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Paseo del Pintor Rosales

Con el parque del Oeste como telón de fondo, el paseo del Pintor Rosales se extiende desde el templo de Debod hasta la calle Moret. El flaneante madrileño sabe que estamos escribiendo de un rincón tranquilo y agradable tanto para pasear como para tomar una copa en una de sus muchas terrazas. Su zona peatonal es adecuada también para hacer deporte o meditar sobre el devenir cotidiano en un banco, cualquier tarde de cualquier estación del año. Pedro de Répide escribió hace ahora aproximadamente un siglo que se trataba de una vía “dilatada y anchurosa que es el más bello mirador de Madrid, desde donde la vista se extiende y se recrea en la campiña carpetana hasta el lejano confín de la gallarda serranía, fondo sin par de las más fuertes pinturas velazqueñas”.

La chata en Rosales

Monumento a La Chata en Rosales

La Chata

A mitad de dicho paseo, sobre el número 30 y cerca del teleférico, el madrileño o visitante mínimamente atento se verá sorprendido por la presencia de un grupo escultórico que da la espalda al parque y cuyo motivo central es una figura de cuerpo entero de una auténtica matrona. Es La Chata, es decir la infanta Isabel de Borbón y Borbón (Madrid, 1851-París,1931), hija primogénita de Isabel II y de Francisco de Asís y persona de la realeza cuya biografía presenta algún que otro dato curioso y también su correspondiente claroscuro. Al margen del atentado fallido que sufrió su madre cuando iba a celebrar su nacimiento en la iglesia Virgen de Atocha, si por algo es recordada la hermana mayor de Alfonso XII es por el cariño que siempre recibió de Madrid. Tuvo que ver bastante en este afecto el ser aficionada a los toros y, cómo no, su campechanía borbónica, su trato cercano y afectuoso, al decir de las gentes de la época. Al margen de los toros, la caza y los caballos, también centraba su atención, algo novedoso en aquellos tiempos, como era su afición a los automóviles. El castizo apelativo de La Chata fue el sello que puso el pueblo llano madrileño a la infanta, obviamente por la fisonomía de su nariz. Desplazada de la sucesión al trono al nacer su hermano Alfonso, casó en 1868 con Cayetano de Borbón-Dos Sicilias. El matrimonio fue concertado y, mientras unos defienden que la relación entre los contrayentes fue escasa y fría, otros opinan que el cariño mutuo y el respeto no faltó en ningún momento. Cayetano se suicidaría tres años después del enlace en la localidad suiza de Lucerna disparándose un tiro. Tampoco hubo hijos de por medio aunque un embarazo fallido pudo ser el detonante del suicidio. Estuvo bastante vinculada a la localidad segoviana de La Granja de San Ildefonso en cuyo palacio real  solía pasar sus vacaciones y organizaba tertulias femeninas entre las damas de la alta nobleza. Parece lógico, por tanto, que sus restos reposen en la colegiata de dicho palacio a donde llegaron en 1991 procedentes de París, donde había muerto en abril de 1931, una semana después de  proclamarse la II República. Al hilo de esto último hay que decir que su popularidad fue tal que los republicanos al acceder al gobierno de la nación no la obligaron a abandonar el país como al resto de la familia real. Ella, sin embargo, prefirió acompañar a los suyos al exilio. En la calle de Quintana, cerca del monumento que nos ocupa, tuvo su residencia la infanta durante bastantes años de su vida.

Rosales

Rosales dándole empaque al paseo

Eduardo Rosales

Cerca, muy cerca del homenaje escultórico a La Chata, en el cruce de este paseo con la calle Marqués de Urquijo, se encuentra otra escultura sedente, erigida en memoria de quien da nombre al paseo. Eduardo Rosales Gallinas (1836-1873) fue un madrileño de nacimiento, hijo de un modesto funcionario. Alumno de Federico Madrazo, la falta de medios económicos para iniciar su carrera no fue obstáculo para que viajara a Roma en busca de mejorar su formación pictórica. Allí se unió al grupo de pintores españoles, entre los que estaba Mariano Fortuny, integrándose en la estética purista. Aunque en sus últimos años abrazaría según los críticos el impresionismo, encontró su propio camino en el realismo, en cuyo movimiento podemos inscribir uno de sus cuadros más conocidos y el que le dio el espaldarazo definitivo a su carrera. Se trata del lienzo titulado Isabel la Católica dictando testamento, que actualmente se encuentra expuesto en el Museo del Prado y por el que recibió la medalla de oro de la exposición universal de París en 1867. Un año más tarde se desposó con Maximina Martínez con quien tuvo dos hijas, una fallecida al poco de nacer. Aquejado del mal del siglo, la  tuberculosis, sus últimos años fueron un peregrinar buscando lugares aptos para intentar mejorar su salud, Panticosa y Murcia entre otros. En 1869 regresa definitivamente a Madrid donde fallecerá cuatro años más tarde. Al proclamarse la I República, en 1873, se le ofrecieron cargos de importancia como el de director del Museo del Prado o de la Academia de España en Roma. Su salud le impidió acceder a ellos así como dejarnos una obra más extensa. Lástima.

Miua

Portada de una edición de Miau

Miau

Muchas más curiosidades culturales encierra esta avenida situada en pleno barrio de Argüelles, entre otras la presencia al final de la misma, junto al paseo de Moret y dentro del parque del Oeste, de otra escultura, en esta ocasión levantada en honor a Concepción Arenal. O en su inicio, con el templo de Debod en el emplazamiento en que anteriormente estuviera el tristemente famoso Cuartel de la Montaña. O incluso un elemento urbano más moderno y prosaico como es el teleférico que une este barrio con la Casa de Campo. Tiempo habrá para dedicarles tiempo y espacio. Pero sin alejarnos mucho de donde estamos, en ese cruce entre Pintor Rosales y Marqués de Urquijo (antes Cuesta de los Areneros), es donde don Benito Pérez Galdós sitúa el final de su novela Miau. El protagonista de la misma, el probo funcionario don Ramón Villaamil, pone fin a sus días pistola en mano en las cercanías de donde hoy está el teleférico y que entonces era un barranco con caída hacia la zona de La Florida. Villaamil había sufrido su propio viacrucis tras salir de su casa en la calle Quiñones, en pleno barrio de San Bernardo, a media mañana. Había dejado a su nieto con unos tíos en la calle de Reyes, había transitado por la plaza de San Marcial (hoy plaza de España), había almorzado en una casa de comidas de la Cuesta de San Vicente, había dado la vuelta por los terraplenes de Príncipe Pío y por último, había enfilado lo que hoy es Pintor Rosales hasta el lugar elegido para suicidarse, como consecuencia de sus problemas económicos pero sobre todo por la incomprensión de una clase dirigente para la que -allá por 1890- el trabajo, el esfuerzo y la honradez no eran aval suficiente para plantar cara al afán de medraje, el nepotismo, el caciquismo y las influencias. ¿Les suena?

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Publicado por en enero 7, PM en Paseos