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Archivo de la categoría: Obra civil

Jardines del Campo del Moro

Campo del Moro

Impresionante panorámica de las Praderas con el palacio al fondo. Foto Wikipedia

“La perspectiva de la monarquía se obtiene desde el fondo del Campo del Moro. Sentados en sus bancos, podemos obtener la visión abrupta, accidentada, resuelta, de la historia de España y, sobre todo, de la historia de Madrid. Es el sitio más valiente, virgen y selvático para ver con más carácter la villa y corte. Parece que hemos fijado allí la tienda antes del ataque. Tan fecunda era la sombra nutricia y rústica del Campo del Moro que hacia allí bajaban las vacas de la villa y en cierto tiempo bajaba a aquel barrancal una tropa de guadañadores que esparcían con la hierba vencida y cortada un olor gustoso, de degollación de hierba, de humedad aliñada, de sabroso vegetarianismo para el olfato”. Son palabras de orfebre acuñadas por Ramón Gómez de la Serna para transmitirnos su visión de ese envolvente parque, de esos afrancesados jardines que se encuentran a espaldas del Palacio Real y que por mor de caprichos políticos son uno más de los numerosos placeres estéticos de la capital desconocidos para la mayoría. Cuasi ignota maravilla para el turista, tanto avezado como despistado, o incluso para el propio vecino. La única entrada abierta, la situada a lo largo del paseo de la Virgen del Puerto, no contribuye a acercar este espectacular enclave al curioso que, como mucho, acertará a atisbar el follaje semiselvátivo y las altas copas de ejemplares centenarios, siempre y cuando se ponga de puntillas y alargue el cuello por encima de la verja de los Jardines de Sabatini. Pero esa misma semiclandestinidad a la que incomprensibles circunstancias han condenado al Campo del Moro hace que quien conoce o recién descubre este exhuberante rincón de la Villa y Corte considere en su fuero interno como imposible que se esconda tan cerca del centro turístico tamaña Arcadia. Quien estas líneas escribe debe reconocer humildemente que su enamoramiento de estos jardines ha discurrido paralelo a su conversión a esta religión del madrileñismo, culto, quizás rancio y paradógicamente provinciano, que consiste en patear con ojos de isidro el mayor número de rincones capitalinos para sacarle el jugo estético y lúdico que las limitadas capacidades intelectuales permitan. Algo de esto ha pasado con este parque que se extiende a espaldas del Palacio Real pues, como sin querer, un día de invierno en que el sol pugnaba por imponerse al frío aire serrano, decidí cruzar la estrechísima cancela que permite el acceso a través de las escalinatas que descienden paralelas hacia el punto de partida de paseos interiores, caminos, veredas y vericuetos varios. En ese momento las palabras de Gómez de la Serna vertidas al inicio de esta entrada comenzaron a teñirse de significado. Desde que se cruza la única puerta de acceso abierta al público lo que ven nuestros ojos impacta. Se mira en lontananza, hacia arriba, cinematográficamente en contrapicado, y la ingente belleza paisajística que fluye en derredor rinde pleitesía al orgulloso Palacio Real que domina el panorama desde su posición de atalaya. “Aquí estamos, a tu merced, augusto recinto”, podríamos balbucir a la par que ejecutamos la debida genuflexión. A este impacto visual contribuye, sin ninguna duda, la majestuosidad que desprenden las Praderas de las Vistas del Sol, las primeras en venir al encuentro de nuestra mirada, que se ha elevado progresivamente por ese extensísimo y empinado jardín en cuesta, geométricamente homogéneo, al más puro estilo francés, acicalado por las fuentes de las Conchas y los Tritones. Pero volviendo a las palabras iniciales de Gómez de la Serna, diremos que igualmente desprenden una alusión al carácter de poblachón, de aldea en medio de la nada, con que siempre se ha motejado a Madrid y que en este Campo del Moro tiene también su carta de personalidad. Es por aquí, a espaldas del Alcázar, por donde desde tiempos remotos se ha intentado la conquista de la ciudad y por donde los que procedemos del oeste pobre y subdesarrollado iniciábamos nuestra modesta aunque incruenta incursión, sin más objetivo que el de encontrar el espacio propio en la capital de todos los sueños. Por las cercanas calles Cuesta de la Vega y Segovia, al sur, o Cuesta de San Vicente, al norte, cargábamos con nuestra metafórica maleta repleta de incontables ilusiones y escasas realidades, deshaciéndonos de la delatora boina en cualquier desaguadero, remangándonos y notando los primeros de los muchos sudores en la lucha en pos de la quimera. Pero tornemos nuevamente al texto ramonista y anotemos en nuestro cuaderno virtual que las guadañas, la rusticidad, la virginidad selvática que siempre ha estado unida al oso, al madroño, a los pastos, a las antiguas aguas o al pedernal, tienen en esas palabras y en ese Campo del Moro otro renglón escrito en la historia de la capital, en cuanto a la definición del concepto de madrileñismo se refiere. Sumido en esos pensamientos discurría aquella no tan lejana mañana de fin de invierno en que, escéptico ante lo que podría encontrarme, crucé la verja de entrada al parque con la inevitable helada ofreciéndome en bandeja la susodicha humedad aliñada de sabroso vegetarianismo para el olfato.

¿Quién fue el moro que le dio nombre al campo?

Alcazar_de_Madrid_siglo_XVII

Alcázar con el Campo del Moro en la parte inferior. Grabado Wikipedia

Lo primero que se pregunta el flaneante al conocer el lugar es el porqué de su denominación. Bien es verdad que no hay que ser muy suspicaz ni un experto en historia para suponer que tendrá que ver con los orígenes de la ciudad, con el antiguo Magerit, con sus conquistas y reconquistas, idas y venidas entre moros y cristianos allá por los albores del segundo milenio. Pero lo cierto es que el baile de nombres y fechas en torno al susodicho moro nos lleva a una relativa aunque hoy en día secundaria confusión. Dejemos a Ramón Gómez de la Serna -hoy nuestro hombre de confianza pues no en vano se crió por estos andurriales- que nos aclare dudas aunque sea a base de paradógicas interrogaciones retóricas del tipo “¿Era Tejufin, rey de los almorávides, que destruyó los muros de Majeritum en 1109 y se hizo dueño de la villa? ¿Debe valer la versión de que los habitantes de la villa encerrados en el Alcázar rechazaron el ejército marroquí que había llegado a sentar sus reales en el sitio que aún se llama Campo del Moro? ¿O habrá que apelar al testimonio del cronista Rudh Alcortes, que dice: En 503 (1109 de nuestra era) el emir Alí Ben Jusuf pasó a España para hacer la guerra santa; se embarcó en Ceuta el jueves 15 del mes de Muharran…/…conquistó igualmente Madrid y Guadalajara…” Al final, el adalid de las vanguardias en España sale del pasó con una media verónica que deja el toro de la historia en suerte para el siguiente lance al afirmar con rotundidad que “el caso es que allí durmió el moro Aben-Jusuf en 1114, descansando antes de atacar Madrid y por eso aquello quedó impregnado de su oscura cochambre, de su abruptosidad”. En fin, que a principios del siglo XX esto de la corrección política no estaba en los manuales deontológicos de ningún escritor pero no olvidemos decir que el monarca musulmán sería a continuación rechazado y sus intentos de reconquistar la capital se verían frustrados, como bien apuntaban las palabras escritas en cursiva aunque en esta ocasión nosotros eliminemos las interrogaciones, principalmente para que don Ramón de Mesonero siga descansando en paz en su tumba del cementerio de San Isidro. Y ese lugar llamado Campo del Moro porque allí sentara sus reales el señor del turbante es lo que en el siglo XIX se convertiría en un parque ajardinado y que antes de dar detalles de su configuración vamos a perimetrar diciendo que se extiende, de este a oeste, desde la fachada occidental del Palacio Real hasta el paseo de la Virgen del Puerto y desde la Cuesta de San Vicente a la de la Vega, de norte a sur. En total, estamos escribiendo de una superficie de veinte hectáreas de terreno arbolado y ajardinado declarado de interés turístico en 1931. Es uno de los tres jardines que rodean al Palacio Real pero que, al contrario que los de Sabatini y plaza de Oriente, no dependen del Ayuntamiento sino de Patrimonio Nacional, un organismo que habitualmente gestiona posesiones que estuvieron en manos de la monarquía. Quizás ahí radique el quid de por qué no están más publicitados estos jardines o por qué no hay una entrada abierta desde los mentados jardines de Sabatini o por qué están algunas zonas de los susodichos jardines vetadas al público o semiabandonadas o por qué dos de las tres entradas están cerradas. En fin, que cada cual juzgue a su sabor.

Mucha historia la del Campo del Moro

Felipe IV

Felipe IV holgó y practicó la caza en el Campo del Moro. Wikipedia

Como venimos diciendo, el otrora barranco donde actualmente están situados los jardines ha estado presente en la historia de la ciudad desde su fundación. Ahora bien, la denominación de Campo del Moro, primero, y su ajardinamiento, después, es mucho más reciente. De mediados del siglo XIX, cuando los promotores de los jardines, buscando una denominación que le diera realce, echaron mano de datos históricos al proponer al arquitecto Narciso Pascual y Colomer el diseño de un nuevo parque. No obstante, la idea de levantar una zona recreativa en el paraje es lejana en el tiempo, tanto como la capitalidad de la ciudad. Leemos en Wikipedia que los primeros intentos surgen en tiempos de Felipe II, quien encargó un proyecto para salvar el desnivel existente entre el Real Alcázar y la hondonada del río Manzanares. Posteriormente, Felipe IV, que utilizaba el lugar con fines cinegéticos, ordenó inicialmente la plantación de especies arbóreas, mayoritariamente olmos. Nos cuenta nuevamente Gómez de la Serna que en dicho parque se celebraban “fiestas públicas y lidias de fieras” en tiempos del cuarto de los Felipes, antes de que Olivares le construyera el Retiro. Y que Pedro Calderón de la Barca se refiere a él en su obra Mañanas de abril y mayo con estos versos: “Esta mañana salí/a ese verde ameno sitio,/a esa divina maleza,/a ese ameno paraíso,/a ese parque, rica alfombra/del más supremo edificio”. Y subraya Gómez de la Serna el dato de que se le reconozca ya como parque. Pero sigamos. Con la apertura del Retiro el lugar cayó en el abandono y hubo que esperar a la construcción del Palacio Real tras el incendio del Alcázar en 1734 para que se volviera a hablar de la ordenación del recinto, aunque nada se llegó a hacer en la práctica, justificándo esta inactividad en la escasez de agua, las dificultades de la orografía y la ausencia de recursos económicos. Sachetti, Sabatini, Esteban Boutelou o Ventura Rodríguez estuvieron en ello aunque habrá que esperar a 1810 para que Juan de Villanueva pueda ver realizado, un año antes de morir, su proyecto de conectar mediante un pasadizo el palacio con la Casa de Campo. La denominación de Túnel de Bonaparte, actualmente cerrado, abandonado y medio derruido, nos dice a las claras a quién debemos los madrileños la ejecucion de este proyecto, que si bien no supuso el remozamiento del Campo del Moro sí nos apunta el interés que siempre hubo en darle otra imagen a esa zona de la ciudad situada al oeste del Palacio Real. El impulso definitivo para la remodelación de los jardines llegó de la mano del tutor de Isabel II y del intendente del Real Patrimonio. Nos econtramos en 1840 y nos referimos a Agustín Argüelles y Martín de los Heros, respectivamente. El proyecto se le encarga al arquitecto de origen valenciano Narciso Pascual y Colomer, que anteriormente había trabajado en la reforma de la plaza de Oriente, que años después levantaría el actual Palacio de las Cortes y el del Marqués de Salamanca, entre otras obras destacadas, y que pasaba por ser uno de los preferidos de la monarquía. Pascual y Colomer planteó la apertura de una avenida que uniera el palacio con el paseo de la Virgen del Puerto y que no sólo salvara la pendiente sino que realzara el recinto palaciego en su fachada oeste. Para la nivelacion de los terrenos se utilizaron materiales de escombro procedentes de la reforma de la Puerta del Sol. A continuación, se instalaron dos fuentes monumentales, las actuales de las Conchas y de los Tritones, procedentes del palacio del infante don Luis, en Boadilla, y del Jardín de la Isla, de Aranjuez, respectivamente. Las obras sufrieron un parón durante la revolución de 1868 y hasta finales de siglo no se remataron, en esta ocasión de la mano del afamado jardinero catalán Ramón Oliva. La incorporación de éste supuso la mezcla de dos estilos en el diseño del parque, el más neoclasicista de Pascual y Colomer con el rómántico de Oliva, lo que lejos de incomodar multilplica la belleza del lugar, como puede aseverar cualquier visitante del recinto. Las casas de madera estilo tirolés levantadas a finales del siglo XIX se deben a Enrique María Ripollés al igual que la ornamentación de la gruta de acceso al túnel, diseñada por Villanueva. Durante la Guerra Civil el parque sufrió serios daños dada su cercanía al frente, siendo reformado en los años de posguerra. Ya en 1960 se construyó un nuevo edificio en su interior que sirve de Museo de Carruajes y que alberga una interesante colección de distintos modelos de este medio de transporte que pertenecieron a la realeza hispana. Destacan la Carroza Negra, del siglo XVII, la Silla de Carlos III, del XVIII, o la Berlina de la Corona, del siglo XIX, entre otros vehículos.

Descripción de los jardines

Paseo de los plátanos

Imagen invernal del Paseo de los Plátanos. Foto Wikipedia

Los jardines reflejan la influencia de diversas corrientes y estilos, como ya aludíamos anteriormente al mencionar a sus creadores, Pascual y Colomer y Oliva. Desde el punto de vista paisajístico dominan las arboledas configuradas siguiendo los gustos de la época en que se diseñaron y que se unen a indiscutibles toques estéticos ingleses. Leemos en Wikipedia que “el parque tiene planta rectangular y su contorno está delimitado mediante una pared de piedra blanca y ladrillo, en la que descansa una verja de hierro forjado”. Posee tres entradas, una en la Cuesta de San Vicente y otra en la de la Vega aunque sólo está abierta al público la situada en el Paseo de la Virgen del Puerto. “Las puertas de acceso restringido están comunicadas entre sí mediante un paseo longitudinal, situado en la parte alta de los jardines, a los pies del Palacio Real. Esta avenida recorre los recintos de la Fuente de los Tritones, de la Estufa Grande o de las Camelias y del Estanque de la Cascada, cuya visita no está permitida al público”. La zona baja es la que está abierta sin apenas restricciones y permite acceder al paseo central, diseñado por Pascual y Colomer, y cuyo nombre oficial es el de Pradera de las Vistas del Sol. Dicha avenida era “el eje central de de un trazado hipodámico, articulado a partir de una serie de paseos paralelos y perpendiculares en cuyos cruces se disponían pequeñas plazas circulares o semicirculares. De su diseño sólo pudo llevarse a efecto la citada avenida, que desde el punto de vista urbanístico constituye la pieza más relevante del recinto, al garantizar la panorámica del palacio mediante una acertada distribución de los niveles del terreno. Se encuentra flanqueada por un variopinto arbolado y presenta una amplia mediana, ajardinada con una pradera dispuesta en dos grandes tramos y custodiada a ambos lados por un paseo de tierra”. Copiamos de Wikipedia. La fuente de los Tritones, diseñada y construida en Italia probablemente a finales del siglo XVI, se levanta a los pies del palacio, en el punto más alto de la avenida y de todo el recinto. No es accesible al público. Sí en cambio la de las Conchas, situada en mitad de la Pradera de las Vistas del Sol, cuyo diseño se debe a Ventura Rodríguez. Los restantes paseos son obra de Ramón Oliva, dentro de un estilo más propio del último tercio del siglo XIX. Presentan trazados irregulares con abundancia de tramos curvos, caminos semiolcultos, rutas alternativas y atajos, todo ello muy en la línea de los gustos paisajísticos románticos. Rompe este estilo el paseo de las Damas, heredero del estilo de Pascual y Colomer, que discurre paralelo a la fachada de palacio arrancando en las cercanías de la Cuesta de San Vicente y finalizando junto a su homónima de la Vega. El Paseo de los Plátanos nos devuelve al modelo romántico expuesto anteriormente, diseñando un recorrido en curva desde la entrada al público por Virgen del Puerto, enfilando por la derecha hacia los pies de la catedral de la Almudena para revolver hacia el paseo de las Damas. En definitiva, un maravilloso, espectacular, atractivo, sorprendente e impactante lugar donde perderse en cualquier época del año y a cualquier hora del día, gracias en parte a las más de 70 especies arbóreas, con ejemplares que rondan en algunos de los casos los 150 años, caso de un pino carrasco, que además supera los 30 metros de altura. Una sequoia, dos tejos… Y numerosas aves, entre las que destacan especies características de este tipo de parques como el faisán, la tórtola o la paloma, sin olvidarnos, por supuesto, del gracioso y amigable pavo real que hace las delicias de pequeños y mayores. Todo un microcosmos a diez minutos de la Plaza de España, del Palacio Real,  de la Almudena o de la Calle Mayor, del que no todos los secretos que contiene han sido desvelados aquí. Que sea el flaneante el que complete este denso puzle repleto de impactantes sorpresas.

 

 

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Publicado por en marzo 28, PM en Obra civil, Parques

 

Palacio de Cristal

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Fachada principal del Palacio de Cristal. Foto Wikipedia

Entre el follaje y la espesura. Sabemos que está allí pero todavía ni siquiera lo columbramos. Confiamos en que aparezca de un momento a otro majestuoso y poderoso en medio de un claro en este bosque prefabricado que es el parque del Retiro. No hay prisa. Hemos accedido al otrora llamado Parque de Madrid por la plaza de la Independencia. Dejamos a nuestra espalda la Puerta de Alcalá y el amplio paseo que conduce a la esquina noroeste del estanque nos permite sumergirnos en una dimensión bucólica y relajante. Llegamos a la fuente de los Galápagos y bordeamos el gran charco echando una mirada panorámica a ese espejo que se abre ante nosotros con la inmensidad de un mar de bolsillo creado ad hoc para urbanitas con ínfulas. El caminar silencioso y ensimismado hasta la fuente de la Alcachofa se ve entorpecido por las reiterativas llamadas de todo tipo de vendedores de ilusiones que han abierto sus sillas de tijera a lo largo del paseo. Recordamos que la mentada fuente estuvo en tiempo pasado situada en el paseo del Prado mientras giramos nuestra mirada y nuestros pasos a la izquierda atisbando ya a lo lejos los muros color tierra del Palacio de Velázquez. Es aquí donde nos mimetizamos con la fronda para, al girar nuevamente a la derecha, vislumbrar por fin, al fondo, en lo alto y entre la espesura, la majestuosidad de los numerosos cristales ensamblados armónica y artísticamente por Ricardo Velázquez Bosco sobre soporte de hierro en 1887. Para situar al flaneante, estamos en la zona central del Retiro. Quizás un poco vencidos hacia el sur.  Pero no adelantemos acontecimientos que todavía no hemos llegado. Hay que subir una pequeña pero empeñativa cuestecilla para, tras bordear el pequeño lago que le rinde pleitesía, encontrarnos, ahora sí, cara a cara y sin intermediarios, con el Palacio de Cristal. Es bello porque la mezcla de hierro y cristal produce un mestizaje arquitectónico curioso, novedoso y poco habitual. Pero también debe quedar negro sobre blanco que cuando el paseante penetra en el recinto tiene la desasosegante sensación de encarar un local desaprovechado. Las exposiciones que aquí se ofrecen parecen menos exposiciones, quizás porque quedan empequeñecidas por la amplitud del perímetro interior del edificio. O quizás parezcan menos exposiciones porque esto del arte contemporáneo es algo tan subjetivo que sólo eximios expertos penetran en sus arcanos y el curioso poco formado, previsible y pueblerino está lejos de tener un paladar que le permita saborear tamaños manjares. Cierto es que la interminable altura de la bóveda central, que por mor de lo transparente del material con el que está fabricada se prolonga hasta el azulado cielo de la Villa y Corte, deja en pequeñez insignificante cualquier obra de arte por importante, interesante o publicitada que sea. ¡Qué más da! Lo indiscutible es que cualquiera se siente a gusto en un lugar donde la naturaleza se mimetiza con la arquitectura y cuando, después de visitar el palacio, nos tumbamos sobre el césped en alguna de las laderas circundantes, reflexionamos hasta deducir que el mundo está bien hecho. Como versaba Jorge Guillén. Ahí en la hierba, sin otro acompañamiento que el piar de los pájaros del parque, el visitante estima que el ser humano hay veces que sabe fundirse con el entorno natural. Y eso tiene su mérito. Más en este caso, con dicho locus amoenus en el centro de una megaurbe, rodeado de edificios, de bocinas de automóviles, de asfalto, de estrés…

Exposición de Filipinas

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Aborígenes de Filipinas en el Palacio de Cristal. http://www.laaventuradelahistoria.es

El palacio de Cristal se erigió con motivo de la Exposición de las Islas Filipinas, celebrada en Madrid en 1887. Leemos en el blog de Ángeles Blanco y María Luisa Carrero que el edificio surgió “con una finalidad muy concreta: servir para la exposición de plantas y flores del suelo filipino, a modo de gigantesco invernadero y a ello debe su nombre originario de pabellón-estufa. Dicha exposición fue una más dentro de la proliferación de exposiciones universales a lo largo del siglo XIX, aunque en este caso con un espíritu diferente de la trayectoria tradicional, inspirado por el que fuera ministro de Ultramar, Víctor Balaguer, con la intención de mantener unos lazos de conocimiento y comunicación de España con las provincias ultramarinas, por lo que se financió el coste de su construcción con fondos facilitados por las Cajas del Tesoro del archipiélago filipino”. El palacio fue construido por el arquitecto de origen burgalés Ricardo Velázquez Bosco y su proyecto se inspiraba en el Crystal Palace levantado por Paxton en el londinense Hyde Park, en 1851. Su estructura es de metal y está recubierto de planchas de cristal que sirven para darle nombre. La decoración cerámica utilizada en pequeños frisos y remates es obra de Daniel Zuloaga. De ella destacan las figuras de grutescos con cabezas de ánades. Consta de una planta de cruz griega a la que se le quitó uno de sus brazos para introducir el pórtico jónico de entrada. Para la construcción de las bóvedas de cañón y de la cúpula acristalada de cuatro paños contó Velázquez con la colaboración de su discípulo, el arquitecto e ingeniero Alberto del Palacio. Frente a la entrada al recinto se construyó igualmente un lago artificial de cuyas aguas emergen varios ejemplares de la especie denominada ciprés de los pantanos. Tronco y raíces se hunden en el agua dándole al lugar un carácter exótico digno de admiración. El blog Guía de Viaje nos recuerda que la Exposición de las Islas Filipinas de 1887 trataba de representar en Madrid la vida de dicho archipiélago, “que por aquel entonces era colonia del imperio español. Para ello se construyó en el Retiro un poblado indígena e incluso se trajo de la isla de Luzón a una tribu de igorrotes a quienes los madrileños podían observar habitando en sus cabañas de troncos o navegando con sus piraguas por el estanque del palacio. También se trajeron caimanes, una boa gigante y una completa muestra de su flora, que fue la que se expuso en el interior del palacio”. Al margen de ello hay que decir que el origen de esta exposición universal y la consiguiente construcción del Palacio de Cristal no fue sencillamente una cuestión cultural o comercial. Se trataba también de conseguir una repercusión internacional que demostrara la grandeza de un país que por otra parte se encontraba ya en horas bastante bajas en cuanto a su prestigo internacional se refiere. En esta línea, nos siguen contando Blanco y Carrero en su blog que “España había ido perdiendo poco a poco sus posesiones y con ellas su independencia económica, siendo cada vez más colonizada por el capital extranjero. Quizás fue este el motivo que impulsó al ministro Balaguer a realizar una exposición que podría ser la oportunidad perfecta para demostrar que España era tan capaz como Inglaterra de organizar una magna exposición y, en esta idea, el palacio de Cristal de Velázquez Bosco era el marco idóneo para la proyección de un imperio, reducido ya en ese momento a Cuba y Filipinas”.

Ricardo Velázquez Bosco (1843-1923)

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Ricardo Velázquez Bosco. Foto Wikipedia

El artífice del palacio de Cristal fue como venimos comentando desde el inicio de esta entrada Ricardo Velázquez Bosco, un arquitecto burgalés que practicó el historicismo eclecticista de corte academicista, enfrentado al modernismo imperante en la época. Dice Wikipedia que sus obras se caracterizaban “por un tratamiento rotundo de los volúmenes, el empleo de la mansarda y el uso de la decoración cerámica en la fachada de sus edificios. Arquitectos como Antonio Palacios, que siguió su tendencia monumentalista, se vieron influidos por su estilo”. Desarrolló Velázquez Bosco la mayor parte de su carrera en Madrid, donde construyó el vecino Palacio de Velázquez, la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas, la actual sede de Medioamabiente o el edificio del Ministerio de Educación de la calle de Alcalá, entre otros edificios de renombre, además de la reconstrucción de la fachada occidental del Casón del Buen Retiro. Su elección para levantar el Palacio de Cristal se basó en su capacidad de innovación demostrada al incluir la cerámica en los muros de los edificios por primera vez en España. Escriben Blanco y Carrero que “si había sido capaz de combinar tan sabiamente el hierro, el ladrillo y el cristal, nadie mejor que él para la realización del invernadero que, como edificio temporal, debía tener un carácter etéreo y frágil, dato que quizás no sea de todos sabido y al que se refiere el propio Víctor Balaguer en un oficio ministerial”. Dicho oficio resalta que el Palacio de Cristal fue levantado “con carácter provisional…/… con el propósito de desmontarlo a la terminación del certamen y enviarlo a Manila, en cuya población debía celebrarse una exposición de productos peninsulares que diese idea de las producciones agrícola, industrial, artística y de todos géneros en nuestra Patria…”. El proyecto de exposición en Filipinas no cuajó y el pabellón estufa de cristal quedó al finalizar la exposición española “como simple almacén de aperos de labranza y objetos de gran volumen del vecino Museo-biblioteca de Ultramar situado en el hoy conocido como Palacio de Velázquez”. Al no ser derribado para su traslado, el Palacio de Cristal permaneció en su levantamiento original hasta la actualidad y a lo largo de sus casi 130 años de vida ha sido utilizado para todo tipo de exposiciones tanto artíticas como botánicas. Esta situación no impidió que a lo largo de todo el siglo XX el abandono del edificio fuera una relativa constante. Reparaciones chapuceras, a medio hacer, ausencia de cristales en algunas épocas, cristalería rota y abandonada en otras… Hasta que una reforma llevada a cabo en 1975 le devolvió su prestancia original. Sin embargo, no parece que se haya dado con el uso adecuado para esta muestra de la belleza arquitectónica decimonónica que realza la loma donde está levantado y refuerza el valor e interés artístico del propio Retiro. Exposiciones muy de tarde en tarde y de segundo orden, salvo excepciones, se pueden disfrutar en este recinto denominado por el períódico El Gobo en el momento de su apertura, la catedral del vidrio.

Manuel Azaña presidente de la Segunda República

Diputados en el l. www.socialistasdelcongreso.es

Diputados en el Palacio de Cristal en 1936. http://www.socialistasdelcongreso.es

Quizás el momento más importante de la historia del Palacio de Cristal se produjo el 10 de mayo de 1936 cuando el recinto fue elegido para votar la elección de presidente de la Segunda República, para la que se presentaba el político Manuel Azaña, una de las figuras señeras de la intelectualidad española del primer tercio del siglo XX, cuyo prestigio hubiera sido mayor y más sólido de no haberse enfangado en el vertedero de la política española. Azaña era en ese momento presidente del Gobierno y el palacio de las Cortes de la Carrera de San Jerónimo se había quedado pequeño para acoger la asamblea mixta de diputados y compromisiarios. Es por ello que se decide trasladar la votación al Palacio de Cristal. El resultado era previsible de antemano y no dejaba de ser un trámite la proclamación de Manuel Azaña como presidente de la República. Pero dejemos que sea la página de internet de la Unión Cívica por la República la que nos narre lo que pasó aquella mañana soleada de mayo del 36 en Madrid, “ya con el calor propio de la época preveraniega. Las crónicas periodísticas nos permiten participar en el desarrollo de la sesión. En el Palacio de Cristal estaban instalados ventiladores pero al ser efectivamente de cristal techo y paredes, y con tan nutrida concurrencia, el ambiente resultó sofocante. Un panel de cristal del techo se derrumbó y cayó sobre el sector socialista pero no causó daños personales…/… Solamente estaban abiertas dos puertas del Retiro: la de la plaza de la Independencia para que entrasen los automóviles y los peatones, y la de la calle de O´Donnell para salir. El acceso quedaba restringido al personal con un pase especial de la Dirección General de Seguridad. Junto al palacio, al aire libre, instaló una caseta Perico Chicote, ya un famoso restaurador, en donde se servían bocadillos, refrescos y café”. Seguimos con sumo interés el relato de la página de la Unión Cívica por la República que ahora refleja con detalle el ambiente en la tribuna de periodistas, diplomáticos e invitados de las que dice que “estaban llenas y sus ocupantes se abanicaban con lo que tenían a mano. Aunque el resultado de la votación se daba por archisabido todos se mostraban expectantes al considerar que participaban en un acontecmiento histórico. Los diputados y compromisarios ocupaban las sillas dispuestas según su lugar en el Congreso. No asistió ninguno de los ultraderechistas afiliados a Renovación Española y a la Comunión Tradicionalista y también faltaron algunos de Acción Popular. En cambio sí estaban presentes los afiliados a la CEDA con su jefe, Gil Robles, a la cabeza”. Las once la mañana es la hora señalada para dar comienzo el acto y “mientras se celebraba el escrutinio los asistentes que no iban a ser llamados enseguida salían al exterior para evitar el enorme calor del recinto”. Es en ese momento y fuera del palacio cuando se produce el rifirrafe en el que llegaron a las manos los directores de los dos periódicos socialistas más importantes, El socialista y Claridad, Zugazagoitia y Araquistáin. En fin, incidente tan vergonzoso como tantos otros donde la clase política pone por delante sus intereses particulares frente a los ciudadanos y que reflejaba cómo se encontraban los ánimos en el seno del PSOE poco antes de comenzar la Guerra Civil. Si entre ellos estaban ya enfrentados… En fin, que a eso de las dos de la tarde el presidente de la asamblea, Jiménez de Asúa, declaró por mayoría aplastante a Azaña último presidente de la Segunda y también última República española hasta el momento. Cánticos de la Internacional, Els segadors, goras a Euskadi… Ya saben, la verbena habitual de tan señaladas ocasiones. Tras los desafinados cánticos había que mojar el gaznate y mover el bigote y tal como lo cuenta la página de la Unión Cívica por la Républica se lo trasladamos: “Diputados y compromisarios se acercaron al bar montado por Chicote para reponerse con los platos fríos y refrescos ofertados. Según declaró después el restaurador había obtenido una buena caja. Se comprende, dado el número de asambleístas e invitados y no contar con otro restaurador en la zona”. Se sabe que al tal Chicote le dieron la exclusiva de la venta de refrescos y comida en el entorno del Palacio de Cristal. Ya lo pagaría con favores. En definitiva, que regresaron los integrantes de la mesa anunciando que Azaña aceptaba el cargo de presidente y a continuación se trasladaron al Palacio Nacional (el Palacio Real), en la plaza de Oriente, para informar de todo lo sucedido al presidente en funciones, Diego Martínez Barrio. Y ¡Viva España!, dice quien esto  escribe, si se le permite. ¡Qué tropa!

 
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Publicado por en marzo 13, PM en El Retiro, Obra civil

 

Jardines de Sabatini (Antes Reales Caballerizas)

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Imagen actual del estanque de los Jardines de Sabatini con el palacio al fondo. Foto wikipedia

Ni es el parque más antiguo de Madrid, ni el más historiado, ni el más extenso. Y para muchos, seguramente, tampoco el más bello. Ni siquiera es un lugar que pueda alardear de tener una personalidad propia desligada de su entorno. Es más, a buen seguro que los Jardines de Sabatini pasarían desapercibidos para el flaneante al uso, sea madrileño, de provincias o extranjero, si no se encontraran situados en las inmediaciones del Palacio Real, en el arranque de la calle Bailén, frente de la plaza de Oriente, y haciendo esquina con la Cuesta de San Vicente, en una terraza colgada sobre el vecino y este sí, extenso aunque abandonadísimo Campo del Moro. La zona es punto esencial y central del turismo de la Villa y Corte, de ahí que los jardines hayan contado desde los inicios del turismo masivo con un numeroso público, siempre fiel, que completa su visita al edificio monárquico por excelencia con la grata recreación visual que supone el detenerse en este recinto botánico-arquitectónico, de estilo neoclásico, que ocupa un espacio de algo más de dos hectáreas y media, y que, lejos de lo que pueda pensarse, no se diseñó en el siglo de las luces, paralelo en el tiempo a la construcción del actual Palacio Real, tras el incendio que dejó reducido a cenizas el anterior Alcázar en la Nochebuena de 1734. Leemos en la enciclopedia virtual Wikipedia que el jardín “se divide en tres terrazas: la inferior, marcada por la simetría de los parterres a ambos lados de una gran lámina de agua a modo de espejo o estanque con dos surtidores, y enmarcada por cuatro cuadros con sendas fuentes rodeadas por figuras de seto” y flanqueada por estatuas de reyes de las que en un principio se suponían debían coronar los aleros del vecino palacio y hoy se encuentran diseminadas por diversos puntos de la geografía matritense. La segunda terraza forma un espectacular balcón sobre la primera y desde ella se domina “la totalidad de la fachada norte del palacio y bajo un bosque de pinos se extiende hacia la Cuesta de San Vicente, en donde se encuentra una nueva escalera de doble entrada que salva el desnivel hasta la calle. La tercera terraza se encuentra ubicada en una altura superior y al este de la segunda terraza, con un juego de parterres y grandes cedros”. Para acceder a este jardín, repetimos, de estilo neoclásico, en consonancia con el palacio bajo cuya fachada norte se refugia, hay dos posibilidades. La primera, desde la calle Bailén y junto a la plaza de Oriente, a través de una escalera de doble trazado por la que se desciende salvando una altura de cerca de veinte metros hasta llegar a la terraza inferior. El segundo acceso se encuentra situado en la esquina entre Bailén y Cuesta de San Vicente y por él nos incorporamos a la zona que acoge las otras dos terrazas. ¡Ah! se nos olvidaba algo muy importante, es decir, dejar constancia de por qué se denominan Jardines de Sabatini. Parece claro que lo sea en homenaje a Francesco Sabatini, el arquitecto palermitano que protagonizó la mayor parte de su biografía profesional en Madrid, al servicio de Carlos III. Su estilo arquitectónico, que ha sido calificado de barroco clasicista cosmopolita, es identificable con la transición entre la arquitectura barroca y la neoclásica. Tiene un fuerte componente clasicista que, no obstante su interés por el estudio de las ruinas romanas, es más próximo a la arquitectura del Renacimiento que a los rasgos puros del periodo posterior, representados por Juan de Villanueva. Sus trabajos en el Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII son numerosos destacando, al margen de las obras del Palacio Real, la Real Casa de la Aduana de la calle de Alcalá, actual Ministerio de Hacienda; la Puerta de Alcalá; la desaparecida Puerta de San Vicente; las obras del Hospital General de Atocha, hoy Museo Reina Sofía; la finalizacion de la basílica de San Francisco el Grande o el convento de San Gil en el Prado de Leganitos, hoy plaza de España, entre otros muchos trabajos. Por lo que a los jardines de los que hablamos respecta, sustituyó a Sachetti en las obras del Palacio Real. Pero dicho ajardinamiento no es de la época de construcción del nuevo recinto real sino de 1935, aunque proyectado en 1931, pues hasta la llegada de la Segunda República, los terrenos que hoy ocupa acogían a las denominadas con legítima pompa Reales Caballerizas, que esas sí fueron construidas bajo la supervisión del mentado Sabatini, aunque en un principio Sachetti ya había dispuesto en sus bocetos un jardín para esta zona. Los republicanos, sin embargo, una vez instalados en el poder, tuvieron a bien conceder a Sabatini los honores de nominar dicho recinto jardinesco.

Parque público y republicano.

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Caballerizas en primer plano con el palacio al fondo. Foto blog De rebus matritensis

Por tanto, el proyecto de construcción de los Jardines de Sabatini data de 1931 pues con el advenimiento del régimen republicano el Palacio Real pasó a ser Palacio Nacional y obviamente las Reales Caballerizas empezaron a dejar de tener el más mínimo sentido pues por otra parte son tiempos en que se está produciendo el gran advenimiento del transporte a motor y el inicio de la progresiva sustitución de los vehículos de tracción animal por los de tracción motorizada. Un recinto como el de las Reales Caballerizas, diseñado para cuadrúpedos, quedaba obsoleto ante las nuevas necesidades tanto de las monarquías, como de los gobiernos o los propios ejércitos. Leemos en el blog La gatera de la Villa que “así las cosas, el Gobierno de la República, legítimo propietario, traspasa la propiedad al Ayuntamietno de Madrid para pagar parcialmente las deudas que tenía el Estado con el Consistorio de la ciudad. La cesión llevaba aparejada una cláusula” que prohibía que el espacio que ocupaban las caballerizas fuese destinado a “ningún estilo y que se dispusiese para ensanche viario y ajardinamiento de la zona”. Con ello se volvía a la idea original de Sachetti. Pues bien, no todo fue entente, paz y armonía en torno al nuevo proyecto. Es más, la polémica sobre la oportunidad o no de la demolición se encendió rápidamente y en ella se enzarzaron relevantes personalidades del mundo cultural, artístico, político e histórico. Volvemos a apoyarnos en La gatera de la Villa para reseñar que en contra del proyecto se pronunció “el Colegio de Arquitectos, que emitió una nota el 27 de abril de 1932 y llegó a un acuerdo encaminado a realizar gestiones ante las instancia y personalidades pertinentes a fin de detenerlo”. Apelaban los arquitectos al carácter monumental de las Reales Caballerizas, “no oponiéndose a la normativa emanada del decreto de cesión pues consideraba (el colegio) que era compatible con la permanencia del edificio, si no en su totalidad, al menos en parte”. También el Patronato del Museo Nacional de arte Moderno emitió una nota de queja defendiendo “los valores estéticos que deben ser conservados y utilizados a toda costa, en momentos en que el arte español carece de hogares dignos en que pueda ser exhibidio con decoro”. Pese a lo que llamaríamos actualmente indudable ruido mediático, fueron minoría los que defendieron la paralización del derribo. La demagogia se apoderó de la opinión pública, por decirlo finamente, con aquello de la creación de puestos de trabajo, mientras profesionales de la arquitectura no paraban de llamar la atención sobre lo efímero de los empleos que las obras de derribo y construcción del parque iban a generar. Lo que más se aplaudía del proyecto era el haberlo incluido dentro de un plan de remodelación de la calle Bailén y la Cuesta de San Vicente. Al final, tras los dimes y diretes reglamentarios, el derribo se llevó a cabo en 1934 y un año más tarde se acometió la construcción de los jardines bajo la supervisión del prestigioso arquitecto Francisco García Mercadal, quizás el más influyente de la España de la época y ariete de la Generación del 25, al que se le debe la introducción en España del racionalismo arquitectónico centroeuropeo. Además, fue el principal impulsor de la fundación del Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (GATEPAC). Experto en arquitectura mediterránea, García Mercadal viajó a Italia y se codeó posteriormente en Viena con los miembros de la Bauhaus, de quienes recibe sus influencias. En su envidiable curriculum se puede leer que en 1928 trajó por primera vez a España a Le Corbussier para que dictara dos conferencias sobre arquitectura en la Residencia de Estudiantes. La militancia republicana de este aragonés de origen hizo que fuera depurado tras la Guerra Civil, truncándose una de las carreras más prometedoras de la arquitectura contemporánea española. Nos dejó, entre otras prestigiosísimas obras, estos Jardines de Sabatini que desde entonces hasta la actualidad, tanto en los parterres como en las estatuas o en las especies botánicas, apenas si ha sufrido modificaciones, salvo la remodelación llevada a cabo en 1972, fecha en que se construyeron las escaleras monumentales que permiten el acceso desde las inmediaciones del Palacio Real.

Reales Caballerizas

Caballerizas. www.memoriademadrid.es

Caballerizas a comienzos del siglo XX, desde plaza de España.www.memoriademadrid.es

Cuando hablamos de las Reales Caballerizas podemos referirnos a las del antiguo Alcázar Real o a las del edificio construido en el siglo XVIII. Las antiguas se encontraban situadas en lo que hoy es la plaza de la Armería. Las pertenecientes al nuevo palacio, encargadas por Carlos III a Sabatini, traicionando el proyecto de Sachetti, se situaron donde hoy en día se encuentran los jardines. Y a ellas nos vamos a referir. En total ocupaban unos 25.000 metros cuadrados sobre un polígono triangulado y cuyo lado mayor era el que daba a la actual Cuesta de San Vicente. Esa dificultad geográfica supuso un reto para la construcción de lo que sería uno de los elementos accesorios más importantes del Palacio Real, según leemos una vez más en el blog La gatera de la Villa. Las obras comenzaron en 1782 y se prolongaron durante siete años. Era un auténtico conglomerado de dependencias “destinadas tanto a albergar a los caballos destinados a la familia real como a acoger la sede del Protoalbeiterato”, el equivalente al actual Colegio Oficial de Veterinarios. La fachada principal daba a la calle Bailén y según nuestro blog de referencia, que se apoya en el político e historiador Pascual Madoz, “parece ser que era un edificio de aspecto recio y cuyo exterior estaba muy condicionado por las citadas peculiaridades del terreno”. Estaban construidas las caballerizas con piedra berroqueña y granito y contaba el recinto con dos portadas, “siendo la que daba a la Cuesta de San Vicente la menos ornamentada y la principal constaba de un arco rústico, rebajado, terminado con un escudo de las armas reales”. Aparte de las caballerizas, que eran las dependencias más importantes, había seis patios, una capilla dedicada a San Antonio Abad, patrón de los animales, cuadras dedicadas exclusivamente a albergar caballerías enfermas, almacenes, pilones y fuentes, enfermerías, fraguas, herraderos y, en definitiva, toda la intendencia necesaria para engranar una industria de estas magnitudes. “La zona dedicada a Guardanés General -continúa La gatera de la Villa- era de un tamaño considerable, más de 40 metros de largo, con 65 armarios donde se colocaban desde los arreos de los animales hasta las libreas de los palafreneros. También estaban dentro del perímetro, los picaderos reales y, desde Fernando VII, el llamado Cocherón, edificio construido por Custodio Moreno y destinado a guardar carruajes. Entre estos se encontraba el que se suponía había sido el coche de Juana la Loca, siendo el más antiguo conservado y en el que, según la tradición, se transportó el cadáver de Felipe el Hermoso hasta Tordesillas”. La capacidad para la que fueron ideados y construidos estos reales recintos quedó superada ya desde el año de su puesta en funcionamiento. De las 500 cabezas que en un principio se suponía que podrían acoger como máximo, sólo el Cuartel de la Reglada contaba con 649 caballos y el número total de animales superaba los 1800, teniendo que ocuparse dependencias en principio no diseñadas para ese uso. “El número de caballerías osciló con las variaciones y avatares de la historia pero, salvo etapas especiales como los años inmediatamente posteriores a la guerra contra Napoleón, la capacidad estuvo casi siempre al límite. No sólo estaban los espacios reservados para los animales sino que en 1848, según Madoz, vivían allí 486 almas entre trabajadores y familiares, siendo empleados 289, aunque la nómina completa de las caballerizas era muy superior. A todo ello hay que sumar las dependencias administrativas”, concluyen nuestros gentiles investigadores de La gatera de la Villa. Y esto es todo, que no es poco, pues sólo por recordar a la figura de Francesco Sabatini, o también, por qué no, la de Giovanni Battista Sachetti, la de Fernando García Mercadal o la imponente mole de las antiguas y Reales Caballerizas merece la pena darse un paseo por las inmediaciones de la calle de Bailén y entrar por la esquina con Cuesta de San Vicente, disfrutar en un tórrido día de verano de las sombras que nos ofrecen los ya añejos cedros, sentarse en un banco de piedra y saborear, en el silencio de la hora de la siesta, un ajustado, corregido y repensado poema de Antonio Machado con sus álamos, sus brisas y sus nostalgias. A continuación, y sin prisas, el viajero se ve obligado a sumergirse en un universo de setos de boj, de diversas y desconocidas especies botánicas y de elevados y frondosos árboles, cuyos nombres desconoce y cuyas copas se muestran imposibles al ojo humano e impermeables a los rayos solares. Los sentidos se muestran ya saturados y es necesario evadirse de ese atracón de naturaleza en estado puro trepando por las monumentales escaleras para salir a la plaza de Oriente en busca de un buen abrevadero donde, sentado en un cómodo sillón de una terraza con vistas, dar cuenta de un buen gintonic que nos devuelva a la realidad y pare la borrachera de arte y naturaleza en la que se han visto envuelto nuestros sentidos. Aun a costa de enchisparnos.

 

 
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Publicado por en febrero 21, PM en Obra civil, Parques

 

Puente de Segovia

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Puente de Segovia en los años 40 del siglo XX. Foto http://www.todocoleccion.net

El puente de Segovia es uno de los monumentos civiles de Madrid que más literatura ha generado, fundamentalmente burlesca y asociada a alusiones más o menos veladas a su majestuosidad frente a la humildad, pequeñez e insignificancia del río Manzanares, al que da cobijo. Infraestructura otrora imprescindible y fundamental para salvar el río y acceder o salir de la Villa y Corte por el oeste, su grandeza fue utilizada especialmente por algunos de los más afamados escritores del siglo XVII para cebarse en la ridiculización del río, sobresaliendo, por encima de las demás, plumas tan insignes y afiladas como las de Góngora, Tirso de Molina o el incorregible Quevedo, entre otros. Pero quede claro que estos punzantes poemas nunca se escribieron en desdoro del monumento que hoy traemos a nuestro blog. Es más, se diría, leyendo esas diatribas, que el puente de Segovia siempre ha estado al quite para echar un capote al indefenso río, aprovechando su palmito arquitectónico para desviar la atención sobre la escasez del caudal fluvial y alardeando de historia frente a críticos que se dolían de la desgracia que suponía para Madrid, comparada con otras capitales europeas, la escasa presencia y prestancia de un río que, más que tal, era un día sí y otro también calificado de regato, arroyo o riachuelo. Pero dejando al margen estas sempiternas polémicas no podemos olvidar que el puente de Segovia es el más antiguo de los que se conservan en Madrid. ¡Ojo, no es el puente original llamado La puente segoviana! El que actualmente podemos observar se construyó entre 1582 y 1584 bajo la supervisión del arquitecto Juan de Herrera, ha sido remodelado en diversas ocasiones y, junto al puente de Toledo, se constituyen, insistimos, en los dos más longevos de Madrid. Al margen de argumentos de índole arquitectónico o histórico, que de todo ello se dará razón líneas abajo, el puente de Segovia nos resulta familiar por referencias fotográficas o pictóricas. Monumento tremendamente fotogénico, no en vano lo vemos en instantáneas de principio del siglo XX, que nos presentan su cauce casi seco repleto de ropa tendida o con aquellos primeros y osados bañistas que disfrutaban de sus aguas en los tópicos tórridos veranos matritenses. También Goya lo había hecho protagonista de sus pinceles casi un siglo antes. Y tanto la moderna fotografía como la más antigua paleta del genio de Fuendetodos habían plasmado el popularismo, la manolería, el pueblo llano de Madrid, en definitiva. En las fotos aparecen las lavanderas arrodilladas en la orilla del río mientras ellos las observan con el cigarro viril y chulescamente colocado en la comisura de los labios. Los pinceles de Goya nos presentaban a ese pueblo madrileño holgando tras rendir culto al santo patrón o igualmente disfrutando durante el estío del frescor de sus aguas. El puente a lo lejos o protagonizando el lienzo. Pero eran otros tiempos. Actualmente el desarrollo urbanístico lo ha alejado del centro neurálgico de la Villa y Corte y no es ni por asomo tan importante para las comunicaciones con el exterior de Madrid como lo fuera siglos atrás. Con todo, es de ley dedicarle una entrada en esta modesta revista virtual. Porque quien esto escribe hace suyas las palabras de Mesonero Romanos cuando al hablar del puente volvía despreciativa aunque elegantemente sobre las críticas de los vates barrocos diciendo aquello de “Y digan lo que quieran en sus festivas sátiras los poetas madrileños Lope y Quevedo, Tirso y Calderón, contra la exigüidad de su modesto río, y apuren las sales de su ingenio en sus invectivas contra Felipe II por haberle autorizado con la famosa puente Segoviana…/… lo cierto es que, aparte de cierto lujo romano en la construcción de estas obras, su solidez y fortaleza estuvieron bien calculadas, y el mismo Manzanares las justifica cuando tal vez al desprenderse las nieves de las sierras vecinas, acrece tan formidablemente su caudal, que hace necesarias aquellas obras monumentales para dominarle y resistir a su empuje”. Completa El curioso parlante este alegato en defensa de río, puente y monarca poniendo sobre el tapete un dato que no podemos olvidar para entender la pertinencia de construir una obra de esas dimensiones para un río de tan escaso cauce. Y es que, apunta Mesonero, “debe suponerse que en el siglo XVI venía el río más crecido o por lo menos más somero y no tan escondido en la arena, como se desprende del relato del ingeniero Antonelli de su viaje desde Lisboa a Madrid, Tajo arriba hasta frente al Alcázar”, con el fin de estudiar la posible navegabilidad del río entre la capital lusitana y la Villa y Corte y de cuya historia ya tratamos en este mismo blog, en la entrada titulada El navegable Manzanares.

Cronología de su construcción y remodelaciones

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El puente tras la última reforma. Foto http://www.madrid.es

Leemos en textos de Ramón de Mesonero y de Pedro de Répide los datos que nos acercan a la historia de la construcción del actual puente de Segovia. Su erección fue ordenada por Felipe II a Juan de Herrera, arquitecto de confianza del segundo de los Austrias, y autor del monasterio de El Escorial y del palacio de Aranjuez, entre otros importantes edificios. Las obras costaron unos 200.000 ducados y se prolongaron a lo largo del período comprendido entre 1582 y 1584, aunque hay ciertas pero menores discrepancias entre historiadores sobre estas fechas.  Sin embargo, no fue esta la primera obra civil construida para salvar el río Manzanares y conectar la ciudad con el camino de Alcorcón, hacia el oeste, y el real de Castilla, hacia el norte. En uno de los Libros de Acuerdos del Ayuntamiento de Madrid -lo que hoy serían los libros de actas- se recoge, con fecha 11 de febrero de 1480, que se había nombrado “a maestre Mohamed de Gormaz y a maestre Abraham de San Salvador, vecinos de Madrid, alarifes de la Villa en sustitución del maestro Juan Sánchez que estaba muy viejo y sordo y no podía seguir desempeñando su oficio”. Dice el texto municipal y lo tomamos nosotros del blog Arte en Madrid que “ambos maestros intervinieron en muchas obras, como los mataderos, las casas de la Carnicería y a menudo repararon los puentes, la Puente Segoviana, Toledana…”. Por tanto, no hay que dudar que anteriormente a la construcción de Herrera existió al menos otro puente al que bien pudieran pertenecer los restos arqueológicos encontrados hace no muchos años, unos cien metros más al norte del puente actual, durante las obras de soterramiento de la M-30, y consistentes en un pilar con tajamar y los arranques de dos arcos de medio punto. Pero volvamos al puente de Herrera para referirnos a su morfología arquitectónica. Tomemos la descripción del mismo que hace Pedro de Répide en Calles de Madrid y que es la que hoy copian literalmente y casi siempre sin citar la fuente los autores de los textos que existen al efecto. Escribía El ciego de Vistillas  en los años 20 del pasado siglo que “está labrado con sólidos almohadillados de granito y consta de nueve ojos de medio punto. El que ocupa el centro es más espacioso y elevado que los restantes, constando de 46 pies de luz, dimensión que se va reduciendo simétricamente por uno y otro lado, hasta que en los arcos extremos no pasa de 36 pies. Las cepas guardan la misma proporción en su espesor que los arcos en su luz y ya a mediados del pasado siglo (se refiere al XIX)  no podía conocerse el efecto de este grandioso puente porque las arenas han ido levantando el lecho del río, llegando a cegar algunos arcos, y dejar desfigurados los demás. A fines del siglo XVIII veíase todavía un escudo de armas; pero, en general, consérvase en perfecto estado”. Continúa Répide desvelando las interioridades artísticas del monumento apuntando que a ambos lados se extienden “unas aletas labradas como el puente, con sillares almohadillados, los cuales se prolongan por 262 pies. Corona la obra un antepecho de granito que sienta en una sencilla imposta, y a plomo de las cepas tiene grandes bolas de piedra, ornato característico de la arquitectura de fines del siglo XVI y principios del siguiente”. Tras dejar constancia de que es salida natural del paso de cañada que tiene su “entrada a Madrid por la carretera de Aragón, Puerta de Alcalá y atraviesa Puerta del Sol”, Pedro de Répide cuenta una curiosa anécdota que tiene que ver con las penalidades que sufrían las bestias cuando objetos inanimados del puente les causaban algún mal. Así, relata que “una de las bolas del puente de Segovia fue recluida muchos años en el patio de la casa del verdugo, junto a la Cárcel de corte, por haber originado una muerte al desprenderse de su lugar”. El puente de Segovia ha tenido que ser remodelado lógicamente por el paso de los siglos por sus piedras. Pero no tanto como se podría suponer. Dejando al margen el que en 1648 se reparara el tablero superior y que le fuera colocada una puerta ornamental que con el paso del tiempo sería eliminada, lo cierto es que hasta bien avanzando el siglo XX la infraestructura no volvió a ser modificada. Y lo fue por causa de fuerza mayor. La Guerra Civil. A finales del 36 este paso sobre el Manzanares fue volado por el bando republicano para evitar la entrada en la capital de las tropas franquistas al mando del general Yagüe. Tras la contienda fue reconstruido modificándolo respecto del diseño original. Se ensanchó y se construyeron cuatro patines, dos a cada lado, y un embarcadero, ubicado a sus pies, en el contexto del proyecto de canalización del río. Posteriormente, en la década de los 60 la construcción de la M-30 supuso que hubiera que modificar sus estructuras para que dicha vía de circunvalación pudiera pasar debajo de dos de sus ojos, hasta su soterramiento llevado a cabo entre 2004 y 2007. Su fisonomía actual, con unos jardines que ocupan 39.000 metros cuadrados del entorno del monumento, es consecuencia de ese proyecto de soterramiento de la M-30, denominado Madrid Río en cuanto a lo que se refiere a las obras en superficie. En dichos jardines se han levantado dos fuentes monumentales y dos jardines fluviales, conformados al abrigo de los antiguos patines de la canalización del río, que se han recrecido para generar dos estanques en cada orilla. En los jardines bajos se han plantado más de 13.000 metros de pradera de baja demanda hídrica y más de 300 árboles de 11 especies diferentes, que incluyen álamos, plátanos, castaños de indias, tilos, almeces, cedros, cipreses, magnolios, robles o sóphoras.

El puente en la literatura

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Grabado del puente en una época cercana al Barroco. Foto http://www.edicioneslalibrería.es

Como decíamos en la introducción, la literatura española ha sido generosa con el puente de Segovia, casi siempre de la mano de la crítica a la pequeñez del río Manzanares, en comparación con la monumentalidad del propio puente. Quizás uno de los más conocidos poemas es el romance que fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina en la república de las letras, le dedicara en su obra dramática Los cigarrales de Toledo, donde pone en boca del cantante Paracuellos aquellos versos que dicen “Fuérame yo por la puente,/que lo es sin encantamiento/en diciembre, de Madrid/y en agosto, de Rioseco./La que haciéndose ojos toda/por ver su amante pigmeo,/se queja dél por que ingrato/le da con arena en ellos./La que a la vez que se asoma/a mirar su rostro bello,/es a fuer de dama pobre/en solo un casco de espejo”. En el mismo sentido de mofa del río y ensalzamiento del puente se pronuncia el maestro del culteranismo, Luis de Góngora, que le dedica el soneto en cuyo primer cuarteto se dirige al río apelativa y condescendientemente con lo de “Duélete de esa puente, Manzanares/mira que dice por ahí la gente/que no eres río para media puente/y que ella es puente para muchos mares”. En otra ocasión, el primer cuarteto del soneto está dirigido al mismo puente al que, en clave femenina, y con todo el respeto que la ocasión requería le confesaba lo siguiente: “Señora doña Puente Segoviana/cuyos ojos están llorando arena/si es por el río, muy enhorabuena/aunque estáis para viuda muy galana”. Lope de Vega también encomia al puente a fuerza de ridiculizar al río en aquella redondilla que dice “Y aunque un arroyo sin brío/os lava el pie diligente/tenéis un hermoso puente/con esperanzas de río”. Y el serventesio siguiente, también del Fénix de los ingenios, añade majestuosidad a la exaltación del puente: “La puente, con soberbio señorío,/se siente ociosa en arcos bien labrados/con intención de pretender un río/abriendo montes y rompiendo prados”. Cedamos también nosotros, démosle género femenino, pues no en vano el sustantivo aparece como ejemplo de ambigüedad genérica en los manuales de Lengua Castellana para enseñanza Enseñanza Secundaria, y pongamos el broche final a las referencias literarias a la puente de Segovia con versos en esta ocasión de don Francisco de Quevedo que en su ánimo de fustigar al indefenso río nos relata quejoso que “llorando está Manzanares,/al instante que lo digo,/por los ojos de este puente,/pocas hebras, hilo a hilo”. Y no olvidemos que muchos otros vates de periodos tan opuestos como Barroco o Ilustrado, Renacimiento o Vanguardia han tomado la puente de Segovia como referente de su poesía más jocosa, asociándola al río Manzanares como pareja indisoluble sin necesidad de sellar la unión con vínculos religiosos. Porque no cabe duda de que se trataba de una pareja de hecho en tiempos donde el vigor fluvial era tal que hacía impensable que siglos después la dama segoviana se viera obligada a demandar una mayor atención a través de la voz de los literatos.

 

 
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Publicado por en enero 11, PM en Obra civil

 

El navegable Manzanares

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Bella estampa del Manzanares en la actualidad. Foto es.wikipedia.org

Sí, sí, es cierto. Que no se nos ría ninguno. Y no enarquen las cejas escépticos ni se les ocurra siquiera esbozar una sonrisa en escorzo por debajo de la nariz. El intento de hacer navegable el humilde río madrileño fue algo más que una elucubración mental. Incluso, durante más de medio siglo, se utilizó para el transporte de mercancías. La llegada del ferrocarril, mediado el siglo XIX, dio definitivamente al traste con el desarrollo integral del proyecto pero ahí queda para la posteridad esa empresa, temeraria e inabordable para la mayoría, de unir por vía fluvial Madrid con Lisboa. La idea venía de lejos, del siglo XV. Ya en la corte de Juan II de Castilla se especuló sobre la posibilidad de aprovechar el río Manzanares para salvar las dificultades orográficas que constreñían la ciudad y mejorar las comunicaciones marítimas con Lisboa a través del Tajo. Pero todo quedó ahí, en meras especulaciones. Sería en tiempos de Felipe II cuando se tomó más en serio el proyecto. La elevación de Madrid a Corte de las Españas y la anexión de Portugal al Imperio implicaban la posibilidad de conectar la capital con el mar algo, por otra parte, necesario para la Villa, tanto por razones de prestigio como por otras más prosaicas. Madrid era la única capital importante de Europa que no contaba con un río de cierto empaque y para competir con Londres o París, con su Támesis o su Sena, había que tomar alguna medida. Ya que obviamente era imposible cambiar de río lo que procedía era modificarlo de forma artificial para aumentar su caudal a través de intervenciones en los terrenos, tanto del cauce como de las zonas aledañas. A través de un ingeniero militar italiano llamado Juan Baustista Antonelli se trabajó sesusadamente en el asunto y se consiguió realizar el trayecto en barcazas desde Aranjuez a Lisboa y desde Madrid a Rivas-Vaciamadrid. Pero la muerte primero del propio ingeniero y después del monarca Felipe II supusieron un freno insalvable pues el sucesor de este último, Felipe III, no estaba por la labor de dar continuidad al deseo paterno. Habrá que espera al siglo XVIII para que, con la llegada de los emprendedores Borbones, la navegabilidad del Manzanares se convierta en una realidad. Realidad que se prolongará durante los reinados de Fernando VII e Isabel II, hasta que el tren haga acto de presencia. Porque el proyecto de hacer navegable el río de Madrid no fue un capricho surgido de un entorno cortesano frívolo. Como decíamos líneas atrás, la capitalidad de la ciudad requería vías de comunicación rápidas y fluidas y la orografía del terreno no daba para mucho. Había que mantener contactos con América, había que relacionarse con otras cortes europeas y había que abastecer a Madrid de materias primas de todo tipo pues la ciudad iba creciendo en población y necesidades y las comunicaciones terrestres no estaban a la altura. Por otra parte, se era consciente de las dificultades de la empresa aunque los ingenieros siempre dieron a ello respuesta mediante proyectos ciertamente faraónicos y costosos pero perfectamente viables. Sólo, hay que insistir en ello, la modernidad y la llegada de los caminos de hierro dejaron obsoleta una infraestructura que podría haber cambiado la fisonomía de la ciudad y, a la vez, haber tapado la boca a cuanto poeta, narrador, dramaturgo o historiador tomaron por objeto de mofa lo escuálido del cauce del Manzanares, su mutismo veraniego o sus enfados primaverales.

Proyecto ambicioso, costoso y difícil

Felipe II

Felipe II, primer impulsor de la navegabilidad del Manzanares. Foto es.wikipedia.org

La construcción de un canal navegable a través del río Manzanares constituyó un proyecto de infraestructura fluvial tan ambicioso como costoso y difícil de llevar a efecto. Aunque no imposible. Las dificultades tanto técnicas como geográficas estaban a la vista de expertos y profanos pero durante siglos pesó más el deseo y la necesidad de unir la Villa y después Corte con el mar que los inconvenientes que una obra de estas características pudiera presentar para la que era primera potencia mundial. Se trataría de enlazar el Manzanares con el Tajo a través del Jarama con lo que la Corte española podría eliminar el aislamiento en que se encontraba en una época en la que, queda dicho, conectar la capital a través del mar con las grandes urbes europeas era condición ineludible para asentar un imperio. La archivera documentalista de la Empresa Municipal de la Vivienda de Madrid, María Teresa Fernández Talaya, en su estudio El canal del Manzanares, un canal de navegación en el Madrid de Carlos III, nos sitúa en el origen de la empresa. Surge, según leemos en su trabajo de investigación, en el siglo XV en tiempos de Juan II, cuando “se pensó que sería una gran obra hidráulica para Madrid construir un canal navegable. Con esa nueva vía de comunicación se pretendía unir las aguas del Jarama y del Manzanares. Este proyecto fue estudiado por los artífices más expertos del momento, que hicieron un estudio de las corrientes y terrenos considerando, tras él, que el lugar por donde se podían unir ambos ríos, dada la nivelación del terreno, era desde el puente de Viveros hasta el pie de la torre de la parroquia de San Pedro, y de allí a los pilares que llamaron antiguamente de Pozacho y posteriormente calle Nueva, desde donde iba derecho al puente de Segovia, lugar en que el que uniría con el Manzanares”. Este atrevido primer plan tenía relativa consistencia pero fueron ciertos perjuicios que ocasionaría a los dueños de los molinos y, sobre todo, la muerte del monarca castellano en 1554 las razones de que se enfriara un proyecto que quedaría pendiente para mejor ocasión. Habrá que esperar algo más de cien años para que durante el reinado de Felipe II se vuelva a poner sobre la mesa. Se encuentra en esos momentos el llamado rey prudente enfrascado en la conquista de Portugal. Estamos en 1580 y el reino lusitano es incorporado a la corona española sin mayores dificultades. Pero, por si acaso, el monarca ha encargado con anterioridad al ingeniero italiano Juan Bautista Antonelli buscar soluciones para facilitar y mejorar el traslado de tropas, armamento y pertrechos en lo referido a preparar caminos y allanar las zonas más escabrosas. La topografía era abrupta y los caminos malos. Es cuando se retoma la idea de buscar soluciones por vía fluvial. Antonelli presenta a Felipe II un proyecto hidrográfico para convertir el Tajo en fluvial que recoge las ventajas comerciales, de rápida comunicación, de beneficios para la hacienda real y de prestigio internacional que traería consigo. Se muestra entusiasmado el monarca, por más que en el entorno de la Corte el escepticismo sea el denominador común, y ordena que se dé carta blanca a Antonelli. Es más, el propio Felipe II organiza una expedición fluvial entre Madrid y Aranjuez en 1584 para lo que se construyen dos chalanas reales con toldos, cortinajes de damasco y demás elementos de comodidad y de suntuosidad propios de tan ilustres pasajeros. Antonelli toma el mando como capitán de los reales barcos con lo que de alguna manera inaugura la navegabilidad del Manzanares, por más que el proyecto de ver unidas Madrid con Lisboa por vía fluvial quede aún lejos y a la larga nunca se llegue a redondear. En 1588 se realiza el primer viaje entre Toledo y Lisboa, con siete barcazas, pero en el viaje de vuelta Antonelli fallece por causas naturales y ello supuso un frenazo importante en el desarrollo de las obras, a cuya paralización definitiva contribuyó la muerte de Felipe II diez años más tarde.

Pedro Martiengo

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Puente de los Migueles. Foto ABC

Los Austrias sucesores de Felipe II no se tomaron muy en serio la continuación del proyecto por más que nunca se perdiera de vista definitivamente. Pero tuvieron que pasar en este caso unos doscientos años para que se retomara la obra, dormida desde los tiempos de Antonelli. Nos apropiamos otra vez del estudio de María Teresa Fernández Talaya para echar luz sobre esa nueva intentona de hacer navegable el río matritense en 1770, cuando “surgió un hombre de empresa decidido a realizar el canal navegable del Manzanares. Se trata de un empresario privado llamado Pedro Martiengo que un año antes ha presentado un proyecto para construir a su costa, bajo ciertas condiciones y privilegios, unos temporales y otros perpetuos, canales de navegación por las aguas de los ríos Manzanares, Jarama y otros comprendidos en distrito de veinte leguas en contorno de Madrid. Argumentó que realizaba este proyecto a pesar de que durante los últimos dos siglos se había intentado sin éxito”. Carlos III da el visto bueno matizando que “no debía desatenderse la expresada propuesta, antes sí, examinarse con cuidado, a este fin la mandé remitir a mi Consejo para que por lo respectivo a las gracias, privilegios y condiciones que solicitaba esta compañía me expusiese su dictamen”. Las propuestas de la compañía fueron aceptadas. Y las condiciones, que consistían en “el privilegio exclusivo de construcción de canales de navegación y hacer navegables los ríos por treinta años, en veinte leguas de Madrid, por la parte de Oriente, Mediodía y Poniente, y siete leguas en las corrientes del río Manzanares desde Madrid hacia el puerto de Guadarrama”. Las obras se prolongaron hasta el reinado de Fernando VII y el canal estuvo operativo hasta Rivas ya que no se completó su construcción hasta el Tajo, como estaba planificado. La llegada de los caminos de hierro hizo que en 1860 dejara de dar servicio a través de los dos embarcaderos de Madrid y el único de Rivas. Por tanto, el proyecto fue una realidad en el tramo descrito entre la capital y la ciudad del este de la Comunidad. Se trataba de una infraestructura de unos 20 kilómetros de extensión, de la que aún se pueden observar algunos restos pese a que muchos de ellos han sido destruidos por el tiempo y por la falta de atención por parte de los organismos públicos competentes. Contaba con diez esclusas, una cabecera, los embarcaderos de Madrid y casas de personal y mantenimiento. Además, la fuerza del agua se ulilizaba para mover los molinos que se encontraban en sus orillas y se utilizó fundamentalmente para transportar materiales de construcción. Como decimos, el canal conserva actualmente en su recorrido varias esclusas, diversos edificios auxiliares y el cauce a lo largo del trazado. Un reportaje del diario ABC, firmado por Adrián Delgado el 15 de marzo de 2012, nos dice que “en torno al canal se estableció una importante industria relacionada con los materiales de construcción, papel, pólvora, gusanos de seda para la Real Fábrica de Tapices y caolín para la de Porcelanas. Asimismo, se construyeron varios puentes a lo largo de su cauce de los que se conservan en buen estado el de los arroyos del Congosto y el  de los Migueles”.

Plataforma de amigos del Canal del Manzanares

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Décima esclusa del Canal del Manzanares. Foto Bonet y Migonso

Desde 2008 un grupo de madrileños apasionados de esta infraestructura se han unido en la Plataforma de amigos del Canal del Manzanares con el objetivo de promover la concienciación ciudadana, la rehabilitación, la conservación y la explotación como turismo natural de lo que aún queda de ella, que a tenor de la información que nos ha llegado a nosotros se encuentra bastante abandonada por más que de puertas afuera los poderes públicos insistan en la necesidad de preservarla. Dicho colectivo realizó en 2009 un estudio encargado por Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, uno de cuyos redactores, Álvaro Bonet, comentaba en el reportaje de ABC los objetivos de la asociación, que no eran entonces ni actualmente otros que “los de conseguir proteger los restos que aún se conservan y que tienen un índice bajo de protección. Las partes incluidas dentro de las terrazas del Manzanares tienen afecciones de Bienes de Interés Cultural, el resto sólo está catalogado como elementos históricos dentro del Parque Regional del Sureste”. La plataforma ha alcanzado diversos logros durante sus años de vida, entre otros, cuenta Bonet, “que se procediera a la excavación de la quinta esclusa cerca del cerro de la Gavia. Fue muy emocionante ver a la luz sus treinta metros de largo. Sin embargo, en pocos meses hemos asistido impotentes a su enterrameinto bajo las vías del desdoblamiento de la línea férrea de Levante. Sabemos que no va a ser fácil pero… ¿y si se pudiera navegar por el Real Canal del Manzanares en un futuro?”. Ahí queda el reto y la posibilidad de que este deseo se convierta en realidad. Supondría la recuperación para el gran público de una extraordinaria infraestructura histórica bastante desconocida, que podría pasar por una leyenda urbana más si no fuera porque contamos con restos arquitectónicos reales que nos demuestran su existencia y gentes, como los miembros de la plataforma, que luchan para que no se olvide que hubo un tiempo en que el Manzanares, sí que sí, fue navegable.

 

 

 

 
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Publicado por en julio 19, AM en Obra civil

 

La Real Fábrica de Tabacos

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Aspecto desolador del acceso principal de la Fábrica de Tabacos de la calle Embajadores

Van a cumplirse pronto tres años. Descendía una sobremesa de las del mes de agosto por la calle de Embajadores quien esto escribe. Había decidido internarme por el sur de la capital y pretendía llegar hasta la glorieta para después derivar hacia las rondas de Valencia y Atocha en busca de la cuesta de Moyano con el objetivo de espigar entre lo mucho, bueno y viejo que allí se puede encontrar algún tomo descatalogado de cualesquiera de las mentes preclaras que tan atinadamente han sabido plasmar la topografía o la historia de la Villa y Corte. Me resistía a dejarme vencer por el infernal y tórrido calor que a eso de las tres de la tarde suele dejarse notar en toda su extensión. La pendiente colaboraba empujándome calle abajo, sin darme tiempo siquiera a admirar algunos balcones adornados con coloridos tiestos y frondosas plantas, unas propias de la tierra y otras más exóticas, en consonancia con la personalidad del barrio. Ocupado y preocupado por arrimarme a la escuálida sombra que a esas horas ofrecen las muros de los inmuebles y los siempre generosos plátanos, casi pasa desapercibido para mí un caserón semidestartalado, de paredes desconchadas, persianas de las de rodillo visto descolgadas de sus clavos, balcones con la herrumbre por adorno y portales y ventanales con la madera medio comida por el tiempo histórico y por el meteorológico. El edificio que me ofrecía, a pachas con los árboles, esa humilde y agradecida sombra era inmenso, de más de cien metros de fachada. Juro que no sabía de qué se trataba pues, aunque vivo en Madrid desde hace ya un cuarto de siglo, esto del flaneo y la historia callejera de la ciudad como que no me llamaba mayormente la atención. Cambié de acera para coger perspectiva y tras desparramar la vista por toda la extensión de la pared me topé de bruces con un vetusto, derrengado y poco atractivo portalón en cuyo frontispico se podía leer Fabrica de Tabacos. Más o menos me intenté hacer una idea de dónde me encontraba. La memoria me ofrecía ambiguamente algunos datos donde se mezclaban sainetes de Ramón de la Cruz, la Carmen la de Mérimée, las cigarreras que marcaban el devenir del barrio de Lavapiés, Galdós, Barea, Baroja… Desprecié tan inconcretos e inconexos mensajes de mi cerebro -¡qué podría tener que ver la Carmen sevillana con la calle Embajadores!- y seguí mi caminar en pos de mi objetivo literario. Ya miraría en la red al llegar a casa. Y vaya si miré. Y vaya si despotriqué contra todo lo que se movía cuando me enteré de que se trataba de la antigua Fábrica de Tabacos de Madrid, de que allí había surgido un movimiento femenino que dejaba en paños el edulcorado y efectista feminismo actual. Vaya si lamenté el abandono en que se encontraba aquel edificio, que tenía tras de sí una narración ejemplar que escribir, atendiendo tanto al punto de vista industrial, a la óptica social y laboral y, por supuesto, a lo histórico. Y estaba semiabandonado, ocupado por jóvenes del barrio que habían hecho de él su espacio de reunión y de expresión de una forma de entender la vida ante un sistema hostil. Transcurrió el tiempo. Pero hace ahora un par de semanas volví a pasar por el lugar. Y obligado me he visto a rendir un pequeño homenaje tanto al inmueble como a quienes protagonizaron con su trabajo una densísima historia durante alrededor de siglo y medio. Homenaje que se transforma en denuncia ante la falta de definición y concreción de su uso futuro. Un complejo de estas dimensiones no puede mantenerse en las condiciones de abandono en las que se encuentra, al menos en su exterior, y ya sea para usufructo del vecindario o para otro destino cultural, social o simplemente vital, el local debe revitalizarse. Todo antes que estar durmiendo la pesadilla del abandono y de la indiferencia más absoluta por parte de las autoridades. Aunque algunos piensen que mejor que los que ordenan y mandan no se acuerden de él.

Productos estancados

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Edificio de la Fábrica de Tabacos visto desde la glorieta, con la calle Embajadores a la izquierda

Es hoy Ramón Mesonero quien nos pone en la senda del origen primigenio del lato inmueble, situándonos al final de la calle Embajadores, en su acera izquierda, donde “se alza el extenso edificio construido en los últimos años del siglo pasado -se refiere al XVIII- con destino a fábrica de aguardientes y licores, estancados entonces por la Real Hacienda, barajas, papel sellado y depósito de efectos plomizos, y hoy destinado a la de Tabacos, desde 1809, en que comenzó en él la elaboración de cigarros y rapé, hasta el día de hoy, en que cuenta más de cinco mil operarios, principalmente mujeres, con inmensos talleres, en que se labran al año sobre dos millones de libras de cigarros”. Resume El curioso parlante con su habilidad y minuciosidad característica la historia del local desde sus inicios hasta mediados del siglo XIX. Pero no fue todo tan lineal y sencillo como pudiera parecer. Hay que remontarse al reinado de Carlos III, de quien nació la idea de fundar una instalación manufacturera, en el marco de su mentalidad ilustrada y de sus deseos de modernizar Madrid en lo que a obras públicas se refiere. En septiembre de 1781 la Real Hacienda de su Majestad adquiere las huertas de la comunidad de clérigos regulares de San Cayetano para comenzar de inmediato las obras de desmontes de los terrenos y denominar, en principio, al complejo Real Fábrica de Aguardientes. La construcción se llevó a cabo bajo la dirección del arquitecto Manuel de la Ballina y responde tipológicamente al modelo de instalaciones manufactureras del siglo XVIII. Se trata de un edificio de forma rectangular con cuatro plantas. La fachada principal cuenta con balcones y tres portadas. La del centro es la principal y se encuentra adornada con dos pilastras dóricas con triglifos en el cornisamento, que sirven de base al balcón principal, en cuyo guardapolvo puede verse un escudo de armas. Cuenta además con un corralón contiguo rodeado de una tapia que da a la glorieta de Embajadores. Desgraciadamente, el mejor alcalde de la Villa y Corte no vería concluido el proyecto pues fue terminado en 1790, dos años después de su muerte y ya durante reinado de su hijo Carlos IV. El objetivo último de esta obra era reunir en un mismo inmueble todos los productos estancados del monopolio del Estado español, a los que aludía Mesonero líneas atrás. Recordemos que por estanco se entiende la prohibición de vender libremente ciertos artículos de uso y consumo para la ciudadanía. Sin embargo, la fabricación de dos de estos productos duró poco tiempo porque se otorgaron en concesión a personas concretas. En concreto, la elaboración del aguardiente, que pasó a manos de la duquesa de Chinchón, que dio nombre al famoso anís, y la de barajas de naipes, que fue otorgada a un súbdito de procedencia belga llamado Heraclio Fournier. La fabricación artesana de tabaco no estaba entre las estancadas en Madrid en un principio ya que ese producto se manufacturaba en Sevilla, Cádiz y Alicante y a la capital llegaba un escaso montante de lo elaborado en esas ciudades.

Los franceses, sin tabaco

En 1808 Napoleón invade la península y al llegar a Madrid acuartela a la tropa a lo largo y ancho de la ciudad en los más variopintos edificios. Uno de ellos es esta fábrica, cerrada en esos momentos pues parece ser que no cumplía la misión para la que fue creada. El ejército napoleónico venía suficientemente surtido tanto de comida como de bebida. De tabaco también, pero en hojas sin elaborar. Y los soldados tenían otras mañas y virtudes pero no la de convertir las hojas de tabaco en cigarrillos. Y ya se sabe que para los fumadores el poder dar rienda suelta a su afición es algo más importante que la vida misma y, si a ello unimos que se trataba de un ejército en guerra, pues pueden ustedes imaginarse la situación creada con el tabaco, o mejor dicho su falta. Los caudillos militares franceses se enteran, sin embargo, de que en el barrio de Embajadores operan talleres clandestinos de elaboración de tabaco, en manos de mujeres. La decisión por parte de José Bonaparte no se hizo esperar en vista de que las hojas vírgenes estaban deseando que alguien les diera la forma que permitiera su uso y disfrute. En poco tiempo aquel inmueble que servía de cuartel se convirtió en una verdadera fábrica cuyas obreras contratadas pasaron a convertirse en las famosas cigarreras. El primer día de abril de 1809 la nueva Fábrica de Tabacos comenzó su andadura con una plantilla de 800 mujeres, las primeras cigarreras de una plantilla que en sus años de apogeo, allá por finales del siglo XIX, llegó a sumar más de 6.000, cifra nada despreciable para la economía de la Villa y Corte si tenemos en cuenta que Madrid cierra el dicha centuria con una población que apenas superaba los 300.000 habitantes. Los talleres, tras la decisión de Bonaparte, funcionaron de forma provisional hasta 1816 cuando se paralizaron provisionalmente para estudiar su futuro. Tras unos años de informes favorables, en 1825 la Dirección General de Rentas Estancadas autorizó el restablecimiento definitivo del trabajo de elaboración de cigarrillos y cigarros. Es el momento en que la fábrica comienza a crecer y a asentarse definitivamente en el paisaje industrial madrileño y el número 53 de la calle Embajadores no tendrá ninguna envidia a ningún otro recinto industrial, no sólo español sino del mismo Liverpool, si se me permite la hipérbole, llegando a convertirse en uno de los principales centros tabaqueros de la península ibérica y una de las mayores concentraciones obreras de la ciudad, tanto por el montante de su producción como por la importancia de los puestos de trabajo que se crearon en un Madrid y una España donde la revolución industrial y el uso de la consiguiente fuerza del trabajo tardaría en consolidarse algunas décadas.

Importancia social de las cigarreras

Cuadro Las Cigarreras (Gonzalo de Bilbao)

Cuadro Las Cigarreras de Gonzalo de Bilbao que reproduce su vida laboral conciliada con la maternal

Leemos en la enciclopedia virtual Wikipedia que la Fábrica de Tabacos de Madrid representó “un escenario social de referencia en la vida de las mujeres que allí trabajaron, un espacio físico que condensa una memoria colectiva emblemática…/… las cigarreras mantuvieron un amplio protagonismo en los diferentes ámbitos de la realidad contemporánea madrileña”. Eran reclutadas y adiestradas en las labores tabaqueras desde niñas por sus madres y abuelas y desde su más tierna edad manifestaban una conciencia social y una capacidad de movilización y lucha obrera ciertamente sorprendente, para envidia de los tiempos actuales. Al margen de su carácter reivindicativo, hay que destacar su solidaridad con otros colectivos obreros, fundamentalmente en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siguiente. Las muestras de apoyo ante las frecuentes tragedias que asolaban a la clase trabajadora madrileña están en las hemerotecas e incluso hay nombres propios que destacaron por su carácter de líderes obreras, como es el caso de Eulalia Prieto o Encarnación Sierra, que durante la Guerra Civil se unieron en la lucha contra el fascismo. La mayoría de estas mujeres vivían en el barrio. Obtenían un salario que les permitía vivir con holgura y mantener a una familia. Al margen de su trabajo como operarias, los puestos de mando de los talleres también estaban en sus manos pues los hombres sólo ocupaban cargos de rango laboral inferior, como mozos de almacén o capataces, siempre subordinados a las cigarreras. Los únicos cargos masculinos por encima de ellas eran los directivos de la fábrica. Como consecuencia de estas condiciones sociolaborales la cigarrera llegó a ser un tipo de mujer independiente, afirmada en la solidez de su puesto de trabajo y mucho más actual de lo que podríamos imaginar. Los que hoy se llaman empleos indirectos aumentaron considerablemente y dinamizaron económicamente una zona necesitada, dando estabilidad al pequeño comercio. En cuanto a derechos colectivos hay que hacer notar que el Estado no prestaba en aquella época ningún tipo de atención a los trabajadores. Para mitigar esas carencias las cigarreras constituyeron en 1834 la Hermandad de Socorro, que pretendía proteger a las compañeras que por edad, enfermedad, maternidad u otras circunstancias no pudieran ganar en buena ley su salario. En 1840, por iniciativa de Ramón de la Sagra, se instituyen otras ayudas sociales como la sala de lactancia y las escuelas, dentro de lo que se denominó Asilo de Cigarreras, ubicado en el vecino Casino de la Reina. Allí las madres podían dejar a sus hijos pequeños debidamente protegidos mientras ellas trabajaban. Incluso si eran lactantes podían abandonar dos veces al día el puesto de trabajo para amamantarlos. Más aún, se les llegó a permitir tener al pequeño en una cuna a su lado en el propio taller de labores. No es extraño, por tanto, que cuando se les pretendía modificar arteramente alguna de las condiciones laborales se unieran todas a una en defensa de sus derechos. Momentos tensos de la relación laboral entre patronos y cigarreras los tenemos en 1887 cuando las empleadas se rebelan ante la mala calidad del tabaco que llega a la fábrica y que las obliga a incrementar las horas de trabajo para llevarse el mismo jornal a casa. Otro momento confictivo se vivió cuando los cargos directivos deciden  cesar al administrador de la fábrica, Enrique Viglieti, a quien las cigarreras respetaban y querían porque, entre otras cosas, había promovido los talleres a domicilio para las que por enfermedad no pudieran acudir a Embajadores 53 o el adelantar dinero cuando por causa de fuerza mayor las operarias no pudieran acudir al tajo. Se echaron a la calle más de 5.000 mujeres junto a familiares y amigos que se solidarizaron con ellas. Las cigarreras no se dejaron amedrentar por las amenazas ni por la presencia de más de cien guardias civiles enviados para sofocar la revuelta. Ganaron la partida y los jefes consintieron la reincorporación de Viglieti. Toda una institución femenina las cigarreras de la calle de Embajadores, espejo y ejemplo para mujeres y hombres actuales en cuanto a lucha por derechos laborales y libertades públicas, últimamente puestos en entredicho cuando no desapareciendo. El oficio de elaboradora de cigarrillos desapareció con la llegada de las máquinas, cuando progresivamente fueron siendo cada vez más prescindibles. La fábrica pasó a manos de Tabacalera S.A en 1945 y durante las siguientes décadas, hasta su cierre definitivo en 2000, vio disminuir progresivamente la actividad al tiempo que la plantilla se iba reduciendo a mínimos. Desde entonces el viejo edificio, en manos del Estado y adscrito al Ministerio de Cultura, espera un destino que al menos esté en consonancia con la importancia histórica tanto de su uso manufacturero como de las personas, fundamentalmente mujeres, que por él pasaron ganando su pan con honradez, con orgullo gremial y con conciencia de clase. Y sin necesidad de vestir de morado o magenta, exigir cuotas o presionar para que se perpetraran leyes en la onda de la eufemísticamente llamada discriminación positiva. Tenían muy claro estas mujeres, pese a su escasa formación intelectual, que la lucha era entre ricos y pobres y nunca entre negros y blancos, cristianos y musulmanes, fumadores y no fumadores o, sencillamente, entre hombres y mujeres.

 
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Publicado por en junio 30, PM en Obra civil

 

Hospital General de Atocha

Hosptial de Aocha hacia 1900

Vista del Hospital General de Atocha hacia 1900

En la actualidad son numerosos los centros sanitarios con los que cuenta Madrid, ya sean públicos, concertados o privados. Siempre ha sido así, más o menos, y pudiera parecer que todo lo que se dijese a la contra no tendría mucho sentido. Pero no parece que pensaran de igual manera nuestros gobernantes allá por los años sesenta del siglo XVI, cuando Madrid se convierte en Corte por mor de la decisión de Felipe II de nombrar a la Villa capital del reino. Por esas fechas se va consolidando la idea de que es necesario unificar todos los servicios dedicados al cuidado de la salud de sus habitantes, que en aquellos tiempos se encontraban mezclados en mayor o menor armonía con los que se dedicaban al cuidado de huérfanos, pobres, mujeres y hombres de forma independiente, religiosos, militares o civiles, separados en distintos edificios… Es decir, se mezclaba caridad y sanidad.  Además, este tipo de establecimientos solían encontrarse en manos de religiosos y se financiaban mediante limosnas y donaciones privadas de gentes pudientes aunque también contaban con la protección del monarca en cuanto a tener en sus manos la explotación de espectáculos públicos como el teatro o los toros. Pese a ello, se demostraba día a día, sobre todo a medida que Madrid crecía en población como consecuencia de haberse convertido en capital del reino, la necesidad de una ordenación del sistema sanitario acorde con las necesidades del momento histórico y, aunque ya Carlos I ordenó estudiar las posibilidades de racionalizar los servicios sanitarios, será Felipe II quien ordene que se diseñe un plan que lleve a la unificación de los mismos en una misma sede, en un mismo edificio y en un mismo hospital. Ese será el motor que conduzca a la creación del Hosptial General de Atocha, situado donde hoy se encuentra el museo de arte Reina Sofía, que cubrirá con sus serivicios una gran parte de las necesidades sanitarias de los madrileños durante el periodo que abarca desde principios del siglo XVII hasta mediados del siglo XX. Cuando cierre sus puertas en 1965 Madrid ya se habrá convertido en una ciudad muy distinta a la que se encontraron los Austrias en el siglo XVI y las necesidades sanitarias de la población serán otras muy distintas de las del siglo de oro.

Unificación hospitalaria

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Discurso del amparo de legítimos pobres de Pérez de Herrera

El runrún de la necesidad de proceder a una reunificación hospitalaria venía ya de atrás, de finales del siglo XV. Los Reyes Católicos, Carlos I y los diversos organismos de gestión y gobierno de la cosa pública habían especulado sobre ello y las Cortes de Segovia habían impuesto dentro de sus competencias la necesidad de llevarla a cabo.  Pero lo cierto es que tanto la voluntad real o del Consejo como los subsiguientes edictos de unificación se iban diluyendo con el paso del tiempo sin que se tomaran decisiones prácticas. Hasta que Felipe II dispone la definitiva refundición en uno común de los diversos centros sanitarios. Nos cuenta Mesonero Romanos que se llevó a cabo “en 1581, colocándose entonces en el edificio situado entre la calle del Prado y Carrera de San Gerónimo, que fue después convento de Santa Catalina”. En este edificio hospitalario vinieron a reunirse entre otros los de Campo del Rey, San Ginés, Amor de Dios, Pasión, Convalecientes o La Paz, bajo el nombre de Hospital General de la Encarnación y San Roque. Pero al poco tiempo de llevarse a cabo esta fusión se percibió que las instalaciones se quedaban muy cortas para las necesidades de la Villa y se decide trasaladarlo a un solar cercano al camino Real que llevaba a la ermita de Nuestra Señora de Atocha, un solar donde se hallaba establecido un albergue para mendigos que debidamente acondicionado acogió a los enfermos, solo hombres, desde 1603. Las obras de remodelación del inmueble habían comenzado en 1596, diseñándose una planta rectangular dividida en cuatro naves perimetrales que iban a dar a cuatro patios interiores. Se desconoce quién o quiénes fueron los arquitectos aunque se sabe que para su diseño y construcción se tomaron las líneas generales de hospitales de Milán y Roma. Lo que sí sabemos es que fue el militar y médico Cristóbal Pérez de Herrera, uno de los hombres más interesantes de la época en el campo de la medicina, quien marcó las líneas generales de lo que tendría que ofrecer este nuevo hospital. Por encargo de Felipe II escribió en 1598 el informe titulado Discursos del amparo de los legítimos pobres y reducción de los fingidos, obra en la que proponía algunas soluciones para acabar con la dispersión de los centros hospitalarios. La construcción de una iglesia se incluía en el proyecto, abriendo sus puertas hacia 1620. A ella se trasladarían los restos de Bernardino de Obregón, primer gestor del centro y que habia fallecido en la ubicación anterior en Prado-San Jerónimo y del que hay que decir que fue uno de los visionarios que, además de tener una idea más o menos avanzada de lo que debía ser una sanidad moderna, supo convencer a los gobernantes para llevarla adelante. De él se cuenta una leyenda maravillosa que recoge Mesonero en su Antiguo Madrid y que habla de un cambio de vida fulminante, de noble más o menos mundano y disipado a servidor infatigable de los pobres. Hacia 1656 se considera que las obras están acabadas y el plano de Texeira de la época refleja un complejo con 17 salas, con capacidad cada una de ellas para 60 enfermos, incluyendo el hospital de la Pasión, para mujeres, anejo al edificio principal y formando parte del proyecto. Durante este periodo y hasta finales de siglo el rector del hospital tuvo a su cargo la administracion de las diferentes casas de hospitalidad que formaban el complejo. A saber, la vecina cárcel de mujeres llamada La Galera, la Casa de Locos, el Hospital de Convalecientes y los Desamparados. La documentación administrativa de la época menciona el conjunto como Hospital General de la Pasión y casas agregadas. Se sabe que hacia mediados del siglo XVIII se atendía a cerca de 14.000 enfermos anuales. Sin embargo, la unificación no fue total. Ni mucho menos porque se sabe que se siguieron edificando otros centros no agregados que ofrecían servicios sanitarios. Es el caso del de La Concepción y Buena dicha, Montserrat, San Antonio de los Portugueses o el de los Flamencos, entre otros. Por otra parte, los problemas financieros nunca se solucionaron, el incremento de enfermos ponía en solfa la capacidad del centro de Atocha y las continuas guerras hacían que las salas estuvieran abarratodas de soldados de forma regular. El hospital, además, estaba obligado a abastecer de alimentos básicos a algunos de los hospicios y pese a que desde el Palacio Real se concedían sisas, rifas e incluso los privilegios sobre la impresión de la Gramática de Nebrija, nada era suficiente para cuadrar cuentas.

Época ilustrada y nuevo edificio

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Fernando VI impulsó la creación del nuevo hospital. Foto es.wikipedia.org

Cuando los borbones llegan a España de la mano de Felipe V la situación no es nada boyante en lo económico. Nos lo resume perfectamente Mesonero Romanos al apuntar que “en tiempo de las guerras de sucesión vino a una espantosa decadencia; pero la magnanimidad de Fernando VI consiguió levantar de la postración este piadoso instituto a costa de enormes sacrificios, donaciones y mercedes. Su sucesor, Carlos III, emprendió bajo la dirección del ingeniero José Hermosilla la obra colosal del nuevo Hospital General que después continuó bajo la dirección de Francisco Sabatini y que sería verdaderamente asombrosa si hubiera llegado a terminarse”. Y es que Fernando VI intentó poner orden en lo económico y en cuanto a dotaciones, liquidando deudas contraídas anteriormente e intentando una nueva unificación hospitalaria. El Hospital General disfrutará acontinuación de un nuevo periodo de esplendor y el superávit de las arcas  hace que la junta de gobierno del centro se plantee la construcción de un nuevo edificio, más acorde con las nuevas necesidades. Hermosilla diseña un proyecto que es aprobado por el monarca en 1756 y de forma inmediata se adquieren los solares adyacentes. Sin embargo, durante toda esta fase de compra y permuta de solares fallece Fernando VI, aunque un Hermosilla dedicado en cuerpo y alma al proyecto evita una nueva paralización. Cuando Carlos III accede al trono en 1759 se encuentra un hospital a medio construir pero ya encaminado y con una estructura arquitectónica muy parecida a la que hoy podemos observar en el entorno del Reina Sofía. El edificio que hoy hace las veces de museo, estaba dedicado a enfermería y el actual conservatorio era el denominado Cuadro Grande que acogía entonces otras necesidades sanitarias. El edificio, en definitiva, reunía a hombres y mujeres en salas claramente separadas pero la obra todavía no estaba completa. Carlos III no desliga la puesta al día del hospital de la revitalizacion de la zona del paseo del Prado, con el Jardín Botánico o el Observatorio como otras obras importantes de su mandato.  Es así que en 1796 se demolieron las últimas edificaciones anexas al hospital con el fin de ir ampliando y mejorando la calidad de las instalaciones. Sabatini había sustituido a Hermosilla en la dirección de los trabajos y progresivamente se van ejecutando las diferentes secciones planificadas en principio. Igual sucedería a la muerte de aquel, siendo Villanueva en esta ocasión el encargado de tomar el relevo.

Labor de investigación formativa

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Cirujanos del San Carlos posando para la posteridad en un retrato de hacia 1880

Al margen de su función como centro sanitario el Hospital General de Atocha dio muestras desde el comienzo del siglo XVIII de su vocación formativa en el ámbito de la investigación médica. Nada más lógico en el denomiando siglo de las luces y de la mano de la casa real francesa que ocupó el trono español. Es de notar que ya en 1701 el centro se dotó de una cátedra de Anatomía ubicada en los sótanos del centro y que los médicos del hospital tenían la obligación mínima de “despiezar anatómicamente ante sus alumnos unas doce veces al año”. Leemos en la enciclopedia virutal Wikipedia que cuando se creó el nuevo hospital se le encomendó al Hermano Mayor Juan Lorenzo del Real “la tarea de crear el primer colegio de cirujía de España siguiendo el modelo de los franceses. Se creó así el Real Colegio de Cirujanos de San Fernando y su recorrido fue corto debido a la oposición del protomedicato y del gremio de cirujanos y sangradores reunidos en la Real Cofradía de San Cosme y San Damián”. Disputas propias de dos formas de ver la ciencia un tanto enfrentadas, la ya obsoleta de los sangradores y médicos tradicionales frente a los nuevos aires científicos del siglo de la razón. Los tiras y aflojas seguirán hasta que progresivamente la balanza se va inclinando del lado del sentido común y en 1762 se creará la cátedra de Anatomía Especulativa. En  1783 se elabora y entrega a Sabatini una propuesta de edificio independiente dentro del complejo en el que deben residir los estudiantes de medicina. Y así, los espacios específicos creados para el funcionamiento del Real Colegio de Cirujanos acogerán un anfiteatro, una librería, un gabinete y un laboratorio. Al año de funcionamiento se constituyó la Escuela Teórico-Práctica en competencia con el colegio, por la que se interesó directamente el rey Carlos III, pero que obligaba a una nueva remodelación de espacios del complejo médico hospitalario. Lo cierto es que a principios del siglo XIX entre obras acabadas e inacabadas el centro sanitario constaba en la práctica de tres partes claramente diferenciadas, el Hospital General Antiguo, el de la Pasión, ahora dedicado fundamentalmente a la investigación médica y las galerías del nuevo hospital, cuyas obras ya hacía más de medio siglo que se habían iniciado. Problemas financieros impedían completar el ambicioso proyecto de Hermosilla y el advenimiento cercano de la invasión napoleónica hizo el resto para paralizar definitivametne el acabamiento del proyecto. Desde entonces y hasta su cierre en 1965 lo más que se llegó a realizar en el ámbito arquitectónico fueron puntuales obras de mantenimiento. El advenimiento del siglo XIX no supone modificaciones importantes, como decíamos líneas atrás, para el centro hospitalario. Napoleón lo dedica a hospital de campaña lo que obligó a desplazar a los enfermos madrileños en otros centros sanitarios. Los fondos económicos son escasos y, cuando finaliza la contienda, el hospital apenas si podía hacerse cargo de las urgencias más graves. Pocos son los cambios que se producirán durante el primer tercio del siglo XIX. Quizás el más destacado será el del Colegio de Cirujía, que pasará a ocupar el antiguo edificio de la Pasión para lo que se derribará el viejo inmueble aunque los problemas financieros harán que las obras se prolonguen durante unos diez años, desde que en 1831 se aprobara el proyecto. El avance más importante en este periodo tiene que ver con un nuevo sistema de enseñar la medicina, ahora ya con los futuros médicos en contacto con los pacientes desde su periodo formativo. La idea no fue excesivmaente bien acogida en un principio por los médicos del hospital pero al final los galenos cedieron, no sin polémica, por mor del decreto de Isabel II de 1846 donde se obligaba a crear salas para este fin. Esta decisión está en el origen de la denominación de Hosptial de San Carlos como centro de instrucción e investigación médica, que hoy tiene su prolongación en el actual Hosptial Clínico San Carlos, situado en los alrededores de la ciudad universitaria.

Cierre en 1965 y posterior rehabilitación como centro cultural

Reina Sofía

Edificio del Hospital General en la actualidad, sede del Centro de Arte Reina Sofía. Foto es.wikipedia.org

A partir de mediados del siglo XIX el edificio no sufre más modificaciones que las propias de un país que vive convulso al pairo de los rifirrafes políticos o militares, los camibos de regímenes u otras circunstacias coyunturales. Con el advenimiento de la dictadura franquista y la creación de la ciudad universitaria y otros recintos médicos como el actual hosptial Gregorio Marañón -entonces Ciudad Sanitaria Francisco Franco- el centro de Atocha fue perdiendo competencias, cerrando sus puertas en 1965.  Su estructura arquitectónica fue languideciendo exponiéndose a una degradación severa, víctima del abandono de sus dependencias. Un estudio llevado a cabo en 1969 llegó incluso a recomendar su demolición y proponía abiertamente especular con unos terrenos que se encontraban en una zona asaz apetitosa. Ante esta amenaza, Fernando Chueca Goitia recogió el malestar existente en una parte de la sociedad madrileña y solicitó a la Real Academia de la Historia su declaración como monumento artístico. Fue el aldabonazo de salida en busca de la conservación y rehabilitación de un edificio en el que el desarrollismo franquista tenía puesto el ojo con aviesas intenciones. En 1977 el Ministerio de Educación se hace con el edificio y se buscan alternativas para su uso, todas ellas relacionadas con la cultura. Se considiera que es necesario rehabilitarlo y las obras cominezan en 1980 con la mejora de la fachada, dentro de un más amplio proyecto de reforma de la zona que rodea la glorieta de Atocha. En 1982 se abre un centro artístico en el inmueble como paso previo al 10 de septiembre de 1992, fecha en la que quedó inaugurado, con su denominación y objetivos actuales, como Centro de Arte Reina Sofía. Desde entonces, el popularmente denominado Sofidú se ha convertido en uno de los museos más importantes de la capital, sobre todo tras la decisión de trasladar a sus dependencias el espectacular y trascendental Guernica de Pablo Picasso.

Muchos datos en el tintero

Terminamos este breve, incompleto y en algunos momentos farragoso transitar por la historia del Hospital General de Atocha, también llamado según los momentos o los usos Hospital General de la Pasión, Hospital General San Carlos u Hospital Provincial de Madrid. Muchos datos interesantes se nos quedan en el tientero, tanto referidos a los pormenores de su diseño y edificación primitiva como a los que tienen que ver con personas que pusieron su granito de arena tanto en el plano arquitectónico como en el adminsitrativo o como en el referido al ámbito específico de la medicina y su evolución. Quizás nuestra ambición ha sido mayor que nuestra destreza para plasmarlos aquí. Incluso en el plano anecdótico podríamos haber hecho una pausa para narrar tanto las vicisitudes que corrió el centro hospitalario durante la guerra de la Independencia, con un intento de llevar a sus propias dependencias el enfrentamiento entre franceses y españoles. Tampoco nos olvidamos del apartado legendario que ha envuelto a personas relacionadas con el edificio, como es el caso de Bernardino de Obregón. Ni de la polémica más reciente generada con la supuesta aparición de misterios fantasmagóricos que ha hecho que la prensa especializada en fenómenos paranormales o incluso la generalista se hayan ocupado de elucubrar sobre apariciones, empujones de maléficos seres incorpóreos a profesionales del museo, apertura de forma irracional de puertas de ascensores o incluso sobre la presencia del espíritu de un sacerdote que acabó sus días en un camastro del antiguo hospital y debió fallecer sin haber finalizado su labor en el valle de lágrimas. Mucha información hay, tanto impresa como en la red, que pueda alimentar a quienes se hayan quedao con hambre de más información o de mejor calidad que la que aquí se ofrece. A ella remitimos a nuestros fieles aunque no muy numerosos lectores no sin antes lamentar no haber podido ser más precisos en cuanto al dato, a la explicación o a la propia evolución a través de los tiempos de un centro hospitalario que ha sido el eje de la vida matritense a lo largo de más de tres centurias y que merecería al menos no desparecer ni en el plano físico ni en la memoria de quienes vemos en el pasado la mejor lección para el presente o el futuro.

 

 
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Publicado por en junio 7, AM en Obra civil