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Secretillos de la Gran Vía

Gran VíaMadrid inspira, relaja y cura. Tiene propiedades terapéuticas. Queda claro. Inspiran y relajan y sanan sus calles, sus personajes, sus momentos, sus épocas de bonanza, sus crisis, sus hechos históricos fidedignos, sus leyendas, sus bulos y sus rumores. En definitiva, todo lo que ha configurado su discurrir a lo largo del tiempo y le ha dado poso y cuajo. Es lo que va configurando la personalidad de una Villa milenaria y una Corte que supera con creces los 500 años. Centrándonos una vez más en sus calles, el tópico dice que las hay grandes, medianas, pequeñas. Anchas y estrechas, de nombre y de facto. Espectaculares vías que avasallan por su importancia cuantitativa y cualitativa y humildes rúas que nos remiten a un tiempo ya lejano y olvidado plagado de peligros, leyendas y sorpresas tras cada esquina. La Gran Vía es probablemente una de las más aparentes del centro urbano. No se puede decir que no tenga historia tanto desde su construcción como anteriormente a existir como tal. No se habían iniciado las obras de su trazado y ya se representaba por los teatros de media Europa una zarzuela titulada con su nombre y que socarronamente criticaba desde el escepticismo el proyecto, aún vivo sólo en los planos. Sin embargo, uno en su humilde forma de pensar cree que actualmente carece de una personalidad definida cuando acaba de celebrarse el centenario de la puesta en uso de su primer tramo y tras notables modificaciones en su perfil urbanístico. No inspira, relaja o sana como otras. Entendamos por personalidad una forma de ser y estar en el mundo. Las tiendas de ropa, hamburgueserías y chiringuitos de recuerdos turísticos que han invadido sus locales durante las últimas décadas han despersonalizado de forma considerable lo que debía haber sido esta calle cuando allá por principios del siglo XX se aprobó su reordenación. Los escasos hoteles, teatros o cines que aún ocupan sus solares simbolizan un canto del cisne imparable respecto de lo que fue en otros tiempos no muy lejanos. Pero hay más. Puestos a comparar, es indiscutible que esta avenida, que desde Alcalá atraviesa el corazón de la ciudad, no puede competir en historia con las antiguas calles de San Miguel, Jacometrezo y el maremagnum de callejuelas y callejones sepultadas con la reforma y que se extendían por el área hoy comprendida entre Callao y la plaza de España. Habrá que dar tiempo a que la historia vaya dejando su impronta. Mientras tanto, el paseante, flaneante o mirón que se atreve a internarse entre sus rimbombantes edificios siente la debilidad de aplicar de buenas a primeras algo parecido al refrán que se le recitaba a la famosa casa de Astrearena, en la confluencia de la Red de San Luis con Hortaleza y Fuencarral. Aquello de mucha fachada y poca vivienda. Remedando el dicho podríamos establecer el fácil paralelismo de Gran Vía, mucha fachada y poca sustancia. Sustancia histórica, obviamente, aunque sea sólo aparente esa carencia de pedigrí. A acabar con el tópico hay que ponerse porque es necesario desmentir esas presunciones. Y es que historia no es sólo lo que ha ocurrido a lo largo de los últimos cien años en ese entorno sino también lo que subyace de un pasado que podríamos alargar hasta las últimas décadas del siglo XVI, poco después de establecerse la corte y de que la ciudad rompiera sus estrechas costuras urbanísticas. Dicho lo cual vamos a desgranar unas cuantas anécdotas entre tantas que ha protagonizado este enclave tan señero de la geografía madrileñista y tras las que se esconde el latir de un barrio a lo largo de cientos de años. Historias con minúscula pero que constituyen los ladrillos que van edificando esa Historia con mayúscula de los manuales de enseñanza. Eso sí, este limitado relato partirá del inicio de las obras de la moderna Gran Vía pero permitiéndonse ir adelante y atrás en un vaivén que se pretende sea medianamente entretenido. Nadie negará que el libro de  la moderna sabrosura anecdotaria lo abrió el entonces periodista Francisco Serrano Anguita cuando el 11 de abril de 1910 dejó escrito aquello de que Alfonso XIII había inaugurado oficialmente el día anterior las obras “hincando el pico”. Alguien añadiría posteriormente que la piqueta plateada la hincó con la maestría que le caracterizaba aunque no queda constancia de esta última sentencia en los anales del periodismo patrio. Allí, cerca del cruce de Alcalá con la antigua San Miguel, un poco más arriba de la casa del cura de la iglesia de San José, estaba la famosa posada de Barcelona, de donde le venía a aquella encrucijada, a la que hay que sumar el final de Caballero de Gracia, la denominación de plaza de la Paja. Nada que ver con el ágora del Madrid medieval. En dicho nombre debieron influir bastante las caballerías que conducían a los viajeros a la  mencionada posada. Por cierto, en la confluencia de Caballero y San Miguel se encontraba la vivienda que hacía de proa de  barco y pertenecía a la duquesa de Sevillano. Se dice de esta dama que estaba enamorada locamente de su administrador, al que nunca confesó sus sentimientos, disfrutando o sufriendo de forma íntima y virtual ese amor hasta el fin de sus días. Eso dejó dicho su biógrafo oficial aunque cuesta creer que el roce diario no hiciera más prosaico ese aparentemente lírico idilio sin respuesta. Más amoríos se desarrollaron cerca de aquí. Dejemos a la condesa de Jaruco y José Bonaparte para más adelante y centrémonos en el desaparecido colegio de las Niñas de Leganés, cuyas traseras daban al actual inicio de la Gran Vía, tramo también conocido por el nombre del conde de Peñalver, verdadero impulsor del proyecto viario. En el mentado colegio se educó doña Elena Sanz, amante de Alfonso XII y, a la sazón, la nuera ante dios de Isabel II. Lo dejó dicho la frescachona, no quien escribe. Y el Madrid popular lo subrayó con lo de “dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti. Voy en busca de Elena que ayer tarde no la vi”, trastocando la versión oficial dedicada a la añorada Merceditas. Y sí, más arriba, en el cruce con la calle del Clavel, se encontraba el palacio de la bella criolla de pelo de azabache, cuello nacarado y labios carnosos con la que el hermano de Napoleón compensaba el despecho que por él sentía el tan patriota como desinformado pueblo de Madrid. Estamos hablando de la condesa de Jaruco. A tanto llegó su amor que se dice que el francés desenterró el cadáver de la bella dama, fallecida en la flor de la vida, e hizo que lo trasladaran del recién estrenado cementerio del norte para inhumarla junto al tilo del jardín del caserón, donde la pareja pasaba sus veladas en feliz y amigable plática. Todo ello, amoríos y desenterramiento, se hizo a cencerros tapados, claro está, bajo la disyuntiva de silencio o puñal a quien se fuera de la lengua. Las viperinas afirman que, muerta la condesa, el Plazuelas echó el guante a la hija, que parece ser que no desmerecía en cuanto a atractivos a los de su progenitora. Historias de aquellas calles predecesoras de la Gran Vía, que no de la que ahora podemos pasear, por mucho museo Chicote, joyerías fetén, Casino Militar o edificio de la Gran Peña que adornen grandilocuentemente este primer tramo. De lo poco que se respetó en la zona fue el oratorio del Caballero de Gracia, obra de Juan de Villanueva. Jacobo de Grattis, que así se llamaba el personaje, también vivió y pasó a la posteridad adornado por extensa nómina de debilidades falderas aunque, según la leyenda, se enmendara posteriormente. Al decir de sesudos historiadores todo fueran rumores infundados y este buen hombre no se empeñó a lo largo de sus casi cien años de existencia en otras tareas que las propias de su condición de sacerdote. A saber. Nobleza obliga y no podemos cruzar la confluencia con Red de San Luis, Fuencarral y Hortaleza sin mencionar a don Diego de Torres Villarroel, pionero en esto de dejar su rastro sobre el latir de la ciudad en su novela Sueños morales. Visiones y visitas de Torres con don Francisco de Quevedo por Madrid, cuyo punto de partida puso el escritor en estos andurriales. Una delicia para los más exigentes paladares literarios en lo que a las interioridades de la Villa y Corte se refiere, plasmadas con un estilo cáustico y punzante que ya nos gustaría siquiera imitar a algunos diletantes en esto de juntar letras. Pero pasemos adelante. Aquella calle Jacometrezo se extendía desde la Red hasta empalmar con lo que queda en la actualidad de esa vía. Su trazado fue aprovechado con matices por el proyecto reformador. Imperdonable sería dirigirse hacia Callao sin recordar las librerías de viejo que se multiplicaban por la zona. La reforma las desahució y envió a la verja del Botánico desatando un sordo resquemor entre las humides sacerdotisas de Venus que entonces ocupaban el nuevo emplazamiento. Más tarde encontarían definitivo acomodo en la Cuesta de Moyano para deleite de hurones de la literatura. Los libros, que no las sacerdotisas. Por estos pagos tenía su laboratorio de conspiraciones don Ángel Fernández de los Ríos, en la calle del Carbón, a la altura más o menos del edificio de Teléfónica, desde el que durante la guerra civil Arturo Barea pusiera firme a más de un plumilla extranjero que quisiera informar de lo que no debía, en un impecable papel de censor que él nunca negaría. Y es que una guerra es una guerra y las cortesías para mejor ocasión. Por allí andaría por esas calendas don Ernesto Hemingway, unos días más cocido que otros, en su confortable suite con baño del hotel Florida, ya esquina con Callao, perpetrando crónicas entre grescas aderezadas con botellazos mutuos mano a mano con su amante Martha Gellhorn  y ante la mirada resignada y condescendiente de su conmilitón John Dos Passos. Plaza de Callao, antes plaza de la Moriana, entorno en el que abundaban las comadres. No era mal oficio ese de traer gente al valle de lágrimas en tiempos no tan lejanos, cuando una esposa alumbraba una docena de hijos que si bien la mayoría no sobrevivía era de ley sacarlos vivos o muertos. Si además de vivo se trataba un varón pues la comadre se llevaba su buena propina. Enfrente, la actual calle dedicada al periodista Miguel Moya, donde en los primeros años de la década de los años 30, en un velador de la cafeteria Fuyma, Sánchez Mazas ensalivaba el lápiz para plasmar sobre su cuaderno de tapas de hule aquello de “que tú bordaste en rojo ayer” rodeado, entre otros parroquianos, por un bello ejemplar del macho ibérico. Un tal José Antonio. ¡Qué tiempos y cuánta historia! No es que episodios de este jaez inspiren, relajen o sanen y uno los añore pero esa es la Historia de la que hay que aprender ahora que corren malos tiempos para la lírica política. Que sí, que mejor será que se conozca el lugar por el edificio del Palacio de la Prensa, construcción que hay que agradecer a Antonio Palacios como el anteriormente mentado hotel Florida. Y como el desaparecido templete del metro en el cruce don la Red de San Luis. Que se nos olvidaba. También el hotel ha desaparecido, lamentablemente, sustituido en la actualidad por unas miserables franquicias de comida basura que dominan una plaza que rinde tributo histórico al combate del Callao. Si alguna oda hay que entonar aquí a algún local de restauración es a la Pastelería Portuguesa, minúsculo recinto que pasa desapercibido para el flaneante salvo que este tenga especial querencia hacia la confitería lusitana. Hay que aplaudir que los portugueses hagan arte del oficio pastelero porque de bien nacidos es ser agradecidos. Y seguimos hacia el último tramo granviario intentando desenterrar las piedras actuales para que aparezcan a la luz pública hechos, sucesos, mitos y leyendas ahogados por el progreso de este nunca bien ponderado frívolo último siglo.  A la derecha, en dirección ya a plaza de España, dejamos la calle Libreros. Afortunada denominación debida a la cabezonería de Baroja. En don Pío la palabra insistencia no haría honor a su personalidad. Antes que Libreros llevó el mitológico nombre de Ceres y aun antes otro más castizo, de La Justa. Cuando el caserón de San Bernardo albergaba la universidad era una vía famosa por sus libros y más aún por ser el paraíso de los devotos al amor al por menor, que diría don Ramón de Mesonero. Militares y paletos de pueblo aliviaban sus urgencias, dejó escrito José del Corral, quien debió olvidar citar a los siempre tan necesitados como fogosos estudiantes. Por aquí parece ser fue atravesado por las flechas de Cupido un tal Gustavo Adolfo Bécquer cuando vio áulica y vaporosa la figura de Julia Espín acodada al balcón de la vivienda de su padre, en la esquina de La Justa con El Pozo y Flor Alta. Dicen que no se atrevió el vate a entrar a la moza pero a cambio nos dejó algunas de sus soberbias rimas, inspiradas en la más tarde afamada cantante. En la esquina de Libreros con Gran Vía dejó el pellejo la estudiante María Luz Nájera a finales de los 70 cuando un bote de humo o pelota de goma de las que acostumbraban a regalar los grises a la feligresía le impactó en la cabeza. Dicho queda y ahora crucemos San Bernardo imaginando cómo debía llevar el cuerpo don Rodrigo Calderón camino del cadalso situado en la plaza Mayor aquel 21 de octubre de 1621. Acababa de dejar atrás su hoy desaparecido palacio de donde lo traían a lomos de un burro entre la algarabía del populacho, al que siempre ha agradado este tipo de convites. Todavía no se había levantado en la acera izquierda del cruce de San Bernardo con Gran Vía, entonces Flor Baja, la casa profesa de los jesuitas. Convento e iglesia que ocupaban una amplia manzana y que albergarían los restos de San Francisco de Borja pero cuya demolición en los años 20 defendieron con uñas y dientes los de la Compañía hasta el punto de poner en entredicho la finalización del trazado de este último tramo. Con la iglesia una vez más topó el poder terrenal aunque llegada la segunda república se solucionaría de forma harto eficiente y expeditiva. A saber. En vistas de que los pleitos cada día estaban más enredados y la infraestructura no avanzaba unos ciudadanos informados, conscientes, mentalizados y debidamente asesorados sobre lo que suponía para el desarrollo capitalino la Gran Vía, echaron un buen día mano de unas latas de petróleo e imitando a Nerón hicieron una falla que envidiaron hasta los coetáneos valencianos. A los policías y a los bomberos que se acercaron por el lugar preguntando qué pasaba les aconsejaron educadamente que no intervinieran. O no tan educadamente. Problema resuelto y archivado el expediente. Mucho queda en el tintero de la historia de estos andurriales antes y después de que el nuevo proyecto viario arrasara con lo anterior. En otra ocasión se tratará por lo menudo. Sin embargo, sería imperdonable abrochar este panfleto sin nombrar a Francisco Chico, policía corrupto donde los hubiera, con mando en plaza hacia la mitad del siglo XIX. Lo recogió Galdós en uno de sus Episodios Nacionales. Sanguinario donde los hubiere. Terror de opositores políticos en una época ciertamente convulsa, este amigo de sus escasos amigos contaba con una de las colecciones privadas de arte más prestigiosas del Madrid de la época. No es necesario abundar en cómo había conseguido hacerse con su particular pinacoteca. Pero a todo cerdo le llega su San Martín y eso debió pensar una amante despechada que cuando el levantamiento de O’Donnell, y en una ciudad presa del vacío de poder subsiguiente, decidió que era la hora de  la venganza. Unos bregados y avisados ciudadanos del barrio de Lavapiés -siempre el pueblo ignorante por delante- se dirigieron con aviesas intenciones a la vivienda de Chico, a la altura de donde hoy se encuentra la plaza de los Mostenses. Preguntaron por el susodicho. Se les dice que no está en casa y es ahí cuando entra en juego la bella daifa, quitando un cuadro de la pared y revelando la existencia de una puerta que daba a un cuarto donde el bueno de Chico convalecía de una enfermedad. En el mismo colchón en que reposaba lo llevaron en volandas hasta la Fuentecilla donde rindió su último y mejor servicio a la patria, es decir, desaparecer del mundo de los vivos. Quizás lo único positivo que se le recuerda, al decir de unos manolos con blusa que humedecían el gaznate en una taberna de la calle Toledo. En fin, retales de la historia más o menos lejana y ciertamente distinta a la actual en esta Gran Vía, más grande en su denominación y en lo estrictamente urbanístico que en cuanto a sustancia cultural e histórica. De cultura y de Historia con mayúsculas, por supuesto, de esa que inspira, relaja y cura enfermedades tanto del cuerpo como de la psique.

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Publicado por en mayo 15, AM en Sin categoría

 

Nostalgia en Malasaña

malasana-2Flanear por Malasaña es un deporte de riesgo para una persona que está a punto de tener que aceptar que le llamen sesentón. Y no por las lógicas consecuencias que acarrea sumar años de forma incontestable sino por otro peligro mayor, la nostalgia. Nostalgia del pasado, nostalgia de lo que fue y de lo que pudo haber sido y se quedó en proyecto. Nostalgia de aquellos intentos irreflexivos pero valientes que no consiguieron arribar a puerto alguno. Nostalgia de la falta de arrojo y valentía en algunos momentos. Nostalgia, en definitiva, de la juventud perdida. El divino tesoro que se va para no volver de Rubén Darío. Ley de vida es, sin duda. Camino por placer por el barrio de Malasaña con cierta frecuencia y me siento muy a gusto parándome en cualquier esquina. Sin embargo, esos parones no duran mucho tiempo. Se me encoge el corazón. Es una sensación agridulce, contradictoria, de continuo tobogán sentimental.  Ayer y hoy, juventud y madurez, vida como un ciclón frente al reposo y la reflexión, rebeldía frente a acatamiento.  Y siempre presentes aquellos años 80 que tanto prometían. Vida en color frente al blanco y negro de una década antes. Proyectos de futuro e ilusiones intactas. Incertidumbre ante el porvenir. Mientras tanto, a quemar la juventud como mejor pudiera cada cual. Pelos de colores, chupas de cuero, escandalosas e irreverentes hombreras, bares de copas con música más o menos estridente y barra atestada, garitos llenos de humo que más allá del significado simbólico ponían sobre la mesa una nueva forma de atacar el día a dia, de presentarse en sociedad. La Movida. Aquí. En Madrid. Una estética y una ética que se trasladó a todo el país y que hoy en día se estudia como fenómeno social en universidades europeas y americanas en tesinas, tesis o trabajos fin de carrera. La Bobia, El Sol, El Penta, Rock-Ola, Pachá para la gente guapa y el Kwai para que la basca se pusiera a tono por cuatro perras empapadas en güisqui DYC. ¡Segovia forever! Cada tonto con su tema y cada cual con su recorrido noctámbulo por las pegajosas aceras de Velarde, Corredera, San Vicente Ferrer, Dos de Mayo o Espíritu Santo. El Palentino para echar algo al estómago cuando albaba, rodeados de putas baratas, modernos, acrátas, rockabillys o artistas de pacotilla. Y la intermitente presencia de la lechera policial que se abstenía de cortar el rollo a nadie. Madrid como telón de fondo, cuyos ecos llegaban a los más recónditos lugares de provincias. Había que ir a Madrid. A aquel Madrid con zeta. Zeta de Madriz. Madrid como horizonte de expectativas. Madrid como salvavidas de los que ya superaban holgadamente la veintena, servicio militar cumplido, y no querían seguir vegetando a la sombra de la generación anterior, cuya juventud había estado mediatizada por la posguera y sacrificada en aras de su prole. Estudiahijo. Quesepaspresentartedelantedelagente. Quenoseasunanalfabetocomonosotros. Quenossacarondelaescuelacondoceañosparatrabajar. Madrid era el reto y a la vez el compromiso, la  prueba de fuego, el examen final. Llegar a la estación de AutoRés en Conde de Casal en uno de aquellos autobuses borregueros con el olor a vómito incrustado en la tapicería de los asientos. Con la bolsa de deporte escuálida, dos mudas, el cepillo de dientes y el título universitario. Poco más. Aquel vestíbulo neorrealista como punto de partida. Megafonía con insoportables acoples que hacían ininteligible la cazallosa voz. ErcocheprocedentedeCáceresacabadehacersuentradaenlaestaciónejeeeem. ¿Hacia donde encaminarse? Una cochambrosa pensión y mañana ver de alquilar una habitación para emprender una conquista de la ciudad que se resumía en no sucumbir a las primeras de cambio y aguantar el tirón. Mirar el plano del metro. Qué mismo daba si no tenías ningún destino concreto. Pues a Sol que es el centro. Tú no decías todavía Sol sino la Puerta del Sol. Allí, a buscar una pensión pulguera en Carretas, Montera o aledaños. Auténticos tugurios en cuyos quicios se apoyaban chulescos los primeros negros que veías y en cuyas escaleras te cruzabas con señoras maduras con los labios pintados de un chirriante rojo marilyn y con el bolso bien apretado bajo el sobaco, que no axila. Por supuesto, pensión baratita. 50 pesetas la noche. Levantarte temprano y tomar un café a las siete de la mañana del día siguiente tras comprar el Segunda Mano en el quiosco más cercano. El PAÍS también. Por supuesto. Había que ir con Polanco y Cebrían debajo del brazo porque aún creíamos que los Reyes Magos existían. Vuelta al Segunda Mano. Pisos de alquiler. Sección hasta 500 pesetas mes. Calle Granada. Segundo interior. Se alquila por habitaciones a estudiantes. No eras estudiante ya pero era lo más asequible. Te lo tomas con calma. Llegas a la hora del ángelus a la dirección indicada tras preguntar en cada esquina al primer peatón que te encuentras y te dice el vecino que dónde vienes a estas horas, que el dueño llegó a las ocho de la mañana y había ya una cola del copón para negociar. Que, por lo que escuchó desde el pasillo, el piso se lo quedó una pareja recién casada que presentaba nómina. Nómina, nómina, nómina. Sin nómina no ibas a ninguna parte. Empiezas a despertar. Primera lección, la nómina. El dinero. La pasta. La guita. El parné. Sin parné eres una mierda. ¡Qué te creías, ignorante! Cambias de tercio. El improvisado plan B es dirigirte a Moncloa para rastrear en los anuncios pegados en las farolas del caminito a Ciudad Universitaria. Papel y bolígrafo y una lista de teléfonos…  A última hora de la tarde estás hasta los huevos de llamar. Entre las cabinas defectuosas, los yaestáalquilado y los noadmitimosgentesinnómina, te has fundido cerca de 200 púas sin ningún beneficio. De nada sirvieron los tímidos nosepreocupequetrabajoennegro -mentira necesaria-. ¡Pues trabaja en blanco! Zasca habitual y obvio. Y los yoleprometoquepagoconregularidadfíesedemíporfavor. Te contestan con una dosis de frialdad, insensibilidad  e insolencia que tú desconocías allá en tu pueblo. Juras en hebreo y te planteas qué cóño haces aquí. Pero no hay que venirse abajo, no hay que claudicar, la vida no es fácil, los perros no se atan con longanizas en sitio alguno. Y menos en Madrid. Ya te lo avisaron. Y piensas que todo antes que volver al pueblo y reconocer la incapacidad ante el auditorio de familiares, vecinos y conocidos. Como si hay que ponerse a pedir en el metro. A Madrid se viene llorado. Vuelta a la pensión y así un día y otro. Y otros más. Bastantes más. Hasta que suena la flauta y la locomotora comienza a chirriar y ponerse en marcha entre una densa humareda de incertidumbre en esta estación punto de partida de todas las aventuras. Y Madrid te acoge. Primero de forma hostil, después vas buscándole las vueltas dando palos de ciego porque esa hostilidad con ser cierta va difuminándose. No te regala nada de buenas a primeras pero cuando la vas conociendo vas aceptando sus defectos y aprovechando sus oportunidades. Ya llueve menos y el cielo se va abriendo. Pero nunca fue fácil. En los años 80 tampoco. Esos años 80 que me pone delante del espejo el barrio de Malasaña cuando ahora paseo sus calles. Y sin otro aval que un título universitario en el bolsillo era complicado hacerse un hueco. A Madrid dicen que hay que venir con una recomendación. La figura del paseante o pretendiente en la Villa es tan tópica y literaria que se convierte en un clásico desde que Felipe II la declarara Corte en 1561. Pero, qué sabes tú de la historia de Madrid o de la capital del imperio cuando llegas aquí con una mano delante y otra detrás. Nada. Lo que ponen los libros. Pero de gramática parda, ni mu. ¿Y qué hace en Madrid un desheredado de la fortuna de provincias que no tiene dónde caerse muerto? Preparar oposiciones y mientras tanto echar unas horas, piensas,  en algún trabajito. En negro. O a rayas. La cuestión es tocar pelo como sea. El término trabajo basura no estaba acuñado aún por un pueblo que le pone el nombre cierto a las cosas como si de las piedras de Macondo se tratara, cuando el buhonero Melquiades llegaba para vender sus imanes. En los años 80 escaseaban los empleos donde pudieras echar unas horas y conjugar la preparación de las oposiciones con tener el bolsillo medianamente caliente. Escaseaban en negro y en blanco. No había burguers, zaras, estarbacs o similares donde ser explotado a modo a cambio de unas migajas que te saciaran el hambre de independencia. Mientras ibas metiendo la cabeza por algún que otro agujero, presión familiar, dóndetegastaseldinero. Dónde iba a ser. En la academia, en pagar el alquiler, en comer. Comer, más o menos. Arroz a la cubana cinco días de cada cuatro. Y cien duros de costo como mayor dispendio una vez al mes, pillados en la plaza del Dos de Mayo a deshoras entre la zozobra y el desasosiego, consecuencia del remordimiento de conciencia por traicionar al sentido común y a quien sudaba para ahorrar esos cien duros y que tú pudieras derrocharlos. Plaza del Dos de Mayo. Parque de Artillería de Monteleón.  Daoíz y Velarde. Sin espada ya. En la actualidad, imposible pillar un par de sillas en una terraza. Y eso que los bares no escasean. Entonces, tampoco era fácil acomodar las posaderas en una silla terracera. Por razones muy diferentes. Afortunadamente siempre estaba Lolita para cubrir las espaldas. Sus ahorros, sus perrinas. Valiente, arrojada, atrevida, guerrera y rebelde pese a sus pocos más de 20 primaveras. Nostalgia de la juventud perdida. Pero mejor que no vuelva esa juventud. Tiene mucha literatura el tema, ya digo. Pero no es una etapa muy literaria de la biografía de los que compartimos generación desde un origen sin glamur ni pedigrí. Estación del vía crucis vital en la que estás intentando sumarte a la pelea cotidiana, en la que exiges a voz en grito que la sociedad te devuelva lo que has invertido en ella, habiéndote formado según las intrucciones de padres, maestros y el boticario del pueblo. Con estudios se va a cualquier lado. ¡Los cojones! En los 80, los hijos de la clase obrera, la generación del babyboom a la que ahora están racaneando las pensiones, ya teníamos estudios y ya había más oferta que demanda de licenciados en el mercado laboral. Pero para trabajos sin titulación mejor haber emigrado a Suiza con 16 años. Había que resistir para vencer aunque fueran las tópicas victorias de Pirro que no dejaban de ser derrotas camufladas en batallas cuyo desenlace estaba tongado de antemano. Un poco de dignidad nunca viene mal. Entonces tampoco pese a las consabidas ingratas consecuencias. Nostalgia de todo ello cuando paseas por la calle Velarde, por Madera, por Pez. Nostalgia pero menos. Miras hacia atras, reflexionas un instante y descartas cualquier posibilidad de darte la vuelta para empezar de nuevo. El caminante ya ha hecho camino, el río chico y mediano ya se ha hecho caudal. Y no hay vuelta de hoja. Ni falta que hace. Ya has perdido todas las batallas que tenías que perder. Pero has ganado la de la experiencia, que te permite, aunque no siempre, enfrentar el futuro con algún que otro as en la manga. Nostalgia sí. Porque los años no vuelven. No seamos hipócritas. Nostalgia también de los que se fueron como consecuencia de algún que otro mal paso y con los que hiciste tus risas en alguno de aquellos antros de tubo donde abrevabas mientras en un escuálido escenario dos guitarras y una batería sonaban garajeras y te obligaban a elevar la voz hasta el desaforado grito a la vez que quemabas la china y  mojabas la pega en los resecos labios. La coca para los que iban a Pachá. Mariconadas las justas. Las uvas estaban verdes. Nostalgia pero menos porque salimos con la dignidad medianamente a salvo de aquella locura. Visto en perspectiva tampoco era de muy buen gusto en aquellos finales de los 80 encontrarte tirados en los portales y rebozados en sus propias mierdas y miserias a más de uno que desgraciadamente al día siguiente ya no se levantaba. Mirabas para otro lado si veías al jaco correr desbocado haciendo saltar chispas en el empedrado de la calle de la Palma cuando ya los adalides de todo aquel movimiento tan colorista y tan aparente iban de retirada una vez recogidos los bártulos y los tópicos restos del naufragio. Los pioneros, señoritos bien hijos de la acomodada burguesía franquista, comenzaban a pasar por caja y a renegar de sí mismos mientras tú echabas riñones en la cuesta de la vida y pedaleabas como si no hubiera un mañana. Y, sin embargo, feliz porque acababas de conseguir el primer trabajo de redactor por las tópicas cincuentamilpesetas que no siempre te abonaban. ¡Ay Nostalgia, qué rencorosa y qué puta eres! ¡Pero qué atrayente y atractiva en el corazón de Malasaña!

 
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Publicado por en mayo 2, AM en Sin categoría

 

No fui a votar. No

Urna electoralAyer domingo 28 de abril se celebraron elecciones y NO FUI A VOTAR. No quise entregar mi papeleta a ninguno de los conglomerados de intereses que a lo largo de los últimos días han intentado captarme para su espurio beneficio. Hasta ayer todos me han engañado alguna vez a lo largo de mi vida y no quería permitir que lo hicieran de nuevo. Los últimos en llegar ni siquiera van a tener esa posibilidad. Porque la primera vez que te traicionan es responsabilidad de quienes lo hacen pero las siguientes ya hay que apuntarlas en tu propio debe. NO FUI A VOTAR porque veo que la gasolina se encuentra a 1,42 euros el litro cuando el barril de petróleo apenas supera los 70 dólares. Nos han subido el precio del combustible los cuatreros que nos gobiernan mientras que quienes están en la oposición no han movido un dedo por denunciar este atraco, pese a que durante la campaña electoral no hacen más que repetir que se preocupan de nuestra calidad de vida. Es un ejemplo entre muchos. Menor pero significativo. Para otro día dejaré hablar del precio del gas o de la electricidad. En Francia los chalecos amarillos han conseguido frenar los robos del gobierno de turno mientras aquí se nos repetía incesantemente el mantra de que eran unos populistas, fascistas o ultraderechistas los que quemaban contenedores en los Campos Elíseos de París o en otras ciudades francesas. NO FUI A VOTAR porque mi sueldo ha descendido porcentualmente de forma escandalosa durante los últimos diez años con la excusa de que soy culpable de una crisis de la que se han beneficiado, se benefician y se beneficiarán únicamente quienes la han perpetrado. He ido perdiendo día a día, mes a mes y año a año capacidad adquisitiva y ya no me siento parte de esa clase media que más o menos pueda dormir tranquila. Sin embargo, los organismos de los que se dota un estado democrático para frenar esos desmanes no han funcionado. Y no han funcionado porque son simples y descaradas correas de transmisión del poder y están supeditados al dinero público que regularmente se les otorga y con el que mantienen sus estructuras burocráticas pensando úncamente en su perpetuación. Llámense sindicatos, defensores del pueblo o partidos obreros. Qué más da. NO FUI A VOTAR porque se ha creado una forma de estado que derrocha el dinero a manos llenas en burocracia y clientelismo a través de un sistema de descentralización administrativa que no es ágil ni efectivo ni redunda positivamente en el día a día de la población. Las comunidades autónomas nos cuestan más de 170.000 millones de  euros cada año, que es mucho dinero, y no se percibe que repercuta en una mejor cobertura de los ciudadanos en servicios tan básicos como educación, sanidad, seguridad o infraestructuras. Ya ningún partido defiende un sistema de educación pública sólido y el dinero se desvía en configurar  una amalgama de intereses donde lo único importante es inyectar ideología de forma obscena, sea religión, sea constitucionalismo trasnochado, sea información sobre sexualidad o igualdad no menos sesgada. Todo ello debidamente diseñado en aras de la manipulación y utilizado de forma torticera para crear adictos a una causa política mientras el saber, el esfuerzo, la exigencia y la formación crítica quedan adecuadamente apartados y aparcados, durmiendo el sueño de los justos en el desván de los trastos inservibles o bajo la alfombra de la suciedad inconfesable. NO FUI A VOTAR porque el derecho a una sanidad universal, rápida y  efectiva se queda en mera enunciación. ¡Mejor sistema de salud del mundo! Je, je… Sería en otros tiempos. He tenido un familiar muy cercano con una grave enfermedad y me he perdido en la burocracia administrativa durante casi un año mientras peligraba seriamente su vida sin que se me diera solución. No me ha quedado otra opción que pagar de mi bolsillo a una empresa privada, de las que se lucran a costa de la salud de todos, para que me lo resolviera con celeridad. Y tengo otro familiar cercano, ya en la tercera edad, a quien no le llegan ni las escurrajas de los cuidados paliativos, ni la ley de dependendia ni ninguna de las zarandajas de las que alardean en la caja boba los responsables del bienestar físico de la  gente. NO FUI A VOTAR porque cuando camino por la calle no me siento seguro ya que no están cerca de mí, cuando los necesito, ni policías nacionales, ni policías de cercanía, ni guardias civiles. Y cuando me los encuentro intento huir de ellos porque sé que sólo buscan el afán recaudatorio, presionados por sus jefes políticos. NO FUI A VOTAR porque las carreteras y autovías de mi país no reciben el adecuado mantenimiento y me indigna pagar hasta tres veces por el  mismo servicio, con impuestos, con peajes a la sombra y con peajes directos en cabina. Cuando voy con mi vehículo tengo la sensación de que mi existencia corre peligro en un inoportuno bache o una curva mal trazada. No, no y no. Y por favor, que no vengan los demagogos de turno a decir que es culpa todo ello de la falta de profesionalidad de profesores, médicos o efectivos de seguridad. Es indudable que escasean cada vez más porque, en vez de renovar las plantillas como consecuencia de las jubilaciones correspondientes, se amortizan puestos de trabajo mientras aumentan las empresas fantasmas para nepotes, amiguetes o conmilitones del partido que se llevan sus buenos dineros, algunos incluso sin aparecer por sus puestos de trabajo. Si un estado de derecho no me garantiza, después de pagar impuestos, un sistema educativo suficiente, una sanidad que genere confianza y la seguridad necesaria para pasear por la calle con tranquilidad, no merece la pena que yo pierda mi precioso tiempo en acercarme a un colegio electoral. ¿Para qué? ¿Para hacer el paripé de ejercer eso tan pomposo como vacío de sustancia que han dado en llamar derecho ciudadano al voto? Pues no. Y además NO FUI A VOTAR porque tengo la sensación de que con mi papeleta estoy legitimando y dando carta blanca a un sistema corrupto que únicamente beneficia a las élites dominantes de las que los políticos parlamentarios son la punta del iceberg y los capataces, bien pagados capataces, encargados de arrear con el látigo a la reata de animales de carga que para ellos somos los ciudadanos de a pie, esos a los que durante este día se nos conmina de forma machacante a arrojar su papeleta a la urna, pasándonos con suavidad la mano por el lomo. Y mañana, si te he visto ni me acuerdo. El pacto de silencio sobre el tema de la corrupción durante la campaña electoral ha sido indecente, humillante e ignominioso. Todos tenían mucho que esconder, desde los viejos partidos, mestastásicamente viciados y enfangados, hasta los nuevos, que salivan antes de tocar el pelo del poder y del dinero, mostrando ya sus grietas en aspectos tan secundarios como la elaboración de sus listas electorales, con descarados codazos por no quedarse atrás en cuanto una encuesta les da un resultado esperanzador.  NO FUI A VOTAR porque he llegado a una edad donde pienso en mi jubilación y en el futuro de los míos. No hay un solo partido que me garantice que voy a tener una vejez en consonancia con lo que yo he aportado al mastodóntico y devorador aparato del estado. Como mucho, me dicen que van a luchar por que se me suba el IPC cada año con lo que indefectiblemente voy a seguir perdiendo poder adquisitivo. Es más, por mi edad yo, más o menos, voy a sobrevivir pero pienso en esas generaciones que vienen detrás. Tengo hijos cuyo sueldo de miseria no les va a dar para tener una jubilación honrosa el día de mañana pese a que ya están trabajando como esclavos por unos salarios indecentes, consecuencia de leyes laborales perpetradas durante las dos últimas décadas en un intento de desmontar el estado de bienestar desde sus raíces. Leyes que harían sonrojar a quienes en los albores del siglo XX lucharon y se dejaron la vida por conseguir derechos tan básicos como a un salario digno, unas vacaciones pagadas, una sanidad universal o una digna jubilación. Todo ello se lo han cepillado en un par de sesiones parlamentarias. NO FUI A VOTAR porque estoy harto de ver cómo el estado a través de sus órganos de gobierno e independientemente del color de sus ejecutores están continuamente enfrentando a la sociedad haciendo bueno el dicho de divide y vencerás. Se trata de tenernos entretenidos en peleas callejeras: fumadores contra no fumadores, ciclistas contra conductores, cristianos contra musulmanes, taurinos contra antitaurinos, animalistas contra no animalistas, mujeres contra hombres, emigrantes contra aborígenes, padres contra hijos y un largo etcétera vengonzante. ¡La única lucha que merece la pena es la de explotadores contra explotados, coño! Los últimos años en esto aspecto han sido de un bochorno que hace sonrojarse al espíritu más equilibrado. El sistema de manipulación informativa sobre el que se sostiene todo este entramado está perfectamente engrasado para que el ciudadano desvíe el foco de su atención de los principales problemas que le aquejan y acuse, responsabilizándolo de sus desgracias, al que más cerca tiene en una muestra de ignorancia y falta de formación deprimente, consecuencia del perfecto adoctrinamiento al que es sometido desde medios de comunicación manipuladores en manos de las  oligarquías financieras y desde un sistema educativo cuyos profesionales cada vez se sienten más amordazados. El pan y circo romano era juego de niños al lado de lo que hoy percibimos. Los numerosos adelantos que la tecnología ha aportado a la sociedad a lo largo de las últimas décadas no han servido más que para recluir en una cápsula de irrealidad a unos ciudadanos cada vez menos dueños de sus actos. Por tanto,  no, no y no. NO FUI A VOTAR a ninguno de estos reclamos que por distintos caminos quieren enjaular y encarcelar mi existencia. Intentaré sobrevivir, intentaré encontrar mis propias alienaciones cual Quijote del siglo XXI. Mis locuras serán mías y me permitirán disfrutar de una realidad que por el hecho de ser mía será real. Haré buena la teoría de Maxi Rubín y me rebelaré contra lo correcto oponiendo mis propios sueños, aun a costa de ser considerado un fuera de juego. Me recluiré en mi fricada, en mi quimera, en mis libros de cabecera, en mi idilio con la historia y la literatura porque es la gasolina que me permite plantar cara a la oscura y triste realidad de cada día. Y seré feliz. Pero NO FUI A VOTAR, no les iba a dar esa satisfacción a quienes desean hacer de mí un pelele. Lo siento, yo ya me he bajado de esa noria que gira sin sentido en este deprimente parque de actracciones en el que se ha convertido el devenir de cada día. Mi Madrid y mis clásicos como Mesonero, Répide, Galdós, Baroja, Cela, Umbral y demás compañeros mártires de la cultura con mayúsculas me seguirán protegiendo del sinsentido cotidiano y conduciendo por el Madrid de mis entrañas, el Madrid que me oxigena y mantiene en su sitio mis constantes vitales. El contacto con las personas a las que quiero y que me demuestran su cariño hará de nexo con la realidad desde una perspectiva enriquecedora para no perderme en ámbitos excesivamente etéreos. Mi trabajo diario, enfocado a que mis alumnos no se conviertan en seres amorfos y adocenados, me insuflará el ánimo suficiente para sentirme útil a mis semejantes. El saber que, aunque no muchos, algunos me leen en este blog no es el menor de los alicientes que hacen que no me venga abajo cuando suena el despertador. Este oasis de libertad me mantendrá vivo y alerta. NO FUI A VOTAR. No quise dar carta blanca a individuos para quienes yo no soy más que un ladrillo en el muro de sus depravadas, putrefactas y pervertidas ambiciones. No señor. NO FUI A VOTAR. NO QUISE VOTAR. NO.

 
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Publicado por en abril 28, AM en Sin categoría

 

Epicedio para ti, Alejandro Sawa.

sawaTe voy a contar, Alejandro Sawa, rey y mártir de la bohemia, lo que han visto estos ojos, escuchado estos oídos y  elucubrado este cerebro durante la tarde-noche del pasado sábado. Me topé por casualidad con toda la parafernalia que envuelve ese engendro que desde hace algún tiempo han dado en llamar tan pomposa como artificial y grandilocuentemente Las noches del teatro. Me pillaron en la misma plaza de Santa Ana. Discutía yo con mis fantasmas interiores al calor de una copa de vino en una de las numerosas, además de atestadas, terrazas diseminadas por el solar que otrora ocupara el convento de Carmelitas Descalzas, fundado por santa Teresa. De improviso, una procesión de almas en pena comenzó a rodear el mísero por insignificante monumento que rinde homenaje a Federico García Lorca. Focos que se encienden, micrófonos que distorsionan, una voz que tan pronto se escucha nítida como apagada o envuelta en los chirridos de la técnica mal acompasada y peor sincronizada. Son las gentes del teatro, escucho a mi alrededor. En el centro del remolino una señora se sube a un improvisado pedestal y comienza a recitar una letanía de nombres cual si la alineación de un equipo de fútbol se tratara. En dicha nómina apenas si reconozco a algún que otro de los nombrados. Sí, hay uno a quien relaciono presunta, periférica y burocráticamente con la literatura, con el drama, con el teatro.  Pero te diré en confianza, querido Alejandro, que el apellido en cuestión, el único que, insisto, reconocí, era uno de esos que un día salen en la tele lamentando con la cabeza gacha y rictus de circunstancias la crisis del teatro y meses más tarde son nombrados vicesubsemisecretarios de la cosa cultural. Una vez con el carguito bajo el brazo ya engolan la voz, abrazan políticos, saludan a diestro y siniestro y, tras afirmar que todo va por buen camino, hacen mutis por el foro antes de que el reporterillo de marras les ponga el micrófono delante de su bocaza. Sigo. Debe ser muy importante todo el elenco que se enumera por los altavoces porque en un momento dado se avería el aparataje megafónico y vuelve la locutora a recitar lo que ya el expectante, boquiabierto y sumiso público ha sufrido anteriormente.  Sin más dilación y sin otras interrupciones comienza el acto. Una señora ataca con rimbombante entonación un fragmento de Luces de Bohemia. Creo que es uno de los pasajes donde Valle denunciaba el sometimiento de los literatos a la dictadura del dinero. Creo, no te lo digo seguro porque me puede fallar la memoria. Es corta la pieza, como de compromiso. Aplausos de circunstancias o simples palmas que diría un crítico taurino. A continuación, un treintañero de rala barba y pelo ensortijado toma el micro para desgranar  palabras enrevesadas que apenas si comprendo pero que percibo que adornan. Por momentos su parloteo me recuerda remotamente al inicio del Rey burgués del Azul de Rubén. Por momentos sólo porque después deriva hacia una cháchara que se debate entre una crítica a la literatura oficial y un encomio al papel crítico que el titiritero tiene que asumir en la sociedad. Pero crítica suave. Por si acaso. Por una parte, envuelve la perorata en una hojarasca cercana al escapismo modernista y por otra acaba diciendo que el agua del mar es difícil subirla a un escenario, que los que mueren en el mar… Yo qué sé… No me pidas que concrete más, estimado Sawa, porque no tengo clara cuál era su intención dada la verborrea que evacuó el majo. Daba la impresión de querer poner una vela a algún dios de la literatura y otra al Satanás que le paga por su trabajo, con lo que al final me quedó la duda de si la disertación trataba de Valle, Luces de Bohemia, el teatro actual, el compromiso de los intelectuales o si simplemente se trataba de dar vivas y mueras indiscriminados y ambiguos para que todo feligrés se sintiera aludido y más o menos partícipe. Tengo la sensación de que no perseguía más que acallar su propia conciencia y su sentimiento de culpa por querer ser por una parte un intelectual crítico y por otra no ofender demasiado a quien tiene la llave del cajón del fondo de reptiles. ¡Qué tiempos corren, querido Alejandro! Lo que hay que hacer para no acabar muerto de asco en un tabuco como aquel de la calle Conde Duque donde tú estiraste la pata. Pero sigamos con el esperpento y que Valle no se nos muestre celoso ni ponga su habitual grito en el cielo porque, en esta época, si en algo lo superan estas gentes de la farándula es en hacer el ridículo. Que esté tranquilo el barbudo y manco de Villanueva de Arosa que en cuanto a calidad literaria puede seguir alardeando con la soberbia que le caracterizaba. La siguiente escena de esta deprimente comedia vespertina la protagoniza una creo que actriz, una vez descendido del escenario el estómago agradecido de ramplona melena. La comedianta ordena cuasi convulsivamente los papeles que trae entre manos y comienza a recitar con mucha voluntad y algo menos de acierto un fragmento del Romance de la pena negra con Soledad Montoya para arriba y Soledad Montoya para abajo. Después ataca un pasaje de Bodas de sangre y remata con otro corte de Yerma. Todos ellos están, como habrás fácilmente deducido, protagonizados por mujeres. Eso sí, entre las piezas elegidas hay una donde se dice algo así como “cabrones”. Estaba yo distraído, desconectado, deleitándome con la espectacular por azulada iluminación del otrora taurino hotel Victoria cuando tamaño momentazo, convertido por defecto en cumbre, éxtasis o ataraxia dramática. Si te lo digo no lo vas a creer Alejandro, pero la susodicha, al nombrar la palabreja en cuestión hizo una pausa embarazosa que se tradujo en un incomodísimo silencio. A continuación, entornó los ojitos hacia la concurrencia que la rodeaba y soltó una risita de vergüenza por lo bajini como si de un alumno de primero de Primaria se tratara, cuando oye por vez primera aquello de culo, caca y pis. Que sí, que es cierto Alejandro Sawa. Apañada está la farándula, pensarás. Yo digo más. En sus tumbas se revolverán las muchas y valiosas actrices que a lo largo de la historia del Corral de la Pacheca, Corral del Príncipe, Teatro del Príncipe, Teatro Español, o incluso su vecino de la Cruz, han pasado, pisado y actuado por estos pagos. Aquellas que reivindicaban, brazos en jarra, en el mentidero de la calle del León, su derecho a ganarse la vida con sus encantos físicos. No quiero ni pensar en la estupefacción que sentirían una María Calderón, una Jusepa Vaca, una María Ladvenant, una Teodora Lamadrid o una María Guerrero. O incluso ellos, un Juan Rana, un Vico o un Maiquez.  De dónde habrá salido esta ñoña, pienso para mis adentros mientras te miro directamente a los ojos, escandalizado, buscando tu aquiescencia. Sí, escandalizado, Sawa. El caso es que no recita del todo mal la advenediza y se gana el aplauso de una concurrencia escasamente exigente y a la que le parece adecuado que el protagonismo literario de la noche derive hacia una edulcorada y complaciente exaltación de la mujer, muy en la línea de lo las modas actuales. Ya puestos a centrarnos en Lorca, que dicho sea de paso poco o nada tiene en común con Valle, cuya Luces de Bohemia está en los orígenes de esta velada teatrera, podría haberse recitado La casada infiel o el Prendimiento de Antoñito el Camborio. ¡Anda que habría quedado mal el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías! Sería por no exaltar demasiado a las mujeres que se toman la libertad de decidir sobre su cuerpo, o por no ofender a la Guardia Civil. O porque las cinco de la tarde ya habían dado hacía tiempo y el tema de los toros ya se sabe que lagarto, lagarto. Pues eso, atónito quedeme cuando, recogidos aplausos y bártulos tecnológicos, la numerosa concurrencia se dirigía al callejón del Gato, debidamente azuzada por los correspondientes maestros de ceremonias que anunciaban la próxima parada en el via crucis de Max Estrella y su inseparable don Latino. Supongo que irían todos a mirarse en los venidos a menos espejos deformantes. Y, te lo digo en confianza, Alejandro Sawa, prefiero no saber en qué pensarían todos estos obedientes cabestros al verse reflejados en ellos.  Pues eso, son los tiempos que corren. No pude evitar escuchar a mi alrededor los comenarios optimistas de muchos de los peregrinos acerca del atractivo que la literatura aún genera en la sociedad actual, visto el numeroso público que se agolpaba alrededor del acto. Tú quizás pienses lo mismo. Pero no te creas. Yo, que vivo estos oscuros tiempos en lo referido a la cultura, te diré que las aglomeraciones de gentes son normales independientemente de la calidad de la cita. Que el personal vaga sin rumbo y que lo mismo le da que el Madrid gane la champions, que sea el día del orgullo, que se celebre la cabalgata de reyes, que salga la procesión de Jesús el pobre o que conmemoremos la susodicha noche del teatro. La cuestión es que sea de balde, entretenga y ayude a cumplir con el sábado sin gastar muchos cuartos, que no están los bolsillos para dispendios. Esto no es otra cosa que el “país miseria” del que tú hablabas allá por los albores del siglo XX con la salvedad de que ahora la miseria no es estrictamente económica sino más bien de formación, de cultura crítica, de ética. El espíritu gregario es lo que se lleva. Si vivieras actualmente, Alejandro Sawa, y predicaras tu anticlericalismo sin ambages ten por seguro que no publicarías en ninguno de los periódicos de prestigio y pasarías aún más gazuza que en el tiempo que te tocó en suerte. Si quisieras vivir de lo escrito deberías defender la nueva moral, denominada corrección política, de la que prefiero no darte más detalles para no deprimirte más. Tu derrumbamiento sería más rápido que en aquellos días de la crisis política, cultural y social, consecuencia de la pérdida de las últimas colonias. La ceguera y la locura la llegarías a desear, aunque parezca un exabrupto siquiera insinuarlo. Tu comentario de que “la villanía es el estado social de la gente” tiene hoy más vigencia que nunca. Pero con el importante matiz de que es una villanía inane, pura nadería, simpleza más bien, que quizás sea la peor de las villanías. Mira Sawa, esto es lo que hay. Pura pantomima.

 
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Publicado por en marzo 31, AM en Sin categoría

 

Primavera en Madrid Río

Madrid río 1Sábado sabadete, veinte grados y esa luz envidiable, impagable, inigualable y personalísima que nos ofrece la Villa y Corte en el mes de marzo, cuando la sierra del Guadarrama comienza a darnos algún respiro en su pertinaz soplar. ¿Qué más se puede pedir? Metro Plaza de España. Salimos de las entrañas del subterráneo y ante nosotros aparece una extensa superficie arbolada, embellecida por el monumento al trescientos aniversario de la muerte de Cervantes, al que riadas de orientales se acercan desde primera hora de la mañana, sea invierno o verano, día laboral o festivo, sin otra intencion que la de dar rienda suelta a sus deseos de llevarse a su tierra la tópica instantánea del monumento. Lo de admirarlo quedará para la próxima visita si es que hay ocasión. Antiguo Prado Nuevo, más campechano que el empingorotado Prado Viejo de Villamediana. Huertas de Leganitos, con sus verbenas populares que plasmaran negro sobre blanco desde Lope hasta Mesonero. Plaza de San Marcial, cuartel de San Gil, con sus sargentos finiquitados en las tapias de la antigua plaza de toros de Alcalá mientras los muñidores del sainete escapaban con el rabo entre las piernas pero salvando el pellejo… ¡Ay la historia! Historia de España con minúsculas. Por vergonzosa. Pero bueno, que va a quedar bonita el ágora, siempre a contrapelo del mimo de los poderes públicos, pero que tras el nuevo plan de remodelación se dice va a convertirse en un vergel de lujo y fantasía para disfrute de vecinos y flaneantes, aborígenes y forasteros. Va a costar una pasta. Sin duda. Y más de lo que se ha presupuestado, aunque con que no nos defrauden los encargados de dicha remodelación todo lo daremos por bien empleado. Total, para que dilapiden nuestros dineros en francachelas y mamonadas mejor que lo inviertan en embellecer la ciudad. Los devotos de esta fe vamos a salir ganando a tenor de lo leído en los papeles. Se va a construir una gran explanada ajardinada que unirá lo que ahora son tres focos de recreo semiaislados, a saber, el entorno del Palacio Real, la zona de Príncipe Pío con su templo de Debod -esperemos que también restaurado y al servicio del visitante- y la propia Plaza de España, con su Quijote, su Sancho y el recuerdo siempre imborrable del Manco de Lepanto. Más aceras, más verde, menos coches. Bien estará -insistamos en ello- si lo que ahora es solamente un proyecto llega a buen puerto. Hay que ser prudentes, no vender la piel del oso antes de cazarlo y esperar a que los gerifaltes de hogaño cumplan sus promesas. Porque hasta que no concluyan unas obras que aún no han dado comienzo no sabremos si disfrutaremos de un San Antón con barba o de la Purísima Concepción. Para qué extenderse más. Forma parte de nuestra idiosincrasia la duda, la chapuza o incluso a veces la perfección en el acabado. Según sople el viento o los dioses sean o no propicios.  La guinda del pastel la debería poner la definitiva remodelación del Edificio España. Polémica reforma, salpicada  de idas y venidas, compras, ventas y traspasos. Avispados especuladores con marcha atrás y un largo etcétera de vaivenes que han llevado al ciudadano al tópico de comparar la duración del proceso con la del sempiterno monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Todo ello al margen de esas falsas e interesadas polémicas surgidas desde bastardos mentideros con el torticero objetivo de crear discordia enfrentando a la feligresía en bizantinas discusiones acerca de si se trata de un monumento franquista y si, en consecuencia, convendría o no derribarlo. Si tal o si pascual. Y es que de tener que ir poniendo la lupa en el momento político de erección de cada uno de los edificios, monumentos u otras realizaciones prestigosas que han contribuido a configurar la personalidad de la ciudad, lo mismo no quedaba ladrillo en pie. La cortedad de miras que nos envuelve, el desconocimiento de la historia propia y ajena y un lamentable pueblerinismo bien aprovechado por quienes manejan los hilos podría llevarnos incluso a derribar el propio Retiro por considerar que se diseñó y desarrolló durante un reinado que poco tenía de democrático. La falta de perspectiva histórica desemboca en lamentables y descerebrados razonamientos que esperemos no pasen a mayores. Son los tiempos que corren. En definitiva, sólo nos resta desear que luzca bonito el edificio, deseando honestamente que los empresarios que se han embarcado en la empresa lo rentabilicen y que a quienes vemos el devenir de la ciudad siempre con ojos de enamorados no se nos prive de su disfrute estético. No pedimos más. Pero pasemos página y deleitémonos con esta tarde de solaz. Nada mejor que enfilar hacia Madrid Río, otra obra de ingeniería fruto de particular megalomanía, no exenta de dimes y diretes en su planificación, desarrollo y finalización, que buenos dineros ha costado a los ciudadanos. Multiplicados por dos o por tres. Los dineros, no los ciudadanos. Como decíamos líneas atrás, ya que se ha derrochado lo que no teníamos en dicha empresa, por lo menos que aparente galante y podamos disfrutarla. Sigamos. Cuesta de San Vicente abajo uno va recordando que a la izquierda, donde ahora los Jardines de Sabatini, se encontraban las antiguas Caballerizas Reales y, más abajo, según se desciende hacia el siempre denostado Manzanares, y en la misma acera, se ofrece generosa ante nuestros ojos una exuberante fronda plena de follaje y verdura, que diría Garcilaso. Un auténtico locus amoenus desconocido para la mayoría de turistas y para numerosos vecinos del foro. Son los jardines del Campo del Moro, allí donde Tejufin o Alí Ben Yusuf -el debate histórico sigue abierto- y sus respectivas huestes sentaron sus reales antes de emprender con nulo éxito el último intento de reconquistar la plaza de Majerit, tras la toma de la ciudad un par de décadas atrás, en 1086, por los hombres de Alfonso VI el Conquistador. O el Batallador, según gustos. Bellísimo el paraje con sus dos caras, la neoclásica y la romántica, la de las fuentes y parterres perfectamente alineados y la de los recovecos donde perderse de la mano de una bella dama en un atardecer como el que hoy nos ofrece esta anticipada primavera. La visión de estos jardines nos deslumbra pero no tanto como para no detenernos un momento y desviar nuestra mirada a la derecha. Con alborozo y regocijo inenarrable descubrimos que se está rehabilitando la estructura externa de la estación de Príncipe Pío, la popular estación del Norte. Ya era hora porque quien más y quien menos sospechábamos que la piqueta podría borrar tan historiada e histórica obra de ingeniería. Recuerdos nos trae esta estación. Su imponente mole nos traslada, entrañable, a lo más remoto de nuestra infancia. Recuerdos envueltos en la nebulosa del pasado y un tanto confusos en la medida en que ya los años nos obligan a mezclar realidad con suposición para engarzar un relato más o menos coherente de aquellas arribadas a la capital de la mano de nuestros padres, envueltos en el humo de las locomotoras de vapor y tras un larguísimo viaje, dilatado no tanto por el kilometraje sino por la escasa celeridad del propio caballo de hierro. Inacabables periplos, entre cestas de las que asomaba una cresta de gallo y compartiendo departamento con orondos provincianos con boina. Dicharacheros paisanos con los que nuestros mayores enhebraban amigable conversación donde cada cual exageraba las delicias de sus lugares de origen. Elocuentes disertaciones sobre las bondades propias envueltas en alegre algarabía, solo interrumpida por la llegada del revisor. Salvadas las lógicas reservas previas, se intercambiaba con no fingida generosidad navaja, hogaza de pan, queso, fiambre y la siempre presente tortilla de patatas. Todo ello tan tópico que parecería diseñado para que Gutiérrez Solana lo plasmara en uno de sus cuadros de costumbres. Puro Expresionismo. O Naturalismo. O ambas cosas. Parada final. Mozos de estación con sus blusones. Un lujo. Mejor cada uno con sus bultos. Maletas de remaches anudadas con correajes. Al hombro. Una vez ventilados los humos y silenciados los pitidos de las locomotoras era el momento de enfrentarse a la inhóspita urbe. Conscientes del carácter de foráneos y paletos lo más importante era no ser engañados por el taxista que tocara en desgracia. Porque la visita turística mejor que nos la diera el tío, cuñado o hermano que había constituido la avanzadilla en la conquista de la ciudad algún año antes. ¡Qué tiempos! ¡Cuánta penuria! Una vez más recordar es vivir y quien se ha fumado ya dos tercios de su existencia comienza a pensar hacia atrás y recrearse o emponzoñarse, según cuadre, en la intrahistoria que nos han conducido hasta donde hoy nos encontramos. Que no sabemos si será mejor o peor de lo soñado entonces pero que es lo que hay. Estamos ya en la explanada del Puente del Rey. El desenfadado ambiente que se respira, las bicicletas que te hacen modificar tu trayectoria cuando pasan como flechas o los patinetes que obligan a interrumpir la conversación no sólo no son impedimentos para el disfrute sino que te devuelven a un presente optimista y pleno de colorido lejos de aquellos memorandos costumbristas de la infancia, repletos de matices grises. Estampas envejecidas por el paso inexorable del tiempo. Las terrazas se muestran en todo su esplendor y qué mejor que rematar la tarde, tras un paseíto por la Huerta de la Partida, con un cóctel de vodka, cointreau, limón y arándanos y una relajada conversación, con un cariñoso brindis -va por ti princesa-, sin más objetivo que disfrutar del agradable verbo de quien nos acompaña ni otra obligación que la de contemplar la puesta de sol hacia poniente y el perfil que diseñan al otro lado del río Torre Madrid, Edificio España, el palacio, la cúpula de la Almudena o, más al sur, San Francisco el Grande. ¡Hasta Silvestre Paradox envidiaría este momento!

 
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Publicado por en marzo 20, PM en Sin categoría

 

Balthus en el Thyssen

Museo-Thyssen-Bornemisza-Madrid-14He visitado la exposición sobre el pintor francés de ascendencia polaca Balthus en el Thyssen. Me lo tenía prometido y también obligado desde semanas atrás, desde que se empezó a percibir un molesto runrún procedente de damas apostólicas y celadores de la moral y las buenas costumbres, inquisidores disfrazados de progresistas, tan del común en estos tiempos. Había escuchado o leído, o ambas cosas, no sé, que 8.000 firmas habían solicitado que se retirara uno de los cuadros del genio parisino de una sala de exposiciones de Nueva York porque parece ser que invitaba a la pederastia. O algo así. De ello, como digo, se habían hecho eco ciertos círculos biempensantes ibéricos, nunca más apropiado el gentilicio, preocupados por nuestra salud moral. ¡Tan quebradiza, ya se sabe! Y, claro, ante la duda y ante el temor de ponerme a hablar por boca de ganso, que ganas no me han faltado, decidí que primara la prudencia. Ver primero y cascar después. Que uno va convenciéndose a fuerza de tropezones de cuál es el recto proceder.  Bajaba por Madrazo, a primera hora de la mañana para no sufrir los agobios del exceso de público habitual en este museo, y mi magín alternaba entre el escepticismo y la curiosidad. Escepticismo porque a mí, vaya por delante mi ignorancia supina en el campo de la pintura, como que el arte de los pinceles, por lo que respecta al siglo XX y salvo casos muy concretos, no me pone. Pero mejor mirar cuadros que perder la mañana de un sábabo haciendo el bobo con cualquiera de las numerosas opciones que nos ofrece esta sociedad capitalista y consumista crepuscular que nos ha tocado en suerte. Elijan ustedes. Yo elegí. Bien o mal pero elegí. Como digo, iba debatiéndome entre el escepticismo y la curiosidad. La curiosidad me picaba, polémicas presuntamente pederásticas al margen, por la sencilla razón de que el pavo este, Balthus, cuyo nombre, ignorante de mí, desconocia hasta tiempos muy recientes, había fumado como una cucaracha hasta el último momento de su existencia. Y eso que no sumó 93 castañas por diez días. La viuda, una japonesa de nombre difícilmente pronunciable en castellano -Setsuko Ideta-, parece ser que enseña el cenicero que utilizaba el día del óbito, aún repleto de las últimas colillas del genio, a los periodistas que visitan su vivienda, situada en una de las zonas más paradisiacas y elitistas de Suiza. Que todo suma a la hora de poner precio al arte. Soy fumador y siento que he perdido también todas las batallas por abandonar el oneroso vicio, oneroso tanto en lo ecónomico como en lo que a la salud se refiere, según afirman los brujos de la tribu. Esos médicos que nos tienen cogidos por la entrepierna y ante los que se nos bajan los humos a medida que necesitamos más frecuentemente de sus servicios, consecuencia indiscutible de ir quitando hojas al calendario. Cuando enciendo un cigarro tengo más remordimientos de conciencia que Judas después de lo del Huerto de los Olivos y ni apelando a mi pertinaz tacañería soy capaz de encontrar una motivación para dejar de pasar cada día bajo el arco del logotipo estanquero. Como digo, necesitaba un motivo serio, fundado e incuestionable para al menos disfrutar del humo en los pulmones. Y Balthus me lo ha dado. Gracias. Que fumara hasta el fin de sus días, que no fueron pocos, es un grito en el desierto que nos anima a seguir adelante con alegría y despreocupación. Es mi tercer ídolo tras Santiago Carrillo, que cruzó sin titubeos los 90 con un ducados en la boca, y, por supuesto, mi abuelo Santos que, más allá de los vínculos emocionales que con él me unieron, que no fueron pocos, y aunque se rajara con 86 tacos, no deja de ser todo un referente en el noble arte de darle yesca a la hebra. En fin, al grano Toñín. Que ya empezaba a estar el sol alto cuanto enfilaba por el patio del palacio de Villahermosa, entrada principal a espaldas del ya desaparecido de Medinaceli, que nobleza obligaba. Palacio donde el duque de Angulema residiera cuando vino de Erasmus con los Cien Mil Hijos de San Luis a poner en su sitio a los perroflautas de Riego y, de camino, echar una mano al rey felón en su objetivo de recuperar el trono y repartir estopa entre aquellos. Y, que tampoco se nos olvide, donde unos veinte años más tarde Frank Liszt acariciara las teclas de su piano, que no sé yo si serviría de algo para los duros oídos, que lo mismo eran sólo orejas, del Madrid de la época. Hay poco público a primera hora y eso siempre imprime paz, tranquilidad y sosiego a quien huye cada vez más de la bullanguería. Eso sí, japoneses sí que los hay. Ya han desenfundado sus móviles última generación y entre forzadas cortesías y sonrisas amaestradas avasallan con su sempiterna presencia en la sinuosa cola donde uno se siente como un caballo de carreras antes de que den el banderazo de salida. Digo yo que serán japoneses. Orientales y así no se ofende nadie ni a nadie. Que nos la cogemos con papel de fumar. Que digo que van con prisa. Lo mismo hoy tienen aún que visitar El Escorial, La Granja, Segovia, Salamanca y Toledo. Hay que ser comprensivos. Me cuenta la señorita de la taquilla que en cinco minutos abren la cancela a otra hornada de visitantes. Me siento parte de una reata. Hay que escalonar la visita para evitar atascos. No sé qué me voy a encontrar pero está claro que un tipo que en la infancia contó con el padrinazgo de Rainer Maria Rilke, pareja de su madre, que en el París de antes y después de la primera gran guerra recibió las influencias de un Picasso, se codeó con un Miró, un Jean Cocteau o un André Bretón en pleno apogeo surrealista… Un tipo así no puede ser un piernas. Si a ello añadimos que el chaval ya prometía con los pinceles desde su más tierna infancia y que la Europa que él vivió, guerras aparte, tenía como epicentro el París del primer tercio del siglo XX, pues lo normal es que haya que darle al menos un margen de confianza a lo que en el Thyssen se nos ofrece y no volver grupas a las primeras de cambio. No me olvido, uno al menos intenta informarse, de que este ilustre pintor conoció e incluso trabajó en diseño de escenarios con Albert Camus o que mantuvo una cierta amistad con Federico Fellini. Al margen quedan las influencias de históricos de su gremio como Piero de la Francesca, Delacroix, Cezanne o el propio Goya, que a juicio de los entendidos se perciben en su trayectoria. Pues eso, que adivino que voy a salir ganando. Porque ciertamente hay lienzos que me llaman la atención. Y no son las más polémicas sino paisajes y bodegones las obras que de inicio captan mi interés. Paisajes austeros como dice en el programa de mano pero que me ganan cuando leo que proyectan “un cierto encantamiento petrificado”. Eso es, coño, No encontraba la forma de decirlo pero la tenía en la punta de la lengua. De verdad. Las pinturas sobre mocitas he de decir que sí que me gustaban. Algunas. Aquellas donde se reflejaba una cierta dejadez, irresponsabilidad, abandono, laxitud y pasotismo inconsciente, propios de la adolescencia siempre soberbia y poco temerosa ante el paso del tiempo. Ese plantarle cara al tempus fugit es lo que más me ha sorprendido aunque no sé si el amigo Balthus tenía la intención de que yo percibiera esas sensaciones cuando empapaba de colores las telas. Eran las de la faldita, sí. Realismo figurativo oí decir a uno por allí, yendo a la  contra del movimiento surrealista que era lo que pitaba en el momento. Sin embargo, había otros cuadros, también de desnudos femeninos adolescentes a los que no les veía yo su aquel. No me los creí. Los cuerpos no eran estéticamente atractivos y las posturas se me mostraban muy forzadas, como si se les fuera a descoyuntar la osamenta. Más o menos. Paradógicamente, leo en las reseñas que Balthus quería atrapar el instante de la naturalidad infantil, rehogada en un cierto grado de erotismo. No lo acabo yo de ver claro ni percibo ninguna llamada de mi libido pero, bueno, más sabe el tonto en su casa que el listo en la ajena.  Sigo culebreando por las diferentes salas, pongo pose de circunstancias, que todos tenemos nuestro corazoncito posturero. Me quedo fijo ante un cuadro. Sostengo mi barbilla con el pulgar y el índice. Con criterio escrutador. En este caso es uno titulado La calle. Me gusta. Le veo cierto toque infantiloide pero me gusta. Lo miro de derecha a izquierda y después, desplazándome como involuntariamente y pidiendo disculpas a mis conmilitones si algún codazo se ha escapado, desde la izquierda hacia la derecha. Alguien entendido en esto, no recuerdo quién, me ha confiado que la perspectiva desde donde atacamos la visión de un cuadro es fundamental. La luz es diferente. Será. Quien más y quien menos saca sus móviles y echa una foto. Está permitido. Eso sí, sin flash. Yo no soy menos. No hay problemas porque en mi vida he sido capaz de poner la cámara del teléfono en posición de que salte el fogonazo. Mira por dónde, el puto móvil me la juega. Me llaman la atención. Me siento igual que cuando uno se caía de la bici delante de las chicas durante la adolescencia. Cambio de sala escabulléndome entre el gentío. Más cuadros. No me gustan de Balthus los caretos de sus mujeres. Expresa el artista con ellos una idea de la belleza facial femenina a la que no le veo la gracia. Vamos, que me parecen feas las retratadas. Miran desde el fondo de la obra al visitante con cierto descaro. Se creen guapas. El espectador hace de espejo en muchos de esos cuadros, dice el programa de mano. Finalizo mi periplo en una sala donde se proyecta una peliculilla sobre un estudio técnico de la única obra de la exposición que se encuentra en el Thyssen de forma permanente. Se titula La partida de naipes. Siempre me ha gustado conocer el proceso de creación del artista, sea cual sea su especialidad. Tiene un bastante de morboso pero me atrae singularmente toda la tarea artesanal que se esconde tras la creación artística. Le debo esa pasión a otro mago de los pinceles, Antonio López. Cuando disfruté la película que recoge todo el proceso de creación de El sol del membrillo quedé totalmente abducido por el sordo trabajo de trastienda. Fue en los cines de Martín de los Heros. Desde aquel lejano día, ha transcurrido más de medio siglo, Antonio López me infunde el respeto que nace de la admiración que produce el trabajo minucioso y paciente, casi benedictino. La humildad reflejada en aquel ir él mismo a comprar las maderas. Y los botes de pintura. En una droguería, como cualquier pintor de brocha gorda. El clavar las telas en el marco cual carpintero de los de antes, martillo en ristre y puñado de púas sostenidas entre los dientes. Recuerdo con delectación sus lamentos y su torcer el gesto ante el inexorable paso del breve tiempo del que disponía para reflejar en los membrillos el sol de septiembre. Su esposa observándolo con ternura, los brazos cruzados, apoyada en el quicio de la puerta que daba al patio de la vivienda. Todo ello, y el resto de la parafernalia propia de la ocasión antes de tirar de pinceles, lo considero como una de las experiencias más enriquecedoras y placenteras que he disfrutado ante una pantalla.  Por eso, me embeleso con el vídeo del cuadro de Balthus por más que aquí la técnica, en forma de radiografías o infrarrojos, quede lejos de la casa de López, un oasis manchego por más que la vivienda se levantara por los altos del barrio de Salamanca. Cojo el pendil. Vuelvo por donde vine. La cosa no da para más o quizás sean mis entenderas las que no estén debidamente amuebladas para saborear lo que acabo de visitar. Pero he pasado un buen rato. Ciertamente.

 
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Publicado por en marzo 9, PM en Sin categoría

 

Con doña Emilia en Princesa

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El flaneante camina hoy sin rumbo. El flaneante se encuentra en una encrucijada de su vida. Con una edad ya propicia a mirar al futuro con seriedad vive el día a día con más escepticismo que ilusión, observando el devenir de su entorno desde el graderío y con mucha prudencia porque sus ideas, sus aficiones, sus ocios y sus negocios, su mundo, ya no parecen sintonizar con lo que en derredor percibe. Por una parte, no le afecta la desafección del entorno. El flaneante es terco, peleón y defensor de sus manías y cabezonadas aunque secretamente siempre haya admirado a aquellas personas que saben salirse de la melé y reflexionar antes de tomar una decisión o emitir un juicio reposado. Pero el flaneante, a veces, lamenta comportarse como un toro que salta al ruedo dispuesto a demostrar su casta entrando a todos los capotes. Y esa actitud, infantil en ocasiones, la ha considerado como uno de los debes de su personalidad, por más que haya gente que se la aplauda. Aun con una edad donde no sólo las fuerzas físicas comienzan a flaquear, al flaneante le cuesta reprimir sus ansias de entrar al trapo de polémicas varias y mantener una posición equidistante propia de su tiempo y lugar en el mundo. Por ahí discurre su pensamiento mientras atraviesa, un pie tras otro, la calle Princesa en dirección a plaza España, dispuesto a enfilar hacia la de Oriente para que el maremagnum que se suele arremolinar en el entorno del Palacio Real le regale un barnizado de mundanidad y colorido en una mañana que se ha levantado gris por más que el radiante y bermejazo platero de la cumbres anime a menear el bullarengue por rúas, costanillas, callejones, plazas o avenidas. Embebido en el diseño de su cotidiano plan de ataque el flaneante cruza delante del monumento dedicado a doña Emilia Pardo Bazán, junto al palacio de los Alba. En los papeles y en la caja boba ha soportado, antes de salir de casa, la continua y machacante dosis de vomitiva ideología, con bustos escribientes o parlantes bien pagados y prestos a calentar el ambiente de cara al 8 de marzo, en un escenario marcado por las cercanas elecciones legislativas. Artículos coyunturales, tertulias televisivas, radiofónicas, charlas en sesudos foros, carteles y contracarteles, autobuses y contraautobues, exposiciones sobre desgracias propias del sexo femenino a lo largo de la historia, semáforos con muñequitos con falda y pantalón… hasta la RAE se ve presionada a decir lo que ni siquiera piensan los académicos. Son los tiempos que corren. Miro a doña Emilia y me pregunto si ella estaría de acuerdo con todo este espectáculo que se orquesta de un tiempo a esta parte en idénticas fechas. Le miro la faz que parece que rebusca algo en el verde tapete que la rodea y adivino que arruga el morro y se desmarca de tanta frivolidad. No tiene el cuerpo para perder el tiempo con estas chorradas, con estas trivialidades. De ahí quizás su gesto cabizbajo. Ella ejerció su feminismo desde otras perspectivas, desde su niñez hasta el día en que salió con los pies por delante del número 27 de esta calle Princesa. “Que cada una se las componga como pueda” parece soltar la Bazán desde su pedestal, “porque lo que es yo, no estoy dispuesta a participar de este mal sainete en el que se ha convertido oficialmente la defensa de la igualdad, con tanto interés torticero de por medio. No es esto, no, por lo que luchamos gentes como Arenal, Campoamor o yo misma, aunque me esté mal decirlo”. Reposo en un banco de piedra a sus pies. Saco un cigarro de la mochila. Lo enciendo. El humo me llega sabroso a los pulmones. Aprovecho la ocasión y le inquiero con los ojos si no es esto sino un capítulo más de la farsa en la que llevamos viviendo desde hace algunas décadas, un divide y vencerás de las clases pudientes que han encontrado una mina de oro en el enfrentamiento de hombres contra mujeres, cristianos contra musulmanes, fumadores contra no fumadores, ecologistas contra no ecologistas, homosexuales contra heterosexuales, taurinos contra no taurinos y así hasta el infinito. ¿No será, doña Emilia, que de lo que se trata es de desviar el camino de la única lucha que merece la pena, que no es otra que la de explotadores contra explotados? ¿No será que conviene mantener a la feligresía entretenida en discusiones bizantinas mientras las élites se lo llevan crudito o calentito, según convenga? ¿Si las leyes están dictadas y aprobadas y son igualitarias, ya me dirá quién y por qué impide que se cumplan a estas alturas? Veo que se incomoda la Pardo Bazán en su escaño. “No  me entienda usted mal.  Me preocupan los temas relacionados con la mujer pero no veo que el camino elegido para su resolución sea el adecuado. Estamos llegando a una situación que tiene pinta de convertirse en peripatética en el sentido más irónico de la palabra. Desde hace tiempo, bastante tiempo, se está dando vueltas alrededor de una noria sin que los cangilones saquen más allá de unas gotitas de agua, que por supuesto no sacian la sed. Mire usted -me subraya con la mirada-, de lo que se trata no es de darle la vuelta a la tortilla sino de disfrutarla a medias entre hombres y mujeres. Las leyes hay que defenderlas haciendo que se cumplan, cada día, en cada puesto de trabajo, en la propia casa, en los momentos de ocio. Y nosotras debemos sentirnos iguales a los hombres, qué caray, desde que nos levantamos por la mañana. Las mujeres actuales tienen los derechos ahí a su disposición convertidos en leyes, algo que en mis tiempos no pasaba. Y deben exigir que se cumplan pero no amparadas en las faldas del poder que siempre perseguirá otros intereses. Hay formas democráticas de defender derechos en el día a día, comportamientos libres, abogados que defiendan esos derechos y jueces que sancionen en función de ello. ¡Pero hay que luchar y dar la cara. Y con nobleza! No en una manifestación, no. Ya hubiera querido yo en mi tiempo haber tenido el respaldo de unas instituciones democráticas para manejarme. ¿Y qué hice? Luchar con las armas que tenía a mi alcance. Ciertamente, yo pertenecía a la aristocracia y tuve una formación adecuada y un entorno familiar que favoreció esa formación y por ende mi capacidad crítica. Eso no estaba entonces al alcance de cualquiera y menos al de las mujeres. Pero actualmente la enseñanza no está vedada ni a un determinado sexo ni por razones económicas y no veo yo resultados más allá de un continuo, irritante e inane ruido que ahora llaman ustedes mediático. Y lo que me hace dudar de que todo esto llegue a buen puerto es ver a los pirómanos con voz de tinaja  y cortesanos ademanes pontificar sobre la necesidad de acabar con los incendios. Políticos en teoría defensores de la igualdad. Pero sólo en teoría. Ni ahora ni cuando yo vivía nadie regala ni regalaba nada por decreto. Ni a mujeres ni a hombres. Los derechos se conquistan y aquí también el fin justifica los medios”. Me mira a los ojos, asiento a lo que dice pero se encoje de hombros denotando cierta impotencia. “Y no es una lucha contra los hombres.Hay que insistir en ello. Esa es la gran mentira”. Subraya con esta sentencia lo referido anteriormente, a la vez que me tira de la manga, con sus ojos clavados una vez más en los míos, mientras se vuelve a arrebujar en su manteo para adoptar su pose original. Decido cambiar el tercio porque presumo de su lenguaje no verbal que el tema no da para más y que la escritora considera que por este camino el debate está agotado. Sonrío para mís adentros y ella percibe por dónde van a ir ahora los tiros. “Sí, Zola dijo que mi escritura era impropia de una mujer. Y sabe usted qué hice, seguir por mi camino, seguir trabajando, escribiendo, luchando en el día a día por mis derechos como fémina y escritora y ganándome el respeto de una sociedad a cuyas mujeres no se las tomaba precisamente en serio. Actualmente, si un prestigioso hombre de la cultura o de cualquier otra actividad social responde de igual forma que Emilio Zola, le hacen un escrache. Que estaría muy bien pero ahí no puede acabar todo. Porque el mundo gira y gira y hay que poner ladrillos a diario en la construcción de la igualdad hasta completar el edificio. Nadie dijo que fuera fácil. ¿No se dice actualmente así?”. Vuelvo a sonreír y a asentir, dándole pie para que se extienda en su argumentación. “Se puede usted imaginar cuando propusimos a Concepción Arenal para miembro de la RAE. Todo el mundillo intelectual del momento escandalizado. Menudo revuelo en el Ateneo. Don Joaquín Costa que levantaba la mirada por encima de sus gafas y de su montaña de papeles y libracos cuando don Marcelino Menéndez Pelayo entraba como cabra en garaje echando tragos a su petaca de coñá a la vez que despotricaba contra nosotras, con los ojos fuera de sus órbitas. ¿Y mis más cercanos, Galdós, Clarín, Pereda y compañía poniéndose de perfil? ¿Y qué solución tomar? Seguir peleando. Por cierto, que Leopoldo Alas comentó que yo era simpática, valiente y discretísima pero de ahí no pasó el elogio. Es más, años más tarde se retractaría públicamente de lo dicho. Yo seguí durmiendo igual. Presidí el Ateneo contra el viento y la marea de los machos de la época, fui catedrática de la Central, conseguí cosas. Actualmente hay muchas mujeres que desde la discrección y el anonimato siguen aportando su grano de arena para conseguir esa igualdad desde todos los ámbitos de la vida científica y artística. También desde el mundo de la tecnología, de la educación… O desde el día a día en un humilde puesto de trabajo. Fíjese usted y tome ejemplo de ellas, caballero, y no se deje llevar por los cantos de sirena mediáticos, por el espectáculo de frivolidad que cada día  se asocia a la mujer en la sociedad. Ni por las arribistas que con el disfraz de feministas lo único que persiguen es un beneficio espurio y egoísta. No se da cuenta, alma de cántaro, que entra al trapo que usted mismo pretende denunciar. Olvídese del griterío ensordecedor que le impide mantener los oídos limpios y la mirada clara para diferenciar el trigo de la paja. Siga caminando por su Madrid y observe en cada esquina, en cada portal, en cada semáforo como nuestro común admirado Galdós. Verá a la empleada del servicio de limpieza del ayuntamiento que se trabaja su feminismo no contra su compañero de fatigas sino contra quienes, hombres o mujeres, le impiden tener un salario digno. Siga caminando y observe. Verá a esa futura madre de familia cuyo mayor lamento no es hacia su marido sino con su marido y contra quienes le impiden realizarse como madre, mujer o esposa. Porque tener hijos en este país es una heroicidad. Sin ayudas. Ni económicas ni de ningún otro tipo. Ojo, y hablo de ayudas propias de países desarrrollados, guarderías, becas, posibilidad de conciliar la vida laboral y familiar. Usted mismo lo decía hace unos minutos y yo le he dado la razón. La lucha no es de hombres contra mujeres sino de ciudadanos contra el poder”. Está claro, señora. Como el caldo de un asilo. Pena que su época fuera otra y pena que no se detecten fuerzas de la naturaleza como la suya en esta adocenada y fácilmente manipulable sociedad. No cabe duda de que cada cual es hijo del tiempo que le ha tocado vivir pero, tras escucharla, uno en su fuero y humildad íntimos comprende que la lucha femenina -y la masculina- no es contra el heteropatriarcado sino contra las heterogilipolleces surgidas desde ámbitos bien pagados y agradecidos por hombres y mujeres cuyos estómagos son insensibles a las necesidades materiales, intelectuales o espirituales del común de los mortales.

 
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Publicado por en marzo 2, AM en Sin categoría