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Jardines del Campo del Moro

Campo del Moro

Impresionante panorámica de las Praderas con el palacio al fondo. Foto Wikipedia

“La perspectiva de la monarquía se obtiene desde el fondo del Campo del Moro. Sentados en sus bancos, podemos obtener la visión abrupta, accidentada, resuelta, de la historia de España y, sobre todo, de la historia de Madrid. Es el sitio más valiente, virgen y selvático para ver con más carácter la villa y corte. Parece que hemos fijado allí la tienda antes del ataque. Tan fecunda era la sombra nutricia y rústica del Campo del Moro que hacia allí bajaban las vacas de la villa y en cierto tiempo bajaba a aquel barrancal una tropa de guadañadores que esparcían con la hierba vencida y cortada un olor gustoso, de degollación de hierba, de humedad aliñada, de sabroso vegetarianismo para el olfato”. Son palabras de orfebre acuñadas por Ramón Gómez de la Serna para transmitirnos su visión de ese envolvente parque, de esos afrancesados jardines que se encuentran a espaldas del Palacio Real y que por mor de caprichos políticos son uno más de los numerosos placeres estéticos de la capital desconocidos para la mayoría. Cuasi ignota maravilla para el turista, tanto avezado como despistado, o incluso para el propio vecino. La única entrada abierta, la situada a lo largo del paseo de la Virgen del Puerto, no contribuye a acercar este espectacular enclave al curioso que, como mucho, acertará a atisbar el follaje semiselvátivo y las altas copas de ejemplares centenarios, siempre y cuando se ponga de puntillas y alargue el cuello por encima de la verja de los Jardines de Sabatini. Pero esa misma semiclandestinidad a la que incomprensibles circunstancias han condenado al Campo del Moro hace que quien conoce o recién descubre este exhuberante rincón de la Villa y Corte considere en su fuero interno como imposible que se esconda tan cerca del centro turístico tamaña Arcadia. Quien estas líneas escribe debe reconocer humildemente que su enamoramiento de estos jardines ha discurrido paralelo a su conversión a esta religión del madrileñismo, culto, quizás rancio y paradógicamente provinciano, que consiste en patear con ojos de isidro el mayor número de rincones capitalinos para sacarle el jugo estético y lúdico que las limitadas capacidades intelectuales permitan. Algo de esto ha pasado con este parque que se extiende a espaldas del Palacio Real pues, como sin querer, un día de invierno en que el sol pugnaba por imponerse al frío aire serrano, decidí cruzar la estrechísima cancela que permite el acceso a través de las escalinatas que descienden paralelas hacia el punto de partida de paseos interiores, caminos, veredas y vericuetos varios. En ese momento las palabras de Gómez de la Serna vertidas al inicio de esta entrada comenzaron a teñirse de significado. Desde que se cruza la única puerta de acceso abierta al público lo que ven nuestros ojos impacta. Se mira en lontananza, hacia arriba, cinematográficamente en contrapicado, y la ingente belleza paisajística que fluye en derredor rinde pleitesía al orgulloso Palacio Real que domina el panorama desde su posición de atalaya. “Aquí estamos, a tu merced, augusto recinto”, podríamos balbucir a la par que ejecutamos la debida genuflexión. A este impacto visual contribuye, sin ninguna duda, la majestuosidad que desprenden las Praderas de las Vistas del Sol, las primeras en venir al encuentro de nuestra mirada, que se ha elevado progresivamente por ese extensísimo y empinado jardín en cuesta, geométricamente homogéneo, al más puro estilo francés, acicalado por las fuentes de las Conchas y los Tritones. Pero volviendo a las palabras iniciales de Gómez de la Serna, diremos que igualmente desprenden una alusión al carácter de poblachón, de aldea en medio de la nada, con que siempre se ha motejado a Madrid y que en este Campo del Moro tiene también su carta de personalidad. Es por aquí, a espaldas del Alcázar, por donde desde tiempos remotos se ha intentado la conquista de la ciudad y por donde los que procedemos del oeste pobre y subdesarrollado iniciábamos nuestra modesta aunque incruenta incursión, sin más objetivo que el de encontrar el espacio propio en la capital de todos los sueños. Por las cercanas calles Cuesta de la Vega y Segovia, al sur, o Cuesta de San Vicente, al norte, cargábamos con nuestra metafórica maleta repleta de incontables ilusiones y escasas realidades, deshaciéndonos de la delatora boina en cualquier desaguadero, remangándonos y notando los primeros de los muchos sudores en la lucha en pos de la quimera. Pero tornemos nuevamente al texto ramonista y anotemos en nuestro cuaderno virtual que las guadañas, la rusticidad, la virginidad selvática que siempre ha estado unida al oso, al madroño, a los pastos, a las antiguas aguas o al pedernal, tienen en esas palabras y en ese Campo del Moro otro renglón escrito en la historia de la capital, en cuanto a la definición del concepto de madrileñismo se refiere. Sumido en esos pensamientos discurría aquella no tan lejana mañana de fin de invierno en que, escéptico ante lo que podría encontrarme, crucé la verja de entrada al parque con la inevitable helada ofreciéndome en bandeja la susodicha humedad aliñada de sabroso vegetarianismo para el olfato.

¿Quién fue el moro que le dio nombre al campo?

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Alcázar con el Campo del Moro en la parte inferior. Grabado Wikipedia

Lo primero que se pregunta el flaneante al conocer el lugar es el porqué de su denominación. Bien es verdad que no hay que ser muy suspicaz ni un experto en historia para suponer que tendrá que ver con los orígenes de la ciudad, con el antiguo Magerit, con sus conquistas y reconquistas, idas y venidas entre moros y cristianos allá por los albores del segundo milenio. Pero lo cierto es que el baile de nombres y fechas en torno al susodicho moro nos lleva a una relativa aunque hoy en día secundaria confusión. Dejemos a Ramón Gómez de la Serna -hoy nuestro hombre de confianza pues no en vano se crió por estos andurriales- que nos aclare dudas aunque sea a base de paradógicas interrogaciones retóricas del tipo “¿Era Tejufin, rey de los almorávides, que destruyó los muros de Majeritum en 1109 y se hizo dueño de la villa? ¿Debe valer la versión de que los habitantes de la villa encerrados en el Alcázar rechazaron el ejército marroquí que había llegado a sentar sus reales en el sitio que aún se llama Campo del Moro? ¿O habrá que apelar al testimonio del cronista Rudh Alcortes, que dice: En 503 (1109 de nuestra era) el emir Alí Ben Jusuf pasó a España para hacer la guerra santa; se embarcó en Ceuta el jueves 15 del mes de Muharran…/…conquistó igualmente Madrid y Guadalajara…” Al final, el adalid de las vanguardias en España sale del pasó con una media verónica que deja el toro de la historia en suerte para el siguiente lance al afirmar con rotundidad que “el caso es que allí durmió el moro Aben-Jusuf en 1114, descansando antes de atacar Madrid y por eso aquello quedó impregnado de su oscura cochambre, de su abruptosidad”. En fin, que a principios del siglo XX esto de la corrección política no estaba en los manuales deontológicos de ningún escritor pero no olvidemos decir que el monarca musulmán sería a continuación rechazado y sus intentos de reconquistar la capital se verían frustrados, como bien apuntaban las palabras escritas en cursiva aunque en esta ocasión nosotros eliminemos las interrogaciones, principalmente para que don Ramón de Mesonero siga descansando en paz en su tumba del cementerio de San Isidro. Y ese lugar llamado Campo del Moro porque allí sentara sus reales el señor del turbante es lo que en el siglo XIX se convertiría en un parque ajardinado y que antes de dar detalles de su configuración vamos a perimetrar diciendo que se extiende, de este a oeste, desde la fachada occidental del Palacio Real hasta el paseo de la Virgen del Puerto y desde la Cuesta de San Vicente a la de la Vega, de norte a sur. En total, estamos escribiendo de una superficie de veinte hectáreas de terreno arbolado y ajardinado declarado de interés turístico en 1931. Es uno de los tres jardines que rodean al Palacio Real pero que, al contrario que los de Sabatini y plaza de Oriente, no dependen del Ayuntamiento sino de Patrimonio Nacional, un organismo que habitualmente gestiona posesiones que estuvieron en manos de la monarquía. Quizás ahí radique el quid de por qué no están más publicitados estos jardines o por qué no hay una entrada abierta desde los mentados jardines de Sabatini o por qué están algunas zonas de los susodichos jardines vetadas al público o semiabandonadas o por qué dos de las tres entradas están cerradas. En fin, que cada cual juzgue a su sabor.

Mucha historia la del Campo del Moro

Felipe IV

Felipe IV holgó y practicó la caza en el Campo del Moro. Wikipedia

Como venimos diciendo, el otrora barranco donde actualmente están situados los jardines ha estado presente en la historia de la ciudad desde su fundación. Ahora bien, la denominación de Campo del Moro, primero, y su ajardinamiento, después, es mucho más reciente. De mediados del siglo XIX, cuando los promotores de los jardines, buscando una denominación que le diera realce, echaron mano de datos históricos al proponer al arquitecto Narciso Pascual y Colomer el diseño de un nuevo parque. No obstante, la idea de levantar una zona recreativa en el paraje es lejana en el tiempo, tanto como la capitalidad de la ciudad. Leemos en Wikipedia que los primeros intentos surgen en tiempos de Felipe II, quien encargó un proyecto para salvar el desnivel existente entre el Real Alcázar y la hondonada del río Manzanares. Posteriormente, Felipe IV, que utilizaba el lugar con fines cinegéticos, ordenó inicialmente la plantación de especies arbóreas, mayoritariamente olmos. Nos cuenta nuevamente Gómez de la Serna que en dicho parque se celebraban “fiestas públicas y lidias de fieras” en tiempos del cuarto de los Felipes, antes de que Olivares le construyera el Retiro. Y que Pedro Calderón de la Barca se refiere a él en su obra Mañanas de abril y mayo con estos versos: “Esta mañana salí/a ese verde ameno sitio,/a esa divina maleza,/a ese ameno paraíso,/a ese parque, rica alfombra/del más supremo edificio”. Y subraya Gómez de la Serna el dato de que se le reconozca ya como parque. Pero sigamos. Con la apertura del Retiro el lugar cayó en el abandono y hubo que esperar a la construcción del Palacio Real tras el incendio del Alcázar en 1734 para que se volviera a hablar de la ordenación del recinto, aunque nada se llegó a hacer en la práctica, justificándo esta inactividad en la escasez de agua, las dificultades de la orografía y la ausencia de recursos económicos. Sachetti, Sabatini, Esteban Boutelou o Ventura Rodríguez estuvieron en ello aunque habrá que esperar a 1810 para que Juan de Villanueva pueda ver realizado, un año antes de morir, su proyecto de conectar mediante un pasadizo el palacio con la Casa de Campo. La denominación de Túnel de Bonaparte, actualmente cerrado, abandonado y medio derruido, nos dice a las claras a quién debemos los madrileños la ejecucion de este proyecto, que si bien no supuso el remozamiento del Campo del Moro sí nos apunta el interés que siempre hubo en darle otra imagen a esa zona de la ciudad situada al oeste del Palacio Real. El impulso definitivo para la remodelación de los jardines llegó de la mano del tutor de Isabel II y del intendente del Real Patrimonio. Nos econtramos en 1840 y nos referimos a Agustín Argüelles y Martín de los Heros, respectivamente. El proyecto se le encarga al arquitecto de origen valenciano Narciso Pascual y Colomer, que anteriormente había trabajado en la reforma de la plaza de Oriente, que años después levantaría el actual Palacio de las Cortes y el del Marqués de Salamanca, entre otras obras destacadas, y que pasaba por ser uno de los preferidos de la monarquía. Pascual y Colomer planteó la apertura de una avenida que uniera el palacio con el paseo de la Virgen del Puerto y que no sólo salvara la pendiente sino que realzara el recinto palaciego en su fachada oeste. Para la nivelacion de los terrenos se utilizaron materiales de escombro procedentes de la reforma de la Puerta del Sol. A continuación, se instalaron dos fuentes monumentales, las actuales de las Conchas y de los Tritones, procedentes del palacio del infante don Luis, en Boadilla, y del Jardín de la Isla, de Aranjuez, respectivamente. Las obras sufrieron un parón durante la revolución de 1868 y hasta finales de siglo no se remataron, en esta ocasión de la mano del afamado jardinero catalán Ramón Oliva. La incorporación de éste supuso la mezcla de dos estilos en el diseño del parque, el más neoclasicista de Pascual y Colomer con el rómántico de Oliva, lo que lejos de incomodar multilplica la belleza del lugar, como puede aseverar cualquier visitante del recinto. Las casas de madera estilo tirolés levantadas a finales del siglo XIX se deben a Enrique María Ripollés al igual que la ornamentación de la gruta de acceso al túnel, diseñada por Villanueva. Durante la Guerra Civil el parque sufrió serios daños dada su cercanía al frente, siendo reformado en los años de posguerra. Ya en 1960 se construyó un nuevo edificio en su interior que sirve de Museo de Carruajes y que alberga una interesante colección de distintos modelos de este medio de transporte que pertenecieron a la realeza hispana. Destacan la Carroza Negra, del siglo XVII, la Silla de Carlos III, del XVIII, o la Berlina de la Corona, del siglo XIX, entre otros vehículos.

Descripción de los jardines

Paseo de los plátanos

Imagen invernal del Paseo de los Plátanos. Foto Wikipedia

Los jardines reflejan la influencia de diversas corrientes y estilos, como ya aludíamos anteriormente al mencionar a sus creadores, Pascual y Colomer y Oliva. Desde el punto de vista paisajístico dominan las arboledas configuradas siguiendo los gustos de la época en que se diseñaron y que se unen a indiscutibles toques estéticos ingleses. Leemos en Wikipedia que “el parque tiene planta rectangular y su contorno está delimitado mediante una pared de piedra blanca y ladrillo, en la que descansa una verja de hierro forjado”. Posee tres entradas, una en la Cuesta de San Vicente y otra en la de la Vega aunque sólo está abierta al público la situada en el Paseo de la Virgen del Puerto. “Las puertas de acceso restringido están comunicadas entre sí mediante un paseo longitudinal, situado en la parte alta de los jardines, a los pies del Palacio Real. Esta avenida recorre los recintos de la Fuente de los Tritones, de la Estufa Grande o de las Camelias y del Estanque de la Cascada, cuya visita no está permitida al público”. La zona baja es la que está abierta sin apenas restricciones y permite acceder al paseo central, diseñado por Pascual y Colomer, y cuyo nombre oficial es el de Pradera de las Vistas del Sol. Dicha avenida era “el eje central de de un trazado hipodámico, articulado a partir de una serie de paseos paralelos y perpendiculares en cuyos cruces se disponían pequeñas plazas circulares o semicirculares. De su diseño sólo pudo llevarse a efecto la citada avenida, que desde el punto de vista urbanístico constituye la pieza más relevante del recinto, al garantizar la panorámica del palacio mediante una acertada distribución de los niveles del terreno. Se encuentra flanqueada por un variopinto arbolado y presenta una amplia mediana, ajardinada con una pradera dispuesta en dos grandes tramos y custodiada a ambos lados por un paseo de tierra”. Copiamos de Wikipedia. La fuente de los Tritones, diseñada y construida en Italia probablemente a finales del siglo XVI, se levanta a los pies del palacio, en el punto más alto de la avenida y de todo el recinto. No es accesible al público. Sí en cambio la de las Conchas, situada en mitad de la Pradera de las Vistas del Sol, cuyo diseño se debe a Ventura Rodríguez. Los restantes paseos son obra de Ramón Oliva, dentro de un estilo más propio del último tercio del siglo XIX. Presentan trazados irregulares con abundancia de tramos curvos, caminos semiolcultos, rutas alternativas y atajos, todo ello muy en la línea de los gustos paisajísticos románticos. Rompe este estilo el paseo de las Damas, heredero del estilo de Pascual y Colomer, que discurre paralelo a la fachada de palacio arrancando en las cercanías de la Cuesta de San Vicente y finalizando junto a su homónima de la Vega. El Paseo de los Plátanos nos devuelve al modelo romántico expuesto anteriormente, diseñando un recorrido en curva desde la entrada al público por Virgen del Puerto, enfilando por la derecha hacia los pies de la catedral de la Almudena para revolver hacia el paseo de las Damas. En definitiva, un maravilloso, espectacular, atractivo, sorprendente e impactante lugar donde perderse en cualquier época del año y a cualquier hora del día, gracias en parte a las más de 70 especies arbóreas, con ejemplares que rondan en algunos de los casos los 150 años, caso de un pino carrasco, que además supera los 30 metros de altura. Una sequoia, dos tejos… Y numerosas aves, entre las que destacan especies características de este tipo de parques como el faisán, la tórtola o la paloma, sin olvidarnos, por supuesto, del gracioso y amigable pavo real que hace las delicias de pequeños y mayores. Todo un microcosmos a diez minutos de la Plaza de España, del Palacio Real,  de la Almudena o de la Calle Mayor, del que no todos los secretos que contiene han sido desvelados aquí. Que sea el flaneante el que complete este denso puzle repleto de impactantes sorpresas.

 

 

 
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Publicado por en marzo 28, PM en Obra civil, Parques

 

Jardines de Sabatini (Antes Reales Caballerizas)

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Imagen actual del estanque de los Jardines de Sabatini con el palacio al fondo. Foto wikipedia

Ni es el parque más antiguo de Madrid, ni el más historiado, ni el más extenso. Y para muchos, seguramente, tampoco el más bello. Ni siquiera es un lugar que pueda alardear de tener una personalidad propia desligada de su entorno. Es más, a buen seguro que los Jardines de Sabatini pasarían desapercibidos para el flaneante al uso, sea madrileño, de provincias o extranjero, si no se encontraran situados en las inmediaciones del Palacio Real, en el arranque de la calle Bailén, frente de la plaza de Oriente, y haciendo esquina con la Cuesta de San Vicente, en una terraza colgada sobre el vecino y este sí, extenso aunque abandonadísimo Campo del Moro. La zona es punto esencial y central del turismo de la Villa y Corte, de ahí que los jardines hayan contado desde los inicios del turismo masivo con un numeroso público, siempre fiel, que completa su visita al edificio monárquico por excelencia con la grata recreación visual que supone el detenerse en este recinto botánico-arquitectónico, de estilo neoclásico, que ocupa un espacio de algo más de dos hectáreas y media, y que, lejos de lo que pueda pensarse, no se diseñó en el siglo de las luces, paralelo en el tiempo a la construcción del actual Palacio Real, tras el incendio que dejó reducido a cenizas el anterior Alcázar en la Nochebuena de 1734. Leemos en la enciclopedia virtual Wikipedia que el jardín “se divide en tres terrazas: la inferior, marcada por la simetría de los parterres a ambos lados de una gran lámina de agua a modo de espejo o estanque con dos surtidores, y enmarcada por cuatro cuadros con sendas fuentes rodeadas por figuras de seto” y flanqueada por estatuas de reyes de las que en un principio se suponían debían coronar los aleros del vecino palacio y hoy se encuentran diseminadas por diversos puntos de la geografía matritense. La segunda terraza forma un espectacular balcón sobre la primera y desde ella se domina “la totalidad de la fachada norte del palacio y bajo un bosque de pinos se extiende hacia la Cuesta de San Vicente, en donde se encuentra una nueva escalera de doble entrada que salva el desnivel hasta la calle. La tercera terraza se encuentra ubicada en una altura superior y al este de la segunda terraza, con un juego de parterres y grandes cedros”. Para acceder a este jardín, repetimos, de estilo neoclásico, en consonancia con el palacio bajo cuya fachada norte se refugia, hay dos posibilidades. La primera, desde la calle Bailén y junto a la plaza de Oriente, a través de una escalera de doble trazado por la que se desciende salvando una altura de cerca de veinte metros hasta llegar a la terraza inferior. El segundo acceso se encuentra situado en la esquina entre Bailén y Cuesta de San Vicente y por él nos incorporamos a la zona que acoge las otras dos terrazas. ¡Ah! se nos olvidaba algo muy importante, es decir, dejar constancia de por qué se denominan Jardines de Sabatini. Parece claro que lo sea en homenaje a Francesco Sabatini, el arquitecto palermitano que protagonizó la mayor parte de su biografía profesional en Madrid, al servicio de Carlos III. Su estilo arquitectónico, que ha sido calificado de barroco clasicista cosmopolita, es identificable con la transición entre la arquitectura barroca y la neoclásica. Tiene un fuerte componente clasicista que, no obstante su interés por el estudio de las ruinas romanas, es más próximo a la arquitectura del Renacimiento que a los rasgos puros del periodo posterior, representados por Juan de Villanueva. Sus trabajos en el Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII son numerosos destacando, al margen de las obras del Palacio Real, la Real Casa de la Aduana de la calle de Alcalá, actual Ministerio de Hacienda; la Puerta de Alcalá; la desaparecida Puerta de San Vicente; las obras del Hospital General de Atocha, hoy Museo Reina Sofía; la finalizacion de la basílica de San Francisco el Grande o el convento de San Gil en el Prado de Leganitos, hoy plaza de España, entre otros muchos trabajos. Por lo que a los jardines de los que hablamos respecta, sustituyó a Sachetti en las obras del Palacio Real. Pero dicho ajardinamiento no es de la época de construcción del nuevo recinto real sino de 1935, aunque proyectado en 1931, pues hasta la llegada de la Segunda República, los terrenos que hoy ocupa acogían a las denominadas con legítima pompa Reales Caballerizas, que esas sí fueron construidas bajo la supervisión del mentado Sabatini, aunque en un principio Sachetti ya había dispuesto en sus bocetos un jardín para esta zona. Los republicanos, sin embargo, una vez instalados en el poder, tuvieron a bien conceder a Sabatini los honores de nominar dicho recinto jardinesco.

Parque público y republicano.

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Caballerizas en primer plano con el palacio al fondo. Foto blog De rebus matritensis

Por tanto, el proyecto de construcción de los Jardines de Sabatini data de 1931 pues con el advenimiento del régimen republicano el Palacio Real pasó a ser Palacio Nacional y obviamente las Reales Caballerizas empezaron a dejar de tener el más mínimo sentido pues por otra parte son tiempos en que se está produciendo el gran advenimiento del transporte a motor y el inicio de la progresiva sustitución de los vehículos de tracción animal por los de tracción motorizada. Un recinto como el de las Reales Caballerizas, diseñado para cuadrúpedos, quedaba obsoleto ante las nuevas necesidades tanto de las monarquías, como de los gobiernos o los propios ejércitos. Leemos en el blog La gatera de la Villa que “así las cosas, el Gobierno de la República, legítimo propietario, traspasa la propiedad al Ayuntamietno de Madrid para pagar parcialmente las deudas que tenía el Estado con el Consistorio de la ciudad. La cesión llevaba aparejada una cláusula” que prohibía que el espacio que ocupaban las caballerizas fuese destinado a “ningún estilo y que se dispusiese para ensanche viario y ajardinamiento de la zona”. Con ello se volvía a la idea original de Sachetti. Pues bien, no todo fue entente, paz y armonía en torno al nuevo proyecto. Es más, la polémica sobre la oportunidad o no de la demolición se encendió rápidamente y en ella se enzarzaron relevantes personalidades del mundo cultural, artístico, político e histórico. Volvemos a apoyarnos en La gatera de la Villa para reseñar que en contra del proyecto se pronunció “el Colegio de Arquitectos, que emitió una nota el 27 de abril de 1932 y llegó a un acuerdo encaminado a realizar gestiones ante las instancia y personalidades pertinentes a fin de detenerlo”. Apelaban los arquitectos al carácter monumental de las Reales Caballerizas, “no oponiéndose a la normativa emanada del decreto de cesión pues consideraba (el colegio) que era compatible con la permanencia del edificio, si no en su totalidad, al menos en parte”. También el Patronato del Museo Nacional de arte Moderno emitió una nota de queja defendiendo “los valores estéticos que deben ser conservados y utilizados a toda costa, en momentos en que el arte español carece de hogares dignos en que pueda ser exhibidio con decoro”. Pese a lo que llamaríamos actualmente indudable ruido mediático, fueron minoría los que defendieron la paralización del derribo. La demagogia se apoderó de la opinión pública, por decirlo finamente, con aquello de la creación de puestos de trabajo, mientras profesionales de la arquitectura no paraban de llamar la atención sobre lo efímero de los empleos que las obras de derribo y construcción del parque iban a generar. Lo que más se aplaudía del proyecto era el haberlo incluido dentro de un plan de remodelación de la calle Bailén y la Cuesta de San Vicente. Al final, tras los dimes y diretes reglamentarios, el derribo se llevó a cabo en 1934 y un año más tarde se acometió la construcción de los jardines bajo la supervisión del prestigioso arquitecto Francisco García Mercadal, quizás el más influyente de la España de la época y ariete de la Generación del 25, al que se le debe la introducción en España del racionalismo arquitectónico centroeuropeo. Además, fue el principal impulsor de la fundación del Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (GATEPAC). Experto en arquitectura mediterránea, García Mercadal viajó a Italia y se codeó posteriormente en Viena con los miembros de la Bauhaus, de quienes recibe sus influencias. En su envidiable curriculum se puede leer que en 1928 trajó por primera vez a España a Le Corbussier para que dictara dos conferencias sobre arquitectura en la Residencia de Estudiantes. La militancia republicana de este aragonés de origen hizo que fuera depurado tras la Guerra Civil, truncándose una de las carreras más prometedoras de la arquitectura contemporánea española. Nos dejó, entre otras prestigiosísimas obras, estos Jardines de Sabatini que desde entonces hasta la actualidad, tanto en los parterres como en las estatuas o en las especies botánicas, apenas si ha sufrido modificaciones, salvo la remodelación llevada a cabo en 1972, fecha en que se construyeron las escaleras monumentales que permiten el acceso desde las inmediaciones del Palacio Real.

Reales Caballerizas

Caballerizas. www.memoriademadrid.es

Caballerizas a comienzos del siglo XX, desde plaza de España.www.memoriademadrid.es

Cuando hablamos de las Reales Caballerizas podemos referirnos a las del antiguo Alcázar Real o a las del edificio construido en el siglo XVIII. Las antiguas se encontraban situadas en lo que hoy es la plaza de la Armería. Las pertenecientes al nuevo palacio, encargadas por Carlos III a Sabatini, traicionando el proyecto de Sachetti, se situaron donde hoy en día se encuentran los jardines. Y a ellas nos vamos a referir. En total ocupaban unos 25.000 metros cuadrados sobre un polígono triangulado y cuyo lado mayor era el que daba a la actual Cuesta de San Vicente. Esa dificultad geográfica supuso un reto para la construcción de lo que sería uno de los elementos accesorios más importantes del Palacio Real, según leemos una vez más en el blog La gatera de la Villa. Las obras comenzaron en 1782 y se prolongaron durante siete años. Era un auténtico conglomerado de dependencias “destinadas tanto a albergar a los caballos destinados a la familia real como a acoger la sede del Protoalbeiterato”, el equivalente al actual Colegio Oficial de Veterinarios. La fachada principal daba a la calle Bailén y según nuestro blog de referencia, que se apoya en el político e historiador Pascual Madoz, “parece ser que era un edificio de aspecto recio y cuyo exterior estaba muy condicionado por las citadas peculiaridades del terreno”. Estaban construidas las caballerizas con piedra berroqueña y granito y contaba el recinto con dos portadas, “siendo la que daba a la Cuesta de San Vicente la menos ornamentada y la principal constaba de un arco rústico, rebajado, terminado con un escudo de las armas reales”. Aparte de las caballerizas, que eran las dependencias más importantes, había seis patios, una capilla dedicada a San Antonio Abad, patrón de los animales, cuadras dedicadas exclusivamente a albergar caballerías enfermas, almacenes, pilones y fuentes, enfermerías, fraguas, herraderos y, en definitiva, toda la intendencia necesaria para engranar una industria de estas magnitudes. “La zona dedicada a Guardanés General -continúa La gatera de la Villa- era de un tamaño considerable, más de 40 metros de largo, con 65 armarios donde se colocaban desde los arreos de los animales hasta las libreas de los palafreneros. También estaban dentro del perímetro, los picaderos reales y, desde Fernando VII, el llamado Cocherón, edificio construido por Custodio Moreno y destinado a guardar carruajes. Entre estos se encontraba el que se suponía había sido el coche de Juana la Loca, siendo el más antiguo conservado y en el que, según la tradición, se transportó el cadáver de Felipe el Hermoso hasta Tordesillas”. La capacidad para la que fueron ideados y construidos estos reales recintos quedó superada ya desde el año de su puesta en funcionamiento. De las 500 cabezas que en un principio se suponía que podrían acoger como máximo, sólo el Cuartel de la Reglada contaba con 649 caballos y el número total de animales superaba los 1800, teniendo que ocuparse dependencias en principio no diseñadas para ese uso. “El número de caballerías osciló con las variaciones y avatares de la historia pero, salvo etapas especiales como los años inmediatamente posteriores a la guerra contra Napoleón, la capacidad estuvo casi siempre al límite. No sólo estaban los espacios reservados para los animales sino que en 1848, según Madoz, vivían allí 486 almas entre trabajadores y familiares, siendo empleados 289, aunque la nómina completa de las caballerizas era muy superior. A todo ello hay que sumar las dependencias administrativas”, concluyen nuestros gentiles investigadores de La gatera de la Villa. Y esto es todo, que no es poco, pues sólo por recordar a la figura de Francesco Sabatini, o también, por qué no, la de Giovanni Battista Sachetti, la de Fernando García Mercadal o la imponente mole de las antiguas y Reales Caballerizas merece la pena darse un paseo por las inmediaciones de la calle de Bailén y entrar por la esquina con Cuesta de San Vicente, disfrutar en un tórrido día de verano de las sombras que nos ofrecen los ya añejos cedros, sentarse en un banco de piedra y saborear, en el silencio de la hora de la siesta, un ajustado, corregido y repensado poema de Antonio Machado con sus álamos, sus brisas y sus nostalgias. A continuación, y sin prisas, el viajero se ve obligado a sumergirse en un universo de setos de boj, de diversas y desconocidas especies botánicas y de elevados y frondosos árboles, cuyos nombres desconoce y cuyas copas se muestran imposibles al ojo humano e impermeables a los rayos solares. Los sentidos se muestran ya saturados y es necesario evadirse de ese atracón de naturaleza en estado puro trepando por las monumentales escaleras para salir a la plaza de Oriente en busca de un buen abrevadero donde, sentado en un cómodo sillón de una terraza con vistas, dar cuenta de un buen gintonic que nos devuelva a la realidad y pare la borrachera de arte y naturaleza en la que se han visto envuelto nuestros sentidos. Aun a costa de enchisparnos.

 

 
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Publicado por en febrero 21, PM en Obra civil, Parques

 

El Retiro: datos e impresiones generales

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Perspectiva aérea del parque del Retiro

“Este magnífico parque, llamado vulgarmente el pulmón de Madrid, es el preferido de todos, por sus espesos bosques y sus paseos silenciosos y solitarios. En él hemos pasado nuestra infancia, esas tardes que nos han parecido tan cortas al concluir las pesadas horas de encierro en el colegio delante del pupitre y de la plana, escribiendo al dictado, y nos acordamos de su tristeza, de la rareza de sus paseantes, de su tierra regada y del fuerte olor de humedad que de ella se desprende…/… en las frondosas alamedas y plazuelas, con gran fuente en medio, sentadas en los bancos, vemos gente gozando de la tranquilidad de aquellos deliciososo paseos, llenos de copudos y viejos árboles plagados de pájaros y de ruiseñores”. Son las sensaciones que, a través de la palabra, el pintor, grabador y escritor expresionista español, José Gutiérrez Solana, transmitía en 1923 en uno de los artículos costumbristas incluidos en su obra Madrid, callejero, escenas y costumbres, referido al Retiro. Al parque del Retiro. A lo que hoy los ciudadanos entienden por parque del Retiro que sólo en parte tiene que ver con el proyecto que desarrollara en el siglo XVII el conde-duque de Olivares, Gaspar de Guzmán y Pimentel, para cautivar a un joven monarca llamado Felipe IV y tenerlo entretenido mientras él manejaba los asuntos de Estado, con resultados a todas luces negativos, pues sabido es que fue el momento en que se fraguó irremediablemente el ocaso del imperio español. Han pasado ya más de 90 años desde que Gutiérrez Solana pusiera negro sobre blanco en lo que a su descripción del parque más importante y popular de Madrid se refiere y sus palabras siguen siendo perfectamente válidas para caracterizarlo. Porque durante el último siglo el Retiro ha sido eso, lugar de paseo, de recogimiento y de desahogo para madrileños y foráneos, que pueden encontrar en él bien la tantas veces deseada y ansiada soledad reflexiva o bien el barullo alegre y desenfadado de algunas de sus zonas. Lo de llamarlo pulmón, no por manido y tópico deja de tener validez pues el lugar es óptimo para oxigenarse, a la vez que se perciben esos olores característicos de la naturaleza en estado salvaje y agreste. Actualmente le podemos añadir su nueva faceta como espacio donde expresar la querencia por el deporte sano, amable y sosegado, a lomos de una bicicleta, en patín, a la carrera o sencillamente paseando a mayor o menor ritmo. El Retiro, además, siempre ha sido amplia sala de exposición de las artes más populares y callejeras. Sólo hay que darse una vuelta por las inmediaciones del estanque para pasar unas horas de agradable solaz sorprendiéndose con las habilidades del mago aficionado, observando la pericia de un caricaturista, mirando desconfiados la perorata de la vidente a un cliente solícito de poner rumbo cierto a su existencia o participando de la felicidad de un grupo de niños, sentados en corro alrededor de un minúsculo teatrillo de marionetas. Hay quien disfruta del Retiro durante las estaciones del año más bonacibles tumbado en la fresca hierba intentando que el cuerpo se apropie de los rayos solares. Otros, los más jóvenes, sencillamente disfrutan de una merienda o hacen corro en tertulias cuyos temas saltan de lo frívolo a lo filosófico con la lozanía y el desparpajo que da la edad y sin ninguna pretensión de sentar cátedra. Lugar multirracial y multicultural por antonomasia, por el Retiro pululan desde el vecino del barrio, español y madrileño de toda la vida, hasta el inmigrante en jornada de asueto sabatina o dominical, pasando por el turista procedente de país pudiente que, mapa en ristre, intenta desentrañar en una tarde los arcanos más recónditos de esta vasta y exuberante extensión de terreno. En definitiva, lo que Gutiérrez Solana decía en los años 20 del siglo pasado pero puesto al día. El fondo, el mismo, con algunas variaciones en la forma que no ponen en entredicho la idiosincrasia actual de ese parque de más de 114 hectáreas de terreno situadas en pleno centro de la Villa y Corte, es decir, casi un millón doscientos mil metros cuadrados para uso y disfrute de los ciudadanos, del pueblo, de la sociedad matritense.

Más allá del límite oriental de Madrid

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Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares

Cuando el conde-duque de Olivares proyecta la creación de un amplio espacio para uso regio en los albores del siglo XVII la zona donde hoy se encuentra el parque del Retiro era sencillamente un erial situado en las afueras de la capital, cuyos límites últimos los marcaba el Prado de San Jerónimo con su cenobio. Así lo describe Ramón de Mesonero en su Antiguo Madrid cuando remarca que “más allá del límite oriental, hasta bien entrado el siglo XVII, no existía población alguna ni otro edificio que aquel antiguo monasterio y el de Atocha; la entrada a Madrid por aquel lado, como por todos, era abierta y franca, sin cerca que la limitase ni puerta que la sirviera de ingreso; pues hasta la misma mezquina de Alcalá que estuvo más cercana al arranque de aquella calle, no fue construida hasta el año de 1599 en ocasión de la entrada solemne de la reina doña Margarita, esposa de Felipe III. Hasta entonces el camino de Valnegral (Abroñigal) venía por donde ahora está el Retiro, hasta frente de la Carrera de San Jerónimo, que era la verdadera entrada de Madrid”. Los terrenos donde después se construiría el complejo llamado Jardines del Buen Retiro, que incluiría lo que hoy es parque más el espacio que abarca desde el paseo del Prado hasta la actual calle de Alfonso XII, desde la glorieta de Atocha hasta Cibeles, fueron cedidos por el duque de Fernán-Núñez para recreo de los monarcas en el entorno del monasterio de los Jerónimos. Y ahí es donde entra en juego el maquiavelismo del conde-duque de Olivares que ve la ocasión pintiparada para engatusar al monarca y desviarlo de las obligaciones de gobierno, lo que permitiría a Guzmán y Pimentel manejar a su antojo, desde su cargo de valido, la nación y el imperio decreciente. La personalidad del monarca era proclive a dedicarse a esparcimientos frívolos y, por tanto, nada extraña que el propio Mesonero abundara en el siglo XIX en ese malévolo objetivo al escribir que se trataba de una obra exclusiva “de aquel refinado cortesano que quiso desplegar en él (Buen Retiro), para fascinar al joven monarca, todos los recursos que la adulación y la lisonja le inspiraban, todo el poderío que ponía en sus manos su inmenso valimiento y los tesoros del estado de que sin limitación podía disponer; llegando a improvisar en pocos años una nueva residencia real, una mansión fantástica de placer y de holganza, que oscurecía y hacía olvidar las de los bosques, jardines y palacios antiguos del Pardo y Casa de Campo, que habían formado las delicias de los Felipes II y III”. Y puesto a ello “allegó todos los terrenos y posesiones inmediatas al monasterio y convento real de San Jerónimo, hasta una extensión asombrosa; emprendió obras colosales para su desmonte, plantío y proveimiento de aguas; alzó un vistoso palacio; rodeole de extensos jardines, bosques, estanques, ermitas y caserío, y dispuso para asombrosas fiestas aquel espléndido teatro de su elevación y fortuna”. Las obras comenzaron en 1631 con un gallinero “casa de aves extrañas”, varios jardines y el estanque grande y en la noche de San Juan de ese mismo año se estrenó con un festín aunque hasta finales de 1632 no se inauguró oficialmente la residencia real. Echamos mano ahora de Pedro de Répide para que nos describa minuciosamente qué espacios en concreto abarcaban los jardines del Buen Retiro pues difícilmente podemos hacernos una idea si tomamos como referencia únicamente la topografía actual de la zona. Dice Répide que “los jardines del Buen Retiro comenzaban donde se halla la Casa de Correos y estaba la llamada Huerta del Rey, que luego fue parque de espectáculos. En la calle del Pósito -trozo de la de Alcalá entre las plazas de la Cibeles y de la Independencia- estaba la entrada llamada de la Glorieta, y poco más allá, donde se abrió la calle de la Reina Mercedes, que ahora se llama de Alfonso XII, estaban el palacio de San Juan y la ermita del mismo nombre. Toda la extensión, desde este lugar hasta San Jerónimo, era la ocupada por el palacio, del cual no se conservan más que el ala septentrional llamada Salón de Reinos -hasta hace poco museo de Artillería- y el Casón, donde estaba el salón de baile”.

Actual parque del Retiro

Parque de Madrid

Entrada principal del parque del Retiro que permite el acceso al paseo de las Estatuas

“Es conveniente -insiste Répide- dejar hecha esta referencia a la parte desparecida del Retiro, entre el Prado y la calle de Alfonso XII, y la de Alcalá y la iglesia de los Jerónimos, para pasar a ocuparnos del parque de Madrid, en su recinto actual”. Pero antes es necesario recordar que durante la invasión francesa de 1808 los jardines quedaron prácticamente destruidos al ser ocupados por las tropas napoleónicas, que lo utilizaron como fortificación. Fernando VII inició la reconstrucción, con la erección de edificios de recreo, siguendo las modas paisajistas de la época y abriendo una parte al pueblo, pues hasta entonces el uso de los jardines era exclusivo de la Corte. Con el Sexenio Revolucionario los jardines pasaron a propiedad municipal, abriéndose sus puertas a todos los ciudadanos, a la vez que se iban añadiendo o modificando algunos de los edificios e instalaciones y pareciéndose cada vez más a lo que hoy podemos ver y disfrutar. Oficialmente fue llamado Parque de Madrid aunque todo el mundo en cualquer época lo ha conocido, lo conoce y lo denomina Retiro, ese Retiro del que nos habló Pedro de Répide hace ahora casi un siglo pero cuya descripción de su perímetro es harto válida actualmente y a la que nos atenemos: “…ese enorme y admirable jardín, cuyos límites actuales, desde la plaza de la Independencia, donde está su entrada de más frecuente acceso, siguen por la calle de Alcalá, en que está su puerta de Hernani, usada para el ingreso a la zona de recreos, donde son organizados espectáculos para las noches de verano (durante el siglo pasado), tienen en la calle de O´Donnell la entrada al paseo de coches, llamada de Fernán-Núñez, vuelven por la antigua ronda de Vallecas, hoy avenida de Menéndez Pelayo, a la que abre dos puertas y un portillo en la esquina de la tapia meridional que viene sobre el cuartel de María Cristina y el Observatorio, en lo que fue olivar de Atocha y cerro de San Blas, y recogiéndose para dejar espacio a la Escuela de Ingenieros de Caminos, extendiéndose par la calle de Alfonso XII, que primitivamente se llamó de Granada, y en ella desde la puerta del Ángel Caído, hasta la plaza de la Independencia, tiene otros tres ingresos: una puerta que da al Campo Grande, frente a la calle Espalter (actual puerta de Murillo), la restaurada puerta de la Fortuna, una de las antiguas del Real Sitio, pues data de 1690, inaugurada el año último (hacia 1920) en su emplazamiento de acceso al Parterre, y la que frente a la calle de la Lealtad, ábrese al paseo de las Estatuas, también llamado de la Argentina, hasta el estanque grande, puerta principal del Retiro, sobre la cual está el rótulo, denominador de esta posesión del pueblo madrileño al que pertenece desde el año de 1868. Sin embargo, la costumbre hace más frecuentada la puerta de la plaza de la Independencia, dándole un fuerte carácter de primacía sobre la que oficialmente tiene esa condición”.

Esbozo somero y sin profundizar en el contenido

Estanque

Estanque con el monumento a Alfonso XII

Esta sería a grandes rasgos la descripción histórica y perimetral del parque del Retiro, vacío recipiente si no se llenara con todo el contenido que el vasto recinto acoge en su interior. Pero sería tarea absurda el querer despachar con toscas pinceladas edificios, fuentes, parques, paseos e instalaciones diversas con que está dotado un solar de estas dimensiones. Nada hemos dicho de los actuales jardines interiores, de su magnífico, dilatado y lúdico estanque, de su historiado parterre ni de la solemnidad de su paseo de las Estatuas. La Casa de Vacas o la de las Fieras también tienen su lugar en la historia de Madrid y de los madrileños así como La Rosaleda o los modernos jardines de Cecilio Rodríguez. El Paseo de Coches también da de sí una buena entrada, sobre todo en lo referido a la polémica que generó su construcción por lo que suponía de permisividad para la entrada en el parque de los vehículos a motor y la consiguiente profanación de un lugar sagrado y pacífico para el disfrute pedestre del ciudadano. Los palacios de Velázquez o de Cristal tendrían en sí mismos material suficiente para justificar unas cuantas palabras. Y, ¿qué decir de la multitud de fuentes, desde la de la Alcachofa a la de los Galápagos? Y de las diversas estatuas y monumentos individuales, desde aquella dedicada a Lucifer a las de escritores como Galdós o Campoamor, pasando por las ecuestres y sedentes de diversos héroes hispanos e iberoamericanos, dominadas todas ellas por el monumento al rey Alfonso XII. Instalaciones menores como el templete de la música, el teatro de títeres o la moderna zona deportiva de La Chopera no podrían quedar en el tintero, como el estanque de las Campanillas, recientemente restaurado, la Casita del Pescador o la montaña artificial. Todo ello ha sido motivo y excusa para inaugurar en este blog una nueva categoría dedicada en exclusiva a esta maravilla de la naturaleza, debidamente domesticada por el hombre para su uso y deleite, que aunque con matices, debe hacer sentirse orgullosos a los madrileños por las posibilidades de flaneo que les ofrece y por lo que supone de orgullo bien entendendio cuando se trata de mostrarlo a quienes nos visitan y a su vez la comparan con otros importantes recintos de estas características con los que cuentan en sus respectivos países.

 
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Publicado por en julio 5, AM en El Retiro, Parques

 

Montaña del Príncipe Pío

Hoy vamos a darnos un paseo por la denominada Montaña del Príncipe Pío. Pero que nadie se asuste. Vamos a restringir nuestro flaneo a lo que hoy día se denomina con ese título, es decir, la pequeña loma sobre la que se extiende el parque que acoge el templo de Debod, donde hasta la Guerra Civil se encontrara el tristemente famoso Cuartel de la Montaña, lugar en que Pío Baroja situara las cuevas donde pernoctaban los personajes marginados de su trilogía La lucha por la vida y por cuyos alrededores deambulara Ramón Villaamil, el protagonista de la novela galdosiana Miau, durante las horas previas a su suicidio. Sólo nos vamos a permitir el desliz de salir de la propia montaña para echar un vistazo a la estación hoy apellidada Príncipe Pío y que se encuentra un par de cientos de metros más al oeste del otero. Porque la montaña del Príncipe Pío de Saboya ocupaba en un principio más metros cuadrados que los que hoy tiene, bastantes más. Todo lo que hoy es el parque del Oeste, la Florida, el barrio de Argüelles… Y por supuesto la explanada donde se encuentra ubicado el templo egipcio y el parque circundante. Pero que nos lo cuente una vez más don Ramón de Mesonero Romanos. Nadie más a propósito para ir acotando y centrando el objetivo de nuestra descripción topográfica de este singular enclave, remanso de paz y atalaya desde la que se pueden divisar las mejores puestas de sol de la capital, con el telón de fondo de la Casa de Campo. Situaba Mesonero el límite de la Montaña del Príncipe Pío por el noroeste “más allá del portillo de San Bernardino a cuya confluencia debe indudablemente adelantarse la entrada de Madrid por aquel lado. La inmensa posesión conocida con el nombre de Montaña del Príncipe Pío no quedó incluida dentro de la cerca general de Madrid hasta los tiempos de Carlos III; mide más de seis millones de pies superficiales, fue de los marqueses de Castel Rodrigo, cuya casa se unió después por enlaces con la del Príncipe Pío de Saboya. En el plano antiguo está dividida en varios trozos de huertas llamadas de Buitrera, del Molino quemado, de las Minillas, de la Florida, etc. y estaban entonces, como decimos, fuera del portillo de San Joaquín (hoy San Bernardino) y de la tapia que bajaba recta desde Afligidos al puente del parque de Palacio, donde ahora la fuente de la Regalada, a la bajada de San Vicente”. Sigue Ramón de Mesonero su alocución señalando su situación en el momento en el que él escribe, es decir, al final del primer tercio del siglo XIX, diciendo que la inmensa posesión pertenece al Real Patrimonio y está cedida por el rey en usufructo al “serenísimo infante don Francisco”. Describe el entorno subrayando su reciente metamorfosis, “de sitio áspero e inculto que era antes, ha venido a transformarse en un precioso parque, huertas y jardines, que la generosidad de su augusto poseedor franquea al público, proporcionándole uno de sus más gratos desahogos; y con los nuevos edificios, cuartel y caserío emprendidos en ella, constituirá muy luego un distrito muy importante de Madrid”. No andaba desencaminado Mesonero al prever un futuro halagüeño para la zona. Pero no adelantemos acontecimientos. Primero es necesario saber que los terrenos a los que hacíamos mención en un principio pertenecieron a la corona hasta 1613 en que pasaron a manos del marqués de Auñón. En 1613 éste los vendió al cardenal arzobispo de Toledo, Bernardo Sandoval y Rojas, y posteriormente pasaron a posesión del Duque de Lerma o de la Compañía de Jesús. A mediados del siglo XVII caen en manos de Francisco de Moura y Melo, tercer marqués de Castel Rodrigo, quien compró las colinas que mencionaba líneas arriba nuestro Curioso Parlante. El marqués mandó construir un palacio donde hoy se encuentra la estación de ferrocarril antes de que la finca la heredara su hija Leonor quien, al morir sin descendencia, se la dejó a su hermana Juana, desposada con Guillermo Pío de Saboya, príncipe de San Gregorio, de donde tomó el nombre con el que ha llegado a nuestros días.

Gilberto Pio

Gilberto Pío hijo de Fco. Pío de Saboya. Foto wikipedia

Francisco Pío de Saboya

Pío de apellido y príncipe por el título de San Gregorio y ya tenemos la denominación de Príncipe Pío. Pero no será Guillermo quien le dé realce al nombre de la finca sino su hijo Francisco, nacido en 1672 y que heredara la finca por la vía materna. A pesar de su densa relación con Italia, Francisco pasó gran parte de su vida en España. Estaba considerado un militar de prestigio, mariscal de campo y lugarteniente general de los ejércitos españoles en tiempos del primer Borbón, Felipe V, de cuya parte estuvo en la Guerra de Sucesión. Por su actos militares recibe en 1707 el Toisón de Oro y una vez finalizada la guerra es nombrado Capitán General de Cataluña. Casó en 1711 con Juana Spínola de la Cerda, con la que tuvo cuatro hijos. Pero el destino le tenía preparada una jugarreta para el último acto de su vida cuando el 18 de septiembre de 1723 cayó accidentalmente en una presa en Madrid y acabó ahogándose. Mientras tanto, la finca sigue en manos de la familia de los Pío de Saboya hasta que a finales del siglo XVIII Carlos IV decide adquirirla y hacerse con el palacio, las huertas, las tierras, el palomar, la casa de vacas, las fuentes, la propia montaña y unos jardines muy aparentes colocados en terrenos a distintos niveles. Para completar la operación el hijo del que pasara a la historia como mejor alcalde de Madrid le compra a Godoy la finca de La Moncloa, convirtiendo las dos posesiones en una zona de recreo que llamó Real Sitio de la Florida. Y en esas estamos 16 años más tarde cuando la montaña es protagonista de la historia de España por dos razones, la primera porque allí alojará Napoleón una parte de sus tropas durante la Guerra de la Independencia y la segunda porque dicha montaña será uno de los escenarios de los fusilamientos de los españoles apresados por las tropas francesas en la gloriosa fecha del 2 de mayo de 1808. Goya puso el foco de su pincel en las ejecuciones de la montaña, entre otras razones, porque le caían cerca de su finca de retiro. Incluso se dice que contactó con algunos presos que lograron evadirse y que le contarían en primera persona los pormenores de los fusilamientos. Un par de décadas más tarde, en 1831 es cuando los terrenos son cedidos por Fernando VII a su hermano Francisco de Paula, de lo que nos daba noticia anteriormente Mesonero en su Madrid Antiguo, y el hermano del monarca será quien los transforme en parque público. Una parte de ellos se convertirán en la segunda mitad del siglo XIX en lo que hoy conocemos como barrio de Argüelles. Por esas calendas, en 1857, el entonces ministro de Fomento, Claudio Moyano, lanza la idea de organizar una exposición en la que agricultores y ganaderos mostraran el fruto de su trabajo. Escoge para ello la Montaña del Príncipe Pío tras barajar otras posibilidades como la Casa de Campo o El Retiro. Se nivelaron los terrenos con el visto bueno del entonces propietario, Francisco de Paula de Borbón,  y se crearon dos plataformas unidas mediante rampas. En la parte de abajo se situaron las galerías dedicadas a productos agrícolas mientras que en la de arriba, donde hoy está el parque y templo de Debod, se instalaron los cercados para el ganado y el pabellón árabe que servía al alimón como salón de actos oficiales y como lugar de exposión de flores y plantas. Desde el 24 de septiembre al 4 de octubre de ese año 1857 tuvo lugar el evento, con notable éxito según los cronistas de la época.

Estación del Norte o Príncipe Pío

-estacion-del-norte. www.espinillo.org

Panorámica de la Estación de Norte a principios del siglo XX. Foto http://www.espinillo.org

Un año antes de la exposición, la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España comienza a construir la línea férrea que unirá Irún con Madrid. Son momentos de euforia y desarrollismo relacionados con el nuevo medio de transporte y hay que elegir un lugar cómodo como estación en la capital, tras la apertura de la de Atocha. En principio se baraja la posibilidad de ubicarla en la zona norte, donde después se construirá la de Chamartín, debido a la llaneza de los terrenos y a la mayor amplitud de los espacios. Pero una vez más la lógica tiene un camino y los intereses especulativos otros. En fin, que se decide que la terminal de la denominada Estación del Norte se construya en donde estuviera el palacio de la finca de Príncipe Pío, una vez enajenados los terrenos, lo que en España ya se sabe que supone comisiones, tráfico de influencias y una serie de gestiones difícilmente inteligibles para los ciudadanos de a pie pero fácilmente soportables para el erario público, que en ese momento parece no tener fondo. En 1859 comenzarán las obras a cargo de los ingenieros franceses de quienes toma su nombre el puente que salva el río, aguas arriba. El primitivo embarcadero abrirá sus puertas en 1861 aunque con una línea que solamente llegará hasta El Escorial. En 1882 se inaugura la parte destinada a viajeros en el paseo de La Florida y habrá que esperar a 1928 para ver levantado el segundo edificio, también de viajeros, el que da a la Cuesta de San Vicente y que hoy en día se encuentra en estado de cuasi total abandono por más que se diga que hay un proyecto para rehabilitalo. Tres años antes de la última fecha, en 1925, se había abierto al público el ramal de metro que une Ópera con la estación de ferrocarril, que permitía salvar el fuerte desnivel entre la estación y el centro de la ciudad y evitar que los viajeros más modestos económicamente tuvieran que subir la Cuesta de San Vicente cargados como mulas, acordándose del árbol genealógico de quien tuvo la feliz idea de situar la estación en lugar tan escabroso. Los años pasan y la Guerra Civil llega dañando la estación considerablemnte. Tras el conflicto quiebra la compañía fundadora a la vez que surge el ente público RENFE que se encarga en adelante de gestionar la estación. Son años en que todo el tráfico ferroviario con el norte de España y Portugal pasa por Norte, que se convierte en el segundo núcleo ferroviario en importancia tras el de Atocha. Sin embargo la construcción en 1967 de la terminal de Chmartín supondrá el inicio del fin de su esplendor y en 1976 ya sólo las líneas de Cercanías pedían entrada en Norte si exceptuamos el expreso de Galicia que estuvo circulando por sus andenes hasta enero de 1993. A partir de ahí su uso pasará a ser el de intercambiador de transporte y centro de ocio comercial. En 1995 adquiere la denominación de Príncipe Pío y la reforma de la fachada que da al paseo de La Florida se inaugura para uso comercial en 2005. Del edificio que da a Cuesta de San Vicente se dice que albergará un auditorio. Cuando toque.

Cuartel de la Montaña

Cuartel de la Montana Muertos . Foto www.fnff.es

Muertos en el Cuartel de la Montaña en 1936. Foto http://www.fnff.es

Nos retrotraemos nuevamente a la segunda mitad del siglo XIX. Más o menos en la época de construcción de la estación ferroviaria se levanta un macrorrecinto militar en los terrenos que años antes albergaran los recintos ganaderos de la exposicion agrícola. En 1863, tres años después de que comenzaran las obras bajo la dirección de Ángel Pozas, los profesionales de la milicia toman pacífica posesión del edificio. Había costado 20 millones de reales, una cifra entonces importante, procedente de la desamortizacion civil y eclesiástica ejecutada durante el mandato de Madoz. Se trataba de un sólido alcázar, de granito, sobrio, de planta cuadrangular y dos patios, con capacidad para acoger una guarnición de hasta 3.000 soldados de infantería, ingenieros y un grupo de alumbrado. Pero la fama le vendría a este cuartel negativa y en el peor momento. Estalla la Guerra Civil el 18 de julio de 1936 y al día siguiente el general Fanjul, encargado de la sublevación en la capital, toma el recinto, se instala en él, declara el estado de guerra y se hace fuerte al mando de unos 1500 hombres y 180 falangistas. Los refuerzos de los también sublevados cuarteles de Campamento, Cuatro Vientos y Getafe no llegan y las decenas de miles de cerrojos de fusiles que se guardaban en el cuartel son motivo de codicia por unos y por otros. Las tropas leales al gobierno, es decir, Guardia Civil y la de Asalto y las milicias populares, rodean el cuartel fuertemente armadas y al amanecer del 20 de julio se inicia el rifirrafe correspondiente. Fanjul y sus hombres aguantan lo que pueden, que es poco. La polémica sobre lo que pasó sigue aún hoy vigente y las versiones difieren según la ideología de quien ofrece su punto de vista pero lo cierto es que se produce una masacre en la que pierden la vida entre 500 y 900 ocupantes del cuartel. Para qué dar más detalles. Digamos que el edificio, que ya quedó deteriorado suficientemente durante el asedio, recibió otro tanto a lo largo de los tres años que duró el conflicto. En 1939 se había convertido en un conjunto de ruinas irrecuperables, algunas de las cuales eran aún visibles a comienzos de la década de los sesenta.

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Templo de Debod en una instantánea reciente. Foto wikipedia

Templo de Debod

Durante la dictadura franquista no se supo bien qué hacer con un lugar que no traía precisamente buenos recuerdos a las huestes vencedoras. Se pensó en edificar allí la Casa de la Falange o en construir un nuevo ministerio. Ningún proyecto cuajó y finalmente fue cedido al ayuntamiento de Madrid que lo convirtió en un parque, inaugurado el 20 de julio de 1972. Un monumento erigido mirando a calle Bailén, compuesto por una figura de bronce que representa el cuerpo de un hombre mutilado, colocado en el centro de un paredón construido con sacos terreros, fue el homenaje que se tributó a los militares del bando franquista caídos en el asedio del Cuartel de la Montaña. Ese mismo día también fue inaugurado el templo de Debod, en la explanada donde estuviera el recinto militar. Se trataba de un recinto religioso de origen egipcio, regalado por los mandatarios del país de las pirámides a España en 1968 como compensación por la ayuda dispensada por nuestro país para salvar varios monumentos milenarios de ser engullidos por las aguas de la presa de Asuán.  El templo que llega a Madrid en 1970 tiene una antigüedad de dos mil años y su origen se remonta al imperio Medio, durante el reinado del nubio Adijalamani de Meroe. Se trata de una construcción dedicada a los dioses Amón e Isis, que había caído en el deterioro y el abandono en el siglo VI de nuestra era tras estar anteriormente dedicado al culto pagano. Desde que en 1961 el templo fuera desmontado, y las piedras numeradas para su traslado, hasta su llegada a Madrid y posterior ensamblaje, parece ser que todo fue un despropósito. Al llegar a Madrid el material, el equipo del arqueólogo Martín Almagro no cuenta más que con un plano y un croquis del alzado del monumento junto con algunas fotografías sin referencias de ninguna clase. Y los bloques de piedras embalados en cajas, cien de ellos sin numeración. Se reconstruyó como se pudo, sin que esto sea ningún desdoro para el equipo de arqueólogos, que bastante tuvieron con levantar lo que levantaron.  Al margen de estos accidentados prolegómenos desde su apertura al público la polémica ha rodeado al histórico edificio. La climatología de Madrid, el vandalismo, la contaminación y su uso indiscriminado como cine de verano, o lugar de anuncios publicitarios o musicales han dejado huellas profundas en el templo. La voz de alarma se viene dando desde hace unos años en los congresos de Egiptiología Ibérica. La UNESCO también ha alzado su voz en forma de quejas continuas. Sin embargo, el ayuntamiento de Madrid ha desoído de forma sistemática las llamadas de socorro y ha resuelto la polémica con someras labores de rehabilitación. El templo se halla hoy día restaurado y algunas partes desaparecidas han sido reconstruidas. Cuenta con una serie de estancias que se pueden visitar. Nada mejor que hacerlo a última hora de una tarde de primavera para después encaminarse a las barandillas del paseo que dan a la Casa de Campo y desde allí disfrutar del ocaso del astro rey en silencio.Un paseo posterior por el recinto del parque, con la noche sobre Madrid, no será nunca un mal colofón a un flaneo por uno de los enclaves históricos de verdad de la capital.

 
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Publicado por en marzo 6, PM en Entornos, Parques

 

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Parque del Gasómetro

Nuestro flaneo de hoy no tendrá el glamour de otros anteriores. Intentaremos indagar en un pasado en el que la historia, la literatura o la arquitectura entendidas como arte no estarán presentes. Nos vamos a referir a un lugar trascendente por lo que supuso para los avances tecnológicos del Madrid de mediados del siglo XIX. Ciertamente está presente la historia de la ciudad y también la arquitectura aunque no como arte en el sentido estético del término sino como insfraestructura que cambió sustancialmente la vida de la ciudadanía. Por otra parte, el lugar que encabeza el titular de nuestra actual entrada también tuvo su protagonismo como recinto deportivo hasta el último tercio del siglo XX y hoy en día acoge un parque para uso y disfrute de un barrio ciertamente no sobrado de zonas verdes. El español en general y el madrileño en particular es un ciudadano escasamente exigente con el tratamiento y uso de su entorno, sin embargo, cualquier vecino de esta zona agradece el contar con un área donde huir de los agobios de la gran ciudad y poder, sentado en un banco y a la sombra de un árbol, abrir las tapas de una novela o un poemario y disfrutar del placer de la lectura. O también es tranquilizador contar con un entorno donde dejar a los más pequeños desarrollar su personalidad en libertad y sin temor por los riesgos que para ellos supone el sempiterno y obsesivo tráfico rodado. Estamos en el sur de la capital, en un barrio tan castizo como la Arganzuela y obviamente nos encontramos en el entorno del Parque del Gasómetro, situado en el solar que acogiera en su día la antigua fábrica del gas de Madrid, terrenos después reconvertidos en recinto deportivo y de espectáculos y hoy en viviendas, varias calles y esta área pública de recreo a la que nos venimos refiriendo. Estamos ubicados en el trapecio formado por las calles Ronda de Toledo, Gasómetro, Paseo de las Acacias y Paseo de los Olmos.

Fábrica de gas

Gasómetro

Entrada al parque con la simbólica chimenea al fondo.es.wikipedia.org

Primero nos vamos a centrar en la fábrica del gas, de la que hoy en día solamente queda una entrada y una chimenea de ladrillo que sirve para que quienes por allí circulan sepan de la existencia antaño de la misma. Nada que ver con lo que significó desde 1848 hasta 1967 en que se produciría su derribo definitivo. Pero hay que remontarse aún a un par de años antes, al momento en que se crea la primera sociedad que se encargaría de obtener gas a través de un compuesto de hulla y resina. Estamos hablando de la Sociedad Madrileña para el Alumbrado de Gas, fundada el 20 de febrero de 1846. Dos años más tarde el consistorio madrileño cedería unos terrenos en las afueras de la Puerta de Toledo, en concreto en las cercanías de la Ronda de Toledo, para la construcción de la infraestructura gasística, la fábrica en definitiva, destinada a producir y gestionar el nuevo alumbrado de la capital, que iba a contar con esa fuente de enegía, entonces tan novedosa. Madrid estaba todavía en aquella época circundado por la cerca que unía la Puerta de Toledo con el portillo de Embajadores y la Ronda de Toledo era precismaente el tramo de camino que rodeaba dicha cerca entre los dos puntos citados. Anteriormente hubo intentos de crear un servicio de gas e incluso en el Campo del Moro se llevaron a cabo experimentos, con relativo éxito, para uso de la familia real, pero sería a partir de mediados del decimonoveno siglo cuando se tomaría en serio la explotación de este suministro enérgico con el fin de dotar a la ciudad de este avance energético y ponerla al nivel de otros países adelantados de Europa. En la proyección de la fábrica participó un ingeniero polaco de apellido Bartmanski que fue quien encaminó la recién creada industria para darle el carácter de servicio al ciudadano. Quienes primero recibieron el alumbrado de gas fueron obviamente los organismos oficiales, algunos palacios y lugares públicos, como es el caso de los teatros. Las primeras calles iluminadas fueron el paseo y la calle del Prado y la del Lobo -hoy día Echegaray-. El éxito de la industria gasística fue inmediato y el aumento de la demanda para el alumbrado, la calefacción y el uso industrial hizo que las instalaciones debieran ser ampliadas de forma inmediata. Sin embargo, y por razones que sólo pasan en este país, ocho años más tarde de ponerse en funcionamiento, en 1856, la Sociedad Madrileña para el Alumbrado de Gas se declaró en bancarrota y tuvo que ser adquirida por una compañía financiera. No hay explicaciones para esa quiebra y sólo podemos apelar a la memoria colectiva y a la historia de España y ver casos similares y recientes de industrias similiares, que de un día para otro desaparecen cuando se encuentran en la cresta de la ola económica y empresarial. Pero este país es como es. Pese a ese traspiés, el servicio, ya bajo el manto y la denominación de Compañía Madrileña del Alumbrado y Calefacción de Gas, suministraba en 1876 energía a 4250 faroles. Hay que añadir en este punto, como curiosidad y paradoja, que la calle del Gasómetro sería la última en recibir el suministro de gas y en sustituir los anteriores faroles de petróleo. Así lo consigna Pedro de Répide en sus Calles de Madrid calificando la situación de “curiosamente anómala”. El negocio siguió siendo floreciente durante algún tiempo. Sin embargo, entre 1917 y 1921 el Ayuntamiento de la Villa y Corte debió hacerse cargo de la fábrica como consecuencia de la escasez de carbón, consecuencia a su vez de los imponderables en cuanto a necesidad de materias primas energéticas de los países contendientes en la Primera Guerra Mundial. Por estas calendas es cuando se crea Gas Madrid, empresa en la que se integró la Madrileña, aportando además sus propias fábricas. Enn 1929 todavía 21.000 focos públicos dependían de esta fuente de energía, pese a la creciente y progresiva instalación de la industria de la electricidad en la capital. El declive definitivo de este tipo de suministro se produciría paulatinamente y el punto de no retorno llegaría a partir de los años 40 del siglo pasado cuando se procedió a sustituir el alumbrado del gas por el de la electricidad.

El campo del gas

Desde es momento y hasta 1967 que se produciría el cierre oficial de las instalaciones y su traslado al barrio de Manoteras, la zona se convertirá  en un recinto deportivo que acogerá espectáculos deportivos variopintos durante los duros años de la posguerra, el periodo de la autarquía franquista, los años del desarrollismo y la primera década de la democracia, hasta que a finales de 1987 se produce el cierre definitivo de las instalaciones como consecuencia de un conflicto de competencias sobre los terreros usados por la compañia del gas. Gas Madrid decide trasladar sus almacenes al área de instalaciones deportivas, abandonando aquellas donde estaba radicada anteriormente en el mismo entorno, al ser reclamadas por los que decían ser sus legítimos propietarios. Además, una parte de esos terreros hasta entonces de uso deportivo se deciden convertir en aparcamiento para los trabajadores de la empresa gasística. Así se desprende de la lectura de un artículo aparecido en ABC el 16 de octubre de 1987, coincidiendo con el anuncio del cierre definitivo de las instalaciones, donde el reportero Javier González hace la necrológica casi literaria de un recinto que fue santo y seña de la vida de la posguerra madrileña en cuanto a lugar donde evadirse de la cruda realidad de años díficiles en todos los sentidos. Por los terrenos de la empresa, convertidos en campo de fútbol de tierra habían pasado a los largo de esos más de cuarenta años, clubes del deporte del balompié madrileño tan señeros durante el periodo de la dictadura como la Ferroviaria, el Cuatro Caminos, el Unión Delicias o el Amparo, sin olvidarnos de los famosos combates de boxeo o de lucha libre que hasta poco antes de su cierre se celebraron regularmente. Púgiles como Pepe Legrá, Pedro Carrasco o Fred Galiana cruzaron sus guantes con rivales de primera fila del universo boxístico mundial, firmando actuaciones memorables en este Campo de Gas en un momento en que el noble deporte de las doce cuerdas era algo más que una válvula de escape para la ciudadanía, huérfana de ídolos a los que tomar como referentes y de alternativas de ocio asequibles a los bolsillos más humildes.

Noche del sábado

Hércules Cortés.

Hércules Cortés, luchador con historia. seputoacabo.blogspot.com

El ambiente que se vivía en el recinto lo reflejó paródicamente el periodista Alfredo Relaño en un reportaje aparecido en el diario El país en agosto de 1976, recién estrenada la democracia. Comienza el referido gacetillero describiendo cómo -a su juicio- es una noche de sábado en el Campo del Gas: “Como todas las de los meses de verano hay lucha en este recinto, un campo de fútbol sin césped sobre cuyo terreno de juego se coloca el ring en el centro de un círculo de sillas. Los viernes boxeo, los sábados lucha”. Más adelante, en ese reportaje, entonces considerado técnicamente de interés humano, Relaño intentaba echar agua en el vino de la lucha y el boxeo españoles -muy en consonancia con la línea editorial obsesiva de su periódico en contra de los deportes de combate- y hacía un esbozo cercano a la caricatura del continente y el contenido del evento, muy a tono con una mal entendida modernidad, que visto hoy con perspectiva histórica raya en un indiscutible paletismo cultural. Afirmaba el plumilla al respecto de la velada que no era cara y que valía la pena pagar la entrada, “a cambio usted puede disfrutar de un viaje al pasado. De un espectáculo entre ingenuo, bufo y cruel que tal vez ya no esperaba ver nunca, de un espectáculo que no solamente se ciñe a lo que ocurre entre las doce cuerdas sino que se extiende fuera de las sillas. El público de la lucha es heterogéneo, comprende desde el grupo de estudiantes, que acuden al reclamo de la guasa que aquello supone, hasta los matrimonios de mucha edad y poca cultura que ingenuamente creen que dos hombres se están matando sobre el ring”. No se merecía este trato un deporte tan noble como el boxeo ni un espectáculo tan respetable como la lucha. Tampoco un recinto que hizo de terapeuta de muchas de las involuntarias frustraciones y de la falta de alternativas de ocio de los madrileños de a pie durante la posguerra y los primeros años de democracia y al que el periodista se refería aludiendo a la incomodidad que suponía tener que aparcar los sábados cuando ya estaban instalados algunos tenderetes del Rastro para la mañana siguiente. Quizás la burguesía adinerada sí que podía disfrutar de mejores espectáculos y ese era el caso de quien parecía mirar por encima del hombro a los habituales del Campo del Gas, dando muestras de una soberbia intelectual que haría sonrojarse al mismo Einstein. Pero en fin, volviendo a la decisión de clausurar las instalaciones, hay que decir que cayó como un mazazo en los círculos deportivos de la capital, suponiendo una auténtica conmoción. Así lo relata Javier González en el artículo de ABC al que nos referíamos párrafos más arriba, cuando en tono elegíaco denuncia que “esta decisión ha causado un profundo malestar en los medios deportivos madrileños pues además de ser el Campo del Gas uno de los escenarios de más solera de la capital, la empresa ha comunicado la orden de cierre a los clubes perjudicados hace tan solo una semana. Esta actitud, cuando las competiciones futbolísticas no han hecho más que empezar, ha propiciado que numerosos equipos estén buscando a cualquier precio otras instalaciones donde poder seguir practicando su deporte favorito”. El problema tenía además un trasfondo social y laboral ya que los ingresos que se producían por el alquiler de las instalaciones iban destinados al club social de los trabajadores de Gas Madrid. González cifra en aproximadamente cuatro millones de pesetas la recaudación anual por taquillas, alquiler del campo y otras actividades que propiciaban que “los 1.124 socios del club social pudieran mantener diversas actividades culturales y sociales, como es el caso de la compra de regalos para el día de los Reyes Magos”. El Campo del Gas, así con merecidas mayúsculas, cerró pero nunca pasará al olvido de la generación que ahora peina indiscutibles canas. Es más, al subir por la calle del Gasómetro o por el paseo de los Olmos hacia la ronda nadie que haya conocido lo que aquello representó hace ya algunas década podrá evitar un subidón de adrenalina al recordar el sonido producido por el impacto seco de los guantes en el rostro de un boxeador, el rugido del público al ver impactar sobre la lona a uno de aquellos luchadores que tan honradamente se ganaban el jornal o el piano de Roger Hodgson, la noche en que Supertramp derramó sus esencias por el añorado recinto. Cada tiempo tiene sus grandezas y sus miserias y este al que nos hemos referido hasta aquí no es peor ni mejor en cuanto a ética del que nos ha tocado vivir en la actualidad, plagado de intereses bastardos en lo empresarial y en lo moral. Vaya nuestro homenaje hacia quienes posibilitaron que el entorno del Gasómetro nos haya permitido derramar estas palabras de nostalgia y agradecimiento por los buenos ratos pasados.

 
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Publicado por en febrero 11, PM en Obra civil, Parques