par de décadas más tarde, en 1831 es cuando los terrenos son cedidos por Fernando VII a su hermano Francisco de Paula, de lo que nos daba noticia anteriormente Mesonero en su Madrid Antiguo, y el hermano del monarca será quien los transforme en parque público. Una parte de ellos se convertirán en la segunda mitad del siglo XIX en lo que hoy conocemos como barrio de Argüelles. Por esas calendas, en 1857, el entonces ministro de Fomento, Claudio Moyano, lanza la idea de organizar una exposición en la que agricultores y ganaderos mostraran el fruto de su trabajo. Escoge para ello la Montaña del Príncipe Pío tras barajar otras posibilidades como la Casa de Campo o El Retiro. Se nivelaron los terrenos con el visto bueno del entonces propietario, Francisco de Paula de Borbón,  y se crearon dos plataformas unidas mediante rampas. En la parte de abajo se situaron las galerías dedicadas a productos agrícolas mientras que en la de arriba, donde hoy está el parque y templo de Debod, se instalaron los cercados para el ganado y el pabellón árabe que servía al alimón como salón de actos oficiales y como lugar de exposión de flores y plantas. Desde el 24 de septiembre al 4 de octubre de ese año 1857 tuvo lugar el evento, con notable éxito según los cronistas de la época.

Estación del Norte o Príncipe Pío

-estacion-del-norte. www.espinillo.org

Panorámica de la Estación de Norte a principios del siglo XX. Foto http://www.espinillo.org

Un año antes de la exposición, la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España comienza a construir la línea férrea que unirá Irún con Madrid. Son momentos de euforia y desarrollismo relacionados con el nuevo medio de transporte y hay que elegir un lugar cómodo como estación en la capital, tras la apertura de la de Atocha. En principio se baraja la posibilidad de ubicarla en la zona norte, donde después se construirá la de Chamartín, debido a la llaneza de los terrenos y a la mayor amplitud de los espacios. Pero una vez más la lógica tiene un camino y los intereses especulativos otros. En fin, que se decide que la terminal de la denominada Estación del Norte se construya en donde estuviera el palacio de la finca de Príncipe Pío, una vez enajenados los terrenos, lo que en España ya se sabe que supone comisiones, tráfico de influencias y una serie de gestiones difícilmente inteligibles para los ciudadanos de a pie pero fácilmente soportables para el erario público, que en ese momento parece no tener fondo. En 1859 comenzarán las obras a cargo de los ingenieros franceses de quienes toma su nombre el puente que salva el río, aguas arriba. El primitivo embarcadero abrirá sus puertas en 1861 aunque con una línea que solamente llegará hasta El Escorial. En 1882 se inaugura la parte destinada a viajeros en el paseo de La Florida y habrá que esperar a 1928 para ver levantado el segundo edificio, también de viajeros, el que da a la Cuesta de San Vicente y que hoy en día se encuentra en estado de cuasi total abandono por más que se diga que hay un proyecto para rehabilitalo. Tres años antes de la última fecha, en 1925, se había abierto al público el ramal de metro que une Ópera con la estación de ferrocarril, que permitía salvar el fuerte desnivel entre la estación y el centro de la ciudad y evitar que los viajeros más modestos económicamente tuvieran que subir la Cuesta de San Vicente cargados como mulas, acordándose del árbol genealógico de quien tuvo la feliz idea de situar la estación en lugar tan escabroso. Los años pasan y la Guerra Civil llega dañando la estación considerablemnte. Tras el conflicto quiebra la compañía fundadora a la vez que surge el ente público RENFE que se encarga en adelante de gestionar la estación. Son años en que todo el tráfico ferroviario con el norte de España y Portugal pasa por Norte, que se convierte en el segundo núcleo ferroviario en importancia tras el de Atocha. Sin embargo la construcción en 1967 de la terminal de Chmartín supondrá el inicio del fin de su esplendor y en 1976 ya sólo las líneas de Cercanías pedían entrada en Norte si exceptuamos el expreso de Galicia que estuvo circulando por sus andenes hasta enero de 1993. A partir de ahí su uso pasará a ser el de intercambiador de transporte y centro de ocio comercial. En 1995 adquiere la denominación de Príncipe Pío y la reforma de la fachada que da al paseo de La Florida se inaugura para uso comercial en 2005. Del edificio que da a Cuesta de San Vicente se dice que albergará un auditorio. Cuando toque.

Cuartel de la Montaña

Cuartel de la Montana Muertos . Foto www.fnff.es

Muertos en el Cuartel de la Montaña en 1936. Foto http://www.fnff.es

Nos retrotraemos nuevamente a la segunda mitad del siglo XIX. Más o menos en la época de construcción de la estación ferroviaria se levanta un macrorrecinto militar en los terrenos que años antes albergaran los recintos ganaderos de la exposicion agrícola. En 1863, tres años después de que comenzaran las obras bajo la dirección de Ángel Pozas, los profesionales de la milicia toman pacífica posesión del edificio. Había costado 20 millones de reales, una cifra entonces importante, procedente de la desamortizacion civil y eclesiástica ejecutada durante el mandato de Madoz. Se trataba de un sólido alcázar, de granito, sobrio, de planta cuadrangular y dos patios, con capacidad para acoger una guarnición de hasta 3.000 soldados de infantería, ingenieros y un grupo de alumbrado. Pero la fama le vendría a este cuartel negativa y en el peor momento. Estalla la Guerra Civil el 18 de julio de 1936 y al día siguiente el general Fanjul, encargado de la sublevación en la capital, toma el recinto, se instala en él, declara el estado de guerra y se hace fuerte al mando de unos 1500 hombres y 180 falangistas. Los refuerzos de los también sublevados cuarteles de Campamento, Cuatro Vientos y Getafe no llegan y las decenas de miles de cerrojos de fusiles que se guardaban en el cuartel son motivo de codicia por unos y por otros. Las tropas leales al gobierno, es decir, Guardia Civil y la de Asalto y las milicias populares, rodean el cuartel fuertemente armadas y al amanecer del 20 de julio se inicia el rifirrafe correspondiente. Fanjul y sus hombres aguantan lo que pueden, que es poco. La polémica sobre lo que pasó sigue aún hoy vigente y las versiones difieren según la ideología de quien ofrece su punto de vista pero lo cierto es que se produce una masacre en la que pierden la vida entre 500 y 900 ocupantes del cuartel. Para qué dar más detalles. Digamos que el edificio, que ya quedó deteriorado suficientemente durante el asedio, recibió otro tanto a lo largo de los tres años que duró el conflicto. En 1939 se había convertido en un conjunto de ruinas irrecuperables, algunas de las cuales eran aún visibles a comienzos de la década de los sesenta.

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Templo de Debod en una instantánea reciente. Foto wikipedia

Templo de Debod

Durante la dictadura franquista no se supo bien qué hacer con un lugar que no traía precisamente buenos recuerdos a las huestes vencedoras. Se pensó en edificar allí la Casa de la Falange o en construir un nuevo ministerio. Ningún proyecto cuajó y finalmente fue cedido al ayuntamiento de Madrid que lo convirtió en un parque, inaugurado el 20 de julio de 1972. Un monumento erigido mirando a calle Bailén, compuesto por una figura de bronce que representa el cuerpo de un hombre mutilado, colocado en el centro de un paredón construido con sacos terreros, fue el homenaje que se tributó a los militares del bando franquista caídos en el asedio del Cuartel de la Montaña. Ese mismo día también fue inaugurado el templo de Debod, en la explanada donde estuviera el recinto militar. Se trataba de un recinto religioso de origen egipcio, regalado por los mandatarios del país de las pirámides a España en 1968 como compensación por la ayuda dispensada por nuestro país para salvar varios monumentos milenarios de ser engullidos por las aguas de la presa de Asuán.  El templo que llega a Madrid en 1970 tiene una antigüedad de dos mil años y su origen se remonta al imperio Medio, durante el reinado del nubio Adijalamani de Meroe. Se trata de una construcción dedicada a los dioses Amón e Isis, que había caído en el deterioro y el abandono en el siglo VI de nuestra era tras estar anteriormente dedicado al culto pagano. Desde que en 1961 el templo fuera desmontado, y las piedras numeradas para su traslado, hasta su llegada a Madrid y posterior ensamblaje, parece ser que todo fue un despropósito. Al llegar a Madrid el material, el equipo del arqueólogo Martín Almagro no cuenta más que con un plano y un croquis del alzado del monumento junto con algunas fotografías sin referencias de ninguna clase. Y los bloques de piedras embalados en cajas, cien de ellos sin numeración. Se reconstruyó como se pudo, sin que esto sea ningún desdoro para el equipo de arqueólogos, que bastante tuvieron con levantar lo que levantaron.  Al margen de estos accidentados prolegómenos desde su apertura al público la polémica ha rodeado al histórico edificio. La climatología de Madrid, el vandalismo, la contaminación y su uso indiscriminado como cine de verano, o lugar de anuncios publicitarios o musicales han dejado huellas profundas en el templo. La voz de alarma se viene dando desde hace unos años en los congresos de Egiptiología Ibérica. La UNESCO también ha alzado su voz en forma de quejas continuas. Sin embargo, el ayuntamiento de Madrid ha desoído de forma sistemática las llamadas de socorro y ha resuelto la polémica con someras labores de rehabilitación. El templo se halla hoy día restaurado y algunas partes desaparecidas han sido reconstruidas. Cuenta con una serie de estancias que se pueden visitar. Nada mejor que hacerlo a última hora de una tarde de primavera para después encaminarse a las barandillas del paseo que dan a la Casa de Campo y desde allí disfrutar del ocaso del astro rey en silencio.Un paseo posterior por el recinto del parque, con la noche sobre Madrid, no será nunca un mal colofón a un flaneo por uno de los enclaves históricos de verdad de la capital.

 
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Publicado por en marzo 6, PM en Entornos, Parques

 

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Príncipe de Anglona: jardín, palacio y calle

Uno puede flanear por la calle Segovia en sentido ascendente o descendente y no enterarse de su existencia. Puede subir la costanilla de San Andrés y, si no se echa la vista a la izquierda, seguir tan ricamente sin saber lo que se pierde. Puede girar a la izquierda y penetrar por una corta rúa en dirección a la iglesia de San Pedro el Viejo sin percatarse de su presencia. Incluso el habitual despiste del flaneante puede llevarle a bajar desde la plaza de la Paja y pasar de largo envuelto en los recuerdos del palacio de Vargas, o de la iglesia de San Andrés, o de la historia que envuelve los edificios donde antaño se levantaran las casas de los Lasso de Castilla. Por su mala cabeza puede este descuidado paseante quedarse sin disfrutar de una pequeña gran joya arquitectónica y de un entorno por el que ha caminado distraído ya más de una, y dos, y hasta tres tardes. Lo tendrá bien merecido. Pero la suerte suele acompañar no sólo a los audaces, sino también a quienes habitualmente el bosque de la inmensidad de tesoros que esconde la topografia matritense no le deja percibir la belleza de los numerosos árboles concretos que constituyen esa unidad de belleza artística e histórica global a la que se refiere aquel sustantivo colectivo. Suerte que a veces la reconvención cariñosa de una abuela a un tierno aunque pertinaz infante, que se encuentra jugando a la puerta de un pequeño jardín, impidiendo el paso de circunspectas personas adultas, hace que el desorientado caminante gire la vista a la derecha y se encuentre con un portillo por el que entra y sale gente, mapa turístico en mano, en un ir y venir, si no continuo, al menos goteante. Y eso es lo que le ocurrió a quien estas cuartillas virtuales emborrona en estos momentos, al dejar atrás la plaza de la Paja con intención de enfilar calle Segovia en dirección a Puerta Cerrada, después de disfrutar de los secretos de la iglesia de San Andrés una reciente tarde de invierno cuando ya los escasos rayos de sol del mes de febrero hacían por esconderse más allá del viaducto de Bailén. Donde fijó su mirada el paseante, a continuación de observar la regañina de la abuela, fue en un aparente panel turístico del Ayuntamiento de Madrid, situado a la izquierda del mencionado portal. Lo que leyó allí era que se encontraba ante un conjunto ajardinado, minúsculo, pues apenas si ocupaba una pequeña parcela de poco más de 500 metros cuadrados, y que llevaba por nombre Príncipe de Anglona. Igual que el recién enamorado cada día se sorprende de las dulzuras de la nueva relación, el Isidro reciclado en flaneante tiene la suerte de que prácticamente todo en Madrid le viene de nuevo y en cada esquina encuentra un motivo de admiración. Y como fogoso enamorado tambíen él busca las delicias y las agradables sorpresas que trae consigo el contacto con las flechas de Cupido. Y se dispone a buscar información del lugar. Y se da cuenta que se trata de un enclave relativamente desconocido para el gran público pero que merced a curiosos que le precedieron acumula información suficiente para no parecer pedante, por una parte y, por otra, entretener la tarde de algún despistado lector, sin empalagar en demasía. Y se dispone a contar algunas generalidades aderezadas con algún detalle más por lo menudo de este parque que, si bien no pasará a la historia por sus dimensiones sí lo hará por el encanto y mimo que destila.

Jardines de Anglona

Los jardines de Anglona, un remanso de paz en pleno corazón de la Villa y Corte

Construido en el siglo XVIII

La historia de este jardín colgante rectangular arranca de la mano de la construcción inicial del hoy palacio del Príncipe de Anglona, del que es prolongación, en 1530 y que fue residencia del consejero de los Reyes Católicos y del emperador Carlos I, Francisco de Vargas. Sin embargo, el recinto ajardinado, en su diseño actual, aparece en el siglo XVIII al trazarse uno de los laterales de la casa palaciega. Se trata, como decíamos líneas atrás, de una superficie muy escasa para un parque, alrededor de 500 metros cuadrados, cuyo perímetro está cercado mediante una tapia de ladrillo que lo protege de las vistas del exterior, lo que hace que, dependiendo del lugar por el que se transite, pase desapercibido para los muchos paseantes que desde la calle Segovia suelen acceder a un lugar tan preñado de historia como es la plaza de la Paja. Algunos tramos de la tapia están protegidos por una celosía que le da un realce especial al conjunto del parque, que está dividido en tres áreas claramente diferenciadas, según reza en sendos carteles informativos colocados uno a la entrada y otro en el interior del recinto. Que dicho sea de paso contribuyen a hacer mayor el disfrute del visitante al aunar teoría y praxis. Como decíamos, tres son las zonas en las que claramente se divide el cuasi regular cuadrado que envuelve al solar. El cuerpo central es el más importante. Está dividido en cuatro cuadrantes entre los que se abren varios caminos, enladrillados y aparejados a sardinel. En la intersección de los mismos se erige una fuente de reducidas dimensiones, en consonancia con la superficie total del parque, labrada en granito. Está formada por una columna y una taza, que presentan relieves en espiral cual columna salomónica. Junto al lienzo que corre paralelo a la calle Segovia se extiende un leve paseo arropado por una pérgola a la que trepa y se enreda una rosaleda. Más allá, al final de la tapia paralela a la costanilla de San Andrés, se alza un cenador de hierro, que completa la tercera de las áreas distinguidas. Todo aquí es de dimensiones limitadas, lo que no merma su belleza y encanto sino que contribuye a realzarlos en la más pura tendencia rococó, entendida como imitación barroca pero en reducidas medidas. Vamos, lo que hoy llamamos minimalismo, si se me permite esta licencia seguramente anacrónica. En cuanto al apartado botánico, el jardín combina árboles de grandes dimensiones con pequeños parterres, delimitados por setos de boj y con plantaciones de pradera, configurando un conjunto de gran colorido y frondosidad con acacias, un plátano, una higuera y una masa de ailanthos, que en las épocas más calurosas generan una espesa y agradecidísima sombra y recrean en su interior un jardín asaz romántico. Los bojs forman setos a lo largo de los caminos reforzando el trazado. A su vez, los bérberis, madroños, hydrangea y syringa componen el nivel arbustivo y también tienen su espacio frutales como granados, kakis o almendros, tan habituales en los jardines de la época en que se diseñó. Remata su encanto el hecho de estar construido sobre un terraplén artificial en estructura colgante, que le permite salvar el desnivel existente entre la plaza de la Paja y la calle de Segovia. Con todo ello el recinto se ofrece ante el soprendido visitante como un remanso de paz en el apretujado y denso conjunto monumental que presenta la Villa y Corte por esta tradicional barriada, encerrada en los límites de la primera ampliación del perímetro capitalino, allá por el siglo XIII. El jardín lo esbozó en 1761 el diseñador de planos francés Nicolás Chalmandrier, quien propuso una pequeña zona de recreo de estilo neoclásico con toques característicos de los jardines hispanoárabes. Pero su estructuración actual la llevó a cabo a principios del siglo XX  el pintor y diseñador de jardines de origen flamenco, aunque sevillano de nacimiento, Javier de Winthuysen por encargo de los entonces propietarios marqueses de la Romana. A lo largo del siglo XX ha pasado por diversas vicisitudes, del progresivo abandono a la exposición a la voracidad especulativa, hasta que en 1978 pasó a manos del Ayuntamiento que lo rescató para uso vecinal. Desde 2002 está abierto al público una vez reconstruido todo el conjunto. Aun así, la polémica no ha estado exenta pues parece ser que no se respetó en su totalidad el diseño de Winthuysen y algunos elementos están cambiados de lugar.

PPe anglona

Aspecto del príncipe de Anglona

Palacio del Príncipe de Anglona

El jardín está, como decíamos al principio de nuestra exposición, unido indisolublemente al palacio del Príncipe de Anglona, quien no era otra persona que Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Alfonso-Pimentel, que además del principado por el que es más conocido también ostentaba el título de marqués de Javalquinto. Habitó el contiguo palacio en el siglo XIX aunque muchos han sido los insignes propietarios que han ocupado sus estancias y han paseado por el jardín a lo largo de la historia del mismo. Entre ellos cabe destacar por su importancia al undécimo conde de Benavente, Antonio Alfonso Pimentel y Herrara Ponce de León, quien obtuvo la propiedad por matrimonio con Isabel Francisca de Benavente, hija de los marqueses de Javalquinto y Villarreal. Ramón de Mesonero también tiene su momento de atención para el palacio y el jardín en su Antiguo Madrid y se refiere al recinto botánico, subrayando especialmente el carácter de parque colgante, al mencionar la manzana contigua a la iglesia de San Pedro, a la que acaba de describir. Escribe Mesonero que se trata de la manzana 132, entre la calle llamada Sin Puertas y la de Segovia, que “la forma también exclusivamente la casa que hoy pertenece al señor marqués de Javalquinto, príncipe de Anglona, y anteriormente fue de los condes de Benavente y también de la familia de los Vargas y Sandoval; considerable edificio, notable también por el jardín que tiene contiguo, fundado sobre fuertes murallones, entre la plazuela de la Paja y la calle de Segovia y resultando dicho pensil por el desnivel del terreno, a la altura del piso principal de la casa”. Del palacio actual podemos decir que su moderna erección tuvo lugar entre 1675 y 1690 y que como curiosidad no debemos dejar de apuntar que sus bajos acogieron unos túneles secretos que lo comunicaban con el Palacio Real. Su primera reforma la llevó a cabo Vicente Barcenilla hacia 1776 y más tarde, a principios del siglo XIX, Antonio López Aguado lo adaptó a la moda neoclásica del momento. Actualmente acoge viviendas particulares aunque en su planta baja están instaladas diversas dependencias municipales, en concreto del Instituto Madrileño de Formación. Está situado en la calle que da nombre al príncipe palaciego pero que antaño llevaba como decía Mesonero la denominación de Sin puertas. La razón de ello la apunta Pedro de Répide en su socorrida obra Calles de Madrid. Decía allá por 1920 quien fuera biógrafo de Isabel II que se abrió una calle “entre las casas que fueron del duque de Osuna, luego del marqués de Javalquinto y actualmente del marqués de la Romana y las que fueron de Francisco de Vargas, formando parte del mayorazgo de los marqueses de San Vicente del Barco. Para facilitar la comunicación con la plaza de la Paja, los dueños de aquellas fincas cedieron terreno a la Villa, sin abrir puerta alguna por aquel lado, de lo que tomó su primera denominación”. El príncipe de Anglona es reconocido por haber tomado parte en la guerra de la Independencia contra los franceses y haber participado en las batallas de Tamames y Consuegra donde, a juicio de los historiadores, dio muestras continuas de serenidad y valor. Pedro de Alcántara habia nacido en Zamora en 1776, siendo el hijo menor del undécimo duque de Osuna y de la duquesa-condesa de Benavente. Su familia fue asidua de Francisco de Goya y aparece en el cuadro que el genial sordo aragonés realizó a la familia y que se conserva en el museo del Prado. Al margen de sus méritos en el ámbito militar hay que decir que dirigió el museo del Prado durante el trienio liberal entre 1820 y 1823. Fernando VII necesitaba a un aperturista para llevar las riendas de la pinacoteca. Sustituía a su cuñado el marqués de Santa Cruz y se trataba de un hombre que cultivó también la pintura. Había sido nombrado académico de honor por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, institución de la que sería director en el momento de su fallecimiento en Madrid en 1851, a la edad de 75 años. Persona, por tanto, inmersa de lleno en la vorágine que vivió la nación durante la primera mitad del siglo XIX y muy en consonancia con la mentalidad dieciochesca y liberal, habitual entre la aristocracia de la época. Anglona fue uno más de los protagonistas del despertar de los españoles a las libertades constitucionales y uno de los que puso a la nación en la senda de la modernidad.

 
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Publicado por en febrero 26, PM en Entornos

 

Plaza de La Moncloa

Nadie conoce el lugar como plaza de Moncloa. El concepto de plaza como recinto abierto de encuentro no casa con este espacio. Sin embargo, esta es la denominación oficial que desde 1890 figura en los documentos oficiales. Su situación geográfica no es necesario consignarla aquí porque para cualquier vecino madrileño -de la capital o de la región- es un enclave conocido por su condición de cruce de caminos en la moderna ciudad, debido al intercambiador de transportes, que acoge cerca de un centenar de líneas de autobuses, que unen la capital con la zona noroeste de la Comunidad de Madrid. A ellas hay que añadir las del ferrocarril metropolitano que transitan por el subsuelo desde 1964 y la presencia en sus cercanías de la Universidad Complutense de Madrid. Todo ello da como resultado uno de los lugares más concurridos de la capital a cualquier hora del día aunque, bien es verdad, que siempre como área de paso y nunca de reposo o flaneo. Pero no sólo de relax vive el hombre actual. Mastodónticas infraestructuras en el subsuelo y no menos espectaculares en la superficie completan un entorno que por lo pronto llama la atención y el interés del paseante curioso y que aquí vamos a intentar desgranar, si bien no en profundidad, sí al menos con la intención de abrir una puerta informativa para quien desee escarbar e ir más allá de los superficiales datos que intentaremos ofrecer. En cualquier caso, se nos va a permitir que sigamos el protocolo habitual y digamos que esta plaza se encuentra en la zona oeste de Madrid, en su entrada por la carretera de La Coruña, técnicamente denominada Autopista A-6, que es prolongación de la calle Princesa y que hasta tomar la denominación actual llevó la del político decimonónico Antonio Cánovas del Castillo. La decisión de dar el nombre del malogrado político a un espacio más céntrico y acorde en su día con su importancia en el devenir de la España del siglo XIX, hizo que el lugar del que hoy escribimos tomara el nombre de los antiguos propietarios de los terrenos donde se encuentra, los duques de Moncloa o Monclova. Nobles de rancio abolengo, cuyo título fue otorgado por Felipe III en 1617 a don Antonio Portocarrero de la Vega Enríquez. Siglos después, durante la guerra civil del 36, el lugar fue bautizado por los republicanos como plaza de los Mártires de Madrid, en honor a los caídos propios en la defensa de la ciudad, aunque una vez finalizada la contienda fue nuevamente reconocido el patronímico de los duques.

MODELO I AEREA

Vista aérea de la cárcel Modelo de Moncloa

Cárcel Modelo

Pero remontémonos atrás en el tiempo. No mucho. Situémonos en el último tercio del siglo XIX, cuando ya se había diseñado y desarrollado el ensanche de Madrid por el oeste, derribado el portillo de San Bernardino o San Joaquín y la vía que llevaba a las afueras había cambiado el nombre de camino de San Bernardino por el de princesa Isabel, la  popularmente conocida como La Chata. Al final de esa calle existía una explanada donde se levantó un edificio de unos 43.000 metros cuadrados que desde el 20 de diciembre de 1883 albergó a los reclusos de la capital. Se trataba de la nueva cárcel, la Cárcel Modelo. La inauguró Alfonso XII y los arquitectos que marcaron las líneas de su estructura fueron Tomás Aranguren y Eduardo Adaro. El proyecto partió del entonces ministro de Gobernación, Francisco Romero Robledo, que llevó a la práctica la idea de solucionar con un solo y moderno recinto todas las necesidades penitenciarias de la capital. La nueva prisión sustituyó a la ya ruinosa del Saladero, situada en la actual plaza de Santa Bárbara, y si seguimos a Répide una vez más, tenía como función servir ya “de presidio único, desaparecidas las antiguas divisiones de cárcel de la Corte…/…Cárcel de la Villa, que se estableció contigua al Ayuntamiento y Cárcel de la Corona, para los clérigos, que se hallaba en la calle de la Cabeza”. Estaban, además, las del Santo Oficio y diferentes presidios en Recoletos, El Prado, Puerta de Toledo y Barquillo, sin olvidarnos de la Casa Galera, en la calle Quiñones. Se la llamó popularmente del abanico por la forma de su planta, con un cuerpo central del que arrancaban cinco galeras. Sobre el frontispicio de la entrada principal se podía leer la conocida máxima de Odia el delito y compadece al delincuente. Pero lo cierto es que no debió llevarse muy a rajatabla lo de compadecerse del condenado porque contaba con una plaza para ejecuciones públicas donde, entre otros reos de menor alcurnia, fue ajusticiada en 1890 Higinia de Balaguer, única condenada por el mentadísimo crimen de la calle Fuencarral. Fue la última vez que el verdugo hizo acto de presencia en un recinto que, unos veinte años después de su inauguración, protagonizó un escándalo mayúsculo cuando un veterano periodista, condenado por encubrimiento en el intento de asesinato de los reyes, en mayo de 1906, denunció las condiciones infrahumanas en las que vivían los presos. José Nakens se llamaba el plumilla y sus escritos hablaban de hombres y niños descalzos y hasta en cueros, catres desvencijados, jergones reducidos a la mitad, rotos, “ventanas de las celdas sin cristales con el frío que hace ya y que lo mismo ocurre con los grandes ventanales de las naves. Yo veo turbia el agua muchos días, otros mezclada con tierra y siempre, hasta cuando sale clara, despidiendo un olor nauseabundo”, clamaba Nakens. El impacto de estos artículos fue enorme y supuso cambios en la dirección y relativas mejoras en el trato a los reclusos. Despues vinieron años de anonimato para la Modelo y es necesario dar un salto en el tiempo, hasta la década de los años 30 del siglo XX, cuando la cárcel fue escenario de atroces fusilamientos por parte de los milicianos en los primeros meses de la contienda civil. Melquiades Álvarez, Julio Ruiz de Alda o Fernando Primo de Rivera, hermano del líder falangista, fueron, entre otros personajes de similar relieve, ejecutados en sus dependencias antes de que el recinto quedará prácticamente reducido a ruinas como consecuencia de los bombardeos sufridos, debido a su cercanía al frente de combate de la Ciudad Universitaria. Al final de la guerra fue definitivamente demolido y sus funciones pasó a cubrirlas la cárcel de Carabanchel, levantada al acabar la contienda fratricida.

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Cuartel General del Ejército del Aire

Cuartel general del Aire

Tras la guerra, el gobierno de Franco decide dedicar el recinto que había ocupado la prisión a sede del Ministerio del Aire, dentro de un proyecto de remodelación de todo el área que se bautiza como plaza de los Caídos por Madrid, aunque para todos los madrileños siga siendo Moncloa. Además del edificio ministerial se proyectan otras obras grandilocuentes, siguiendo las corrientes arquitectónicas de los regímenes totalitarios de la época. En esa línea se levantarán el futuro Arco de la Victoria y el monumento a los Caídos de La Moncloa, todos ellos formando parte del amplio proyecto ideado por el arquitecto Luis Gutíerrez Soto. Yendo por partes, diremos que en diciembre de 1943 se colocó la primera piedra del edificio que albergará al ministerio aéreo y que tendrá un indiscutible parecido con el monasterio del Escorial, lo que hará que los madrileños de la época, poniendo a mal tiempo buena cara y buscando siempre el lado humorístico de la vida, lo bauticen como el monasterio del aire. Entró en funcionamiento en 1954 sin ningún acto de inauguración oficial aunque no se finalizó hasta 1958. Con la llegada de la democracia y la desaparición del ministerio del Aire sus dependencias fueron ocupadas por el propio Ejército del Aire hasta la fecha actual. Cerca de este magno edificio y en la salida hacia la carretera de La Coruña el régimen franquista levantó un monumento que conmemora su victoria frente a los republicanos. Estamos hablando del Arco de la Victoria, un típico arco triunfal al estilo clásico construido entre 1950 y 1956. Mide unos 40 metros de altura y posee unas inscripciones latinas que recuerdan la victoria de los sublevados y la construcción de la nueva ciudad universitaria. Su interior está dividido en ocho plantas y guarda una maqueta de 25 metros cuadrados de la ciudad universitaria. Se pretendió en su día que su uso fuera turístico ya que las columnas de su interior son huecas y cuentan con unas escaleras que llevan a la parte superior transversal, apta en principio para exposiciones  y actos culturales. Pero ya se sabe, la ideología que encierra, unido a la pusilanimidad de los gobernantes municipales, lo ha llevado a un estado de abandono impropio de una ciudad civilizada. Como todos estos edificios relacionados con la dictadura franquista su futuro se nos antoja incierto pero lo único que no se debe permitir es que se conviertan en estercoleros, refugio de marginación o sencillamente almacenes de miseria. Bien. Dicho lo cual, terminemos este apartado de la historia con la referencia al edificio circular que se encuentra frente a la salida de la calle Moret y que no es otro que la actual sede de la Junta Municipal del distrito de Moncloa. Forma parte también del conjunto de monumentos construidos en nuestra plaza para conmemorar la victoria de los sublevados en la guerra civil del 36, en este caso para homenajear a los caídos en la batalla de la ciudad universitaria, que tantos muertos dejó en ambos bandos. En este caso los escrúpulos ideológicos se han dejado a un lado y afortunadamente el edificio tiene una función práctica, por más que las decisiones que en él se tomen no conecten con la sensibilidad de los vecinos de la zona, como suele ser cada vez más habitual en la relación entre gobernantes y gobernados. Completa el conjunto arquitectónico una torre situada a pocos metros del arco de triunfo, en dirección a la sierra. Hablamos de la pomposamente denominada Torre de Iluminación y Comunicaciones del Ayuntamiento de Madrid pero que todo el mundo conoce como Faro de Moncloa. Presenta una estructura de 110 metros de altura, construida en 1992. Un ascensor acristalado en su exterior conducía años atrás a los visitantes a un mirador situado a unos 90 metros de altura. Permanece cerrada desde 2005 por incumplir las normas de seguridad dictadas por el ayuntamiento y desde entonces los madrileños no pueden disfrutar de este singular, aunque estéticamente discutido, elemento urbano. En el mirador hubo durante un tiempo un restaurante desde el que disfrutar al calor de un café o un refresco de unas vistas maravillosas del entorno de la capital, especialmente las referidas a las puestas del astro rey más allá de la Casa de Campo. ¿Su futuro? Averígüelo Vargas. Promesas y proyectos por parte de los políticos hay algunas, hechos ninguno.

asilo San Bernardino

Asilo de San Bernardino pintado por Berruete

Asilo de San Bernardino

Pero dejemos este presente tan convulso incluso en lo que al entorno doméstico se refiere y antes de abandonar esta importante plaza, si no por lo coqueta sí al menos por su carácter de hormiguero humano durante la mayor parte del día… digo que antes de abandonarla definitivamente desviémonos un momento hacia la vecina calle de Isaac Peral para recordar un edificio que ya no está pero que durante mucho tiempo fue símbolo de la pobreza madrileña. Nos estamos refiriendo al asilo de San Bernardino, lugar de referencias tanto históricas como literarias y que se encontraba donde hoy el solar que acoge la residencia de profesores universitarios. O al menos ese era su uso hasta hace pocos años. En ese local, el marqués viudo de Pontejos, entonces alcalde de la Villa y Corte, ordenó la construcción de un asilo para acoger mil pobres de ambos sexos, financiado por el propio consistorio aunque también echando mano de la suscripción popular. El edificio había albergado anteriormente el convento de la orden descalza de San Pedro de Alcántara y había sido fundado en 1572 por el contador mayor de Felipe II, Francisco de Garnica. Se trataba de una pequeña iglesia situada en aquellos tiempos fuera de la ciudad, en el antiguo camino de San Bernardino. Una vez en funcionamiento se instalaron talleres de diversos oficios para que los allí acogidos pudieran trabajar. Funcionó hasta 1907 en que fue clausurado a causa de la carencia de donativos y como consecuencia del lamentable estado de abandono del inmueble. Parece ser que ninguna institución pública se sintió aludida en cuanto a responsabilidad en ello, pese a depender del ayuntamiento madrileño. Los pobres tuvieron que marchar a locales provisionales hasta que en 1910 se construyó el asilo de La Paloma, situado en los solares donde hoy se eucuentra el IES de Enseñanza Secundaria del mismo nombre, en la calle Francos Rodríguez. No debe olvidársenos decir para finalizar que el asilo de San Bernardino es repetidamente citado por Galdós y que echando a volar nuestra memoria y nuestra imaginación podemos ver a personajes de sus novelas que se lamentan de su suerte y aluden a San Bernardino como último puerto de sus míseras vidas. En nuestro recuerdo está Benina, la protagonista de Misericordia, que es conducida por las fuerzas del orden a dicho asilo, después de ser detenida cuando mendigaba a las puertas de San Justo. A su lado, el moro Almudena corre el mismo camino de forma voluntaria, con tal de no separarse de su amri, protectora y fiel ángel de la guardia.

 
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Publicado por en enero 30, PM en Entornos, Plazas

 

Plaza de la Cruz Verde

Nos adentramos en esta ocasión en el Madrid antiguo, el que comprende la segunda cerca o muralla, la denominada cristiana, construida por el rey Alfonso VII durante el siglo XII. Y haremos parada y fonda para disfrutar y deleitarnos con el espectáculo estético e histórico que nos ofrece una pequeña plazuela abierta a la calle Segovia, vía importante que en ese lugar comienza a empinarse y a exigir del flaneante inclinar el tronco hacia adelante y meter riñones en pos de Puerta Cerrada. El alto en el camino nos va a obligar a observar con detenimiento la plaza denominada de la Cruz Verde. Se trata de un pequeño recinto, con una fuente adosada a uno de sus lienzos y con dos calles de salida a derecha e izquierda, la del Rollo y la de la Villa. Enclave amable y discreto del que apoderarnos en las estaciones del año climáticamente más benévolas, incluso en las horas en que el sol aprieta con menos miramientos. Y es que se trata de un lugar tan recoleto que incluso durante el periodo de la reglamentaria y patriótica siesta es posible encontrar una terraza con la correspondiente sombra, donde saborear un denso café de sobremesa.El origen del nombre de la plazuela está claro, alude al símbolo o emblema de la Suprema Inquisición que solía encabezar las procesiones que se celebraban en las vísperas de un auto de fe. Dicha cruz solía ser transportada por familiares inquisistoriales hasta el lugar donde se debería celebrar el auto correspondiente. Sin embargo, las razones por las que plaza adquiriera tal denominación son más discutibles. Bien es cierto que se sabe que hubo una cruz de madera de ese color durante mucho tiempo en el sitio. Y que desapareció hacia mediados del siglo XIX. Eso si creemos a Mesonero que en su obra El antiguo Madrid refleja que dicha cruz “sirvió en el último auto general de fe de la Sagrada Inquisición y se hallaba colocada en el testero de dicha plazuela, en el murallón de la huerta del Sacramento donde ha permanecido hasta nuestros días en que ha caído a pedazos por el transcurso del tiempo”. Si nos atenemos al juicio de don Ramón la fecha del último auto de fe hay que situarla en 1680, en tiempos de Carlos II. Y dicha fecha entraría en contradicción con lo que afirma Pedro de Répide, quien a principios del siglo XX afirma que la cruz se colocó “como recuerdo de autillos inquisistoriales allí celebrados, habiendo sido el último en tiempo de Felipe II”. Por otra parte, no es lo mismo un auto de fe que un autillo. Mientras que en el primero se juzgaban, y habitualmente se condenaban, a numerosos acusados, en el autillo se solía poner en solfa a un solo reo y se celebraba en los tribunales de distrito. Dadas las medidas del lugar y la discrepancia en las fechas nos inclinamos a creer que se tratara de un simple autillo

Fuente de Diana Cazadora

Plaza de la Cruz Verde.www.ciao.es

Plaza de la Cruz Verde con la fuente de Diana al fondo. Foto http://www.ciao.es

Répide ya describe el rincón como “uno de los parajes más interesantes y bellos del Madrid antiguo, al que presta singular encanto la fuente monumental adosada a la tapia del huerto de las monjas del Sacramento”. Siguiendo fielmente los comentarios del insigne Ciego de las Vistillas dicha fontana, aunque tiene aspecto de mayor antigüedad, fue construida y colocada ahí hacia mediados del siglo XIX, cuando se suprimió la que estaba en Puerta Cerrada. Es más, la imagen de Diana que presidía esta última fue trasladada a nuestro rincón de hoy para a su vez encabezar y embellecer dicho conjunto. La idea de situar en ese paraje una fuente partió del Ayuntamiento, siendo alcalde el marqués de Santa Cruz, con el objetivo de dotar al barrio de suministro de agua potable. El diseño fue obra del arquitecto municipal López Aguado mientras que la Diana había sido diseñada en el siglo XVIII por los escultores Ludovico Turqui y Francisco del Valle. Sus materiales son el ladrillo y la piedra, tanto blanca como de granito, y el estar adosada condicionó su diseño, adoptando una estructura más cercana a la de las fuentes de caños que a la de columnas, más propias de los siglos XVII o XVIII. El conjunto consta de tres cuerpos: el central recoge el escudo de Madrid bajo el que aparece una inscripción con la fecha y el nombre del alcalde que aprobó su erección. Sobre el dintel destaca la estatua de Diana, diosa virgen de la caza y portectora de la naturaleza, vestida con túnica corta. Está esculpida en mármol blanco al igual que los dos delfines mitológicos que se encuentran a sus pies. Dos piñas ornamentales de piedra blanca flanquean el grupo. En su frente la fuente presenta cinco caños y sus aguas se depositan en tres pilones, uno frontal y dos laterales, todos rectangulares y construidos en granito. No abandonamos la plazuela sin recordar que en el número 1, que hace esquina con la calle de la Villa y a su vez vuelve a la calle Segovia, vivió el arquitecto Ventura Rodríguez, autor de numerosísimas obras en la capital. La vivienda perteneció en el siglo XVIII a Sebastián de Flores, maestro herrero de la Real Casa, con cuya hija, Josefa, estuvo casado el arquitecto que “poseyó por mitad esta casa y habitó en ella en el piso tercero”, según nos apunta Mesonero.

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Placa situada en el edificio donde estuvo el Estudio de la Villa. Foto pasionpormadrid.blogspot.com

Calle de la Villa

De la plaza de la Cruz Verde parten dos calles: la de la Villa y la del Rollo. La primera de ellas es sin duda más importante tanto por su extensión y anchura como por su historia. A ella hace mención Mesonero denominándola del Estudio de la Villa y es que en el número dos se levanta el inmueble que ocupó el denominado Estudio público de Humanidades que regentó el dómine López de Hoyos y donde el insigne manco de Lepanto, Miguel de Cervantes, asistió en calidad de alumno. En la obra titulada Historia de la enfermedad, tránsito y exequias de la serenísima reina doña Isabel de Valois, firmada por el sacerdote, se hallan algunos versos del inmortal autor del Quijote y que suponen su primer testimonio literario. Lopez de Hoyos nombra al alcalaíno como “mi caro y amado discípulo” aunque no lo debió ser tanto ya que fue expulsado en una ocasión por robar unas uvas de una parra en la vecina calle del Rollo y a la que nos referiremos a continuación. Cosas de zagales, sin duda, pero lo cierto es que López de Hoyos fue multado por no haber tomado medidas contra éste y otros discípulos en tan singular ocasión, y del enfado correspondiente tomó la decisión de apartarlo de su pupilaje. Días más tarde un regidor intercedió en favor de Cervantes, siendo readmitido nuevamente, según apunta Répide, porque el maestro apreciaba sobremanera el gran ingenio del muchado.Y ciertamente no iba descaminado el sufrido dómine. El Estudio cerró sus puertas al crearse el colegio Imperial y para contentar a López de Hoyos le nombraron cura de la parroquia de San Pedro y después de la de San Andrés, ambas cercanas al lugar. Y es que este buen señor, que vivió en Madrid desde 1511 hasta 1583, fue escritor y uno de los humanistas españoles más importantes de su tiempo. Catedrático de buenas letras, según la terminología de la época, es conocido por haber escrito varias obras sobre personajes, lugares o leyendas de Madrid y todos los estudiosos de la Villa y Corte han bebido en sus fuentes cuando han querido indagar sobre el pasado capitalino. Bien es verdad que sus escritos mezclan en ocasiones los hechos con las suposiciones pero con todo es apreciado por quienes son conscientes de la escasez de medios y posibilidades para llevar a cabo una rigurosa investigación histórica en aquellos lejanos tiempos. A él dedica Mesonero unos sabrosos comentarios a caballo entre la descripción y la censura, diciendo que el buen maestro Juan López destaca por “su patrio entusiasmo y su afición a lo maravilloso. Todos sus libros son por lo demás de tan escaso mérito literario, por su indigesta erudición, absoluta falta de crítica y afectado estilo, que hubieran desaparecido por completo si la crítica moderna no hubiera hallado en ellos algunas noticias, triviales entonces, que al autor se le escaparon, sin pensarlo acaso, de los sitios principales de Madrid en aquella época”.

Calle del Rollo 3

Vicaducto visto desde la calle del Rollo con la plaza de la Cruz Verde a derecha.artedemadrid.wordpress.com

Calles del Rollo y Segovia

Dejamos atrás la calle de la Villa y nos dirigimos a una vía, situada a mano derecha de la fuente desde la perspectiva que nos da mirar al frente, que lleva por nombre calle del Rollo, y que conecta la plazuela de la Cruz Verde con la no menos singular calle de Madrid en ascendente y serpenteante devenir. Sobre el origen del nombre hay oposición de criterios. El argumento más creíble es el que situaba en la antigüedad en esa rúa una picota de las que se utilizaban para colocar allí restos humanos de personas ajusticiadas, actos que tenían como objetivo servir de ejemplo al personal. Se trataba de columnas de piedra rematadas por una cruz y que todavía se pueden observar en muchas localidades de la geografía española a la entrada o salida de las mismas. Sin embargo Répide, tras subrayar la teoría anterior califica de absurdas otras como la de que se denominaba así por su configuración angosta y enrevesada o porque allí había aparecido un niño muerto envuelto en un rollo de esteras. Esta última pese a ser la más macabra también es la más literaria y la que más agradaría a aquellos a los que nos gusta echar a volar la imaginación. Pero los hechos son tozudos y debemos inclinarnos ante los mismos. Por último, nos vamos a ocupar de la calle Segovia, en la zona cercana a la plazuela de la Cruz Verde, para constatar que en las cercanías de esta confluencia se encontraban las denominadas huertas de Pozacho, que llegaban hasta donde hoy se encuentra el viaducto y en cuyas inmediaciones se ubicaban unos baños árabes. Pero extendernos más allá de nuestra coqueta plazuela será tarea de otra cita pues dicha calle Segovia tiene harina suficiente para llenar un sinnúmero de costales o entradas.

Cinco muertos

Finalicemos las referencias a la plaza de la Cruz Verde haciendo mención a un hecho luctuoso acaecido aquí en tiempos bastante más recientes que aquellos a los que hemos hecho mención a lo largo de nuestra perorata. El 6 de febrero de 1992 cinco personas mueren como consecuencia de la explosión de un coche bomba colocado en la plaza. El atentado fue obra de ETA y los casi 50 kilos de explosivo segaron insensatamente la vida de tres capitanes, el soldado conductor y un funcionario civil. Además, otras siete personas resultaron heridas de diversa consideración a resultas de la explosión de un Opel Kadett, que se produjo cuando pasaban pocos minutos de las ocho de la mañana y que hizo temblar un total de 16 edificios próximos al lugar de la deflagración, según relataron los periódicos del día siguiente. El testimonio de una persona que se encontraba cerca del lugar de los hechos nos permite tomar conciencia de los momentos que se debieron vivir: “de pronto pareció que se hundía todo. Todo se llenó de polvo.Nos figuramos que era una bomba. Fue un despertar terrible”.

 
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Publicado por en enero 22, PM en Entornos, Plazas

 

Barrio de Pozas y Buen Suceso

Hoy no pondremos nuestro foco en ningún lugar con encanto de Madrid, del que disfrutar en mañana de verano o tarde de otoño. Hoy no hablaremos de ningún lugar con pasado pero con mucho presente, vivo y actual.No, hoy vamos a recordar un enclave que ya no existe y cuyo derribo supuso en su día todo un mazazo social en la medida en que estuvo rodeado del halo épico que supone el que el pueblo se revuelva contra el poder por decisiones que considera arbitrarias, caciquiles y condicionadas por el más vil interés crematístico. Decíamos que el enclave ya no existe pero es una verdad a medias porque sigue existiendo obviamente el solar aunque con otras edificaciones que albergan objetivos bastantes más prosaicos. Vamos a ponernos en manos de la nostalgia y echando una mirada atrás en el tiempo recordaremos el nunca suficientemente adjetivado barrio de Pozas, situado en lo que hoy consideramos distrito de Argüelles/Moncloa. En concreto, estaba ubicado en la manzana que comprenden el triángulo que forman actualmente las calles Princesa, Alberto Aguilera y Serrano Jover. Sí, están ustedes pensando correctamente, el solar comprendido en ese equilátero regular está ocupado por unos grandes almacenes cuyo nombre no es necesario reflejar aquí ya que no necesitan de la publicidad para incrementar el volumen de sus beneficios. Decimos que el barrio nunca ha sido bien ponderado porque supuso uno de los primeros intentos de dotar a la clase obrera de unas condiciones de vida medianamente dignas allá por los años 50 del siglo XIX, fecha en que las autoridades municipales aprobaron el proyecto inicial de construcción.

Barrio de Pozas 1

El barrio de Pozas allá por los años 60 del siglo XIX

Ensanche de Madrid

Todo comienza en 1857, dentro de lo que se denominó el proyecto de ensanche para Madrid, elaborado por Carlos María de Castro. Se trataba de una superficie total de unos diezmil metros cuadrados que se encontraban fuera de la Puerta de San Bernardino (o de San Joaquín), cuyas obras de desmonte, trazado y nivelación comenzaron ese mismo año. Dicha puerta de San Bernardino fue derruida definitivamente por estas fechas. En la red las hay para todos los gustos, que van desde el mismo año de 1857 hasta 1868 e incluso se comenta que pudo llevarse a cabo su desparición forzada en 1864. Ciertamente el día y año concreto es lo de menos y lo que resulta indudable es que el proyecto de ensanche de la capital hacia el denominado Camino de San Bernardino -hoy calle Princesa- ya no tenía marcha atrás. El área que ocuparía el barrio fue adquirida por un constructor montañés, Ángel de las Pozas Cabarga, que en 1864 ya había iniciado las obras de lo que a posteriori sería el barrio que llevaría su apellido. Constaba dicha barriada de todas las modernidades propias del momento. A saber, dispensario médico, mercado, tiendas de comestibles, cuartel de la Guardia Civil, un colegio para niños y niñas, un teatro (construido en 1866) y una fábrica de chocolate, entre las dotaciones más dignas de mención. Estructuralmente, la disposición de viviendas y servicios se levantaban en torno a una plaza, llamada de Transmiera, con tres calles peatonales con los nombres de Hermosa, Solares y Pasaje de Valdecilla. Todas estas vías hacían referencia a lugares relacionados con la infancia de Pozas Cabarga. Valdecilla, que era la más larga y que estaba situada paralela a la actual calle Princesa, aludía al pueblo cántabro de nacimiento del constructor. Solares era la comarca a la que pertenecía Valdecilla y, por último, Hermosa era la localidad de nacimiento del abuelo del insigne Pozas, un constructor que en su curriculum tenía el haber sido a su vez el profesional del ladrillo que había levantado la cárcel Modelo situada donde hoy se encuentra el Cuartel General del Aire, en Moncloa, además del Cuartel de la Montaña, desaparecido al inicio de la Guerra Civil, de infausto recuerdo para todos y donde hoy se encuentra el templo de Debod. El barrio, como todo el ensanche de Madrid hacia esa zona noroeste, rápidamente adquirió popularidad, entre otras razones, debido a que el ayuntamiento lo dotó de un sistema moderno de iluminación y sobre todo porque desde 1866 iba a contar con un servicio de minibús que enlazaba la Puerta del Sol con la barriada. Cada media hora desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche, al módico precio entonces de un real, partía un convoy desde cada una de las cabeceras de la línea. Unos años más tarde, en 1871 la llegada del tranvía supuso otro hito importante aunque en este caso el precio duplicaba el del omnibús y parece ser que el alborozo del personal no fue tan generalizado. Pecata minuta si tenemos en cuenta que este barrio era junto con el de Salamanca el más moderno y apreciado por los madrileños de la época.

Barrio Pozas

Vista aérea del barrio en pleno siglo XX

Cien años más tarde

Feliz y apaciblemente, con sus altibajos correspondientes, debió discurrir la vida de los vecinos de esta zona hasta que unos cien años después de su edificación, en la década de los años 60 del siglo XX alguna mente no excesivamente privilegiada pero sí ávida de incrementar ciertos patrimonios, decidió plantear el derribo de un barrio que quizás se hubiera quedado algo anticuado pero que seguía ofreciendo el servicio propio para el que se construyó. Era el año 1967, época del alcalde Arias Navarro, cuando se decidió proceder a su derribo y vender los terrenos para transformarlo en la zona comercial que hoy conocemos. Los vecinos fueron realojados previo pago de indemnizaciones que nunca pudieron igualar el valor sentimental que encierra un recinto donde se ha residido durante un tiempo determinado. Todo ello estuvo rodeado de desahucios forzosos, encierros de los vecinos en sus inmuebles con la consiguiente ayuda de las gentes de las zonas cercanas que ofrecían comida y alimentos a los recluidos, oposición ante los juzgados y cortes de agua y luz como medida de presión por parte de las autoridades, con el fin de que abandonaran las casas. En definitiva, un largo etcétera de intentos de humillación hasta que la aplastante lógica del poderoso se impuso y la piqueta hizo acto de presencia pese a que el tema había trascendido vía prensa escrita más allá de los intereses particulares de los residentes. La protesta vecinal estuvo abanderada, entre otros, por el dramaturgo del denominado teatro social y autor de La camisa, Lauro Olmo, quien acompañado de su esposa, Pilar Enciso, y de sus hijos, fueron los últimos de entre alrededor de 1500 vecinos en abandonar el 12 de febrero de 1972 esa protoubanización moderna y cerrada, que si bien no contaba con piscina ni pista de padel, reunía en torno a sí lo que se consideró en su día un proyecto avanzado de convivencia en comunidad. Queda para el recuerdo, además de la lucha vecinal en tiempos en que no era fácil enfrentarse al poder, el testimonio literario de Pío Baroja, quien en su obra El árbol de la ciencia, hace referencia al barrio o la figura del cronista de la Villa, además de irrecuperable bohemio, Emilio Carrere, feligrés habitual de las tascas de Pozas. No podemos olvidar tampoco el flaco favor que le hizo al barrio un entonces provinciano y desorientado diletante de escritor apellidado Umbral quien, en un mal día que todos podemos tener, se atrevió a decir aquello de que el barrio de Pozas era “el corazón podrido de la gran manzana de Argüelles”. Hay que suponer que por alguna razón lo diría aquel que no daba puntada literaria sin el hilo de la recompensa material, fuera directamente económica o en especie… en fin, dejémosle ahí y que la historia lo juzgue.

iglesia-del-buen-suceso

Actual parroquia del Buen Suceso

Buen Suceso

Pero crucemos esta populosa vía y situémonos enfrente del hoy nuestro barrio, en el actual número 43 de calle Princesa. No nos podríamos perdonar no mencionar la iglesia del Buen Suceso que en 1868 se instaló justo frontalmente a donde se encontraban las 300 casas que completaban el barrio poceño. Dicho templo se encontraba anteriormente en la Puerta del Sol de Madrid, donde hoy en día se pretende construir no sabemos qué, en la manzana que se encuentra entre Carrera de San Jerónimo y Alcalá, en el edificio que sostuvo durante muchos años el anuncio de Tío Pepe y que acogía el fabuloso en su día Grand Hotel París. Con la reforma de la Puerta del Sol de mediados del siglo XIX se decidió cambiar la ubicación del templo y este se trasladó al solar de la calle Princesa al que hacíamos mención con anterioridad. Junto a la iglesia también se traslada el hospital que dio pie a la iglesia y que por orden de Carlos V había sido ordenado levantar de forma ya definitiva en el mencionado lugar de la Puerta del Sol, con el fin de atender al personal que acompañaba al monarca de sus enfermedades y accidentes. Ya en Princesa tanto hospital como iglesia aguantan hasta la Guerra Civil en que comienza su declive. Durante el conflicto la iglesia fue clausurada aunque el hospital siguió funcionando. Acabada la contienda fratricida el templo está en ruinas y, aunque es reconstruido, hacia 1970 es derribado definitivamente todo el edificio para levantar en la manzana un nuevo complejo residencial y con equipamientos comerciales. La nueva iglesia, a juego con el edificio, según el criterio oficial, abre sus puertas a principios de los 80 siguiendo la corriente de arquitectura funcional propia del momento, caracterizada por la falta de respeto por el legado cultural, habitual históricamente por estos pagos. Y tan funcional es la arquitectura que bien podría confundirse el nuevo templo con un aparcamiento subterráneo o con una galería comercial, dicho sea sin ánimo de soliviantar a las gentes de orden.

Cara de Dios

Por estas fechas y en medio de ese furor especulativo que afectó al entorno de Princesa se ordenó también el derribo de una ermita que albergaba una Santa Faz o lienzo con los rasgos de Cristo y que hasta los años 30 del siglo XX se había venerado en forma de romería desde los albores del siglo XVIII. Dicha ermita se econtraba en el número 12 de esta principal vía madrileña de desahogo hacia la Sierra del Guadarrama y había sido fundada por la marquesa de Castel Rodrigo. El lienzo con la presunta cara de Cristo había sido donado a la marquesa por una hermana del papa Paulo V y los fieles consideraban que se trataba del verdadero rostro de Cristo impreso por la Verónica en el camino al Calvario. Dicha romería, que se celebraba el Viernes Santo, tenía a jucio de muchos creyentes un excesivo tono festivo, dadas las fechas, tono que poco tenía que ver con la devoción religiosa. Lo cierto es que la calles se llenaban de gente que salvo excepciones no se excedían en sus manifestaciones de júbilo Pero chocaba el jolgorio producido en una fecha donde el silencio era el denominador común. Carlos Arniches nos dejó para la posteridad un drama llevado después a la zarzuela por el maestro Ruperto Chapí cuyo argumento está basado en esta romería.

 
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Publicado por en enero 20, PM en Entornos, Obra civil

 

Santiago: calle, plaza, iglesia y costanilla

Costanilla de Santiago. www.nestoria.es

Fachada típica del entorno del Santiago. Foto http://www.nestoria.es

Vamos a flanear hoy por una vía a trasmano de las rutas turísticas habituales actualmente pero que, como siglos atrás, supone el camino más corto para llegar desde la plaza Mayor a la de Oriente y viceversa. Se trata de la calle de Santiago, denominada así obviamente en honor del apóstol y por extensión nos detendremos en menudear el comentario sobre toda la prole santiaguina, es decir, la plaza, la iglesia y la costanilla. Los alrededores, como es el caso de la calle Milaneses, la del Espejo, la de Santa Clara, la de la Cruzada y la de los Señores de Luzón también merecerán aunque sea en menor medida nuestra atención pues no en vano encierran datos y anecdotario suficiente. Empezando por la propia calle de Santiago lo primero que se nos ocurre decir es que hoy día se trata de una vía de mediano tránsito, lo que permite disfrutar de sus restaurantes, tabernas o terrazas sin las apreturas de sus homólogas Mayor, San Miguel o las Cavas. El sabor añejo que desprenden las fachadas de sus edificios es motivo más que sobrado para detener el paso y dedicarle una parte de nuestro tiempo de asueto a sabiendas de que no será en balde. Y no es que sus edificaciones sean excesivamente antiguas porque fue remodelada esta calle “que va a Palacio, bien entrado el siglo XIX”, según apunta Mesonero, en razón de que se trataba de “un antiquísimo, elevado y apiñado caserío” y hacía necesario su remozamiento. Pero no era el primer lavado de cara que sufría ya que en 1525 fue ensanchada para que la emperatriz Isabel, esposa de Carlos I hiciera su entrada triunfal al Alcázar a su llegada a España. Y es que sus orígenes datan de un pasado muy lejano en el tiempo pues no en vano la zona se encuentra dentro de la primera ampliación de la ciudad, es decir de la segunda cerca o cerca cristiana, de la que hay datos de que existía allá por el siglo XI cuando la conquista de la ciudad a los moros por parte de Alfonso VI. Como dato curioso decir que en esta calle se instaló el primer mercado de pescado fresco, que ya funcionaba allá por cuando la emperatriz Isabel entró en Madrid. Pero no debió durar mucho en aquel lugar porque si creemos a Répide parece ser que “haciéndose su vecindad desagradable en las épocas de calor fue mandado quitar de allí”. Otro dato importante para la biografía de la calle es el hecho de que en el número 2 nació la beata Mariana de Jesús. Placa hay en el lugar que nos recuerda a esta hija de un pellejero andante de la corte, cuyo cuerpo incorrupto se conserva todavía en el convento de las Alarconas, situado en la esquina de la calle Valverde con la de Puebla. Unos números más adelante otra referencia en el lienzo del edificio nos recuerda que allí vivió durante un tiempo don Francisco de Goya, que con sus pinceles plasmara como nadie la idiosincrasia del pueblo madrileño, estampando en sus lienzos tanto los ratos de ocio como los momentos más empeñativo de la gente de su época.

Plaza e iglesia

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Iglesia y plaza de Santiago. Foto es.wikipedia.org

Al final de la calle se abre ante nosotros la plaza con el nombre del apóstol. De ella parten la de la Cruzada y la de los Señores de Luzón,  por su lado sur. Hacia el noroeste habría que dirigirse para acceder a la plaza de Ramales y hacia el norte se encuentra una bajada llamada de Santa Clara. De las calles nos ocuparemos líneas abajo y a la plaza dejémosla dormir por ahora en los archivos correspondientes porque tema y personalidad suficiente tiene para dedicarle algún desvelo en momento más oportuno. Centremos nuestros limitados esfuerzos en prestar atención a la iglesia cuya fachada se yergue ante nosotros y cuya planta actual se levantó a comienzos del siglo XIX. No obstante, su origen podría situarse en tiempos muy antiguos pues como apunta Répide en la vecina de San Juan solían recluirse los cristianos mientras que a Santiago acudían “los que seguían la secta de Arrio con lo que se advierte que ya esta iglesia existía en tiempos de los godos pues el arrianismo cesó en el reinado de Recaredo”. La anécdota histórica más reseñable data de 1438 cuando, con motivo de una gran peste en la ciudad, la iglesia hizo voto a los santos Cosme y Damián, sacándolos en procesión para mitigar los males de la epidemia. A su vez, desde el ayuntamiento de la villa se planteó otro voto sacando a San Sebastián en procesión en dirección a la iglesia de Santiago por no tener la ermita de la calle Atocha entidad suficiente para que hasta allí se dirigiera el cortejo. Una vez construida la nueva iglesia de San Sebastián en el lugar actual la municipalidad cambió el rumbo y dirigió su procesión hacia allí como parece razonable. No debió pensar de igual manera el cura de Santiago que elevó sus protestas a la villa. En decisión salomónica se optó por alternar la procesión que un año se dirigiría a Santiago y otro a San Sebastián. Debieron quedar contentos porque no se produjeron más disensiones o al menos no nos constan. Volviendo a nuestra iglesia de hoy, hay que dejar constancia de que el diseño del actual recinto fue obra del arquitecto Juan Antonio Cuervo, que su fachada es de estilo neoclásico, que es de planta de cruz griega, que la capilla mayor es semicircular y que en el altar mayor se encuentra una pintura de Francisco Ricci que ya estaba en la antigua. El cuadro representa a Santiago Matamoros y los espertos aseguran que las influencias de Rubens en el hacer de Ricci son indudables. Como dato curioso y necrológico hay que decir que  en la bóveda de esta iglesia permaneció hasta su inhumación el cadáver del escritor Mariano José de Larra, tras poner voluntariamente fin a sus días en su domicilio de la cercana calle Santa Clara, 3, donde actualmente una placa recuerda el desgraciado suceso. Gracias a la mediación de Ramón de Mesonero, colega y amigo de Fígaro, pudo tener un refugio y posteriomente un lugar de reposo sagrado el pionero del periodismo moderno de opinión pues es bien conocido por todos que quien se suicidaba tenía prohibido recibir sepultura en sagrado.Hoy en día los restos de Larra reposan en el cementerio de la Sacramental de San Justo, en el panteón de hombres ilustres junto a otros escritores como Espronceda, Núñez de Arce o Gómez de la Serna. No se nos olvide concluir el párrafo dedicado a esta iglesia apuntando que se denomina de Santiago y San Juan una vez absorbiera derechos y obligaciones eclesiásticas tras la desaparición de la segunda y que de sus puertas parte la ruta madrileña del camino que lleva a la tumba del apóstol. Unas vieiras sobresalen en su fachada para dejar constancia de ello.

Calle Espejo

Placa de la calle con el espejo. Foto grupoqs.es

Costanilla, Milaneses y Espejo

Terminando con las vías que llevan por nombre el del santo, démosle su espacio aunque sea mínimo a la Costanilla de Santiago, una vía de poco más de veinte metros sin nada reseñable salvo por el hecho de que Galdós la citara en repetidas ocasiones en su cumbre narrativa Fortunata y Jacinta, cuando se refería al lugar hacia el que doña Barbarita, la mamá de Juanito Santacruz, se dirigía en algunas ocasiones a realizar compras urgentes para el desenvolvimiento diario de la vivienda familiar situada en Marqués de Pontejos. Y es que las calles que vierten hacia la de Santiago o de ella salen no son precisamente extensas en longitud aunque todas ellas cuentan con su pequeña intrahistoria o incluso historia con letras de mayor tamaño. Miremos hacia la de Milaneses por ser la que más cerca nos queda de la anterior y escribamos que su importancia radica en primer lugar por pasar por allí el lienzo de la muralla cristiana, tras dejar atrás la puerta de Guadalajara y antes de internarse por la del Espejo. Ni veinte metros medirá de recorrido y su nombre le viene por dos relojeros originarios de la ciudad italiana que defiende ese gentilicio, que llegaron a la capital y se instalaron en esta rúa. Fueron los primeros que hicieron relojes de bolsillo, según Répide. Traspasaron su negocio a un tal Duran que construyó el reloj del cercano convento de San Gil “horologio célebre por lo complicado y perfecto de su máquina”, al decir del autor de Las calles de Madrid. Démonos la vuelta y dando la espalda a la calle Mayor enfrentaremos una estrecha vía denominada calle del Espejo. En la placa de la calle encontramos un espejo al lado de la denominación y nos gustaría saber qué historia o anécdota se esconde detrás. Ninguna que tenga que ver con espejos. Se trata de un malentendido etimológico que tiene su origen en los tiempos del primer conquistador cristiano de Madrid, Ramiro II, quien una vez conquistada la ciudad debió abandonarla porque no contaba con fuerzas suficientes para defenderla. Los árabes entonces, con el fin de no caer en el mismo error, fortificaron el lugar construyendo atalayas para  otear desde ellas el horizonte sin ningún impedimento y preparar con antelación la defensa cuando fuera oportuno. Esas atalayas se llamaban en latín specula y de ahí la confusión.

Santa Clara

Ya por el mero hecho de haber albergado al Pobrecito Hablador y haber sido escenario de su triste final la calle Santa Clara merecería un lugar en la historia del callejar matritense. Pero es que se trata de una vía a la que la nobleza le sale por todos los poros de sus piedras. En el mismo lugar en que posteriormente se levantaría el edificio donde moraría Larra anteriormente se encontraba el convento de monjas franciscanas que da nombre a la calle, fundado en 1460 por Alonso Álvarez de Toledo, tesorero del rey Enrique IV. El templo desapareció a principios del siglo XIX. En las casas contiguas, pertenecientes también al tesorero del rey, se alojó en ocasiones el propio rey y anteriormente su padre, Juan II. Se sabe además que en 1435 se hospedó en ellas el condestable don Álvaro de Luna, a la sazón, maestre de la orden de Santiago. Cuenta Mesonero que allí nacería su hijo Juan, señor del Infantado “siendo sus padrinos el rey y la reina que regalaron a la parida, doña Juana de Pimentel, un rubí de valor de mil doblas e hicieron celebrar grandes festejos por este motivo”. Deliciosa la prosa de don Ramón para cerrar esta referencia sin olvidar decir que en la propia calle hay una placa donde se hace mención a estos visitantes y otro no menos famoso y tracendente para la historia de España, don Enrique de Trastamara.

Señores de Luzón y Cruzada

Cerramos esta entrada dedicada a Santiago y su entorno con dos calles que salen casi al unísono de la plaza del apóstol y que cuentan con mucho pasado a sus espaldas. La de Señores de Luzón hace referencia a uno de los linajes más antiguos de la Villa y Corte pero el tener este nombre la vía puede deberse, a juicio de Pedro de Répide, al hecho de que el tesorero y maestresala de Juan II además de alcaide del Real Alcázar y alguacil mayor, de nombre Pedro de Luzón, tenía ahí sus casas. Se trata del primer Luzón del que se tienen referencias por escrito y que abría la senda a un linaje que tuvo contacto importante con la realeza hasta prácticamente el último de los Austrias. Por último, la calle de la Cruzada debe su nombre al famoso Tribunal de la Santa Cruzada que tuvo su sede en ella. Dicho tribunal funcionó desde el siglo XVI hasta 1850, centralizando en sí los tribunales correspondientes a los reinos que configuraron la corona de los Reyes Católicos. Se encargaba de gestionar los ingresos procedentes de Roma en pago a diferentes servicios prestados por la corona en defensa de la fe católica frente a los enemigos de la media luna.Y aunque podríamos decir más cosas de esta calle tampoco se trata de cansar con farragosos y secundarios sucesos por lo que nos retiramos volviendo hacia la plaza de Santiago no sin antes señalar que en el número 4 de la Cruzada el escritor vallisoletano y poeta de lo cotidiano, Gaspar Núñez de Arce, vivió y nos abandonó en los albores del siglo XX, concretamente el 9 de junio de 1903.

 
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Publicado por en enero 17, PM en Calles, Entornos, Plazas