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Plaza de San Miguel

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Plaza y mercado de San Miguel. http://www.tripadvisor.es

Siempre es complicado centrar el tema cuando se trata de escribir acerca de recintos públicos que llevan el nombre de plaza pero no responden a lo que el diccionario de la RAE considera básicamente como tal, es decir, al lugar ancho y espacioso dentro de un poblado al que suelen afluir varias calles. En el caso de la Villa y Corte llamamos plaza a la de los Mostenses, a la de la Cebada o a esta de la que hoy vamos a escribir y, sin embargo, se trata de solares no diáfanos, en cuyo interior se levantan edificios, en este caso tres mercados de comestibles. Otras plazas como las de Celenque o la de Matute, o incluso la de Antón Martín, no cuentan a nuestro juicio con la amplitud suficiente para llamarlas como tales pues más son encrucijadas de calles que propiamente ágoras donde el ciudadano puede expandir su mirada con relativa comodidad sin toparse ante sus narices con molestos edificios. En el mismo caso se encontraría la del Ángel, que más bien es prolongación de calle o simple embudo. Pero se les ha llamado tradicionalmente plazas y a efectos oficiales tan plaza es la Mayor como ésta, su vecina, de San Miguel, por más que aquí no veamos un lugar despejado como en aquella y por mucho que ya en 1585 se la mencione como plazilla de San Miguel al referirse a ella como lugar donde se vendían verduras y pescados. Y es que cajones y tenderetes de venta de todo tipo de comestibles han adornado este irregular recinto junto a la iglesia que desde la antigüedad más lejana dio nombre a la plaza. Posteriormente, el siglo pasado vio erigir un entramado de estructuras de hierro en lo que entonces se consideraba el último grito en la modernidad en cuanto a mercados cerrados se refiere. Pero mucho ha cambiado el mundo. Tanto como la propia ágora sanmigueleña que hoy, lejos de albergar un recinto mercantil al uso tradicional, es uno de los ejes gastronómicos del turismo de la capital. Actualmente la plaza de San Miguel es un lugar pintoresco donde el picoteo y el tapeo rozan sus cotas más altas en cuanto a calidad, siempre en necesaria y recíproca interrelación con el turismo, tanto local como foráneo y fundamentalmente el extranjero. No tiene que ser un festivo especial, ni siquiera un domingo del montón. No, cualquier fecha es adecuada para que el entorno de San Miguel se vea acometido por una algarabía de gentes que ocupan mesas en las terrazas exteriores que rodean el mercado, así como su remozado interior, con el inocente objetivo de apretarse unas tapas de las más variopintas especialidades, tanto tradicionales como de lo que se ha dado en llamar nueva cocina. Los callos o los calamares conviven en perfecta armonía y maridaje con las últimas tendencias orientales, en contundentes platos de cuchara o los más digestivos de tenedor, en sabrosas viandas vegetales o animales, en apetitosos frutos del mar o de tierra adentro. Barato no es. ¡No! Pero, en fin, bolsillos hay en la plaza de San Miguel capaces de soportar lo que les echen. Y, con tal de poder después posturear de haber estado cenando de tapeo en el mercado, bien empleado sea el sacarle algo de brillo a la tarjeta. En cualquier caso, el entorno es el más acorde para el relax, el flaneo y el dar gusto al paladar tanto en el apartado sólido como en el líquido. Por tanto, estamos en lo que quizás alguna vez fue una explanada, cuyo eje lo domina el mercado de San Miguel y cuyo perímetro está delimitado por las calles Mayor al norte, Conde de Miranda y Cuchilleros al suroeste y sureste respectivamente y la Travesía de Bringas al este. Y ese será nuestro centro de operaciones en esta entrada odierna.

Iglesia de San Miguel de los Octoes

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Iglesia de San Miguel en el plano de Texeira. http://www.entredosamores.es

El origen de la plaza tiene que ver con una iglesia situada en el solar en que ahora se enmarca y que llevaba por nombre San Miguel de los Octoes. Dicho templo fue uno de los diez primitivos que existían en la ciudad y que se citan en el Fuero de Madrid de 1202. Por tanto, ahí debemos situar el origen de la propia plaza porque por mucho que el templo ocupara el solar hay que suponer que existiría un atrio, grande o chico, y un espacio en las inmediaciones de la parroquia. Al hablar de ella, Pedro de Répide matiza en su Calles de Madrid que “no fue ésta parroquia desde sus comienzos sino sólo un oratorio dedicado a San Marcos, con un rico cabildo y al que se iba en solemne procesión el día del santo evangelista”. Esta dedicación a San Marcos llegará hasta la época de los Reyes Católicos en que según el Ciego de Vistillas ya tomó el nombre de “San Miguel de los Octoes por una familia de este apellido que había en la feligresía y fue muy bienhechora de la iglesia, linaje que comenzó en un vecino de la Villa ricamente hacendado, que tuvo ocho hijos varones, de lo que aquél (el nombre del templo) tuvo su origen”. En el mismo sentido se pronuncia Mesonero Romanos en cuanto al origen del apelativo de los Octoes. Sin embargo, Gómez Iglesias estima que la palabra octoes sería una corrupción del término latino auctores, en el sentido de ser garantes o conjuradores por ser la iglesia juradera, es decir, la destinada a recibir en ella juramentos decisorios, habitualmente la principal de cada pueblo o la sede del arzobispado. Esta última teoría tampoco parece muy sólida toda vez que no parece que la parroquia de San Miguel fuera de las más importantes en la antigüedad ya que otras, como podían ser la propia Santa María de la Almudena, El Salvador, San Pedro o San Ginés, deberían por lógica tener más renombre. La iglesia sufrió reformas que parece ser que nunca tuvieron la profundidad que se merecía el templo por el hecho de lindar con la muralla. La familia del conde de Barajas, apellidos Zapata o Cisneros, ejerce importante influencia en el entorno lo que lleva a modificar urbanísticamente el mismo a su capricho e incluso aparece una capilla llamada de los Zapata que se debió desplomar a comienzos del siglo XVII porque inmediatamente la iglesia sufre una nueva reforma. Decimos que esto debió suceder a comienzos del siglo XVII porque ya Mesonero apunta en su Madrid Antiguo que “el templo de la parroquia era moderno, del reinado de Felipe III, capaz y hermoso, contenía sepulcros notables y otros objetos primorosos de arte, entre ellos el precioso tabernáculo de piedras finas y bronces, trabajado en Roma en precio de 6.000 ducados a costa del cardenal don Antonio Zapata y Cisneros, hijo del conde de Barajas, madrileño insigne que hizo presente de él a esta iglesia”. Este sagrario fue lo único importante que pudo salvarse cuando se incendió el lienzo oeste de la plaza Mayor el 16 de agosto de 1790, trasladándolo a continuación a la vecina iglesia de San Justo. Dicho incendio supuso el principio del fin del templo que, pese a recibir una nueva reforma, sería definitivamente demolido por orden de José Bonaparte, en 1809, dentro de su ambicioso programa de reformas para dar a Madrid más espacios abiertos. También se derribó la manzana de casas “que desde dicha plazuela daba frente a las Platerías y formaba los dos callejones laterales de la Chamberga y de San Miguel (hoy Travesía de Bringas)”, comenta Mesonero Romanos.

Mercado de San Miguel

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Fachada norte del mercado de San Miguel. Foto Wikipedia

Y si desde siempre los alrededores de la iglesia habían sido escenario propicio para la venta de comestibles, a partir de la desaparición de la misma, con más razón. Es por ello que a lo largo del siglo XIX su destino prácticamente fue el de servir, nunca mejor dicho, de plaza de mercado tal como el propio Ramón de Mesonero comenta en 1861, fecha de la edición de su inigualable Calles de Madrid. Escribe don Ramón que “hoy sirve aquel solar de ingreso y parte del mercado con una portada de ladrillo construida hace pocos años para cubrir algún tanto el mal aspecto de los cajones a la parte de la calle Mayor, que ciertamente debieran suprimirse en aquel sitio. En esta manzana de edificios debió estar en el siglo XVI la cárcel de la Villa, pues el maestro Hoyos en su obra de Recibimiento de la reina doña Ana hace mención de que al llegar a este sitio antes de las Platerías y de la plazuela del Salvador se oyeron lamentos de los presos que pedían gracia a los reyes”. En la iglesia de San Miguel fue inhumado el dramaturgo Juan Pérez de Montalbán fallecido, según Mesonero, “resentido en la cabeza a consecuencia de un trabajo tan continuado, y en la temprana edad de 36 años”. Perez de Montalbán era amigo y discípulo de Lope de Vega, quien a su vez había sido bautizado en esta iglesia pues había nacido en la calle Mayor, en la casa que hacía esquina con Milaneses. Pero volvamos al mercado porque el solar que había dejado diáfano el derribo de la iglesia de San Miguel ejecutado el 8 de noviembre de 1809 se transformó en una plaza pública en la que según Wikipedia “se celebraba un mercado de productos perecederos, para lo que se disponía de hileras de cajones de madera y tenderetes”. El político, historiador y estadista Pascual Madoz daba una cifra en su diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de 128 cajones y 88 tenderetes en 1847 por lo que podía considerarse uno de los mercados importantes en la Villa y Corte. Era el momento donde las ideas higienistas de médicos, científicos y urbanistas comenzaron a imponer sus criterios funcionales con el fin de remediar los problemas de suciedad e insalubridad que la instalación de mercados callejeros generaba en la población. Sin embargo, no será hasta el último tercio de siglo cuando el Ayuntamiento comience a construir mercados cubiertos con estructura de hierro. Primero fueron los de Mostentes, Cebada, Chamberí y Paz. Pero las necesidades de la ciudad en cuanto a infraestructuras de este tipo iban más allá. Se seguía vendiendo al aire libre en las plazas públicas y la de San Miguel era una de ellas. Galdós en Fortunata y Jacinta sitúa a la tía de la primera como verdulera en un tenderete de San Miguel y con indudable éxito, a tenor de las descripciones que hace el escritor canario tanto del ambiente que se vive en torno al mercado como de la relativa comodidad con la que sobreviven tía y sobrina en el cuchitril de la Cava de San Miguel. Pero, pese a todo, no se construirá la nueva instalación hasta ya entrado el siglo XX, siendo inaugurado el 13 de mayo de 1916, aunque ya la primera fase había entrado en funcionamiento dos años antes pues se había partido en dos el proyecto para no interrumpir el funcionamiento comercial del recinto. Escribe Wikipedia que arquitectónicamente sus elementos más significativos son “los soportes de hierro de fundición de la estructura, la composición de las cubiertas, el sistema de desagües y la crestería cerámica que corona la susodicha cubierta. El coste de las obras fue de 300.000 pesetas de la época. El acristalamiento exterior es posterior. San Miguel es la única muestra que queda aún en la ciudad de la denominada arquitectura del hierro ya que todos los mercados cubiertos construidos en el último tercio del siglo XIX fueron demolidos y, en general, sustituidos por nuevas construcciones”.  A lo largo del siglo XX el mercado pasó por peores y mejores épocas hasta que en 1999 la Comunidad de Madrid  junto a los comerciantes del centro emprendieron una renovación, que supuso una inversión de 150 millones de pesetas, con el fin de devolverle su aspecto original. Sin embargo, era la época de la llegada de los grandes centros comerciales e hipermercados que hizo que como tantos otros recintos de estas características y tradición sufriera un sensible bajón en su actividad comercial. Afirma Wikipedia que, para evitar su definitiva defunción, “un grupo de particulares con intereses arquitectónicos y gastronómicos y pertenecientes a ámbitos culturales y sociales han formado una sociedad, actual dueña mayoritaria del mercado”. Su objetivo es resucitar y mejorar la actividad tradicional “con una oferta centrada en productos de gran calidad, alimentos de temporada, asesoramiento gastronómico…”. Tras su reapertura en mayo de 2009 el mercado ha contribuido a la revitalización de la zona en el segmento de ocio gastronómico y, como decíamos al principio, con un innegable éxito pues el interior del edificio de hierro suele estar a rebosar en las horas habituales de simple tapeo o de reposición de fuerzas. Actualmente cuenta con dos plantas con una superficie cada una de ellas de unos 2000 metros cuadrados. Los puestos de venta se han convertido en bares y zonas de degustación culinaria. El diseño de hierro y cristal posibilita que la luz entre de forma natural en el recinto dándole ese toque definitivo para que el visitante se sienta a gusto saboreando cualquiera de las múlitples y variopintas viandas que al paladar y a los ojos golosamente se les ofrecen.

 

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Publicado por en marzo 15, PM en Plazas

 

Lavapiés: barrio, calle y plaza

Plaza de Lavapiés.ww.madrid.org

Plaza de Lavapiés poco después de su reforma. Foto http://www.madrid.org

Lavapiés, actualmente multiculturalidad… magrebíes, chinos, también perrofláuticos. Y algunos que quisieran ser considerados perrofláuticos pero a los que la edad y la carencia de actitud y aptitud los delata. Lavapiés, ayer manolería… chulapos y chulapas midiendo su dignidad a pedradas con los chisperos del Barquillo. O asesinando frailes, ¡seamos francos! Lavapiés, desde siempre esencia y aroma a pueblo. Madrid en estado puro, es decir, con la navaja en la faja, comentando un lance de Pepe-Hillo, de tasca en tasca… Si en algún distrito de la capital la palabra barrio tiene sentido en su más campechana expresión ese es sin duda Lavapiés. Y si Antonio Machado dijo aquello de que Madrid era rompeolas de las Españas, Lavapiés es el puerto al que arribaron desde tiempos inmemoriales gentes variopintas, procedentes de todos los puntos de la piel de toro, que en sus tarjetas de visita, es decir, en las arrugas de su rostro, en su morenez rústica, presentaban todo tipo de carencias materiales e incluso morales. Y si hay algún personaje típico y tópico de Madrid ese es el Manolo, el chulo, el vecino por antonomasia de Lavapiés. Por activa y por pasiva dejó escrito don Ramón de Mesonero Romanos que el tipo castizo madrileño “tiene su asiento principal en el famoso cuartel de Lavapiés y alrededores, que se fue formando espontáneamente con la población propia de nuestra villa y la agregación de los infinitos advenedizos que de todos los puntos del reino acudieron a ella desde el principio a buscar fortuna”. Especifica Mesonero que entre los que “vinieron guiados de próspera estrella, y cambiaron luego sus humildes trages y groseros modales por los brillantes uniformes y el estudiado idioma de la corte, vinieron también aunque por más modestas pretensiones los alegres habitantes de Triana, Macarena y el Compás, de Sevilla, los de las Huertas de Murcia y de Valencia, de la Mantería de Vallladolid, de los Percheles y las islas de Riarán de Málaga, del Azoguejo de Segovia, de la Olivera de Valencia, de las Tendillas de Granada, del Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y demás sitios célebres del mapa picaresco español”. Eso sucedería tiempo atrás, muy atrás, varios siglos atrás, cuando se poblaron los arrabales que caían hacia el sur, más allá de los límites de las diversas ampliaciones de todas las cercas menos de la última, la más moderna, la de Felipe IV, que envuelve la zona que ocupa este barrio, de nombre Lavapiés, que cuenta con una calle y una plaza que llevan idéntico apelativo y que son ejes y arterías principales de todo un cuerpo urbanístico que si bien en sus primeros tiempos acogía a lo más florido de la populachería española hoy extiende su llamada más allá de los límites de la piel de toro, acogiendo en su seno gentes de diversas razas, credos, costumbres y manías que han poblado sus costaneras, vericuetosas y enredadas calles dándoles un colorido y un vitalismo que han traído consigo la revitalización de un distrito capitalino apagado y moribundo hace apenas quince o veinte años. Hoy no son los habitantes de Triana, ni los del Potro cordobés ni los de La Mantería vallisoletana los que arriban a este empinado puerto sino que vienen con una mano delante y otra detrás desde Oriente o desde el más cercano continente africano tras sufrir todo tipo de desgraciadas peripecias en una odisea que acojonaría al mismo Ulises. Para muchos de estos morenos la vuelta a Ítaca seria un juego de niños comparada con su propia experiencia aunque tampoco debemos dejarnos llevar por la blandura y pasar por alto que si a España u otros países europeos llegan apurados y hambrientos es por la mala cabeza y peor gestión de unos gobiernos de origen que dictan, ordenan, parten y reparten a su antojo sin que ningún organismo internacional les pare sus dictadoriales e hipercorruptos pies. Quizás porque también tienen interés en que las cosas sigan como hasta ahora. Y, siento decirlo, las cosas no pueden ni deben seguir como hasta ahora. En todo caso, aquí están y aquí los recibimos con los brazos más o menos abiertos según las más o menos condescendientes sensibilidades de las que solemos hacer gala. Pero, en fin, vayamos a lo nuestro, que no es otra cosa que la descripción divulgativa y somera de lo físico y lo histórico del barrio de Lavapiés, de la calle que lleva el mismo nombre y que se manifiesta como eje de dicho barrio y que, por fin, desembocará en la plaza de igual apelativo cual arroyuelo que baja saltarín desde la plaza del Progreso (Tirso de Molina) para sumirse en el metafórico albañal que nos sugiere la boca de Metro que hoy día corona el ágora lavapiesina.

Origen hebraico -o no- del barrio

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Iglesia de San Lorenzo. Foto Wikipedia

Hay controversia y mucha sobre los orígenes del barrio de Lavapiés. Antes de convertirse en el foco de atracción de la emigración interior procedente de los barrios más marginales de las principales poblaciones españolas, parece ser que se había asentado aquí la colonia judía matritense allá por los tiempos de los Reyes Católicos. Lo afirma Pedro de Répide en su Calles de Madrid y, aunque su tesis ha recibido todo tipo de críticas y descalificaciones, nos atrevemos a considerarla plausible y verosímil en la medida en que coincide con los datos históricos que nos hablan de que el origen del barrio estaría en los asentamientos extramuros de la capital de finales del siglo XV. Répide escribe que la plaza y la calle llamadas de Lavapiés “eran residencia de los judíos conversos, después de las severas medidas antisemitas adoptadas por los Reyes Católicos, así como la calle Ave María fue refugio de moriscos”. O sea, una vez que los echaron del centro de la Villa. Por tanto, defiende El Ciego de Vistillas el carácter hebraico del barrio y subraya su argumentación aduciendo que “la judería madrileña tenía núcleo de población en las cercanías de la sinagoga, que estaba precisamente donde se alza la iglesia de San Lorenzo”, actualmente en el número 2 de la calle Doctor Piga. Quienes, por otra parte, consideran un mito el origen semita del barrio alegan que se trata de una falacia cultivada por los autores de obras literarias pertenecientes al regionalismo tardío predecesor del romanticismo nacionalista de finales del siglo XIX. Se remiten a Ramón de Mesonero, quien en sus Escenas Matritenses adjudicaba el nacimiento de dicha leyenda al escritor Don Ramón de la Cruz, en concreto en el sainete Los bandos de Lavapiés. Es más, estas opiniones contrarias a lo dicho por Don Ramón de la Cruz, avalado por Mesonero y subrayado por Répide, se basan en la defensa de la inexistencia de un barrio judío en la zona de Madrid de la que estamos hablando y que el auténtico barrio hebreo de Madrid se encontraría cercano a la actual catedral ya que en las excavaciones para instalar el futuro museo de las Colecciones Reales se han hallado recientemente restos arqueológicos relacionados con una supuesta antigua judería situada en ese entorno. En cualquier caso, y sea como fuere, no se puede negar la existencia de una sinagoga donde ahora se levanta el templo de San Lorenzo como tampoco que una calle que actualmente lleva el nombre de La Fe se denominó durante siglos calle de La Sinagoga. Otro argumento para acusar de falsedad el origen judaico del barrio es el considerar fruto de la imaginación popular la relación de su nombre con una fuente donde se lavarían los pies los judíos antes de entrar en el tiempo. Sabido es que no es propio de los adeptos a esa religión tal rito pero nadie puede impedir que se piense con la lógica que da el sentido común que en ese lugar existiera una fuente en la que, además de tomar el líquido propio para los usos habituales, se lavaran los pies judíos, musulmanes, cristianos o… cualquiera que por allí pasara. Y no precisamente por razones rituales sino por propia necesidad. A veces el echar a volar la imaginación y el despegar demasiado los pies de la tierra nos lleva a buscar tres pies al gato cometiendo errores comprensibles pero imperdonables. Dado el carácter humilde y popular de Lavapiés, nada sería de extrañar que el topónimo hiciera alusión sencillamente a la necesidad de asearse en tiempos donde ni existía el agua corriente ni se estaba muy por la labor de utilizar el agua para menesteres que hoy consideramos imprescindibles. Por otro lado, no podemos dejar de lado el polémico asunto sin recordar que el término Manolo o Manola, sempiternamente asociado al barrio de Lavapiés, tiene un origen religioso. “Una ostentación de cristianos nuevos -según Pedro de Répide- en la que tal vez latía al mismo tiempo una preocupación judaica, hacía que las familias de los conversos llamasen siempre Manuel al primero de sus hijos, con lo que, por la abudancia de ese nombre quedó aquel barrio como de los Manueles y por ende, de los Manolos”. Obvio es decir que Manuel es sinónimo de enviado de Dios.

Calle y plaza de Lavapiés

Fuente_de_Lavapiés. Wikipedia

Fuente de Lavapiés hacia 1870, pocos años antes de su derribo. Foto Wikipedia

La calle de Lavapiés es una rúa angosta, recta y en cuesta o pendiente, según desde el punto cardinal desde el que la ataquemos. Si iniciamos nuestro paseo desde su origen numérico, es decir, al norte, en la plaza de Tirso de Molina, habrá que transitar con el freno de mano echado lo que, si bien es siempre incómodo, nos permitirá disfrutar del sabor popular que desprenden esos balcones sabiamente decorados con geranios u otros tipos de plantas propias del acervo botánico-casero nacional. Sus balconadas estrechas y retranqueadas nos retrotraen a una arquitectura popular sobria y dominada por la practicidad de las construcciones. Si echamos a volar nuestra imaginación por esta rúa veremos transitar a alguna Fortunata o algún Maxi Rubín sumido en sus ensoñaciones, repitiéndose al doblar alguna de estas esquinas que Fortunata lo ama, que es mentira lo que dice doña Lupe la de los pavos, de que se ve a escondidas con Juanito Santacruz. Decía Répide hace algo más de cien años que era calle “de majeza, mapa y cifra de la manolería, que tuvo el privilegio de llamarse Real por concesión de Felipe III cuando en ella asistió a las fiestas de desagravio al Cristo del Olivar, cuya tradición está enlazada con las de las calles de Cañizares y Olivar”. Como anécdota, nos confía una vez más Pedro de Répide que pasado el cruce con la calle de la Cabeza, en lo que se denominó plazuela de Ludones, antes de llegar al Campillo de la Manuela, “queda el recuerdo más interesante de la calle. Allí vivía la hija del histrión Jerónimo Velázquez, Elena Osorio, amada de Lope de Vega, y a la puerta de aquella casa estalló, en una repentina discordia, la enemistad que tuvieron Lope y Cervantes, quien era grande amigo de los Velázquez y asiduo visitante de la casa. Lope fue luego el violento detractor de Elena Osorio y su familia y llegó a ser procesado por los libelos que le dedicó a aquellos cómicos y en particular a aquellas mujeres, de quienes decía en sus versos infamantes: Estas son tres, estas son tres, las que empuercan el barrio de Lavapiés“. Está claro que en asunto de faldas Lope no se dejaba enmendar la plana o mojar la oreja ni por el mismísimo Cervantes, más aún teniendo en cuenta que el dramaturgo se consideraba el galán entre los galanes de la época mientras que el cervatillo era poco más que ese autor semifracasado que movía a la conmiseración en el entonces asfixiante barrio de Las Letras. Pero descendamos la cuesta sin mayor dilación porque ante nosotros no tardará en abrirse de par en par un espacio amplio hacia el que confluyen varias vías de igual estrechez que la de Lavapiés, aunque con desiguales pendientes. Nos damos de bruces con la plaza de Lavapiés y, si el día de nuestro flaneo tenemos la suerte de disfrutar de un clima bonacible veremos a diestro y siniestro representantes de las más diversas etnias ocupando cualquier espacio que pueda considerarse, provisional o definitivamente, asiento. Y si no lo hubiere libre no pasa nada, en corrillo se ven hombres vistiendo chilaba que en cuclillas debaten con ardor y pasión sobre cualquier tema, desde la frivolidad futbolera hasta cuestiones morales propias de su idiosincrasia cultural. Oficialmente estamos en el distrito Centro, antiguamente del Hospital, parroquia de San Lorenzo, sí, aquella que cuyo solar parece ser ocupara una sinagoga tiempo ha. Nos encontramos en un espacio abierto, en forma de polígono más o menos irregular, donde vierten a sus paseantes o sus vehículos las calles Argumosa, Ave María, de la Fe, Olivar, Sombrerete, Tribulete, Valencia y la propia Lavapiés, nuestro cicerone desde el septentrión capitalino. La puerta del Sol del distrito del Avapiés como escribiera Mesonero Romanos, haciendo uso de un topónimo, el de Avapiés, que sólo ha aparecido en textos literarios de la mano de autores como Moratín padre o Fernández Shaw y que parece ser nunca tuvo una naturaleza real. Y aquí, en medio de la plaza es donde se sabe que estuvo situada la famosa fuente que daría nombre al barrio, a la calle y a la propia plaza, “una fuente -según Répide- de sencilla ornamentación y de buen aspecto que ha presidido esta plaza hasta el siglo XIX, en cuya segunda mitad se han hecho desaparecer neciamente típicos y bellos adornos de Madrid. Tan neciamente como en este caso, ya que, aunque sin gracia ornamental, ha seguido habiendo en este lugar una fuente del agua, que en otro tiempo fue tan renombrada como la del Bajo Abroñigal”. Dejemos a Pedro de Répide que lamente la ceguera de la clase dirigente y seamos pacientes para escucharle a continuación decir que en la esquina con la calle Tribulete se conservaba a comienzos del siglo XX el edificio que albergó la Real Fábrica de Coches, que tanta importancia tendría en los últimos años del reinado de Fernando VII “y frente a ella -concluye nuestro fiel y generoso guía- estaba, datando de análoga antigüedad, la famosa fábrica de cervezas de Lavapiés para la cual tenía su propietario extensa plantaciones de lúpulo en Peñaranda del Duero”. El vetusto edificio de la fábrica de cerveza fue derribado para posibilitar que la calle Argumosa ganara en anchura. Y aquí termina nuestro flaneo por un barrio que bien merece unas horas de atención, un barrio degradado y abandonado prácticamente desde la guerra civil, hecho que acentuó su carácter popular y humilde, pero que desde hace un par de décadas ha sufrido una positiva y espectacular transformación tanto en lo arquitectónico, como en lo comercial y, por supuesto, en el apartado humano. Al margen de la instalación en él de emigrantes procedentes del continente africano o de oriente, fundamentalmente, el poblador aborigen escaso de fondos económicos puso su ojo y su hipoteca en balcones asilvestrados, en portales muchos de ellos semiabandonados y con las maderas raídas o en fachadas desconchadas y víctimas fáciles de los grafiteros. Estas gentes han tomado pacíficamente sótanos, pisos, buhardillas y áticos y han convertido lo que estaba en un estado de semiabandono en un barrio amable, habitable y perfectamente practicable para el paseo o la escapada ociosa tanto diurna como nocturna. En nuestras manos está el disfrutarlo con sus luces y, por qué no decirlo también, con alguna, mínima, sombra. Pero, nada ni nadie es perfecto. Fijo.

 

 

 
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Publicado por en febrero 12, PM en Calles, Entornos, Plazas

 

Plaza de la Cibeles

Plaza de la Cibeles

Panorámica de la plaza de Cibeles en sentido oeste-este. Foto http://www.lavanguardia.com

¡La Cibeles! Todo en uno, plaza y monumento. “¡Vámonos a la Cibeles! ¡Los leones de la Cibeles”! ¡Con un par! Con el artículo femenino singular delante, violando una de las más básicas leyes de la ortografía, en concreto la que impide que ante un sustantivo propio pongamos un artículo determinado. Así es el pueblo de Madrid, que logra imponer sus propios criterios lingüísticos a la normativa imperante hasta llegar al extremo de aplicarlos para nombrar a uno de los parajes más señeros, más conocidos y más flaneados de la orografía matritense. Probablemente, Cibeles, La Cibeles o la plaza de Cibeles – como prefiera cada cual- sea, junto a la plaza Mayor, la Puerta del Sol y la plaza de Oriente, la cuarta pata del banco turístico por antonomasia de la Villa y Corte, con permiso quizás del Retiro, la Gran Vía y, en menor medida, de la plaza de España. Ha sido así indudablemente desde finales del siglo XIX, en concreto desde 1895, cuando la fontana se trasladó al centro de la plaza, convirtiendo el enclave en una glorieta a la vez que elevaba la figura de la diosa a eje de un cruce de caminos cuyos puntos cardinales se iban a completar con edificios claves en la vida pública de la capital e incluso del Estado. El Cuartel General del Ejército, el Ayuntamiento de Madrid, el Banco de España o la Casa de América tienen hoy día categoría y atractivos suficientes para concitar las miradas y las visitas de turistas extranjeros o nacionales. Sin embargo, ninguno de ellos consigue eclipsar la fama de la diosa símbolo de la Tierra, la agricultura y la fecundidad, que emerge orgullosa y hasta soberbia transportada en volandas por los leones en dirección al centro de la Villa. Por si fuera poco, hay que añadir el efecto mediático que ha supuesto el que durante las últimas décadas se haya convertido en polémico lugar de celebraciones futboleras. Y es que hay que reconocer que para bien o para mal los éxitos madridistas la han convertido ya sin discusión en uno de los monumentos más visitados de la capital. Sin embargo, esta fama recientemente sobrevenida no le ha quitado de encima -afortunadamente- el aire castizo y complice con el madrileñismo más popular del que siempre han alardeado tanto la ciudad como sus propios vecinos. Ya lo decía Ramón Gómez de la Serna en su Elucidario al prosopopeyizar a  una diosa que “nuestra familiaridad madrileña, que la apela con ese la lleno de confianza, hace ver en ella una valiente reina de Castila, siempre en medio de su pueblo y custodiada sólo por la fiereza de sus leones”. Pero echando mano del pleonasmo empecemos por el principio y situémonos en el siglo XV, aproximadamente cuando el eje arbolado norte sur separaba el casco urbano de la Villa de los conjuntos monacales y palaciegos.

Entre Recoletos, El Prado y la calle de Alcalá

La Cibeles en su ubicación original

La fuente en su ubicación original junto al palacio de Buenavista. Foto Wikipedia

Leemos en la enciclopedia virtual que ese eje arbolado constaba de tres tramos principales “conocidos como el Prado de los Recoletos Agustinos -actual paseo de Recoletos-, el Prado de los Jerónimos -actual paseo del Prado- y el Prado de Atocha”, actualmente desaparecido y que debía ser la continuación del paseo hacia la iglesia de la virgen de Atocha. Felipe II lleva a cabo una primera reforma de la zona hacia 1570 con el fin de darle un realce en consonancia con la reciente proclamación de Madrid como Corte del Reino. Pero es en tiempos de Carlos III cuando se lleva a cabo la remodelación que convertirá el eje Prado-Recoletos en uno de los lugares más atractivos de la capital, dentro de cuyo perímetro se encuentra el enclave que hoy describimos “y donde antes estaba el inculto aunque poético recinto en que se holgaba la corte madrileña”. Esto lo afirmaba con rotundidad Ramón de Mesonero en el siglo XIX como preámbulo para engrandecer la figura y el proyecto del llamado mejor alcalde de Madrid: “A la voz del gran Carlos III, de este buen rey a quien debe su villa natal casi todo lo que la hace digna del nombre de corte, y por la influencia y decisión del ilustrado conde de Aranda, su primer ministrto, hubieron de callar las escusas producidas por la ignorancia y por la envidia contra el grandioso pensamiento y sus numerosos detalles propuestos para la obra colosal de este paseo por el ingeniero don José de Hermosilla y por el arquitecto don Ventura Rodríguez”. De resultas del magno proyecto “explayose grandemente el terreno con desmontes considerables; terraplenáronse o se cubrieron y allanaron los barrancos, plantándose multitud de árboles, y proyeyéndose a su riego con costosas obras; alzáronse a las distancias convenientes las magníficas fuentes de Cibeles, de Apolo, de Neptuno, de la Alcachofa y otras y se formaron, en fin, las hermosas calles y paseos laterales y el magnífico salón central”. Consecuencia de esta iniciativa urbanística fue, por lo que a nosotros atañe en estos momentos, la instalación en 1782 de la fuente dedicada a la diosa Cibeles junto al palacio de Buenavista, en el paseo de Recoletos, mirando hacia la vecina fuente de Neptuno, es decir, en el lateral noroeste. Allí se levantaba el llamado pabellón de Milicias, que Pedro de Répide describe en su Calles de Madrid como “sencillo y pequeño, en el que habitó Diego Godoy, hermano del príncipe de la Paz. Perteneciente al Estado como procedente del secuestro de bienes del antiguo favorito, fue durante el siglo XIX destinado a oficinas de Infantería y después a las de la Presidencia del Consejo de Ministros…/… Sufrió un incendio en 1870 y no tardó en ser derribada aquella construcción que afeaba la perspectiva de Buenavista”. Nos encontramos, por tanto, en el último tercio del siglo XIX, época en que se lleva a cabo una remodelación a fondo de la plaza. La extensión de la capital hacia el Este es una realidad con el desarrollo del barrio de Salamanca. Por otra parte, la aparición e incremento progresivo de la circulación rodada hace que la plaza tome una nueva dimensión y, como consecuencia de ello, el Ayuntamiento se decida a colocar el monumento en su zona central. No sin polémica pues las opiniones estaban encontradas sobre a quién rendir homenaje en un lugar tan prestigioso. Así lo refleja Répide cuando apunta a que “en este sitio quería don Arturo Melida -afamado arquitecto del Madrid de finales del siglo XIX- haber levantado un monumento al pueblo madrileño por el 2 de mayo, y todavía cuando el centenario del Quijote, en 1905, es decir, después de diez años de situada la Cibeles en su nuevo emplazamiento, hubo quien propuso quitar de allí ese fuente y colocar en vez de ella el eternamente proyectado monumento a Cervantes.”. Pero vayamos a los datos biográficos de la fuente en cuestión, limitándonos a dar los más generales pues información hay en la red para quien desee profundizar en cuestiones históricas, arquitectónicas o artísticas tanto de este como de los otros edificios situados en la plaza. El conjunto monumental de la Cibeles fue diseñado por Ventura Rodríguez y su ejecuión correspondió a los escultores Gutiérrez Arribas y Roberto de Michel. El primero se encargó de la diosa y el carro mientras que este último esculpió los leones. El adornista Miguel Jiménez completó la obra. Desde su inauguración en 1782 hasta su traslado al centro de la glorieta, la fuente cumplió la función de abastecimiento de agua a los ciudadanos, uso que pierde con la nueva ubicación. Los tiempos eran otros y el agua corriente ya estaba llegando a las viviendas particulares y, por tanto, pasa a convertirse en un elemento ornamental que el Ayuntamiento de Madrid quisó realzar situando el monumento sobre cuatro peldaños e incorporantdo en la parte trasera del carro dos nuevas esculturas. Durante el siglo XX se han añadido otros motivos ornamentales hasta darle la forma actual, con sus cascadas, surtidores verticales de cinco metros de altura y chorro curvado que lanza agua desde la figura de la diosa hasta el estanque.

Palacio de Buenavista y Banco de España

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Fachada del banco de España con La Cibeles a la izquierda. Fotor http://www.hispanidad.com

Pero no se encuentra la diosa desarropada, desprotegida, sola ni abandonada en medio de la plaza que en otro tiempo se llamara de Madrid o de Castelar. No, afortunamente no. Y ese es otro de los grandes atractivos de esta magna plaza, o más bien glorieta, dado que no puede ser disfrutada por el peatón como cualquiera otra de su especie. La diosa, como decimos, está protegida en las cuatro esquinas de la explanada por otros tantos edificios de gran valor histórico y artístico. Comencemos por la descripción del más antiguo, el palacio de Buenavista, situado en la esquina noroeste, en los terrenos que allá por el siglo XVII ocupara la huerta de Juan Fernández, aquella que aparecía en la comedia de Tirso de igual nombre y en cuyo lateral fuera ubicada la fuente en su primer siglo de vida. En 1769 el decimosegundo duque de Alba adquirió unos terrenos situados en el denominado Altillo de Buenavista para reajardinarlos según la moda francesa, de la mano de Ventura Rodríguez. El proyecto no llegó a ejecutarse y la heredera de Alba, una de las probables majas denudas o vestidas de Goya, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, ordenó derribar la edificación exitente para levantar en 1777 el palacio que hoy podemos ver, en este caso bajo la supervisión de Pedro de Arnal. La duquesa vivió allí de forma regular a lo largo de su densa vida y de las paredes de sus salones colgaron lienzos tan valorados como La venus del espejo de Velázquez, La Madonna del Alba de Rafael o La educación de Cupido de Correggio, entre otros. Varios incendios y la muerte sin herederos forzosos de los duques de Alba fueron el triste preámbulo que llevó  al palacio a la expropiación en 1807. Pasa a manos de Manuel Godoy  y después a las de José Bonaparte, quien decreta que se dedique a museo de pinturas. La desfortunada marcha del bienintencionado monarca francés supuso que la orden no tuviera efecto y tras decidirse la actual ubicación del museo de pinturas, en 1847 el edificio se convierte en Ministerio de la Guerra a cuyos usos ha estado vinculado hasta hoy día con unas u otras denominaciones. Situémonos ahora enfrente del palacio de Buenavista, en la esquina suroeste, donde desde 1891 tiene su sede el Banco de España en el solar que en el pasado ocupara el palacio de Alcañices. El edificio fue proyectado por Eduardo Adaro y Severiano Sainz de la Lastra, entre otros. Tres reformas han convertido el edificio en lo que hoy podemos observar, es decir, unas fachadas que recogen un repetorio decorativo ecléctico, donde destaca la sobriedad de zócalos y plantas bajas que acentúan la idea de solidez que quiere transmitir una institución como la que alberga el edificio. El interior se distribuye en crujías paralelas a una serie de patios alineados con los ejes del paseo del Prado y la calle de Alcalá, articuladas por el tramo diagonal del chaflán. El edificio fue declarado bien de interés cultural en 1999 y el susodicho chaflán servía de excusa a Pedro de Répide allá por los años 20 del siglo pasado para mencionar el reloj que lo corona y que según su criterio había “sustituido para muchos al de la Puerta del Sol en lo de regir la hora de los bolsillos y cuyas campanadas vibrantes como las de ningún otro extienden su sonoridad hasta muy grandes distancias”. No es el caso en la actualidad, pues el personal ya no depende de un reloj público para poner en hora el suyo, si es que lo tiene de pulsera porque de bolsillo hay que presumir que no. No terminan ahí los comentarios de Répide sobre el edificio del Banco de España, cuya esquina principal servía en los felices años 20 de “lugar señalado para las citas que antes se daban solamente en la Puerta del Sol y la proximidad del palacio de la Banca oficial, con su variedad de entradas y salidas, hace este paraje muy propicio para que los profesionales de los timos clásicos planten en él a sus víctimas, víctimas de su propia avaricia y de su cazurrería, dignamente castigadas. Una bola dorada remata ese chaflán del Banco, allí donde en otro tiempo se erguía esbelta la torrecilla del palacio de Alcañices”.

Palacios de Linares y de las Comunicaciones

Palacio de las Telecomunicaciones

Visión al atardecer del palacio de las Comunicaciones. Foto http://www.raileurope.com

Cruzamos el eje Recoletos-Prado para situarnos en la esquina nordeste con Alcalá, donde se encontraban los terrenos de antiguo pósito y que Mateo Murga Michelena, marqués de Linares, adquirió para edificar un palacio, al que dio nombre y, posteriormente, fama de fantasmagórico. El marqués compró al Ayuntamiento en 1872 un solar de algo más de 3000 metros cuadrados y ordenó al arquitecto Carlos Colubí que le construyera una mansión en consonancia con su fortuna creciente y con la moda ostentosa de la naciente burguesía de la época, que tan bien ejemplarizada quedó en el marqués de Salamanca. Hasta 1900 no terminaron los trabajos si bien los marqueses ya ocuparon algunas de sus numerosas estancias con anterioridad. La construcción consta de cuatro pisos más un subsótano con galerías cegadas que comunicaban con edificios cercanos. La planta sótano albergaba cocinas y dependencias para la servidumbre y otros empleados del marqués. En el entresuelo se encontraba la escalera principal como elemento más sobresaliente junto a las dependencias privadas de los marqueses mientras que en la planta noble hay que destacar los numerosos salones -de tapices, de baile o chino-, comedor de gala, capilla y otros dormitorios y dependencias privadas. En la tercera planta se encontraban las galerías pompeyanas, invernaderos, habitaciones de recibo y otras dependencias para invitados. Hoy en día acoge la Casa de América, insitución cultural que intenta estrechar lazos entre España y el continente colombino y su reciente fama se debe a que en los años 80 del siglo pasado el director de cine Luis García Berlanga lo utilizó para rodar Patrimonio Nacional. El edificio permaneció cerrado desde la Guerra Civil. En 1976 fue declarado Monumento Histórico Artístico lo que lo salvó de los movimientos especulativos y de una más que segura desaparición, abriéndo las puertas a su posterior restauración, en 1990. Pero si por algo es famoso el palacio de Linares más allá de sus características artísticas o históricas es por su fama de palacio encantado. La leyenda parte de los marqueses de Linares, José de Murga y Reolid y Raimunda Osorio, respectivamente. José, hijo de un acaudalado comercial se enamora de Raimunda, una muchachita humilde del barrio de Lavapiés. El referido futuro suegro rico, Mateo Murga, se entera del romance y disconforme con ello manda a su hijo a estudiar a Londres para separarlo de su amada. No debieron hacer mucho caso los amantes porque poco después los vemos casados en la leyenda, pese a las advertencias. Muere Mateo y deja una carta donde explica la razón de su oposición al emparejamiento y que no es otra sino la de que ambos amantes son hermanos de padre, consecuencia de una cana al aire echada por don Mateo en sus años mozos con una cigarrera de Lavapiés. José y Raimunda toman nota y piden una bula al papa para convivir castamente. Pío IX se la concede pero la carne es débil y en un arrebato conciben una niña a la que asesinan para evitar verse señalados por el dedo de la hipocresía social. La niña habría sido emparedada o ahogada y enterrada en el propio palacio y según la leyenda, esoteristas, videntes y demás fauna vividora de estos asuntos, el espíritu de Raimundita, que así se llamaba la niña, sigue paseando por los grandes salones del viejo palacio entonando canciones infantiles y llamando a sus padres de forma lastimera y arrebatadora. La historia del origen de los padres podría ser real, según apuntan investigaciones recientes. Lo otro, que cada cual juzgue a su sabor. Completamos las cuatro esquinas de la plaza de Cibeles con el palacio de las Comunicaciones, de las Telecomunicaciones o la catedral de las Telecomuniciones, como se llamó en una principio dadas sus dimensiones, su majestuosidad y sus elementos artísticos. Su ubicación sureste lo sitúa en antiguos terrenos del Retiro. Son 30.000 metros cuadrados sustraídos al principal parque madrileño, que generaron bastante polémica en su momento y sobre los que se levantaría la nueva y grandiosa Casa de Correos y Telecomunicaciones hasta que en 2007, como consecuencia tanto del declive de las formas de comunicación tradicional como de la megalomanía de un mediocre político al uso apellidado Ruiz Gallardón, el edificio pasó a ser sede del Ayuntamiento de Madrid. El lugar fue en otro tiempo el principal acceso a los jardines del Buen Retiro. Dice Répide que “eran estos el resto del antiguo sitio denominado Huerta del Rey o San Juan, por la ermita dedicada a este santo en donde luego estuvo el palacio de igual nombre que, después de haber sido residencia del infante don Francisco de Paula, fue museo de Ingenieros…”. La apertura de la actual calle de Alfonso XII y la desaparición de las construcciones del palacio real del Buen Retiro supusieron que los jardines quedaran separados de las posesiones a las que pertenecían y fueron arrendados avanzando el siglo XIX a una empresa particular para hacer un parque de espectáculos “que sirviese de expansión y recreo al vecindario madrileño en las noches de verano”, aclara Répide.  El éxito del proyecto fue instantáneo y “la corte de don Amadeo de Saboya puso definitivamente de moda los jardines, que continuaron aliviando y alegrando las noches veraniegas de Madrid durante los tiempos de la Restauración y de la Regencia”. Hasta 1905, fecha en que comenzaron las obras del edificio de Comunicaciones de la mano de los arquitectos Palacios y Otamendi. Nos lo describe Répide y su descripción es perfectamente válida en la actualidad pues lo exterior no ha variado ni un ápice, afortunadamente. Dice El ciego de Vistillas que la edificación “es de proporciones colosales, y la gracia del labrado de la piedra blanca de Colmenar, que predomina en su construcción, aumentará su aspecto artístico cuando adquiera la pátina del tiempo. Esta fachada tiene en su parte superior un reloj al que le será difícil conseguir un prestigio que le permita competir con su frontero el del Banco, y ostenta finalmente en su parte culminante la gallarda antena de la telegrafía sin hilos”. Obsesión por la relojería y rétorica repidiana al margen, hay que apuntar que el edificio mezcla diferentes influencias y estilos desde una concepción racionalista y funcional con predominio del estilo modernista. “La monumentalidad de sus volúmenes -leemos en Wikipedia– emula las pautas arquitectónicas estadounidenses vigentes en la época y sus composiciones volumétricas denotan un cierto toque francés. En lo que respecta a los elementos decorativos del exterior, éstos remiten a la arquitectura medieval española, presente también en el tratamiento de la piedra”. Se debe referir la enciclopedia virtual al estilo neoplateresco salmantino. Seguro. Todo ello suma para que afirmemos que escribimos del edificio que más miradas atrae de la glorieta, fuente de Cibeles al margen. Con ello ponemos fin a este denso flaneo en torno a la plazuela que acoge la figura de la diosa Cibeles “ese símbolo disimulado”, en el sentir de Gómez de la Serna que “enmudecida y erguida en su carroza no deja de caminar en el tiempo y recorre la historia con su rodar incesante”. Mucho material ha quedado en el tintero, también el referido a un anecdotario que englobaría desde las supuestas virtudes curativas del agua de la fuente hasta el uso de esa misma como elemento de seguridad de la cámara acorazada del Banco de España. Y más. Pero preferimos parar aquí a arriesgarnos a cansar a un lector al que remitimos a nuestras fuentes habituales para ampliar información. En este caso, la hay y sobrada porque la plaza de la Cibeles es, mucho, muchísimo más que la historia o la arquitectura de la fuente y la diosa.

 

 

 
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Publicado por en enero 5, PM en Plazas

 

Plaza de la Villa

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Bellísima estampa nocturna de la plaza de la Villa

Si la plaza de la Paja fue en la Edad Media el centro neurálgico de Madrid desde el punto de vista agrícola y comercial, antes de que se construyera la del Arrabal (hoy Mayor), la plaza de la Villa lo debió ser desde el punto de vista de la política municipal. Y nos expresamos de forma perifrástica porque, aunque no hemos encontrado datos del momento preciso en que se convierte en lugar de reunión del concejo, sí sabemos que encima del pórtico de la iglesia de San Salvador se celebraban las asambleas de los gobernantes municipales. Se tienen noticias de que el mencionado templo aparece descrito en el fuero de 1202 y de que Madrid cuenta con ayuntamiento desde tiempos de Alfonso XI, que fue quien nombró a los primeros regidores. Dado que este rey castellano muere en 1350 hay que deducir que hacia mediados del siglo XIV la plaza de la Villa se puede considerar eje geográfico alrededor del que se desarrolla la vida municipal, salvo que los anteriores regidores ya utilizaran el pórtico del Salvador para reunirse. Que es más que posible. Sin embargo, lo que distorsiona de alguna manera esa antigüedad es que el más añejo de los edificios de esta plaza, la casa y torre de los Lujanes, se erigió en el siglo XV aunque no es descabellado aventurar que en torno a la iglesia deberían levantarse construcciones con anterioridad, toda vez que el lugar se encuentra dentro de la cerca árabe o primera ampliación de la ciudad. Volcamos a vuela pluma y de entrada estos datos -aun a riesgo de abrumar o saturar al lector- para justificar el que no nos atrevamos a considerar esta ágora matritense como la más antigua de la Villa pero sí a insistir en que, en pugna con la cercana de la Paja, concentraría en torno a ella la vida ciudadana del Madrid de la baja Edad Media. En todo caso, nos encontramos ante un recinto geométricamente rectangular de una densidad artística e histórica fuera de lo común. Lugar de visita de extranjeros que, empujados por sus manuales turísticos, hacen un alto en el camino, entre la visita del Palacio Real y la de la plaza Mayor, giran sobre sí mismos con sus mapas en forma de sábana abiertos cuanto dan de sí sus brazos y se admiran de que cada uno de los cuatro costados de la plazuela dé para escribir no uno sino varios tratados de historia o de arte. Los oriundos del lugar, condicionados por razones más prosaicas, se paran menos en esta explanada coronada por el monumento a Álvaro de Bazán, sobre todo desde que dejó ser sede del ayuntamiento hace ahora seis años. Sin embargo, a ningún madrileño escapa su importancia histórica, entre otras razones, por su situación geográfica, en el centro de la primera cerca, en pleno Madrid de los Austrias, a escasos pasos del antiguo alcázar y rodeada de edificios de abolengo más que rancio, por más que el derribo de la iglesia de San Salvador a mediados del siglo XIX rebajara la importancia cuantitativa que la plaza tenía hasta aquellos momentos en la vida social capitalina.

Antigua plaza de San Salvador

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Iglesia de San Salvador (B) en el plano de Texeira

La plaza de la Villa fue, por consiguiente, uno de los principales ejes de la vida de los madrileños en el Medievo, dada su ubicación equidistante entre la puerta de Guadalajara y la de la Vega, que protegían a la ciudad en la denominada cerca árabe. En principio era conocida como plaza de San Salvador, por la iglesia de ese nombre que se alzaba en el fontal de la calle Platerías -hoy Mayor-, adoptando oficialmente el nombre actual en el siglo XV cuando Enrique IV de Castilla le otorgó el título de Noble y Leal Villa. Mesonero Romanos en su Antiguo Madrid, texto que junto a la guía de Pedro de Répide hoy van a ser claves en nuestro caminar por esta plaza, nos la describe como “sitio altamente interesante por su importancia y recuerdos históricos. Formada esta plazuela por los considerables edificios del ayuntamiento o Casas Consitoriales, a poniente, las de los Lujanes al opuesto lado, y al frente la antiquísima parroquia del Salvador, que la daba nombre”. Olvida El curioso parlante citar la casa de Cisneros, en el lienzo sur, y las casas de los condes de Oñate, en la zona este, lindando con la calle Mayor. Sin embargo, sí valora lo que ha sido en el pasado la plaza, “largo tiempo considerada como la principal de la Villa, puesto que la Mayor actual caía del otro lado de la muralla, en el arrabal”. Debía considerar Mesonero sólo los aspectos políticos en su valoración de la importancia del lugar aunque rebaja un tanto la misma cuando afirma que “el humilde origen de la Villa de Madrid y su limitada importancia hasta los siglos XV y XVI es la causa de que no se encuentren en ella edificios públicos de consideración, anteriores a dicha época, careciendo, bajo este punto de vista, del atractivo que para el arqueólogo y para el poeta tienen otras muchas de nuestras ciudades, hoy de segundo orden, como Toledo, Valladolid, Burgos, Segovia, etc”.  El ágora toma importancia por el hecho de haber sido la sede de las reuniones del concejo desde lejanos tiempos y hasta 2007 pues “aunque quedó establecida la Corte en esta Villa en 1561, el ayuntamiento de Madrid, respetuoso observador de su sencilla costumbre, siguió celebrando sus reuniones en la pequeña sala capitular situada encima del pórtico de la parroquia de San Salvador, según consta en muchos documentos”. Y cita Ramón de Mesonero unos acuerdos de principios del siglo XVI, aunque la costumbre de reunirse en los altos de la entrada de la iglesia databa de bastante atrás en el tiempo.

Casas Consistoriales

Casas consistoriales

Fachada de las Casas Consistoriales

Y allí, sobre el pórtico del Salvador, se celebraron las reuniones de los representantes municipales hasta que el ayuntamiento adquiere el edificio situado al oeste, perteneciente al marqués del Valle y presidente de los Consejos de Hacienda, Indias y Castilla, Juan de Acuña, que pasaría con el tiempo a denominarse Casa de la Villa o Casas Consistoriales y que albergaría durante algo más de tres siglos al concejo capitalino. La compra se produce en 1615, a la muerte de Acuña, pero todavía el edificio tiene que ser protagonista de la historia de España antes de convertirse en sede municipal cuando en 1621 es detenido en sus aposentos el Duque de Osuna, Pedro Girón, tras caer en desgracia, entre otras acusaciones, por la famosa Conspiración de Venecia. A lo largo del siglo XVII el inmueble será reformado de la mano del arquitecto Juan Gómez de Mora y en 1693 acogerá su primera reunión municipal. Esta es la opinión más extendida entre los historiadores actuales, que rechazan las afirmaciones de Mesonero quien escribió que ya en 1619 se había celebrado la primera cita concejil. Dice al respecto Pedro de Répide que “no puede sostenerse absolutamente semejante aseveración. Parece ser más cierto  que las obras del edificio que conocemos comenzaron en 1645 y terminaron en 1693”. La polémica entre Mesonero y Répide parece zanjada en cuanto a fechas pero no en cuanto al valor del edificio una vez que en el siglo XVIII Juan de Villanueva lo reformara dándole la forma neoclásica que actualmente podemos observar. Mesonero rechaza estéticamente la obra de Villanueva, tanto en su exterior como en el interior que “tampoco ofrece nada notable, ni por su forma ni por su decorado y está muy lejos de responder a la importancia que debería tener la casa comunal”. Lamenta la ausencia en sus salas de “primores de arte ni objetos de interés histórico, el antiguo concejo de Madrid y su ayuntamiento durante tres siglos cuidaron muy poco de enriquecer su mansión con tales ornamentos”. El enfado del Curioso Parlante llega al extremo de lamentar que no se vea en el lugar “ni siquiera una inscripcion, ni una lápida, ni una imagen de ninguno de sus hijos célebres, ni un libro raro, ni…” para finalizar enfatizando que todo ello ocurre en “el pueblo que vio nacer a Carlos III, Fernando el Sexto, al gran duque de Osuna, Castaños, Lope de Vega…”. A todo ello contesta Pedro de Répide con una enumeración pormenorizada y detallada del ingente caudal artístico que encierran las dependencias municipales en una de las más jugosas y encendidas polémicas histórico-artísticas mantenidas entre estos dos auténticos gallos del corral matritense, en cuanto a conocimientos sobre su pasado se refiere. Baste como muestra de ello el inicio de la descripción de Répide del interior del inmueble tras haber encomiado la fachada de Villanueva, con la que intenta cerrar la boca a quienes como Mesonero desprecian sus valores arquitectónicos y artísticos. “El interior de la casa, elegante y suntuoso…/…la hermosa escalera decorada con el famoso cuadro de Goya, conmemorativo del Dos de Mayo…/…el patio central, llamado de cristales por el piso de vidrio que divide su primitiva altura…”. Y así sigue Répide hasta completar dos densas páginas de descripciones en su entrada referida a la plaza de la Villa, en la que repasa los pormenores arquitectónicos y artísticos del despacho del secretario, el salón grande, el despacho del alcalde, la maravillosa custodia o las visitas de los más prestigiosos jefes de estado extranjeros.

Casas de Cisneros y de los Lujanes

Torre de Lujanes

Casa y torre de los Lujanes

En el lienzo sur del rectángulo que forma la plaza se encuentra la casa de Cisneros, construida en el siglo XVI y cuya fachada fue reformada a principios del siglo XX, cuando fue adquirida por el ayuntamiento para integrarla en las dependencias de la casa de la Villa. La remodelación, respetando el original, fue obra del arquitecto Bellido y González, a quien se debe también el pasadizo volante que une la casa al consistorio a través de la calle Madrid. Impropiamente se le ha llamado de Cisneros pues no fue mandada construir por el insigne cardenal sino por su sobrino y heredero Benito Jiménez y cuya entrada principal se encuentra por la calle Sacramento. Al post de este blog dedicado a esa calle remitimos al lector pues allí se encuentra la información concerniente a la historia del edificio, sin olvidarnos de decir que en ella nació el conde de Romanones y que en ella vivió asimismo Ramón María Narváez, el que fuera presidente del gobierno y quien, según Répide, “alguna vez salió de allí apresuradamente y acabando de abrocharse la levita del uniforme en la urgencia de algún pronunciamiento de los que frecuentemente alteraron la tranquilidad de la Corte durante la mayor parte del siglo XIX”.  Pero situémonos ahora en la zona este de la plazuela, donde se encuentran la casa y torre de los Lujanes, dos construcciones levantadas en estilo gótico-mudéjar que se consideran entre las más antiguas de carácter civil que se conservan actualmente en la Villa y Corte. Su nombre alude a los primeros propietarios, la familia Luján, comerciantes acaudalados de origen aragonés y parientes de los que tenían sus aposentos en la plaza de la Paja. Muchos han sido los habitantes e instituciones que ha acogido la casa pero hay que destacar que en ella se establecieron la Academia de Ciencias Exactas y Físico-Naturales, creada en 1857, y la Sociedad Económica Matritense, fundada en 1775, ambas trascendentes organismos filantrópicos que perseguían la modernización del país, fundamentalmente en el caso de esta última. Así lo atestigua Pedro de Répide cuando cita como ejemplo “para dar una idea de sus trabajos, que uno de los primeros fue el famoso informe sobre la ley Agraria, resultado de muchas y muy detenidas meditaciones de la sociedad y redactado por el insigne don Melchor Gaspar de Jovellanos y que fue dirigido al Consejo de Castilla el 3 de noviembre de 1794”. El informe impulsó una época de progreso en la economía nacional “combatiendo -a juicio del Ciego de Vistillas– muchas preocupaciones y funestas prácticas que se oponían al libre desarrollo de la agricultura y la industria”. Contigua a esta casa se encuentra la otra de los Lujanes y de la cual formó parte la anterior, “en cuya esquina de la calle del Codo se alza la célebre torre en la que se ha querido fijar la leyenda de la prision de Francisco I de Francia”. El rey vencido por Carlos I en la batalla de Pavía fue traído a España lleno de honores pese a tratarse de un prisionero. Recibió todo tipo de parabienes hasta llegar a Madrid en su periplo por Barcelona y Valencia como ciudades más señeras. “Apenas fue preso en el mismo campo de batalla los caudillos españoles comenzaron a besarle las manos”, apunta Répide para dar una idea de lo magnánimo de la detención, que Madrid multiplicó en cuanto a atenciones, festejos y regocijos en su honor. La torre ha sido restañada recientemente y actualmente se puede disfrutar de su grandiosidad e incluso observar la pequeña puerta que da a la calle del Codo y por la que entró Francisco I. Gómez de la Serna, con su sorna característica, califica ese hecho de legendario por tener el rey francés que “humillarse bajando la cabeza al entrar, pues no va bien ese rasgo con la cortesía arrastradora de las plumas del sombrero por el suelo con que en rendidos saludos le llevaron y le trajeron sus guardianes de honor durante toda la travesía”.

Casas de Oñate y monumento a Bazán

Álvaro de Bazán

Monumento a Álvaro de Bazán

Completando el lienzo de la parte este de la plaza, entre las calles del Codo y Mayor tenemos las casas de Oñate, quizás la edificación menos relevante desde el punto de vista artístico e histórico. “Desentona un tanto -dice Répide-  por su aspecto de moderna vivienda de vecindad, en la solemnidad de la vieja plaza, que después de la restauración de la casa y torre de los Lujanes, resultaría digna de ser cerrada por gruesa y férrea cadena en la parte que limita con la calle Mayor”. Aunque han pasado cerca de cien años desde que el Ciego de Vistillas escribiera lo anterior no cabe duda que cualquiera lo podría corroborar actualmente. El centro de la plaza estuvo ocupado hasta avanzado el siglo XIX por una fuente de estilo neoclásico, llamada de la Villa, a la que Mesonero, nada conforme con la configuración estética de la explanada, califica de “extravagante construcción”, según el estilo ilustrado en moda en el siglo anterior. Cuando don Ramón escribe su Antiguo Madrid la plaza se encuentra diáfana y él aboga por dedicar una estatua al emperador Carlos I, “triunfador de Pavía, la que estuvo colocada anteriormente en el Retiro y en la plazuela de Santa Ana”. No se llevaron a efecto sus deseos, que incluso trasladó oficialmente al ayuntamiento en 1862, y en su lugar se decidió erigir en 1891 una estatua en honor al héroe de Lepanto y de la isla Tercera, don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz. La figura es de bronce y su autor, Mariano Benlliure, se inspiró, dice Répide, “para la traza de ella, y muy acertadamente, en la propia efigie de CarlosV, a que antes se ha hecho mención. El pedestal, obra del mismo escultor y del arquitecto Miguel Aguado, es de mármol gris. En sus ángulos tuvo unos delfines de bronce y al frente, en el centro de una corona de la misma materia, se conserva la inscripción A D. Álvaro de Bazán“. En el lado opuesto se pueden leer unas redondillas encomiásticas que dedicara Lope de Vega a este insigne militar y en las que se alude al espanto que causaba a franceses, ingleses, turcos, portugueses y cualquiera que se le enfrentara. Ahí es nada.  Cerramos aquí el repaso a la densísima biografía de esta plazuela. Muchos datos y opiniones quedan en el tintero, interesantes sin duda para cualquier aficionado a la historia y el arte de la Villa y Corte pero que en un momento dado llegarían a cansar en un relato regularmente divulgativo como este. En cualquier caso, material suficiente hemos vertido aquí para dar una idea de la importancia que ha tenido esta histórica ágora. Hasta tiempo reciente dicha trascendencia era política, histórica y artística. Desde hace unos años la primera se ha desvanecido pero nos quedan las otras dos, afortunadamente bastante más fiables y sabrosas para el buen flaneante de la topografía matritense.

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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Publicado por en julio 22, AM en Plazas

 

Plaza de la Cebada

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Plaza de la Cebada con el mercado al fondo. Foto es.wikipedia.org

La plaza de la Cebada no casa bien con el ocio. ¡Hombre!, se puede decir que en sus alrededores se encuentra una de las zonas más concurridas en lo que al disfrute del terraceo, del mojito o de la jarra de cerveza se refiere. Pero, la plaza como tal, no es un lugar abierto al flaneo. No es acogedora, está vallada, da la sensación de encontrarse permanentemente en obras y lo cierto es que no presenta otros atractivos que su historia. Que no es poco, ciertamente. Por ahí enfocaremos nuestra entrada de hoy. Porque cuenta con un nombre sonoro, castizo y sugerente en cuanto a protagonismo en el pasado de la Villa y Corte, desde su formación allá por el siglo XVI. Y ese protagonismo ha ido creciendo de la mano de la ciudad. Además, se encuentra situada en un barrio que a lo largo de los siglos se ha manifestado como uno de los más ejemplares de Madrid, si con este adjetivo calificamos los parajes que son espejo claro y rotundo de lo que es la personalidad de la ciudad y sus habitantes. Lugar de comercio de granos y otros productos en el Renacimiento, descampado para ferias en el XVIII, cadalso de ejecuciones durante el siglo XIX, en la actualidad sede de uno de los mercados más tradicionales y siempre punto de unión del centro de la capital con los barrios populares que se han ido consolidando con el correr del tiempo a ambas márgenes de la calle Toledo, verdadero eje y cordón umbilical de la zona. El proyecto de remodelación del mercado que en su solar se levanta desde hace siglo y medio puede ser el motor adecuado para hacer de esta plaza de la Cebada un lugar de encuentro. Ahí deben estar atentos los vecinos si lo que desean es que se convierta en un área centrípeta, contribuyendo a transformarla en un espacio común de ocio. De lo contrario, contemplaremos en un futuro no muy lejano una más de las zonas comerciales al uso, que probablemente permita revitalizar económicamente el entorno pero a costa de la pérdida del protagonismo ciudadano. Si, con todo, se consigue convertirlo en un espacio diáfano y abierto al disfrute, bienvenido sea el cambio de mercado por centro comercial. Lo que sea llegará. Mientras tanto, dejemos a un lado el presente, siempre confuso y movible, y retrocedamos al pasado donde hallaremos las más atractivas historias de esta popular explanada.

Comercio de granos, tocino y legumbres

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Plaza de la Cebada en el plano de Texeira. Foto http://www.fotomadrid.com

Otorgamos una vez más la palabra a Ramón de Mesonero para que nos sitúe la plaza de la Cebada en sus orígenes históricos, en pleno siglo XVI, “formada en tierras pertenecientes a la encomienda de Moratalaz, de la orden de Calatrava, según se ve por escritura otorgada en 1536 por Rodrigo de Coalla, del consejo de Hacienda y del de Castilla, y por su mujer, que compraron un quiñón de tierras en dicho sitio en un descampado irregular, más bien que una plaza pública y desde un principio estuvo dedicada al comercio de granos, de tocino y de legumbres”. En el mismo sentido, Ramón Gómez de la Serna completa la descripción de los orígenes de esta ágora apuntando su carácter de segundo mercado de Madrid “después que las mercaderías subieran el escalón de la plaza de la Paja para entrar más en Madrid, y allí el grano tomó importancia suprema, reuniendo toda la cebada de las Castillas en contratación irradiante”. Indiscutiblemente nada tiene que ver la prosa de Mesonero con la de Gómez de la Serna, imbuido este último de los modos vanguardistas, en cuya clave hay que interpretarlo cuando afirma que “se esparcieron por la plaza clara y boba del pueblachón que comenzó a ser Madrid los puestos de toda feria, fijos en un principio los lunes y los jueves solamente, entre el ruido guerrero de las romanas”. Parece obvio el porqué del nombre de la Cebada, sin embargo, no quedaría claro si no nos remitiéramos a Pedro de Répide quien hace mención a la vecina calle de ese nombre y la costumbre de los labradores de las cercanías de Madrid cuando venían a vender el grano de sus cosechas en este paraje y “allí separaban la cebada que estaba destinada a las caballerizas del rey y la que se tomaba para los regimientos de Caballería de la de los diezmos que correspondían a los párrocos de San Andrés, Santa María y San Justo, y la que se entregaban como donativo al sacristán de San Pedro por tocar a nublado”. Por tanto, se trataba de un centro distribuidor del producto cereal,  bien para venderlo al precio establecido, bien para otorgarlo como diezmo o gracioso regalo a los representantes eclesiásticos. Más aún, continúa Répide diciendo que “todavía los generosos labriegos atendían a los legos o donados del convento de San Francisco y a los demandaderos de las cofradías de las Ánimas, que llegaban con sus sacos o sus alforjas a recibir aquel tributo de la piedad de los campesinos”. El descampado consolidaría su condición de reciente plaza con la instalación de una fuente en el siglo XVII cuya originalidad se centraba, según El ciego de Vistillas, en la presencia “de cuatro osos que entre los cuerpos que componían la parte mayor del monumento vertían el agua sobre cuatro tazas labradas en lo alto de unas columnas que, aisladas, emergían de la superficie del estanque. En torno a su pila se congregaba al sol la flor de la gallofa de la corte”. Es decir, que esto de sentarse los lunes al sol no es genuino de la época actual, como consecuencia de los altos índices de desempleo, sino que en aquel Madrid de pícaros, valentones, tomadores del dos y demás expertos en el arte de apropiarse de lo ajeno ya se practicaba la sana costumbre de tertuliar al son del borboteo de los caños, disfrazados de osos en este caso. Sería imperdonable olvidarnos de la esquina de la plaza que da a la calle de Toledo, donde se encontraba el convento de doña Beatriz Galindo, La Latina, y dando a la plaza, el hospital del mismo nombre. Seguimos escuchando a Répide, quien nos pone en antecedentes, al comentarnos que “en este lugar Madrid cedió a doña Beatriz Galindo terrenos para fundar el hospital a cambio de otros que la amiga y maestra de Isabel la Católica poseía en la puerta de Moros y todavía más de un siglo después, en 1610, hubo un pleito entre la Villa y ese hospital por cierta parcela de terrenos en la plaza de la Cebada”. Por su parte, el convento fue fundado para las Concepcionistas Jerónimas pero “por los frailes de San Francisco, doña Beatriz Galindo hubo de trasladarse a donde ahora la plaza del Duque de Rivas y cedió el edificio que quedaba vacante a las monjas franciscas”. En el hospital moró el cronista  de la Villa y Corte Jerónimo de Quintana que además fundó la congregación de San Pedro de los Naturales, germen del hospital de sacerdotes. Una placa ha puesto en el lugar el Ayuntamiento de Madrid recordando a este insigne cronista. Tampoco podemos dejar de citar que en la esquina con la calle del Humilladero la hermandad de la Vera Cruz había fundado la iglesia de Santa María de Gracia a finales del siglo XVII, templo que se mantendría en pie hasta finales del siglo XIX y donde se guardaban algunos de los pasos que salían a procesionar el Viernes Santo. Quizás el hecho religioso más señalado que ha tenido lugar en la plaza de la Cebada haya sido la canonización de San Isidro Labrador, el domingo 19 de junio de 1622. Ese día cuenta Répide que “se improvisó en la plaza un jardín de doscientos pies de largo y ciento ochenta de ancho y en él se puso un cuadro que representaba al santo Labrador en oración”.

Lugar de ejecuciones

Ejecución de Riego

Grabado con Rafael del Riego ejecutado. Foto artehistoria.com

Pero si por un hecho determinado es conocida la plaza de la Cebada es por haber sido el escenario de ejecuciones de reos a partir del siglo XIX y una vez que dichos reprobables y macabros actos fueron desterrados de la plaza Mayor por considerarse que se trataba de un lugar excesivamente céntrico y poco aconsejable, por más que dichas ejecuciones públicas persiguieran ejemplarizar al pueblo. A ello se refieren cambiando las formas pero coincidiendo en el fondo los más insignes escritores que han puesto a Madrid en el punto de mira de su pluma. Obligado es citar en primer lugar a nuestros habituales acompañantes Répide y Mesonero. El primero de ellos se refiere a este nefasto uso diciendo que “este paraje adquirió el lúgubre prestigio de ser el designado para las ejecuciones capitales. En la época fernandina morían allí por el crimen de sus ideales los reos políticos y en esta plaza fue ajusticiado Riego, llevado infamemente al patíbulo en un serón, entre el soez griterío de las masas, que le injuriaban con el mismo entusiasmo que habían puesto en aclamarle”. Se refiere a otros dos personajes conocidos que fueron ajusticiados en el lugar, casos del general San Miguel y del policía García Chico, aunque sin que de sus palabras se desprenda la amargura y el rechazo a dicha acción que se percibe en la descripción del traslado del general liberal. Por su parte, Mesonero se refiere a la condición de cadalso de la plaza calificando el hecho de “funesta celebridad, por haberse trasladado a la misma las ejecuciones de las sentencias de muerte en horca o garrote a cuyo efecto se levantaba la víspera en el centro de ella el funesto patíbulo y las campanas de las próximas iglesias de San Millán y Nuestra Señora de Gracia eran las encargadas de transmitir con su lúgubre clamor a toda la población de Madrid el instante supremo de los reos desdichados. Muchos grandes criminales espiaron en aquel sitio una serie de delitos comunes y cuando, en este siglo principalmente -se refiere al XIX-, se inventó la nueva clasificación de delitos políticos, muchas víctimas del encono de los partidos o de la venganza del poder regaron con su sangre aquel recinto” Y enumera los años de 1822, 1823 y 1830 como los más proclives a la ejecución política, aludiendo a Gofieu, Riego, Iglesia y Miyar como ejemplos de la intolerancia y animosidad de los políticos. En similar tono tétrico, o más aún, se expresa Larra en su artículo El reo de muerte cuando escribe entre otros comentarios aquello de “no sé por que al llegar siempre a la plazuela de la Cebada mis ideas toman una tintura singular de melancolía, indignación y desprecio…/… pienso sólo en la sangre inocente que ha manchado la plazuela, en la que la manchará todavía. ¿Un ser como el hombre no puede vivir sin matar…/… Un tablado se levanta en un lado de la plazuela, la tablazón desnuda manifiesta que el reo no es noble. ¿Qué quiere decir un reo noble? ¿Qué quiere decir garrote vil? Quiere decir indudablemente que no hay idea positiva ni sublime que el hombre no impregne de ridiculeces…/… El reo se sentó por fin. ¡Horrible asesinato! Miré el reloj: las doce y diez minutos; el hombre vivía aún… De allí a un momento una lúgubre campanada de san Millán, semejante al estruendo de las puertas de la eternidad que se abrían, resonó por la plazuela; el hombre no existía ya; todavía no eran las doce y once minutos. La sociedad, exclamé, estará ya satisfecha; ya ha muerto un hombre”. Escalofriante el testimonio de El pobrecito hablador que escribiría este artículo a finales de 1835. Ramón Gómez de la Serna, en un tono menos trágico y más irónico, también nos da su visión del macabro destino de la plaza, no sin antes rendir homenaje a Larra y a sus palabras anteriormente recogidas en este blog: “Nadie como Fígaro ha descrito estas ejecuciones de la plaza de la Cebada cuando define con el reloj delante y con asombro inaudito el que un segundo después ya no existirá el hombre, evaporado por el éter de la libertad”. Gómez de la Serna habla de “ignominiosos catafalcos de las ejecuciones capitales. Elevadas las primeras horcas para punir a unos ladrones sascrílegos, culmina la aguja más alta de la horca, el palo mayor del sepulcro, en el ajusticiamiento de Riego, al que se le fabricó el tablado más alto, y no por darle categoría, sino para que se viera más su suplicio y sirviese de mayor escarmiento ante los futuros políticos”.

Mercado y teatro de la Latina

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Vista aérea del mercado de la Cebada. Foto deapi.es

Pasemos esta ignominiosa página, una más, de la historia de España no sin recordar que la plaza llevó el nombre del general Rafael del Riego durante el Sexenio Revolucionario “para ser la plaza de la Libertad y rectificar con la gloria de su nombre la injusticia que con él se cometió”, según apunta acertadamente De la Serna. Precisamente, en 1868 se adjudicó al arquitecto Mariano Calvo Pereira el proyecto de construcción del mercado de abastos que reestructurado en 1958 ha llegado hasta nosotros. La necesidad de crear un mercado capaz de abastecer de alimentos a la ciudad de Madrid y proporcionar higiene a los mismos arranca en el siglo XVIII. Se construye a la vez que el de la plaza de los Mostenses y, como aquel, cuenta con el hierro como material fundamental en sus estructuras. Las obras comenzaron en 1870 y cinco años más tarde Alfonso XII inauguraría la nueva instalación, que llegaría a ser en los inicios del siglo XX una de las más importantes de la capital. Como decíamos líneas atrás, a mediados del siglo pasado problemas relacionados con la higiene alimentaria hicieron que el recinto fuera derribado, construyéndose otro de aspecto más funcional. El zoco pasó entonces de ser central a simplemente mercado de barrio. A la espera de su desaparición definitiva el actual consta de dos plantas de uso comercial con una superficie que ronda los 6.000 metros cuadrados, a las que hay que añadir otra de almacenaje y un aparcamiento subterráneo. Las seis cubiertas abovedadas de color rojo cierran el edificio dándole un aspecto ya clásico y tradicional, totalmente integrado en el entorno del barrio de La Latina. Desde 1991 una cooperativa de comerciantes gestiona las instalaciones en régimen de concesión administrativa. Desde el punto de vista artístico sobresale por el mural que en 1962 pintara el madrileño Carlos Rincón aludiendo a los principales monumentos de la capital. Por último, no seríamos capaces de abandonar la plaza de la Cebada sin hacer una mención, aunque sea de pasada, al teatro La Latina, santo y seña durante mucho tiempo de la comedia popular madrileña más reciente, si no por su calidad sí al menos por lo que de fenómeno sociológico ha tenido durante el último tercio del siglo XX. Su nombre es un homenaje a doña Beatriz Galindo y hay que dejar sentado que provinciano que venía a Madrid y no se pasaba por La Latina, que en aquellos años gestionaba la histriónica Lina Morgan, mejor que no volviera a su pueblo. Fue inaugurado en la primera década del siglo XX por el anticuario Juan Lafora Calatayud, a partir de un cine construido sobre los terrenos del antiguo hospital. A su escenario se subieron hasta los años treinta compañías tan notables como las de Emilio Sagi, la de Salvador Videgain o la del maestro Guerrero. Fue cine durante la guerra civil. En 1945 lo compró para su hijo Dolores Díez, quien hacia mediados de siglo se lo alquila a Ignacio Fernández Iquino y años después a Matías Colsada que lo adquirirá en propiedad en 1977. Especializado en espectáculos de variedades, el teatro fue adquirido por Lina Morgan en 1978. Por él han pasado prácticamente todas las figuras de la escena del siglo XX en lo que a comedia se refiere y tanto como escuela de actores como representante máximo del subgénero denominado revista ha mantenido su caché entre un público popular y siempre fiel hasta tiempos muy recientes, cuando la mentalidad y las exigencias del respetable han ido cambiando, aunque su programación ha seguido fiel en la medida de lo posible a su línea costumbrista de crítica suave y condescendiente de los veniales vicios de la clase media madrileña y española. Las aglomeraciones en las puertas del local, tanto a la entrada como a la salida de los espectáculos, ambientaron esta plaza de la Cebada cuya personalidad nunca se ha acabado de definir al completo porque se ha caracterizado precisamente por su heterogeneidad en cuanto a uso. Aquí querríamos nosotros ver a Corpus Barga eligiendo un adjetivo para ella como lo hiciera para otras plazas de Madrid, desde Sol hasta la de Oriente pasando por Puerta Cerrada o Neptuno. ¡Ah pájaro, ahí te quedaste mudo!.

 

 
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Publicado por en julio 2, PM en Plazas

 

Plaza de los Mostenses

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Plaza de los Mostenses en la actualidad con el mercado en primer plano ocupando el solar

La plaza de los Mostenses no existe de facto. Para qué vamos a engañarnos. La hemos recorrido en repetidas ocasiones y no hemos percibido de ninguna de las maneras que el concepto de solar abierto en una encrucijada de calles se dé en el lugar que tal denominación oficial tiene en el Madrid actual. Hemos consultado en el mapa de Google por si la calificación de plaza ya no correspondía al tradicional espacio situado junto a la Gran Vía y que acoge al mercado, pero para nada, sigue figurando, insistimos, la plaza de los Mostenses en la ubicación en que ha permanecido desde que los monjes premostratenses construyeran allí su convento allá por el siglo XVII. Por tanto, se nos podrá calificar de obtusos pero lo que vemos allí es un edificio levantado en medio de un solar, que acoge el mercado de abastos y que se encuentra rodeado por estrechas vías, por las que circula tranquilamente el vecindario, ajeno al cercano bullicio de la Gran Vía. Esa misma presencia de la infraestructura mercantil, que tanto bien hace a los vecinos, impide que el concepto de plaza se plasme de hecho y debamos conformarnos con considerarlo estrictamente de derecho. Para quien sí era plaza era para Pedro de Répide, de la que decía en 1920 que era una de las “más interesantes de Madrid”, anticipando que iba “a sufrir gran transformación y a desaparecer en parte, con motivo del trazado del tercer trozo de la Gran Vía”. Apuntaba además que hasta el siglo XIX había sido una plaza de dimensiones reducidas y que se había ensanchado algo al derruirse el convento de los premostratenses. En cualquier caso, no vamos a entrar en más disquisiciones ni conceptuales ni de tamaño porque a lo que venimos aquí es a hablar de la plaza de los Mostenses, de su historia, de su convento, de su iglesia, de su mercado y de otros edificios aledaños y personajes que a lo largo de la historia han unido su devenir a ese enclave tan coqueto, céntrico y entrañable de la Villa y Corte, por más que en la actualidad lo veamos un poco asfixiado por el entorno urbanístico. Un entorno, dicho sea de paso, que se encuentra bastante dejado de la mano de nuestros gobernantes. Cierto que han anunciado a bombo y platillo ya más de una vez la inminente remodelación del espacio y sus alrededores pero, como casi siempre ocurre, todo ha quedado en eso, en paniaguados titulares de prensa en vísperas de unas elecciones, sin más fin que el espurio de sumar unos cuantos votos aun a costa de la credulidad del ciudadano.

Convento de San Norberto en 1611 y mercado desde 1875

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Alzado de la fachada de la iglesia y convento de los Premostratenses

El nombre le viene a la plaza, por corrupción lingüística, de la presencia en su entorno del convento de la Orden Premostratense de San Norberto, fundador de la congregación, a quien estaba dedicado el recinto religioso, que fue levantado en 1611con el visto bueno del arzobispo de Toledo Bernardo de Rojas, gracias a la generosidad del conde de Miranda, Juan de Zúñiga, a la sazón presidente del Consejo de Castilla. El convento se erigió en la entonces calle de la Inquisición -hoy Isabel la Católica- ocupando otro convento-iglesia que habían abandonado las monjas de Santa Catalina de Siena al trasladarse a la actual plaza de las Cortes. Dice Répide que la iglesia “era muy capaz y hermosa. Arruinose su fachada principal en 1740 por las muchas aguas de aquel invierno y fue reconstruida con singular elegancia por  Ventura Rodríguez”. El arquitecto ilustrado levantó una fachada principal compuesta por un pórtico semicircular flanqueado por dos torres adornadas con columnas corintias. Dicho pórtico tenía  tres entradas con cuatro columnas jónicas y sobre el mismo se elevaba un segundo cuerpo coronado por una estatua de San Norberto. La iglesia remodelada permaneció en pie poco tiempo, justo hasta que José Bonaparte decidió derruirla junto al convento, en 1810, con el fin de abrir espacios en una Madrid demasiado atosigado por los recintos religiosos y carente de áreas abiertas para el solaz de los vecinos. Y no varió su primera decisión el monarca francés pese a que los arquitectos Silvestre Pérez y Juan Antonio Cuervo informaron en contra de dicho derribo, pues no en vano ambos habían sido discípulos de Ventura Rodríguez y conocedores del valor artístico del templo. Al menos no acabó entre los escombros la efigie de San Norberto, esculpida en granito de Comenar Viejo, que posteriormente sería utilizada para transformarla en el león de la Fuentecilla de la calle de Toledo. Tuvieron que pasar cerca de 60 años para que hacia 1870 se iniciaran en el mismo solar las obras del mercado de los Mostenses, que lleva el mismo nombre que el actual pero que no estaba situado en el mismo lugar sino más al sur, más cercano, por tanto, a la actual Gran Vía, que entonces no existía como tal. Nos cuenta Pedro de Répide que fue construido, “quedando dedicado singularmente a la venta de pescado y volatería”, es decir, aves de caza. Este mercado estaba ubicado en principio en la plaza de Santo Domingo  y a mediados del siglo XIX  había sido trasladado a un solar cercano a la plaza de los Mostenses y la calle de San Ignacio, suponemos que de forma provisional porque inmediatamente comenzaron las obras del que venimos describiendo. Por cierto, bueno será apuntar que en su erección se utilizó una combinación de vidrio y hierro, lo que se llamaba arquitectura vitroférrea, bastante habitual durante el siglo XIX. El diseño y la obra corrieron a cargo de Mariano Calvo Pereira, siendo inaugurado oficialmente por Alfonso XII el 11 de junio del año de 1875, a la vez que el situado en la plaza de la Cebada, aunque el que nos ocupa tenía unas dimensiones menores. Fue un mercado muy popular, sobre todo en lo referido a la venta de pescado, ya que el hecho de encontrarse en un lugar cercano a la estación de ferrocarril de Norte hacía que los productos del mar procedentes de Galicia fueran llevados a la plaza de Mostenses para su comercialización posterior. Sin embargo, el zoco de Mostenses no permaneció mucho tiempo en el emplazamiento donde estuvieran anteriormente el convento y la iglesia. En 1925 durante las obras para ejecutar el tercer tramo de la Gran Vía se dio orden de derribarlo pese a no estar previamente planificado en el proyecto ni molestar su planta el trazado de dicho tramo de la que ya entonces se presumía que iba a ser una de las principales arterias de la capital. La explicación oficial fue que era necesario derruirlo para acomodar mejor el entorno de lo que iba a ser la actual plaza de España. Habrá que esperar, por tanto, hasta 1946 para que el mercado tenga reemplazo, un edificio situado como decíamos líneas atrás, un poco más al norte del anterior, con una superficie de casi 3000 metros cuadrados y que es el que actualmente ocupa el solar de lo que debería ser o lo fue en algún momento una plaza. El zoco cuenta con más de cien puestos de venta pero al no estar oficialmente protegido cada cierto tiempo se baraja la posibilidad de remodelarlo. Esperemos que esa rehabilitación respete el mercado como tal porque se trata de un lugar de encuentro ciudadano, cuya actividad en la actualidad se centra en la venta de productos relacionados con las gastronomías hispanoamericana y asiática, además de las tradicionales paradas de frutas, carnes y pescados nacionales.

El inspector García Chico

Pero volvamos atrás en el tiempo y centrémonos en los edificios que fueron derribados cuando la ampliación de la Gran Vía. En el entonces número 20 de la plaza, que hacía esquina con la calle Isabel la Católica, residió un inspector de policía llamado Francisco García Chico. Lo describe Répide como alguien “célebre por sus arbitrariedades y crueldades y por su muerte, víctima de la venganza popular en los días de la revolución de julio de 1854…/…esbirro terrible que perseguía sin piedad a los denunciados por ideas políticas, y aun a algunos de éstos los alejaba para que se pusiesen en salvo si tenían la seguridad de que habría de cobrar un buen premio por servicio, pues hallábase en combinación con los ladrones que operaban libremente”. Nada nuevo bajo el sol en cuanto a corrupción se refiere aunque en este caso el proceder del policía nos retrotraiga a los más crudos bajos fondos que tantas veces hemos visto retratados en las películas del género negro de Hollywood. Aquí, a lo que se ve, no les íbamos a la zaga a los americanos ya un siglo antes. Bueno, pues el tal García Chico vivía a cuerpo de rey merced a sus corruptelas y así lo atestigua nuestro guía matritense, que ratifica que disfrutaba de una existencia fastuosa “y, a pesar de ser un espiritu depravado, poseía delicados gustos artísticos y en esta casa de la plaza de los Mostenses, que tenía suntuosamente adornada, había reunido una de las mejores galerías particulares de pintura que había en Madrid “. Y cuenta que entre sus lienzos, que alcanzaban una cifra cercana a los 700,  figuraban obras nada menos que de Miguel Ángel, Velázquez, Zurbarán, Rubens, Durero, Mazo, Claudio Coello, Murillo, Ribera, Bosco… Y hasta cincuenta Goyas si hemos de creer -y creemos- al Ciego de Vistillas. Una galería que parecía una pinacoteca y que era visitada regularmente por extranjeros expertos en artes, haciendo las delicias de los más exigentes tanto por la cantidad como por la calidad. Pero a todo cerdo le llega su San Martín y Carcía Chico no fue la excepción. En 1854, al estallar las iras populares en la revolución de julio, comenta Répide, una vez más, que “no era extraño que el pueblo quisiera cobrarse las deudas de oprobio, de dolor y de sangre que tenía pendientes. Fueron las turbas a su casa, donde no le hallaron después de un minucioso registro. Fue una de sus amantes, despechada por haberla dejado para tomar otra manceba, quien reveló el escondite, perfectamente disimulado, en que Chico, enfermo durante aquellos días, se hallaba en la vivienda vanamente requisada. Y el polizonte, arrancado de su cobijo, fue conducido en el mismo colchón en el que yacía y llevado desde la plaza de los Mostenses a la de la Cebada, donde acabó muerto a tiros”.

El periódico El combate

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Retrato de José Paúl y Angulo

Cerca de donde fuera hallado García Chico en julio de 1854, en el número 24, estuvo la redacción de una de las publicaciones que han pasado a la historia del periodismo del siglo XIX pese a permanecer en activo su cabecera poco más de dos meses. Y su celebridad no se debió a la calidad de su periodismo sino más bien a la heterodoxia de sus redactores y de sus escritos. Por decirlo fino y eufemísticamente. Su lenguaje era de una violencia y virulencia extremas y representaba la tendencia más radical de los revolucionarios, a quienes parecía una violación de sus principios políticos el que se hubiera elegido un monarca, y la intervención que en la opción de Amadeo de Saboya había tenido el general Prim, por quien se sentían traicionados y a quien ellos siempre habían tenido por alguien más cercano a postulados menos conservadores. Los redactores siempre escribían con un revólver al alcance de la mano, mientras contaban con un grupo de matones en la puerta del edificio de la redacción ante la posible llegada con intenciones aviesas de la llamada Partida de la Porra. Dicha partida aglutinaba a una treintena de individuos de ideología opuesta a los de El combate, protegidos por las altas esferas conservadoras, y que no tenían otra misión que acabar por la vía directa con sus redactores, al margen de atemorizar a cualquier persona que discrepara abiertamente de sus postulados políticos. El periódico publicó el 2 de diciembre de 1870 una nota donde advertía de que “el día que un hombre de El combate sea maltratado siquiera, aquel día será para Madrid un día de luto y de ignominia, y para los desgraciados que componen la Partida de la Porra, a los que conocemos muy bien, un día de exterminio, porque estamos decididos a todo”.  Los sicarios de la partida no se atrevieron a atacar a los redactores pero una carta de su instigador, el tembién periodista, político y conocido agitador, Felipe Ducazcal, motivó el que Paúl y Angulo, hombre fuerte de El combate, le retara a duelo. Se citaron en el arroyo Abroñigal, es decir, hacia donde actualmente se encuentra la M-30 por el este, quedando gravemente herido Ducazcal, quien moriría veinte años más tarde, a los 46 de edad, por la bala que tuvo alojada durante ese tiempo en un oído, consecuencia del enfrentamiento. Aproximadamente un mes más tarde del duelo se producía el atentado contra el general Prim poco antes de la llegada a España de Amadeo de Saboya. Siempre se acusó a Paúl y Angulo de tener algo que ver con el disparo de los trabucos, pese a que el interés por que Prim desapareciera procedía de esferas más altas, como parece haberse demostrado recientemente y queda recogido en nuestra entrada referida a la calle del Turco. Dejamos la agitada redacción de El combate pero no nos alejamos muchos de su ubicación porque muy cerca de allí se encontraba el palacio de Revillagigedo, un amplio edificio que hacía esquina a las entonces calle San Cipriano y travesía del Conservatorio. Estamos hablando de la Casa del Patriarca, sede durante 1823 de la Suprema Asamblea de los Comuneros de Castilla, una sociedad secreta creada a imagen y semejanza de los masones, cuyos postulados dan toda la impresion de haber plagiado. El artículo segundo de su reglamento, redactado por Bartolomé José Gallardo, decía que tenía por objeto promover y conservar por cuantos medios estuviesen a su alcance la libertad del género humano, sostener con todas las fuerzas los derechos del pueblo español y otros postulados semejantes, tan ambiciosos como ambiguos y tópicos. Tenía un ceremonial y liturgia similar al Gran Oriente hasta el punto que el máximo dirigente recibía el nombre de Gran Castellano. No podemos abandonar la Casa del Patriarca sin mencionar el conservatorio de música creado en 1830 por María Cristina de Nápoles, la última esposa de Fernando VII y madre de Isabel II.  Es el digno colofón para una plaza que sinceramente hay que reconocer que ha perdido un tanto el glamur que tuviera en el siglo XIX. No es extraño si tenemos en cuenta que la sombra de la Gran Vía es bastante alargada y que salvo para la gente del barrio, clientes del mercado o flaneantes muy concretos suele pasar desapercibida. Sin embargo, cuenta con su coquetería en forma de terrazas esquinera que dan a la Gran Vía o bares de los de batalla de toda la vida, donde la feligresía suele acudir de forma regular para hacer honor a su condición y departir amigablemente. Locales donde el ambiente es familiar, donde poder salir al portal e intercambiar saludos con conocidos que transitan por la rúa y donde buscar un poco de sosiego que nos evada del maremagnum consumista y ajetreado que se percibe unos metros más allá.

 

 

 

 

 
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Publicado por en junio 10, PM en Plazas

 

Plaza de la Paja

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Contrapicado de la plaza de la Paja desde San Andrés. Foto es.wikipedia.org

Nuestro flaneo de hoy va a tener como punto de partida y llegada uno de los rincones más singulares del Madrid medieval, la plaza de la Paja. Se trata de un recinto inclinado y en cierto modo incómodo, que durante la alta Edad Media se constituyó en el ágora principal de la población, título que no perdería hasta que tomara forma la denominada plaza del Arrabal, hoy Mayor. Recordemos por tanto, que estamos en el interior de la primera gran cerca, es decir la construida para expandir la capital más allá del recinto del Alcázar, y que por tanto estamos rodeados de edificios históricos, muchos de ellos de raigambre nobiliaria, donde se asentaron personajes cuyos apellidos se encuentran en los manuales de Historia porque en mayor o menor medida contribuyeron al crecimiento y expansión del antiguo Magerit, más allá del recinto defensivo fundacional. Su nombre tiene relación con la ley consuetudinaria que obligaba a los vecinos de la Villa a entregar una cantidad determinada de paja para alimentar las caballerías del Obispado y por ello, y por estar allí la Capilla del Obispo, el pueblo llano llevaba su obolo en especie a este lugar. Asociados a esta plaza están, y mucho, las desaparecidas casas de los Lasso de Castilla, el aún presente palacio de los Vargas o la mencionada Capilla del Obispo, cuya portada da a la plazuela aunque parezca mantener una relación siamesa con la iglesia de San Andrés y configurar todo un mismo recinto religioso. Nos encontramos sin duda alguna en un entorno que mueve al paseante a la paz y al sosiego por más que sus cuasi milenarias paredes convivan en patente armonía con la tan moderna costumbre de practicar el ocio de terraza en cualquiera de los muchos negocios hosteleros que en su perímetro se posicionan. Para comprobarlo no hay más que enfilar la cuesta de San Andrés, que desde la calle Segovia nos comunica con nuestra plaza, y observar cómo se abre ante nosotros un panorama ciertamente atractivo, cuya arquitectura nos retrotrae a épocas pasadas sin prescindir de ese ambiente bullanguero tan propio de la capital y que tanto place a vecinos y forasteros. Si levantamos la cabeza en nuestro caminar ascendente la mirada se detendrá en la Capilla del Obispo, allí al fondo y de frente, mientras que si echamos la vista a la izquerda veremos que hemos dejado atrás el palacio y el jardín de Anglona mientras ante nuestra vista se erige señorial el palacio de los Vargas. De las casas de los Lasso deberemos prescindir pues desaparecieron hace algún tiempo y nos tendremos que conformar con el recuerdo, no tanto de su arquitectura como de los muchos hechos históricos que entre sus paredes se desarrollaron y que intentaremos detallar a continuación. Al menos algunos de ellos, los más anecdóticos y entretenidos, porque no se trata de hacer historia sino de flanear, es decir pasear sin más intenciones que las de entretener ociosamente el tiempo. Por tanto, nos encontramos ante una plaza costanera e irregular, según la descripción que Ramón de Mesonero Romanos esboza en su Antiguo Madrid donde añade que “era la más espaciosa en el recinto interior de la antigua Villa, y podía ser considerada como la principal de ella, pues sabido es que la que hoy tiene esta categoría no existió hasta el tiempo de Juan II, y eso extramuros de la puerta de Guadalajara”.

Mansión de los Lasso de Castilla

Plaza_de_la_Paja_Madrid_1860

La plaza en un grabado de hacia 1860. Foto es.wikipedia.org

En el mismo sentido se expresa Pedro de Répide en Calles de Madrid dando la razón a Mesonero calificando a la plaza de la Paja de “legendaria plazuela a la cual daba la magnífica mansión de los Lasso de Castilla, la cual ocupaba el espacio que media entre la calle de los Mancebos y la de Redondilla y sobre cuyo terreno fueron construidas en el último tercio del siglo XIX algunas casas de vecindad”. Y añade aún más laurel a la plaza Répide cuando la tilda de “cumbre de las siete colinas sobre las que, como Roma, fue edificado Madrid. Lugar tan venerable que, aun sin que la religión y el arte le hubiesen aumentado títulos a la pública reverencia, bastara para ilustrarle su prestigio de histórico paraje”. En este punto no deja pasar la ocasión nuestro guía habitual para dar el latigazo correspondiente a quien permitió lo que él considera un acto execrable porque “por esa época desapareció, siendo otra de las víctimas de la incomprensión y del verdadero espíritu vandálico que en aquella época hizo perecer en España tanto monumento artístico, un edificio que había esquina a la calle Sinpuertas -hoy del Príncipe de Anglona-  y que era llamado palacio de Isabel la Católica. La denominación carecía de exactitud porque donde aquella reina vivió fue en la frontera casa de los Lasso, pero se trataba de un edificio del siglo XV con una hermosa portada y una galería de graciosos arcos”. Tanto Mesonero como Répide se refieren en sus obras de referencia acerca de la historia de la Villa y Corte a las casas o mansión de los Lasso de Castilla, situadas en la vertiente oeste de la plaza. Demos la palabra a la hora de describir tanto sus características arquitectónicas como los hechos vividos en ellas a Ramón de Mesonero, más que nada por aquello de respetar la edad y las canas del mayor, que además la conoció antes de su derribo y a la que califica de verdadero palacio de aquel distrito, “ocupando un espacio de más de sesenta mil pies y dando frentes a las calles de Dos Mancebos, Redondilla y a la propia plazuela de la Paja. Forma independiente la manzana 130 y perteneció a don Pedro Laso de Castilla y después a los duques del Infantado”. Cuenta Mesonero que en el inmenso edificio “el más notable entre los rarísimos momumentos que aún se conservan en Madrid anteriores al siglo XV”, insistimos hoy ya desaparecido, se alojaron los Reyes Católicos que ordenaron construir un pasadizo volado, que desde dicho palacio comunicaba con la vecina iglesia de San Andrés, con el fin de evitar el que sus reales majestades debieran trasladarse por la calle para asistir a los oficios religiosos. Dicho pasadizo, del que hoy pervive la silueta que nos recuerda que allí se encontraba tal puente, fue ordenado derribar ya avanzado el siglo XX y realmente fue una pérdida digna de lamentarse pues cada vez son menos los elementos arquitectónicos de estas características con los que cuenta la ciudad. En dichas casas también se hospedarían la princesa doña Juana y su esposo el archiduque Felipe. Pero si por algo es conocido el palacio es porque en él se celebró la famosa junta de los grandes de Castilla, a la muerte de los Reyes Católicos, en que interpelando éstos al Cardenal Cisneros para que manifestase con qué poderes gobernaba en el ínterin que medió hasta la llegada del emperador Carlos V, “contestó éste asomándose a los balcones que daban al campo y señalando la artillería y tropas: con estos poderes gobernaré hasta que el príncipe venga”. Posteriormente, las casas pasaron a manos del duque del Infantado cuyos descendientes las habitaron hasta finales del siglo XVIII. Hay que hacer una mención especial a un personaje de indudable raigambre nobiliaria, cuya vida suele aparecer asociada a esta mansión. Nos referimos a Rodrigo Díaz de Vivar Hurtado de Mendoza, cuyo bautismo con el padrinazgo de Felipe III es narrado en diversos anales. Fue el séptimo duque del Infantado y nieto del célebre duque de Lerma, Francisco Gómez Sandoval, luego cardenal, cuyo traje purpurado lo libró de morir ajusticiado al presentarse de esa guisa ante los corchetes que le iban a prender. El hecho motivó el famoso pasquín que decía aquello de “El mayor ladrón del mundo, para no ser degollado se vistió de purpurado”.

Palacio de los Vargas

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Fachada del palacio de los Vargas. Foto es.wikipedia.org

Enfrente de donde se levantaron las casas de los Lasso de Castilla, es decir en la fachada este, tenemos aún en la actualidad el palacio de los Vargas. Debe su nombre a Francisco de Vargas, consejero de los Reyes Católicos y del emperador Carlos V y según Mesonero “tan privado consejero que no había asunto de importancia que no le consultasen, respondiendo con la fórmula averígüelo Vargas que quedó después como dicho popular y aun como título de comedias de Tirso y otros”. El tal licenciado Vargas era en aquel tiempo el heredero de la familia Vargas, dueños de la Casa de Campo hasta que esta extensión pasó a manos reales y descendiente de Iván de Vargas, el que fuera dueño de las tierras donde trabajó San Isidro allá por el siglo XI. A este Vargas pertenecían prácticamente todas las construcciones de la manzana que da tanto a esta plazuela por su parte este como a la de San Andrés, incluyendo la que hoy se considera casa y museo del santo, e incluso otras propiedades que se extendían hacia las calles del Almendro y limítrofes. Por cierto, en la casa museo de San Isidro se encontraba el pozo donde cayó un hijo de Iván de Vargas que salvó la vida gracias a la intervención del santo campesino. Por el norte de la plaza la posesión llegaba hasta la hoy calle del Príncipe de Anglona. Para describir el actual palacio de Vargas vamos a dar una vez más la palabra a Pedro de Répide para que nos aclare que “la fachada se conserva con su paramento de granito, coronada por una galería cuyos arcos han sido bárbaramente cegados. Da entrada por una puerta de artística talla a la que se sube por doble gradería al claustro, por donde se pasa a la Capilla del Obispo”. Estamos en el frente sur y a la izquierda se encuentra el palacio que Vargas el viejo construyó para su mayorazgo, aunque hoy todo nos parezca una sola edificación. Albergó durante un tiempo el Círuclo Católico de Obreros y, durante la segunda mitad del siglo XIX, el café y teatro llamado España. Tampoco debemos pasar por alto que en uno de sus pisos tenía su vivienda y oficina de préstamos Baldomera Larra, la hija del escritor romántico famosa por ser una conocida y reconocida profesional de la usura.

Capilla del Obispo

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Escudo de Gutiérrez de Vargas en la Capilla del Obispo. Foto es.wikipedia.org

La Capilla del Obispo se erige, como apuntábamos líneas atrás, entre las vertientes oeste y este, es decir en el frontal de la plaza, según se asciende desde la calle de Segovia. Forma parte del complejo religioso de San Andrés, junto a la iglesia de planta gótica y la capilla del santo, de estilo barroco. Hoy en día los tres recintos están incomunicados aunque en el pasado no fuera así y parece ser que la intención de las autoridades administrativas y culturales de la Comunidad de Madrid es en la actualidad volver a unificarlos en un solo complejo, lo que mejoraría su atractivo en cuanto a accesibilidad, tanto para feligreses como para amantes del arte o simples turistas. Se erige sobre un solar donde anteriormente se cree se levantaba una antigua capilla ordenada construir por Alfonso VIII. La capilla actual se edificó antre 1520 y 1535 con el fin de albergar los restos de San Isidro. La iniciativa había partido de Francisco de Vargas, heredero del Vargas para el que trabajó el santo labrador. El obispo Gutierre, hijo de Francisco Vargas, dio el impulso definitivo a su construcción, fundó la capilla y ordenó decorar de forma suntuosa su interior. En su honor el recinto religioso comenzó a ser conocido progresivamente como Capilla del Obispo, dejando en el anonimato su nombre oficial de capilla de Santa María y San Juan de Letrán. Acogió los restos mortales del santo patrón de Madrid hasta 1544. En esta fecha el entonces párroco de San Andrés impuso su criterio y consiguió que el cuerpo del santo fuera despositado en su parroquia, donde permaneció hasta su traslado definitivo a la colegiata de San Isidro, ya en 1769 y por orden de Carlos III. La Capilla del Obispo es uno de los escasos monumentos de arquitectura gótica existentes en Madrid. Su trazado se corresponde con la fase tardía de este estilo, que se prolongó durante los reinados de los Reyes Católicos y en parte durante el de Carlos V. Sólo la fachada que da a nuestra plaza de la Paja presenta un estilo arquitectónico diferente, el renacentista. Fue realizada enteramente en sillarejo de granito y destaca por su aspecto austero, especialmente en la portada de arco de medio punto. Dicha portada está coronada con una cornisa saliente y amoldadura y en su parte inferior se halla una escalinata de tramos enfrentados que permite salvar el desnivel de la plaza. Consta de una sola nave, dividida en tres tramos, y un ábside poligonal, con grandes contrafuertes en el exterior. Las bóvedas son de crucería y estrelladas en el presbiterio. Mampostería, piedra de granito y ladrillo fueron los materiales utilizados en su construcción. El acceso a la capilla se lleva a cabo a través de un pequeño claustro, formado por arcos de medio punto, cuyo aspecto actual tiene que ver con la reforma que se llevó a cabo en el siglo XVIII. La puerta interior, atribuida a Robles y Villalpando, está labrada en nogal y decorada con diferentes relieves, representando escenas bíblicas del Antiguo Testamento fundamentalmente. La decoración de las naves es de estilo plateresco y en su interior destacan, además del retablo mayor, los sepulcros del obispo Gutierre y de sus padres Francisco de Vargas e Inés de Carvajal, emplazados a ambos lados del presbiterio, obra de Francisco Giralte y esculpidos de alabastro. En definitiva, mucha historia, mucho arte y mucho pasado en una plaza que en su día fue considerada centro de la Villa, que aún no Corte. La plaza de la Paja iría progresivamente quedándose apartada del centro neurálgico de la capital a medida que ésta iba extendiéndose hacia este, norte y sur. En palabras de Ramón de Mesonero, con la llegada de la Corte a Madrid “fueron abandonadas aquellas tortuosas calles, aquellos desniveles y derrumbaderos de la parte occidental en la cual apenas queda hoy más que el recuerdo de su grandeza primitiva”. Nostros apostillamos que esa grandeza y esos vestigios arquitectónicos son más que suficientes para hacernos una idea de cómo era el Madrid del bajo Medioevo y primer Renacimiento, en el momento de iniciar su expansión y abandonar las faldas del Alcázar y el barrio de La Morería, en busca de su madurez como ciudad. Magnífico y atractivo testimonio histórico tanto desde el punto de vista cultural como desde el de la simple contemplación visual.

 

 

 

 

 
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Publicado por en mayo 30, PM en Plazas