RSS

Primavera en Madrid Río

Madrid río 1Sábado sabadete, veinte grados y esa luz envidiable, impagable, inigualable y personalísima que nos ofrece la Villa y Corte en el mes de marzo, cuando la sierra del Guadarrama comienza a darnos algún respiro en su pertinaz soplar. ¿Qué más se puede pedir? Metro Plaza de España. Salimos de las entrañas del subterráneo y ante nosotros aparece una extensa superficie arbolada, embellecida por el monumento al trescientos aniversario de la muerte de Cervantes, al que riadas de orientales se acercan desde primera hora de la mañana, sea invierno o verano, día laboral o festivo, sin otra intencion que la de dar rienda suelta a sus deseos de llevarse a su tierra la tópica instantánea del monumento. Lo de admirarlo quedará para la próxima visita si es que hay ocasión. Antiguo Prado Nuevo, más campechano que el empingorotado Prado Viejo de Villamediana. Huertas de Leganitos, con sus verbenas populares que plasmaran negro sobre blanco desde Lope hasta Mesonero. Plaza de San Marcial, cuartel de San Gil, con sus sargentos finiquitados en las tapias de la antigua plaza de toros de Alcalá mientras los muñidores del sainete escapaban con el rabo entre las piernas pero salvando el pellejo… ¡Ay la historia! Historia de España con minúsculas. Por vergonzosa. Pero bueno, que va a quedar bonita el ágora, siempre a contrapelo del mimo de los poderes públicos, pero que tras el nuevo plan de remodelación se dice va a convertirse en un vergel de lujo y fantasía para disfrute de vecinos y flaneantes, aborígenes y forasteros. Va a costar una pasta. Sin duda. Y más de lo que se ha presupuestado, aunque con que no nos defrauden los encargados de dicha remodelación todo lo daremos por bien empleado. Total, para que dilapiden nuestros dineros en francachelas y mamonadas mejor que lo inviertan en embellecer la ciudad. Los devotos de esta fe vamos a salir ganando a tenor de lo leído en los papeles. Se va a construir una gran explanada ajardinada que unirá lo que ahora son tres focos de recreo semiaislados, a saber, el entorno del Palacio Real, la zona de Príncipe Pío con su templo de Debod -esperemos que también restaurado y al servicio del visitante- y la propia Plaza de España, con su Quijote, su Sancho y el recuerdo siempre imborrable del Manco de Lepanto. Más aceras, más verde, menos coches. Bien estará -insistamos en ello- si lo que ahora es solamente un proyecto llega a buen puerto. Hay que ser prudentes, no vender la piel del oso antes de cazarlo y esperar a que los gerifaltes de hogaño cumplan sus promesas. Porque hasta que no concluyan unas obras que aún no han dado comienzo no sabremos si disfrutaremos de un San Antón con barba o de la Purísima Concepción. Para qué extenderse más. Forma parte de nuestra idiosincrasia la duda, la chapuza o incluso a veces la perfección en el acabado. Según sople el viento o los dioses sean o no propicios.  La guinda del pastel la debería poner la definitiva remodelación del Edificio España. Polémica reforma, salpicada  de idas y venidas, compras, ventas y traspasos. Avispados especuladores con marcha atrás y un largo etcétera de vaivenes que han llevado al ciudadano al tópico de comparar la duración del proceso con la del sempiterno monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Todo ello al margen de esas falsas e interesadas polémicas surgidas desde bastardos mentideros con el torticero objetivo de crear discordia enfrentando a la feligresía en bizantinas discusiones acerca de si se trata de un monumento franquista y si, en consecuencia, convendría o no derribarlo. Si tal o si pascual. Y es que de tener que ir poniendo la lupa en el momento político de erección de cada uno de los edificios, monumentos u otras realizaciones prestigosas que han contribuido a configurar la personalidad de la ciudad, lo mismo no quedaba ladrillo en pie. La cortedad de miras que nos envuelve, el desconocimiento de la historia propia y ajena y un lamentable pueblerinismo bien aprovechado por quienes manejan los hilos podría llevarnos incluso a derribar el propio Retiro por considerar que se diseñó y desarrolló durante un reinado que poco tenía de democrático. La falta de perspectiva histórica desemboca en lamentables y descerebrados razonamientos que esperemos no pasen a mayores. Son los tiempos que corren. En definitiva, sólo nos resta desear que luzca bonito el edificio, deseando honestamente que los empresarios que se han embarcado en la empresa lo rentabilicen y que a quienes vemos el devenir de la ciudad siempre con ojos de enamorados no se nos prive de su disfrute estético. No pedimos más. Pero pasemos página y deleitémonos con esta tarde de solaz. Nada mejor que enfilar hacia Madrid Río, otra obra de ingeniería fruto de particular megalomanía, no exenta de dimes y diretes en su planificación, desarrollo y finalización, que buenos dineros ha costado a los ciudadanos. Multiplicados por dos o por tres. Los dineros, no los ciudadanos. Como decíamos líneas atrás, ya que se ha derrochado lo que no teníamos en dicha empresa, por lo menos que aparente galante y podamos disfrutarla. Sigamos. Cuesta de San Vicente abajo uno va recordando que a la izquierda, donde ahora los Jardines de Sabatini, se encontraban las antiguas Caballerizas Reales y, más abajo, según se desciende hacia el siempre denostado Manzanares, y en la misma acera, se ofrece generosa ante nuestros ojos una exuberante fronda plena de follaje y verdura, que diría Garcilaso. Un auténtico locus amoenus desconocido para la mayoría de turistas y para numerosos vecinos del foro. Son los jardines del Campo del Moro, allí donde Tejufin o Alí Ben Yusuf -el debate histórico sigue abierto- y sus respectivas huestes sentaron sus reales antes de emprender con nulo éxito el último intento de reconquistar la plaza de Majerit, tras la toma de la ciudad un par de décadas atrás, en 1086, por los hombres de Alfonso VI el Conquistador. O el Batallador, según gustos. Bellísimo el paraje con sus dos caras, la neoclásica y la romántica, la de las fuentes y parterres perfectamente alineados y la de los recovecos donde perderse de la mano de una bella dama en un atardecer como el que hoy nos ofrece esta anticipada primavera. La visión de estos jardines nos deslumbra pero no tanto como para no detenernos un momento y desviar nuestra mirada a la derecha. Con alborozo y regocijo inenarrable descubrimos que se está rehabilitando la estructura externa de la estación de Príncipe Pío, la popular estación del Norte. Ya era hora porque quien más y quien menos sospechábamos que la piqueta podría borrar tan historiada e histórica obra de ingeniería. Recuerdos nos trae esta estación. Su imponente mole nos traslada, entrañable, a lo más remoto de nuestra infancia. Recuerdos envueltos en la nebulosa del pasado y un tanto confusos en la medida en que ya los años nos obligan a mezclar realidad con suposición para engarzar un relato más o menos coherente de aquellas arribadas a la capital de la mano de nuestros padres, envueltos en el humo de las locomotoras de vapor y tras un larguísimo viaje, dilatado no tanto por el kilometraje sino por la escasa celeridad del propio caballo de hierro. Inacabables periplos, entre cestas de las que asomaba una cresta de gallo y compartiendo departamento con orondos provincianos con boina. Dicharacheros paisanos con los que nuestros mayores enhebraban amigable conversación donde cada cual exageraba las delicias de sus lugares de origen. Elocuentes disertaciones sobre las bondades propias envueltas en alegre algarabía, solo interrumpida por la llegada del revisor. Salvadas las lógicas reservas previas, se intercambiaba con no fingida generosidad navaja, hogaza de pan, queso, fiambre y la siempre presente tortilla de patatas. Todo ello tan tópico que parecería diseñado para que Gutiérrez Solana lo plasmara en uno de sus cuadros de costumbres. Puro Expresionismo. O Naturalismo. O ambas cosas. Parada final. Mozos de estación con sus blusones. Un lujo. Mejor cada uno con sus bultos. Maletas de remaches anudadas con correajes. Al hombro. Una vez ventilados los humos y silenciados los pitidos de las locomotoras era el momento de enfrentarse a la inhóspita urbe. Conscientes del carácter de foráneos y paletos lo más importante era no ser engañados por el taxista que tocara en desgracia. Porque la visita turística mejor que nos la diera el tío, cuñado o hermano que había constituido la avanzadilla en la conquista de la ciudad algún año antes. ¡Qué tiempos! ¡Cuánta penuria! Una vez más recordar es vivir y quien se ha fumado ya dos tercios de su existencia comienza a pensar hacia atrás y recrearse o emponzoñarse, según cuadre, en la intrahistoria que nos han conducido hasta donde hoy nos encontramos. Que no sabemos si será mejor o peor de lo soñado entonces pero que es lo que hay. Estamos ya en la explanada del Puente del Rey. El desenfadado ambiente que se respira, las bicicletas que te hacen modificar tu trayectoria cuando pasan como flechas o los patinetes que obligan a interrumpir la conversación no sólo no son impedimentos para el disfrute sino que te devuelven a un presente optimista y pleno de colorido lejos de aquellos memorandos costumbristas de la infancia, repletos de matices grises. Estampas envejecidas por el paso inexorable del tiempo. Las terrazas se muestran en todo su esplendor y qué mejor que rematar la tarde, tras un paseíto por la Huerta de la Partida, con un cóctel de vodka, cointreau, limón y arándanos y una relajada conversación, con un cariñoso brindis -va por ti princesa-, sin más objetivo que disfrutar del agradable verbo de quien nos acompaña ni otra obligación que la de contemplar la puesta de sol hacia poniente y el perfil que diseñan al otro lado del río Torre Madrid, Edificio España, el palacio, la cúpula de la Almudena o, más al sur, San Francisco el Grande. ¡Hasta Silvestre Paradox envidiaría este momento!

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en marzo 20, PM en Sin categoría

 

Balthus en el Thyssen

Museo-Thyssen-Bornemisza-Madrid-14He visitado la exposición sobre el pintor francés de ascendencia polaca Balthus en el Thyssen. Me lo tenía prometido y también obligado desde semanas atrás, desde que se empezó a percibir un molesto runrún procedente de damas apostólicas y celadores de la moral y las buenas costumbres, inquisidores disfrazados de progresistas, tan del común en estos tiempos. Había escuchado o leído, o ambas cosas, no sé, que 8.000 firmas habían solicitado que se retirara uno de los cuadros del genio parisino de una sala de exposiciones de Nueva York porque parece ser que invitaba a la pederastia. O algo así. De ello, como digo, se habían hecho eco ciertos círculos biempensantes ibéricos, nunca más apropiado el gentilicio, preocupados por nuestra salud moral. ¡Tan quebradiza, ya se sabe! Y, claro, ante la duda y ante el temor de ponerme a hablar por boca de ganso, que ganas no me han faltado, decidí que primara la prudencia. Ver primero y cascar después. Que uno va convenciéndose a fuerza de tropezones de cuál es el recto proceder.  Bajaba por Madrazo, a primera hora de la mañana para no sufrir los agobios del exceso de público habitual en este museo, y mi magín alternaba entre el escepticismo y la curiosidad. Escepticismo porque a mí, vaya por delante mi ignorancia supina en el campo de la pintura, como que el arte de los pinceles, por lo que respecta al siglo XX y salvo casos muy concretos, no me pone. Pero mejor mirar cuadros que perder la mañana de un sábabo haciendo el bobo con cualquiera de las numerosas opciones que nos ofrece esta sociedad capitalista y consumista crepuscular que nos ha tocado en suerte. Elijan ustedes. Yo elegí. Bien o mal pero elegí. Como digo, iba debatiéndome entre el escepticismo y la curiosidad. La curiosidad me picaba, polémicas presuntamente pederásticas al margen, por la sencilla razón de que el pavo este, Balthus, cuyo nombre, ignorante de mí, desconocia hasta tiempos muy recientes, había fumado como una cucaracha hasta el último momento de su existencia. Y eso que no sumó 93 castañas por diez días. La viuda, una japonesa de nombre difícilmente pronunciable en castellano -Setsuko Ideta-, parece ser que enseña el cenicero que utilizaba el día del óbito, aún repleto de las últimas colillas del genio, a los periodistas que visitan su vivienda, situada en una de las zonas más paradisiacas y elitistas de Suiza. Que todo suma a la hora de poner precio al arte. Soy fumador y siento que he perdido también todas las batallas por abandonar el oneroso vicio, oneroso tanto en lo ecónomico como en lo que a la salud se refiere, según afirman los brujos de la tribu. Esos médicos que nos tienen cogidos por la entrepierna y ante los que se nos bajan los humos a medida que necesitamos más frecuentemente de sus servicios, consecuencia indiscutible de ir quitando hojas al calendario. Cuando enciendo un cigarro tengo más remordimientos de conciencia que Judas después de lo del Huerto de los Olivos y ni apelando a mi pertinaz tacañería soy capaz de encontrar una motivación para dejar de pasar cada día bajo el arco del logotipo estanquero. Como digo, necesitaba un motivo serio, fundado e incuestionable para al menos disfrutar del humo en los pulmones. Y Balthus me lo ha dado. Gracias. Que fumara hasta el fin de sus días, que no fueron pocos, es un grito en el desierto que nos anima a seguir adelante con alegría y despreocupación. Es mi tercer ídolo tras Santiago Carrillo, que cruzó sin titubeos los 90 con un ducados en la boca, y, por supuesto, mi abuelo Santos que, más allá de los vínculos emocionales que con él me unieron, que no fueron pocos, y aunque se rajara con 86 tacos, no deja de ser todo un referente en el noble arte de darle yesca a la hebra. En fin, al grano Toñín. Que ya empezaba a estar el sol alto cuanto enfilaba por el patio del palacio de Villahermosa, entrada principal a espaldas del ya desaparecido de Medinaceli, que nobleza obligaba. Palacio donde el duque de Angulema residiera cuando vino de Erasmus con los Cien Mil Hijos de San Luis a poner en su sitio a los perroflautas de Riego y, de camino, echar una mano al rey felón en su objetivo de recuperar el trono y repartir estopa entre aquellos. Y, que tampoco se nos olvide, donde unos veinte años más tarde Frank Liszt acariciara las teclas de su piano, que no sé yo si serviría de algo para los duros oídos, que lo mismo eran sólo orejas, del Madrid de la época. Hay poco público a primera hora y eso siempre imprime paz, tranquilidad y sosiego a quien huye cada vez más de la bullanguería. Eso sí, japoneses sí que los hay. Ya han desenfundado sus móviles última generación y entre forzadas cortesías y sonrisas amaestradas avasallan con su sempiterna presencia en la sinuosa cola donde uno se siente como un caballo de carreras antes de que den el banderazo de salida. Digo yo que serán japoneses. Orientales y así no se ofende nadie ni a nadie. Que nos la cogemos con papel de fumar. Que digo que van con prisa. Lo mismo hoy tienen aún que visitar El Escorial, La Granja, Segovia, Salamanca y Toledo. Hay que ser comprensivos. Me cuenta la señorita de la taquilla que en cinco minutos abren la cancela a otra hornada de visitantes. Me siento parte de una reata. Hay que escalonar la visita para evitar atascos. No sé qué me voy a encontrar pero está claro que un tipo que en la infancia contó con el padrinazgo de Rainer Maria Rilke, pareja de su madre, que en el París de antes y después de la primera gran guerra recibió las influencias de un Picasso, se codeó con un Miró, un Jean Cocteau o un André Bretón en pleno apogeo surrealista… Un tipo así no puede ser un piernas. Si a ello añadimos que el chaval ya prometía con los pinceles desde su más tierna infancia y que la Europa que él vivió, guerras aparte, tenía como epicentro el París del primer tercio del siglo XX, pues lo normal es que haya que darle al menos un margen de confianza a lo que en el Thyssen se nos ofrece y no volver grupas a las primeras de cambio. No me olvido, uno al menos intenta informarse, de que este ilustre pintor conoció e incluso trabajó en diseño de escenarios con Albert Camus o que mantuvo una cierta amistad con Federico Fellini. Al margen quedan las influencias de históricos de su gremio como Piero de la Francesca, Delacroix, Cezanne o el propio Goya, que a juicio de los entendidos se perciben en su trayectoria. Pues eso, que adivino que voy a salir ganando. Porque ciertamente hay lienzos que me llaman la atención. Y no son las más polémicas sino paisajes y bodegones las obras que de inicio captan mi interés. Paisajes austeros como dice en el programa de mano pero que me ganan cuando leo que proyectan “un cierto encantamiento petrificado”. Eso es, coño, No encontraba la forma de decirlo pero la tenía en la punta de la lengua. De verdad. Las pinturas sobre mocitas he de decir que sí que me gustaban. Algunas. Aquellas donde se reflejaba una cierta dejadez, irresponsabilidad, abandono, laxitud y pasotismo inconsciente, propios de la adolescencia siempre soberbia y poco temerosa ante el paso del tiempo. Ese plantarle cara al tempus fugit es lo que más me ha sorprendido aunque no sé si el amigo Balthus tenía la intención de que yo percibiera esas sensaciones cuando empapaba de colores las telas. Eran las de la faldita, sí. Realismo figurativo oí decir a uno por allí, yendo a la  contra del movimiento surrealista que era lo que pitaba en el momento. Sin embargo, había otros cuadros, también de desnudos femeninos adolescentes a los que no les veía yo su aquel. No me los creí. Los cuerpos no eran estéticamente atractivos y las posturas se me mostraban muy forzadas, como si se les fuera a descoyuntar la osamenta. Más o menos. Paradógicamente, leo en las reseñas que Balthus quería atrapar el instante de la naturalidad infantil, rehogada en un cierto grado de erotismo. No lo acabo yo de ver claro ni percibo ninguna llamada de mi libido pero, bueno, más sabe el tonto en su casa que el listo en la ajena.  Sigo culebreando por las diferentes salas, pongo pose de circunstancias, que todos tenemos nuestro corazoncito posturero. Me quedo fijo ante un cuadro. Sostengo mi barbilla con el pulgar y el índice. Con criterio escrutador. En este caso es uno titulado La calle. Me gusta. Le veo cierto toque infantiloide pero me gusta. Lo miro de derecha a izquierda y después, desplazándome como involuntariamente y pidiendo disculpas a mis conmilitones si algún codazo se ha escapado, desde la izquierda hacia la derecha. Alguien entendido en esto, no recuerdo quién, me ha confiado que la perspectiva desde donde atacamos la visión de un cuadro es fundamental. La luz es diferente. Será. Quien más y quien menos saca sus móviles y echa una foto. Está permitido. Eso sí, sin flash. Yo no soy menos. No hay problemas porque en mi vida he sido capaz de poner la cámara del teléfono en posición de que salte el fogonazo. Mira por dónde, el puto móvil me la juega. Me llaman la atención. Me siento igual que cuando uno se caía de la bici delante de las chicas durante la adolescencia. Cambio de sala escabulléndome entre el gentío. Más cuadros. No me gustan de Balthus los caretos de sus mujeres. Expresa el artista con ellos una idea de la belleza facial femenina a la que no le veo la gracia. Vamos, que me parecen feas las retratadas. Miran desde el fondo de la obra al visitante con cierto descaro. Se creen guapas. El espectador hace de espejo en muchos de esos cuadros, dice el programa de mano. Finalizo mi periplo en una sala donde se proyecta una peliculilla sobre un estudio técnico de la única obra de la exposición que se encuentra en el Thyssen de forma permanente. Se titula La partida de naipes. Siempre me ha gustado conocer el proceso de creación del artista, sea cual sea su especialidad. Tiene un bastante de morboso pero me atrae singularmente toda la tarea artesanal que se esconde tras la creación artística. Le debo esa pasión a otro mago de los pinceles, Antonio López. Cuando disfruté la película que recoge todo el proceso de creación de El sol del membrillo quedé totalmente abducido por el sordo trabajo de trastienda. Fue en los cines de Martín de los Heros. Desde aquel lejano día, ha transcurrido más de medio siglo, Antonio López me infunde el respeto que nace de la admiración que produce el trabajo minucioso y paciente, casi benedictino. La humildad reflejada en aquel ir él mismo a comprar las maderas. Y los botes de pintura. En una droguería, como cualquier pintor de brocha gorda. El clavar las telas en el marco cual carpintero de los de antes, martillo en ristre y puñado de púas sostenidas entre los dientes. Recuerdo con delectación sus lamentos y su torcer el gesto ante el inexorable paso del breve tiempo del que disponía para reflejar en los membrillos el sol de septiembre. Su esposa observándolo con ternura, los brazos cruzados, apoyada en el quicio de la puerta que daba al patio de la vivienda. Todo ello, y el resto de la parafernalia propia de la ocasión antes de tirar de pinceles, lo considero como una de las experiencias más enriquecedoras y placenteras que he disfrutado ante una pantalla.  Por eso, me embeleso con el vídeo del cuadro de Balthus por más que aquí la técnica, en forma de radiografías o infrarrojos, quede lejos de la casa de López, un oasis manchego por más que la vivienda se levantara por los altos del barrio de Salamanca. Cojo el pendil. Vuelvo por donde vine. La cosa no da para más o quizás sean mis entenderas las que no estén debidamente amuebladas para saborear lo que acabo de visitar. Pero he pasado un buen rato. Ciertamente.

 
Deja un comentario

Publicado por en marzo 9, PM en Sin categoría

 

Con doña Emilia en Princesa

01002345

El flaneante camina hoy sin rumbo. El flaneante se encuentra en una encrucijada de su vida. Con una edad ya propicia a mirar al futuro con seriedad vive el día a día con más escepticismo que ilusión, observando el devenir de su entorno desde el graderío y con mucha prudencia porque sus ideas, sus aficiones, sus ocios y sus negocios, su mundo, ya no parecen sintonizar con lo que en derredor percibe. Por una parte, no le afecta la desafección del entorno. El flaneante es terco, peleón y defensor de sus manías y cabezonadas aunque secretamente siempre haya admirado a aquellas personas que saben salirse de la melé y reflexionar antes de tomar una decisión o emitir un juicio reposado. Pero el flaneante, a veces, lamenta comportarse como un toro que salta al ruedo dispuesto a demostrar su casta entrando a todos los capotes. Y esa actitud, infantil en ocasiones, la ha considerado como uno de los debes de su personalidad, por más que haya gente que se la aplauda. Aun con una edad donde no sólo las fuerzas físicas comienzan a flaquear, al flaneante le cuesta reprimir sus ansias de entrar al trapo de polémicas varias y mantener una posición equidistante propia de su tiempo y lugar en el mundo. Por ahí discurre su pensamiento mientras atraviesa, un pie tras otro, la calle Princesa en dirección a plaza España, dispuesto a enfilar hacia la de Oriente para que el maremagnum que se suele arremolinar en el entorno del Palacio Real le regale un barnizado de mundanidad y colorido en una mañana que se ha levantado gris por más que el radiante y bermejazo platero de la cumbres anime a menear el bullarengue por rúas, costanillas, callejones, plazas o avenidas. Embebido en el diseño de su cotidiano plan de ataque el flaneante cruza delante del monumento dedicado a doña Emilia Pardo Bazán, junto al palacio de los Alba. En los papeles y en la caja boba ha soportado, antes de salir de casa, la continua y machacante dosis de vomitiva ideología, con bustos escribientes o parlantes bien pagados y prestos a calentar el ambiente de cara al 8 de marzo, en un escenario marcado por las cercanas elecciones legislativas. Artículos coyunturales, tertulias televisivas, radiofónicas, charlas en sesudos foros, carteles y contracarteles, autobuses y contraautobues, exposiciones sobre desgracias propias del sexo femenino a lo largo de la historia, semáforos con muñequitos con falda y pantalón… hasta la RAE se ve presionada a decir lo que ni siquiera piensan los académicos. Son los tiempos que corren. Miro a doña Emilia y me pregunto si ella estaría de acuerdo con todo este espectáculo que se orquesta de un tiempo a esta parte en idénticas fechas. Le miro la faz que parece que rebusca algo en el verde tapete que la rodea y adivino que arruga el morro y se desmarca de tanta frivolidad. No tiene el cuerpo para perder el tiempo con estas chorradas, con estas trivialidades. De ahí quizás su gesto cabizbajo. Ella ejerció su feminismo desde otras perspectivas, desde su niñez hasta el día en que salió con los pies por delante del número 27 de esta calle Princesa. “Que cada una se las componga como pueda” parece soltar la Bazán desde su pedestal, “porque lo que es yo, no estoy dispuesta a participar de este mal sainete en el que se ha convertido oficialmente la defensa de la igualdad, con tanto interés torticero de por medio. No es esto, no, por lo que luchamos gentes como Arenal, Campoamor o yo misma, aunque me esté mal decirlo”. Reposo en un banco de piedra a sus pies. Saco un cigarro de la mochila. Lo enciendo. El humo me llega sabroso a los pulmones. Aprovecho la ocasión y le inquiero con los ojos si no es esto sino un capítulo más de la farsa en la que llevamos viviendo desde hace algunas décadas, un divide y vencerás de las clases pudientes que han encontrado una mina de oro en el enfrentamiento de hombres contra mujeres, cristianos contra musulmanes, fumadores contra no fumadores, ecologistas contra no ecologistas, homosexuales contra heterosexuales, taurinos contra no taurinos y así hasta el infinito. ¿No será, doña Emilia, que de lo que se trata es de desviar el camino de la única lucha que merece la pena, que no es otra que la de explotadores contra explotados? ¿No será que conviene mantener a la feligresía entretenida en discusiones bizantinas mientras las élites se lo llevan crudito o calentito, según convenga? ¿Si las leyes están dictadas y aprobadas y son igualitarias, ya me dirá quién y por qué impide que se cumplan a estas alturas? Veo que se incomoda la Pardo Bazán en su escaño. “No  me entienda usted mal.  Me preocupan los temas relacionados con la mujer pero no veo que el camino elegido para su resolución sea el adecuado. Estamos llegando a una situación que tiene pinta de convertirse en peripatética en el sentido más irónico de la palabra. Desde hace tiempo, bastante tiempo, se está dando vueltas alrededor de una noria sin que los cangilones saquen más allá de unas gotitas de agua, que por supuesto no sacian la sed. Mire usted -me subraya con la mirada-, de lo que se trata no es de darle la vuelta a la tortilla sino de disfrutarla a medias entre hombres y mujeres. Las leyes hay que defenderlas haciendo que se cumplan, cada día, en cada puesto de trabajo, en la propia casa, en los momentos de ocio. Y nosotras debemos sentirnos iguales a los hombres, qué caray, desde que nos levantamos por la mañana. Las mujeres actuales tienen los derechos ahí a su disposición convertidos en leyes, algo que en mis tiempos no pasaba. Y deben exigir que se cumplan pero no amparadas en las faldas del poder que siempre perseguirá otros intereses. Hay formas democráticas de defender derechos en el día a día, comportamientos libres, abogados que defiendan esos derechos y jueces que sancionen en función de ello. ¡Pero hay que luchar y dar la cara. Y con nobleza! No en una manifestación, no. Ya hubiera querido yo en mi tiempo haber tenido el respaldo de unas instituciones democráticas para manejarme. ¿Y qué hice? Luchar con las armas que tenía a mi alcance. Ciertamente, yo pertenecía a la aristocracia y tuve una formación adecuada y un entorno familiar que favoreció esa formación y por ende mi capacidad crítica. Eso no estaba entonces al alcance de cualquiera y menos al de las mujeres. Pero actualmente la enseñanza no está vedada ni a un determinado sexo ni por razones económicas y no veo yo resultados más allá de un continuo, irritante e inane ruido que ahora llaman ustedes mediático. Y lo que me hace dudar de que todo esto llegue a buen puerto es ver a los pirómanos con voz de tinaja  y cortesanos ademanes pontificar sobre la necesidad de acabar con los incendios. Políticos en teoría defensores de la igualdad. Pero sólo en teoría. Ni ahora ni cuando yo vivía nadie regala ni regalaba nada por decreto. Ni a mujeres ni a hombres. Los derechos se conquistan y aquí también el fin justifica los medios”. Me mira a los ojos, asiento a lo que dice pero se encoje de hombros denotando cierta impotencia. “Y no es una lucha contra los hombres.Hay que insistir en ello. Esa es la gran mentira”. Subraya con esta sentencia lo referido anteriormente, a la vez que me tira de la manga, con sus ojos clavados una vez más en los míos, mientras se vuelve a arrebujar en su manteo para adoptar su pose original. Decido cambiar el tercio porque presumo de su lenguaje no verbal que el tema no da para más y que la escritora considera que por este camino el debate está agotado. Sonrío para mís adentros y ella percibe por dónde van a ir ahora los tiros. “Sí, Zola dijo que mi escritura era impropia de una mujer. Y sabe usted qué hice, seguir por mi camino, seguir trabajando, escribiendo, luchando en el día a día por mis derechos como fémina y escritora y ganándome el respeto de una sociedad a cuyas mujeres no se las tomaba precisamente en serio. Actualmente, si un prestigioso hombre de la cultura o de cualquier otra actividad social responde de igual forma que Emilio Zola, le hacen un escrache. Que estaría muy bien pero ahí no puede acabar todo. Porque el mundo gira y gira y hay que poner ladrillos a diario en la construcción de la igualdad hasta completar el edificio. Nadie dijo que fuera fácil. ¿No se dice actualmente así?”. Vuelvo a sonreír y a asentir, dándole pie para que se extienda en su argumentación. “Se puede usted imaginar cuando propusimos a Concepción Arenal para miembro de la RAE. Todo el mundillo intelectual del momento escandalizado. Menudo revuelo en el Ateneo. Don Joaquín Costa que levantaba la mirada por encima de sus gafas y de su montaña de papeles y libracos cuando don Marcelino Menéndez Pelayo entraba como cabra en garaje echando tragos a su petaca de coñá a la vez que despotricaba contra nosotras, con los ojos fuera de sus órbitas. ¿Y mis más cercanos, Galdós, Clarín, Pereda y compañía poniéndose de perfil? ¿Y qué solución tomar? Seguir peleando. Por cierto, que Leopoldo Alas comentó que yo era simpática, valiente y discretísima pero de ahí no pasó el elogio. Es más, años más tarde se retractaría públicamente de lo dicho. Yo seguí durmiendo igual. Presidí el Ateneo contra el viento y la marea de los machos de la época, fui catedrática de la Central, conseguí cosas. Actualmente hay muchas mujeres que desde la discrección y el anonimato siguen aportando su grano de arena para conseguir esa igualdad desde todos los ámbitos de la vida científica y artística. También desde el mundo de la tecnología, de la educación… O desde el día a día en un humilde puesto de trabajo. Fíjese usted y tome ejemplo de ellas, caballero, y no se deje llevar por los cantos de sirena mediáticos, por el espectáculo de frivolidad que cada día  se asocia a la mujer en la sociedad. Ni por las arribistas que con el disfraz de feministas lo único que persiguen es un beneficio espurio y egoísta. No se da cuenta, alma de cántaro, que entra al trapo que usted mismo pretende denunciar. Olvídese del griterío ensordecedor que le impide mantener los oídos limpios y la mirada clara para diferenciar el trigo de la paja. Siga caminando por su Madrid y observe en cada esquina, en cada portal, en cada semáforo como nuestro común admirado Galdós. Verá a la empleada del servicio de limpieza del ayuntamiento que se trabaja su feminismo no contra su compañero de fatigas sino contra quienes, hombres o mujeres, le impiden tener un salario digno. Siga caminando y observe. Verá a esa futura madre de familia cuyo mayor lamento no es hacia su marido sino con su marido y contra quienes le impiden realizarse como madre, mujer o esposa. Porque tener hijos en este país es una heroicidad. Sin ayudas. Ni económicas ni de ningún otro tipo. Ojo, y hablo de ayudas propias de países desarrrollados, guarderías, becas, posibilidad de conciliar la vida laboral y familiar. Usted mismo lo decía hace unos minutos y yo le he dado la razón. La lucha no es de hombres contra mujeres sino de ciudadanos contra el poder”. Está claro, señora. Como el caldo de un asilo. Pena que su época fuera otra y pena que no se detecten fuerzas de la naturaleza como la suya en esta adocenada y fácilmente manipulable sociedad. No cabe duda de que cada cual es hijo del tiempo que le ha tocado vivir pero, tras escucharla, uno en su fuero y humildad íntimos comprende que la lucha femenina -y la masculina- no es contra el heteropatriarcado sino contra las heterogilipolleces surgidas desde ámbitos bien pagados y agradecidos por hombres y mujeres cuyos estómagos son insensibles a las necesidades materiales, intelectuales o espirituales del común de los mortales.

 
Deja un comentario

Publicado por en marzo 2, AM en Sin categoría

 

Matinée por Huertas

Teatro_espanolAgradable rato el que en la mañana del domingo compartimos con el grupo de amigos de Aluche por el barrio de Las Letras. El clima acompañaba y la curiosidad por conocer los entresijos de nuestros genios literarios, especialmente los del siglo de oro, hizo el resto. Nada hay como un auditorio deseoso de dejarse llevar por quien esto escribe y confiar su oreja y hasta su oído a un rosario de anécdotas que quizás sólo periféricamente tienen que ver con lo  literario o lo histórico. Pero se trata de eso, de relajar el espíritu y dejar lo sesudo y profundo para la siempre cargante semana laboral. Mi compañía supuso únicamente el preludio a una visita al domicilio del fénix de los ingenios y la guinda del pastel dominical la debía poner un suculento ágape, regado con los caldos al uso que por este distrito de comediantes y musas abundan tanto en cantidad como en calidad. La jornada, a tenor de las informaciones recibidas a posteriori, debió de saldarse positivamente. Ya me contarán con más detalle. En mi papel de telonero, la experiencia me dejó con un  cierto regusto amargo pues el tiempo cronológico disponible no fue todo lo amplio que hubiera sido de desear. Es complicado resumir y empaquetar en hora y media la historia que nos ofrecen calles como la de Huertas, la plaza de Santa Ana, el mentidero de representantes o la propia rúa Cervantes, entre otros rincones. En el tintero se quedaron numerosas peripecias, por ejemplo, rememorar las trifulcas que espectadores contra actores, mujeres contra hombres o polacos contra chorizos mantenían en el desparecido coliseo de la Cruz y que tan por lo menudo relata don Benito Pérez Galdós en uno de sus Episodios Nacionales. O hacer un alto en el camino para situar el lugar preciso dónde se encontraba el zaguán por el que Felipe IV penetraba en su reservado aposento para admirar a la bellísima, jovencísima y grandísima -en el decir de los coetáneos- actriz María Calderón. Tampoco pudimos especular sobre las hazañas literarias de Juan Álvarez Gato, ni sobre el porqué de su apellido. Ni tuvimos la ocasión de ponernos serios y pontificar sobre el simbolismo de los espejos deformantes del callejón, analizados desde la perspectiva siempre taladradora de Ramón del Valle-Inclán. Otro día será, que hay más que longanizas. Pero, más allá del dato concreto, es obligado reflexionar sobre cómo la cultura puede ser, y de hecho lo es, motivo de diversión en una sociedad indiscutiblemente reñida con el saber. Porque conocimiento y disfrute en ningún modo deben ser incompatibles. Qué mejor que informarse sobre el proceder de nuestros antepasados ante los problemas que plantea la  aventura cotidiana de cada uno de nosotros para tomar ejemplo de ellos en lo bueno y desechar lo negativo. Qué mejor que recapacitar sobre la no correspondencia entre saber y bonhomía. Algunos de los personajes que han pasado a la historia y contribuido a darle ese nombre de Barrio de las Letras no se caracterizaban precisamente por ser gente de fiar. Que no era oro precisamente todo lo que relucía. Mejor no cruzar la mirada con un Francisco de Quevedo a media mañana pues de ser así y, tal como se las gastaban en ese siglo XVII, un ciudadano de a pie podía encontrarse con un reto a espada y acabar con dos palmos de acero en el cuerpo. Qué mejor que intentar viajar con la imaginación a ese siglo de oro, con una España rota por la corrupción y las intrigas palaciegas, en bancarrota. El oro y la plata procedente de América acababa en manos de los Fúcar o de  otros banqueros, italianos u holandeses, tal como el propio Quevedo afirmara en aquellos maravillosos versos, “nace en las Indias honrado, viene a morir en España y es en Génova enterrado”, que figuran en las letrillas de Poderoso caballero es don dinero.  Un Madrid y una España, salvando las distancias, muy parecidos a los actuales. En crisis constante. Crisis económica, crisis política, crisis social, crisis de identidad como país, en el que las apariencias lo eran casi todo y la hipocresía llegaba al extremo de ser lo políticamente correcto llevar una doble vida, donde el ser era accesorio y el parecer lo fundamental. Tan actual y tan de nuestra idiosincrasia todo esto, ¿verdad? Verdad. Al viajar a través del tiempo por estas angostas callejuelas se siente la añoranza de no haber podido vivir en aquella época y así poder experimentar en propias carnes todo lo leído en los libros de historia. Que se entienda. Deseo de vivir en esa época siempre que lo fuera en el entorno de la población más favorecida, que no dejaba de ser una reducida élite que dominaba los entresijos de la vida pública y que disfrutaba de los placeres tanto lícitos como ilícitos que por aquellos años se ofrecían a la concurrencia. Nada más interesante que asistir a una representación teatral de Lope en el corral del Príncipe. Eso sí, en un aposento privado desde el que, todo lo cómodamente que permitían aquellos tiempos, se pudiera degustar el ambiente del patio de mosqueteros o los chillidos y tirones de pelos habituales en la cazuela. Nada más deseable que acudir a la plaza Mayor durante toda una jornada para ver lidiar infinitas reses a los más empingorotados caballeros, incluido el rey, desde sus alazanes. Eso sí, presenciándolo desde un palco cercano al de la familia real, en los aledaños de la Casa de la Panadería. Nada más atractivo que acudir a alguna de las numerosas casas de conversación, que así se llamaban hipócritamente los garitos de juego, y echarse unos dados. Si además se salía con beneficios, perfecto. Pero que nadie piense que el jugarse los cuartos estaba legalizado y que todo estaba controlado desde el punto de vista legal. Podía suceder que, tras hacernos con una buena bolsa de doblones, nos aligeraran la faltriquera nada más salir los mismos con los que se había compartido timba. Y qué me dicen de pasear a caballo por calle Mayor en una tarde de agosto cuando el sol fuera camino de ocultarse tras la Casa de Campo. Con el sombrero emplumado, el ferreruelo de tela de Holanda y las calzas acuchilladas recién salidas del sastre, a lomos de una jaca árabe, en discreta carroza blasonada o en silla de mano y no de las alquiladas en la plaza de Herradores. O las señoras. De visita con una cohorte de fámulos y fámulas, lacayos y lacayas con sus hachones cuando la noche se echaba encima. O dejándose ver por el Salón del Prado y tontear con algún pisaverde al uso, aunque sólo fuera por entretener la promenade. A nadie le amarga un dulce. Ni siquiera teletrasportándose a aquel Madrid del siglo áureo que según los extranjeros que nos visitaban no era más que un pueblo grande y destartalado, que tenía más de villorrio que de corte, repleto de conventos, iglesias y demás incomodidades, escaso de los adelantos de otras ciudades como París o Londres, peligroso y oscuro de noche y sin una mínima dosis de higiene en cuanto a limpieza de las calles o del interior de las viviendas. Todo este volar de la imaginación nos lo ofrece el entorno actual del barrio de los comediantes, extendiendo nuestros pensamientos al resto de la capital, que lo fue de un imperio. Y ello sólo ateniéndonos a la época de los Austrias. Saltando por encima de algunos siglos y viniendo a tiempos más recientes podemos degustar unos albores de 1900 donde los más afamados toreros, intelectuales, literatos o simplemente políticos al uso, se paseaban por sus calles, se hospedaban en sus hoteles u hostales o desparramaban de madrugada por los cafés cantantes, tablaos o colmaos como el Villa Rosa o Los Gabrieles,  puliendo billetes mientras compartían reservados con personajes como el propio Alfonso XIII, al calor de una manzanilla y unas lonchas de patanegra mientras Juan Breva garganteaba en el escenario. O en tiempos de la Segunda República, viendo cruzar presuroso la plazuela del Ángel a un Federico García Lorca que se realizaba como hombre y como literato ya rotos los siempre asfixiantes vínculos familiares de su Granada tan provinciana, sin apercibirse de que el tiempo es oro y que ya le quedaba poco para disfrutar. O a Hemingway asomando su barba y su boina desde la entrada de la Cervecería Alemana, calibrando el ambiente de la plaza y oteando las puertas del hotel Victoria, desesperado por ver si salían de una puñetera vez Luis Miguel Dominguín y la Gardner de su enésima encamada. O más cerca aún, durante los optimistas años 80 del siglo pasado, recién llegada la democracia, disfrutando, ya en primera persona y hasta que el cuerpo y el bolsillo aguantaba -aguantaba más aquel que este-, del sabor de la recién catada libertad al calor de un gintonic por Fernández y González o Echegaray. O en la actualidad. La zona sigue siendo ámbito propicio, tanto diurno como nocturno, para recrearse en los placeres de la buena mesa o de la destilación. O simplemente disfrutar de unas tapas puede ser el eje sobre el que gire una agradable estancia en el barrio. Porque el placer no está tanto en la cantidad, ni en la calidad del producto, sino y sobre todo, en quien nos acompañe. Ite missa est.

 
Deja un comentario

Publicado por en febrero 24, PM en Sin categoría

 

San Valentín y otros cuentos

1920 reloj de Canseco www viejo-madrid.es¡Que se nos pasó San Valentín, mozos! Claro, jueves, laborable, febrero, invierno… No son fechas para fenhedores, pregadores, entendedores o aficionados al drutz. San Valentín debería celebrarse por mayo. En la Villa y Corte, el calor de la primavera, la pradera de San Isidro y después San Antonio y los alfileres de las modistillas completarían un paisaje más en consonancia. No es fecha, febrero. Y gracías a la televisión, el Corteinglés, el Estrafalarius, Greska, Decarthon y demás reclamos la feligresía hace un paréntesis para concelebrar y hacerse con un ramo de flores. O con un perfume en los negros de la manta. Hay quienes incluso se regalan un fin de semana en el parador de Sigüenza con desayuno incluido. Son los más amadores. Qué tiempos estos tan prosaicos donde con exprimir la tarjeta se cumple con la ortodoxia. Porque en jueves, día de faena, bufanda y abrigo, catarros y recién salidos de la cuesta de enero, como que no, que ni el cuerpo ni el espíritu están para gollerías.  Si Cupido levantara la cabeza tiraba de carcaj pero para vengarse por la escasa atención que se le presta. Porque, si bien no siempre el pasado fue mejor, sí es cierto que siguen siendo malos tiempos para la lírica provenzal y trovadoresca aunque haya alguien que levante el dedo, discrepe y replique. En estas estábamos por las inmediaciones de la calle de Santiago y por razones más prosaicas que cortesanas -de amor cortés- en la fecha de autos, cerca de Santa Clara, donde por amor dice la historia que Mariano José de Larra puso fin a sus días. Aunque habría que matizar si fue por amor puro y sin mácula, o por amor fou, amor interesado y trepa, celos o simplemente leyenda de amor. Es complicado esto de hablar del amor sin acotarlo, sin matizar. Indiscutiblemente, a Fígaro lo lleva a tirar de pistola y autoinmolarse la devolución de cartas de Dolores Armijo. Pero pudo y debió ser la gota que colmó un vaso próximo a rebosar. Porque no es menos cierto que ya el escritor andaba dándole vueltas a la posibilidad de llevar al extremo su mentalidad romántica dada sus precaria situación pecuniaria. A lo anterior hay que añadir su estado de frustración por no haber podido trincar un acta de diputado. Todo sumado hacía que lloviera sobre mojado. Y es que cuando los astros se ponen en fila unas veces favorecen y otras no. Historias de amor y otros cuentos, en definitiva. O historia literaria que, si va unida a la figura del Pobrecito Hablador, siempre es florida y posturera. Como historia con mucho violín y jardines otoñales es, por estos andurriales por los que hoy movemos el trasero, la de Alfonsito y Merceditas. Esa sí que fue de amor puro, inocente y sin hojarasca de ningún tipo. Desde niños y obligando al parlamento a tragar con los deseos del monarca restaurador de desposar a su primita. El resto ya se conoce por romances, coplas de ciego y manuales al uso. Seis meses escasos de convivencia consagrada y sanseacabó. Eso sí, lo que vino después con el rey viudo ya es harina de otro molino. Una vida disipada -de perdidos al río- donde por encima de otros escarceos menores destaca la relación que mantuvo con la contralto Elena Sanz, mujer de rompe y rasga a tenor de los testimonios de la época. “Mi nuera ante dios”, que dejó dicho con su desparpajo habitual y la campechanía borbónica la Isabelona mientras la legítima se comía los nudillos en palacio y amenazaba con amargarle la vida a la cantante. Y vaya si se vengó después de la muerte del marido, previamente transformado por la fatalidad en un pichabrava de circunstancias. Aunque de casta le venía al galgo, calificado desde su nacimiento  como El Puigmolteño. Porque no sabemos si Isabel II celebraría algún San Valentín realmente enamorada. Lo que ningún historiador discutirá es que en más de una ocasión, y de dos, y de tres, la fecha la sorpendería entre las ociosas plumas y no escasa de compañía. Más que nada porque dicen que era de poco madrugar la bonachona señora. Amores sinceros, amoríos de aquí te pillo y mato, amores a crédito y rédito, amores profesionales, amores locos, amores diplomáticos, amores de conveniencia. De todo hay por los alrededores de la plaza de Oriente. Alguno con un toque hasta escatológico. Por el callejón de la Almudena. Que se lo pregunten a Juan de Escobedo, cuando la de Éboli le confío, en un arranque de sinceridad impropio de personajes de la diplomacia, que más valía culo de Antonio Pérez que cara de Felipe II, poco antes de que unos secuaces contratados en la afueras de la cerca, allá por la llamada Puerta del Sol, dieran matarile al machaca de don Juan de Austria a las puertas del palacio de la imponente tuerta. Amores ensangrentados estos como aquellos que, sin salirnos del eje de la calle Mayor, nos llevan a la esquina de Boteros de donde se dice que salieron dos sicarios emboscados dispuestos a atravesar de un ballestazo a don Juan de Tassis, conde de Villamediana, al punto de recogerse en su palacio de Oñate poco después de besar la mano y quizás algo más a la reina Isabel de Borbón. Son amores estos últimos un tanto incalificables en la medida en que suelen estar mezclados con otro tipo de intereses que a los mortales de a pie se nos escapan. Pero claro, estando de por medio un picaflor como Villamediana, la juventud y la presumible inocencia de una reina, un oficio el de consorte de Felipe IV que llevaba incluido el llevar la cabeza adornada no solo por la corona, el relajo de la corte en el siglo de oro, todo un mundo de hipocresía y apariencias… Pues, qué se puede esperar o desear. A saber por qué se cargaron al conde. Incluso se le acusó después de muerto de darle a la carne y al pescado. En fin, vengamos a lo de ayer que diría Manrique, don Jorge, en sus Coplas. Y lo de ayer por estos barrios céntricos nos lleva al primer tercio del siglo XX. A la calle Arenal. Al Joy, antiguo teatro Eslava, donde el dramaturgo Alfonso Vidal Planas se llevó por delante a su colega Luis Antón de Olmet por un quítame allá esos cuernos. Me los imagino en el despacho del segundo, cuando ya la discusión ha trascendido los límites estrictamente académicos, cuando entre sonrisas hipócritas se habían despellejado mutuamente sus dramaturgias y es el momento en que los argumentos empiezan a escasear. Olmet que mira a los ojos a Vidal y Planas y con cortesía, educación y urbanidad, siguiendo las leyes de las buenas costumbres y maneras, hasta con dulzura, le dice eso de “pues me estoy tirando a tu mujer”. ¡Toma zasca! Claro, a un hombre de pelo en pecho no le queda otra salida y menos si tenemos en cuenta cómo era la gente de la farándula de embraguetada por esos años. Pero no seamos hipócritas y menos sonrisas, por favor. Habría que ver cómo reaccionaría cualquiera de nosotros en tamaña tesitura. Que no nos veamos en una igual, que diría mi abuela Isabel. Pues eso, amores, simplemente amores. Ya digo, amores ciertos, menos ciertos, sólo deseados, amores apasionados, amores reflexivos, amores traicioneros, casi todos ellos rehogados en sexo, que lo cortés no quita lo valiente. Y sin salirnos del entorno de palacio, qué me dicen de Enrique IV, que ha pasado a la historia como El Impotente, sobrenombre artístico con el que ha pasado a la posteridad, de cuya veracidad hay que dudar con fundamento en la medida en que su biografía esté salpicada de incidentes que ponen en duda la idoneidad del mote. Otra cosa es que fuera estéril. En los libros de historia está, para desmentir el presuntamente perenne decaimiento de su miembro, esa pelea a chapinazo limpio entre la reina y una de sus damas de honor por los favores del susodicho, entre otras anécdotas de menor cuantía. Amores, en definitiva, que no le llegan a la  altura del zapato a los de Lope de Vega. Lo debe dar el barrio pues, si bien el fénix de los ingenios desarrollara su biografía profesional y amatoria preferentemente por el barrio de Las Letras, no hay que olvidar que nació enfrente de la iglesia de San Miguel, cuyo solar lo ocupa hoy un mercado vedado para los bolsillos normales y solo apto para atracar a guiris denortados. Este hombre, Lope, tuvo amores de todo tipo, desde simples desahogos hasta auténticos terremotos sentimentales. Para la posteridad quedó el plantón que le diera Elena Osorio cuando decidió desposarse con un noble, decisión que llevó al escritor a desparramar por Madrid sus celos y su bilis en insultantes libelos rimados como el de “una dama se vende a quien la quiera”. Le costó la broma tener que salir por piernas del foro durante casi dos lustros. Y ese sólo fue el primer apunte de una nómina donde los hay de todos los colores, amores sosegados como los de Juana Guardo o Micaela Luján, segunda esposa y enésima amante, respectivamente,  cuya convivencia transcurrió a pachas por idénticas calendas, mientras el escritor incluía otra relación con Jerónima de Burgos, amiga de ambas. Cada cual en su casa pero Lope manteniendo a las dos familias. Como para no escribir una comedia en menos de horas veinticuatro. Lo que habría que estrenar para llenar las respectivas alacenas un día sí y otro también. Que los hijos son como limas. O amores de más fuste literario como el que mantuvo con Marta de Nevares. O amores sentidos cual cuña en la propia madera cuando Antonia Clara, su hija preferida, se le escapa del domicilio de la calle Francos con un tal Tenorio -ya es casualidad- en el ocaso de la vida del mito y de sus andanzas más o menos libidinosas. Y es que por ese barrio de Las Letras lo que no se haya visto ya a estas alturas es difícil presenciarlo. Desde cruzarse con Lorca paseando su plumaje por Los Gabrieles hasta toparse con don Jacinto Benavente, de tertulia en el Gato Negro, rodeado de un grupo de complacientes efebos, perorando acerca de la influencia de Ibsen en su dramaturgia. Pero para historias de amor, y para no echar más agua al vino de San Valentín, recordemos a don José de Cadalso y su frustrado idilio con la actriz María Ignacia Ibáñez. El militar y escritor aguanta con discreción las palmaditas paternalistas en la espalda por parte de sus más cercanos, advirtiéndole de que eso de matrimoniar con una actriz, por muy hembra que sea, no encaja en la corrección política de la época. Erre que erre, el ilustrado vate que no cede ni siquiera ante las reconvenciones de su protector, el conde de Aranda, en su intención de pasar por la vicaría, auténticamente encoñado con la cómica. Hasta que el destino pone las cosas en su sitio, como si de un tercer acto moratiniano se tratara, cuando la Ibáñez da con sus huesos en el cementerio de San Sebastián por mor de un fulminante tifus. Para volverse locos, coger el cadáver de la amada y llevárselo a su casa. Que es lo que intentó Cadalso una noche, sobornando a uno de los sacristanes de la iglesia para que le abriera las puertas del camposanto y le echara una mano en la tarea. La sangre no llegó al río por un chivatazo que llevó a la detención y posterior destierro del novelista. Pero los hechos ahí están para  disfrute de morbosos y testimonio de que sí, que el amor va más allá de la muerte, que no está presente sólo en los sonetos de Quevedo sino en la vida misma… Bueno, vale, sí. Lo contaremos todo. Hay una parte de la historiografía que niega que la historia de Cadalso y María Ignacia fuera cierta y que probablemente el propio escritor dieciochesco propaló el bulo del intento de desenterrar a la amada con el objetivo de hacerse publicidad para su novela Noches Lúgubres, cuyo argumento es muy parecido a la presunta realidad que él quiso difundir. Es decir, un fakenews, que casi todo está inventado desde hace tiempo aunque sin el término anglosajón. Pero, ciertamente, no me negarán que el cuentecillo no merece la pena ser tenido por cierto. Alla cada cual. Y eso, que viva San Valentín.

 
Deja un comentario

Publicado por en febrero 16, AM en Sin categoría

 

Felonías y urgencias

Plaza de Chueca

Está en bocas últimamente la palabra felón. Sí. Se escucha quizá demasiado en un entorno donde nadie está libre de culpa. Pero son felones de poca monta los actuales. Ni en ese aspecto destacan. Para felón el rey Fernando VII. Ese sí que era un felón de nivel. Al menos eso es de creer si hacemos caso a los expertos -otra palabra prostituida- en la materia, es decir, los historiadores.  Sin embargo, recuerdo que a este monarca le debemos también la creación de nuestra más importante pinacoteca, vía su esposa, Isabel de Braganza. Que todo hay que decirlo. A ver cómo se lo montan en los fastos de este 200 aniversario de la creación del Museo del Prado para decir aquello de Fernando VII sí pero no,  no pero sí. Voy conversando con el plasta que siempre va conmigo sobre estos y otros asuntos de la actualidad sin más rumbo que el que me marcan mis pies. Por Alberto Aguilera. Ya avisto la glorieta donde asaran a la parrilla, vuelta y vuelta, sí, purita barbacoa,  allá  por el Siglo de Oro, a judaizantes, curas full, cornudos, emplumados y demás parroquianos de la Inquisición. Es domingo, todavía de mañana, las diez más o menos. Es un placer pasear los antiguos bulevares sin apreturas, sin prisas y sin fríos ni calores en este febrero siempre loco. Voy pensando en un itinierario para ocupar mis soledades y me lo ponen a huevo los felones y sus felonías, Fernando VII y la Braganza. Al Prado de cabeza. No soy experto en pintura, ni en ninguna otra especialidad científica, humanística o técnica. No soy experto en nada pero me gusta mirar cuadros, me relaja, me entretiene. Disfruto con el belfo de los Borbones en un lienzo de Goya y ese pie del delfín que apunta hacia delante. O con las pinturas negras. Los dos garrulos que se atizan garrotazos enfangados hasta las rodillas me infunden respeto y me avisan. Significativo el cuadro. Me esfuerzo en analizar esa luz madrileña que dicen que Velázquez plasma como nadie. Me ponen las carnes de las tres matronas de Rubens y hasta me atrevo a intentar descifrar algún enigma erótico/pecaminoso en El Bosco. Hasta ahí mis esfuerzos que no son pocos para las escasas aunque gratificantes recompensas con las que me convidan mis periplos museísticos. Y me gusta repetir de vez en cuando. No más de dos horas porque me emboto. En esto voy entreteniendo mis pensamientos cuando ataco la glorieta de Bilbao.  Y cuando la vejiga me da un aviso. Fijo mi objetivo en El Comercial, uno de los últimos coletazos del Madrid de los cafés. He de confesar que me da vergüenza tener que entrar en bar, taberna, café o restaurante y disfrutar de sus urinarios sin ser cliente. No me creo con derecho. Es lo que tiene haber nacido en humilde cuna y no haber desarrollado lo suficiente la facultad de la osadía y el descaro aunque mi vida haya estado más cerca de la del pícaro que de la del petimetre. En fin, que la necesidad se impone y empujo sin muchos melindres la puerta giratoria. Salgo aliviado. Gracias de corazón. Miro enfrente, donde tenía su entrada el famoso café Europeo, referente de Cela para su Colmena. Sonrío irónicamente al pensar que doña Rosa no me habría permitido entrar en su negocio sin consumir. “Nos ha merengao”. ¡Menuda! Tras soltar su muletilla habría obligado a uno de sus esbirros/camareros a expulsarme no sin atizarme previamente una patada en el culo como al desgraciado de Martín Marco. Encauzo mis pasos hacia Carranza para bajar por Recoletos vía Génova pero freno en seco. Recuerdo que la mañana va a estar entretenida por Colón. Demasiado entretenida para mi gusto. Media vuelta. Fuencarral. Al cruzar por delante de la portada de Ribera, “corruptor del buen gusto”, dirían Mesonero y compañía, dudo si echar un vistazo a las maquetas en relieve de Texeira y León Gil de Palacio. Suelen regalarme buenos momentos. Me dejo las pestañas, y no me canso, delante de estas muestras cartográficas de la ciudad. Admiro el arte y sabiduría que le echaron a sus obras.  Pero no, hoy no. Otro día será. Descuento números en dirección al centro. Es la hora en que comienza a brujulear el personal por las tiendas de moda que, quiérase o no, han revitalizado una calle por la que hace un par de lustros daba grima adentrarse. En el cruce con Infantas derroto a izquierdas. Otro aviso. El café mañanero, el fresquito y lo que deben ser las escasas dimensiones de mi vejiga me la suelen jugar habitual y reiteradamente y me veo obligado a ir planificando con tiempo una próxima parada y fonda para mis urgencias. Por Chueca habrá algún garito. Pero nada. En Infantas hay locales abiertos pero con camareros haciendo limpieza. Mi timidez me mata. Quien tiene vergüenza ni come ni almuerza. En plaza del Rey quizás. Tampoco. Debe ser cosa de fantasmas. Los de la Casa de las Siete Chimeneas. Seguro. Me preocupa el asunto porque cuando mi vejiga toma protagonismo es para tomárselo en serio. Enfilo por Barquillo en dirección a Alcalá. Creo que en Cibeles, al inicio del que fuera Salón del Prado, hay un mingitorio de esos que por 10 céntimos tienes derecho a música ambiental mientras disfrutas sosegadamente del verdadero descanso del guerrero. Voy apurado. De verdad. Llego a donde decía que se podía y… que si quieres arroz. Es un kiosko de banderas, imanes, camisetas, tazas y demás gilipolleces para turistas. Sí que al lado hay aseos pero cerrados. Actualmente un casi monumento visitable desde el exterior porque están fuera de uso. Escaleras en espiral, con barandilla de hierro. ¡Podrían estar abiertos, coño! Tienen su encanto pero no es momento. Vuelvo sobre mis pasos con los ojos ya vidriosos porque no me atrevo a seguir hasta el museo. Demasiado lejos. Recuerdo que junto al Gijón hay un aliviadero. Dejo a mi derecha a la diosa y su carro, la catedral de las Comunicaciones y el fantasma de Raimundita y, muy pero que muy concentrado, subo por Recoletos. En otras circunstancias me hubiera recreado en estos testimonios de la historia de la Villa y Corte. Otro día. Por fin. Allí está mi anhelado objetivo. Cerca de donde La Mariblanca fuera desvencijada hace algunas décadas. ¡No, por favor! ¡Ocupado! Encojo las piernas. Me arrugo. Saco fuerzas de flaqueza. Un minuto, dos, cinco. Creo que voy a rendirme pero está visto que el ser humano en circunstancias extremas da de sí más de lo que exige el sentido común. Diez minutos. Que no aguanto. Que no. Doblo por Prim. Escopetado. Pegado a la pared. Ya con serias urgencias. Juro que son más de las once y no hay nada abierto. Dos, tres cruces más y ante mí la plaza de Chueca. Albricias. Terrazas con algunas mesas ocupadas con esporádicos clientes. No me lo pienso y cual elefante en cacharerría empujo con atrevimiento el portón de entrada de uno de los colmados y meto cabeza, orejones y trompa. Mis ojos se topan con un bamboleante camarero que me saluda con una cómplice sonrisa y me orienta en el laberíntico e interminable peregrinaje. Me preparo el suplicante, improvisado, perentorio, obligado y humillante discurso. “Buenosdíasnoatiendenenlasmesasdóndeestáelservicioporfavor”. Por fin. Gracias nuevamente a todo el santoral en el que no creo. Con qué poco se puede contentar un hombre. Y dicen que la felicidad no existe. ¡Viva España! Aunque mejor se viviría con aseos públicos que pudieran mitigar las agonías de los flaneantes. Me han amargado la mañana. En mi cabeza se agolpan rebozados en indignación todos los tópicos al uso, que hoy creo más ciertos que nunca. Firme y rotundamente ciertos. No hay una ciudad de Europa, de las civilizadas, que no tenga aseos en condiciones. Pagando o sin pagar, me da igual. Señores alcaldes, concejales y demás ralea que ha mangoneado el ayuntamiento de la Villa y Corte en las últimas décadas, ¿A nadie se le ha ocurrido repartir unos cuantos urinarios públicos por el centro? Y no me digan que los hay porque no es la primera vez que con amargura, premura y desesperación constato que no están operativos pese a que ponga ocupado. ¿Qué es, presión del lobby de bares y restaurantes? ¿Cómo plantar cara los ciudadanos? Mear y no echar gota es imposible en estos casos. ¡Qué más quisiera uno! ¿Quizás pagar una multa de 600 euros? El grandísimo e irreverentísimo Francisco de Quevedo no sufriría por estas nimiedades. Ni sentiría ningún pudor por aflojarse la pretina en medio del asfalto o entre dos coches aparcados. O detrás de un contenedor de basura. Y en el peor de los casos siempre tendría una calle del Codo a mano y un ajustado soneto para denunciar este incalificable ataque a los derechos más básicos de los ciudadanos. Esto sí que es una auténtica felonía. Y de las gordas. Por cierto, su incompetencia, señores munícipes, me ha encabronado y por sus culpas he desaprovechado una mañana de domingo con la que llevo soñando desde el pasado lunes. ¡Yo acuso, señores gobernantes, aunque no pase de ser un Zola de tercera división! ¡Que les den a todos cuantos son, miserables! No me queda más remedio que dejar a un lado mis malos humos. Me rehago. Hasta otro día Prado. No tengo el ánimo para exquisiteces. Una semana más de trabajo, cuando menos, hasta una nueva visita. Apuro la copa de rueda con la que he festejado el final feliz de mi odisea y vuelvo por Prim hacia Recoletos. El insonorizado y esterilizado mingitorio debe de ser de atrezzo. Sigue poniendo ocupado. Acerco la oreja. Silencio. Silencio. Silencio. ¡Felones, hijos de…

 

 
Deja un comentario

Publicado por en febrero 13, PM en Sin categoría

 

Banco Pichincha

bravo murillo fotoPhoto by Adrianna Calvo on Pexels.com

Subo últimamente a menudo por Bravo Murillo. La librería Alcaná tiene la culpa. Mina de oro es para mí pues me permite hacerme con bibliotesoros que me permiten olvidar/aliviar la gris realidad del día a día. Buenos recuerdos tengo yo de esta barriada de Madrid, me digo, mientras emerjo de una sucesión interminable de escaleras mecánicas y ataco el último pasillo del metro, aún con azulejos blancos. Cuatro Caminos. Barriada popular y populosa desde mucho antes de que Alfonso XIII se fotografiara con los ojos deslumbrados, después tuneados, al dar su bendición al primer convoy Sol-Cuatro Caminos-Sol. Hoy sigue tan barriada por más que hayan desparecido de sus aceras obreros de colilla apagada en los labios, mono azul y alpargatas. Por mucho que sume más habitantes que la mayoría de las grandes ciudades españolas. Más de las 60.000 almas que Répide le suponía en su momento. Actualmente se han multiplicado. Glorieta de los Cuatro Caminos, a saber, cruz que configuran Aceiteros, Camino de Francia, Santa Engracia, Depósitos de Agua. Retrocedo veinte años y me veo con mi carpetilla de apuntes camino de Adams, sábado a las nueve de la mañana, preparando oposiciones. Buenos recuerdos porque el opositor es un ente invisible, sin personalidad aún y que pretende encontrarla en un oficio público. Seguridad, credenciales, contratos y eso. Calorcillo en definitiva. Ilusiones, zozobras, ya dos hijos. Miro la fachada norte de la plaza, donde estaba la academia. No queda nada de aquellos cartelones. Sí en mi memoria el recuerdo o pesadilla, no sé, de Marisa, que nos volvía locos.Y no de amor. De pronto citando a Odgen y Richards, Vigotsky, Skinner, Bernárdez, su puta madre, en una olla podrida sin pies ni cabeza que apestaba. De preparar los exámenes ya nos encargábamos nosotros. Y sin Internet. Y Fernardo, profesor de Literatura, profesional, sacrificado, docente, anónimo maestro de profesores. Que se dejaba la voz cada mañana sabatina sin un rictus de desagrado, sin una queja. ¿Dónde andarás? Seguro que ya jubilado/expulsado de esta tan maravillosa como vilipendiada profesión. Gente como tú ya no es bien vista en este oficio asaltado por políticos analfabetos, inspectores trepas y perfileros, piscopedagogos que en su vida han pisado un aula, orientadores y demás casquería. De ellos es el mundo, el triunfo y la fama. También la responsabilidad de que generaciones de adolescentes sean carne de cañón de reformas laborales cada vez más recortadoras de sueldos, derechos y posibilidades de vivir. Pero bueno, no dejemos que la realidad nos ensucie los buenos recuerdos. Traer a colación el pasado es ponerlo en valor. A lo que íbamos. Alcaná queda lejos, por la parada de metro de Tetuán. Marqués de Viana, bajando por la acera donde la antigua plaza de toros, la que explotó durante la guerra, el solar donde ahora se levanta el mercado. Ha habido muchas guerras, claro, pero me refiero a la guerra, nuestra guerra, la guerra, la guerra, la que citaban nuestros abuelos con ese artículo femenino singular, tan determinante él, concreto, esclarecedor y significativo. He salido en la glorieta porque prefiero pasear transitivamente Bravo Murillo, la Gran Vía proletaria del primer tercio del siglo XX, prolongación de Cuatro Caminos, Puerta del Sol del extrarradio. Tiro por la acera donde el merendero de Canuto, donde Mateo Morral se escondiera a última hora de la última tarde de mayo de 1906. Por allí, la taberna donde una tal Guiomar obligaba a un indigno por sumiso Antonio Machado a medio arreglarle los ripios que dicha dama, de alta cuna y menos alta cama, perpetraba. Ando deprisa. A ratos me paro. Estoy ya por el 160. Una empresa de saneamientos ocupa el solar del cine Europa en el que un día José Antonio Primo de Rivera y al siguiente Largo Caballero calentaban el ambiente allá por la primavera del 36 ante una masa dócil y dispuesta al martirio. ¡Cómo está la cosa hoy de recuerdos negativos, oye! Sigo caminando. Bravo Murillo 202. Aquí una tienda de ropa ha ocupado el espacio de la sala Carolina. 1979. Veo a la gente agolpada a las puertas, gallos y gallinas desplumados con crestas de colorines, imaginando a Auserón haciendo gárgaras y a Enrique Sierra punteando la guitarra antes de atacar el arde la calle al son de poniente hay… Hay tribus por aquí. Las que desde hace un tiempo han conquistado la zona proceden muchas de ellas del otro lado del charco. La conquista y colonización se ha vuelto del revés y eso se nota por estos andurriales donde lo moreno predomina. Para ellos ha abierto una sucursal el Banco Pichincha, brochazo exótico en medio del casticismo tetuanero, a espaldas de la europeísima, financierísima y futbolistísima Castellana. Varias señoras, orondas, bajitas y con kilos de cansancio cruzan el umbral con el bolso bien cogido bajo el brazo. Escasos pero entrañables, esforzados y valiosos ahorros arañados al hambre, para la abuela que ciuda al hijo allá, en algún apartado barranco en la periferia de Quito. Todo esto a dos pasos como quien dice de gentes cuyos zapatos pasan de la moqueta al taxi directamente sin necesidad de pisar el suelo. Pero no sólo indios de los de Colón copan las aceras. También indios de la India o de cerca. Asiáticos con matices raciales variopintos y jóvenes aborígenes menos jóvenes, con trabajo pero sin independencia, imposibilitados siquiera para alquilar un piso para sí. Españoles quiero decir. Cincuentones de coleta por detrás y cartón por delante con casi todas las batallas ya perdidas. Cruzo delante de escaparates de negocios de comida rápida chinos, peruanos, japoneses, tailandeses o vaya usted a saber. Kebás para los paisanos de Mahoma, también. Se me olvidaba. Por la acera de los impares llego al paso de peatones de la calle Tablada. Más Movida en su número 25. El garaje/local de ensayo de aquellos niños de papá que perseguían la fama son conocer siquiera el dorremí. Algunos la alcanzaron. Me entero que todavía sigue abierto y albergando las ilusiones de diletantes de la guitarra y la batería. Cruce con Marqués de Viana. Mercado de Tetuán de las Victorias donde el tercer coso taurino de Madrid. Teseos de Lavapiés o Embajadores aspirantes a ganarle la partida al minotauro. Trajes de luces de alquiler, sin mucho fulgor por desconchados y remendados. 7.000 personas, un día, quizás menos, vieron debutar a Manolete en los albores del siglo XX. Belleza arquitectónica neomudéjar, es decir, mucho ladrillo visto y arabescos. Por cierto, todavía quedan casitas bajas, de una o dos plantas, abandonadas a su suerte a la espera de la piqueta que ponga en valor la penúltima tropelía políticourbanística. Insignificantes, humildes viviendas que nos retrotraen al barrio que fue cuando aquellos años, cuando los traperos de madrugada enfilaban hacia Madrid a retirar del centro los restos del naufragio diario. Con su perrito atado al eje de la tartana. Baroja en estado puro. O Gutiérrez Solana con sus bailes domingueros de criadas cejijuntas. Cuatro Caminos, Tetuán, barrio a cuyos merenderos acudían los domingos las familias con su tortilla y su gaseosa a desintoxicarse del ajetreo urbano homenajeando sin saberlo a Fray Luis y su oda a la vida retirada. Beatus ille y beatus nosotros por poder disfrutar de ese ambiente campechano que nos envuelve aunque sólo sea con el recuerdo. Qué mismo da recordar, soñar o vivir. ¡Izquierda, ar! Marqués de Viana, 52. Aquí estoy, disfrutando cual gallo en gallinero ajeno.

 
Deja un comentario

Publicado por en enero 30, PM en Sin categoría