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Calle de la Colegiata (O del Burro, o de la Compañía)

08 Mar

Hoy vamos a flanear por una de las dos calles que unen la de Toledo con la plaza de Tirso de Molina. Se trata de la titulada de la Colegiata, cuyo nombre procede de dar a ella uno de los lienzos de la que fuera considerada catedral provisional de Madrid hasta 1993. Se trata de una vía que pese a estar situada en pleno centro, completa junto con la plaza de Tirso de Molina y la calle Magdalena un espacio urbano que debería ser cuidado con mayor esmero por las autoridades municipales a fin de incluirlo en el conjuto turístico del área que rodea a la plaza Mayor. Mientras tanto, su excesivo tráfico, la situación de semiabandono de algunos de sus edificios y la relativa limpieza que se percibe en sus aceras, algunas de cuyas baldosas desconchadas y levantadas ponen en peligro la integridad del paseante, hacen que el turista -que no el flaneante- decline su uso y disfrute y tome otras derrotas más aparentes en sus visitas a la capital. Se ubica nuestra rúa de hoy dentro de los límites de la segunda ampliación de Madrid, en el denominado arrabal de San Millán, en un entorno en el que se respira madrileñismo en cada uno de sus portales y pequeños comercios. Nos encontramos en pleno territorio Galdós y cuando uno pasea por las aceras de esta y otras calles adyacentes tiene la sensación de que se va a encontrar cara a cara con Fortunata sentada en el poyo de algún portal, devorando una manzana con gesto desganado y displicente mientras su mirada se desparrama a lo lejos en espera de ver aparecer la calesa de Juanito Santacruz. Doña Lupe la de los pavos y Maxi Rubín a buen seguro que caminaron por esta vía, echando cuentas y relamiéndose por las ganacias de su usura, la primera, y enmarañado en sus devaneos mentales, el otro. Mientras tanto, en la acera de enfrente, en el semáforo de la esquina de Colegiata con la antigua plaza del Progreso, nos parece intuir la presencia de Benina, con la mano derecha ajustándose el pañolón de la cabeza mientras la izquierda permanece alargada en busca de una limosna con la que comprar algo que echar al puchero para mitigar el hambre física de doña Paca Juárez y su propia hambre moral. Es más, el escritor canario situaba al final de esta vía, en el cruce que da a calle Toledo, la vivienda a la que se traslada Frasquito Ponte después de heredar.

Calle de la Colegiata (street) in Centro district in Madrid (Spain).

La calle Colegiata en la actualidad, habitualmente saturada de tráfico

Múltiples denominaciones

De la calle Colegiata tenemos noticias que datan del siglo XVII, cuando su recorrido abarcaba el actual, más la acera norte de la plaza de Tirso de Molina – espacio entonces inexistente-, y la calle Magdalena, hasta la plaza de Antón Martín. Era conocido dicho eje viario con el larguísimo nombre de Calle que va de la Compañía de Jesús a la plaza de Antón Martín frontero de la Portería de los Carros de la Santísima Trinidad. En el plano de Texeira, que data de 1656, figura con el nombre de calle de la Compañía y en el de Espinosa, que se publicara en el último tercio del siglo XVIII, con el de La Merced. Las razones son obvias, la construcción en las inmediaciones de la Real Colegiata por la Compañía de Jesús, y la presencia del convento de La Merced en la actual plaza Tirso de Molina, respectivamente, inclinaban al callejero a hacerse eco de ello. También fue llamada de Los Comuneros. Y de San Isidro. En los años 40 del  siglo XIX fue denominada de Villalar, en honor de este rebelde lider. Pero el calificativo oficial más aceptado fue la de calle del Burro. Las razones de tan popular y prosaico título nos las ofrece gratuitamente Pedro de Répide en sus Calles de Madrid. Dice El ciego de las Vistillas que “llamose del Burro porque en el corralón que quedó a espaldas del convento de la Concepción Jerónima, y en el que se encerraban las burras de leche, se guardaban maderas y se aglomeraban montones de estiércol, hízose un espantapájaros con la piel de un asno rellena de paja”. Répide nos da otra versión parecida sobre el origen popular del nombre y es la de que “había en la pared (de la calle) un azulejo anunciando las burras de la leche que allí había, y el vulgo, para no detenerse en especialidad, declaró como burro el animal allí representado”. Pero de todas las denominaciones que tuvo la vía la más pintoresca, rayando el oxímoron, fue la de la Compañía del Burro. Se debe, al parecer, al padre Mariana, que tras extensas y bizantinas discusiones sobre cómo señalar a la calle, si de la Compañía de Jesús o de la Merced, sugirió él mismo la del Burro por el espantapájaros referido anteriormente. Es desde 1848 que se la llama de la Colegiata aunque en la guía de Fernández de los Ríos, publicada en 1876, aparece con la denominación de calle de Béjar. En definitiva, trabajo ha dado a los señaladores de calles la que hoy traemos a nuestro escaparate.

Colegiata_de san Isidro

Espectacular cúpula de la Colegiata de San Isidro

San Isidro el Real

Lo cierto es que, sin ser una vía de la historia y tradición de otras cercanas, la presencia en sus aledaños del templo de San Isidro ha condicionado y justificado sobradamente su actual nombre. Dicho templo, que acoge hoy día los restos del santo patrón de la Villa y Corte, puede considerarse el más importante de la capital, desde que se construyera en el antiguo solar de la Casa de los Vera, donde vivieron Isidro y María de la Cabeza, y donde aquel exvacara una cueva y un pozo, cuyas aguas decían eran muy saludables ya que curaban enfermedades de personas y animales. El edificio actual es continuación del que se erigió en 1567, cuando la Compañía de Jesús decide dedicar un templo a los santos Pedro y Pablo y completar el conjunto con la construcción del colegio, en 1603, que desde entonces llevaría el título de Estudios Imperiales, y que se encuentra vecino al templo. Sin embargo, la primera piedra de la iglesia actual no se pondría hasta 1622, precisamente el año de la canonización del santo labriego. Fue proyectada por el arquitecto Pedro Sánchez y continuada por Francisco Bautista, quien siguió el modelo de la iglesia romana del Gesú. La mayores dimensiones de esta segunda iglesia supusieron que el pozo y la cueva quedaran en el nuevo recinto exactamente bajo el altar de la planta ovalada, construida en 1671. Se cree que la construcción de la capilla, que prolonga la longitud de la nave de forma notable, se debió al intento de dar un lugar preeminente al santo y que el pozo se convirtiera en un símbolo para creyentes en particular y madrileños en general. Es por ello que Carlos III decidió trasladar las reliquias del cristiano matrimonio desde San Andrés para que permanecieran para siempre en esta capilla, donde se exponen al público cuando las circunstancias y quienes tienen mando en plaza lo consideran oportuno, es decir, muy de higos a brevas. La iglesia fue destruida totalmente en la Guerra Civil aunque después se reconstruyó respetando en su totalidad la arquitectura anterior. El cuerpo del santo fue escondido y cuando apareció en 1939 fue considerado un nuevo milagro que añadir al currículum de Isidro. De sus joyas artísticas hay que destacar el retablo mayor con la urna de plata, las capillas del Gran Poder y de la Macarena y el escudo heráldico de la capilla del Carmen, donación de unos ingleses. Sería gran pecado que se nos pasara mencionar que en la colegiata está enterrado el cardenal Tarancón, una de las mentes más preclaras de este país en sus aún recientes albores democráticos, que contribuyera con más empeño a la consolidación del nuevo régimen tras la muerte de Franco, y un ejemplo para todos los católicos de lo que tiene que ser el respeto por las opiniones que difieren de las de uno mismo. En suma, es aún hoy San Isidro el Real el templo eje de la vida social y religiosa madrileña y la catedral de facto, algo que no ha logrado difuminar la impersonalidad y el acartonmiento artístico del templo de La Almudena. El cariño de los madrileños y la devoción de los feligreses sigue otorgándole ese lugar principal entre los recintos de culto de la Villa y Corte.

Teatro Romea

El hecho de que la calle de la Colegiata se encuentre situada en uno de los arrabales supone que no acoja edificios que nos remitan a la realeza y la nobleza que escribieran la historia de Madrid en su época de consolidación como capital del reino. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XIX nuestra vía acogería un par de instituciones culturales que iban a marcar su destino hasta la Guerra Civil y que han dejado un grato y denso recuerdo en la memoria de los madrileños. La primera de esas instituciones fue el Teatro Romea. En Madrid han existido tres teatros con ese nombre pero el primero se instaló en el número 3 de la calle, cerquita, cerquita de la plaza entonces del Progreso. Data de la década de los 70 de la decimonovena centuria y estuvo ligado en sus éxitos a primeras figuras del mundo de drama y también del género chico zarzuelero. La erección del coliseo se debió al arquitecto Francisco Verea y se le puso el nombre de uno de los más eminentes actores de la época, Julián Romea. El susodicho arquitecto diseñó un edificio rectangular de nueva planta, en un estrecho solar, con una sola fachada a la calle Colegiata y que se debía levantar en cuatro alturas más sótano. Dicen las crónicas de la época que la cuidada ornamentación de su fachada delataba un interior fascinante, muy detallado a pesar de lo angosto de las dependencias. Con escasos diez metros de lienzo frontal se llevó a cabo un retranqueo para instalar un pequeño jardín que servía de antesala a los espectadores y que estaba vallado con una alta verja de hierro. En la planta primera se situaba el patio de butacas, algo habitual en aquellos inmuebles dedicados en principio a viviendas pero que se acondicionaban para espectáculos teatrales. En la diáfana planta baja se encontraban el café, el salón y la tertulia antesala de la representación. Los pisos segundo y tercero se acondicionaron para graderíos y palcos hasta conseguir un aforo total de cerca de 500 espectadores. El local estaba cubierto por un amplio tejado a dos aguas, de teja plana y cristal, rejillas de ventilación, sistemas de extinción de incendios bajo el escenario y luz abundante suministrada mediante lámparas de gas. Lo de abundante es un calificativo no desdeñable aplicado a la iluminación en una época en que no era ese el denominador común en este tipo de recintos. El teatro se inauguró el 5 de febrero de 1873 con la obra Jugar por tabla, función a la que asitieron las principales personalidades del momento. Los llenos y el consiguiente éxito se sucedieron ininterrumpidamente durante los años siguientes, en sesiones de tarde y noche, hasta que en la madrugada del 3 de abril de 1876 un voraz incendio destruyó por completo este templo de la representación. Las irreductibles llamas se propagaron incluso a viviendas situadas en la plaza del Progreso, que tuvieron que ser desalojadas, y aunque el fuego se extinguió sin que se llegaran a detectar daños personales, el teatro quedó completamente arruinado. Ahí finalizó el exitoso aunque corto periplo del Romea en la calle Colegiata. El rey Alfonso XII socorrió a la compañía que representaba entonces en este coliseo, la más perjudicada por un incendio que a juicio de los analistas del momento no cabía la menor duda de que había sido intencionado.

Heraldo

Portada del Heraldo de Madrid el 14 de abril del 1931

El Heraldo de Madrid

Entre 1890 y 1939 la calle Colegiata disfrutó en sus propias carnes con el ir y venir y el trajín propio que supone la presencia de la redacción de un periódico. En el número 7 se instaló el Heraldo de Madrid, una de las publicaciones que más iban a influir en la devenir madrileño y español desde finales del XIX hasta el acabamiento del conflicto fratricida. Aglutinó en torno a sí a las figuras más importantes de la ideología liberal, hasta convertirse en el medio de comunicación más influyente para lo que se denominó en aquel tiempo público progresista. Fue fundado por Felipe Ducazcal y Lasheras, todo un peso pesado en el periodismo de fin de siglo, y su primer director fue José Gutiérrez Abascal. A partir de 1906 pasó a formar parte del grupo mediático más importante del momento, la Sociedad Editorial de España, de la que ya formaban parte cabeceras tan señeras y mentadas como El Imparcial o El Liberal. En 1913 ya es el segundo periódico en tirada de Madrid detrás del conservador La Correspondencia de España pero, a finales de esa década, pasará por una crisis económica y laboral que supondrá que sus mejores redactores y firmas se marchen a la competencia. En 1922 los hermanos catalanes Manel y Joan Busquets, que se encargaban de suministrar la tinta para las rotativas, se implican económicamente en su reflotamiento y el vespertino remonta el vuelo hasta convertirse en el azote de la dictadura de Primo de Rivera y refugio de la intelectualidad de la capital. La crítica línea editorial que manturo el rotativo durante esos años lo llevó a tener continuos problemas con la censura, a la que tenían que sortear con las más rocambolescas tretas. Una de ellas es conocida y forma parte del anecdotario del gremio plumilla. En 1924 sus periodistas camuflaron una información referida al propio Primo de Rivera, como si fuera del primer ministro de Bulgaria. Fue el llamado caso Caoba, que trataba de una bailarina frecuentada por el general que pidió su intercesión a favor de una hermana acusada de tráfico de estupefacientes. El caso fue sobrado y reiterado motivo de tertulia en los cafés y concluyó con el destierro a Fuerteventura del presidente del Ateneo de Madrid, Rodrigo Soriano, y del escritor Miguel de Unamuno, en aquellos momentos además vicerrector de la universidad de Salamanca. Durante la II República el Heraldo apoyó la instauración del nuevo sistema político y a sus gobiernos liberales, siendo azote de los conservadores y consolidándose quizás como el medio más influyente de la capital. En 1935 llegó a imprimir 500.000 ejemplares en un solo día, con tres rotativas distintas, dato demostrado en su portada con las fotografías de los contadores de máquinas. En su redacción se dieron cita firmas tan señaladas del periodismo y la literatura española del primer tercio del siglo XX como César González Ruano, Alfredo Cabanillas Blanco o Carmen de Burgos Colombine, considerada la primera periodista profesional de España. En sus páginas se publicaron los primeros dibujos de Manuel del Arco así como las fotografías de los Alfonsos y de José Díaz Casariego. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil supuso el inicio del ocaso del periódico. Si bien se siguió publicando hasta la entrada de las tropas franquistas en Madrid, la redacción se fue dispersando desde el inicio del conflicto. Los hermanos Busquets, propietarios del diario, se exiliaron en el 37 mientras un comité de obreros controlaba el trabajo diario, no sin discrepancias internas entre la parte empresarial y la obrera. El 27 de marzo del 39 un grupo de falangistas, pistola en mano, entró en la redacción, se incautaron del periódico, represaliaron a los trabajadores y entregaron las instalaciones a Juan Puyol para que empezar a editar el diario Madrid. Los propietarios comenzaron, a partir de ahí, a reclamar desde el exilio la devolución del rotativo, en lo que fue el comienzo de un sinnúmero de acciones legales tan pertinaces como infructuosas. Punto y final a una de las páginas más gloriosas del periodismo español de ideas y punto final también al pedestre ajetreo cotidiano que supuso para la calle Colegiata la presencia entre sus límites de un oficio que, si por algo se caracterizaba en esa época era por su capacidad de vitalizar y revitalizar el entorno donde se asentaba.

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Publicado por en marzo 8, AM en Calles

 

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