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Lavapiés: barrio, calle y plaza

Plaza de Lavapiés.ww.madrid.org

Plaza de Lavapiés poco después de su reforma. Foto http://www.madrid.org

Lavapiés, actualmente multiculturalidad… magrebíes, chinos, también perrofláuticos. Y algunos que quisieran ser considerados perrofláuticos pero a los que la edad y la carencia de actitud y aptitud los delata. Lavapiés, ayer manolería… chulapos y chulapas midiendo su dignidad a pedradas con los chisperos del Barquillo. O asesinando frailes, ¡seamos francos! Lavapiés, desde siempre esencia y aroma a pueblo. Madrid en estado puro, es decir, con la navaja en la faja, comentando un lance de Pepe-Hillo, de tasca en tasca… Si en algún distrito de la capital la palabra barrio tiene sentido en su más campechana expresión ese es sin duda Lavapiés. Y si Antonio Machado dijo aquello de que Madrid era rompeolas de las Españas, Lavapiés es el puerto al que arribaron desde tiempos inmemoriales gentes variopintas, procedentes de todos los puntos de la piel de toro, que en sus tarjetas de visita, es decir, en las arrugas de su rostro, en su morenez rústica, presentaban todo tipo de carencias materiales e incluso morales. Y si hay algún personaje típico y tópico de Madrid ese es el Manolo, el chulo, el vecino por antonomasia de Lavapiés. Por activa y por pasiva dejó escrito don Ramón de Mesonero Romanos que el tipo castizo madrileño “tiene su asiento principal en el famoso cuartel de Lavapiés y alrededores, que se fue formando espontáneamente con la población propia de nuestra villa y la agregación de los infinitos advenedizos que de todos los puntos del reino acudieron a ella desde el principio a buscar fortuna”. Especifica Mesonero que entre los que “vinieron guiados de próspera estrella, y cambiaron luego sus humildes trages y groseros modales por los brillantes uniformes y el estudiado idioma de la corte, vinieron también aunque por más modestas pretensiones los alegres habitantes de Triana, Macarena y el Compás, de Sevilla, los de las Huertas de Murcia y de Valencia, de la Mantería de Vallladolid, de los Percheles y las islas de Riarán de Málaga, del Azoguejo de Segovia, de la Olivera de Valencia, de las Tendillas de Granada, del Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y demás sitios célebres del mapa picaresco español”. Eso sucedería tiempo atrás, muy atrás, varios siglos atrás, cuando se poblaron los arrabales que caían hacia el sur, más allá de los límites de las diversas ampliaciones de todas las cercas menos de la última, la más moderna, la de Felipe IV, que envuelve la zona que ocupa este barrio, de nombre Lavapiés, que cuenta con una calle y una plaza que llevan idéntico apelativo y que son ejes y arterías principales de todo un cuerpo urbanístico que si bien en sus primeros tiempos acogía a lo más florido de la populachería española hoy extiende su llamada más allá de los límites de la piel de toro, acogiendo en su seno gentes de diversas razas, credos, costumbres y manías que han poblado sus costaneras, vericuetosas y enredadas calles dándoles un colorido y un vitalismo que han traído consigo la revitalización de un distrito capitalino apagado y moribundo hace apenas quince o veinte años. Hoy no son los habitantes de Triana, ni los del Potro cordobés ni los de La Mantería vallisoletana los que arriban a este empinado puerto sino que vienen con una mano delante y otra detrás desde Oriente o desde el más cercano continente africano tras sufrir todo tipo de desgraciadas peripecias en una odisea que acojonaría al mismo Ulises. Para muchos de estos morenos la vuelta a Ítaca seria un juego de niños comparada con su propia experiencia aunque tampoco debemos dejarnos llevar por la blandura y pasar por alto que si a España u otros países europeos llegan apurados y hambrientos es por la mala cabeza y peor gestión de unos gobiernos de origen que dictan, ordenan, parten y reparten a su antojo sin que ningún organismo internacional les pare sus dictadoriales e hipercorruptos pies. Quizás porque también tienen interés en que las cosas sigan como hasta ahora. Y, siento decirlo, las cosas no pueden ni deben seguir como hasta ahora. En todo caso, aquí están y aquí los recibimos con los brazos más o menos abiertos según las más o menos condescendientes sensibilidades de las que solemos hacer gala. Pero, en fin, vayamos a lo nuestro, que no es otra cosa que la descripción divulgativa y somera de lo físico y lo histórico del barrio de Lavapiés, de la calle que lleva el mismo nombre y que se manifiesta como eje de dicho barrio y que, por fin, desembocará en la plaza de igual apelativo cual arroyuelo que baja saltarín desde la plaza del Progreso (Tirso de Molina) para sumirse en el metafórico albañal que nos sugiere la boca de Metro que hoy día corona el ágora lavapiesina.

Origen hebraico -o no- del barrio

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Iglesia de San Lorenzo. Foto Wikipedia

Hay controversia y mucha sobre los orígenes del barrio de Lavapiés. Antes de convertirse en el foco de atracción de la emigración interior procedente de los barrios más marginales de las principales poblaciones españolas, parece ser que se había asentado aquí la colonia judía matritense allá por los tiempos de los Reyes Católicos. Lo afirma Pedro de Répide en su Calles de Madrid y, aunque su tesis ha recibido todo tipo de críticas y descalificaciones, nos atrevemos a considerarla plausible y verosímil en la medida en que coincide con los datos históricos que nos hablan de que el origen del barrio estaría en los asentamientos extramuros de la capital de finales del siglo XV. Répide escribe que la plaza y la calle llamadas de Lavapiés “eran residencia de los judíos conversos, después de las severas medidas antisemitas adoptadas por los Reyes Católicos, así como la calle Ave María fue refugio de moriscos”. O sea, una vez que los echaron del centro de la Villa. Por tanto, defiende El Ciego de Vistillas el carácter hebraico del barrio y subraya su argumentación aduciendo que “la judería madrileña tenía núcleo de población en las cercanías de la sinagoga, que estaba precisamente donde se alza la iglesia de San Lorenzo”, actualmente en el número 2 de la calle Doctor Piga. Quienes, por otra parte, consideran un mito el origen semita del barrio alegan que se trata de una falacia cultivada por los autores de obras literarias pertenecientes al regionalismo tardío predecesor del romanticismo nacionalista de finales del siglo XIX. Se remiten a Ramón de Mesonero, quien en sus Escenas Matritenses adjudicaba el nacimiento de dicha leyenda al escritor Don Ramón de la Cruz, en concreto en el sainete Los bandos de Lavapiés. Es más, estas opiniones contrarias a lo dicho por Don Ramón de la Cruz, avalado por Mesonero y subrayado por Répide, se basan en la defensa de la inexistencia de un barrio judío en la zona de Madrid de la que estamos hablando y que el auténtico barrio hebreo de Madrid se encontraría cercano a la actual catedral ya que en las excavaciones para instalar el futuro museo de las Colecciones Reales se han hallado recientemente restos arqueológicos relacionados con una supuesta antigua judería situada en ese entorno. En cualquier caso, y sea como fuere, no se puede negar la existencia de una sinagoga donde ahora se levanta el templo de San Lorenzo como tampoco que una calle que actualmente lleva el nombre de La Fe se denominó durante siglos calle de La Sinagoga. Otro argumento para acusar de falsedad el origen judaico del barrio es el considerar fruto de la imaginación popular la relación de su nombre con una fuente donde se lavarían los pies los judíos antes de entrar en el tiempo. Sabido es que no es propio de los adeptos a esa religión tal rito pero nadie puede impedir que se piense con la lógica que da el sentido común que en ese lugar existiera una fuente en la que, además de tomar el líquido propio para los usos habituales, se lavaran los pies judíos, musulmanes, cristianos o… cualquiera que por allí pasara. Y no precisamente por razones rituales sino por propia necesidad. A veces el echar a volar la imaginación y el despegar demasiado los pies de la tierra nos lleva a buscar tres pies al gato cometiendo errores comprensibles pero imperdonables. Dado el carácter humilde y popular de Lavapiés, nada sería de extrañar que el topónimo hiciera alusión sencillamente a la necesidad de asearse en tiempos donde ni existía el agua corriente ni se estaba muy por la labor de utilizar el agua para menesteres que hoy consideramos imprescindibles. Por otro lado, no podemos dejar de lado el polémico asunto sin recordar que el término Manolo o Manola, sempiternamente asociado al barrio de Lavapiés, tiene un origen religioso. “Una ostentación de cristianos nuevos -según Pedro de Répide- en la que tal vez latía al mismo tiempo una preocupación judaica, hacía que las familias de los conversos llamasen siempre Manuel al primero de sus hijos, con lo que, por la abudancia de ese nombre quedó aquel barrio como de los Manueles y por ende, de los Manolos”. Obvio es decir que Manuel es sinónimo de enviado de Dios.

Calle y plaza de Lavapiés

Fuente_de_Lavapiés. Wikipedia

Fuente de Lavapiés hacia 1870, pocos años antes de su derribo. Foto Wikipedia

La calle de Lavapiés es una rúa angosta, recta y en cuesta o pendiente, según desde el punto cardinal desde el que la ataquemos. Si iniciamos nuestro paseo desde su origen numérico, es decir, al norte, en la plaza de Tirso de Molina, habrá que transitar con el freno de mano echado lo que, si bien es siempre incómodo, nos permitirá disfrutar del sabor popular que desprenden esos balcones sabiamente decorados con geranios u otros tipos de plantas propias del acervo botánico-casero nacional. Sus balconadas estrechas y retranqueadas nos retrotraen a una arquitectura popular sobria y dominada por la practicidad de las construcciones. Si echamos a volar nuestra imaginación por esta rúa veremos transitar a alguna Fortunata o algún Maxi Rubín sumido en sus ensoñaciones, repitiéndose al doblar alguna de estas esquinas que Fortunata lo ama, que es mentira lo que dice doña Lupe la de los pavos, de que se ve a escondidas con Juanito Santacruz. Decía Répide hace algo más de cien años que era calle “de majeza, mapa y cifra de la manolería, que tuvo el privilegio de llamarse Real por concesión de Felipe III cuando en ella asistió a las fiestas de desagravio al Cristo del Olivar, cuya tradición está enlazada con las de las calles de Cañizares y Olivar”. Como anécdota, nos confía una vez más Pedro de Répide que pasado el cruce con la calle de la Cabeza, en lo que se denominó plazuela de Ludones, antes de llegar al Campillo de la Manuela, “queda el recuerdo más interesante de la calle. Allí vivía la hija del histrión Jerónimo Velázquez, Elena Osorio, amada de Lope de Vega, y a la puerta de aquella casa estalló, en una repentina discordia, la enemistad que tuvieron Lope y Cervantes, quien era grande amigo de los Velázquez y asiduo visitante de la casa. Lope fue luego el violento detractor de Elena Osorio y su familia y llegó a ser procesado por los libelos que le dedicó a aquellos cómicos y en particular a aquellas mujeres, de quienes decía en sus versos infamantes: Estas son tres, estas son tres, las que empuercan el barrio de Lavapiés“. Está claro que en asunto de faldas Lope no se dejaba enmendar la plana o mojar la oreja ni por el mismísimo Cervantes, más aún teniendo en cuenta que el dramaturgo se consideraba el galán entre los galanes de la época mientras que el cervatillo era poco más que ese autor semifracasado que movía a la conmiseración en el entonces asfixiante barrio de Las Letras. Pero descendamos la cuesta sin mayor dilación porque ante nosotros no tardará en abrirse de par en par un espacio amplio hacia el que confluyen varias vías de igual estrechez que la de Lavapiés, aunque con desiguales pendientes. Nos damos de bruces con la plaza de Lavapiés y, si el día de nuestro flaneo tenemos la suerte de disfrutar de un clima bonacible veremos a diestro y siniestro representantes de las más diversas etnias ocupando cualquier espacio que pueda considerarse, provisional o definitivamente, asiento. Y si no lo hubiere libre no pasa nada, en corrillo se ven hombres vistiendo chilaba que en cuclillas debaten con ardor y pasión sobre cualquier tema, desde la frivolidad futbolera hasta cuestiones morales propias de su idiosincrasia cultural. Oficialmente estamos en el distrito Centro, antiguamente del Hospital, parroquia de San Lorenzo, sí, aquella que cuyo solar parece ser ocupara una sinagoga tiempo ha. Nos encontramos en un espacio abierto, en forma de polígono más o menos irregular, donde vierten a sus paseantes o sus vehículos las calles Argumosa, Ave María, de la Fe, Olivar, Sombrerete, Tribulete, Valencia y la propia Lavapiés, nuestro cicerone desde el septentrión capitalino. La puerta del Sol del distrito del Avapiés como escribiera Mesonero Romanos, haciendo uso de un topónimo, el de Avapiés, que sólo ha aparecido en textos literarios de la mano de autores como Moratín padre o Fernández Shaw y que parece ser nunca tuvo una naturaleza real. Y aquí, en medio de la plaza es donde se sabe que estuvo situada la famosa fuente que daría nombre al barrio, a la calle y a la propia plaza, “una fuente -según Répide- de sencilla ornamentación y de buen aspecto que ha presidido esta plaza hasta el siglo XIX, en cuya segunda mitad se han hecho desaparecer neciamente típicos y bellos adornos de Madrid. Tan neciamente como en este caso, ya que, aunque sin gracia ornamental, ha seguido habiendo en este lugar una fuente del agua, que en otro tiempo fue tan renombrada como la del Bajo Abroñigal”. Dejemos a Pedro de Répide que lamente la ceguera de la clase dirigente y seamos pacientes para escucharle a continuación decir que en la esquina con la calle Tribulete se conservaba a comienzos del siglo XX el edificio que albergó la Real Fábrica de Coches, que tanta importancia tendría en los últimos años del reinado de Fernando VII “y frente a ella -concluye nuestro fiel y generoso guía- estaba, datando de análoga antigüedad, la famosa fábrica de cervezas de Lavapiés para la cual tenía su propietario extensa plantaciones de lúpulo en Peñaranda del Duero”. El vetusto edificio de la fábrica de cerveza fue derribado para posibilitar que la calle Argumosa ganara en anchura. Y aquí termina nuestro flaneo por un barrio que bien merece unas horas de atención, un barrio degradado y abandonado prácticamente desde la guerra civil, hecho que acentuó su carácter popular y humilde, pero que desde hace un par de décadas ha sufrido una positiva y espectacular transformación tanto en lo arquitectónico, como en lo comercial y, por supuesto, en el apartado humano. Al margen de la instalación en él de emigrantes procedentes del continente africano o de oriente, fundamentalmente, el poblador aborigen escaso de fondos económicos puso su ojo y su hipoteca en balcones asilvestrados, en portales muchos de ellos semiabandonados y con las maderas raídas o en fachadas desconchadas y víctimas fáciles de los grafiteros. Estas gentes han tomado pacíficamente sótanos, pisos, buhardillas y áticos y han convertido lo que estaba en un estado de semiabandono en un barrio amable, habitable y perfectamente practicable para el paseo o la escapada ociosa tanto diurna como nocturna. En nuestras manos está el disfrutarlo con sus luces y, por qué no decirlo también, con alguna, mínima, sombra. Pero, nada ni nadie es perfecto. Fijo.

 

 

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Publicado por en febrero 12, PM en Calles, Entornos, Plazas

 

La Casa de Fieras

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Entrada de la Casa de Fieras a principios del siglo XX. Foto http://www.todocoleccion.net

La Casa de Fieras fue el primer parque zoológico que existió en Madrid, en el sentido moderno que hoy entendemos este tipo de recintos dedicados a mostrar animales en cautividad, procedentes en su gran mayoría de lugares y entornos exóticos. Se encontraba situado en la parte oriental del parque del Retiro, donde hoy se extienden los jardines del arquitecto Herrero Palacio y los de Cecilio Rodríguez. En ese enclave mantuvo sus instalaciones desde 1830 hasta 1972 pero los antecedentes del primer aprisco de ejemplares cautivos nos alejan en el tiempo hasta 1774, cuando Carlos III mandó construir un parque de animales en la actual Cuesta de Moyano, entonces todavía dentro del perímetro de los Jardines del Buen Retiro. La instalación formaba parte de un conjunto en el que se incluían el Jardín Botánico y el Museo de Ciencias Naturales, museo que se pensaba ubicar en el edificio que actualmente es sede de la pinacoteca del Prado. La construcción de un amplio espacio artificiosamente diseñado para que acogiera diversas especies animales era toda una novedad dentro del mundo cultural europeo, que entonces era sinónimo de mundial, porque solamente Viena contaba con una instalación de estas características a finales del siglo XVIII. La mentalidad ilustrada del mejor alcalde de Madrid contribuyó de manera decisiva a la creación de la Casa de Fieras, un proyecto que se diseñaba desde la doble perspectiva lúdica y científica. Como espectáculo, la creación de un recinto para animales salvajes y exóticos suponía la posibilidad de llevar a cabo luchas entre leones, tigres y los autóctonos toros, enfrentamientos muchas veces desiguales que se solían celebrar en bautizos y onomásticas de las personas reales, como supremas atracciones. Por otra parte, desde el punto de vista científico, se posibilitaba la investigación en el campo de la zoología, algo novedoso, y mucho, en aquella época. Aquellas primeras fieras hospedadas en la Cuesta de Moyano y que englobaban cualquier especie rara, exótica y nunca vista, procedían algunas de ellas de Asia y África pero fundamentalmente de Hispanoamérica, de donde eran enviadas por virreyes y mandatarios locales como presentes para los monarcas. La nómina de bichos raros la componían desde guacamayos a pumas pasando por ocelotes, tucanes, serpientes, caimanes o monos. Incluso un elefante llegó a Madrid andando desde Cádiz tras ser desembarcado procedente de Filipinas. Más o menos a comienzos del siglo XIX las autoridades ordenaron el traslado de las fieras desde la Cuesta de Moyano a la zona nordeste del Retiro, a un lugar conocido como La Leonera. Fernando VII, el rey felón ordenó construir jaulas para los felinos e incluso alojó a algunos osos donde hoy se encuentra la denominada Montaña Artificial, junto a la esquina del parque donde confluyen las calles O´Donnell y Menéndez Pelayo. Pero al llegar la Guerra de la Independencia, había otras ocupaciones más importantes que atender y muchos de los animales -la mayoría- morirían por inanición. Habrá que esperar a 1830 para ver nuevas, diversas y variopintas especies en el solar que hoy nos ocupa, es decir, más hacía el sur de esa zona este del parque madrileño. Las instalaciones fueron mejoradas y ampliadas posteriormente, durante el reinado de Isabel II, época en la que se sabe que se incorporaron algunas aves exóticas. Por entonces, y desde su creación, el recinto era de uso exclusivo para los monarcas y la Corte. Hasta 1868 en que tras la revolución denominada La Gloriosa la Casa de Fieras fue abierta al público para el general disfrute y adjudicada su explotación privada por un periodo de 50 años a un empresario circense y domador de leones llamado Luis Cabañas que le sacó sus buenos dineros durante las décadas siguientes. Nos metemos ya de lleno en el siglo XX y, en concreto, en 1920, momento en que el consistorio madrileño recupera la instalación tras la expiración de la contrata con Cabañas. En ese momento aparece una de las figuras señeras del Retiro en el pasado siglo, Cecilio Rodríguez, arquitecto y jardinero mayor del parque, quien se encargará de remozar y poner al día el recinto de la Casa de Fieras, dotándolo de algunas avenidas y decorándolo con bancos de estilo andaluz que aún en la actualidad se pueden disfrutar. Se incorporaron ejemplares de las posesiones españolas en el Sahara y Guinea Ecuatorial, ampliando el abanico de muestras con leopardos, leones, monos y hienas, a los que años más tarde se unirían osos polares, cebras, avestruces, elefantes y un hipopótamo, como especimen más exótico. El espacio se quedaba progresivamente más pequeño y los animales se encontraban cada día más apezuñados por lo que ya se barruntaban opiniones favorables a trasladar el recinto a un lugar más amplio y desahogado. Pero llegó la Guerra Civil, se paralizó culaquier proyecto y otra vez el abandono se cirnió sobre el zoo madrileño. Muchos ejemplares murieron de hambre y otros fueron sacrificados para alimento de los vecinos de la Villa y Corte. Hubo que esperar a la finalización del conflicto para que nuevamente de la mano de Cecilio Rodríguez se recuperase un recinto que estaba a punto de vivir su edad de oro, pues de una Europa sumida en la Segunda Guerra Mundial llegarían animales de multitud de especies, procedentes de los más importantes zoológicos de los países afectados por el conflicto. Durante los años 60 la Casa de Fieras llegará a contar con  más de 500 animales de 83 especies diferentes. El fortísimo y desagradable olor y el minúsculo espacio en el que desarrollaban su existencia eran el denominador común durante esa mentada edad de oro de la Casa de Fieras, según nos confía en su blog Diego Salvador. No era más que el anticipo del que sería el punto y final de la espectacular atracción. El 22 de junio de 1972, siendo alcalde de Madrid, Carlos Arias Navarro, se echaba el cierre a la Casa de Fieras a la par que el zoológico de la Casa de Campo abría sus puertas al público. Las instalaciones del Retiro se desmantelaron en su mayor parte y los pabellones se reciclaron en dependencias administrativas que permanecieron en funcionamiento hasta 2006. Desde abril de 2013 una biblioteca albergan los pabellones que en tiempos no tan lejanos ocupaban las jaulas de los leones. Aún se conservan algunas de las instalaciones que acogían a algunas especies y es un placer visitar los jardines de Herrero Palacios e imbuirse en un ejercicio de imaginación que nos traslade  a los años 50 del pasado siglo para recordar aquellas colas a la entrada y aquellos olores durante las aún frescas mañanas de los domingos de primavera, de la mano de nuestros mayores, cuando ante nosotros se abría un exótico panorama difícil aún hoy de racionalizar pero del que disfrutar durante toda una dilatadísima jornada festiva. Contarlo al día siguiente en el colegio era el colofón, la guinda del pastel de aquel auténtico y sin par espectáculo. ¡La Casa de Fieras…

La Casa de Fieras y el costumbrismo literario

Casa de fieras 2. www.memoriademadrid.es

Foso con exóticas fieras salvajes. Foto http://www.memoriademadrid.es

La Casa de Fieras ha sido un tema frecuente en la literatura costumbrista del siglo XIX. Lo exótico del espectáculo, unido al de por sí habitual y recurrente Retiro, hacía que las numerosas plumas que practicaban el subgénero del artículo de costumbres pusieran su mirada en los exóticos animales que poblaban la franja este del parque madrileño por antonomasia. Ramón de Mesonero, Vital Aza y José Gutiérrez Solana son algunas de esas plumas y hoy se constituirán en nuestros guías por el fiero cercado. Pero muchos más escritores de la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX pusieron su intelecto a disposición del entonces singular, exótico y novedoso recinto. Comenzamos con Mesonero, quien en su artículo titulado Los Jardines del Retiro, recogido en sus Escenas matritenses, nos confía con pelos y señales el periplo habitual de una familia acomodada de provincias un domingo de reglamentaria e inexcusable visita al parque. Extraemos exclusivamente los comentarios referidos al paso y al paseo por la Casa de Fieras, que el escritor califica de “non plus ultra del entusiasmo y admiración del visitante”. Comienza describiendo el edificio, del que dice que es “bello, elegante y bien dispuesto para el objeto y no tendrán motivo de quejarse los exóticos huéspedes de este filantrópico establecimiento de que se haya escaseado aquella comodidad conciliable con su áspera y desabrida condición”. Al referirse a los habitáculos para los animales los califica de “espaciosas y cómodas jaulas, bien ventiladas y cerradas con dobles y fuertes rejas trampas; largos y hermosos corredores; guardas diligentes y serviciales; comida abundante y grata; baños para la salud y un salón y enverjado de recreo. Todo esto y más tienen las señoras fieras; y ojalá pudieran decir otro tanto los muchos desgraciados acogidos a los establecimientos de mendicidad en nuestra heroica capital”. O sea, que ya El curioso parlante llamaba la atención sobre esa repugnante moda que también hoy en día se extiende por doquier y que supone estar más pendiente de la defensa de la vida animal que de la de las personas. En aquellos tiempos no había asociaciones de defensa de los animales ni otros grupúsculos esclavos de la subvención pero parece ser que no era necesario para hacer bueno el aforismo de Hobbes que recuerda que el hombre es un lobo para el hombre.

Gutiérrez Solana y Vital Aza

Casa de fieras 6. www.abc.es

Un niño juega con un elefante en una época cercana al principio del siglo XX. http://www.abc.es

El pintor y también escritor expresionista madrileño José Gutiérrez Solana se refiere a la Casa de Fieras en su obra Madrid, callejero, escenas y costumbres, en concreto en su artículo titulado El Retiro. Escribe Solana de la instalación animal para comentar lo concurrida que está los domingos, poniendo el acento en los diferentes ejemplares que hacen las delicias de los visitantes, a saber, monos, la cebra, la jirafa “y el elefante Nerón, sujeto con una argolla de una de las patas traseras, que está en una cuadra de barrotes de hierro. Cuando tocan la campana para la señal de la comida, todo el público se acerca a las jaulas. El domador, que tiene el pelo rojo y la blusa y las manos llenas de sangre como un matarife, lleva una espuerta llena de carne. Al oso negro le da una libreta de pan y un gran trozo de carne que cuelga de los hierros de la jaula. El león da fuertes bramidos que resuenan en las avenidas del Retiro. Luego le da de comer a la foca en un cubo lleno de pescados y sardinas, que tira al aire, recogiéndolos con gran tino. Sale de la piscina con la piel negra y brillante, y va engullendo los pescados enteros. En una artesa está el cocodrilo. A la serpiente boa la saca el domador de un saco y se la enrosca por los hombros, y la da a comer conejos y pichones vivos. Se ve su cuerpo cómo se hincha cada vez que los traga”.  El periodista y dramaturgo decimonónico Vital Aza dedica igualmente un artículo costumbrista a la Casa de Fieras, publicado posteriormente en la obra recopilatoria Madrid por dentro y por fuera. El artículo en cuestión se titula tal cual Las fieras del Retiro, y en él, tras reflexionar sobre la imposibilidad de pasar por alto el recinto de los animales en una visita al parque de Madrid, pasa a describir lo más llamativo del mismo no sin antes recordar con ironía y sorna que “para ver fieras en Madrid no hace falta ir al Retiro”. Pone su ojo y su pluma en primer lugar en el patio de entrada, que él pondera con mayúsculas “el Patio Grande del Parque zoológico, el centro de reunión de lo más escogido de la sociedad; la estación de término de un viaje de circunvalación por el Retiro, y un espectáculo barato y permanente”. A continuación pasa a describir la fauna, pero la fauna en que el escritor convierte esa escogida sociedad a la que menciona en el anterior párrafo: “¡El Patio Grande! De cuántas citas y de cuántos amores es él el único editor responsable. Allí recibe a hurtadillas la cándida pollita una perfumada epístola que su novio la entrega, mientras la paciente mamá se extasía contemplando la melena del león o la trompa del elefante”. Es dicho patio grande la entrada del fiero cercado, donde se encuentra la verja de hierro, “que a una respetable distancia separa al público de… los actores, se ve siempre ocupada por una apiñada multitud. Allí están reunidos y compactos, como las mayorías en los parlamentos, el matrimonio modelo y el famélico cesante, la robusta nodriza y el chistoso soldado, los juguetones chiquillos y el alegre estudiante, el encopetado personaje y la graciosa modistilla. Todos acuden presurosos, aunque con bien distintos objetos, a contemplar muchas veces por centésima vez las tan ponderadas fieras del Retiro”. El artículo continúa con Vital Aza narrando en primera persona su estancia días atrás junto a un amigo de provincias al que le sirve de cicerone. Describe a su amigo, en este caso sí, las características zoológicas de los distintos ejemplares que van visitando, una mona, una zorra de Río de Janeiro, un monje de los Alpes, un águila, una hiena, una grulla real… haciendo comparaciones animalizadoras, a medida que avanzan en el recorrido, con las personas con las que, a juicio de los protagonistas del artículo, mantienen algún parecido físico o moral. Al finalizar la visita el amigo, de nombre Antonio, le inquiere sobre quién corre con el sostenimiento de la colección de fieras. La respuesta no tiene desperdicio: “Ya comprenderás, le contesté, que estando estos animales en El Retiro, deben figurar en las clases pasivas. Pues deben pasarlo mal en estos tiempos, exclamó sonriéndose. No lo creas, -responde Aza-: eso sucedería si estuviesen en provincias pero como viven en la Corte, cobran con puntualidad y sin retraso alguno.” Palabra de Vital Aza.

 
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Publicado por en enero 30, PM en El Retiro

 

Calle de Postas

Postas, Calle de 2

Azulejo de la calle Postas con la referencia al origen de su nombre actual

Si Postas no es una calle para flanear, a ver cuál. Es más, puestos a elegir calles galdosianas no cabe duda de que la que hoy traemos a nuestro blog es una de las muchas con indiscutible protagonismo en el universo de don Benito. Media tropa de Fortunata y Jacinta y parte de la otra media pulula, devanea, transita, pasea o se pierde por los alrededores de la calle de Postas. Galdosiana como ninguna otra es la esquina de Postas con Marqués de Pontejos. Galdosiana como la que más, la calle de la Sal, que enlaza Postas con la plaza Mayor. Galdosiana la esquina de Postas con San Cristóbal y no menos galdosiana la esquina de Esparteros con Mayor, de la que parte la rúa protagonista de esta entrada y que se prolonga poco más de cien metros en línea recta entre Esparteros y Zaragoza, constituyéndose con el paso de los siglos en uno de los tramos más pateados de la Villa y Corte. Porque Postas es ese cordón umbilical que, desde la extensión del arrabal hacia el este, une Puerta del Sol con plaza Mayor, con permiso de la escuetísima pero indispensable calle de la Sal. Y eso es mucho decir en la medida que todo paseante que se precie, sea forastero o aborigen, español o guiri, transita por esta habitualmente atiborrada vía. Desde la percherona alemana a la despistada y desmejorada japonesa. Desde la glamurosa y aterciopelada francesa hasta la recatada lusitana, siempre asombrada, agradecida y grandilocuente en la adjetivación de su sorpresa. Desde el sonrosado y bigotudo teutón, pendiente del próximo abrevadero de cerveza, hasta el estirado suizo que a eso de las doce de la mañana ya está persiguiendo una mesita donde saborear unas raciones bien regadas con sangría. Las miradas entre compasivas y cínicas de los siempre diletantes camareros le advierten, apoyándose en un inglés singular y macarrónico, de que aún debe esperar un ratito para llenar la andorga. Además, la calle Postas reúne actualmente en sus reducidas dimensiones toda la variedad de fauna callejera que uno pueda imaginar, desde un Cristo crucificado, religiosamente pendiente de las monedas que caen en la gorra, a una violinista de conservatorio que los fines de semana se hace un extra para las copas nocturnas. Desde un vocero argentino que nos quiere convencer, con su particular verborrea, de la posibilidad de hacer que una cuerda se comporte como una serpiente hasta el rumano esquinero que enseña un muñón a la espera de mover a la compasión a los paseantes. Esto es la calle de Postas, sin olvidarnos de las tiendas de recuerdos para turistas, con su torito mecánico para hacerse la foto reglamentaria, pasando por los locales de comida rápida, tan al uso y a los que no puede escapar ni siquiera un lugar tan céntrico, o los tradicionales y castizos bares de batalla donde entrar a devorar un bocata de calamares acompañado de la inevitable garimba. Algún negocio queda de estos todavía al lado de otros de delicattessen. Y alguna tienda dedicada a la venta de parafernalia religiosa. A saber, casullas, cálices, velones, reclinatorios u hostias sin consagrar. Aún el flaneante un poco atento puede disfrutar de la visión de un cura ensotanado, ya decrépito y entrado en canas y años, saliendo de una de estas tradicionales tiendas con un par de cirios pascuales bajo el brazo. ¡Si eso no es una estampa galdosiana, ya me dirán! Pasada por la batidora de las modas, la calle de Postas sigue respondiendo a ese tipo de vías comerciales que han existido en todas las épocas y, salvando las distancias, tampoco tanto la separa en la actualidad de aquella que, hace ahora unos ciento cincuenta años, describiera Ramón de Mesonero en su Antiguo Madrid al anotar en su cuaderno que “el aprovechamiento estremado del sitio, la estrechez y elevación de las fachadas, y el descuido absoluto del ornato exterior, llegan aquí a su colmo si bien la decoración que forma el alarde de telas de las infinitas tiendas de lencerías y de otros comercios, la sombría luz y la animación mercantil, hacen por manera interesantes a estas calles, especialmente a la de Postas, que es la arteria principal de aquellas ramificaciones y en donde apenas hay un solo portal ni un palmo de terreno que no esté destinado a aparador de telas y mercancías, ofrece bajo más de un concepto, grande analogía y puntos de comparación con el Zacatín de Granada, la calle Llana de Toledo, la de Escudellers de Barcelona, la de la Sierpe en Sevilla y la de Juan de  Andas en Cádiz”. En parecidos términos se expresa Pedro de Répide al describir esta popular, céntrica, literaria y turística vía. Tras insistir también en el linaje galdosiano, con el que directamente está entroncada como ninguna, y referirse a su indiscutible tipismo, hace alusión El ciego de Vistillas a su “viejo y pequeño comercio tradicional, que, según las ordenanzas de los gremios, era el de mercería, especiería y droguería, y así continúa siendo en toda la extensión de la pintoresca vía que al derivar hacia la calle de Zaragoza conserva en moderno edificio la institución de uno de los más viejos y famosos hostales de la villa, la Posada del Peine, en la que celebrar que, al renovarse en su aspecto, no haya tomado algún exótico y ridículo nombre”. Volveremos a la Posada del Peine líneas más abajo pero reflexionemos sobre los temores que ya Répide albergaba a principios del siglo XX sobre los riesgos de modernizar la ciudad y en concreto determinados lugares santo y seña de generaciones de madrileños.

Establecimiento de correo, viajeros y ganados

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Entrada principal del edificio situado en plaza Marqués de Pontejos que sustituyó al de Postas

El origen del nombre de Postas le viene de que en ella se levantó la primera oficina de correos o postas que hubo en Madrid. Este tipo de instalaciones se disponían en las principales poblaciones a lo largo de los caminos reales y de las líneas de correos para proveer el suministro de caballos necesario para realizar los viajes. Muchas servían además de parada de diligencias para viajeros y algunas se encargadan igualmente del transporte de ganado. Sobre la puerta de la casa se ponía un escudo de las armas reales y un rótulo de grandes letras moldeadas con el nombre de Parada de Postas. La de Madrid se sabe que estaba situada en la calle que ahora lleva ese nombre aunque sobre el lugar concreto hay discrepancias entre los que dicen saber del tema. Nosostros creemos, a riesgo de errar fácilmente, que debía de estar situada mas cerca del inicio actual de la numeración, en la embocadura con la calle Esparteros, que de la plaza Mayor y relativamente cerca de donde estaban en tiempos remotos las gradas de San Felipe. Lo cierto es que tanto Mesonero como Répide la sitúan en el “número 32 nuevo”, sin que quien esto escribe sepa a ciencia cierta si se trata de la numeración actual o aquella antigua por manzanas de viviendas. El blog El salón de Cris, del que tomamos los datos que siguen, la sitúa cercana al comienzo actual de la calle, en la esquina de Esparteros, y apunta que estuvo en funcionamiento “desde finales del siglo XVI. Que según las crónicas estaba al inicio de la actual calle de Postas…/… Se eligió esta ubicación por su situación estratégica, muy cercana a una de las puertas de la ciudad, la Puerta del Sol, donde se unían los caminos que llevaban a Guadalajara y Alcalá, además de comunicarse, mediante la calle Mayor, con los que conducían a Toledo y Segovia”. En cuanto a las peculiaridades formales de esta primera casa de postas, hay que decir que debía de ocupar un solar de los importantes de la vía pues Mesonero incide en la amplitud de sus dimensiones en su descripción de la misma. Nuevamente el blog El salón de Cris nos facilita datos sobre este tipo de establecimientos pues al describir las características de la casa de Madrid afirma que “debía seguir el patrón habitual de un gran portalón para facilitar el acceso de carruajes y sus tiros, el portalón llevaba a un gran patio en torno al cual se distribuían en las plantas superiores los aposentos para alojar a los huéspedes de cierto rango, y en la planta baja estaban las cuadras para los animales de tiro, los almacenes para las mercancías y una seguna puerta para que accedieran las personas decentes y distinguidas“. El edificio dio servicio hasta 1795 en que se trasladó muy cerca, al edificio contiguo a la Real Casa de Correos, entre las calles de la Paz, Pontejos y Correo y cuya fachada aún hoy se puede observar.  Ramón de Mesonero en uno de sus artículos de costumbres nos describe con su habitual maestría los inconvenientes que había que salvar en aquellos tiempos para realizar un viaje y el ambiente que se respiraba de madrugada a la hora de tomar el estribo ante un acto entonces tan peculiar y extraordinario como el de viajar, es decir, algo hoy tan común como trasladarse de una población a otra. El artículo se titula Un viaje al Sitio y en él nuestro Curioso Parlante se explaya sobre el concepto que entonces se tenía del viajar, el viaje, los viajeros y demás circunstancias concomitantes: “Prolijo sería mi discurso si hubiera de darle principio contando por menor las dilaciones que hube de sufrir para proporcionarme asiento en la diligencia; tampoco hablaré de las que me ocasionó la saca del pasaporte, y demás preparativos del viaje, antes bien dándolas todas por vencidas, me plantaré de un salto en el punto y hora de la partida”. A continuación ya tenemos a don Ramón presto y emperifollado, bajando por la calle del Carmen, bastón en ristre, en dirección al punto de partida en el momento en que “el reloj de nuestra Señora del Buen Suceso sonaba magestuosamente las cinco y cuarto de la mañana, cuando yo atravesaba precipitado la puerta del Sol con dirección a la casa de postas de donde sale la diligencia. Los viajeros y viajeras iban reuniéndose, mostrando aún en sus semblantes la impresión de la almohada, agradablemente interrumpida en algunos menos curiosos con tal cual ligera pinta de chocolate en la parte saliente de la nariz, o algún trozo de barba menos afeitado que el resto, efectos todos de la premura de tiempo. Las maletas respectivas, las sombrereras y los sacos de noche iban siendo colocados en sus respectivos departamentos; los mozos concluían de enganchar el tiro, y los briosos caballos probaban sus herraduras en las guijas del zaguán”. El delicioso relato costumbrista, cuya lectura íntegra recomendamos encarecidamente a fuer de ser considerados unos pesados, trata de un viaje al Real Sitio de Aranjuez. En el artículo, tras describir los semblantes de los viajeros, prosigue Mesonero narrando los preámbulos de la partida, en la casa de postas, “las portezuelas de las tres divisiones, berlina, interior y rotonda, se abrieron en fin y todos los interesados fuimos tomando posesión de nuestros respectivos asientos; los adioses, los besos, los encargos se cruzaban en todas direcciones, y al decir del mayoral –¿Hay más?– suena el reloj la media, ciérranse las puertas, silba el látigo, y rodando la inmensa mole, sale del patio haciendo temblar el pavimento”. Pero dejemos la primera casa de postas -a la que se refiere Mesonero en su artículo es obviamente a la moderna, sita en plaza de Pontejos- sin que se nos olvide mencionar que también tiene su leyenda de virgen, vecindario devoto y correspondiente milagro. Pero tan conocido es el argumento que remitimos a Répide o al propio Mesonero a quienes quieran indagar sobre dicha leyenda o simplemente conocer los pormenores.

Posada del Peine y Bernardino de Obregón

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Imponente e historiada fachada de la Posada del Peine. http://www.placesonline.es

Centrémonos mientras tanto en uno de los negocios hosteleros más importantes de la Villa y Corte y que se encuentra en esta calle, en concreto en el cruce con Marqués de Pontejos y con la de la Sal. Estamos refiriéndonos obviamente a la Posada del Peine, uno de los establecimientos más antiguos no solamente de la capital sino de toda España. Fue fundado en 1610 en la entonces calle del Vicario viejo, hoy Marqués viudo de Pontejos, esquina Postas. Su primer propietario fue un tal Juan Posada quien hizo honor a su apellido al entrar en el negocio de la hospedería. Se sabe que a finales del siglo XVIII fue ampliada, siendo sus propietarios los hermanos Espino. Solicitaron licencia municipal y elevaron una nueva planta en las dos fachadas del inmueble bajo la supervisión nada menos que del arquitecto municipal Juan de Villanueva. A lo largo del siglo XIX se llevaron a cabo nuevas ampliaciones, aumentando el edificio una altura más hasta convertirse en el año 1868 en uno de los establecimientos punteros del sector en cuanto a prestigio, llegando a contar con 150 habitaciones a disposición del público. Sin embargo, a lo largo de la historia la pintoresca Posada del Peine ha pasado por altibajos como señalan los diferentes viajeros de renombre, tanto nacionales como extranjeros, que se alojaron en sus habitaciones y que dejaron su testimonio unas veces laudatorio y otras no tanto. La presencia del peine junto al aguamanil en cada una de sus estancias hizo que creciera de boca en boca su prestigio pero sus ruidos infernales, tanto nocturnos como diurnos, debido a la presencia de una clientela excesivamente popular, contribuyeron a que durante algún tiempo se comparara cualquier hecho, lugar o situación caóticos con la Posada del Peine. En el siglo XX, Camilo José Cela revitalizó su fama cuando le dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia aunque no pasaba precisamente por sus momentos más boyantes. Actualmente es un establecimiento hostelero prestigioso tras la remodelación llevada a cabo a principios de milenio por una cadena madrileña y después de permanecer cerrado durante más de 30 años. De la antigua posada se conservan la fachada de los edificios originales, algunas vigas, la escalera de entrada y poco más. Suficiente para recordar a uno de los locales de hospedaje de rompe y rasga de la historia de la Villa y Corte. Como de rompe y rasga es la leyenda con visos de histórica que nos va a servir para poner la guinda a este flaneo por la calle de Postas. Hace referencia a un noble caballero de la corte de Felipe II llamado Bernardino de Obregón, que abandonó su vida de lujo y ostentación para practicar la solidaridad humana, si seguimos la terminología actual. En esta sorprendente metamorfosis tuvo bastante que ver nuestra actual calle. Pero dejemos hablar a Ramón de Mesonero sobre Bernardino de Obregón. La conversión a la penitencia de “este piadoso varón, es sumamente interesante, y ha ocupado las plumas de los historiadores y biógrafos y hasta fue presentada en escena por la musa cómica de Gaspar de Ávila. Era natural de Las Huelgas de Burgos y procedía de una familia ilustre y acomodada. Siguió la carrera de las armas y fue secretario y ayudante del duque de Sesa, don Gonzalo Fernández de Córdoba; su nobleza, caudal, juventud y dotes personales le hacían uno de los más cumplidos caballeros de la corte de Felipe II. Adornado primorosamente con el esmero propio de tan apuesto galán, pasaba una mañana por la calle de Postas, cuando un barrendero, por inadvertencia, le salpicó de lodo el vestido; irritado nuestro caballero, y no pudiendo contener sus ímpetus, dio una bofetada al barrendero, el cual, lejos de enojarse, arrojó la escoba, y postrándose a los pies de Obregón, díjole con una mansedumbre evangélica: doy a vuestra merced gracias por esta bofetada con que me ha honrado castigando mi falta, de cuya heroica respuesta, sorpendido Bernardino, no pudo menos de estrechar en sus brazos al barrendero y pedirle fervorosamente perdón; y herido como por un rayo de luz divina por aquella escena, regresó a su casa, resolvió cambiar su vida disipada, y trocar su fortuna y brillante posición por la de un humilde servidor de los pobres”. El otrora noble de rango Bernardino se convirtió de la noche a la mañana en noble de corazón y retirose al hospital de Corte, después fundó el hospital de Convalecientes y por último la famosa cofradía de los Hermanos Obregones que durante siglos se dedicó a cuidar enfermos en los hospitales. El cuerpo de  nuestro Obregón fue inhumado en la iglesia del hospital General de Atocha, donde hoy se levanta el Centro de Arte Reina Sofia y a cuya historia también hemos dedicado una entrada en nuestro blog. Y esto es todo amigos, en cuanto a la calle de Postas se refiere. Algunas cosas quedan en el tintero, como mencionar que el número 6, inmueble dedicado a la venta de productos religiosos, es considerado uno de los más estrechos de Madrid, junto a la casa de Calderón de la Barca en Mayor  61 o las ya desaparecidas de las cinco tejas o del ataúd, en Santa Ana y Caballero de Gracia, respectivamente. Tampoco nos hemos referido a la presencia en Postas de uno de los últimos cines golfos de Madrid, refugio de chaperos, reprimidos y demás marginados sexuales que, afortunadamente, cerró sus puertas hace ya algunos años. Muchos cambios ha sufrido esta añeja rúa a lo largo de la historia y sobre todo durante los últimos tiempos pero más de aspecto que de fondo. Porque su tradicional espíritu sigue intacto. Nos referimos a su vocación comercial, a su aroma galdosiano y por extensión decimonónico, a su papel cada vez más preeminente de enlace entre Sol y Mayor, a su situación de escaparate para músicos y otros artistas callejeros y, en definitiva, a su carácter humilde, de calle secundaria pero imprescindible en el latir de ese corazón que es el centro urbano de Madrid, allá por los contornos del arrabal de San Ginés.

 
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Publicado por en enero 24, PM en Calles

 

Ramón Gómez de la Serna

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Foto de madurez de Ramón Gómez de la Serna. es.wikipedia.org

“Madrid es la ciudad de la luz sensible…/…las casas, las esquinas, los faroles tienen familiaridad campechana con las gentes. La argamasa de la ciudad es afable. Todo se fija, se conoce, tiene menos indiferencia esquinal que en las otras grandes ciudades”. Son palabras sobre Madrid de uno de sus más singulares hijos. Son algunas de las descripciones de Madrid que a caballo entre lo humorístico y lo imaginativo nos dejó para la posteridad el adalid de las vanguardias, Ramón Gómez de la Serna Puig. Ramón, uno de los cuatro ramones a los que la Villa y Corte ha conseguido enamorar a lo largo de los siglos hasta llegar al punto de tenerlos rendidos a sus pies y obligarles a dedicarle una parte importante de su gloria literaria. Quizás el que menos se dejara subyugar por la ciudad fuera Ramón María del Valle-Inclán -coetáneo de nuestro personaje odierno-, mago del drama, iconoclasta él más en apariencia que en la realidad, pero del que nos basta con degustar el viacrucis de Max Estrella por el Madrid de principios de siglo XX en Luces de Bohemia para considerarlo como uno de los nuestros, uno de los madrileños de rompe y rasga, con una peripecia vital que superaba a la literaria en su relación con la capital. De Don Ramón de la Cruz, qué vamos a decir sino que inventó una forma de ser y de estar en Madrid, buscando hasta encontrarla la esencia del madrileñismo en el tipismo de Lavapiés o del barrio del Barquillo para posteriormente plasmarla en sus inigualables sainetes. Otro Ramón ante el que hay que levantarse y quitarse el sombrero es don Ramón de Mesonero Romanos. En él se funden el madrileño y el escritor de forma indisoluble en una sola esencia pues nada es el primero sin el segundo. O viceversa. La historia de Madrid no sería ni mucho menos la misma sin la aportación de este Ramón decimonónico, concejal ocupado y preocupado por modernizar la ciudad, descriptor de costumbres e historiador. Más difícil de perfilar es el Ramón que hoy traemos a nuestra revista virtual. Porque Ramón Gómez de la Serna es en muchos aspectos inclasificable.  Si a Valle-Inclán le adjuntábamos el adjetivo de iconoclasta, qué podríamos decir del introductor del movimiento vanguardista en España, quien desde su más tierna infancia mostrara su rechazo hacia la sociedad burguesa anquilosada y humeante en la que le había tocado vivir. Quizás por ello su vida se convertiría en un continuo ir y venir a la busca y captura del momento fugaz de felicidad. París, varias veces, Nápoles, la Europa metalizada por el automóvil y las veloces locomotoras, Argentina, vuelta a Madrid. Otra vez Buenos Aires y otra vez de regreso a Madrid para despedirse amargamente de una ciudad por la que el tiempo no había pasado como Ramón hubiera deseado. Pero siempre Madrid. Madrid como ancla a la que hay que volver para tomar impulso, Madrid como refugio para ordenar ideas, Madrid como hogar acogedor donde exponer y desarrollar barrabasadas ideológicas como las de Marinetti o cualquier otro de los muchos iluminados que pululaban por la Europa optimista de la primera década del siglo XX. Y, sí, también Madrid como madrastra, que de eso nuestro personaje algo supo también. Y dentro de Madrid hay que ser culo de mal asiento para conocerlo. Porque conocerlo no es sólo pasearlo sino también vivirlo y hay que vivirlo en el barrio de Palacio. Y hay que vivirlo en la calle Puebla. Y hay que vivirlo en Corredera Baja de San Pablo. Y hay que vivirlo en la Cuesta de la Vega.Y hay que vivirlo en la calle Velázquez. Y hay que vivirlo, sin duda, desde el Pombo. O paseando circularmente por Sol acompañándose de otros calaveras que no tienen nada mejor que hacer en las frías madrugadas invernales. Traemos aquí a Ramón Gómez de la Serna  por ser un escritor que tuvo a Madrid continuamente en su particular punto de mira. Nunca fue el primero en ningún género literario pero los cultivó todos con mayor o menor fortuna. Inventó eso que se llamó greguería, que no deja de ser una variante vanguardista de la metáfora. Fue fecundo y prolífico en darle vida a la pluma al extremo que Ortega y Gasset le aconsejó que moderara el ritmo de su creación para ganar en calidad. Pero cada cual es como es y Ramón Gómez de la Serna fue un escritor fecundo, creador de un estilo literario muy particular y original, independiente hasta la hipérbole, provocador, de gran ingenio y brillantez, que nos legó una obra extensísima que incluye ensayo, novela, teatro y periodismo, conferencias hilarantes y un sin fin de calaveradas literarias orales y escritas que marcan una personalidad donde si algo faltaba era únicamente sentido del ridículo, carencia siempre necesaria e imprescindible para que el genio creador salga a la palestra en todo su esplendor.

Nacido en la calle de las Rejas

“Nací o me nacieron el día 3 de julio de 1888, a las siete y veinte minutos de la tarde, en Madrid, en la calle de las Rejas, número cinco, piso segundo”. De esta forma se refiere Ramón Gómez de la Serna a su venida al mundo en su autobiografía Automoribundia. Es decir, nació en el entorno del Palacio Real, pues por ahí se encuentra situada la calle de las Rejas, hoy Guillermo Rolland, en cuya fachada descubrió una placa acreditativa del natalicio el propio Ramón durante su última visita a la ciudad. Sus padres fueron un abogado con claras vocación y vinculación políticas con el partido Liberal, de nombre Javier Gómez de la Serna, y de su madre, Josefa Puig Coronado, podemos decir que era sobrina directa de la escritora Carolina Coronado. Fue bautizado en la iglesia de San Martín y pasó sus años infantiles en inocentes juegos por los alrededores de la plaza de Oriente, siempre de la mano de criadas prestas a hacer el quite salvador ante el golfillo de mas allá del viaducto que quisiera quitarle el aro a un Ramón al que hay que imaginar vestido de marinerito los más de los días, con gorrito con ribetes azulados y lazo en la camisa. El instinto viajero se le debió desarrollar en esta época infantil pues en pocos años se traslada a vivir, primero a la Cuesta de la Vega y posteriormente a la Corredera Baja de San Pablo. Asiste al colegio del Niño Jesús y cuando se consuma el desastre del 98, su padre, funcionario del Ministerio de Ultramar se queda con lo puesto y debe opositar a registrador de la propiedad, con resultados positivos pero que obligan a la familia a salir de Madrid en dirección a un pueblo de Palencia. Pasa tres años en un internado hasta que su padre consigue medrar en la política haciéndose con un acta de diputado. Esto permite a la familia volver a Madrid e instalarse en la calle Fuencarral. En 1903 Ramón acaba el Bachillerato en el instituto Cardenal Cisneros y su padre le regala un viaje a París. Es su primera salida de España. Como dijeran los modernistas París no sólo era otra ciudad y otro país sino otro mundo, otra mentalidad y otra dimensión. El viaje a la ciudad de la luz debió abrirle al jovenzuelo los poros del entendimiento y allí comenzará a empaparse de un movimiento vanguardista que si bien oficialmente todavía no ha dado señales de vida, a buen seguro que en sus calles, en sus cafés o en sus paseos, se podrá percibir y lo podrá percibir un adolescente de poco más de 15 años -aunque 15 años de los de entonces- pero al que viajar desde Madrid a París le supone un esfuerzo suplementario a la hora de descifrar la cultura y la idiosincrasia de la capital de la modernidad. De vuelta a la Villa y Corte lo vemos ya haciendo sus primeros pinitos apoyado por su padre, que le financiará en 1905 su primera novela titualada Entrando en fuego. Son momentos donde la vida empieza a exigir decisiones ante sus disyuntivas y, pese a que empieza la carrera de Derecho aconsejado por la familia, en su fuero interno y en su comportamiento externo Ramón tiene claro que quiere dedicarse al periodismo y la literatura. Comienza a escribir en los periódicos hacia 1908, sometiéndose a los principios que dejó escritos en Morbideces, obra publicada unos meses atrás, en lo referido a originalidad, rebelión imaginativa y nihilista y rechazo de la sociedad anquilosada, burguesa y sin expectativas.

Prometeo y la proclama futurista. Greguerías

Carmen_de_Burgos. es.wikipedia.org

Carmen de Burgos, Colombine. es.wikipedia.org

Es hacia finales de la primera década del siglo XX cuando Ramón se independiza de la casa familiar y se marcha a vivir a la calle de la Puebla. Allí se dedica a perpetrar sus artículos periodísticos en contra de esa sociedad putrefacta que rechaza. Aparecerán en la revista Prometeo. Se trataba de una publicación que estaba destinada a ser correa de transmisión de los intereses políticos del padre del escritor pero que, paradógicamente y merced al hacer de Ramón, pasaría a la historia del periodismo y la literatura española por ser el trampolín desde el que se lanzaron las primera proclamas vanguardistas en nuestro país. Cuatro años y 38 números aguantó esta publicación y en el primero de ellos ya Ramón Gómez de la Serna, bajo el pseudónimo de Tristán escribe un artículo titulado La nueva literatura donde expresa sus ideas vanguardistas y por el que es tildado de iconoclasta, anarquista de las letras y blasfemo, entre otras lindezas. En 1910  la revista publica una proclama futurista a los españoles firmada por Tristán y, con seguridad, avalada por el sumo sacerdote del movimiento, Filippo Tommaso Marinetti, de donde seleccionamos algunos pasajes que creemos ilustrativos de estos periodos literarios que dejaron poco más que intenciones, al menos en la literatura inmediata: “¡Futurismo! ¡Insurrección! ¡Algarada! ¡Festejo con música wagneriana! ¡Modernismo! ¡Violencia sideral! ¡Circulación en el aparato venoso de la vida! ¡Antiuniversitarismo! ¡Tala de cipreses! ¡Iconoclastia! ¡Pedrada en el ojo de la luna!…/…¡Placer de agredir, de deplorar escéptica y sarcásticamente para verse al fin con rostros, sin lascivia, sin envidia y sin avarientos deseos de bienaventuranzas: deseos de ambigú y de repostería…”. Por esta época aparece en su vida una mujer madura, periodista y feminista guerrera, de nombre Carmen de Burgos y de apodo Colombine que le va a sorber el seso durante un tiempo, tanto que su padre moverá los hilos de sus influencias para que le ofrezcan a Ramón un irrechazable puesto de trabajo en París. Colombine, maestra con plaza e hija de un vicecónsul portugués en Almería, le saca veinte años, tiene una hija de edad cercana a la de Ramón y… mucho mundo corrido. Pero tiran más dos… ¡ya saben! Se reúnen en París donde continuarán con su afición a escribir juntos, a pasear, en este caso a orillas del Sena, y a viajar por el resto de Europa. Inglaterra, Suiza, Italia serán los destinos finales de esas escapadas y mientras tanto va madurando en su magín, con el apoyo y la ayuda de Colombine la creación singular y personal suya de las greguerías, esa mezcla de metáfora y humor con final inesperado y sorprendente. Contaba el propio Ramón Gómez de la Serna en su autobiografía que la creación de las greguerías acaeció a la vuelta de París “en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla en la villa y corte de Madrid. Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme. Sobre mi mesa las tijeras, abiertas como cuando los pelícanos abren su pico los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré. Por fin, en una última llamada al balcón, dándome un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre el cielo y la tierra, encontré la invención de la greguería”. En fin, una explicación muy ramoniana, para el momento de creación de un planta literaria que daría frutos como “Roncar es tomar ruidosamente sopa de sueño”, “Ver pasar el tiempo en un reloj de arena es como beber una copa de desierto”, “Un tumulto es un bulto que le sale a las multitudes”, “si te conoces demasiado a ti mismo dejarás de saludarte” o “De la nieve caída en el lago nacen los cisnes”.

Éxito literario, Pombo, exilio voluntario y… forzoso

Ramón. cvc,cervantes.es

Ramón en su etapa de exilio argentino. cvc.cervantes.es

La literatura y el periodismo sonríen a Ramón. El amor también. Mientras medio mundo está en guerra, España es una isla donde la sangre nunca llega al río entre aliadófilos y germanófilos pero donde se está incubando la parte proporcional de totalitarismos que nos debió corresponder en suerte. Algo o mucho de esto se debió comentar más de un día en la tertulia de Pombo, en la Sagrada Cripta, abierta entre 1914 y 1936 en la calle Carretas y a cuya entrada de este blog Café y botillería de Pombo remitimos a nuestros lectores. Los felices 20 van a ver a un Ramón Gómez de la Serna consolidado como periodista y escritor, haciendo incursiones en todos los géneros literarios, colaborando en la Revista de Occidente, elaborando biografías. La dictadura de Primo de Rivera es el único nubarrón que se cierne sobre el horizonte de este Madrid de aires azules que tanto gustaba a nuestro personaje. Se marcha una temporada a Nápoles para coger aire. Dos años y vuelta a casa. La radio y el cine son dos nuevos medios de comunicación a los que Ramón no hará ascos y desde su  torreón de la calle Velázquez seguirá mandando sus proclamas a una sociedad que todavía acepta lo del rechazo de la anécdota y el sentimiento. Pero por poco tiempo. El neorrománticismo literario está cerca y también cada vez lo están más los movimientos totalitarios, leninismo en Rusia, fascismo en Italia, nazismo en Alemania. La relación con Colombine se ha enfriado en lo amoroso aunque no deja de ser cordial y amistosa. Hay por ahí un oscuro y poco explicado escarceo con la hija de su examante. Pero bueno, qué más da. Ramón está interesado en visitar América y lo invitan a Buenos Aires para que ofrezca sus singularísimas conferencias. Allí lo conocen de sus colaboraciones en el periódico La Nación y allí, durante este viaje, conocerá a la mujer que le acompañará el resto de sus días, Luisa Sofovich, escritora argentina de padres rusos, también madre de un hijo de un matrimonio anterior. Con ella volverá a España poco antes de que muera Carmen de Burgos de una angina de pecho. Estamos ya en los albores de la desastrosa década de los años 30. El ambiente poco a poco se va caldeando. Los escritores se posicionan políticamente en bandos cada vez más intransigentes. Decide cerrar la tertulia de Pombo en 1936, el 10 de julio, atemorizado y asqueado por los asesinatos previos al estallido del conflicto. Ya saben, el teniente Castillo, Calvo Sotelo… En principio, Ramón es considerado un intelectual antifascista aunque tampoco lo tiene tan claro y progresivamente va indentificándose con los fascistas, de los que tácitamente y más por omisión que por acción renegaría al final de su vida. En los primeros días de la guerra Gómez de la Serna consigue salir de España rumbo a Argentina donde lo espera Luisita Sofovich que ha hecho lo posible y lo imposible para facilitarle el pasaje. Pero no son cómodos los primeros momentos en ese exilio semiforzado. Desde España su contertulio de Pombo, Tomás Borrás, intenta atraerlo a la causa franquista. Él ni afirma ni desmiente. En Argentina, en entrevistas periodísticas o en charlas de café le piden que se posicione políticamente mientras él se mantiene lo más imparcial posible navegando significativamente siempre entre dos aguas. Acaba la guerra y mientras unos lo reclaman para que vuelva a España, en Buenos Aires se encuentra con otros que escapan de Franco. Pura paranoia. Se queda en Argentina, se dedica con furor a la greguería y al periodismo. Se identifica con lo porteño, participa en la vida intelectual de la ciudad y consolida su prestigio. A finales de los años cuarenta escribe su autobiografía, que publica en 1948. En España es un éxito inmediato. La tentación de volver a Madrid está ahí. Tiene ya 60 años. Un día lee que la tertulia de Pombo ha sido reabierta y está siendo utilizada políticamente, algo que le enerva. Lo invitan a venir. Duda, pero tras consultar con gente de confianza decide volver tras trece años sin ver la Puerta del Sol. Llega a Bilbao el 22 de abril del 49. Reconocimientos oficiales, actos protocolarios, chocolatadas, verbenas populares, presentaciones de libros, tres sesiones en la cripta del Pombo, placa conmemorativa en la fachada de la casa donde nació. Pero algo no le cuadró. Volverá a Buenos Aires para no regresar a principios de junio de ese año. Su estancia en Madrid no alcanza los dos meses. Tomará el barco en Bilbao, dejando conferencias por pronunciar. Durante la travesía de regreso a Argentina se muestra huraño, ensimismado y esquivo y apenas si sale del camarote en esporádicas ocasiones. La década de los 50 lo va a ver dedicado con furor a la creación literaria y periodística. Pero los vínculos con Madrid son cada vez menos fuertes por más que siga enviando sus greguerías al diario ABC tras ser rechazadas por Arrriba. En 1960 su salud se resiente y se le detecta una flebitis que no augura nada bueno. Argentina le ofrece una pensión vitalicia mientras que en Madrid, el entonces alcalde, Conde de Mayalde, le invita a regresar. La salud le va fallando hasta el extremo de detectársele un cáncer de duodeno en 1962. Le otorgan en España un secundario premio Juan March tras negarle el Nacional de Literatura. Burro muerto, cebada al rabo o A buenas horas mangas verdes. El 12 de enero de 1963 fallece Ramón en Buenos Aires. El 23 de ese mismo mes sus restos llegan a un Madrid, “capital blanquita, blanquinosa, sobre todo, cuando se da polvos de invierno”. Tras los funerales protocolarios su cadáver es inhumado en el Panteón de Hombres Ilustres de la Sacramental de San Justo junto a su venerado Larra, Espronceda, Núñez de Arce, Bretón o Hartzenbusch. Triste final para un madrileño de ley, un poco señorito, intrascendente si se quiere -claro, el arte por el arte-, que utilizó su pluma para ensalzar a la Villa y Corte y que vio cómo no se le correspondió en igual proporción. Al menos sus restos los tenemos entre nosotros. Pero ya lo dejó escrito el propio Ramón Gómez de la Serna, Ramón, como gustaba de ser nombrado: “Madrid es pueblo de dejar solos a sus propios hijos, a sus propios grandes hombres. No se ocupa nadie de ellos. Viven perdidos”. ¡Eso es, sin sentimentalismos, coño!

 

 

 
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Publicado por en enero 18, PM en Perfiles

 

Puente de Segovia

Puente de segovia

Puente de Segovia en los años 40 del siglo XX. Foto http://www.todocoleccion.net

El puente de Segovia es uno de los monumentos civiles de Madrid que más literatura ha generado, fundamentalmente burlesca y asociada a alusiones más o menos veladas a su majestuosidad frente a la humildad, pequeñez e insignificancia del río Manzanares, al que da cobijo. Infraestructura otrora imprescindible y fundamental para salvar el río y acceder o salir de la Villa y Corte por el oeste, su grandeza fue utilizada especialmente por algunos de los más afamados escritores del siglo XVII para cebarse en la ridiculización del río, sobresaliendo, por encima de las demás, plumas tan insignes y afiladas como las de Góngora, Tirso de Molina o el incorregible Quevedo, entre otros. Pero quede claro que estos punzantes poemas nunca se escribieron en desdoro del monumento que hoy traemos a nuestro blog. Es más, se diría, leyendo esas diatribas, que el puente de Segovia siempre ha estado al quite para echar un capote al indefenso río, aprovechando su palmito arquitectónico para desviar la atención sobre la escasez del caudal fluvial y alardeando de historia frente a críticos que se dolían de la desgracia que suponía para Madrid, comparada con otras capitales europeas, la escasa presencia y prestancia de un río que, más que tal, era un día sí y otro también calificado de regato, arroyo o riachuelo. Pero dejando al margen estas sempiternas polémicas no podemos olvidar que el puente de Segovia es el más antiguo de los que se conservan en Madrid. ¡Ojo, no es el puente original llamado La puente segoviana! El que actualmente podemos observar se construyó entre 1582 y 1584 bajo la supervisión del arquitecto Juan de Herrera, ha sido remodelado en diversas ocasiones y, junto al puente de Toledo, se constituyen, insistimos, en los dos más longevos de Madrid. Al margen de argumentos de índole arquitectónico o histórico, que de todo ello se dará razón líneas abajo, el puente de Segovia nos resulta familiar por referencias fotográficas o pictóricas. Monumento tremendamente fotogénico, no en vano lo vemos en instantáneas de principio del siglo XX, que nos presentan su cauce casi seco repleto de ropa tendida o con aquellos primeros y osados bañistas que disfrutaban de sus aguas en los tópicos tórridos veranos matritenses. También Goya lo había hecho protagonista de sus pinceles casi un siglo antes. Y tanto la moderna fotografía como la más antigua paleta del genio de Fuendetodos habían plasmado el popularismo, la manolería, el pueblo llano de Madrid, en definitiva. En las fotos aparecen las lavanderas arrodilladas en la orilla del río mientras ellos las observan con el cigarro viril y chulescamente colocado en la comisura de los labios. Los pinceles de Goya nos presentaban a ese pueblo madrileño holgando tras rendir culto al santo patrón o igualmente disfrutando durante el estío del frescor de sus aguas. El puente a lo lejos o protagonizando el lienzo. Pero eran otros tiempos. Actualmente el desarrollo urbanístico lo ha alejado del centro neurálgico de la Villa y Corte y no es ni por asomo tan importante para las comunicaciones con el exterior de Madrid como lo fuera siglos atrás. Con todo, es de ley dedicarle una entrada en esta modesta revista virtual. Porque quien esto escribe hace suyas las palabras de Mesonero Romanos cuando al hablar del puente volvía despreciativa aunque elegantemente sobre las críticas de los vates barrocos diciendo aquello de “Y digan lo que quieran en sus festivas sátiras los poetas madrileños Lope y Quevedo, Tirso y Calderón, contra la exigüidad de su modesto río, y apuren las sales de su ingenio en sus invectivas contra Felipe II por haberle autorizado con la famosa puente Segoviana…/… lo cierto es que, aparte de cierto lujo romano en la construcción de estas obras, su solidez y fortaleza estuvieron bien calculadas, y el mismo Manzanares las justifica cuando tal vez al desprenderse las nieves de las sierras vecinas, acrece tan formidablemente su caudal, que hace necesarias aquellas obras monumentales para dominarle y resistir a su empuje”. Completa El curioso parlante este alegato en defensa de río, puente y monarca poniendo sobre el tapete un dato que no podemos olvidar para entender la pertinencia de construir una obra de esas dimensiones para un río de tan escaso cauce. Y es que, apunta Mesonero, “debe suponerse que en el siglo XVI venía el río más crecido o por lo menos más somero y no tan escondido en la arena, como se desprende del relato del ingeniero Antonelli de su viaje desde Lisboa a Madrid, Tajo arriba hasta frente al Alcázar”, con el fin de estudiar la posible navegabilidad del río entre la capital lusitana y la Villa y Corte y de cuya historia ya tratamos en este mismo blog, en la entrada titulada El navegable Manzanares.

Cronología de su construcción y remodelaciones

Puente_Segovia

El puente tras la última reforma. Foto http://www.madrid.es

Leemos en textos de Ramón de Mesonero y de Pedro de Répide los datos que nos acercan a la historia de la construcción del actual puente de Segovia. Su erección fue ordenada por Felipe II a Juan de Herrera, arquitecto de confianza del segundo de los Austrias, y autor del monasterio de El Escorial y del palacio de Aranjuez, entre otros importantes edificios. Las obras costaron unos 200.000 ducados y se prolongaron a lo largo del período comprendido entre 1582 y 1584, aunque hay ciertas pero menores discrepancias entre historiadores sobre estas fechas.  Sin embargo, no fue esta la primera obra civil construida para salvar el río Manzanares y conectar la ciudad con el camino de Alcorcón, hacia el oeste, y el real de Castilla, hacia el norte. En uno de los Libros de Acuerdos del Ayuntamiento de Madrid -lo que hoy serían los libros de actas- se recoge, con fecha 11 de febrero de 1480, que se había nombrado “a maestre Mohamed de Gormaz y a maestre Abraham de San Salvador, vecinos de Madrid, alarifes de la Villa en sustitución del maestro Juan Sánchez que estaba muy viejo y sordo y no podía seguir desempeñando su oficio”. Dice el texto municipal y lo tomamos nosotros del blog Arte en Madrid que “ambos maestros intervinieron en muchas obras, como los mataderos, las casas de la Carnicería y a menudo repararon los puentes, la Puente Segoviana, Toledana…”. Por tanto, no hay que dudar que anteriormente a la construcción de Herrera existió al menos otro puente al que bien pudieran pertenecer los restos arqueológicos encontrados hace no muchos años, unos cien metros más al norte del puente actual, durante las obras de soterramiento de la M-30, y consistentes en un pilar con tajamar y los arranques de dos arcos de medio punto. Pero volvamos al puente de Herrera para referirnos a su morfología arquitectónica. Tomemos la descripción del mismo que hace Pedro de Répide en Calles de Madrid y que es la que hoy copian literalmente y casi siempre sin citar la fuente los autores de los textos que existen al efecto. Escribía El ciego de Vistillas  en los años 20 del pasado siglo que “está labrado con sólidos almohadillados de granito y consta de nueve ojos de medio punto. El que ocupa el centro es más espacioso y elevado que los restantes, constando de 46 pies de luz, dimensión que se va reduciendo simétricamente por uno y otro lado, hasta que en los arcos extremos no pasa de 36 pies. Las cepas guardan la misma proporción en su espesor que los arcos en su luz y ya a mediados del pasado siglo (se refiere al XIX)  no podía conocerse el efecto de este grandioso puente porque las arenas han ido levantando el lecho del río, llegando a cegar algunos arcos, y dejar desfigurados los demás. A fines del siglo XVIII veíase todavía un escudo de armas; pero, en general, consérvase en perfecto estado”. Continúa Répide desvelando las interioridades artísticas del monumento apuntando que a ambos lados se extienden “unas aletas labradas como el puente, con sillares almohadillados, los cuales se prolongan por 262 pies. Corona la obra un antepecho de granito que sienta en una sencilla imposta, y a plomo de las cepas tiene grandes bolas de piedra, ornato característico de la arquitectura de fines del siglo XVI y principios del siguiente”. Tras dejar constancia de que es salida natural del paso de cañada que tiene su “entrada a Madrid por la carretera de Aragón, Puerta de Alcalá y atraviesa Puerta del Sol”, Pedro de Répide cuenta una curiosa anécdota que tiene que ver con las penalidades que sufrían las bestias cuando objetos inanimados del puente les causaban algún mal. Así, relata que “una de las bolas del puente de Segovia fue recluida muchos años en el patio de la casa del verdugo, junto a la Cárcel de corte, por haber originado una muerte al desprenderse de su lugar”. El puente de Segovia ha tenido que ser remodelado lógicamente por el paso de los siglos por sus piedras. Pero no tanto como se podría suponer. Dejando al margen el que en 1648 se reparara el tablero superior y que le fuera colocada una puerta ornamental que con el paso del tiempo sería eliminada, lo cierto es que hasta bien avanzando el siglo XX la infraestructura no volvió a ser modificada. Y lo fue por causa de fuerza mayor. La Guerra Civil. A finales del 36 este paso sobre el Manzanares fue volado por el bando republicano para evitar la entrada en la capital de las tropas franquistas al mando del general Yagüe. Tras la contienda fue reconstruido modificándolo respecto del diseño original. Se ensanchó y se construyeron cuatro patines, dos a cada lado, y un embarcadero, ubicado a sus pies, en el contexto del proyecto de canalización del río. Posteriormente, en la década de los 60 la construcción de la M-30 supuso que hubiera que modificar sus estructuras para que dicha vía de circunvalación pudiera pasar debajo de dos de sus ojos, hasta su soterramiento llevado a cabo entre 2004 y 2007. Su fisonomía actual, con unos jardines que ocupan 39.000 metros cuadrados del entorno del monumento, es consecuencia de ese proyecto de soterramiento de la M-30, denominado Madrid Río en cuanto a lo que se refiere a las obras en superficie. En dichos jardines se han levantado dos fuentes monumentales y dos jardines fluviales, conformados al abrigo de los antiguos patines de la canalización del río, que se han recrecido para generar dos estanques en cada orilla. En los jardines bajos se han plantado más de 13.000 metros de pradera de baja demanda hídrica y más de 300 árboles de 11 especies diferentes, que incluyen álamos, plátanos, castaños de indias, tilos, almeces, cedros, cipreses, magnolios, robles o sóphoras.

El puente en la literatura

PuenteSegovia. Ediciiones la librería

Grabado del puente en una época cercana al Barroco. Foto http://www.edicioneslalibrería.es

Como decíamos en la introducción, la literatura española ha sido generosa con el puente de Segovia, casi siempre de la mano de la crítica a la pequeñez del río Manzanares, en comparación con la monumentalidad del propio puente. Quizás uno de los más conocidos poemas es el romance que fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina en la república de las letras, le dedicara en su obra dramática Los cigarrales de Toledo, donde pone en boca del cantante Paracuellos aquellos versos que dicen “Fuérame yo por la puente,/que lo es sin encantamiento/en diciembre, de Madrid/y en agosto, de Rioseco./La que haciéndose ojos toda/por ver su amante pigmeo,/se queja dél por que ingrato/le da con arena en ellos./La que a la vez que se asoma/a mirar su rostro bello,/es a fuer de dama pobre/en solo un casco de espejo”. En el mismo sentido de mofa del río y ensalzamiento del puente se pronuncia el maestro del culteranismo, Luis de Góngora, que le dedica el soneto en cuyo primer cuarteto se dirige al río apelativa y condescendientemente con lo de “Duélete de esa puente, Manzanares/mira que dice por ahí la gente/que no eres río para media puente/y que ella es puente para muchos mares”. En otra ocasión, el primer cuarteto del soneto está dirigido al mismo puente al que, en clave femenina, y con todo el respeto que la ocasión requería le confesaba lo siguiente: “Señora doña Puente Segoviana/cuyos ojos están llorando arena/si es por el río, muy enhorabuena/aunque estáis para viuda muy galana”. Lope de Vega también encomia al puente a fuerza de ridiculizar al río en aquella redondilla que dice “Y aunque un arroyo sin brío/os lava el pie diligente/tenéis un hermoso puente/con esperanzas de río”. Y el serventesio siguiente, también del Fénix de los ingenios, añade majestuosidad a la exaltación del puente: “La puente, con soberbio señorío,/se siente ociosa en arcos bien labrados/con intención de pretender un río/abriendo montes y rompiendo prados”. Cedamos también nosotros, démosle género femenino, pues no en vano el sustantivo aparece como ejemplo de ambigüedad genérica en los manuales de Lengua Castellana para enseñanza Enseñanza Secundaria, y pongamos el broche final a las referencias literarias a la puente de Segovia con versos en esta ocasión de don Francisco de Quevedo que en su ánimo de fustigar al indefenso río nos relata quejoso que “llorando está Manzanares,/al instante que lo digo,/por los ojos de este puente,/pocas hebras, hilo a hilo”. Y no olvidemos que muchos otros vates de periodos tan opuestos como Barroco o Ilustrado, Renacimiento o Vanguardia han tomado la puente de Segovia como referente de su poesía más jocosa, asociándola al río Manzanares como pareja indisoluble sin necesidad de sellar la unión con vínculos religiosos. Porque no cabe duda de que se trataba de una pareja de hecho en tiempos donde el vigor fluvial era tal que hacía impensable que siglos después la dama segoviana se viera obligada a demandar una mayor atención a través de la voz de los literatos.

 

 
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Publicado por en enero 11, PM en Obra civil

 

Plaza de la Cibeles

Plaza de la Cibeles

Panorámica de la plaza de Cibeles en sentido oeste-este. Foto http://www.lavanguardia.com

¡La Cibeles! Todo en uno, plaza y monumento. “¡Vámonos a la Cibeles! ¡Los leones de la Cibeles”! ¡Con un par! Con el artículo femenino singular delante, violando una de las más básicas leyes de la ortografía, en concreto la que impide que ante un sustantivo propio pongamos un artículo determinado. Así es el pueblo de Madrid, que logra imponer sus propios criterios lingüísticos a la normativa imperante hasta llegar al extremo de aplicarlos para nombrar a uno de los parajes más señeros, más conocidos y más flaneados de la orografía matritense. Probablemente, Cibeles, La Cibeles o la plaza de Cibeles – como prefiera cada cual- sea, junto a la plaza Mayor, la Puerta del Sol y la plaza de Oriente, la cuarta pata del banco turístico por antonomasia de la Villa y Corte, con permiso quizás del Retiro, la Gran Vía y, en menor medida, de la plaza de España. Ha sido así indudablemente desde finales del siglo XIX, en concreto desde 1895, cuando la fontana se trasladó al centro de la plaza, convirtiendo el enclave en una glorieta a la vez que elevaba la figura de la diosa a eje de un cruce de caminos cuyos puntos cardinales se iban a completar con edificios claves en la vida pública de la capital e incluso del Estado. El Cuartel General del Ejército, el Ayuntamiento de Madrid, el Banco de España o la Casa de América tienen hoy día categoría y atractivos suficientes para concitar las miradas y las visitas de turistas extranjeros o nacionales. Sin embargo, ninguno de ellos consigue eclipsar la fama de la diosa símbolo de la Tierra, la agricultura y la fecundidad, que emerge orgullosa y hasta soberbia transportada en volandas por los leones en dirección al centro de la Villa. Por si fuera poco, hay que añadir el efecto mediático que ha supuesto el que durante las últimas décadas se haya convertido en polémico lugar de celebraciones futboleras. Y es que hay que reconocer que para bien o para mal los éxitos madridistas la han convertido ya sin discusión en uno de los monumentos más visitados de la capital. Sin embargo, esta fama recientemente sobrevenida no le ha quitado de encima -afortunadamente- el aire castizo y complice con el madrileñismo más popular del que siempre han alardeado tanto la ciudad como sus propios vecinos. Ya lo decía Ramón Gómez de la Serna en su Elucidario al prosopopeyizar a  una diosa que “nuestra familiaridad madrileña, que la apela con ese la lleno de confianza, hace ver en ella una valiente reina de Castila, siempre en medio de su pueblo y custodiada sólo por la fiereza de sus leones”. Pero echando mano del pleonasmo empecemos por el principio y situémonos en el siglo XV, aproximadamente cuando el eje arbolado norte sur separaba el casco urbano de la Villa de los conjuntos monacales y palaciegos.

Entre Recoletos, El Prado y la calle de Alcalá

La Cibeles en su ubicación original

La fuente en su ubicación original junto al palacio de Buenavista. Foto Wikipedia

Leemos en la enciclopedia virtual que ese eje arbolado constaba de tres tramos principales “conocidos como el Prado de los Recoletos Agustinos -actual paseo de Recoletos-, el Prado de los Jerónimos -actual paseo del Prado- y el Prado de Atocha”, actualmente desaparecido y que debía ser la continuación del paseo hacia la iglesia de la virgen de Atocha. Felipe II lleva a cabo una primera reforma de la zona hacia 1570 con el fin de darle un realce en consonancia con la reciente proclamación de Madrid como Corte del Reino. Pero es en tiempos de Carlos III cuando se lleva a cabo la remodelación que convertirá el eje Prado-Recoletos en uno de los lugares más atractivos de la capital, dentro de cuyo perímetro se encuentra el enclave que hoy describimos “y donde antes estaba el inculto aunque poético recinto en que se holgaba la corte madrileña”. Esto lo afirmaba con rotundidad Ramón de Mesonero en el siglo XIX como preámbulo para engrandecer la figura y el proyecto del llamado mejor alcalde de Madrid: “A la voz del gran Carlos III, de este buen rey a quien debe su villa natal casi todo lo que la hace digna del nombre de corte, y por la influencia y decisión del ilustrado conde de Aranda, su primer ministrto, hubieron de callar las escusas producidas por la ignorancia y por la envidia contra el grandioso pensamiento y sus numerosos detalles propuestos para la obra colosal de este paseo por el ingeniero don José de Hermosilla y por el arquitecto don Ventura Rodríguez”. De resultas del magno proyecto “explayose grandemente el terreno con desmontes considerables; terraplenáronse o se cubrieron y allanaron los barrancos, plantándose multitud de árboles, y proyeyéndose a su riego con costosas obras; alzáronse a las distancias convenientes las magníficas fuentes de Cibeles, de Apolo, de Neptuno, de la Alcachofa y otras y se formaron, en fin, las hermosas calles y paseos laterales y el magnífico salón central”. Consecuencia de esta iniciativa urbanística fue, por lo que a nosotros atañe en estos momentos, la instalación en 1782 de la fuente dedicada a la diosa Cibeles junto al palacio de Buenavista, en el paseo de Recoletos, mirando hacia la vecina fuente de Neptuno, es decir, en el lateral noroeste. Allí se levantaba el llamado pabellón de Milicias, que Pedro de Répide describe en su Calles de Madrid como “sencillo y pequeño, en el que habitó Diego Godoy, hermano del príncipe de la Paz. Perteneciente al Estado como procedente del secuestro de bienes del antiguo favorito, fue durante el siglo XIX destinado a oficinas de Infantería y después a las de la Presidencia del Consejo de Ministros…/… Sufrió un incendio en 1870 y no tardó en ser derribada aquella construcción que afeaba la perspectiva de Buenavista”. Nos encontramos, por tanto, en el último tercio del siglo XIX, época en que se lleva a cabo una remodelación a fondo de la plaza. La extensión de la capital hacia el Este es una realidad con el desarrollo del barrio de Salamanca. Por otra parte, la aparición e incremento progresivo de la circulación rodada hace que la plaza tome una nueva dimensión y, como consecuencia de ello, el Ayuntamiento se decida a colocar el monumento en su zona central. No sin polémica pues las opiniones estaban encontradas sobre a quién rendir homenaje en un lugar tan prestigioso. Así lo refleja Répide cuando apunta a que “en este sitio quería don Arturo Melida -afamado arquitecto del Madrid de finales del siglo XIX- haber levantado un monumento al pueblo madrileño por el 2 de mayo, y todavía cuando el centenario del Quijote, en 1905, es decir, después de diez años de situada la Cibeles en su nuevo emplazamiento, hubo quien propuso quitar de allí ese fuente y colocar en vez de ella el eternamente proyectado monumento a Cervantes.”. Pero vayamos a los datos biográficos de la fuente en cuestión, limitándonos a dar los más generales pues información hay en la red para quien desee profundizar en cuestiones históricas, arquitectónicas o artísticas tanto de este como de los otros edificios situados en la plaza. El conjunto monumental de la Cibeles fue diseñado por Ventura Rodríguez y su ejecuión correspondió a los escultores Gutiérrez Arribas y Roberto de Michel. El primero se encargó de la diosa y el carro mientras que este último esculpió los leones. El adornista Miguel Jiménez completó la obra. Desde su inauguración en 1782 hasta su traslado al centro de la glorieta, la fuente cumplió la función de abastecimiento de agua a los ciudadanos, uso que pierde con la nueva ubicación. Los tiempos eran otros y el agua corriente ya estaba llegando a las viviendas particulares y, por tanto, pasa a convertirse en un elemento ornamental que el Ayuntamiento de Madrid quisó realzar situando el monumento sobre cuatro peldaños e incorporantdo en la parte trasera del carro dos nuevas esculturas. Durante el siglo XX se han añadido otros motivos ornamentales hasta darle la forma actual, con sus cascadas, surtidores verticales de cinco metros de altura y chorro curvado que lanza agua desde la figura de la diosa hasta el estanque.

Palacio de Buenavista y Banco de España

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Fachada del banco de España con La Cibeles a la izquierda. Fotor http://www.hispanidad.com

Pero no se encuentra la diosa desarropada, desprotegida, sola ni abandonada en medio de la plaza que en otro tiempo se llamara de Madrid o de Castelar. No, afortunamente no. Y ese es otro de los grandes atractivos de esta magna plaza, o más bien glorieta, dado que no puede ser disfrutada por el peatón como cualquiera otra de su especie. La diosa, como decimos, está protegida en las cuatro esquinas de la explanada por otros tantos edificios de gran valor histórico y artístico. Comencemos por la descripción del más antiguo, el palacio de Buenavista, situado en la esquina noroeste, en los terrenos que allá por el siglo XVII ocupara la huerta de Juan Fernández, aquella que aparecía en la comedia de Tirso de igual nombre y en cuyo lateral fuera ubicada la fuente en su primer siglo de vida. En 1769 el decimosegundo duque de Alba adquirió unos terrenos situados en el denominado Altillo de Buenavista para reajardinarlos según la moda francesa, de la mano de Ventura Rodríguez. El proyecto no llegó a ejecutarse y la heredera de Alba, una de las probables majas denudas o vestidas de Goya, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, ordenó derribar la edificación exitente para levantar en 1777 el palacio que hoy podemos ver, en este caso bajo la supervisión de Pedro de Arnal. La duquesa vivió allí de forma regular a lo largo de su densa vida y de las paredes de sus salones colgaron lienzos tan valorados como La venus del espejo de Velázquez, La Madonna del Alba de Rafael o La educación de Cupido de Correggio, entre otros. Varios incendios y la muerte sin herederos forzosos de los duques de Alba fueron el triste preámbulo que llevó  al palacio a la expropiación en 1807. Pasa a manos de Manuel Godoy  y después a las de José Bonaparte, quien decreta que se dedique a museo de pinturas. La desfortunada marcha del bienintencionado monarca francés supuso que la orden no tuviera efecto y tras decidirse la actual ubicación del museo de pinturas, en 1847 el edificio se convierte en Ministerio de la Guerra a cuyos usos ha estado vinculado hasta hoy día con unas u otras denominaciones. Situémonos ahora enfrente del palacio de Buenavista, en la esquina suroeste, donde desde 1891 tiene su sede el Banco de España en el solar que en el pasado ocupara el palacio de Alcañices. El edificio fue proyectado por Eduardo Adaro y Severiano Sainz de la Lastra, entre otros. Tres reformas han convertido el edificio en lo que hoy podemos observar, es decir, unas fachadas que recogen un repetorio decorativo ecléctico, donde destaca la sobriedad de zócalos y plantas bajas que acentúan la idea de solidez que quiere transmitir una institución como la que alberga el edificio. El interior se distribuye en crujías paralelas a una serie de patios alineados con los ejes del paseo del Prado y la calle de Alcalá, articuladas por el tramo diagonal del chaflán. El edificio fue declarado bien de interés cultural en 1999 y el susodicho chaflán servía de excusa a Pedro de Répide allá por los años 20 del siglo pasado para mencionar el reloj que lo corona y que según su criterio había “sustituido para muchos al de la Puerta del Sol en lo de regir la hora de los bolsillos y cuyas campanadas vibrantes como las de ningún otro extienden su sonoridad hasta muy grandes distancias”. No es el caso en la actualidad, pues el personal ya no depende de un reloj público para poner en hora el suyo, si es que lo tiene de pulsera porque de bolsillo hay que presumir que no. No terminan ahí los comentarios de Répide sobre el edificio del Banco de España, cuya esquina principal servía en los felices años 20 de “lugar señalado para las citas que antes se daban solamente en la Puerta del Sol y la proximidad del palacio de la Banca oficial, con su variedad de entradas y salidas, hace este paraje muy propicio para que los profesionales de los timos clásicos planten en él a sus víctimas, víctimas de su propia avaricia y de su cazurrería, dignamente castigadas. Una bola dorada remata ese chaflán del Banco, allí donde en otro tiempo se erguía esbelta la torrecilla del palacio de Alcañices”.

Palacios de Linares y de las Comunicaciones

Palacio de las Telecomunicaciones

Visión al atardecer del palacio de las Comunicaciones. Foto http://www.raileurope.com

Cruzamos el eje Recoletos-Prado para situarnos en la esquina nordeste con Alcalá, donde se encontraban los terrenos de antiguo pósito y que Mateo Murga Michelena, marqués de Linares, adquirió para edificar un palacio, al que dio nombre y, posteriormente, fama de fantasmagórico. El marqués compró al Ayuntamiento en 1872 un solar de algo más de 3000 metros cuadrados y ordenó al arquitecto Carlos Colubí que le construyera una mansión en consonancia con su fortuna creciente y con la moda ostentosa de la naciente burguesía de la época, que tan bien ejemplarizada quedó en el marqués de Salamanca. Hasta 1900 no terminaron los trabajos si bien los marqueses ya ocuparon algunas de sus numerosas estancias con anterioridad. La construcción consta de cuatro pisos más un subsótano con galerías cegadas que comunicaban con edificios cercanos. La planta sótano albergaba cocinas y dependencias para la servidumbre y otros empleados del marqués. En el entresuelo se encontraba la escalera principal como elemento más sobresaliente junto a las dependencias privadas de los marqueses mientras que en la planta noble hay que destacar los numerosos salones -de tapices, de baile o chino-, comedor de gala, capilla y otros dormitorios y dependencias privadas. En la tercera planta se encontraban las galerías pompeyanas, invernaderos, habitaciones de recibo y otras dependencias para invitados. Hoy en día acoge la Casa de América, insitución cultural que intenta estrechar lazos entre España y el continente colombino y su reciente fama se debe a que en los años 80 del siglo pasado el director de cine Luis García Berlanga lo utilizó para rodar Patrimonio Nacional. El edificio permaneció cerrado desde la Guerra Civil. En 1976 fue declarado Monumento Histórico Artístico lo que lo salvó de los movimientos especulativos y de una más que segura desaparición, abriéndo las puertas a su posterior restauración, en 1990. Pero si por algo es famoso el palacio de Linares más allá de sus características artísticas o históricas es por su fama de palacio encantado. La leyenda parte de los marqueses de Linares, José de Murga y Reolid y Raimunda Osorio, respectivamente. José, hijo de un acaudalado comercial se enamora de Raimunda, una muchachita humilde del barrio de Lavapiés. El referido futuro suegro rico, Mateo Murga, se entera del romance y disconforme con ello manda a su hijo a estudiar a Londres para separarlo de su amada. No debieron hacer mucho caso los amantes porque poco después los vemos casados en la leyenda, pese a las advertencias. Muere Mateo y deja una carta donde explica la razón de su oposición al emparejamiento y que no es otra sino la de que ambos amantes son hermanos de padre, consecuencia de una cana al aire echada por don Mateo en sus años mozos con una cigarrera de Lavapiés. José y Raimunda toman nota y piden una bula al papa para convivir castamente. Pío IX se la concede pero la carne es débil y en un arrebato conciben una niña a la que asesinan para evitar verse señalados por el dedo de la hipocresía social. La niña habría sido emparedada o ahogada y enterrada en el propio palacio y según la leyenda, esoteristas, videntes y demás fauna vividora de estos asuntos, el espíritu de Raimundita, que así se llamaba la niña, sigue paseando por los grandes salones del viejo palacio entonando canciones infantiles y llamando a sus padres de forma lastimera y arrebatadora. La historia del origen de los padres podría ser real, según apuntan investigaciones recientes. Lo otro, que cada cual juzgue a su sabor. Completamos las cuatro esquinas de la plaza de Cibeles con el palacio de las Comunicaciones, de las Telecomunicaciones o la catedral de las Telecomuniciones, como se llamó en una principio dadas sus dimensiones, su majestuosidad y sus elementos artísticos. Su ubicación sureste lo sitúa en antiguos terrenos del Retiro. Son 30.000 metros cuadrados sustraídos al principal parque madrileño, que generaron bastante polémica en su momento y sobre los que se levantaría la nueva y grandiosa Casa de Correos y Telecomunicaciones hasta que en 2007, como consecuencia tanto del declive de las formas de comunicación tradicional como de la megalomanía de un mediocre político al uso apellidado Ruiz Gallardón, el edificio pasó a ser sede del Ayuntamiento de Madrid. El lugar fue en otro tiempo el principal acceso a los jardines del Buen Retiro. Dice Répide que “eran estos el resto del antiguo sitio denominado Huerta del Rey o San Juan, por la ermita dedicada a este santo en donde luego estuvo el palacio de igual nombre que, después de haber sido residencia del infante don Francisco de Paula, fue museo de Ingenieros…”. La apertura de la actual calle de Alfonso XII y la desaparición de las construcciones del palacio real del Buen Retiro supusieron que los jardines quedaran separados de las posesiones a las que pertenecían y fueron arrendados avanzando el siglo XIX a una empresa particular para hacer un parque de espectáculos “que sirviese de expansión y recreo al vecindario madrileño en las noches de verano”, aclara Répide.  El éxito del proyecto fue instantáneo y “la corte de don Amadeo de Saboya puso definitivamente de moda los jardines, que continuaron aliviando y alegrando las noches veraniegas de Madrid durante los tiempos de la Restauración y de la Regencia”. Hasta 1905, fecha en que comenzaron las obras del edificio de Comunicaciones de la mano de los arquitectos Palacios y Otamendi. Nos lo describe Répide y su descripción es perfectamente válida en la actualidad pues lo exterior no ha variado ni un ápice, afortunadamente. Dice El ciego de Vistillas que la edificación “es de proporciones colosales, y la gracia del labrado de la piedra blanca de Colmenar, que predomina en su construcción, aumentará su aspecto artístico cuando adquiera la pátina del tiempo. Esta fachada tiene en su parte superior un reloj al que le será difícil conseguir un prestigio que le permita competir con su frontero el del Banco, y ostenta finalmente en su parte culminante la gallarda antena de la telegrafía sin hilos”. Obsesión por la relojería y rétorica repidiana al margen, hay que apuntar que el edificio mezcla diferentes influencias y estilos desde una concepción racionalista y funcional con predominio del estilo modernista. “La monumentalidad de sus volúmenes -leemos en Wikipedia– emula las pautas arquitectónicas estadounidenses vigentes en la época y sus composiciones volumétricas denotan un cierto toque francés. En lo que respecta a los elementos decorativos del exterior, éstos remiten a la arquitectura medieval española, presente también en el tratamiento de la piedra”. Se debe referir la enciclopedia virtual al estilo neoplateresco salmantino. Seguro. Todo ello suma para que afirmemos que escribimos del edificio que más miradas atrae de la glorieta, fuente de Cibeles al margen. Con ello ponemos fin a este denso flaneo en torno a la plazuela que acoge la figura de la diosa Cibeles “ese símbolo disimulado”, en el sentir de Gómez de la Serna que “enmudecida y erguida en su carroza no deja de caminar en el tiempo y recorre la historia con su rodar incesante”. Mucho material ha quedado en el tintero, también el referido a un anecdotario que englobaría desde las supuestas virtudes curativas del agua de la fuente hasta el uso de esa misma como elemento de seguridad de la cámara acorazada del Banco de España. Y más. Pero preferimos parar aquí a arriesgarnos a cansar a un lector al que remitimos a nuestras fuentes habituales para ampliar información. En este caso, la hay y sobrada porque la plaza de la Cibeles es, mucho, muchísimo más que la historia o la arquitectura de la fuente y la diosa.

 

 

 
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Publicado por en enero 5, PM en Plazas

 

El Parterre

El parterre. Fotos antiguas de Madrid

El Parterre visto desde la balaustrada. Del blog Fotos antiguas de Madrid

Los jardines del Parterre del Retiro son pura simetría. Son Francia dieciochesca en estado puro por más que la reforma que los convirtió en lo que hoy son se llevara a cabo durante el reinado de Isabel II. El Parterre es pura delicia para los ojos en cuanto a la disposición de los elementos de la naturaleza, diseñados a partir de un plan perfectamente preconcebido para conseguir que sorprendan gratamente a cualquier flaneante del parque madrileño por excelencia, tanto si accede a sus vistas desde el pretil situado al Este como si lo hace arribando a él tras cruzar la puerta de Carlos IV. Remontar el par de escalones de acceso al recinto por este último acceso posibilita que ante nuestros ojos se manifieste ese gran despliegue de lujo ornamental conseguido mediante un orden cartesiano y axial difícil de procesar, evaluar o disfrutar durante los primeros instantes. Es pura magnificencia, ostentación, grandeza, es derroche de los sentidos, es delicatessen sin matices. Hay que respirar profundamente, barrer con la mirada el perímetro de la explanada y comenzar poco a poco a digerir tanta hermosura. Estamos ante la cara menos bohemia del Retiro, la menos española si con ello queremos referirnos a nuestra secular y tópica falta de planificación, de orden y de reflexión, que dicen caracteriza el hacer de los que nos consideramos hijos de la piel de toro para lo bueno o lo malo. En este sentido, uno de los que mejor ha definido el Parterre es Ramón Gómez de la Serna quien alegaba que este singular jardín “tiene una frialdad arquitectónica como de una obra hecha con demasiada técnica literaria. El Parterre está trazado con tiralíneas, valiéndose también el jardinero creador de la escuadra y el cartabón”. Al recordar el genio de las vanguardias los ratos pasados en su infancia en este recinto separado del resto del Retiro por muros de contención nos comenta que “era como un patio confinado, como un sitio en que todos los juegos tenían que ser rectos, paralelos, simétricos. Amábamos jardines en que se gozaba mayor libertad y en que los juegos eran más bohemios y tenían huidas más inesperadas y resueltas, más de bosque, gozando además de mayor acobijamiento bajo los árboles. Vamos al Parterre equivalía en nuestra mente a un continuo juego de aro, llevándolo por carriles de verdura…/… con todos sus verdores muy ordenados y los mazizos, como muebles, muy aristocráticamente distribuidos.” Y es que, incluso en una mente tan represiva en cuanto al tratamiento de las emociones como la de don Ramón, el férreo ordenamiento de este jardin era excesivo. Y sin embargo, es esa rigurosidad, son esas líneas rectas o curvas pero perfectametne simétricas las que lo dotan de una personalidad especial dentro de ese macrorrecinto que es el parque del Retiro. La seriedad que supone tanta geometría incluso parecen haberla asumido las diversas especies arbóreas y jardinescas y cuando se cruza este espacio de Oeste a Este o viceversa no se puede evitar que un halo de profundo respeto se apodere de uno cual si transitara por la nave central de una catedral o por un cementerio, protegido por la más espectacular de las bóvedas que es la celeste. Todas estas reflexiones y sensaciones produce una creación humana donde se mezclan árboles, arbustos y plantas, “simulando un tapiz -leemos en el blog Paseos por Madrid– creado para verse desde cierta altura. Es de forma rectangular con cabecera semicircular y un pasillo central, recordando la planta de una catedral gótica. El plantel dominante es el boj, que se poda formando cuidadas formas geométricas. Se respeta la simetría respecto del eje central, tanto de plantas ornamentales como de dos estanques de poca profundidad que se integran en la decoración”. Si a ello le sumamos la presencia del añejo ahuehuete y las estatuas y bustos de homenaje tendremos la configuración total del Parterre del Retiro. De todo ello escribiremos a continuación, adecuadamente sazonado con alguna que otra anécdota y la personal perspectiva de Ramón Gómez de la Serna.

Antigua plaza del Ochavado

LuisI de Borbón

Sabrosas las calaveradas de Luis I y su esposa por el Parterre

El Parterre forma parte del Retiro desde su construcción durante el primer tercio del siglo XVI. Ocurre, sin embargo, que el primer diseño del parque madrileño por antonomasia no concedía una mayor importancia a este enclave, según nos relata Mesonero en su Antiguo Madrid: “Cercano a las construcciones de uso de la Corte, por detrás y a ambos lados de Palacio y demás caserío, se extendían los inmensos bosques interpolados con lindos jardines; por ejemplo; en donde ahora está el precioso parterre, había uno, en cuya plaza central llamada el Ochavado venían a confluir otras tantas calles cubiertas de enramada”. Para entener la configuración actual del Parterre hay que remontarse a la llegada de los Anjou al trono de España en 1700. Felipe V se mostró francamente decepcionado por la poca atención que habían mostrado los últimos Austrias hacia las construcciones reales y los ajardinamientos. A la baja calidad de aquellas y el abandono de éstos había que sumar la pobreza de los materiales arquitectónicos. Al margen quedaba la riqueza interior en decoración y obras de arte. Ya se sabe cómo eran estos reyes franceses y también es voxpopuli lo escasamente farandulera y frívola que discurrió la existencia de Carlos II. Pese a ello, y dado que la residencia oficial de Felipe V era el antiguo Alcázar Real, el disgusto no pasó a mayores. Por otra parte, al matrimoniar Felipe V en segundas nupcias con Isabel de Farnesio, ésta se mostró más partidaria de pasar sus días en La Granja de San Ildefonso cuyo palacio se construyó durante su reinado. Mientras tanto, lo que hoy es el Parterre había sido escenario de las cortas pero escandalosas existencias del príncipe y momentáneamente rey Luis I de Borbón y de su esposa Luisa Isabel de Orleans. Resulta un tanto incómodo y escatológico describir en qué consistían dichos escándalos. Es por ello que dejamos que la pluma de Pedro de Répide nos lo haga más digestivo y menos hilarante: “Esta parte del Retiro, como la más inmediata al Casón, era la que servía para las extrañas andanzas de la reina Luisa Isabel de Orleans, mujer de Luis I, cuyas constumbres, harto poco egregias, estaban muy distantes de la severa etiqueta de la corte. Bien que su egregio y joven esposo no fue de más entonados hábitos durante su breve reinado, pues también por este lado del Parque era por donde salía para sus escapatorias nocturnas disfrazado de majo, con una pandilla de amigos y se iba a distraer en tan augustas diversiones como llegarse hasta la huerta de Atocha a quitar melones a los frailes y cortar las flores del mismo Retiro, para reñir, en la mañana siguiente, a los jardineros por su falta de ciudado”. De la reina se puede decir, entre otras menudencias, que no le gustaba el contacto con el agua, que enseñaba sus vergüenzas sin ninguna idem a los sirvientes cuando se le cruzaban lo cables o que le daba de vez en cuando por coger un trapo y ponerse a sacar brillo, como cualquier chacha de palacio, a cristales, vajillas, baldosas o azulejos. Pero dejemos atrás estas nimiedades de reyes tan campechanos y situémonos en la Nochebuena de 1734 en que la residencia de la actual plaza de Oriente se transformó en un santiamén en ascuas y cenizas y fue necesario trasladarse provisionalmente al palacio del Buen Retiro mientras se construía el actual Real. Es en ese momento cuando se llevan a cabo algunas obras para acondicionar la transitoria residencia de los monarcas. Pero no fueron muchas. Tampoco se remozaron mucho los alrededores. La antigua plaza del Ochavado se transformó en un protoparterre, efectuándose plantaciones pero manteniendo los desniveles del terreno con acusadas pendientes en sus límites. Se despejó la zona de paseos umbríos y cubiertos de vegetación que formaban las calles en forma de túneles, tal como lo había diseñado un siglo atrás Felipe IV. Lo sucesores de Felipe V no realizaron mayores reformas y cuando Napoleón sienta sus reales en el Retiro dejó aquello como un solar al talar los árboles por razones de índole militar.

La transformación del Parterre

Vista aérea del Parterre

Vista aérea del Parterre. atacamacultura.blogspot.com

En 1841 el alcalde Agustín Argüelles y el intendente de la Real Casa durante la Regencia de Espartero, Martín de los Heros, plantean la reforma del Parterre convirtiéndolo prácticamente en lo que hoy podemos observar y disfrutar. Se reformaron los desniveles creando los muros de contención de ladrillos que bordean el jardín, nivelando el terreno y dando una visión más homogénea a la zona. Se levantan rampas de acceso y la fuente de piedra caliza con los tritones y la balaustrada que permite la vista del jardín desde un punto elevado. Además se colocaron dos fuentes de alabastro adosadas al muro de contención, según leemos en el blog Paseos por Madrid. El jardín se remodeló de nuevo tras la guerra Civil y bajo la dirección de Herrero Palacios se introdujeron cambios aunque manteniendo su regularidad con parterres finos y setos bajos de boj, césped en su interior y algunos laureles y aligustres recortados. Antes, en 1922, se había colocado a la entrada del recinto, frente al Casón, la puerta de Mariana de Neoburgo, llamada en la actualidad del Ángel o de Felipe IV, que previamente se encontraba entre el monasterio de los Jerónimos y el museo del Prado. Y en este punto no podemos abandonar la enumeración de las especies presentes en el Parterre sin referirnos al ahuehuete, el que se supone que es el más longevo árbol del Retiro y según algunos -polémicas al margen- el más antiguo de Madrid. Se imponente presencia se erige majestuosa en la parte izquierda del jardín si entramos por la puerta del Ángel. Es un ejemplar de anchísimos tronco y copa y bellísimas hojas colgantes. Su plantación data de la época de apertura del Retiro, en concreto, 1632. Según se cuenta, dicho árbol se salvó de la tala indiscriminada decretada por José Bonaparte porque su tronco sirvió de apoyo durante la guerra de la Independencia a una batería de artillería que apuntaba hacia el barrio de Las Letras. Pero también en esto hay controversia por lo que dejamos en puntos suspensivos la veracidad de esta aseveración. Lo que no admite discusión es que se trata de un árbol procedente de Méjico y sur de Estados Unidos y que su nombre significa en lengua azteca viejo del agua pues suele prosperar preferentemente en zonas pantanosas. Superan habitualmente estos ejemplares los 500 años de vida y existen en la actualidad algunos que cuentan más de 2.000. El ejemplar del Parterre es digno de ser observado desde cerca. Su tronco presenta un diámetro tan impresionante que puede dejar con la boca abierta al turista más viajado.

Los Benavente y el doctor Pulido

Doctor Benavente. www.teatro.es

Busto dedicado al doctor Benavente. http://www.teatro.es

En 1886 Ramón Subirat y Codorniú esculpió un busto en honor del doctor Mariano Benavente (1818-1885), médico pionero en el mundo de la pediatría en España y una de las mentes preclaras de su tiempo en esta especialidad en toda Europa, que era como decir en todo el mundo. Se trata de una obra erigida por suscripcion popular en homenaje a su labor en la Inclusa de Madrid donde hasta su fallecimiento había contribuido a salvar vidas de niños de familias humildes cuyas carencias económicas impedían criar a los hijos que hasta en un número cercano a 3.000 ingresaban cada año en el recinto sanitario. El monumento se encontraba en principio situado en en el centro del Parterre y fue desplazado al lateral derecho en 1962 para colocar en su lugar la escultura que Victorio Macho dedicó al hijo del doctor, el dramaturgo Jacinto Benavente (1866-1954). Sobre una columna, la estatua dedicada a Benavente hijo representa una alegoría del teatro a través de una figura femenina que sujeta con sus manos una careta, la propia de los actores griegos y que dio pie al concepto de personaje en el teatro clásico. En el frontal se encuentra el perfil de don Jacinto y a ambos lados las siluetas de los personajes de su obra teatral más conocida, Los intereses creados, Crispín y Raimunda. Por último, no podemos dejar de hacer mención al busto situado a la izquierda del jardín, siempre enfilando hacia el Este, que pertenece a Ángel Pulido (1852-1932), humanista que dedicó una parte de su vida a la defensa y reconocimiento de la cultura sefardí en España. Fue senador por la provincia de Salamanca y respetado hombre de letras, autor de la obra Españoles sin patria y la raza sefardí, donde defiende y encomia el mantenimiento de la cultura española entre los judíos de origen español dispersados por Europa. El interés por los judíos españoles de la diáspora surge tras un viaje a Viena donde pudo comprobar cómo ciertos sectores de la comunidad judía mantenían el habla española de finales del siglo XV, cuando tuvieron que abandonar la patria, expulsados por los Reyes Católicos. Pero vayamos poniendo ya el épilogo a este Parterre que no deja de ser un anacronismo geométrico dentro de esa gratificante anarquía que en cuanto a configuración es el parque del Retiro. Y nadie mejor para poner la rúbrica que Ramón Gómez de la Serna para quien el Parterre era “ese jardín de un corte de pelo especial, que tiene una curiosa psicología, medio de jardín, medio de cementerio, medio de parque de la Reina…/…El Parterre va todos los días a la peluquería, y huele a loción, y se ve cómo le apuran el corte de la nuca. Todos los sábados los jardineros del Parterre suenan sus tijeras nerviosas, dispuestas, afiladas. En primavera, sobre todo, huele a corte de pelo reciente, a hierba despuntada”. ¡Sería en su época, don Ramón! Sería en su época cuando los peluqueros podían recrearse en un corte de pelo esmerado cada primavera. O cada otoño. Hoy en día los peluqueros escasean por la mala cabeza de gobernantes cada vez más zotes y menos ocupados en cuidar el patrimonio cultural de Madrid en general y del Retiro en particular. Hoy en día los árboles del parque más importante de la Villa y Corte se vienen abajo un día sí y otro también quizás víctimas de la depresión en que los ha sumido la indiferencia de necios y cazurros jerifaltes que hace que tengan que doblar la cabeza, humillados y huérfanos de quien defienda que también ellos dan alegría, paz y, en definitiva, felicidad, una felicidad especial que las gentes de su tiempo, don Ramón, sabían apreciar. ¡Y eso que usted, permítame que se lo diga, tenía fama de señorito frívolo y, por razones relacionadas con su tendencia literaria, debía reprimirse a la hora de expresar sus sentimientos! Vivir para ver.

 
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Publicado por en diciembre 19, PM en El Retiro