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Barrio de Chamberí, casticismo de marca en la zona cero de los antiguos cementerios del norte

Mercado de Vallehermoso. Foto Wikipedia

Esta vez la calle Meléndez Valdés me permite entrar a saco, como cuchillo en mantequilla que diría el tópico, en uno de los barrios que pueden presumir sin mayores añadidos de casticismo. Su nombre ya lo sugiere. ¡Chamberí! Sustantivo rotundo, potente y chulapón por su carácter de palabra aguda, cual puñetazo sobre la mesa, que nos retrotrae a un mundo de blusón, parpusa y pulgares en el chaleco, a pastores que llevaban sus rebaños extramuros de la ciudad y a edificios humeantes donde el barro se transformaba en teja. Y su musical adjetivo, chamberilero, es decir, del foro, de pura estirpe madrileña, referido tanto a personas como cualquier otro objeto material o cultural propio de la villa y corte. Y qué se puede añadir al campechano verbo chamberilear, u séase, darse tono, bien por las agosteñas verbenas en busca de una Casta o una Susana a quien requebrar, bien en cualquier otra circunstancia donde el madriles de turno se vea en la obligación de sentar cátedra frente a algún forastero. Que todos tenemos nuestro orgullo y nuestra pelusilla patriotera.

Pero que nadie se me venga demasiado arriba y vayamos con la historia etimológica del lugar. El topónimo Chamberí nada tiene que ver -es lo que dicen los historiadores- con la ciudad homónima francesa, ni con Napoléon, es decir, con las tropas francesas que acamparon en lo que hoy es la plaza que da nombre al barrio y donde los gabachos fueron atacados por nuestros héroes malasañeros antes de caer derrotados en el cuartel de Monteleón. Nada tiene que ver oficialmente con el entorno de la guerra de la Independencia pues la denominación por la que hoy en día conocemos esa zona norte de Madrid ya aparece en documentos oficiales de la segunda mitad del siglo XVIII, es decir, bastante antes de que la soldadesca gala intentara apoderarse de la piel de toro. En todo caso, barrio con personalidad de tal sin caer en afectado localismo por el que pasear un día fresquito de febrero, atravesando en dirección este la calle a la que da nombre el poeta extremeño de mentalidad ilustrada pero con dejes prerrománticos que tan bien maridaban con su carácter melancólico.

Trasera del teatro Quique San Francisco, antes Galileo. Foto La Razón.

Media mañana, gentes a sus ajetreos diarios, carritos de la compra, saludos familiares y reiterados al cruzarse el personal en las aceras, caricias a perritos del vecino mientras se comentan las anomalías meteorológicas, y discretos fumadores, marginados, apestados, sentados en altanero taburete a la puerta del bar, impermeables ante las inquisidoras miradas de los modernos cancerberos de la moral privada y ajena. Zigzagueo por Blasco de Garay, rúa dedicada al marino emprendedor que luchó al servicio de Carlos I y que tentó a la suerte persiguiendo mejoras en la navegación marítima con desigual resultado. Tomo ahora la mano derecha para internarme por Fernando el Católico, el rey aragonés que no tuvo tanta suerte como su esposa y debió conformarse con una calle de barriada, alejada del más prestigioso centro, de esa Gran Vía junto a la que parte en dirección a Santo Domingo la dedicada a la hermanastra de Enrique IV. Transito recto ya hacia el este. Cruzo la calle Galileo, junto al teatro al que daba nombre dicha vía y que actualmente esta dedicado a un vecino del barrio, heterodoxo donde los haya, cáustico, irónico, punzante, mordaz, satírico… Sí, el genial Quique San Francisco, recientemente fallecido y que dejó en los buenos degustadores de la incorrección política un poso de amargura y un vacío difícilmente reparable. Creo que no exagero al decir que nadie como él supo llevar adelante el carpe diem desasiéndose de las pasiones y egoísmos mundanos y disfrutando cada minuto de su vida sin importarle quemarla a diario en pro de un personalísimo sentido del disfrute. En fin, ya brindaremos por él cuando cuadre.

Grabado sin fecha de La Patriarcal. Blog Cementerios de Madrid

Y es que, hablando de muertos, nos vamos acercando a la zona de los antiguos cementerios, desde el General del Norte hasta el de la Patriarcal, popularmente conocido como Campo de las Calaveras, por los cráneos abandonados que aún se podían encontrar después de la Guerra Civil y que en casos extremos llegaron a servir a los mozalbetes de la época para jugar al fútbol. Esto me lo comentaba, con la firmeza de quien no permite que se dude de sus palabras, un viejo e iluso luchador de la pluma, que se había dejado el pellejo en inútiles peleas por las libertades democráticas, cuatrocaminero de origen, con el que compartí redacción durante un tiempo y quien me confiara el secreto para llevar con orgullo las sucesivas derrotas con que la vida recompensa nuestros sisifescos afanes. Sabrosas batallas de abuelo, de vuelta de todo, aderezadas por el traqueteo litúrgico de las olivetti y entre tipómetros y el nervioso ronroneo de los teletipos. Primeros e ilusionantes años de estancia en una entonces absolutamente desconocida Madrid.

Algún camposanto más se instaló por estos barrios, recuerdo el de San Martín, creo que por donde ahora las instalaciones de Vallehermoso. Y alguno más cuyo nombre se me escapa. Les recuerdo, Carlos III había ordenado que, por razones de salubridad, los enterramientos se prohibieran tanto en el interior como en los aledaños de iglesias y conventos. Poco caso se le hizo al que pasa por haber sido el mejor alcalde de la capital hasta que con José Bonaparte se impuso el sentido común y se inició la construcción de los camposantos extramuros. Creo que fue el General del Norte, llamado también de Fuencarral, el primero en abrir sus puertas. Y dice la leyenda que la primera persona en ser inhumada fue la condesa de Jaruco, amante del propio rey francés. La leyenda continúa con el desenterramiento del cadáver de la dama la noche del mismo día de sus exequias y su posterior traslado, a cencerros tapados, al palacio de la calle del Clavel, escenario habitual de los encuentros amorosos con su amado. Bajo el árbol que tantas noches los cobijó allí parece ser que fue depositado el cuerpo inerte de María Teresa Montalvo O´Farrill, que estos eran los historiados nombre y apellidos de la bellísima habanera. Sufrieron traslados similares otros fallecidos ya santificados en vida por los laureles de la fama. Es el caso de Larra o el pintor Luis Rosales, por citar algunos entre muchos, cuyos restos fueron depositados en el panteón de artistas de San Justo después de entretenidos paseos por otros camposantos de la villa y corte. Tampoco está mal el lugar definitivo de reposo. O el poeta Manuel José Quintana, cuyo mausoleo aún se puede visitar en la necrópolis de la Almudena, a donde fue trasladado al desmantelarse el Campo de las Calaveras.

Pedro de Répide en su juventud. Foto Wikipedia.

Desaparecieron desafortunadamente numerosos cementerios para desgracia de la historia y de las futuras generaciones y en una clara muestra de irrespetuosidad hacia los propios fallecidos. Y desparecieron por lo de siempre. La ciudad crecía, las costuras de la cerca de Felipe IV reventaban sin remisión y la especulación hizo una vez más acto de presencia. Obviamente, lo que hoy es calle Magallanes y alrededores se convirtió de un día para otro en una apetitosa perita en dulce si de terrenos para recalificar hablamos. Bien estaba que la ciudad creciera lo más cerca del centro pero no a costa de arrasar con el último lugar de reposo de nuestros antepasados. Sin embargo, el egoísmo financiero y el lucro rápido se impusieron a la inversa que en otros países desarrollados de nuestro entorno que, en situaciones similares, preservaron sus camposantos de la acción de la piqueta para disfrute de las generaciones venideras y respeto hacia sus antepasados. Será que los españoles en general y los madrileños en particular somos más prácticos que bucólicos. En fin, subrayen este comentario las palabras que dejó escritas hace más de un siglo Pedro de Répide en lo que se refiere al poco aprecio que tanto desde el punto de vista sentimental como artístico merecieron a los políticos de su tiempo las necrópolis del entonces extrarradio de la villa y corte: “Varias veces hemos tratado el tema de los cementerios viejos y hemos sostenido la teoría contraria a su desaparición. Madrid es en esto una excepción entre todas las capitales civilizadas que conservan con cariñosa veneración los campos mortuorios dentro de la población. Ello es un símbolo de cultura y un positivo consuelo para quienes pueden tener cerca y cubrir frecuentemente de flores el lecho de tierra en que reposan sus seres queridos. Sólo aquí se atenta contra esos lugares al impulso de rastreras codicias que no se detienen ni ante la majestad de la muerte y el respeto al supremo misterio”. Dicho queda por el Ciego de Las Vistillas con claridad meridiana, la suficiente como para que hagamos un alto en el camino de nuestro periplo por la geografía de Chamberí y reflexionemos sentados en un banco en la plaza del conde del Valle de Suchil o caminando cabizbajos por las aceras de calles tan señaladas como Rodríguez de San Pedro, Magallanes, Fernández de los Ríos, Vallehermoso o Arapiles, en dirección a la glorieta presidida por la siempre abandonada al capricho de las aves estatua de don Francisco de Quevedo. Otro día continuaremos con nuestro periplo. Los humores se están atravesando en la garganta porque todo lo relacionado con los designios la parca son palabras mayores. Al menos para mí. Como dejara escrito para la posteridad Antonio Machado “un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio”. Que desaparezcan los camposantos con sus obras de arte y, sobre todo, con lo que supone de recuerdo y homenaje a nuestros antepasados, es algo que nos debe hacer meditar sobre la falta de humanidad o el materialismo llevado al extremo en esta sociedad que camina desbocada no se sabe bien hacia dónde ni con qué objeto.

 
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Publicado por en febrero 24, AM en Entornos

 

Por la plaza de Santa Ana en nostálgica y soleada mañana de un amable invierno

Plaza de Santa Ana. Foto Wikipedia

No tengo por hábito asentar mis reales por la plaza de Santa Ana. De paso suelo cruzarla con relativa frecuencia, es cierto, pero no sabría justificar por qué no acostumbro a hacer parada y fonda en un ágora que, por otra parte, está repleta de castiza historia madrileña, de lugares señeros en el devenir de la ciudad desde tiempos del segundo de los Felipes, cuando el teatro se convirtió en espectáculo de masas y diversión democrática para toda la población, desde el noble más encopetado hasta el más humilde de los menestrales. Ahí está al este nada menos que el antiguo corral de doña Isabel Pacheco transformado por mor del paso de los siglos en teatro Español, probable alfa y omega del devenir histórico no solo de la plaza sino de todo un barrio. Pero no sólo de literatura vive la plaza de Santa Ana. Ahí está también, en este caso al norte, el palacio de Teba, convertido con el paso de los años en hotel Victoria o como se llame en la actualidad. Palacio de la condesa de Montijo, María Manuela Kirkpatrick, de su hija Eugenia, emperatriz de Francia, y de su otra hija, duquesa de Alba y conocida en su siglo como Paca Alba. Hotel desde las primeras décadas del siglo XX, famoso por que en él solían tomar aposento las gentes de la tauromaquia, con sus supersticiones y fantasmas personales. Ya saben, si a Manolete no le entregaban la llave de la habitación de siempre, la 220, se negaba a torear por temor al mal fario. Más allá, los azulejos del Villa Rosa, a la derecha, tirando para la calle de la Gorguera, pared con pared con el hotel y haciendo esquina con el valleinclanesco Callejón del Gato. Azulejos siempre señoritos más allá de su incuestionable belleza artística. Si hablaran y contaran lo que han visto más de un personaje de alta estirpe se avergonzaría en su tumba. Y qué me dicen de la historia de las cervecerías santaneras, con un recuerdo especial para la Alemana, teatro de algún que otro desbarre del animal más bello de la creación. Sí, doña Ava Gardner, siempre acompañada de un numeroso séquito de aduladores a la espera de que esa noche los dioses de la lotería del revolcón fuera generosos. Plaza de Santa Ana o plaza de la cerveza, según la habitual agudeza mental de Mariano de Cavia.

Recuerdos que se proyectan hacia atrás en el tiempo, ahora arquitectónicos o religiosos o ambos, cuando aquí se erigió el convento que da nombre a la explanada y por donde pasó, dicen, san Juan de la Cruz e incluso Santa Teresa tuvo arte y parte en el diseño del cenobio. Hasta que llegó José Bonaparte y abrió la explanada al disfrute popular. Años después se instalaría la estatua del Furor, con su armadura desmontable para que el emperador Carlos V pudiera descansar y acomodarse tras sus esfuerzos bélicos. No la busquen que no está. Vayan al museo del Prado y en una vez traspasados los tornos de entrada pueden observar la fuerza y el vigor que desprende. El monumento que la sustituyó rinde homenaje a quien completó la evolución del teatro español en su dorado siglo XVII, don Pedro Calderón de la Barca. Ahí lo tenemos luciendo su palmito mientras casi a las puertas del teatro, un empequeñecido Lorca parece querer llamar la atención echando a volar una paloma. Y el recuerdo de la calle de la Lechuga, en lo que hoy sería la vertiente norte de la plaza, con sus puestos de venta de pájaros cantores y otras aves de adorno y compañía familiar que hoy harían poner el grito en el cielo a tanto ecologista de escaparate y subvención. Estos y otros datos han hecho de la plaza de Santa Ana el centro neurálgico del que parten las expediciones turísticas para recorrer el barrio de Huertas, más putas que puertas. Barrio hoy bautizado definitivamente de Las Letras que acogía en sus años de esplendor a gentes de mal vivir ejemplificadas en las sacerdotisas del amor al por menor pero también en las y los profesionales de la farándula con quienes aquellas y sus rufianes convivían de forma más o menos respetuosa. Barrio, de comediantes, es decir, gentes de poco fiar.

Monumento a Calderón de la Barca. Foto Guía Madrid 2024

Y como afirmaba al principio de este artículo, lo cierto es que no es uno de mis abrevaderos o lugares de reposo preferidos. Quizás será que no le veo genuina alma madrileña. O tipismo. Algo tiene que no acaba de convencerme. Quizás los demasiados negocios de restauración al uso actual, es decir, franquiciados. Sin embargo, para contradecirme a mí mismo, días atrás decidí arrellanarme en la terraza de uno de estos chiringuitos apergolados. La mañana fenomenal desde el punto de vista climatológico, el ambiente relajado y nada atestado que se respiraba a la hora del ángelus y el que las tripas demandaran un poco de atención quejándose amargamente, me obligaron a hacer un alto en mi disciplinado caminar para dar descanso a mis piernas y un poco de trabajo a mis posaderas. Por otra parte, la conveniencia de cambiar de ambientes de vez en cuando so pena de abotagarme y repetirme como el ajo también sumaba. Y no estuvo nada mal la relación del precio con la calidad del producto, tanto que permanecí casi tres horas satisfaciendo tanto mis apetitos gastronómicos como los intelectuales. Recordando, recordando comencé a reírme hacia mis adentros con el personaje de Miguel Mercader quien relata en la novela de Cela que actualmente me encuentro releyendo Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid, cómo, sin comerlo ni beberlo, se ve inmerso en esta plaza de Santa Ana en una pelea entre dos pandillas de embrutecidos mozalbetes, cachorros políticamente útiles en una época de desagradable recuerdo. Sin arte ni parte, dice Mercader, sufre un golpe que lo hace sangrar y que le llevará al dispensario de la calle de la Ternera donde acaba de llegar el cadáver aún caliente del teniente Castillo. Es 12 de julio de 1936, no lo olvidemos. El personaje novelesco es entrevistado por un despistado periodista que, confundiendo dos sucesos diferentes, le pregunta por los tiros del atentado. Se da inicio a una conversación de besugos donde los malentendidos hacen que la ironía y el humor negro brillen con inigualable maestría. La reacción de Mercader ante preguntas fuera de lugar no es para contarla aquí sino para leerlo directamente de la pluma del genio de Iria Flavia. En ese tono cáustico y a ratos sarcástico describe el escritor con exquisito gracejo, pese a lo dramático de la situación, la estupefacción que envuelve al personaje al ser confundido con uno de los heridos en el atentado de Castillo. El experimentalismo literario está presente una vez más en esta narración con un continuo monólogo interior que, a su vez, sirve de vehículo al escritor para describir el ambiente previo e inmediatamente posterior al estallido del conflicto, reflejando las preocupaciones cotidianas de la gente de a pie mientras el país va camino del desmoronamiento. El abanico de comentarios de los anónimos ciudadanos abarca desde el del oscuro e insignificante diputado de provincias que se encuentra a pupilaje en una pensión de la calle Ventura de la Vega, y que tranquiliza al preocupado vecino que le interroga sobre cómo va a acabar todo esto, hasta las sabrosas controversias que los fieles parroquianos de los prostíbulos de las calle Naciones, Ayala y Alcántara mantienen entre sí haciendo antesala y que oscilan entre el pesimismo extremo y la más absoluta despreocupación ante la situación política. La vida cotidiana se refleja en el seco comentario de un sereno a quien le preocupa fundamentalmente su reúma, en la hartura de una criada ante el carácter de su ama, en la frustración de un homosexual mirón que se esconde entre los setos del Botánico a la caza y captura de una agradable visión furtiva o el enfado de un estudiante de oposiciones ante la recriminación paterna por su vagancia y falta de madurez. Seres todos ellos inermes e impotentes para frenar una barbarie que se presume como inevitable. El título de la novela ya es significativo de por dónde van los tiros, nunca mejor dicho, es decir,

Fachada del teatro Español. Foto La Cerca

Sobre todo ello reflexionaba yo en la plaza de Santa Ana mientras remataba la matinée con el café de sobremesa y disfrutaba de los rayos de sol de este tan amable invierno. Mala sangre me producía recordar épocas siniestras de la historia de España más allá de los valores literarios de la novela de Camilo José Cela. Es por ello que intenté alejar los pensamientos negativos volviendo de nuevo la mirada hacia el hotel que siglos atrás fuera el domicilio de la duquesa de Teba, gran anfitriona al decir de los libros de historia, y donde en más de una ocasión se hospedó Próspero Merimée, invitado por la condesa que lo consideraba íntimo amigo. Por cierto, dicen que el literato parisino se inspiró en una bella madrileña de rompe y rasga que transitaba por la plaza de Santa Ana regularmente para su personaje de Carmen. Otros afirman que sencillamente fue la propia Manuela Kirkpatrick el referente en el que se basó el escritor. Recuerdos, como el de las monjas de la calle Visitación, actual Fernández y González, que fueron trasladadas a la calle Santa Isabel para evitar contagiarse de los malos ejemplos de las gentes del teatro, con quienes se avecindaban pared con pared. Más recuerdos, como los de las tumultuosas reuniones de los románticos del Parnasillo, o del café de Sólito con sus Larra, Espronceda, Mesonero, Olózaga, Hartzenbusch y demás adalides del sturm and drang. Recuerdos, cómo no, de los carruajes parando ante las puertas del teatro del Príncipe y haciendo bueno el mucha mierda mientras dentro la cazuela rebosaba y el apretador no daba abasto, con los mosqueteros en medio del patio prestos a calentar el ambiente en contra de algún rival de Lope. ¡Cuántos recuerdos y cuánta historia! Tanto de grandes hazañas como de menudas anécdotas. ¡Y cuánto más se va quedando con el paso del tiempo en el tintero del olvido!

 
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Publicado por en febrero 21, AM en Entornos

 

Del teatro Pavón a los Altos del Hipódromo, la encerrona que marcó la vida de Miguel de Molina

Miguel de Molina en su juventud. Foto Wikipedia

No recuerdo cómo me encontré con esta historia, la de la paliza que le dieron al tonadillero Miguel de Molina el año 39, recién acabada la guerra, y que desencadenó su alejamiento de España de forma definitiva. Tal vez alguna alusión a Basilio Martín Patiño en algún periódico o pudiera ser algún comentario en alguna tertulia televisiva. Quizás alguna referencia en textos que hablen de la posguerra. De verdad que, por más que hago memoria, no recuerdo el momento ni el lugar concreto. Lo único cierto es que me veo visionando en youtube la película Canciones para después de una guerra donde el cantante malagueño entona con su habitual maestría La hija de don Juan Alba. Mi cabeza barruntaba una historia truculenta relacionada con este intérprete de coplas. Pero poco más. La cuestión es que comencé a saltar de enlace en enlace en la red hasta ir enhebrando los hechos que tienen como eje central un frustrado asesinato, o simplemente una vil venganza, o una zurra ejemplarizante para homosexuales y gentes afines al bando perdedor de la guerra, o asunto de boyantes negocios con beneficios egoístamente repartidos. O todo a la vez. Nunca sabremos realmente las motivaciones ni el alcance del execrable apaleamiento que sufrió la persona de Miguel de Molina una madrugada serena, de cielo raso y penetrante helada, con el relente haciendo el resto en La Castellana, en los denominados Altos del Hipódromo, es decir, por donde los Nuevos Ministerios.

 Pero vayamos por partes. Recién acabada la Guerra Civil. Miguel de Molina, cantante de copla sin igual que antes del conflicto podía presumir de cobrar 5000 pesetas por actuación, se embarca junto a su compañía en una gira por el norte de España. Se trata de endulzar mínimamente los paladares de una ciudadanía exhausta por tres años de sufrimiento, carencias, desgracias personales y familiares y llantos estridentes, reprimidos o simplemente callados. O, visto desde otra perspectiva, la burguesía adicta al bando vencedor que ansía presumir de su situación disfrutando con espectáculos que le devuelvan la sonrisa tras tantos sinsabores. Por su parte, el artista malagueño es, con diferencia, el cancionista más valorado en su género. Lo ha sido durante los años de la Segunda República y los que ha durado el enfrentamiento, donde se ha significado por acudir a diversos frentes de batalla, actuando de forma más o menos desinteresada para elevar la moral de las tropas afines al gobierno republicano. Sin embargo, caprichos del destino, la moneda ha caído cruz y ahora hay que sobrevivir a las circunstancias e intentar sacar la cabeza en un paisaje diferente donde sus actuaciones se pagan a 500 pesetas, diez veces menos que tres años antes. Pero no hay elección. La gira comienza por el País Vasco. San Sebastián, Bilbao, Vitoria. Después, la cornisa cantábrica, con Santander, Oviedo, Gijón. Tras llenar todos los teatros de esas ciudades ahora también pone el cartel de no hay billetes en los de la geografía gallega. Después, vuelta hacia la capital con previa parada en Zamora, Burgos y Valladolid. Los aplausos son ensordecedores y el éxito, el habitual y previsible. A nadie sorprende. Regresa por fin la compañía a la villa y corte. En el teatro Pavón, en la calle Embajadores, se produce su presentación en Madrid con Franco vencedor. La sala, de bote en bote. No podía ser de otra manera. Qué menos. Apoteosis, bises y demás muestras de entrega mutua por parte de público y cantante. El telón baja definitivamente y se hace el silencio. Los corrillos se van deshaciendo progresivamente. Cada mochuelo a su olivo. Sólo quedan ya en el teatro Miguel y sus más cercanos comentando las interioridades de menor cuantía propias del momento y esbozando los planes del inmediato futuro. De repente, tres individuos de mucho empaque, vestidos de un blanco que inspira de todo menos pureza, cuasi uniformados, con sus negros correajes y sus boinas a juego y con el rostro serio, muy serio, “disfrazaditos como en una zarzuela antigua”, comentaría el propio cantante al relatar los pormenores del suceso muchos años más tarde. Se dirigen directamente a Miguel, a quien conminan a que les siga. El director general de Seguridad le espera en su despacho. El tonadillero tiene la mosca detrás de la oreja porque el propio director general de Seguridad está entre las tres personas que a él se dirigen con ese mandato. No es otro que José Finat y Escrivá de Romaní, nada menos que el conde de Mayalde, personaje de mucho poder durante las primeras décadas del nuevo régimen que incluso llegaría a ser alcalde de Madrid. Miguel lo conoce, perfectamente lo conoce. El asunto no le huele nada bien. Acompañan a Finat el conocido falangista Sancho Dávila y un tercero, al que él nunca nombró directamente. Eso sí, el propio De Molina en la entrevista que en 1990 concede a Carlos Herrera en Buenos Aires para su programa de Canal Sur apuntó que se trataba de alguien muy cercano al canciller, entendiendo por tal canciller el cuñadísimo, don Ramón Serrano Suñer. Da pistas suficientes para concretar algún nombre pero mejor que cada cual investigue por su cuenta porque pudiéramos equivocarnos.

Fachada del teatro Pavón. Foto Wikipedia

Expuestas las intenciones por parte del triunvirato, a Miguel de Molina lo introducen en un vehículo privado y lo sacan Embajadores abajo en dirección a la Ronda de Toledo. De ahí hacia la glorieta de Atocha y después acelerón Prado arriba. Al transitar por Cibeles, el cantante se da perfecta cuenta de que no se sigue el camino que lleva a la Dirección General de Seguridad. Se lo comunica a sus captores. “Ya te enterarás pronto dónde vamos”. Continúan por Recoletos y llegan a los denominados Altos del Hipódromo, por donde los Nuevos Ministerios, entonces en construcción. Allí paran el vehículo, lo sacan a empellones y… Le dan hasta en el carné de identidad. Para qué nos vamos a andar con rodeos. Reiterados golpes con las culatas de sus pistolas, «me dolían tanto que pensaba que eran disparos». Le rapan sus personalísimos caracolillos de mala manera pero con toda la violencia y la saña que fueron capaces de generar los impunes verdugos. Lo dejan sin la mitad de la dentadura y lo atiborran de aceite de ricino hasta provocarle unos irreprimibles vómitos que llegan incluso a ensuciar los inmaculados trajes de sus asesinos. Y lo abandonan hecho un ovillo en la acera, sin sentido, pensando que lo han pasaportado. Según el propio testimonio de Miguel de Molina, la helada de la noche le salvó la vida pues el frío y la humedad del relente posibilitaron el venir en sí tras la paliza. Un taxi lo devuelve al centro, al número 9 de Embajadores, al teatro Pavón. El conductor lo reconoce pero Miguel le pide que no denuncie ni comente a nadie el suceso. La posibilidad de que vengan a rematarlo si se enteran de que lo han dejado con vida le genera auténtico pavor.

Las razones que llevaron a ensañarse con el artista están lejos de haberse desvelado. Se repite lo de siempre en casos como este o como el de Lorca, es decir, “por rojo y por maricón”. Pero no todo es tan simple. La significación política no está tan clara. Aparte de actuar por imperativo legal para las tropas republicanas, indudablemente alguna manifestación pública podría haber pronunciado durante la guerra en pro de los más desfavorecidos, no tanto por militancia partidista como por solidaridad de clase, atendiendo a sus humildes orígenes. Su condición de homosexual pudiera ser razón de peso, algo incuestionable en aquellas calendas aunque una persona de su trayectoria y prestigio bien podría salvarse de ser perseguido por ello. Porque más allá de los tópicos, si pertenecías a una cierta élite social se podía y solía mirar para otro lado. Y Miguel de Molina no estaba mal relacionado. Ejemplo parecido lo tenemos en el escritor Jacinto Benavente, por otra parte amigo íntimo del propio tonadillero, dramaturgo de prestigio incuestionable cuya homosexualidad nadie se atrevía a discutir. Se ha achacado a temas empresariales la paliza recibida e incluso se ha aludido a celos entre gente del mundillo gay de entonces. En estos casos suele suceder que todos esos pequeños factores van sumando y contribuyen a completar un argumento que conduce a un desenlace que acaba yéndose de las manos.

Altos del Hipódromo tras la guerra. Foto Urban Idade

Al margen de las ocultas motivaciones, lo cierto es que Miguel de Molina huyó de España cual gato escaldado. Para no volver. Franco murió y con la llegada de la Transición parecía que las aguas de la reconciliación podrían hacer que el cantante retornara, si no a Madrid al menos a su Málaga natal. Pero no. Permaneció en Argentina, país que le había acogido con los brazos abiertos en los peores momentos y donde se refugió tras un breve periplo en Méjico. Hasta su retirada profesional, avanzada la década de los años 60, su figura internacional no había hecho más que agigantarse mientras que aquí el régimen silenció cualquier referencia profesional o personal. Cierto que volvió durante un periodo corto a comienzos de los 50 por el fallecimiento de su progenitora aunque pensando en un posible retorno. Pero se sintió como pez fuera del agua, según su propio testimonio, y decidió volver a Buenos Aires. Una vez en democracia se intentó por todos los medios compensar tanto desaire pero nunca se consiguió hacerle cruzar el charco de vuelta a sus añoradas Madrid y Málaga. Ni siquiera de visita. La película Las cosas del querer lo homenajeó pero fue un reconocimiento agridulce. Se sintió despechado al no habérsele consultado sobre los pormenores de dicha biografía, además de que el guion de la cinta distaba mucho de ajustarse a la realidad, más allá de los tópicos al uso. Insinuaba De Molina que en la película quisieron emparejarlo con doña Concha Piquer, algo a todas luces absurdo y fuera de lugar. Su homosexualidad era innegociable como había quedado de manifiesto en un acto de exaltación de la Falange donde él cantaba, poco después de recuperarse de la vil agresión de los Altos del Hipódromo y antes de abandonar definitivamente la piel de toro, cuando más bastos pintaban para los heterodoxos del sexo. Se había atrevido a parar su espectáculo cuando, en medio de una actuación, desde las butacas se escucharon de forma reiterada gritos de “¡marica, marica!”. Al detener la función se hizo el silencio. Miguel de Molina se acerca al proscenio y, con todo el aplomo del mundo y el culillo apretado en personalísima pose, se echó el sombrero hacia atrás, más hacia atrás de lo habitual, mientras adelantaba jactanciosamente el pecho. A continuación, miró fijamente a los ojos a los fanáticos joseantonianos que en las primeras filas se arrellanaban en sus butacas con la soberbia propia de los vencedores. Y les soltó tajante, digno y seguro de sí mismo lo que durante meses, quizás años, se repetiría con sordina por los mentideros artísticos del Madrid de la posguerra: “marica no, maricón”.

 
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Publicado por en febrero 15, AM en Perfiles

 

De Velintonia 3 a la plaza de Santa Bárbara pasando por el hospital de Jornaleros de Maudes

Estado actual del acceso a la vivienda de Aleixandre. Foto A. Lajas.

Nuestra consuetudinaria aventura pedestre por la geografía urbana de la capital del reino parte hoy, como casi siempre, del aparcamiento subterráneo de Ciudad Universitaria. En contra de la costumbre y como novedad en este caso, lo hacemos en dirección norte. Recuerdo haber leído recientemente que la vivienda del poeta Vicente Aleixandre, sita por estos contornos, en la vía de sus mismos nombre y apellido, antigua calle Velintonia, ha sido puesta a la venta. Y allá que me dirijo. Resulta que desde 1984, año en que falleciera el poeta, ha estado cerrada a cal y canto con los poderes públicos lanzándose unos a otros la patata caliente de qué hacer con el inmueble. 40 largos años de dimes y diretes se cumplen ya, habiendo pasado por los gobiernos locales, regionales y nacionales políticos de todo pelaje y a lo que se ve de ninguna neurona. Al menos para solventar el caso que nos ocupa pues, al cabo, en un estado de abandono lamentable, las cabezas pensantes de turno deciden lo que podían haber decidido el día después del fallecimiento del poeta, es decir, sacarla a la venta. El parto de los montes. Para qué vamos a meternos en más argumentaciones. Lo cierto es que el hotelito donde el premio Nobel de literatura de 1977 residió desde el año 27 fue a lo largo de casi medio siglo lugar inevitable de peregrinación poética. Por allí pasaron desde el propio Lorca y demás literatos del verso de su generación hasta vates de movimientos más cercanos como Villena, Colinas. Gimferrer o Gil de Biedma. Por citar a algunos de los que allí aparecían a la búsqueda de la bendición del patriarca que a todos escuchaba y para todos tenía un pedagógico consejo. Otro trato se merecía la vivienda y pena da echar unas fotos a esta romántica aunque ruinosa construcción, por otra parte, bellísima, sugestiva, íntima y coqueta.

Recapacitando me quedo en la acera de enfrente acerca del memento mori, tempus fugit y demás tópicos clásicos, en este caso aplicados a la vivienda del genio de las letras. Vuelvo en mí y mochila al hombro trepo por las torticeras rúas que me conducen en un continuo ascender hasta Cuatro Caminos. Llego a Reina Victoria con la lengua a ras de suelo. Me detengo. Tomo aliento. Mientras, admiro la arquitectura del hospital de la Cruz Roja, inaugurado en 1913 por la esposa de Alfonso XIII para acoger a los heridos en la guerra de Marruecos. Diseñado por el arquitecto José Marañón, se edificó merced a la generosidad de doña Adela Balboa, una noble fallecida en plena madurez y que decidió donar sus dineros para la construcción de un centro de salud. Gente generosa, que la ha habido en cualquier época aunque cada vez se den menos este tipo de actos desinteresados. Leo que fue el primer centro sanitario que acogió a mujeres para formarlas como enfermeras. Dicho queda y, sin más dilación tiro millas hacia Cuatro Caminos, la llamada en tiempos Puerta del Sol de los pobres. Llego a la explanada y como casi siempre que por aquí transito imagino a los traperos barojianos bajando por la antigua Carretera de la Mala de Francia, desde Tetuán de las Victorias, población hasta 1948 independiente de Madrid, con el burro tirando del carro y el perro atado al eje, de amanecida y con la intención de asear la ciudad de todo tipos de basuras, fueran orgánicas o inorgánicas. Los verdaderos recicladores de principios de siglo XX. Vivían bien estos protobasureros. Lo dicen los cronistas de la época. Criaban sus propias gallinas, sus cerdos, sus cabras y demás animales domésticos para asegurarse un condumio diario equilibrado y sano. Ecologistas de los de verdad y defensores de los animales sin trampa ni cartón. Ni necesidad de subvención. Ejemplo de ello es el señor Custodio, el personaje de La busca, que tiene la obligación de regenerar al golfillo Manuel. La metáfora es clara. Igual que Custodio regenera la basura, también se siente en la obligación de ofrecerle a Manuel la posibilidad de regenerarse. Regeneracionismo era la palabra que corría de boca en boca de la intelectualidad en el tránsito del siglo XIX al XX. ¡To pa na!, que diría el castizo.

Pero no nos entretengamos en menudencias. Mi intención es tomar Raimundo Fernández Villaverde, la antigua Ronda, para visitar el hospital de Maudes, el denominado hospital de Jornaleros, auténtica joya tanto histórica como arquitectónica que debemos, otra más, a Antonio Palacios y a su compañero de fatigas profesionales Joaquín Otamendi. Nunca lo he visitado. Por diversas razones la ocasión no había sido propicia y mira que es una zona por la que suelo pasear con relativa regularidad.

Antiguo hospital de Jornaleros. Foto Antonio Lajas

Espectacular ya desde el exterior. Recuerda ciertamente al palacio de las Comunicaciones, de Cibeles, hermano gemelo en cuanto a edad y estilo. Se inauguró en 1916, una ve finalizados los trabajos iniciados ocho años antes. El proyecto tuvo como telón de fondo, al igual que el referido anteriormente hospital de la Cruz Roja, las ideas filantrópicas del momento. Ahora quien rebuscó en su flatriquera para costear los gastos fue Dolores Romero Arano, viuda de un empresario ferretero. Echó su cuarto a espadas creando una sociedad benéfica que movió los palillos para plasmar sus altruistas motivaciones. Dice wikipedia que “Antonio Palacios diseñó un edificio articulado en torno a un patio central de planta octogonal del cual parten hacia fuera cuatro galerías radiales dispuestas en forma de aspas”. Leemos también en la wiki que el estilo arquitectónico está inspirado en el Secessionsstil vienés de comienzos del siglo XX, Será. La iglesia anexa, art nouveau, es también obra de Palacios quien, al aliarse con el vidriero Maumejean, coquetea con el modernismo arquitectónico imperante.

Descendemos ya hacia el centro donde todos nuestros caminos conducen tarde o temprano. Dejamos atrás el hospital de Jornaleros que durante la Guerra Civil acogerá a los heridos del ejército republicano, durante el franquismo sería centro sanitario militar y tras sufrir décadas de abandono, afortunadamente será rehabilitado ya en democracia. Ahora alberga dependencias de la Consejería de Obras Públicas, Urbanismo y Transporte. Para quien lo desee, en horario de tarde ofrece visitas pero hay que reservar cita vía telemática. Tomamos la calle de Leonardo Alenza, dedicada al pintor romántico de magnífico recuerdo por su calidad y madrileñismo. A él se deben, si no recuerdo mal, las pinturas que adornaban el añorado café de Levante, situado primero en la Puerta del Sol, después trasladado a las inmediaciones de la plaza de Santa Ana y más tarde abierto nuevamente en Arenal. Artista castizo donde los haya pues no en vano había nacido en la Cava Baja,18. ¡Ahí es nada! Residió después en la cercana calle de los Estudios y dejó el mundo de los vivos en el enganche entre las correderas Alta y Baja de San Pablo, en concreto, plaza de San Ildefonso 5. La tuberculosis se lo llevó por delante en la más absoluta pobreza, tanto que sus amigos más cercanos debieron costear el entierro en el cementerio de San Ginés para que su cadáver no acabara en la fosa común. Como curiosidad, añadir que residió durante los últimos años de su vida en la Casa de Vacas del Retiro porque pensaba que los efluvios de los bovinos eran beneficiosos para combatir la enfermedad. Anécdotas al margen, quizás se trate de uno de los pintores costumbristas madrileños menos valorados pese a su indiscutible calidad artística.

Iglesia de Santa Teresa y Santa Isabel. Foto Antonio Lajas.

Reflexionando sobre la desgraciada existencia de Alenza arribo a Santa Engracia tras cruzar Ríos Rosas y dejo a la derecha los depósitos del Canal de Isabel II. Tras atizarme un tentempié de media mañana en una de las numerosas terrazas que nos ofrece avenida tan chamberilera, alcanzo la glorieta del Pintor Sorolla, es decir, la plaza de la iglesia de Santa Teresa y Santa Isabel, de la que afirmó el cura Merino que la habían construido torcida. Lo dijo sin pestañear cuando lo llevaban a lomos de borrico camino del cadalso levantado en el Campo de guardias como consecuencia de su frustrado atentado perpetrado contra Isabel II. Y tenía razón en lo de la construcción defectuosa.

Sigo adelante plaza de Chamberí mediante. Atisbo a lo lejos la glorieta de Alonso Martínez, el antiguo Campo del tío Mereje del que nos hablaba Galdós. Antes me desvío por General Arrando para rendir pleitesía a la que fue última morada en Madrid de los hermanos Machado. Pero vayamos con el tío Mereje, un pastor que llevaba regularmente a su ganado a alimentarse en aquellos descampados de las entonces afueras de la ciudad. Vivía el tío Mereje en el callejón de San Jacinto, es decir, más o menos donde termina ahora la numeración de la calle del Carmen junto a la plaza del Callao. También es conocida la glorieta por ser donde Cervantes sitúa el campamento de zíngaros de su novela La Gitanilla. Ahí vemos presidiéndola al jurisconsulto burgalés Manuel Alonso Martínez, quien fuera ministro durante los reinados de Isabel II, su hijo Alfonso y también durante la regencia de la de Habsburgo. Cruzo la calle lamentando que el bar Santander, otro clásico, siga en obras de remodelación. A ver qué perpetran en el local. Entramos en la plaza de Santa Bárbara que en tiempos pudo presumir de convento y fábrica de tapices donde Goya hizo sus pinitos antes de hacerse un nombre. Y famosa en su día por acoger en su seno la cárcel del Saladero. El edificio fue construido por Ventura Rodríguez durante el reinado de Carlos III para saladero de tocino pero convertido en 1831 en un tétrico presidio por el que pasó la flor y nata de la bellaquería madrileña. Entre otros, podemos citar al ya mentado anteriormente cura Merino, a Luis Candelas y su compinche Paco el Sastre. También políticos de la talla de Nicolás Salmerón o Salustiano Olózaga, el eterno amante de la monja de las llagas, sor Patrocinio. Y al torero Frascuelo. El Saladero sería derribado durante el último tercio del siglo XIX cuando la construcción de la cárcel Modelo de Moncloa. Ahora en su solar se levanta el hermoso palacio de los condes de Guevara de estilo neobarroco. Pero que nadie se marche todavía porque enfrente de donde estuvo el penal nos espera la cervecería Santa Bárbara, uno de los locales del ramo más veteranos de la capital pues hay referencias al negocio desde 1815. Buen sitio para pimplarnos unas birras a la salud de todos los nombrados en este articulillo y finalizar el periplo de manera elegante y satisfactoria para el estómago que, aunque suene a contradicción, también tiene su corazoncito.

 
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Publicado por en febrero 9, PM en Sin categoría

 

Del ministerio del Aire al café de doña Rosa, en la glorieta de Bilbao, donde los Pozos de la Nieve

Ministerio del Aire. Foto Wikipedia

Hay días en que lo sensato es, paradógicamente, peregrinar por la ciudad al buen tuntún, sin diseñar de antemano ningún itinerario. Con tan básico y tosco planteamiento decidí emerger del metro en Moncloa y dejar que mis pies tomaran la iniciativa sobre el camino a seguir en el peregrinaje semanal por los meandros de la villa y corte. Vomitado por las entrañas del suburbano enfrenté mis ojos a los insolentes rayos del bermejazo platero de las cumbres a cuya luz se expulga la canalla. Que don Francisco de Quevedo no se me engalle por tomarle prestado el verso. Salí por la boca situada en la acera de la fachada principal del ministerio del Aire, ya saben, el que durante mucho tiempo en el acervo popular fue llamado monasterio por sus ínfulas escurialenses en lo que a arquitectura se refiere. El solar lo ocupó hasta la Guerra Civil la tantas veces nombrada cárcel Modelo, el famoso abanico, llamada así por el diseño de sus galerías y mandada construir en tiempos de Alfonso XII por iniciativa del entonces ministro de Gobernación, Romero Robledo, don Francisco. Fue inaugurada en 1883 para sustituir a la del Saladero, sita en la plaza de Santa Bárbara. La Modelo ha pasado a la historia fundamentalmente por los execrables crímenes que sufrieron en sus dependencias centenares de personas durante los primeros días de la guerra del 36, por las tan nombradas sacas de las semanas subsiguientes al alzamiento y, cómo no, por verificarse en su patio principal la última ejecución pública en Madrid, la de Higinia Balaguer, la desgraciada criada condenada por el crimen de la calle Fuencarral. El público asistió al ajusticiamiento desde la lejanía del Cerro del Pimiento y, aunque pocos tuvieron la suerte de llevar anteojos, prismáticos o cualquier otro tipo de binoculares, hubo un tiempo en que todo madrileño que se preciara de tal relataba con pelos y señales los pormenores del hacer del verdugo y los gritos que Higinia dio a su amiga y presunta compinche Lola la Billetera recriminándole miserias pecuniarias momentos antes de ser agarrotada.

Placa homenaje a Galdós en Hilarión Eslava . Foto Antonio Lajas.

Dejamos atrás la plazuela donde en tiempos se celebró la verbena de la Princesa, en honor a la calle que allí finaliza dedicada a La Chata, es decir, la infanta Isabel durante el tiempo en que disfrutó del título de princesa de España. Se celebraba el día de San Fernando, a finales de mayo, a partir en la segunda mitad del siglo XIX. Los partidarios de San Antonio de la Florida no vieron con buenos ojos la iniciativa pues le arrebataba al santo lisboeta el privilegio de presidir la primera romería del calendario, asunto nada baladí. Eran otros tiempos, sin duda. Sigamos. En vez de caminar recto por Princesa, en dirección a plaza de España, cojo la paralela, Hilarión Eslava, para detenerme en el número 7, último domicilio de uno de mis escritores de culto, don Benito Pérez Galdós, cuya entrada, está jalonada con una placa conmemorativa dedicada al genio canario. En ese lugar residió durante sus últimos años y abandonó el mundo de los vivos el 4 de enero de 1920, ciego y rodeado de su perrazo, de su fiel amigo el escritor costumbrista Emiliano Ramírez Ángel y de sus más cercanos deudos camino del cementerio del Este donde una discreta sepultura familiar lo acoge aún hoy y donde las flores aunque marchitas, no faltan junto a la tumba de humilde piedra caliza. Calle Hilarión Eslava que, dicho sea de paso, rinde homenaje a un músico cuya obra marcó la pauta a lo largo del siglo XIX tanto en lo que se refiere a la ópera como en cuanto a producción de carácter religioso. Me descubro como despedida ante la placa del novelista y rompo amarras hacia el inicio de dicha rúa, en cuyo número 2, se levanta la Casa de las Flores, una de las edificaciones más relevantes del barrio de Argüelles tanto por sus peculiaridades arquitectónicas como por las prestigiosas personas que han residido entre sus paredes. Diseñada por el arquitecto Secundino Zuazo en el año 1931, allí han habitado personajes tan variopintos en cuanto a oficio como el escritor Pablo Neruda o el científico Severo Ochoa, unidos ambos, además de por la vecindad, por haber recibido el premio Nobel en sus respectivas disciplinas profesionales. También una figura muy de Madrid, aunque de no tanto relieve como los que acabamos de citar moró en el edificio y de allí salía la comitiva de su entierro el 30 de abril del 47 camino de la sacramental de San Isidro donde reposan sus restos. Nos estamos refiriendo al escritor y periodista Emilio Carrere, ariete de la bohemia madrileña del primer tercio del siglo XX. La calle Hilarión Eslava en su esquina con Meléndez Valdés nos devuelve a Princesa. Caminamos unos pasos hasta el cruce con Alberto Aguilera y Marqués de Urquijo, la antigua cuesta de Areneros. O de Harineros, como defienden algunos puristas de la historia matritense. Justo a la izquierda, en el inicio de la calle Gaztambide -otro músico por cierto- leemos en una placa romboidal que aquí disfrutó los últimos años de su existencia otro literato, este de los que comenzó a escribir en los 50, pasando su obra por el tamiz de la generación de la berza o escritores sociales, para evolucionar hacia el experimentalismo asaz críptico. Se trata de Juan García Hortelano, el de la Gramática parda, hombre discreto, bien relacionado con el mundo editorial pero que nunca abandonó su oficio de funcionario administrativo, incluso cuando ya no tenía la necesidad de ponerse los manguitos. En esa esquina de Gaztambide con Alberto Aguilera otro rombo nos recuerda que allí disfrutó de su última morada el hombre lobo español por antonomasia, nuestro héroe del género del cine de terror, conocido por su nombre artístico de Paul Naschy, en la vida civil Jacinto Molina Álvarez, madrileño de pura cepa que nos abandonara en el ya lejano año 2009. Más de cien películas del género terrorífico-fantástico lo contemplan además de numerosas series de televisión, en la mayoría de ellas como actor aunque dirigiera un total de 16 cintas.

Recuerdo al héroe Álvaro Iglesias en Carranza 7. Foto Antonio Lajas

Enfrente de estos domicilios se levanta uno de los grandes almacenes marca España durante el siglo XX. El que más, sin duda. Se construyó sobre el solar que acogiera el barrio de Pozas, la primera urbanización cerrada de la capital. Contaba en su interior con lugares de recreo, tiendas, cafés y en definitiva todo lo necesario para hacerla autosuficiente. En los años 60 del siglo XX una escandalosa operación especulativa dio al traste con esta zona residencial que abarcaba el triángulo formado por las calles Princesa, Alberto Aguilera y Serrano Jover. Los vecinos protestaron con tumultuosas y reivindicativas manifestaciones callejeras pese a encontrarnos en pleno franquismo. El líder y organizador del movimiento de protesta no fue otro que el autor teatral Lauro Olmo, el de La camisa, vecino que era del inmueble. Nada pudieron hacer los residentes para salvar el barrio de Pozas. El Goliat de turno, bien secundado por los dirigentes municipales, consiguió sin mayores esfuerzos llevarse el gato al agua. Seguimos calle Alberto Aguilera adelante y encontramos numerosos edificios singulares, en concreto, la más artística gasolinera de Madrid, la antigua Porto Pi, hoy Gesa, situada en el número 18 de la vía y obra señera del racionalismo español, diseñada en 1927 por el arquitecto Carlos Fernández Shaw. Atrás hemos dejado el edificio del Icade, de principios del siglo XX, que ha pasado por diversas reformas y merecedor de una cita desde el punto de vista arquitectónico. Al llegar a la glorieta de Ruiz Giménez, la de San Bernardo de toda la vida, uno no puede por menos que recordar que aquí se encontraba el quemadero del Santo Oficio, donde ahora el edificio Princesa, que a su vez acogió durante un tiempo el hospital del mismo nombre, construido en tiempos de Isabel II y dedicado a su hija la infanta Isabel, La Chata. Atacamos ya la calle Carranza, en plenos bulevares y siguiendo las trazas de la cerca de Felipe IV. A mano izquierda, según discurrimos hacia el Este, otro rombo nos indica la vivienda que sirvió de alojamiento durante sus años de efervescencia política a Indalecio Prieto, el líder socialista que decían templado frente a lo intempestivo del carácter de Largo Caballero. Y llegando ya a la glorieta de Bilbao, los antiguos Pozos de la Nieve, nos sorprende una placa rectangular, a mano derecha, donde se recuerda un héroe anónimo que, como todos los héroes anónimos, dio muestra de su desprendimiento, solidaridad y altruismo al salvar a varias personas de las llamas del fuego, a riesgo de morir en el intento como así sucedió al cabo. Dice así: “A la memoria de Álvaro Iglesias Sánchez por su acto heroico en el incendio de la calle Carranza número 7. Madrid 6-4-1982”. Pasaba Álvaro el fatídico día casualmente por el lugar, penetró en el edificio al observar la magnitud de las llamas, consiguió sacar con vida del interior a tres personas y murió víctima de la asfixia mientras pugnaba por rescatar a más vecinos.

Nos encontramos ya en la glorieta de Bilbao, donde se instalaron en tiempos de los Felipes los famosos pozos en los que se depositaba la nieve que en verano se vendía por los portales y que dieron nombre al lugar durante siglos. Ya saben, se traía la nieve en carros tirados por bueyes desde la sierra del Guadarrama, se depositaba debidamente protegida por capas de paja en profundas pozas y cuando el calor apretaba se expendía por las calles de la villa y corte para aligerar al personal de los agobios agosteños. Negocio que hizo opulento a su explotador, un tal Paulo Charquias, según el decir de Pedro de Répide. Seguro que alguno más se haría rico con este entonces novedoso oficio. El nombre de Bilbao le viene a la amplia plaza por la puerta que aquí se abría de la famosa cerca derribada en la segunda mitad del siglo XIX. Actualmente en la glorieta abre sus puertas uno de los cafés clásicos de Madrid, el Comercial, recientemente reinaugurado. Justo enfrente, en el arranque de la calle Carranza se encontraba su hermano, el café Europeo, en concreto en el número 2. Por qué hablar de este café y no del aún en funcionamiento. Pues por una sencilla razón, el Europeo inspiró a Cela su novela La Colmena, con el personaje de doña Rosa mangoneando a diestro y siniestro y poniendo firmes al más pintado de los zascandiles que se daban cita en los famélicos años de posguerra, la mayoría de ellos a la cuarta pregunta. La dueña del café, doña Consuelo, sugirió al escritor gallego todo un mundo novelable al punto que Cela incluso se pensó el titular la novela con el nombre del propio café. Para que después hablen de feminismo, empoderamiento y emprendimiento. Todos esos calificativos resultan escasos ante la grandeza del personaje femenino más sobresaliente de la novela y, por supuesto, ante la persona que lo inspiró. Mientras permaneció abierto, hasta su definitiva clausura en 1949, por el Europeo se dejaban ver con frecuencia intelectuales de la talla de los hermanos Machado, César González Ruano, Rafael Sánchez Mazas o Dionisio Ridruejo, entre otros. Incluso el propio José Antonio Primo de Rivera solía frecuentar sus sofás de rojo escay pues no podemos olvidar que residía en los alrededores, en la cercana calle Génova.

Pero bueno, por hoy ya nos vale. Otro día seguiremos dando la vuelta a la cerca. Ahora sentémonos en una de las mesitas de la terraza del Comercial, junto al kiosko de prensa y a su tradicional y personalísima puerta giratoria. Y hagamos como los personajes de La Colmena. Recorramos con las yemas de los dedos la parte inferior de los mármoles de los veladores para investigar sibilinamente si proceden de algún camposanto ya cerrado o abandonado.

 
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Publicado por en febrero 5, PM en Entornos

 
 
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