Esta vez la calle Meléndez Valdés me permite entrar a saco, como cuchillo en mantequilla que diría el tópico, en uno de los barrios que pueden presumir sin mayores añadidos de casticismo. Su nombre ya lo sugiere. ¡Chamberí! Sustantivo rotundo, potente y chulapón por su carácter de palabra aguda, cual puñetazo sobre la mesa, que nos retrotrae a un mundo de blusón, parpusa y pulgares en el chaleco, a pastores que llevaban sus rebaños extramuros de la ciudad y a edificios humeantes donde el barro se transformaba en teja. Y su musical adjetivo, chamberilero, es decir, del foro, de pura estirpe madrileña, referido tanto a personas como cualquier otro objeto material o cultural propio de la villa y corte. Y qué se puede añadir al campechano verbo chamberilear, u séase, darse tono, bien por las agosteñas verbenas en busca de una Casta o una Susana a quien requebrar, bien en cualquier otra circunstancia donde el madriles de turno se vea en la obligación de sentar cátedra frente a algún forastero. Que todos tenemos nuestro orgullo y nuestra pelusilla patriotera.
Pero que nadie se me venga demasiado arriba y vayamos con la historia etimológica del lugar. El topónimo Chamberí nada tiene que ver -es lo que dicen los historiadores- con la ciudad homónima francesa, ni con Napoléon, es decir, con las tropas francesas que acamparon en lo que hoy es la plaza que da nombre al barrio y donde los gabachos fueron atacados por nuestros héroes malasañeros antes de caer derrotados en el cuartel de Monteleón. Nada tiene que ver oficialmente con el entorno de la guerra de la Independencia pues la denominación por la que hoy en día conocemos esa zona norte de Madrid ya aparece en documentos oficiales de la segunda mitad del siglo XVIII, es decir, bastante antes de que la soldadesca gala intentara apoderarse de la piel de toro. En todo caso, barrio con personalidad de tal sin caer en afectado localismo por el que pasear un día fresquito de febrero, atravesando en dirección este la calle a la que da nombre el poeta extremeño de mentalidad ilustrada pero con dejes prerrománticos que tan bien maridaban con su carácter melancólico.
Media mañana, gentes a sus ajetreos diarios, carritos de la compra, saludos familiares y reiterados al cruzarse el personal en las aceras, caricias a perritos del vecino mientras se comentan las anomalías meteorológicas, y discretos fumadores, marginados, apestados, sentados en altanero taburete a la puerta del bar, impermeables ante las inquisidoras miradas de los modernos cancerberos de la moral privada y ajena. Zigzagueo por Blasco de Garay, rúa dedicada al marino emprendedor que luchó al servicio de Carlos I y que tentó a la suerte persiguiendo mejoras en la navegación marítima con desigual resultado. Tomo ahora la mano derecha para internarme por Fernando el Católico, el rey aragonés que no tuvo tanta suerte como su esposa y debió conformarse con una calle de barriada, alejada del más prestigioso centro, de esa Gran Vía junto a la que parte en dirección a Santo Domingo la dedicada a la hermanastra de Enrique IV. Transito recto ya hacia el este. Cruzo la calle Galileo, junto al teatro al que daba nombre dicha vía y que actualmente esta dedicado a un vecino del barrio, heterodoxo donde los haya, cáustico, irónico, punzante, mordaz, satírico… Sí, el genial Quique San Francisco, recientemente fallecido y que dejó en los buenos degustadores de la incorrección política un poso de amargura y un vacío difícilmente reparable. Creo que no exagero al decir que nadie como él supo llevar adelante el carpe diem desasiéndose de las pasiones y egoísmos mundanos y disfrutando cada minuto de su vida sin importarle quemarla a diario en pro de un personalísimo sentido del disfrute. En fin, ya brindaremos por él cuando cuadre.
Y es que, hablando de muertos, nos vamos acercando a la zona de los antiguos cementerios, desde el General del Norte hasta el de la Patriarcal, popularmente conocido como Campo de las Calaveras, por los cráneos abandonados que aún se podían encontrar después de la Guerra Civil y que en casos extremos llegaron a servir a los mozalbetes de la época para jugar al fútbol. Esto me lo comentaba, con la firmeza de quien no permite que se dude de sus palabras, un viejo e iluso luchador de la pluma, que se había dejado el pellejo en inútiles peleas por las libertades democráticas, cuatrocaminero de origen, con el que compartí redacción durante un tiempo y quien me confiara el secreto para llevar con orgullo las sucesivas derrotas con que la vida recompensa nuestros sisifescos afanes. Sabrosas batallas de abuelo, de vuelta de todo, aderezadas por el traqueteo litúrgico de las olivetti y entre tipómetros y el nervioso ronroneo de los teletipos. Primeros e ilusionantes años de estancia en una entonces absolutamente desconocida Madrid.
Algún camposanto más se instaló por estos barrios, recuerdo el de San Martín, creo que por donde ahora las instalaciones de Vallehermoso. Y alguno más cuyo nombre se me escapa. Les recuerdo, Carlos III había ordenado que, por razones de salubridad, los enterramientos se prohibieran tanto en el interior como en los aledaños de iglesias y conventos. Poco caso se le hizo al que pasa por haber sido el mejor alcalde de la capital hasta que con José Bonaparte se impuso el sentido común y se inició la construcción de los camposantos extramuros. Creo que fue el General del Norte, llamado también de Fuencarral, el primero en abrir sus puertas. Y dice la leyenda que la primera persona en ser inhumada fue la condesa de Jaruco, amante del propio rey francés. La leyenda continúa con el desenterramiento del cadáver de la dama la noche del mismo día de sus exequias y su posterior traslado, a cencerros tapados, al palacio de la calle del Clavel, escenario habitual de los encuentros amorosos con su amado. Bajo el árbol que tantas noches los cobijó allí parece ser que fue depositado el cuerpo inerte de María Teresa Montalvo O´Farrill, que estos eran los historiados nombre y apellidos de la bellísima habanera. Sufrieron traslados similares otros fallecidos ya santificados en vida por los laureles de la fama. Es el caso de Larra o el pintor Luis Rosales, por citar algunos entre muchos, cuyos restos fueron depositados en el panteón de artistas de San Justo después de entretenidos paseos por otros camposantos de la villa y corte. Tampoco está mal el lugar definitivo de reposo. O el poeta Manuel José Quintana, cuyo mausoleo aún se puede visitar en la necrópolis de la Almudena, a donde fue trasladado al desmantelarse el Campo de las Calaveras.
Desaparecieron desafortunadamente numerosos cementerios para desgracia de la historia y de las futuras generaciones y en una clara muestra de irrespetuosidad hacia los propios fallecidos. Y desparecieron por lo de siempre. La ciudad crecía, las costuras de la cerca de Felipe IV reventaban sin remisión y la especulación hizo una vez más acto de presencia. Obviamente, lo que hoy es calle Magallanes y alrededores se convirtió de un día para otro en una apetitosa perita en dulce si de terrenos para recalificar hablamos. Bien estaba que la ciudad creciera lo más cerca del centro pero no a costa de arrasar con el último lugar de reposo de nuestros antepasados. Sin embargo, el egoísmo financiero y el lucro rápido se impusieron a la inversa que en otros países desarrollados de nuestro entorno que, en situaciones similares, preservaron sus camposantos de la acción de la piqueta para disfrute de las generaciones venideras y respeto hacia sus antepasados. Será que los españoles en general y los madrileños en particular somos más prácticos que bucólicos. En fin, subrayen este comentario las palabras que dejó escritas hace más de un siglo Pedro de Répide en lo que se refiere al poco aprecio que tanto desde el punto de vista sentimental como artístico merecieron a los políticos de su tiempo las necrópolis del entonces extrarradio de la villa y corte: “Varias veces hemos tratado el tema de los cementerios viejos y hemos sostenido la teoría contraria a su desaparición. Madrid es en esto una excepción entre todas las capitales civilizadas que conservan con cariñosa veneración los campos mortuorios dentro de la población. Ello es un símbolo de cultura y un positivo consuelo para quienes pueden tener cerca y cubrir frecuentemente de flores el lecho de tierra en que reposan sus seres queridos. Sólo aquí se atenta contra esos lugares al impulso de rastreras codicias que no se detienen ni ante la majestad de la muerte y el respeto al supremo misterio”. Dicho queda por el Ciego de Las Vistillas con claridad meridiana, la suficiente como para que hagamos un alto en el camino de nuestro periplo por la geografía de Chamberí y reflexionemos sentados en un banco en la plaza del conde del Valle de Suchil o caminando cabizbajos por las aceras de calles tan señaladas como Rodríguez de San Pedro, Magallanes, Fernández de los Ríos, Vallehermoso o Arapiles, en dirección a la glorieta presidida por la siempre abandonada al capricho de las aves estatua de don Francisco de Quevedo. Otro día continuaremos con nuestro periplo. Los humores se están atravesando en la garganta porque todo lo relacionado con los designios la parca son palabras mayores. Al menos para mí. Como dejara escrito para la posteridad Antonio Machado “un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio”. Que desaparezcan los camposantos con sus obras de arte y, sobre todo, con lo que supone de recuerdo y homenaje a nuestros antepasados, es algo que nos debe hacer meditar sobre la falta de humanidad o el materialismo llevado al extremo en esta sociedad que camina desbocada no se sabe bien hacia dónde ni con qué objeto.















