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Ángel Fernández de los Ríos

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Ángel Fernández de los Ríos en su madurez. Retrato Wikipedia

Ángel Fernández de los Ríos (Madrid, 1821- París, 1880) fue un político, periodista y escritor liberal madrileño y madrileñista cuyo espíritu dieciochesco le dio más disgustos que alegrías. Estamos ante un intelectual que a lo largo de su vida intentó superar, obviamente con escaso éxito, la dicotomía de las dos Españas a base de fomentar la democratización cultural y económica del pueblo llano y de intentar tender puentes entre las élites políticas e intelectuales de enfrentadas sensibilidades. Todo ello desde un posicionamiento ideológico propio firme, inamovible y poco dado a las concesiones. Sin embargo, a este foro lo traemos no por su hacer político a nivel nacional durante una parte significativa del siglo XIX, ni por su papel destacado como editor y periodista, sino por su relación con la Villa y Corte, a la que dedicó bastantes de sus desvelos, bien con la publicación de textos sobre la mejora del urbanismo o bien con su presencia en el Ayuntamiento como concejal de Obras durante el Sexenio Revolucionario. Utópico, masón, deísta, más tarde republicano, krausista, ateneísta o librepensador, son calificativos que le cuadran a la perfección a nuestro protagonista de hoy y que definen perfectamente su talante. Quienes le conocieron en su día y quienes de él han esbozado un perfil biográfico coinciden en señalar como principal virtud una intachable actitud ética que le llevó a no transigir jamás con componendas ni a doblegarse a chantajes prebendísticos. Pedro de Répide, otro escritor madrileño cuyo criterio ha sido habitualmente respetado, abundó en ello destacando “su entusiasmo y su buena voluntad, prevaleciendo su condición de gran periodista y de hombre de arraigadas convicciones, que no abandonó jamás, deslumbrado ante ninguna ambición o codicia”.  Fue, en definitiva, un ilustrado más a trasmano de la habitual deriva evolutiva de este país, un hombre que por encima de otras circunstancias intentó llevar adelante lo que Luis Moya González, uno de sus estudiosos, define como utopía urbana positiva y que se traduce en mejorar las condiciones de vida de las personas en el ámbito de la ciudad. “Es lo que produce el progreso -afirma Moya- y nuestro personaje, político y periodista, es una de las figuras más representativas del progresismo del siglo XIX, entendiendo éste como optimismo radical acerca de la racionalidad del hombre y como una confianza absoluta en los adelantos técnicos y sociales para mejorar la condición humana”. Esos intentos de mejora de lo que hoy llamaríamos calidad de vida de los vecinos de Madrid lo dejó plasmado en dos obras señeras, y referentes aun en la actualidad, como son El Futuro Madrid y Guía de Madrid, cuyas peculiaridades más adelante comentaremos pero que constituyen dos intentos de reflexionar sobre el concepto de capitalidad y sobre la necesidad acuciante de que la urbe del oso y el madroño se pusiera en la línea de otras grandes capitales europeas como París o Londres. Continúa por tanto, la deriva que anteriormente había marcado Mesonero Romanos a quien Fernández de los Ríos cita como referente propio al plantear cómo debe ser el Madrid del futuro, bien es verdad que marcando diferencias con El Curioso Parlante. No obstante, en el prólogo de El Futuro Madrid explica cuál es su posición al respecto, “no vamos nosotros a hablar del pasado, que tan buen retrato físico y moral debe al señor Mesonero ni nos proponemos seguir el discurso que con la candidez de su tiempo, esperaba de la creación de una autoridad la reforma de Madrid por obra y gracia de un reinado como el de Fernando VII…/…nos limitamos a proponer un plan de reformas basado en edificios y terrenos públicos, de que se ha de poder disponer libremente; nos concretamos a apuntar aquellas mejoras de necesidad tan imperiosa que han de hacerse antes o después…”. En esa introducción deja sentado a las claras que si Madrid quiere semejarse a otras grandes urbes europeas, o simplemente desea seguir siendo la capital de España, está obligado a remozarse a fondo en el capítulo urbanístico.

Vida revuelta en lo personal, político y periodístico

La Ilustración 1854

Ejemplar de La Ilustración de 1853. http://www.todocoleccion.net

Es complicado desgranar la biografía de Ángel Fernández de los Ríos desligando lo personal de lo político o lo periodístico. Si en cualquier vida los hechos personales influyen en los profesionales y viceversa, en el caso que nos ocupa la influencia es mayor si cabe. Vaya por delante que nace en Madrid en el seno de una familia librepensadora, liberal doceañista, vinculada a los órganos de decisión de la Villa y Corte y a la política nacional de su tiempo. Su padre es teniente corregidor del Consistorio y un tío suyo se codea con figuras de la talla de Mendizábal, Madoz y otros ilustres liberales. Siempre ha sido habitual en esta España de tantas contradicciones que padres librepensadores de clase media alta den a sus hijos una educación judeocristiana. En este caso el discente acude a la plaza de Santa Cruz para vérselas con los dominicos de Santo Tomás. Y como también suele suceder en estos casos no fue una excepción el joven Ángel al convertirse en ateo irredento o deísta, como se decía en aquel tiempo, lo que suponía una postura más cómoda ante la sociedad aunque ciertamente contradictoria con el sentido común. En todo caso, hay que dejar sentado en descargo suyo que su lucha contra los privilegios y prebendas de la iglesia católica será una constante a lo largo de su existencia. En 1845, con 24 años, se casa con María Teresa Rueda pero enviuda en 1856 poco después de perder a su única hija, Amalia. Dos mazazos consecutivos que lo llevan a retirarse de la vida pública durante un par de años y que sin duda modifican su perspectiva tanto vital como política o filosófica. Posteriormente, matrimonia en 1860 con su cuñada Guadalupe, a la que aventaja en 24 años pero con la que compartirá las alegrías y los sinsabores de sus empresas políticas y periodísticas hasta su muerte. De su hacer político lo más destacado es su presencia en cualquiera de las principales sublevaciones de carácter liberal que se produjeron durante el reinado de Isabel II, a saber,  Alzamiento de 1852, Revolución de 1854 o Sublevación de San Gil en 1866 por la que fue condenado a muerte y obligado a exiliarse. Con la Revolución del 68 vuelve a Madrid con importante protagonismo político tanto a nivel nacional como local. La llegada de la Restauración supone nuevamente su expulsión de España y, después de un periplo viajero por Portugal, Bayona y Burdeos, muere de tifus en París tras pasar sus últimos años dedicado la escritura. Eso sí, dando muestras hasta su último aliento de un carácter insobornable y de una integridad moral poco habitual entre la clase política española en cualquier periodo de su historia. Decir que murió olvidado sería mucho decir porque sus restos fueron repatriados pero es indiscutible que, mientras se mantuvo con vida, se le podría aplicar el comentario de que cuanto más lejos de las decisiones del poder estuviera más tranquilidad para quienes las tomaban. Su trayectoria periodística estuvo marcada por la defensa de la libertad y el progreso a través de una pluma que intentaba conjugar la reflexión con la acción. Periodista benemérito lo llama Répide quien completa su perfil afirmando que “a él debe la prensa ilustrada gran parte de su adelanto pues continuando la publicación del Semanario Pintoresco, fundó además Las Novedades y La Ilustración“. Sin duda, fueron muchos los periódicos y revistas en los que Fernández de los Ríos estampó su firma desde que comenzara como redactor con apenas 20 años en El espectador, pero son las nombradas La Ilustración y Las Novedades las que le situarán en un lugar preeminente en la prensa de opinión del siglo XIX pues en ambas publicaciones desarrollará un periodismo de combate comprometido con sus ideas progresistas y luchando activamente contra “los abstáculos tradicionales”, como él gustaba de calificar a las fuerzas políticas y sociales más reaccionarias. La Ilustración, fundado en 1849, está considerado el primer periódico español de actualidades, con el que se inicia un nuevo concepto de periodismo ilustrado al estilo francés, incorporando el dibujo de actualidad. Su estructuración en secciones incluía historia, panorama universal, caricaturas, crónica científica, amena literatura, modas o teatro, con textos que versaban sobre actualidad nacional y extranjera, bellas artes, agricultura, economía rural, industria o comercio, algo totamente impactante en su tiempo. Las Novedades vio la luz en 1850 y durante 18 años llegó a los rincones más lejanos de España, convirtiéndose en el líder de la prensa periódica nacional desde 1854 a 1860 y compartiendo después ese primer puesto con el conservador La Correspondencia. Al margen de ello, la producción literaria de Ángel Fernández de los Ríos discurrió paralela a la periodística en un ejercicio prolífico de creación digno de elogio. Numerosos son los títulos que publicó. Al margen de ello digamos que divulgó y adaptó obras de geografía e historia, editó un Quijote a un precio más que asequible y tradujo a escritores extranjeros de la talla de Sue, Lamartine o Karr. Leemos en Wikipedia que “en su actividad empresarial editora procuró crear colecciones de libros baratos para que las clases trabajadoras pudieran acceder a la instrucción y la cultura”. Es en ese contexto en el que debemos situar la edición de la obra de Cervantes, siempre en consonancia con el pensamiento krausista emergente en Europa y que a él le llega de la mano del mismísimo Julián Sanz del Rio.

El Futuro Madrid y Guía de Madrid

Guía de Madrid

Portada de una edición reciente de la Guía de Madrid. Wikipedia

Pero sus dos publicaciones más conocidas y las que aún actualmente son obras de referencia para lectores y estudiosos madrileñistas son las tituladas El Futuro Madrid y Guía de Madrid. En ellas queda reflejado su pensamiento en cuanto a urbanismo se refiere. No hay que olvidar que, durante el Sexenio Revolucionario, tras volver del exilio, ocupa durante un tiempo la Concejalía de Obras en el Consistorio capitalino. Sin embargo, quizás se le pudiera criticar el no haber aceptado cargos políticos de más fuste desde los que hubiera podido poner en práctica todas las ideas que sobre la modernización de la ciudad están reflejadas en aquellas dos obras. Sin ir más lejos, Emilio Castelar le ofreció el cargo de alcalde que Fernández de los Ríos rechazó, decisión que debieron lamentar los vecinos pero que resalta su escasa ambición para ocupar influyentes poltronas. El Futuro Madrid lo escribe para el Ayuntamiento a la vez que impulsaba en la práctica la transformación y ensanche de la ciudad, la elaboración de un plano topográfico y de cercanías, la apertura de nuevas vías a la circulación y la construcción de la plaza de la Independencia. Editó un boletín municipal y organizó el asilo de pobres de El Pardo. Quizás su logro más trascendente para la posteridad fuera la apertura al público del parque del Retiro que pasó entonces de manos de la Corona al Ayuntamiento madrileño. Pedro de Répide, a principios del siglo XX, valoró salomónicamente esta obra ensayístico-urbanista considerando que era “un libro sumamente curioso en el que (el autor) da algunas buenas ideas para la transformacion de la villa y otras verdaderamente inaceptables”. De la Guía de Madrid podemos decir que está fechada en 1876 en el exilio de Oporto y es considerada una de las más significativas de su género. Dado que la guía se escribe fuera de la Villa y Corte no es necesario subrayar que Fernández de los Ríos hace un esfuerzo memorístico nunca visto para reconstruir mentalmente la ciudad y ofrecer al lector una visión pormenorizada de las características geológicas, demográficas, climatológicas, artísticas, educativas y monumentales de Madrid, reflejando los rasgos tanto físicos como morales que caracterizaban entonces a la ciudad. Para muchos se trata de una obra no superada por su minuciosidad y detallismo. Guía propia de un hombre que si no llevó adelante más proyectos sobre su forma de entender el urbanismo madrileño fue por mor de un carácter polifacético que lo obligaba a atender frentes muy diversos. Pero vayamos echando el cierre y qué mejor forma de abrochar este esbozo de biografía de Ángel Fernández de los Ríos con la semblanza que, todavía con el cadáver caliente, le dedicara el 30 de junio de 1880 el escritor naturalista y europeísta Jacinto Octavio Picón. El texto elegíaco de Picón reflejaba con claridad y rotundidad que quien abandonaba el mundo terrenal era alguien valorado en vida, por más que estemos acostumbrados a que en este país solo se hable bien de los muertos. Merece la pena leer y reflexionar sobre este extenso texto donde Picón encomia a Fernández de los Ríos apelando a su condición de “varón de clara inteligencia y ánimo resuelto, de buen corazón y generosos sentimientos, de carácter enérgico y voluntad entera; tan inflexible en mantener la propia convicción como pronto a acceder a la razón ajena; severo sin ser inflexible, y compasivo sin ser blando; tenaz hasta la intransigencia en defender lo justo, y apasionado hasta la violencia en combatir lo que por perjudicial tenía; impresionable por temperamento, frugal en los hábitos, sencillo de costumbres, suspicaz hasta desconfiado, laborioso y activo hasta en el descanso, que ocioso nunca estuvo, inaccesible a la lisonja, difícil de atraer con el engaño, modesto por naturaleza, servicial por la satisfacción que el ajeno bien le producía; prudente en el consejo, decidido en la acción, firme en las resoluciones, intransigente en puntos de honra, violento cuando la razón chocaba con la obstinación ajena, reflexivo en el decidir, pronto al obrar, impaciente en la espera; tan dispuesto a perdonar el mal como incapaz de olvidarlo; tan duro al decir verdades como susceptible de escucharlas; llano hasta el desenfado, afable y cariñoso; hombre, en fin, de tales condiciones, que sin falsear su natural sabía ser a un tiempo mismo infantil con el niño, indulgente con el joven y sesudo con el viejo”. En definitiva y rebajando un par de grados lo hiperbólico del decir de Picón, un español más que tuvo que sufrir la idiosincrasia cainita de este país y un madrileño que por circunstancias de la vida y la historia no pudo llevar adelante unas ideas reformistas cuyo fin último no era otro que el de fusionar en uno solo los conceptos de urbanismo y calidad de vida.

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Publicado por en marzo 30, PM en Perfiles

 

Carlos III, el mejor alcalde

Carlos III Wikipedia

Carlos III de Borbón en su edad madura. Wikipedia

El viento gélido procedente de la Sierra del Guadarrama silbaba entrecortadamente en lo más profundo de la madrugada del 20 de enero de 1716, haciendo remolinos en los alféizares exteriores del viejo Alcázar. Las chimeneas de palacio estaban a todo meter y la servidumbre zapateaba de un salón a otro con los braseros atacados, tan pendientes del real momento que estaba a punto de vivirse como de no quemarse, protegiéndose las manos con viejos trapos para mitigar el calor de las ardientes asas. Con todo, tampoco era para tanto, al menos para el monarca Felipe V, primer borbón con corona en España, que descansaba tranquilo y calentito en sus aposentos, ajeno tanto a preocupaciones hereditarias como al previsible ir y venir de las parteras. Por otra parte, a medida que avanzaba el siglo veía que las aguas políticas se iban sosegando y, siguiendo con el símil acuático, comenzaba a llover menos en este ingobernable país. La Guerra de Sucesión ya era pasado y los objetivos del monarca a nivel internacional se centraban en intentar recuperar sin prisa aunque sin pausa el terreno perdido por la corona en un nefasto siglo XVII del que mejor no hablar. Tenía ya dos herederos masculinos de María Luisa de Saboya, Luis y Fernando, y esta noche de invierno cerrado en Madrid su segunda esposa, Isabel de Farnesio, estaba a punto de dar a luz quién sabe si un vástago o una hembra, que nunca fue lo mismo -y que nadie se nos engalle- en los entornos reales. Y no era para tanto porque ese primer hijo de la Farnesio y Felipe V debía en principio ocupar un puesto menor en la línea de sucesión y, por tanto, se le tenían reservados títulos también menores. Pero la diosa fortuna o a saber qué otros dioses siempre han sido caprichosos con el destino de los pueblos y de los hombres y tuvieron a bien que esa noche fuera de especial trascendencia en la historia de la capital de España pues Carlos III y Madrid o Madrid y Carlos III mantuvieran un idilio de madurez que duró hasta que el monarca rindiera cuentas al máximo hacedor el 14 de diciembre de 1788, poco fechas después de celebrar el sorteo de la lotería que él había instaurado en 1763, esto es, una especie de primitiva importada de Nápoles y que sería el antecedente del actual sorteo navideño. Dicha historia de amor entre Carlos y el pueblo de Madrid posibilitó que, lo que era un poblachón manchego donde ir por la calle sin taparse la nariz fuera considerado una heroicidad, se transformara en una ciudad más o menos europea, más o menos aseada y más o menos habitable por mucho que los vecinos de la Villa y Corte -y sobre todo, quienes manejaban y mangoneaban sus movibles voluntades y opiniones- manipularan regular y reiteradamente los hilos para frenar cualquier tipo de avance en la mejora de las infraestructuras urbanísticas sin otra justificación que la satisfacción de los egoísmos particulares de la clase tradicionalmente mandataria, tan habituales en este país.

Duque de Parma, rey de Nápoles y… de España

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Grabado del antiguo Alcázar donde nació Carlos III. Wikipedia

Carlos III fue designado con dos años gran duque de Parma, Piacenza y Toscana, marchando a visitar sus estados por vez primera durante su adolescencia, en 1731. Tres años más tarde engrosó su curriculum asumiendo la vara de mando en Nápoles y Sicilia. Allí casó en 1738, por intereses políticos, con la princesa polaca María Amalia de Sajonia, que contaba 14 tiernas primaveras cuando se produjo el desposorio. De la corte napolitana, donde dejó un gratísimo recuerdo, aún perceptible en la actualidad,  pasó a España al morir correlativamente y sin sucesión directa sus hermanastros y monarcas Luis I y Fernando VI. Fue proclamado rey de España el 11 de septiembre de 1759 y a partir de ahí comenzó un reinado que, si bien no destacó sobremanera en el plano internacional, sí lo hizo a nivel nacional y sobre todo en Madrid, donde ha pasado a la historia como El mejor alcalde de la Villa y Corte o sencillamente como El político. En materia internacional no consiguió reverdecer para España viejos laureles y sus pactos con otras potencias europeas se saldaron con más desengaños que logros reales. Ayudó a la independencia de Estados Unidos, más por oposición al Reino Unido que por ideología política y pasados los siglos podemos considerar dicho apoyo su mayor logro allende nuestras fronteras. En el interior de España promocionó la cultura, promovió obras públicas, colonizó Sierra Morena y expulsó a los jesuitas por meter las narices en negocios del Estado, como decisiones más señaladas. No fue un hombre que destacara por su capacidad intelectual ni por sus habilidades diplomáticas, según se desprende de lo escrito por uno de nuestros asesores de cabecera, Pedro de Répide, para quien la mayor virtud de Carlos III fue la de “saber rodearse de hombres de talento y no estorbarles sus intentos. Él personalmente no era un hombre de grandes luces y más bien pacato y timorato. El caballero Casanova, que le conoció y estudió su corte, da una idea menguada de aquel príncipe, a quien llamaban el rey carnero por la configuración verdaderamente ariética de su rostro. Pero no pueden escatimarse los elogios por lo que dejó hacer, que al fin y a la postre era como si lo hubiera hecho él”. Y en la capital del reino sí que lució su palmito a modo como en ningún otro lugar. Dice Mesonero que “hizo salir a Madrid, si no de sus ruinas, por lo menos de su letargo, le engrandeció con todos o casi todos los edificios públicos que hoy (1861) ostenta, tales como el Museo del Prado y las suntuosas fábricas de la Aduana, las puertas de Alcalá y San Vicente, la casa de Correos, la Imprenta Nacional, el Hospital General, el templo y convento de San Francisco el Grande, el Observatorio Astronómico, las Reales Caballerizas, la Fábrica platería de Martínez, la de Tapices, la de la China y otro ciento”. En cuanto a la transformación de la estética viaria, nos enumera Mesonero la remodelación del Prado de San Jerónimo, que con sus fuentes se convirtió en uno de los paseos más importantes de Europa. Abrió los de La Florida y Las Delicias, embelleció el sitio del Buen Retiro, abrió el canal del Manzanares y “casi todos los caminos que conducen a la capital”. Aquí discrepa Mesonero de Répide pues El Curioso Parlante califica los referidos logros de “altas concepciones de su inteligencia privilegiada y paternal”, aunque al momento dice que ese priviliegiado magín tuvo la suerte de encontrar “robusto apoyo e impulso en sus famosos ministros, los condes de Aranda y de Floridablanca, en la ciencia y buen gusto de los arquitectos Rodríguez, Villanueva y Sabatini, verdaderos restauradores del arte en nuestra moderna España”. De la época más fértil de reformas data el levantamiento del plano topográfico de Madrid de Antonio Espinosa. Es el año 1769, fecha en la que se concluye la visita y planimetría de las casas, emprendida en el reinado de su hermano Fernando.

Establecimientos culturales y mejoras urbanas

Motin de Esquilache. Puerta de Guadalajara

Los amotinados contra Esquilache en la puerta de Guadalajara. Wikipedia

Con lo prolíjamente enumerado anteriormente no queda reseñada más que una parte de lo aportado por el reinado de Carlos III a la puesta al día de la Villa y Corte. Promovió también establecimientos de instrucción y beneficencia, de industria y comercio, fundó academias, museos, colegios, cátedras públicas, construyó el Jardín Botánico, la Sociedad de Amigos del País, el Seminario de Nobles, las Escuelas Pías y las gratuitas de instrucción primaria. Sigue desgranándonos Mesonero los logros culturales de Carlos III y nos recuerda que “estableció las diputaciones de caridad, fundó el Banco Nacional de San Carlos y las opulentas compañías de los cinco gremios, Filipinas y otras. Mejoró considerablemente los Pósitos, los hospitales y los hospicios y protegió de todos modos las artes, las ciencias y la laboriosidad”. En definitiva, que modernizó la capital, dotándola de todas las instituciones propias de un país culto y avanzado, todo ello bajo la filosofía propia del Despotismo Ilustrado, es decir, todo para el pueblo pero sin el pueblo. Y mejor así porque ya se sabe cómo somos en este país y cómo reaccionamos ante la simple insinuación de implantar avances que vengan de fuera, sean culturales, políticos, infraestructurales o científicos. La prueba de esto que decimos la tuvo la sociedad española en los comienzos del siglo XIX cuando un adelantado y avezado José Bonaparte quiso implantar reformas como el expurgar de edificios religiosos el centro de la Villa y ganarlos para el común. Pero somos como somos. Volvamos, por tanto, al Madrid de Carlos III y centrémonos en una de sus grandes reformas, como fue la de las infraestructuras relacionadas con la limpieza viaria o como diría Mesonero “la comodidad de sus habitantes, su seguridad y su recreo”. En este apartado es necesario  recordar que aparecieron por vez primera los serenos o vigilantes nocturnos, se instauró también por primera vez un alumbrado en la capital, la limpieza y empedrado de la villa sufrió igualmente una profunda reforma “si no perfecta sí por lo menos muy adelantada sobre la que existió”, según el juicio de Ramón de Mesonero. Y es que cuando Carlos III llega a Madrid en 1759 se encuentra una ciudad que parece un villorrio, de aspecto miserable y, en palabras de la página virtual titulada Alma Mater, de la Universidad de Sevilla, “vergonzoso en lo tocante a limpieza pública. En 1760 contaba con algo menos de 150.000 habitantes para los que no contaba con agua suficiente y las calles no merecían el nombre de tales. El invierno era, en este sentido, particularmente dramático: el lodo confería a la ciudad un aspecto deprimente. Fernán Núñez, el biógrafo oficial del rey, no duda en calificar a la capital de auténtica pocilga: lodos, basuras y excrementos componían un cuadro indescriptible y maloliente”. Hablar aquí del insólito procedimiento de limpieza de las calles supondría revolver el estómago de los lectores. Por otra parte, los cerdos paseaban libremente por la ciudad y la falta de vigilancia e iluminación nocturna permitía que todo tipo de ladrones se apostasen en las esquinas y que quien tuviera la necesidad o el capricho de salir de casa una vez puesto el sol más allá de la Casa de Campo estuviera obligado a hacerlo rodeado de criados, antorchas y todo tipo de armas defensivas u ofensivas. Lo paradógico es que el pueblo de Madrid, azuzado por intereses espurios, se mostraba disconforme con estas y otras medidas de mejora de la calidad de vida, lo que le llevó a decir al biempensado de Carlos III aquello de “mis vasallos son como niños, lloran cuando les lavan”. En el fondo, la falta de madurez y de altura de miras de aquel populacho fácilmente manipulable justificaba indiscutiblemente el principio de todo para el pueblo pero sin el pueblo. Tendrían que ser una vez más las gentes venidas de fuera las que valoraran en su real valer el hacer del justamente llamado mejor alcalde de Madrid. El dramaturgo parisino Pierre Beaumarchais, durante el viaje emprendido a España para convencer a José de Clavijo de que debía casarse con su hermana Louise, pondera a modo lo hecho por el monarca borbón. Sus opiniones las recoge Hugh Thomas en su obra Antología de Madrid tal como sigue: “Desde que la obstinación del príncipe (el rey Carlos III) de limpiar la villa de Madrid venció la obstinación de los españoles de continuar entre las basuras, esta ciudad es una de las más limpias que jamás haya visto, con amplias avenidas, engalanada con numerosas plazas y fuentes públicas, aunque en verdad éstas sean más útiles al pueblo que agradables al hombre de buen gusto. Por todas partes circula con facilidad un aire fresco y apetecible, tan vivo que incluso puede marear a un hombre al atravesar una plazoleta, pero esto antes sólo les sucedía a algunos españoles agotados por sus desenfrenos y enardecidos por el alcohol”. No podemos cerrar el apartado de reformas sin hablar del motín de Esquilache, iniciado el Domingo de Ramos de 1766 en la plaza de Antón Martín para protestar contra otra de las nomas impuestas por Carlos III para modernizar la vida nacional, en este caso la vestimenta. Se ordenó reducir el largo de las capas para evitar, entre otros males, que bajo esta prenda se escondieran armas blancas o no tan blancas. Como quien firmaba las órdenes era el primer ministro, marqués de Esquilache, contra él fueron los dardos de la ciudadanía y a su residencia de las Siete Chimeneas se encaminó el siempre irredento pueblo de Madrid. Para montarla de gordo. Eso sí, lanzando pasquines donde se observaba un nivel de alfabetización paradógicamente impropio del analfabetismo de la población madrileña en aquellos tiempos. El ministro, de origen italiano, fue destituido pero el rey Carlos tomó nota de quiénes se encontraban tras el levantamiento. Largo y prolijo sería enumerar y analizar esas fuerzas contrarreformistas pero baste con dejar sentado que todos estos movimientos no arredraron al monarca quien siguió su camino en pos de lograr una modernización de Madrid de la que aún hoy no nos hemos mostrado suficientemente agradecidos.

 Estatua en Sol y calle en el barrio donde nació

Carlos_III en Sol

Detalle de la figura ecueste de Carlos III en la Puerta del Sol. Foto Wikipedia

Tuvo que pasar mucho tiempo para que las autoridades de la Villa y Corte colocaran la efigie de Carlos III en un lugar prominente. La figura ecuestre que hoy podemos admirar en Sol es una reproducción en bronce de Miguel Angel Rodríguez, Eduardo  Zancada y Tomás Bañuelos, de una obra de Juan Pascual de Mena conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Los trabajos para la instalación del monumento comenzaron en septiembre de 1994, colocándose el 14 de diciembre la estatua sobre el pedestal. El conjunto fue inaugurado dos días más tarde. Carlos III cuenta igualmente con una calle en su Madrid. La mayoría de los vecinos de la Villa y Corte sin embargo no la conocerán pues no se trata de una avenida lustrosa, extensa, ancha y con fuentes como las que adornan los mejores enclaves capitalinos que se diseñaron durante su reinado. No, hasta en eso han sido cicateros sus sucesores con quien modernizó la capital e hizo honor a esa condición. Pero en fin, la rúa dedicada al mejor borbón es la que une la plaza de Isabel II (Ópera) con la de Oriente. Data esta vía de la época de José Bonaparte, cuando el llamado rey Plazuelas mandó abrirla en parte del terreno que ocupaba la calle de Santa Catalina la Vieja, que fue derribada con el objeto de prepara dichos terrenos para conectar el Palacio Real con El Prado mediante una gran avenida que, partiendo de la plaza de Oriente, transitara por Arenal, Sol y Carrera de San Jerónimo. La vuelta del rey Felón malogró el proyecto. Hoy en día es una vía de paso hacia el ágora que acoge el palacio y discurre paralela al Teatro Real. Eso, a juicio de Répide, le daba un peculiar empaque, junto “a la permanencia de uno de los pocos cafés a la antigua usanza que van quedando en Madrid. El Español, con su decorado muy siglo XIX y su público de músicos y partes de la ópera y en cuyos billares, lo que es una nota curisa de la vida nocturna madrileña, se agolpa a la hora de la función en el vecino coliseo la muchedumbre de quienes desean entrar en él formando parte de la claque, que en este teatro, como en ningún otro, conserva la tradicional y trascendental importancia de la clase de alabarderos”. ¡Ah ladrón! ¡qué harás tú, Pedro de Répide, en los billares del Español, a altas horas de la noche junto a los de la claque! ¡Tira pa La Morería, anda! Que estábamos hablando de Carlos III y nos despistas con tus ocurrencias.

 

 
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Publicado por en febrero 28, PM en Perfiles

 

Ramón Gómez de la Serna

Ramón_Gómez_de_la_Serna_es.wikipedia.org

Foto de madurez de Ramón Gómez de la Serna. es.wikipedia.org

“Madrid es la ciudad de la luz sensible…/…las casas, las esquinas, los faroles tienen familiaridad campechana con las gentes. La argamasa de la ciudad es afable. Todo se fija, se conoce, tiene menos indiferencia esquinal que en las otras grandes ciudades”. Son palabras sobre Madrid de uno de sus más singulares hijos. Son algunas de las descripciones de Madrid que a caballo entre lo humorístico y lo imaginativo nos dejó para la posteridad el adalid de las vanguardias, Ramón Gómez de la Serna Puig. Ramón, uno de los cuatro ramones a los que la Villa y Corte ha conseguido enamorar a lo largo de los siglos hasta llegar al punto de tenerlos rendidos a sus pies y obligarles a dedicarle una parte importante de su gloria literaria. Quizás el que menos se dejara subyugar por la ciudad fuera Ramón María del Valle-Inclán -coetáneo de nuestro personaje odierno-, mago del drama, iconoclasta él más en apariencia que en la realidad, pero del que nos basta con degustar el viacrucis de Max Estrella por el Madrid de principios de siglo XX en Luces de Bohemia para considerarlo como uno de los nuestros, uno de los madrileños de rompe y rasga, con una peripecia vital que superaba a la literaria en su relación con la capital. De Don Ramón de la Cruz, qué vamos a decir sino que inventó una forma de ser y de estar en Madrid, buscando hasta encontrarla la esencia del madrileñismo en el tipismo de Lavapiés o del barrio del Barquillo para posteriormente plasmarla en sus inigualables sainetes. Otro Ramón ante el que hay que levantarse y quitarse el sombrero es don Ramón de Mesonero Romanos. En él se funden el madrileño y el escritor de forma indisoluble en una sola esencia pues nada es el primero sin el segundo. O viceversa. La historia de Madrid no sería ni mucho menos la misma sin la aportación de este Ramón decimonónico, concejal ocupado y preocupado por modernizar la ciudad, descriptor de costumbres e historiador. Más difícil de perfilar es el Ramón que hoy traemos a nuestra revista virtual. Porque Ramón Gómez de la Serna es en muchos aspectos inclasificable.  Si a Valle-Inclán le adjuntábamos el adjetivo de iconoclasta, qué podríamos decir del introductor del movimiento vanguardista en España, quien desde su más tierna infancia mostrara su rechazo hacia la sociedad burguesa anquilosada y humeante en la que le había tocado vivir. Quizás por ello su vida se convertiría en un continuo ir y venir a la busca y captura del momento fugaz de felicidad. París, varias veces, Nápoles, la Europa metalizada por el automóvil y las veloces locomotoras, Argentina, vuelta a Madrid. Otra vez Buenos Aires y otra vez de regreso a Madrid para despedirse amargamente de una ciudad por la que el tiempo no había pasado como Ramón hubiera deseado. Pero siempre Madrid. Madrid como ancla a la que hay que volver para tomar impulso, Madrid como refugio para ordenar ideas, Madrid como hogar acogedor donde exponer y desarrollar barrabasadas ideológicas como las de Marinetti o cualquier otro de los muchos iluminados que pululaban por la Europa optimista de la primera década del siglo XX. Y, sí, también Madrid como madrastra, que de eso nuestro personaje algo supo también. Y dentro de Madrid hay que ser culo de mal asiento para conocerlo. Porque conocerlo no es sólo pasearlo sino también vivirlo y hay que vivirlo en el barrio de Palacio. Y hay que vivirlo en la calle Puebla. Y hay que vivirlo en Corredera Baja de San Pablo. Y hay que vivirlo en la Cuesta de la Vega.Y hay que vivirlo en la calle Velázquez. Y hay que vivirlo, sin duda, desde el Pombo. O paseando circularmente por Sol acompañándose de otros calaveras que no tienen nada mejor que hacer en las frías madrugadas invernales. Traemos aquí a Ramón Gómez de la Serna  por ser un escritor que tuvo a Madrid continuamente en su particular punto de mira. Nunca fue el primero en ningún género literario pero los cultivó todos con mayor o menor fortuna. Inventó eso que se llamó greguería, que no deja de ser una variante vanguardista de la metáfora. Fue fecundo y prolífico en darle vida a la pluma al extremo que Ortega y Gasset le aconsejó que moderara el ritmo de su creación para ganar en calidad. Pero cada cual es como es y Ramón Gómez de la Serna fue un escritor fecundo, creador de un estilo literario muy particular y original, independiente hasta la hipérbole, provocador, de gran ingenio y brillantez, que nos legó una obra extensísima que incluye ensayo, novela, teatro y periodismo, conferencias hilarantes y un sin fin de calaveradas literarias orales y escritas que marcan una personalidad donde si algo faltaba era únicamente sentido del ridículo, carencia siempre necesaria e imprescindible para que el genio creador salga a la palestra en todo su esplendor.

Nacido en la calle de las Rejas

“Nací o me nacieron el día 3 de julio de 1888, a las siete y veinte minutos de la tarde, en Madrid, en la calle de las Rejas, número cinco, piso segundo”. De esta forma se refiere Ramón Gómez de la Serna a su venida al mundo en su autobiografía Automoribundia. Es decir, nació en el entorno del Palacio Real, pues por ahí se encuentra situada la calle de las Rejas, hoy Guillermo Rolland, en cuya fachada descubrió una placa acreditativa del natalicio el propio Ramón durante su última visita a la ciudad. Sus padres fueron un abogado con claras vocación y vinculación políticas con el partido Liberal, de nombre Javier Gómez de la Serna, y de su madre, Josefa Puig Coronado, podemos decir que era sobrina directa de la escritora Carolina Coronado. Fue bautizado en la iglesia de San Martín y pasó sus años infantiles en inocentes juegos por los alrededores de la plaza de Oriente, siempre de la mano de criadas prestas a hacer el quite salvador ante el golfillo de mas allá del viaducto que quisiera quitarle el aro a un Ramón al que hay que imaginar vestido de marinerito los más de los días, con gorrito con ribetes azulados y lazo en la camisa. El instinto viajero se le debió desarrollar en esta época infantil pues en pocos años se traslada a vivir, primero a la Cuesta de la Vega y posteriormente a la Corredera Baja de San Pablo. Asiste al colegio del Niño Jesús y cuando se consuma el desastre del 98, su padre, funcionario del Ministerio de Ultramar se queda con lo puesto y debe opositar a registrador de la propiedad, con resultados positivos pero que obligan a la familia a salir de Madrid en dirección a un pueblo de Palencia. Pasa tres años en un internado hasta que su padre consigue medrar en la política haciéndose con un acta de diputado. Esto permite a la familia volver a Madrid e instalarse en la calle Fuencarral. En 1903 Ramón acaba el Bachillerato en el instituto Cardenal Cisneros y su padre le regala un viaje a París. Es su primera salida de España. Como dijeran los modernistas París no sólo era otra ciudad y otro país sino otro mundo, otra mentalidad y otra dimensión. El viaje a la ciudad de la luz debió abrirle al jovenzuelo los poros del entendimiento y allí comenzará a empaparse de un movimiento vanguardista que si bien oficialmente todavía no ha dado señales de vida, a buen seguro que en sus calles, en sus cafés o en sus paseos, se podrá percibir y lo podrá percibir un adolescente de poco más de 15 años -aunque 15 años de los de entonces- pero al que viajar desde Madrid a París le supone un esfuerzo suplementario a la hora de descifrar la cultura y la idiosincrasia de la capital de la modernidad. De vuelta a la Villa y Corte lo vemos ya haciendo sus primeros pinitos apoyado por su padre, que le financiará en 1905 su primera novela titualada Entrando en fuego. Son momentos donde la vida empieza a exigir decisiones ante sus disyuntivas y, pese a que empieza la carrera de Derecho aconsejado por la familia, en su fuero interno y en su comportamiento externo Ramón tiene claro que quiere dedicarse al periodismo y la literatura. Comienza a escribir en los periódicos hacia 1908, sometiéndose a los principios que dejó escritos en Morbideces, obra publicada unos meses atrás, en lo referido a originalidad, rebelión imaginativa y nihilista y rechazo de la sociedad anquilosada, burguesa y sin expectativas.

Prometeo y la proclama futurista. Greguerías

Carmen_de_Burgos. es.wikipedia.org

Carmen de Burgos, Colombine. es.wikipedia.org

Es hacia finales de la primera década del siglo XX cuando Ramón se independiza de la casa familiar y se marcha a vivir a la calle de la Puebla. Allí se dedica a perpetrar sus artículos periodísticos en contra de esa sociedad putrefacta que rechaza. Aparecerán en la revista Prometeo. Se trataba de una publicación que estaba destinada a ser correa de transmisión de los intereses políticos del padre del escritor pero que, paradógicamente y merced al hacer de Ramón, pasaría a la historia del periodismo y la literatura española por ser el trampolín desde el que se lanzaron las primera proclamas vanguardistas en nuestro país. Cuatro años y 38 números aguantó esta publicación y en el primero de ellos ya Ramón Gómez de la Serna, bajo el pseudónimo de Tristán escribe un artículo titulado La nueva literatura donde expresa sus ideas vanguardistas y por el que es tildado de iconoclasta, anarquista de las letras y blasfemo, entre otras lindezas. En 1910  la revista publica una proclama futurista a los españoles firmada por Tristán y, con seguridad, avalada por el sumo sacerdote del movimiento, Filippo Tommaso Marinetti, de donde seleccionamos algunos pasajes que creemos ilustrativos de estos periodos literarios que dejaron poco más que intenciones, al menos en la literatura inmediata: “¡Futurismo! ¡Insurrección! ¡Algarada! ¡Festejo con música wagneriana! ¡Modernismo! ¡Violencia sideral! ¡Circulación en el aparato venoso de la vida! ¡Antiuniversitarismo! ¡Tala de cipreses! ¡Iconoclastia! ¡Pedrada en el ojo de la luna!…/…¡Placer de agredir, de deplorar escéptica y sarcásticamente para verse al fin con rostros, sin lascivia, sin envidia y sin avarientos deseos de bienaventuranzas: deseos de ambigú y de repostería…”. Por esta época aparece en su vida una mujer madura, periodista y feminista guerrera, de nombre Carmen de Burgos y de apodo Colombine que le va a sorber el seso durante un tiempo, tanto que su padre moverá los hilos de sus influencias para que le ofrezcan a Ramón un irrechazable puesto de trabajo en París. Colombine, maestra con plaza e hija de un vicecónsul portugués en Almería, le saca veinte años, tiene una hija de edad cercana a la de Ramón y… mucho mundo corrido. Pero tiran más dos… ¡ya saben! Se reúnen en París donde continuarán con su afición a escribir juntos, a pasear, en este caso a orillas del Sena, y a viajar por el resto de Europa. Inglaterra, Suiza, Italia serán los destinos finales de esas escapadas y mientras tanto va madurando en su magín, con el apoyo y la ayuda de Colombine la creación singular y personal suya de las greguerías, esa mezcla de metáfora y humor con final inesperado y sorprendente. Contaba el propio Ramón Gómez de la Serna en su autobiografía que la creación de las greguerías acaeció a la vuelta de París “en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla en la villa y corte de Madrid. Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme. Sobre mi mesa las tijeras, abiertas como cuando los pelícanos abren su pico los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré. Por fin, en una última llamada al balcón, dándome un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre el cielo y la tierra, encontré la invención de la greguería”. En fin, una explicación muy ramoniana, para el momento de creación de un planta literaria que daría frutos como “Roncar es tomar ruidosamente sopa de sueño”, “Ver pasar el tiempo en un reloj de arena es como beber una copa de desierto”, “Un tumulto es un bulto que le sale a las multitudes”, “si te conoces demasiado a ti mismo dejarás de saludarte” o “De la nieve caída en el lago nacen los cisnes”.

Éxito literario, Pombo, exilio voluntario y… forzoso

Ramón. cvc,cervantes.es

Ramón en su etapa de exilio argentino. cvc.cervantes.es

La literatura y el periodismo sonríen a Ramón. El amor también. Mientras medio mundo está en guerra, España es una isla donde la sangre nunca llega al río entre aliadófilos y germanófilos pero donde se está incubando la parte proporcional de totalitarismos que nos debió corresponder en suerte. Algo o mucho de esto se debió comentar más de un día en la tertulia de Pombo, en la Sagrada Cripta, abierta entre 1914 y 1936 en la calle Carretas y a cuya entrada de este blog Café y botillería de Pombo remitimos a nuestros lectores. Los felices 20 van a ver a un Ramón Gómez de la Serna consolidado como periodista y escritor, haciendo incursiones en todos los géneros literarios, colaborando en la Revista de Occidente, elaborando biografías. La dictadura de Primo de Rivera es el único nubarrón que se cierne sobre el horizonte de este Madrid de aires azules que tanto gustaba a nuestro personaje. Se marcha una temporada a Nápoles para coger aire. Dos años y vuelta a casa. La radio y el cine son dos nuevos medios de comunicación a los que Ramón no hará ascos y desde su  torreón de la calle Velázquez seguirá mandando sus proclamas a una sociedad que todavía acepta lo del rechazo de la anécdota y el sentimiento. Pero por poco tiempo. El neorrománticismo literario está cerca y también cada vez lo están más los movimientos totalitarios, leninismo en Rusia, fascismo en Italia, nazismo en Alemania. La relación con Colombine se ha enfriado en lo amoroso aunque no deja de ser cordial y amistosa. Hay por ahí un oscuro y poco explicado escarceo con la hija de su examante. Pero bueno, qué más da. Ramón está interesado en visitar América y lo invitan a Buenos Aires para que ofrezca sus singularísimas conferencias. Allí lo conocen de sus colaboraciones en el periódico La Nación y allí, durante este viaje, conocerá a la mujer que le acompañará el resto de sus días, Luisa Sofovich, escritora argentina de padres rusos, también madre de un hijo de un matrimonio anterior. Con ella volverá a España poco antes de que muera Carmen de Burgos de una angina de pecho. Estamos ya en los albores de la desastrosa década de los años 30. El ambiente poco a poco se va caldeando. Los escritores se posicionan políticamente en bandos cada vez más intransigentes. Decide cerrar la tertulia de Pombo en 1936, el 10 de julio, atemorizado y asqueado por los asesinatos previos al estallido del conflicto. Ya saben, el teniente Castillo, Calvo Sotelo… En principio, Ramón es considerado un intelectual antifascista aunque tampoco lo tiene tan claro y progresivamente va indentificándose con los fascistas, de los que tácitamente y más por omisión que por acción renegaría al final de su vida. En los primeros días de la guerra Gómez de la Serna consigue salir de España rumbo a Argentina donde lo espera Luisita Sofovich que ha hecho lo posible y lo imposible para facilitarle el pasaje. Pero no son cómodos los primeros momentos en ese exilio semiforzado. Desde España su contertulio de Pombo, Tomás Borrás, intenta atraerlo a la causa franquista. Él ni afirma ni desmiente. En Argentina, en entrevistas periodísticas o en charlas de café le piden que se posicione políticamente mientras él se mantiene lo más imparcial posible navegando significativamente siempre entre dos aguas. Acaba la guerra y mientras unos lo reclaman para que vuelva a España, en Buenos Aires se encuentra con otros que escapan de Franco. Pura paranoia. Se queda en Argentina, se dedica con furor a la greguería y al periodismo. Se identifica con lo porteño, participa en la vida intelectual de la ciudad y consolida su prestigio. A finales de los años cuarenta escribe su autobiografía, que publica en 1948. En España es un éxito inmediato. La tentación de volver a Madrid está ahí. Tiene ya 60 años. Un día lee que la tertulia de Pombo ha sido reabierta y está siendo utilizada políticamente, algo que le enerva. Lo invitan a venir. Duda, pero tras consultar con gente de confianza decide volver tras trece años sin ver la Puerta del Sol. Llega a Bilbao el 22 de abril del 49. Reconocimientos oficiales, actos protocolarios, chocolatadas, verbenas populares, presentaciones de libros, tres sesiones en la cripta del Pombo, placa conmemorativa en la fachada de la casa donde nació. Pero algo no le cuadró. Volverá a Buenos Aires para no regresar a principios de junio de ese año. Su estancia en Madrid no alcanza los dos meses. Tomará el barco en Bilbao, dejando conferencias por pronunciar. Durante la travesía de regreso a Argentina se muestra huraño, ensimismado y esquivo y apenas si sale del camarote en esporádicas ocasiones. La década de los 50 lo va a ver dedicado con furor a la creación literaria y periodística. Pero los vínculos con Madrid son cada vez menos fuertes por más que siga enviando sus greguerías al diario ABC tras ser rechazadas por Arrriba. En 1960 su salud se resiente y se le detecta una flebitis que no augura nada bueno. Argentina le ofrece una pensión vitalicia mientras que en Madrid, el entonces alcalde, Conde de Mayalde, le invita a regresar. La salud le va fallando hasta el extremo de detectársele un cáncer de duodeno en 1962. Le otorgan en España un secundario premio Juan March tras negarle el Nacional de Literatura. Burro muerto, cebada al rabo o A buenas horas mangas verdes. El 12 de enero de 1963 fallece Ramón en Buenos Aires. El 23 de ese mismo mes sus restos llegan a un Madrid, “capital blanquita, blanquinosa, sobre todo, cuando se da polvos de invierno”. Tras los funerales protocolarios su cadáver es inhumado en el Panteón de Hombres Ilustres de la Sacramental de San Justo junto a su venerado Larra, Espronceda, Núñez de Arce, Bretón o Hartzenbusch. Triste final para un madrileño de ley, un poco señorito, intrascendente si se quiere -claro, el arte por el arte-, que utilizó su pluma para ensalzar a la Villa y Corte y que vio cómo no se le correspondió en igual proporción. Al menos sus restos los tenemos entre nosotros. Pero ya lo dejó escrito el propio Ramón Gómez de la Serna, Ramón, como gustaba de ser nombrado: “Madrid es pueblo de dejar solos a sus propios hijos, a sus propios grandes hombres. No se ocupa nadie de ellos. Viven perdidos”. ¡Eso es, sin sentimentalismos, coño!

 

 

 
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Publicado por en enero 18, PM en Perfiles

 

Pedro de Ribera

South-east facade of Cuartel del Conde-Duque (1736) in Madrid (Spain).

Cuartel del Conde-Duque. Wikipedia.org

Nuestro peregrinaje por las calles de Madrid nos lleva en esta ocasión a fijarnos en la obra de uno de los arquitectos más brillantes, imaginativos y, sobre todo, más trascendentes para la estética moderna de la Villa y Corte y que, sin embargo, pasa por ser uno de los grandes desconocidos para el común de los madrileños. Incluso a flaneantes habituales de la topografía matritense su nombre no les trae a la memora más que algún remoto recuerdo. Eso sí, resultan familiares las fachadas del Cuartel del Conde-Duque, del palacio del marqués de Perales, del palacio del marqués de Miraflores o del Hospicio. Todas son obras suyas. Sorprende y admira la estética del puente de Toledo y también salió del magín de este profesional de la arquitectura. Se conoce la portada de la capilla del antiguo Monte de Piedad y no quién fue su autor. Obviamente, para los expertos en arte Pedro de Ribera no es uno más de los múltiples arquitectos cuyas obras se encuentran diseminadas por las calles de Madrid sino uno de los más significados profesionales del diseño y desarrollo de edficios públicos que dio el Barroco español. El Barroco castizo, entendiendo por castizo lo propio, lo autóctono, lo singular y lo personal de alguien nacido en Madrid y que en su propia ciudad desarrolló la práctica totalidad de su carrera profesional. Su extracción social humilde contibuye a ensalzarlo en mayor medida pues si siempre ha sido tarea de titanes el medrar socialmente a base del propio esfuerzo, más lo debió ser para este discípulo de Churriguera, que tuvo en su contra el proceder de una humilde cuna, además de no contar con el beneplácito del monarca de turno, que no fue otro que el primer Borbón, Felipe V. Por otra parte, y si nos hacemos caso del tópico que dice que una mancha con otra se quita, hay que ser justos y dejar constancia de que contó con la protección y el apoyo del corregidor de Madrid, Francisco de Salcedo y Aguirre, marqués de Vadillo. Tampoco podemos dejar de hacernos eco de las duras críticas que sufriría su forma de hacer, fundamentalmente durante el periodo neoclásico aunque también durante la época romántica, cuando se le llegó a denominar corruptor del buen gusto. Y cosas similares o peores. Antonio Ponz, Fernandéz de los Ríos o el propio Mesonero Romanos no perdían ocasión de zaherir la arquitectura y la fama de Ribera, lo que no dejaba de ser una muestra significativa del sentir artístico de la opinión pública del Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX.

Nacido en la calle del Oso

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Casa de Pedro de Ribera en la calle Embajadores, nº 26. Foto Arte en Madrid

Pedro de Ribera nació el 4 de agosto de 1681 en la casticísima calle del Oso, en el barrio de Embajadores, en pleno ocaso del imperio español, y fue el encargado de desarrollar de forma plena, durante el primer tercio del siglo XVIII, los principios de lo que se denominó como Barroco exaltado, iniciado por José de Churriguera. Ofreció a la ciudad puentes, palacios, fuentes monumentales, iglesias y diversos edificios públicos, algunos de los cuales ya se han perdido mientras que otros muchos todavía están en pie y son una magnífica muestra de lo que dio de sí la obra de este genio. Seguimos en esta ocasión a la experta Mercedes Gómez, quien en el blog Arte en Madrid, nos dice que los progenitores de Ribera fueron “Juan de Ribera y Josefa Pérez. Su padre era aragonés y se había trasladado a la capital con la intención de desempleñar su profesión de carpintero ensamblador. Así, el niño Pedro creció en un ambiente humilde pero relacionado con el mundo de la arquitectura por lo que aprendió pronto el oficio y estuvo en contacto desde pequeño con maestros de obras y arquitectos, gracias a lo cual empezó a formarse en esta disciplina de forma natural”. Se casó tres veces, la primera en 1702, y este hecho coincide en el tiempo con su enrolamiento en el ejército de Felipe V como jornalero de las obras reales. Su trabajo durante la contienda -nos dice Gómez- consistía en levantar las tiendas reales, lo que lo convertirá a continuación en Maestro de Tiendas de Madera de la Campaña de la Real Caballeriza. Los Borbones han llegado a España y sus gustos arquitectónicos coinciden poco o nada con las modas de los naturales de aquí por lo que los artistas españoles quedarán relegados a un segundo plano en un momento en que la arquitectura pasará a tener un protagonismo notorio en la modernización de la capital del reino. Su segundo matrimonio se celebrará en 1711 y, al igual que el primero, con otra mujer de sobrada capacidad económica, lo que le permite vivir con deshagogo mientras comienza a sentar las bases de su trayectoria profesional. En 1715 es nombrado Alarife de la Villa, y ello le permite según Mercedes Gómez “además de tener un sueldo fijo, desarrollar la profesión de arquitecto. Así que a partir de ahí creó sus obras más importantes y su prestigio fue creciendo gracias sobre todo al apoyo del alcalde”. Como decíamos líneas atrás, el marqués de Vadillo fue sensible desde el principio a la forma de hacer de Ribera “con quien además parece ser entabló una relación amistosa y le encargó obras urbanísticas y arquitectónicas que resultarían fundamentales para la ciudad”.  Muere el marqués de Vadillo en 1729 pero ya por entonces Pedro de Ribera se ha consolidado como uno de los arquitectos más importantes de la Villa y Corte y su saber no se pone en cuestión. Diseña el sepulcro de su amigo y corregidor en la ermita de la Virgen del Puerto y por estas fechas participa en obras tan importantes como el puente de Toledo o el cuartel del Conde-Duque. Es nombrado Teniente del Maestro Mayor, lo que supone un aldabonazo en su carrera profesional, y el maestro Churriguera le encarga la continuación de las obras de la iglesia de San Cayetano, en la calle de Embajadores, uno de los edificios barrocos más significativos de Madrid, situado muy cerca de su lugar de nacimiento y de la vivienda donde moraría la mayor parte de su vida. En 1726 alcanza el grado máximo municipal para un arquitecto, el de Maestro Mayor de Obras y Fuentes de la Villa y sus Viajes de Agua. Cuenta ya 45 años y ha vuelto a enviudar. Todavía volverá a reincidir en el matrimonio aunque en esta ocasión ya cuenta con una holgada posición social y económica. Por tanto, ahora lo más importante para él es desarrollar toda su capacidad profesional. Su madurez se plasma en el Anitugo Hospicio de San Fernando, sito en la calle Fuencarral, y que pasa por ser uno de los edificios más emblemáticos y respresentativos de su estilo. Otros trabajos de esta época son la iglesia de San José y los palacios de los duques de Santoña y de los marqueses de Perales y Miraflores. Murió en su casa de la calle Embajadores 26, frente al templo que él terminó de construir, el 19 de octubre de 1742 y allí mismo en San Cayetano reposan sus restos.

Baquetones, estípites, formas bulbosas…

Hospicio de Sao. Foto agrega.educación.es

Fachada del Hospicio. Foto agrega.educacion.es

Tomamos de la enciclopedia virtual Wikipedia la definición del estilo y los elementos característicos de la obra de Pedro de Ribera, destacando en primer lugar los novedosos elementos que singularizan su lenguaje arquitectónico, “entre los que se puede citar los baquetones en sección asimétrica y más salientes que los utilizados hasta su época, que enmarcan frecuentemente la puerta del edificio. Una constante en su obra es la presencia de un módulo de fachada que repite sin variaciones, formado por la fusión de la puerta y la balconada superior, habitualmente muy decorado todo ello. Utiliza también imitaciones en piedra de cortinajes plegados, telas, borlas y elementos similares, tomados quizá de las arquitecturas efímeras tan frecuentes en la vida cortesana”.  Pero uno de los elementos más personales de la obra ribereña es el estípite “que utiliza en sustitución de la columna o añadido a ésta. La parte central del estípite suele estar formada por un cubo que se prolonga en dos pirámides truncadas, la inferior más alta que la superior. Todo el conjunto suele estar recubierto con abundante ornamentación. Asimismo, es importante el partido que supo sacar Pedro de Ribera de la cúpula y las posibilidades decorativas. Muchas de ellas adquieren formas bulbosas, extrañas a la arquitectura tradicional castellana. Sin embargo, utilizó también el chapitel característico de la arquitectura herreriana”. Queda clara la capacidad de introducir elementos novedosos en un estilo barroco que parte de las bases que dejó sentadas José de Churriguera pero que persigue trascender al maestro consiguiéndolo con innovaciones que permitan manifestar una personalidad propia. Sería excesivo y cargante enumerar todas las obras de Pedro de Ribera, que se conocen bien por los archivos arquitectónicos o bien porque aún se encuentran en pie en nuestra ciudad. Una pequeña reseña y explicación de las más significativas contribuirá a completar este perfil biográfico y profesional de este madrileño que supo dejar su impronta en significativos monumentos o edificos. J.L Gamallo en el blog El Madrid barroco de Pedro de Ribera nos describe al pormenor las características de sus obras más significativas y a él vamos a recurrir para verterlas en esta entrada. Comenzando por el palacio del marqués de Perales, ubicado en la calle de la Magdalena, Gamallo destaca su majestuosa portada en cuya parte inferior “se abre la puerta bordeada por una gruesa moldura curvilínea flanqueada por estípites. Encima, el gran balcón con el escudo de los marqueses. Se remata el conjunto con otra de las constantes de Ribera: un óculo ovalado”. Dejamos atrás la actual Hemeroteca Nacional y cruzando Atocha llegamos a la esquina de las calles Huertas y Príncipe donde se erige el palacio de Santoña. Dice Gamallo que “Ribera levantó la fachada de Huertas, que posteriormente fue iterada en la fachada del Príncipe. Nuevamente hizo gala de su inventiva con otra fachada retablo, ahíta de elementos ornamentales”. En la Carrera de San Jerónimo se encuentra el palacio del marqués de Miraflores. En este edificio “del maestro sólo se conserva la regia fachada, una de las más majestuosas y solemnes, de cinco plantas, donde de nuevo nos sorprende Ribera con su imaginación portentosa”. En la calle de Alcalá se puede admirar el palacio del marqués de Torrecilla, “el edificio actual se construyó después de la Guerra Civil aunque se conserva la bella fachada ribereña, que rompe el habitual esquema añadiendo justo encima de la puerta un pequeño balcón, lo que permite dar al balcón principal una mayor prestancia por medio de un saliente, bellamente decorado en la parte inferior”. Si hay un par de obras de Pedro de Ribera que sobresalen de entre toda su producción esas son el cuartel del Conde-Duque y el Real Hospicio del Ave María y San Fernando. Del cuartel hay que destacar “la fachada, que se ha conservado casi intacta. Al ser la entrada de un acuartelamiento y no de un palacio carece del necesario balcón al que se abre el salón principal. Forma un todo, acumulándose la decoración en la parte superior, dividida por una cornisa en forma de frontón triangular. Abajo, sobre un tondo, se despliega el vellocino de oro, con el nombre del monarca -Felipe V- rodeado de guirnaldas y flores, situándose en la clave la efigie de un gigante. Sobre el frontón las armas de Felipe V, con la corona real, bordeadas por los eslabones de la Insigne Orden del Toisón de Oro”. En cuanto al Real Hospicio, la fachada es nuevamente lo que en primer lugar nos llama la atención. Y es que en ella Ribera dio rienda suelta a toda su capacidad de creación “diseñando una fantástica obra que parece tomar vida, que se retablo pétreo, superba escenografía lapídea, es producto de un sueño. En una especie de desafío al horror vacui, todo se ocupa con flores, rocallas, estípites, óculos ovalados y trilobulados, veneras, etc. Como es habitual la portada se divide en dos niveles: el inferior, la puerta en sí, con óculos trilobulados en las esquinas, y sobre la clave el escudo real entre dos óculos”. No podemos concluir esta panorámica general de la obra de Pedro de Ribera sin citar la fuente de la Fama, situada en uno de los costados del Hospicio, en los jardines dedicados al arquitecto y dicho sea de paso, claramente abandonados a su suerte y a merced de la inmundicia habitual presente en muchas zonas de la urbe. De él dice Gamallo que “junto a los elementos habituales de su repertorio se añaden tritones y esculturas de niños. La fuente culmina con una estatua de la fama blandiendo una trompeta”. En definitiva, una prueba más de la imaginación y el ofico de un arquitecto relativamente autodidacta que, según Mercedes Gómez, “consiguió crear un lenguaje propio, distinto, quizás lo máximo a que puede aspirar el artista. Inimitable y genial, consiguió con el tiempo ser reconocido y su arquitectura formar parte de la imagen de Madrid. Gracias a su tesón y talento hoy día gozamos de algunas de las mejores obras del Barroco del siglo XVIII, heredero del mejor Barroco madrileño del siglo anterior”. Dicho queda y aquí lo reflejamos por si a alguien le interesa conocer la vida y la trayectoria profesional de un madrileño de prestigio bien ganado, cuya obra está a disposición de quien se pueda permitir dar un paseo por la ciudad de vez en cuando. Es decir, gratis.

 
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Publicado por en agosto 25, PM en Perfiles

 

José María Carnerero

MaQUETA de Madrid 1 de León Gil de Palacio.

Madrid hacia 1830 en maqueta de Gil y Palacio

El personaje que hoy traemos a nuestro blog no es ciertamente conocido más allá del ámbito del periodismo y la literatura y, sin duda, al describir su trayectoria vital y profesional hallaremos más defectos que virtudes en una biografía donde muchas son las sombras que faltan aún por iluminar. Por no haber no hay ni fotos en la red que nos pudieran ofrecer una imagen de su fisonomía. Fue un estudiante caprichoso e indisciplinado que medró en la vida merced a la protección de su padre y a las influencias con que éste contaba en esferas cercanas al poder. Incursionó en el mundo de la diplomacia aunque su inconstancia le impediría hacer carrera. Tampoco fue un gran literato y, sin embargo, dejó una relativa impronta en el Madrid romántico del siglo XIX, aunque sólo fuera gracias a las traducciones realizadas de obras francesas y de clásicos del Siglo de Oro, a lo que hay que sumar algunas comedias propias que pasaron por las tablas con más pena que gloria. No podemos considerarlo un gran periodista, ni mucho menos, pero es probable que la historia del periodismo de opinión de la España decimonónica no se pudiera escribir sin hacer referencia a su figura como editor. Ni siquiera se le puede catalogar de gran empresario de los medios de comuniación y, sin embargo, sin su impulso es problable que hoy en día fueran menos conocidas las plumas que han marcado el devenir de la profesión en España y que él contribuyó a sacar a la luz. No en vano se le considera el divulgador de un subgénero narrativo tan trascendente como el artículo de costumbres que, si bien él no practicó con su propia pluma, posibilitó que adquirieran justo renombre, publicando en sus revistas literarias sus artículos, nombres como los de Estébanez Calderón, Mesonero Romanos o el propio Mariano José de Larra, con quien sostendría una agria polémica que terminaría en los tribunales. José María Carnerero fue un todoterreno, aprendiz de mucho y maestro de nada y, sobre todo, un hombre decidido, con mucha gramática parda encima, que supo hacer bueno lo de estar al sol político que más calentara con el fin de ir sorteando los vaivenes del destino siguiendo la máxima de Campoamor de “poner un pie en lo  terrenal y otro en lo eterno”, según las circunstancias. Desde el punto de vista de empresario periodístico abrió el camino a los futuros magnates de la prensa en la medida en que supo marcar una línea de opinión que no molestara excesivamente a los poderosos, ganándose el calificativo de camaleónico por su capacidad de adaptación a los numerosos cambios políticos de la España de la primera mitad del siglo XIX. Que ya es demostrar flexibilidad. Quizás quien mejor supo describirlo fue el propio Ramón de Mesonero que con la diplomacia que le caracterizaba cuando tenía que dar opiniones en  público, con el freno echado y con la benevolencia por bandera dijo de él que se trataba de un “hombres singular, mitad literato, mitad cortesano, con sus puntas de Tenorio y sus fondos de kaleidoscopio”.  Es decir, espejo y ejemplo para los actuales capitostes de la prensa, dóciles con el poder, de cuya cercanía nunca renegarán de facto pese a abanderar de puertas afuera la cruzada de la modernidad, el ataque a lo obsoleto y la defensa de las ideas de su siglo.

Indisciplinado y mediocre estudiante

comedia de J. M. Carnerero

Portada de una comedia de Carnerero

Como decíamos líneas atrás, José María Carnerero perteneció a una familia bien situada social y económicamente. Nació en Madrid en 1784 y en su fe de bautismo se puede leer que era hijo de Sebastián Bernardo Carnerero de la Quintana, secretario del Consejo de Su Majestad y de la Superintendencia de Plantíos, Rompimientos y Sementeras de 25 leguas en torno a la Corte. Su madre llevaba por nombre y apellidos Josefa Bails de Balmaseda y hacía ostentación de un origen hidalgo. Los escasos datos biográficos de que se dispone nos lo presentan en sus primeros años como un estudiante indisciplinado, despierto pero inconsistente, siempre protegido por el escudo paterno, bajo cuya supervisión es probable que aprendiera Humanidades, Filosofía moral, Física experimental, Poética, Matemáticas, Francés y demás disciplinas propias de lo que se consideraba una buena educación entre las clase pudientes de la época. Sin embargo, no consiguió el título de bachiller, requisito que le impedía ingresar en el colegio de Santa Catalina Mártir, perteneciente a la universidad de Alcalá. Las buenas influencias de su padre en la Corte evitaron males mayores y se le eximió de tal requisito, por lo que se le concedió la beca correspondiente y pudo ingresar en el centro. Incluso contó con el respaldo de la condesa de Montijo para que no hubiera dudas sobre la conveniencia de permitirle el acceso a un colegio donde no debía ser fácil ocupar un pupitre. A pesar de todas estas facilidades que se le ofrecieron, los anales de la historia menuda dicen que no se enmendó y destacó por no observar “la disciplina ni el reglamento, e incluso se comprobó que por dos veces había dormido fuera del colegio, lo que le valío en 1802 un castigo que no tuvo mayores consecuencias”. Gracias, una vez más, a la intervención de su padre. Pero Carnerero hijo debió seguir en lo suyo de sostenella y no enmendalla aunque todo tiene un límite por más que detrás esté hasta el mismísimo Manuel Godoy. Es por ello que en 1805 la junta del colegio decide retirarle definitivamente la beca y ya tenemos al mozuelo con la veintena cumplida, mano sobre mano, y a su padre con un nuevo dolor de cabeza. En esta ocasión decide incorporarlo como redactor al periódico Memorial literario, del que éste es director. Y es ahí cuando debiose despertar en el joven el vicio por los tipos y las galeradas y, aunque no permaneció durante mucho tiempo vinculado al medio, parece ser que la semilla estaba sembrada. Por esta época comienza a vinculársele con el mundillo teatral madrileño y se sabe que traduce y arregla comedias del francés, algunas de ellas estrenadas en el teatro de la Cruz. Pero como decíamos, parece ser que el mundo del periodismo le viene en principio corto y él es hombre de más altos vuelos. Estamos en 1806 y, una vez más, su padre tiene que echar mano de las relaciones públicas para introducirlo en la carrera diplomática consiguiendo que lo nombren Agregado a la Embajada de España en Costantinopla, donde permanecerá hasta la llegada de las tropas napoleónicas a la península ibérica en 1808.

Camaleón político

José Bonaparte

José Bonaparte recibió los elogios desmedidos de Carnerero

Nunca tuvo excesivos escrúpulos José María Carnerero en cuanto a ideas políticas se refiere y ello lo empezó a demostrar de vuelta de Constantinopla, con los franceses apoderándose de la península y con sus padres camino de América a donde había sido destinado don Sebastián Bernardo. Había que sobrevivir y tras ser detenido por la policía francesa decide cambiar de chaqueta y adaptarse a las circunstancias. Poco después lo vemos aparecer en público como un afrancesado más, redactor de la Gaceta de Madrid y empleado en el Ministerio del Interior. Acompaña a José Bonaparte por España y en Sevilla hace sus pinitos como poeta con una encendida y elogiosa oda al monarca francés. Con la derrota del ejército napoleónico Carnerero marcha al exilio y, protegido en esta ocasión por el duque de Orleans permanecerá en Toulouse traduciendo comedias ajenas y produciendo algunas propias con mayor o menor suerte pero que son estrenadas en territorio patrio. Vuelve a España en 1821 y comienza a colaborar en los más diversos periódicos y revistas de la época tras publicar una carta “en defensa propia y de su hermano” donde se quita de encima cualquier vinculación con ideologías políticas que no fueran las del momento y que no eran otras que las propias y permitidas en el Trienio Liberal. De su camaleonismo político dio su mejor muestra en 1823 tras la caída de los liberales. Ahora, bajo el manto protector del duque de Angulema, escribe una comedia titulada La noticia feliz, donde celebra con todo tipo de encomios la vuelta al poder absoluto de Fernando VII. Leemos en La web de las biografías que “el mismo tipo de alabanza descarada que había usado con José I, le sirve ahora para adular al Borbón y medrar”. Y ya tenemos a Carnerero paseando su palmito por los alrededores de la plaza de Santa Ana, alternando con comediantes, autores y empresarios teatrales con el fin de dar rienda suelta a su vena dramática. Su fertilidad a la hora de componer comedias se manifiesta en obras propias como la citada anteriormente y otras del mismo jaez como El regreso del Monarca. Refunde dramas de Tirso de Molina y otros autores del Siglo de Oro, proclama su devoción hacia Calderón y desde su tertulia del café del Príncipe comienza a relacionarse con los círculos intelectuales que anuncian un cambio en las formas y los contenidos tanto litearios como sociales y políticos que se avecinan. Estamos a mediados de la Ominosa Década y vemos a José María Carnerero perfectamente integrado en el mediocre y apagado mundo teatral del Madrid de entonces. También sabemos que su relación con periódicos y revistas lo van inclinando progresivamente a un mundo que, si bien conocía de tiempo atrás, es ahora cuando comienza a hacerle sentir a gusto. Colabora como redactor en diversas publicaciones y decide fundar en 1828 El correo literario y mercantil, en lo que se presume su primera gran incursión en el mundo de la prensa. Se trataba de una publicación que no destacó por la fuerza de sus contenidos pero que significó un antes y un después en el periodismo literario y de opinión. “Su escaso mérito -dice la investigadora María Cruz Seoane- su insipidez, sirve de representante de lo que fueron aquellos últimos años del régimen absolutista”. Sin embargo, en el platillo de la balanza hay que incluir también que la publicación del Correo Literario supuso un nuevo concepto de crítica literaria y teatral inspirada en el modelo francés y que será un ejemplo a seguir en cuanto a la evolución del periodismo costumbista castizo que había nacido a finales del siglo anterior y que es ahora cuando se consolidará definitivamente. La publicación contará con cuatro páginas y saldrá a la calle tres días a la semana. Dada la censura política del momento se dedicará “a difundir noticias y críticas de literatura, teatro, toros, música, industria y comercio, modas, medicina, historia y otros artículos de divulgación, ofreciendo la información correspondiente a los cambios de moneda y la situación de los productos agrarios”. En el plano politico el periódico adulará a Fernando VII y sus ministros, ofreciendo información de la vida cortesana en tono dulzón y almibarado hasta llegar al extremo de adornar con una orla fúnebre su primera página cuando en mayo de 1829 fallece la tercera esposa del monarca. El periódico se publicará, cambiando varias veces de cabecera, hasta la muerte del rey, en 1833. Mientras tanto, Carnerero lanza otra cabecera en marzo de 1831, bajo el nombre de Cartas Españolas, donde Mesonero Romanos y Estébanez Calderón comienzan a publicar sus artículos costumbristas, unos artículos que casaban perfectamente con lo que hoy llamaríamos una línea editorial amable. Las Cartas Españolas cierran su redacción el primer día de noviembre de 1832 pero no es más que el paso previo para que una semana más tarde aparezca la nueva cabecera de Carnerero bajo el nombre de La Revista Española, publicación que jugará un papel político más importante que las anteriores pues su presencia en la calle se prolongará hasta 1836 y por tanto, estará libre de la censura que imponía en vida el rey felón.

Polémica con Larra

Correo Literario y Mercnatil

Primera página del Correo Literario y Mercantil, publicación motivo de la polémica

En esta última revista colaborará Mariano José de Larra, lo que supone una muestra más que suficiente del olfato periodístico de Carnerero. Al contrario que Mesonero o Estébanez, Larra se había caracterizado ya antes de la muerte del rey por el carácter crítico y agrio de su periodismo, no dejando parcela de la cultura o de la política sin pasarla por su particular prisma, lo que le habia traído más de un disgusto con la censura. Y con el propio José María Carnerero. En el periódico El duende satírico del día, fundado por él mismo, Larra había criticado con toda la acritud, sorna y mala baba de la que fue capaz la línea editorial y los fallos de redacción del Correo Literario y Mercantil, lo que le llevó a un enfrentamiento con Carnerero que acabaría en los juzgados, teniendo que retractarse de sus palabras El pobrecito hablador. El artículo de la polémica se había publicado el 23 de septiembre de 1832 bajo el título Un periódico del día o el Correo Literario y Mercantil y desde la primera línea descalificaba tanto a redactores como a lo redactado o al director del medio, el propio Carnerero. Comienza con aquello de “Pero, ¿qué tiene nuestro periódico? ¿Tiene algo por ventura?… gritan los redactores de una parte a otra. Pues ese es su defecto, señores redactores, no tener nada”.  Acusa de vagos a los propios trabajadores, entre los que se encontraba Bretón de los Herreros, y aconseja hacer “en adelante todo lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora”. Para ello, según la vituperante pluma de Larra “no hay más que dos caminos: el malo ya lo han recorrido ustedes todo; me parece pues que se acreditarán de necios si no supiesen hallar el bueno”.La ironía que rezuma el escrito es tal que a nadie soprendió que Carnerero montara en cólera toda vez que era el destinatario último de las acometidas pues no podemos olvidar que los redactores eran contados y que el propio director era el encargado de tomar la pluma en una parte considerable de la publicación.  Sigue Larra lanzando sus cargas de profundidad cuando concede que “no es decir esto, aunque lo parezca, que El Correo Literario no tenga mérito y nadie mentiría más que yo si se tratase de sostener que es inútil; muy al contrario, porque a mí mismo me sucede que sólo los días que sale puedo conseguir dormir la siesta…/… ahora bien, tengo muy buen cuidado de no comprar el número hasta la hora de comer y ábrale por cualquier parte, a los chasquidos de su látigo, me duermo como un hombre sin cuidados, tan profundamente que ha habido tardes de pasárseme la hora del paseo y despertarme a las diez de la noche”. Se trata de uno de los artículos más extensos del Pobrecito hablador, donde sus críticas se dirigen a todas las secciones de la publicación, con singular incidencia en el apartado teatral. Larra carga contra un tal Viejo Verde, especialista en el género dramático del Correo Literario, y firma tras la que no hay que ser muy lince para deducir que se escondía el propio Carnerero. Lo acusa de blando y condescendiente y de no “querer reñír con nadie, ni con autores, ni con actores; yo creo que el decir, particularmente de estos últimos, muchos defectos que tienen, sería un paso dado hacia el buen gusto. Lo mismo sucede con respecto a las óperas…”. Pecaríamos de excesivamente prolijos si enumeráramos todas las correcciones que con el consabido tono irónico dedica Larra a Carnerero. Baste para finalizar esta breve enumeración de citas la que apunta directamente al propietario del periódico y da inicio al último párrafo, donde aconseja un cambio total de la línea editorial y de la forma de trabajar: “En fin, señor editor, El Correo necesita una reforma; menos prisa, más corrección, más gracia, más profundidad y elección acertada de asuntos y redactores que los sepan manejar”. La polémica, como dijimos anteriormente, llegó a los tribunales y aunque Larra se vio obligado a dar marcha atrás no cabe duda que en los oscuros veladores del café del Prínicipe la Partida del Trueno debió desahogarse a modo con los habituales en estos casos comentarios jocosos por lo bajo mientras sus traviesos miembros miraban de reojo a la mesa donde Carnerero, habitual de aquel cubículo, debía poner cara de circunstancias y de ya llegará mi momento. Que indudablemente llegó cuando consiguio cerrar El duende, periódico donde Larra publicó su ataque. Ello, como decíamos, no fue cortapisa para que posteriormente colaborara en La Revista Española, donde por cierto, estrenaría su seudónimo más conocido, el de Fígaro. Para cerrar con este sucinto repaso a la biografía de José María Carnerero poco podemos decir más que su presencia pública se iría progresivamente apagando a medida que se consolidó una forma de hacer periodismo. Sabemos que murió en 1866 pero no se conoce dónde ni en qué circunstancias. Se sabe que estuvo casado y que tuvo hijos. Y poco más. Pero nos queda un perfil que con defectos y virtudes describe a la perfección lo que ha sido hasta tiempos relativamente cercanos el empresario periodístico. Y probablemente incluso en la actualidad la mentalidad y la forma de hacer sean las mismas, a tenor de los resultados que observamos en el día a día de la prensa. Podrá haber cambiado cuantitativamente el concepto de empresa comunicativa, pero la esencia sigue repitiéndose y no es otra que la del intelectual orgánico siempre pendiente de echar un capote al poder mientras alardea de independencia, libertad de expresión y otras zarandajas.

 

 
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Publicado por en julio 10, AM en Perfiles

 

Luis Candelas Cajigal

Luis Candelas

Luis Candelas Cajigal

Personaje pintoresco allá donde los haya, en Luis Candelas Cajigal confluyen una serie de rasgos individuales y sociológicos que han contribuido a tejer en torno a él todo ese halo de leyenda que lo ha convertido en uno de los más mentados de la Villa y Corte. Un héroe popular sobre el que se han escrito páginas y páginas sin siquiera confirmarse que lo que se haya dicho y escrito sea completamente cierto. Sin embargo, allá vamos con un muestrario de lo más llamativo sin poder asegurar definitivamente su veracidad. Fuera quedan otros muchos datos tan atractivos y tan cuestionables como los expuestos a continuación. Pero hay que seleccionar y doctores tiene la iglesia como para que el lector que se quede con hambre vaya sobre ellos. El bandolero Luis Candelas fue un madrileño del barrio de Lavapiés, aunque no procedente de una extracción social baja. Sibarita, guaperas y en general un vividor al que no gustaban un ápice ni el trabajo manual ni el intelectual. Lider pandillero en sus años de adolescencia y jefe de jaques en su madurez, ladrón en definitiva, que vivía del robo aunque sin mancharse las manos de sangre. Bueno, eso es lo que ha trascendido a través de las diversas fuentes escritas que hemos consultado aunque tampoco hay datos que nos permitan dudar de que no fuera cierto. A este curriculum estamos obligados a añadir el que su existencia transcurriera durante el primer tercio del siglo XIX, cuando el Romanticismo es, además de un movimiento literario, una forma de vida donde el romper las ataduras legales y morales establecidas es considerado casi un deber. Nuestro héroe solía afirmar que la riqueza estaba mal repartida y que había que hacer una redistribución más igualitaria, de cuya causa él de alguna manera se sentía embajador. Se sabe que con la misma facilidad que ingresaba en el maco se las ingeniaba para salir de él. Que contaba con amigos entre las gentes pudientes que le facilitaban el eludir la acción de la justicia. Por otra parte, no debemos olvidar que estamos hablando de un bandolero de asfasto, si se nos permite ese anacronismo, porque ciertamente Madrid en aquella época no estaba alquitranado y quienes han tenido voz para denunciarlo lamentaban el mal estado del empedrado de la capital. Nada que ver este bandolero con aquellos patilludos de navaja en la faja que esperaban el paso de las diligencias detrás de los matojos y picachos de Sierra Morena. Todo lo contrario, se trataba de un galán al que se soñaba con poder encontrar en cualquier taberna, magreando alguna cantaora mientras trajinaba una jarra de San Martín de Valdeiglesias y planificaba el siguiente golpe rodeado de sus compinches. En consecuencia, a nadie puede extrañar que Candelas Cajigal, de nombre Luis, se convirtiera ya en vida -y más aún después de ser ejecutado en el garrote- en un mito del que los ciegos de cordel cantaron por las esquinas sus hazañas durante la segunda mitad del siglo XIX y cuya biografía anduvo en coplas de la mano del maestro León y en la voz de doña Concha Piquer, ya en la siguiente centuria

Familia sin problemas económicos

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Panorámica de la calle Calvario en la actualidad

De Luis Candelas se podrá decir de todo menos que fuera un producto social de los bajos fondos madrileños. Su nacimiento en febrero de 1804 -hay quien dice que en 1805 o incluso 1806- en la calle del Calvario, en plena judería del barrio de Lavapiés, nada tiene que ver con el ambiente de manoleo tantas veces descrito por escritores o pintores costumbristas. Su familia disfrutaba de una posición económica relativamente holgada merced a la carpintería que su padre tenía abierta en esa rúa madrileña. Fue el tercer hijo de un matrimonio cuyos dos vástagos mayores manifestaban un carácter dócil, bien distinto de lo habitual por aquellos barrios. No fue el caso de Luisito quien, desde su más tierna infancia, ya dio muestras de una personalidad inquieta, independiente, díscola y medianamente alborotadora, poco dada a asumir las directrices familiares y sociales propias de aquellos tiempos. Parece ser que el reputado profesional de la ebanistería y padre de nuestro sujeto hodierno se dio cuenta pronto de que el tercero de sus hijos no iba a ser quien continuara la saga familiar en el uso de la garlopa, la gumia y demás instrumental carpinteril. Es por ello, y dado que el mozo era bastante despierto, que decidió con el consejo de su esposa enviarlo a los cercanos Estudios de San Isidro para ver si por el camino de las letras podía labrarse un porvenir, pues económicamente la familia podía permitirse ese dispendio sin mayores agobios. Allí permaneció Luis Candelas durante un par de años escuchando latines aunque su carácter indómito no paraba de dar dolores de cabeza a los jesuitas que regentaban el establecimiento educativo. El punto de no retorno fue una bofetada que le propinó un cura con el sano y loable objetivo de reconducir su conducta. No le debió parecer método muy pedagógico a un muchacho de carácter ciertamente rebelde e incluso agresivo que respondió al disciplinante con una doble ración de lo que él había recibido. Justamente ahí comenzó a labrarse una biografía más acorde con su personalidad. Expulsado del colegio, sus padres sin hacer vida de él y él que comienza a frecuentar las peores compañías de un barrio donde la miseria y la pobreza campaban por sus respetos. De callejear sin rumbo pasamos a la creación de bandas de zagales para apedrearse con conmilitones de otros barrios, es decir, golfería, pandilleo, peleas y demás formas de entretener el ocio de una forma activa, que diría un pedagogo al uso. De las piedras pasaría a las albaceteñas y de ser uno más de la pandilla a ir progresivamente convirtiéndose en líder, a medida que la adolescencia iba apoderándose de su figura. A los 15 años conoce por vez primera y en persona el edificio del Saladero, en la lejana plaza de Santa Bárbara, aunque no por ninguna fechoría, que ya las había cometido de relativa importancia, sino por andar deambulando a altas horas de la madrugada por la aún novedosa plazuela de Santa Ana. No parece que le impresionara en demasía al mozuelo el codearse en la prisión con lo más florido del gremio carcelario pero sí que le debió dar que pensar que si no se labraba un futuro en condiciones aquellas visitas iban a prodigarse más de lo que él deseara. Como cada cual que echa mano de sus mejores virtudes, Luis Candelas explotó aquellas que la naturaleza le había otorgado. Y no fue la menor una fisonomía que le habría de rendir sus buenos dividendos con el bello sexo. Normal en un mozo moreno, bien parecido, de blancos dientes, patilla ancha y flequillo bajo el pañolón. Siempre bien afeitado, calañés debidamente calado, faja roja, capa negra, calzón de pana y zapatería de buen lucir. Con esta carta de presentación nadie pone en duda que fuera verdad el que se dedicara a conquistar mujeres, pero no solamente para el uso y disfrute que podemos suponer, sino con el objetivo último de vivir de ellas.Sin más. Al apuesto mozo se lo debieron rifar y él se debió dejar atusar los cabellos con docilidad pues así podía dar rienda suelta a su carácter de bon vivant. La vida es bella.

Agente del Fisco

Carcel del Saladero 1

Reproducción de la cárcel del Saladero

El fallecimiento de su padre años atrás había propiciado la definitiva deriva de su vida hacia el latrocinio y la holganza extrema. Su madre tomó el mando de las operaciones familiares. Poco se podía hacer para convencerlo de que el suyo no era camino en la vida. Pero algo sí. Echando mano del prestigio que el padre se había labrado entre ciertos sectores influyentes de la capital, la viuda de Candelas consigue para su hijo un empleo de agente del Fisco. Se trataba de vigilar que nadie introdujese en la Villa y Corte mercancías que no hubieran abonado los correspondientes impuestos. Es decir, evitar y luchar contra los matuteros. Nada mejor para alguien que ha estado en la otra acera de la ley el convertirse en defensor del erario público. Porque conoce el paño. Estamos en 1823 y Alicante, La Coruña y Santander serán sus destinos profesionales antes de que presente su dimisión tras recibir una amonestación por el escándalo que suponía el emparejarse con una mujer casada a la que dicen que abofeteó en público y delante de su marido. Vuelta a Madrid, donde se desposa con una joven viuda, de nombre Manuela Sánchez y de nutrida faltriquera. Tras pasar por el altar en San Cayetano vuelve al trabajo honrado, esta vez como cobrador de contribuciones en Zamora. Pero parece ser que no era hombre ni para trabajos fijos ni para ser casado porque a los seis meses del himeneo los esposos perciben que aquello no parará en buen puerto. El día de Navidad de ese mismo año de 1823 retorna nuevamente a Madrid y poco después se sabe de sus amoríos con Pepa la Naranjera, hembra de las de trapío, con influencias importantes en la Corte, pues no en vano es una de las amantes del rey felón, y con quien parece ser que Candelas ya había dormido en la misma cama más de una vez antes de su matrimonio. Ello permite que nuestro bandolero abandone definitivamente su carrera de funcionario público y se dedique a la vida contemplativa. O menos contemplativa, es decir, a vivir de lo ajeno, a practicar de tomador del dos y a disfrutar viendo cómo crece su fama entre el paisanaje. De esta época es la configuración definitiva de su equipo de trabajo, por ponerle un apelativo eufemístico. La taberna del Cuclillo, en la calle Imperial, es su oficina central y allí, alrededor de una discreta mesa de pino y con el telón de fondo del rasgueo de guitarras y el zapateado de las bailaoras, se suele reunir el consejo de administración empresarial, compuesto por Paco el Sastre, Villena, Balseiro, los Cusó y demás compañeros mártires, con el propio Candelas a la cabeza. Cometen todo tipo de robos y atracos y consiguen gasolina suficiente para llevar un tren de vida que les posibilita además incrementar un ya notable prestigio entre el pueblo llano de la Villa y Corte, hasta el extremo de sentirse en todo momento protegidos ante eventuales persecuciones de los corchetes. Eso sí, siempre con la máxima por delante de que no se derrame una sola gota de sangre. Ello no impide que de tanto en tanto haya que hacer una visita al Saladero, aunque los buenos oficios de La Naranjera o de otros amigos influyentes, el soborno de los carceleros o la habilidad para escapar del trullo hacen que esas estancias no sean más que habituales paréntesis en una trayectoria exitosa en lo profesional.

Las dudas de Clara

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Puerta de Toledo hacia 1900. En sus alrededores fue ejecutado Luis Candelas

Es época de ir recogiéndose y sentar de alguna manera la cabeza. O al menos eso debe pensar Candelas, al que la vida le sonríe al punto que durante el día se codea con la burguesía local, e incluso con cierta aristocracia, haciéndose pasar por un indiano rico de nombre Luis Álvarez de Cobos, que reside en el número 5 de la calle Tudescos. Eso sí, cuando el sol se escondía más allá de la Casa de Campo volvía a su más querido y apreciado ser de bandolero urbanita y poníase a dar el callo junto a sus jaques de confianza. Su habilidad para la transformación física y el uso del disfraz era otra de sus virtudes ocultas. Nos encontramos ya en los primeros años de la década de los 30, ha muerto Fernando VII y María Cristina hace las veces de reina mientras la niña Isabel da sus primeros pasos por los corredores del Palacio Real. Por estas calendas conoce a una muchacha de clase media y familia de probada honestidad. Se llama Clara y por ella decide abandonar su carrera de bandido para irse ambos a vivir a Valencia. Pero debió sentirse como pez fuera del agua por más que el amor dulcificara su comportamiento y por más que en la ciudad del Turia rememorara viejos tiempos robando alguna que otra joya para no perder la forma y además mantener un ritmo de vida acorde con lo que le pedía el cuerpo. Pero cada cual tiene su querencia y, tras mucho reflexionar, decide volver a Madrid, a la taberna de la calle Imperial. Y a recomponer la banda. Se siente fuerte, lo que le lleva a dar un par de golpes que paradógicamente supondrán el principio del fin. Picó alto, tanto que se pasó un poco o un bastante de la raya. Atracó el taller de la modista de la reina María Cristina situado en la calle del Carmen y poco después esperó en Torrelodones el paso de la diligencia que trasladaba al embajador de Francia y señora para darles las buenas tardes y de camino aligerarlos de peso. La justicia, después de estos hechos y debidamente azuzada, va decididamente a por él por lo que tiene que hacer precipitadamente el hatillo y, junto a Clara, huye de Madrid con la intención de exiliarse en Inglaterra. Pero al llegar a Gijón, y poco antes de embarcar, la joven siente vértigo ante el porvenir. Finalmente se echa atrás de sus intenciones y decide volver a Madrid. En esta ocasión Candelas se muestra como un marido dócil y decide retornar con ella. Esa fue su perdición porque en el trayecto de regreso, en una fonda de Olmedo, un viejo colega lo reconoce y lo denuncia. Detenido el 18 de julio de 1837, es trasladado a la Villa y Corte y juzgado el día de difuntos de ese mismo año. Veredicto: pena de muerte. No se resigna a su suerte y envía una misiva a María Cristina solicitando clemencia y recordando que no tiene delitos de sangre. La augusta figura rechaza otorgarle el indulto y el 6 de noviembre, con el amanecer, el cortejo sale de la cárcel de la Corte en dirección a un descampado situado en las afueras de la Puerta de Toledo donde se ha instalado ya el cadalso y el verdugo espera con paciencia profesional. Debió ser una mañana fría, de las habituales del mes de noviembre de Madrid, cuando el aire de la sierra del Guadarrama ya se deja sentir. A ello habría que añadir la humedad del cercano río al que hay que imaginar difuminado tras una niebla que impediría ver la pradera del santo. Pero la suerte está ya echada y Luis Candelas sube al cadalso ajeno a estas menudencias mientras que, desde lejos, manolas y cigarreras sacan su moquero para enjugar unas lágrimas por su héroe, lloriqueos de cocodrilo contrarrestados por el morbo de ver doblar el cogote a quien la mayoría de ellas no recordaba ni haberlo visto cara a cara, por más que describieran sus rasgos de macho de buen ver a las modistillas que quisieran poner la oreja. El verdugo lleva un botón descosido. Se lo recuerda Candelas quien, poco antes de que aquel se pusiera al oficio, le pide un tiempo muerto. Le es concedido. Y dicen que, levantando orgulloso el mentón e hinchando el pecho, dijo el bandolero Luis Candelas aquello de “He sido pecador como hombre pero nunca se mancharon mis manos con la sangre de mis semejantes. Digo esto porque me oye el que va a recibirme en sus brazos. Adiós patria mía. Sé feliz”. Lo demás ya es vox populi, es decir, que la noche antes de la ejecución pidió un libro de Voltaire quizás para intentar poner paz en su espíritu, o para dárselas de intelectual, o para tocar un poco la moral al sector más rancio de la sociedad. A saber. Se sabe que anteriormente se había confesado. Por si acaso. Y que desde el instante en que dobló la cerviz su leyenda fue engrandeciéndose aún más entre las clases populares. Ya dijimos que anduvo en coplas en boca de Concha Piquer por los cafés cantantes que proliferaron en el Madrid de finales del siglo XIX y principios del siguiente. Pero no podemos olvidar tampoco que tanto la literatura como el cine le rindieron pleitesía, cada cual con las herramientas propias de sus respectivos géneros. Nada extraño pues el ser humano ha admirado hasta la extenuación a aquellos que desde esferas inferiores han plantado cara a las jerarquías, haciéndole un corte de mangas a unas leyes que, si bien nos sirven para ordenar la convivencia cotidiana, se convierten en papel mojado cuando solamente benefician a quienes las perpetran, para verguenza de esa diosa que se nos presenta desde tiempos inmemoriales con los ojos tapados. Quizá porque prefiere mantenerse ciega antes que soportar la cruda realidad.

 

 
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Publicado por en junio 24, PM en Perfiles

 

Cosme Pérez (O Juan Rana)

Si alguien comienza a leer esta entrada con la intención de darse de bruces con un alegato en favor de la homosexualidad de Cosme Pérez va dado. Si por el contrario lo que persigue es leer un escrito donde se asegura que el actor aprovechó su orientación sexual para hacer de ella la razón de su éxito profesional, que espere sentado. Y es que quien pretenda deleitarse con un tratado sobre la opresión de los homosexuales en el Barroco mejor que abandone este blog, no pierda el tiempo y teclee en la barra de Google el nombre del actor que da título a la entrada. Hallará numerosas páginas donde saciar una sed que queda lejos de las nuestras intenciones, que no son otras que las de dar una visión del mundo de la farándula durante la edad de oro de la comedia nacional a través de una de sus figuras más señeras. El objetivo de quien esto escribe no va a ser otro que el de intentar dibujar un perfil de uno de los actores más importantes del siglo XVII, un comediante que creó un subgénero propio a base de explotar un personaje concreto, pintoresco y extraordinario, en la medida que estaba fuera de lo común. Escribir de Cosme Pérez o de su sosias Juan Rana es ocuparse de un profesional de la escena al que dedicaron específicamente sus obras autores de la talla de Lope de Vega, Quiñones de Benavente o el propio Calderón de la Barca, entre otros. Y eso es mucho decir. Cosme Pérez se labró un nombre sobre las tablas trabajando desde abajo, haciéndose con el beneplácito del público a base de exprimir su vis cómica y ganándose el favor del rey Felipe IV y de personas importantes de la Corte a fuerza de multiplicar su gracia pese a ser una persona físicamente contrahecha y pese a aparentar su condición de homosexual en un tiempo en que no era fácil eludir la ley, que en ese sentido era tajante. ¿Cómo lo consiguió? Pues como cualquiera que se ha encontrado en casos similares, trabajando a conciencia y sin tregua, aprovechando los caprichos de la diosa Fortuna, que en algunos momentos de su vida le fue favorable, y explotando lo que sabía hacer en escena, algo que según la estudiosa del actor, María Luisa Lobato, tenía mucho que ver con “la bufonería de sus movimientos, su mímica femenil, la simpleza que lo sometía a un permanente estado de duda sobre su propia identidad, la flema de su carácter, su lenguaje tosco, los canturreos y jocosidades, todo lo cual lo convirtió en un personaje que con su sola presencia concitaba el éxito”.

De orígenes humildes

Cosme Pérez

Cosme Pérez, caracterizado como Juan Rana

Cosme Pérez nació en la localidad vallisoletana de Tudela de Duero en abril de 1593 y por los datos que de él se tienen se sabe que procedía de una familia humilde rayando en la pobreza, es decir, labradores, criados de señores o ganaderos. Nada se conoce a ciencia cierta de su infancia ni de su primera juventud -apunta la investigadora Eva Higueras- ni tampoco del momento en que llega a la Villa y Corte en busca de sus particulares habichuelas, aunque es sabido que en su pueblo en el último tercio del siglo XVI existía una cierta actividad teatral que pudo significar su primer contacto con el mundo de la farándula. No hay que ser muy avezado para especular con el hecho de que una persona físicamente deforme como Cosme Pérez decidiera abandonar su terruño y buscar el anonimato de la gran ciudad para al menos pasar despercibido y no ser el objetivo de las mofas habituales que generan este tipo de personas, sobre todo en pequeñas poblaciones, donde acaban convirtíendose en el hazmerreír de unos y otros. Alguien pudo aconsejar a Cosme dirigirse a la Corte e intentar allí sobrevivir, ora en el mundo del teatro, ora de lo que se terciase pues el porvenir como agricultor, ganadero o similar se le hacía complicado por su propia fisonomía. Y bien pudieron proceder estos consejos de la gente que se dedicaba a la actividad teatral en la pequeña localidad castellana. Sea como fuere, se tienen las primeras noticias de Pérez en Madrid en 1617 y, por supuesto, ya ligado al teatro, formando parte de la compañía del dramaturgo Juan Bautista Valenciano. Más tarde pasará a la de Antonio de Prado, actuando en representaciones de autos sacramentales durante la festividad del Corpus. Hasta que le llegó la hora de meterse en el papel que haría cambiar su devenir como actor, que lo sacaría del anonimato y que le daría en adelante un puesto preeminente en la escena española. Eso ocurriría el día que su figura oronda, pequeñaja y contrahecha se cruzó con la hiératica y ya madura del fénix de los ingenios, Félix Lope de Vega y Carpio. El número uno del teatro del momento a buen seguro que vio en Cosme Pérez algo que le llamó la atención y aunque su papel por vez primera como Juan Rana en la obra Lo que ha de ser no fue más que testimonial, el salto a la fama comenzaba a tomar forma, más si se tiene en cuenta quién era el padrino teatral. En esa corta actuación ya aparecen los rasgos del personaje que se van a unir a la persona de forma indisociable a lo largo de su carrera y de su vida y que no son otros que los habituales en aquella época en el tipo del gracioso o donaire, del que heredará Juan Rana , según el análisis de Evangelina Rodríguez, los rasgos del “hundimiento del cuello, los perfiles gruesos de toda la fisonomía que se acentúa en la curvatura del vientre, la cortedad de sus miembros, la mirada caída, los belfos insinuados”.

Consolidación como actor

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Recreación de un corral de comedias del siglo XVII

Según cuenta Eva Higueras, en el lustro comprendido entre 1625 y 1630 aparece en la obra del discípulo de Lope, Pérez de Montalbán, El segundo Séneca de España, Felipe II, ya con un papel de más relevancia, metido en la piel de Juan Rana. También aparece en un entremés anónimo titulado El casamentero, donde es el protagonista absoluto de la obrita. Se casa en 1630 con la también actriz María de Acosta, tiene dos hijos, de los que uno fallece a edad temprana, y entra a formar parte de la cofradía de la virgen de la Novena mientras pertenecía a la compañía de Fernández Cabrero. La década de los años 30 supone el espaldarazo definitivo a su carrera profesional de la mano del autor de entremeses Luis Quiñones de Benavente quien, a la vez que lanza al actor Cosme Pérez, consolida y explota la máscara teatral de Juan Rana. Son años de vino y rosas para el pequeño y gracioso vallisoletano, que es conocido y reconocido como el cazurro, tosco y poco pulido alcalde entremesil por antonomasia. Pero no se paró ahí la ambición profesional de Juan Cosme porque se sabe que durante este tiempo no se duerme en los laureles y perfecciona el papel al que está ya unido, ampliando su repertorio de movimientos bufonescos, canturreos y jocosidades. Se dice que a estas virtudes aprendidas había que unir su inigualable ingenio y su tremenda agilidad mental, facultades que le permitían improvisar sobre la escena. Es aquí donde hay que hacer un alto y reflexionar sobre el porqué de su éxito sobre las tablas. No se trataba de uno de los muchos actores al uso que representaban el papel de bobo sino que detrás de Juan Rana estaba un Cosme Pérez que, más allá de la hilaridad que provocaban sus peculiares e irrisorios rasgos físicos, contaba con una cabeza perfectamente amueblada que se devanaba los sesos en multiplicar las posibilidades del personaje. Pero el quinquenio comprendido entre 1630 y 1635 va a traer consigo un vuelco en su vida. En 1632 fallece su esposa y dos años más tarde su hijo. Por otra parte, por estas fechas es acusado del pecado nefando. Se le abre un proceso aunque finalmente es liberado, según algunos por intercesión de terceros. Lo cierto es que la acusación de homosexualidad lejos de cerrarle las puertas del éxito le supuso un relanzamiento de su carrera pues el incidente se convirtió en uno de los temas más explotados por los autores que le componían piezas teatrales. Alrededor de cincuenta entremeses llegaron a escribirle directamente para su personaje de Juan Rana, especialmente acomodados para el papel de alcalde de pueblo o simple gracioso, con los habituales toques femeninos que tan aplaudidos eran por la concurrencia. Sería de cansinos nombrarlos todos pero vaya una muestra en los que citaremos a continuación: El doctor Juan Rana, de Quiñones de Benavente, Juan Rana poeta, de Antonio de Solís, Juan Rana mujer, de Jerónimo de Cáncer, u otros como Juan Rana toreador, La boda de Juan Rana o El parto de Juan Rana, donde hace un papel de parturienta. Son momentos cumbres de su carrera cuando hasta el rey Felipe IV reconoce sus méritos con la merced de una ración continua en su real mesa y donde gente del entorno teatral aprovecha su capacidad de influencia en el Alcázar Real para pedirle que interceda ante el monarca en trámites asaz complicados.

Crisis personal, resurgimiento y ocaso

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Calderón de la Barca escribió para Cosme Pérez su homenaje final en los jardines del Buen Retiro

Pero en la década de los 40 Cosme Pérez da señales de estar harto de su papel de Juan Rana. El prestigio público no parece llenarle, según la hipótesis del estudioso del teatro Sanchís Sinistierra, quien en su ensayo El canto de la rana lo describe como un actor frustrado por la imposibilidad de interpretar otros personajes que no sean el de Rana, en el que el público lo había encasillado de por vida. Debieron ser años de dudas y zozobras hasta que nuestro infatigable Cosme decide amoldarse a las circunstancias y dejarse llevar por la corriente del personaje de Juan Rana. ¡Qué remedio! Una vez más el hombre propone y Dios dispone. Y la realidad lo descompone. Hacia 1650 se produce la asociación escénica de Pérez con la actriz Bernarda Ramírez, con la que fraguará una intensa relación artística, muy del gusto del público del momento, haciendo Cosme el papel de marido cornudo mientras que la Ramírez interpretaba el de esposa brava y levantisca. Fue tal el éxito que el público llegó a pensar que el matrimonio traspasaba la línea de lo ficticio y que eran pareja oficial en la realidad. Su fama, su prestigio y su hacer en las tablas se agranda aún más hasta llegar al extremo de recibir una pensión vitalicia por parte de la reina Mariana de Austria. Pero los años no pasan en balde y a partir de la década de los años 60 sus apariciones en escena se van a espaciar progresivamente. Se sabe que hacia 1665 se encuentra en un estado físico bastante deteriorado aunque de forma escepcional actúa para ilustres dramaturgos como Calderón o Agustín Moreto. Hasta que llega su última representación, que no puede tener otro desenlace que el éxito apoteósico. El 29 de enero de 1672 se celebraba en los jardines del Buen Retiro el cumpleaños de Mariana de Austria y no podía faltar la habitual representación teatral. Cosme actúa en el fin de fiesta en el entremés que Calderón de la Barca le ha dedicado personalmente, titulándolo El triunfo de Juan Rana. El objetivo tanto del dramaturgo como de la reina madre no era otro que el de rendir un sentido homenaje final al cómico que fue paradigma de la gracia durante más de cuarenta años. Cosme Pérez, convertido en su propia estatua, salió a escena en un carro triunfal, de los habituales en el grandilocuente teatro cortesano, en el que se le transportaba rodeado de un magno acompañamiento. Sólo tres meses más tarde, el 20 de abril de 1672, hacía el definitivo mutis por el foro en su vivienda de la calle Cantarranas, hoy Lope de Vega. Al margen de las 3.400 misas que dejó ordenadas en su testamento para la salvación de su alma, Cosme Pérez pidió ser enterrado sin ataúd junto a su hija Francisca María. Su cuerpo fue inhumado en el convento de las Trinitarias, en la calle donde vivía, y donde reposaban ya los restos mortales de Miguel de Cervantes. Su fallecimiento supuso también la desaparición del personaje de Juan Rana y ello es una muestra más y quizás definitiva del valor como actor de la persona que hoy ocupa esta entrada. Según el estudioso Sáez Raposo, “era virtualmente imposible que el público pudiera imaginar a uno separado del otro. Mantener con vida a Juan Rana debió de concebirse como una posibilidad apetecible desde el punto de vista crematístico pero hacer olvidar a Cosme Pérez y que el público aceptara al nuevo o los nuevos Juan Rana no era una empresa fácil ni cómoda para aquellos que estuvieran dispuestos a aventurarse en ella”. Y es en este punto donde hay que reivindicar a Cosme Pérez en su hacer profesional en una época donde el papel del bobo, gracioso o donaire no dejaba de ser muy secundario en la escena, en una época en la que los actores de mérito eran numerosos y en una época donde un actor debía acumular muchos méritos para que uno de los grandes autores del momento se fijara en una figura poco agraciada y en principio escasamente útil para sacarle partido sobre las tablas. A todos esos inconvenientes se enfrentó Cosme Pérez y de todos ellos salió airoso. Por tanto, y para cerrar la controversia que al principio apuntábamos de pasada, reducir el valor de Cosme Pérez como profesional de las tablas a declararlo el primer actor homosexual de la historia del teatro español es contribuir a un reduccionismo que se nos antoja cuando menos patético, además de corto de miras y, si se me apura, propio de mentalidades provincianas.

 
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Publicado por en junio 3, PM en Perfiles